Elena al Padre Jalavieux.
Me ocurre una gran aventura, en la que me he comprometido un poco a la ligera y sin saber cómo saldré. He aquí la historia, señor cura.
Ayer noche comimos en casa de la Marquesa de Oreve con las señoras de Grevillois, la de Jansien y unos cuantos hombres, entre los cuales estaba Gerardo Lautrec. Tratábase, justamente, de una comida de despedida antes de su gran expedición a través del mundo.
Se hablaba de Oriente, de las razas asiáticas, de costumbres, de trajes y de otras cosas relacionadas con el viaje de don Gerardo, cuando, de pronto, la de Jansien da un ruidoso suspiro y exclama:
—¿Dónde estará usted mañana a esta hora?... Muy lejos ya.
Lautrec se echó a reír y respondió:
—No tan lejos como usted cree. Retardo mi viaje veinticuatro horas para estrechar la mano a Máximo de Cosmes, que llega mañana con todos los laureles de Bélgica.
—¡Tanta amistad!... Confiese usted que es un pretexto.
—Nada de eso, señora. Soy muy amigo de Máximo, y además, tengo que pedirle un servicio... Quiero poner en sus manos un depósito que, para mí, tiene importancia, pues son mis papeles más preciosos.
—¿A él?—exclamó Luciana.—¿Por qué a él?
Había algo tan raro en el sonido de su voz, que no pude menos de mirarla. Sus ojos brillaban con un extraño fulgor, pero, en un momento la llama que los iluminaba se apagó y Luciana volvió a caer en la inmovilidad un poco triste y altanera que había guardado hasta entonces.
Lautrec respondió:
—Confío esos papeles a Máximo, porque es mi amigo y el más caballero que conozco. Si muero, estoy seguro de que ejecutará escrupulosamente mis voluntades, ya para publicar lo que le parezca digno de ello, ya para quemar lo que no deba ser leído.
Al decir esto miraba a Luciana, que le había preguntado; pero ella parecía pensar en otra cosa y seguía indiferente y pensativa.
Mi padre dijo, aprobando a Lautrec:
—Máximo es la lealtad misma, y además, discreto como una tumba. Se le pueden confiar los encargos más importantes con la certeza de que serán ejecutados en conciencia.
—Yo—dijo Sofía Jansien en tono ruidoso y duro—no conozco más que un confidente discreto, el fuego. ¡Ja, ja, ja!
Esta señora tiene un modo de reír que rompe los vidrios.
Lautrec continuó:
—Sí, cuando uno muere, lo que posee más secreto debe ser entregado al fuego. Mientras se conserva un soplo de vida se quieren conservar los frágiles vestigios de los días dichosos, de los goces que se han disfrutado y aquellos a que no se ha renunciado todavía... Nadie quiere sacrificar el pasado ni el porvenir.
Sus rápidas miradas, que siempre solicitan la aprobación de los presentes, se detuvieron en Luciana, pero ésta no levantó los ojos y Gerardo no pudo leer en el mármol impasible de aquellas lindas facciones, fijas en una inmovilidad absoluta y altanera.
Aquella actitud contrastaba de tal modo con su habitual solicitud para mirarle, responderle y sonreírle, que no podía menos de notarse la diferencia. Supuse que se refugiaba en aquella insensibilidad aparente por orgullo y para no denunciar su pena por la partida de Lautrec.
En el momento un poco tumultuoso de las despedidas, al separarnos después de la velada, mi padre invitó a todos a venir esta noche a casa a festejar el regreso de Máximo. Todos aceptaron menos la señora Jansien, que estaba ya comprometida, y las de Grevillois, que tienen que estar en Ruán mañana por la tarde y no vuelven hasta dentro de dos días.
Luciana, envuelta en un abrigo obscuro cuyo capuchón le velaba en parte la cara, estaba hablando, en un rincón del recibimiento, con Lautrec, en voz baja y animada. Su madre, pronta a salir, la llamó, y le oí decir:
—¡Oh! eso, señor Lautrec, nunca... nunca más.
Y se separó de él.
—Adiós, entonces... por mucho tiempo.
Dióle Lautrec la mano, y Luciana dejó caer en ella la suya como a su pesar.
Al salir, pasó a mi lado y me dijo precipitadamente:
—Vaya usted a verme mañana temprano, se lo ruego... Me hará usted un gran servicio... Ya sabe usted que salimos a las nueve.
Vacilé, extrañada, pero ella me tomó la mano, me la apretó con fuerza y me dijo:
—¡Si usted supiera!... Vaya usted; se lo suplico.
Su madre la estaba llamando en la escalera, y Luciana añadió, mirándome ardientemente:
—¿Irá usted? Hágalo por mí, Elena.
Se lo prometí, y esta mañana obtuve de mi padre permiso para ir a despedirme de ella. Estaba escribiendo y consintió sin hacerme preguntas.
Salí, pues, con la señora Schwartz, una señora que viene todas las mañanas para acompañarme a la iglesia y a mis clases y que, al mismo tiempo, me enseña el alemán.
