El mismo día, 12 de la noche.

He vencido, mi buen señor cura, y estoy muy contenta por Luciana sin estar muy orgullosa por mi diplomacia, pues la verdad es que no he tenido mucho mérito. Voy a contarle a usted cómo ha pasado.

Déjeme usted decirle ante todo que, hace un momento, cuando acababa yo de escribir, ha llegado Máximo. ¡Qué placer el volverlo a ver! Me ha dado las dos manos con efusión, y después, vuelto ya mi padre, se ha dirigido exclusivamente a él para contarle el éxito de sus conferencias y todos los detalles del viaje.

Mi padre le ha dicho que había visto al ministro y que su nombramiento para el Colegio de Francia está firmado y próximo a aparecer en el Diario Oficial.

Máximo ha dado las gracias con calor a mi padre; pero no ha parecido tan encantado como yo esperaba. Así somos, ¿verdad? Cuando obtenemos las cosas deseadas, no nos causan todo el placer que esperábamos de ellas; el deseo, sin duda, las ha descontado de antemano.

A todo esto no se me iban de la cabeza las recomendaciones de Luciana y he debido de aderezar con ellas el pudding que he confeccionado con mis propias manos.

Al primer campanillazo mi corazón se puso a latir tan fuerte, que me quedé como petrificada en la silla. Eran los Marqueses de Oreve, que notaron en seguida mi turbación.

—¿Está usted mala?—me preguntaron al mismo tiempo.

—¿Elena?—preguntó mi padre.—Ha estado alegre todo el día como un pájaro de primavera.

Nuevo campanillazo y nuevo ahogo.

Decididamente, no he venido al mundo para las negociaciones delicadas.

Esta vez era Kisseler, y detrás de él, Lautrec.

No sé con qué expresión lo he recibido, pero sí que fue bastante singular para que, en varias ocasiones, me mirase sonriendo. No pude menos de hacer la observación en voz alta:

—¿Qué tengo hoy de extraordinario?

Lautrec respondió:

—Estoy observándolo.

—¡Ay, señor cura! No puede usted imaginar qué fastidioso es tener una cara en la que se lee todo, y sobre todo lo que se quiere ocultar. Yo estaba como en ascuas.

¿Cómo llamar aparte a Lautrec sin llamar la atención? ¿Cómo hacerle tan grave revelación delante de todo el mundo? Por fortuna, Máximo y el doctor no habían venido y me acordé, como una idea luminosa, de un viaje a las Indias, ilustrado con bonitos grabados, que había hojeado hacía unos días. Me acerqué al señor Lautrec, le hablé con entusiasmo de los maravillosos palacios y de las ruinas gigantescas, que me habían chocado, y le inspiré el deseo de ver el libro.

Me siguió a la biblioteca, pero también al Marqués de Oreve se le antojó ver las estampas... Mi combinación iba a fallar, cuando quiso el Cielo que la Marquesa se enredase en la genealogía de los Coburgo. El Marqués volvió en seguida pies atrás, y Lautrec y yo nos quedamos solos en la biblioteca, cuya puerta abierta nos dejaba expuestos a todas las invasiones. No había, pues, tiempo que perder.

—He inventado un pretexto para traerlo a usted aquí—dije valientemente, y entregué a Lautrec la esquela de Luciana. Él le echó una ojeada y se puso encarnado.

—¡Cómo! ¿Usted su confidente? Es inverosímil e inaudito.

—Esa reclamación me parece natural y justa—dije sin responder a su asombro.

—Entonces, ¿es serio? ¿Quiere sus cartas?

—¿Lo dudaba usted?

—Sí, lo confieso. Creí que se trataba de una pequeña habilidad de coquetería para saber el precio que yo atribuía a sus cartas, que son, en efecto, encantadoras.

—Me las entregará usted, ¿verdad?

—¿Ha manifestado Luciana alguna duda sobre mi lealtad?—preguntó con voz alterada.

—Ninguna... Pero se marcha usted para mucho tiempo... va usted lejos... y es permitida la inquietud...

—¡Qué locura!... Además, no tengo ya esas cartas... están con otros papeles en una maleta cerrada que he confiado a Máximo...

—Recóbrelas usted y démelas.

—¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? Me marcho a las seis de la mañana.

Reflexioné un instante y dije:

—Máximo vive cerca de aquí, en la calle de Conde... Puede usted ir y volver en menos de media hora.

—Será preciso entonces que prevenga a Máximo, porque tiene la llave de la maleta y no sé dónde la ha puesto.

—Hágalo usted, se lo ruego, sin denunciar a Luciana.

—Naturalmente... ¿Por quién me toma usted? Pondré un pretexto... Unos papeles que he metido allí por error... ¡Es fastidioso! Siempre se tienen molestias con las mujeres atacadas por el furor de escribir...

Estaba violento y nervioso.

—¿Cómo podré dárselas a usted esta noche?