Serían apenas las ocho cuando llegué a la calle de Verneuil. Me abrió la puerta la señora de Grevillois y pareció muy sorprendida al verme.
—¿Luciana?—me dijo titubeando.—No sé si podrá recibirla a usted, hija mía, nos vamos ahora mismo.
Antes de que yo respondiera que venía a ruego de Luciana, apareció ésta.
—Entre usted—me dijo vivamente;—me alegro mucho de verla.
Y dirigiéndose a su madre para prevenir toda objeción, añadió:
—Estoy absolutamente lista y ya he tomado el té. Mientras lo tomas tú y acabas de vestirte, puedo hablar un momento con Elena. Tengo que enseñarle unas pinturas que no conoce.
La de Grevillois hizo entrar a la señora Schwartz en el comedor y yo seguí a Luciana a su cuarto, un cuartito muy modesto con ventana a un patio estrecho que parece un pozo. Por fortuna, como viven en el último piso, reciben la luz por encima de los tejados próximos.
Me ofreció la única silla, muy usada y no muy sólida, y se sentó ella en la cama, sin cortinas y cubierta con una colcha de flores azules muy descoloridas.
Estos detalles se fijaron en mi mente por el contraste entre aquellas cosas miserables y la espléndida belleza y el brillo de juventud de aquella a quien servían de marco.
Luciana estaba muy pálida y sus ojos irritados indicaban un largo insomnio.
Me tomó la mano, la conservó en la suya, cuyo calor me quemaba a través de mi guante, y me dijo:
—Gracias por haber venido... Es usted buena, Elena, y se puede fiar en usted, ¿no es verdad?
Sus ojos me miraban como si buscasen mi alma en el fondo de los míos.
—Si pido a usted un servicio... un gran servicio que sólo usted puede prestarme, ¿querrá usted?
—Ciertamente, si puedo hacerlo... y...
—¿Y qué?...
—Y si no hace falta para ello faltar a ningún deber.
Por sus labios pasó y se desvaneció la sombra de una sonrisa no exenta de lástima.
—Si fuera preciso—dijo—faltar a algún deber, no se lo pediría a usted... Me dirijo a usted precisamente porque la tengo en particular estima, porque sé que es usted leal y piadosa y porque usted cree en la santidad de un juramento... ¡Oh! no tenga usted miedo—añadió adivinando que la solemnidad de la palabra juramento me había alarmado;—sólo se trata de mí, de mí sola, de una cosa de la que depende mi porvenir...
—¿Un matrimonio?
—Casi...
Vaciló y dijo penosamente:
—Un matrimonio fracasado...
—Y que usted siente—respondí, conmovida por su palidez y empozando a presentir una parte de la verdad.
—Sí, lo siento... No se puede menos de tomar cariño...
Se interrumpió y dijo después:
—Me guardará usted el secreto, ¿verdad? ¿Lo promete usted? Esas cosas son penosas... como usted comprende.
—Comprendo...
—¿Me promete usted el secreto?...
—Se lo prometo...
—Un secreto inviolable... un secreto de confesión...
—Excepto para mi confesor—dije pensando en usted, mi bueno y piadoso consejero.
Luciana reflexionó un instante.
—Excepto para ese, si usted juzga útil hablarle de ello.
—Tiene usted mi promesa; pero si tan penoso le es confiarse a mí, ¿para qué decirme más?
—Es preciso... ¿No le he dicho que tengo que pedirle un gran servicio?
Luciana se ponía encarnada y pálida alternativamente.
—¿Ha reparado usted—me dijo al fin—que el señor Lautrec me hacía el amor?
—Era difícil no repararlo.
—¿Ha pensado usted que podría casarse conmigo?
—Me ha ocurrido esa idea, pero no con gran seguridad. El señor Lautrec, no sé por qué, no me parecía maduro para el matrimonio...
—Tenía usted razón y le juzgaba con más acierto que yo... Yo me dejé enredar por sus palabras halagüeñas, por su ternura superficial y por sus vanas y vagas protestas... Me había gustado... ¿Cómo lo encuentra usted?
—Muy agradable.
—Su persona, sus gustos, su ingenio, su posición... su fortuna, hermosa sin ser colosal, sus relaciones, todo él me agradaba... y tuve la debilidad de escribirle...
—Es lamentable... pero él es un hombre honrado y no abusará de esa confianza.
—Así lo creo... estoy cierta... Mis imprudentes cartas están seguras en sus manos... Pero se marcha y él mismo no se disimula los peligros que lo esperan.
Se estremeció y su voz se volvió débil.
—Si no volviese, ¿qué sería de esas cartas?
—Ya oyó usted ayer que confía sus papeles a Máximo; esas cartas están, sin duda, comprendidas en ellos.
—El señor Cosmes conoce mi letra...
—Pero las cartas deben de estar metidas en un sobre...
—¿Qué sé yo? Además un sobre puede abrirse, romperse... Basta una casualidad que ocurre siempre en estos casos.
—Aunque así fuese, Máximo no abusaría del secreto que descubriese.
—¡Ah! No comprende usted—exclamó con desesperación.—¿Y la humillación, y la vergüenza? ¿No es eso nada para usted? ¿Cómo pensar en eso sin morir? Tal idea me da fiebre...
Temblaba y estaba agitada por grandes calofríos.
—Es preciso absolutamente que yo tenga esas cartas.
—¿Se las ha pedido usted al señor Lautrec?
—Sí, sin duda; y se ha negado a dármelas.
—Es abominable, odioso...
—No, no crea usted en ninguna brutalidad de su parte... Al contrario; protestó de su cariño, de su abnegación... Quiere conservar mis cartas por ternura, y acaso porque sabe vivir... Ayer todavía se atrevió a pedirme que continuásemos esa correspondencia.
—¿Está usted segura—dije vacilando,—de que no piensa en el matrimonio?
—Jamás se ha pronunciado esa palabra entre nosotros... Había yo creído, loca de mí, que el amor... los sentimientos de admiración apasionada y de entusiasta simpatía que él expresaba, lo conducirían a eso... Me escribió... y le respondí... Esta es la imprudencia que hoy expío con crueles agonías... más crueles de lo que usted puede pensar.
Pareció dudar si me diría una cosa, que por fin no se atrevió a confiarme.
—Elena, he contado con usted para recobrar esas cartas.
—¡Conmigo! ¿Qué puedo yo hacer?... Creo que si usted hubiera insistido...
—He insistido—respondió nerviosamente.—He hecho más... he ido a su casa a pedírselas.
—¡Oh! Luciana...
—Sí, una mañana dí ese paso insensato e inútil, sin saberlo mi madre. No estaba en su casa y me comprometí en vano. No pude hacer más que escribirle dos palabras, que le dejé bajo sobre en la antesala. Le suplicaba que llevase anoche a casa de la Marquesa esa prueba de mi locura, y que la depositase en un rincón de la biblioteca, donde la hubiera yo sacado sin que nadie lo notase.
La fatalidad ha querido que su criado no le diese mi esquela.
—¿No puede enviárselas a usted... por el mismo procedimiento que empleaba para escribirle?
—Podría, pero asegura que no puede pasarse sin una amistad tan querida y excepcional; me suplica que confíe en su prudencia y en su honor, y, sin comprometerse a nada, habla del porvenir con palabras tiernas... y vagas. Lo conozco bien... y no me fío de él ni de nadie... excepto de usted, Elena... La he visto a usted dulce, compasiva y valerosa, al lado de una miserable pecadora, la Briffarde... y he creído que tendría usted piedad de mi angustia.
—¿Qué puedo hacer?—dije tristemente.
—Esta noche va usted a ver a Gerardo, Elena, y le pedirá, le exigirá que le entregue esas cartas... Aquí tiene usted dos letras para él, que he preparado y que autorizan su intervención. Con usted, no podrá salir del paso con frases de novela. La credulidad, la confianza que le he mostrado, me impiden hablarle alto... No puedo, a pesar de todo, pedirle que se case conmigo si él no lo desea o si no encuentra que soy un buen partido para su ambición.
—Luciana—le dije turbada en extremo.—Temo no poder cumplir una misión tan delicada; no sabe usted lo tímida que soy.
—Su bondad de usted la inspirará.
Me asió apasionadamente ambas manos, pues la de Grevillois acababa de abrir la puerta para recordar a su hija que era hora de salir.
—Probaré—dije muy bajo a Luciana cuando vino a abrazarme.
La de Grevillois y la señora Schwartz estaban de pie esperando que acabase nuestra despedida.
Las miradas de Luciana me imploraban y me daban las gracias al mismo tiempo, mientras leía yo en ellas no sé qué sombrío y trágico que me espantaba.
—¿Qué me oculta?—me pregunté.
Tenía el presentimiento de que no me lo había dicho todo.
La buena señora de Grevillois, entretanto, me colmaba de cumplidos y de excusas por verse obligada a despedirme.
Ya con la puerta abierta, Luciana afirmó la voz y me dijo:
—Hasta muy pronto... Si ve usted esta noche al señor Lautrec, dígale que le deseo buen viaje... Y no olvide usted decir a Máximo que mi madre y yo sentimos mucho no estar con ustedes para darle la bienvenida. Pero Ruán no nos ha consultado para la apertura de su exposición.
—No olvidaré nada...
Me atrajo hacia ella, me besó y me dijo al oído:
—Gracias... el secreto, ¿verdad?
—Eso, sí, puedo prometerlo.
—Deme usted también un beso, hija mía—exclamó la de Grevillois.
Y lo hice de corazón.
¡Compadezco tanto a esta madre tan llena de ternura y de abnegación, y que no tiene la confianza de su hija!
Ahora, señor cura, estoy sola en mi cuartito, mientras mi padre ha ido a la Academia. Y sin dejar de cuidarme de los preparativos de la comida, me estremezco al pensar lo que tengo que decir esta noche al señor Lautrec.