—¿Es voluminoso?

—No mucho; unas veinte hojas en un sobre.

—Entonces busque usted un momento favorable para poner el sobre en este libro, y hágame una seña para que yo lo busque en seguida y no caiga en otras manos...

Estaba yo ruborizada y temblorosa por tener que recurrir a semejantes astucias, y casi me despreciaba al ver que se me ocurrían como si el alma invisible de Luciana me las inspirase.

Nuestro coloquio, por otra parte, no había pasado inadvertido, pues se trataba de ir a comer y mi padre me interpelaba:

—¿Pero qué es esto, Elena? Una dueña de casa que olvida sus deberes para charlar...

—Es ese zalamero de Lautrec, que hace de las suyas—dijo irónicamente Kisseler, que no pierde ocasión de decir despropósitos.

Acepté más que de prisa el brazo que el Marqués de Oreve me presentaba, arqueado en forma de guirnalda.

Cuando pasé al lado de Máximo, que acababa de llegar, me echó una mirada severa que me intimidó. Pero como tenía conciencia de no haber hecho nada malo, no quise atormentarme.

Después de comer, Lautrec se llevó a Máximo a un rincón para concertarse con él y en seguida cogió un cigarro y salió. Su ausencia no fue larga.

Cuando volvió, le dijo Máximo:

—¿Lo ha encontrado usted?

—Sí, tengo lo que necesito.

Y añadió:

—He vuelto a poner la llave en su sitio.

Después se puso a hablar con un grupo de amigos que habían venido en su ausencia.

Yo no le perdía de vista. En un momento dado entró en la biblioteca, estuvo allí unos segundos y salió echándome una mirada que quería decir: ya está. Estaba yo entonces en gran conversación con la Marquesa de Oreve, que me estaba confiando sus sentimientos íntimos, y aquella psicología tenía trazas de durar mucho tiempo, porque parecía gustarle. No podía yo interrumpirla ni dejarla y tenía la frente bañada en un sudor de impaciencia al pensar que cualquiera podía entrar en la biblioteca, hojear el libro y dar con el sobre misterioso, cuya presencia sería difícil de explicar. Dudo que mis respuestas a la Marquesa le dieran una alta idea de mi inteligencia.

La llegada del té me arrancó de aquel suplicio.

Cuando todo el mundo estuvo servido, me escurrí hacia la biblioteca, me fui derecha al librote, ligeramente entreabierto por el espesor del paquete, tomé el sobre lacrado y, dando un suspiro de alivio, me le metí en el bolsillo con grandes precauciones para no romper algún sello de lacre.

Levanté la cabeza y me encontré con Máximo, que me estaba mirando en silencio. En la especie de asombro indignado que expresaba su cara, comprendí que me había visto perfectamente meterme el sobre en el bolsillo.

—¿Qué preciosos papeles son esos, Elena, que guarda con tanto misterio?

Estaba yo como la grana y traté de responder riendo:

—La curiosidad es un pecado de mujer; los sabios lo han dicho.

—¿Es una carta?

—Aunque así fuese...

—¿Una carta para usted?

—No—respondí con voz un poco vacilante.

Máximo me miró fijamente como reflexionando. Después dijo de pronto:

—¿Son cartas de usted que se le devuelven?

Esta vez respondí con resolución:

—Menos todavía.

Máximo me cortaba el paso con insistencia y yo temía que, a fuerza de preguntas, me hiciese hablar más de lo que debía.

—No me pregunte usted, porque no sabrá nada.

Traté de tomar un tono de broma, pero me sentía, torpe, intimidada y mis carrillos ardían. Máximo me miraba con una expresión severa que me daba mucha pena y que poco a poco fue tomando un tinte de tristeza.

—¿Secretos, Elena?

—¿Por qué no?

Y, dando un golpe de ciego, añadí:

—¿No tiene usted ninguno para mí, Máximo?

Sin responderme, dio media vuelta.

—Está bien; cada cual tiene los suyos y yo no tengo ningún derecho para preguntar los de usted.

Se volvió a la sala y no me dirigió la palabra en toda la noche. Cuando se marchó le ofrecí la mano, pero fingió no verlo y se contentó con saludarme fríamente.

Y vea usted cómo he vencido a mi costa, señor cura, y cómo, por hacer un servicio, me encuentro regañada con el hombre a quien más quiero en el mundo, después que a mi padre.

¡Con tal de que Máximo no vaya a contárselo!... Si mi padre me pregunta, ¿qué le voy a responder? He prometido a Luciana un secreto inviolable...

Ahora es cuando veo mi imprudencia y el mal que de ella puede resultar. ¿Por qué el bien que he querido hacer se vuelve contra mí como un castigo? Consuéleme usted, mi buen señor cura, y aconséjeme. Su pobre hija espiritual está agobiada de temores y de penas y perseguida de negros presentimientos.