Máximo a su hermano.
16 de noviembre.
Los sucesos han marchado desde mi última carta, querido hermano; mi boda está fijada para el 31 de diciembre. Mi vida de soltero acabará con el año. ¿Lo siento acaso? No me lo pregunto, ocupado como estoy por las emociones del presente.
Habrás visto en los periódicos mi nombramiento oficial para el Colegio de Francia. He aquí una etapa recorrida con facilidad y presteza, gracias al apoyo del buen Lacante, a quien debo la poca notoriedad que me ha valido este favor.
Como recompensa por su constante afecto y por los servicios que me ha prestado, he ido a darle parte de mi casamiento, y no puedes figurarte con qué flaqueza de valor y de alma he cumplido ese ingrato deber. Me parecía que iba a cometer un parricidio.
A mis primeras palabras, su cara risueña y cordial se contrajo y tomó una expresión que nunca olvidaré, en la que se leían la sorpresa, la pena y muchos reproches.
Me escuchó en silencio, dejándome enredarme en mis frases y sin ayudarme con una palabra en mi penoso discurso. Le conté, lo mejor que pude y con entera sinceridad, mi historia, desde el primer paso de Luciana y nuestros compromisos recíprocos, que datan de un año, es decir (y así lo ha comprendido), anteriores a la aparición de Elena entre nosotros.
Su expresión rígida, tan poco adecuada a su fisonomía fina y sonriente, se fue dulcificando poco a poco. Suspiró profundamente y me dijo con un poco de tristeza:
—Me creía muy amigo de usted para que me tuviera tanto tiempo privado de sus confidencias.
Balbucí unas excusas sobre la incertidumbre de mi porvenir y sobre los obstáculos que hubieran podido eternizar mi noviazgo. Lacante movió la cabeza sin replicar, y siguió diciendo:
—Deseo de todo corazón que ese matrimonio le haga a usted feliz. Acaso hubiera deseado para usted una esposa cuyos gustos estuviesen más en relación con su fortuna. Sin embargo, si, como espero, Luciana es una mujer de corazón, sabrá sacrificar sus gustos en la medida necesaria.
En seguida me preguntó qué asunto iba yo a elegir para mi curso de este año, marcando así que la cuestión de mi matrimonio le parecía agotada.
Iba a exponerle mis ideas sobre este asunto y a pedirle consejos, cuando entró Elena muy sonriente y más bonita que nunca.
—Aquí tenemos a mi hijita,—dijo Lacante atrayéndola hacia él y con una inflexión de ternura que me conmovió. Parecía que quería preservarla de algún peligro. La misma Elena lo notó y le miró con un poco de alarma.
—¿Estás malo, papá?
—¿Malo?... No, por cierto; estoy muy bien... ¿Decía usted, Máximo?...
Había yo perdido el hilo de mis ideas y se lo confesé cándidamente.
Lacante suspiró, y dirigiéndose a Elena, que se había sentado a su lado en una silla baja, le dijo:
—No te extrañe la turbación de Máximo, pues tiene la mente muy lejos del Colegio de Francia... Viene a participarnos su casamiento con Luciana Grevillois.
—¡Luciana!...
Elena dijo ese nombre como un grito. Nunca he visto más profunda alteración de un semblante; la sangre abandonó sus mejillas y sus labios temblaron. Me miró fijamente con ojos dilatados y replicó:
—¿Es con Luciana con quien se casa usted?
—Cuando la conozca usted mejor, espero que querrá hacerla partícipe de la benévola afección que siempre me ha mostrado.
—¡Oh! La conozco ya bien... mejor de lo que usted cree...
Dijo esto Elena con fría aspereza y volviendo la cara, para ocultarme, sin duda, sentimientos que la ruborizaban.
La emoción contenida de Lacante me había dado pena, pero la de Elena me dejó indiferente. Cualquiera que fuese la causa, sabía yo que su corazón no entraba en ella para nada. Un singular incidente, ha cambiado en aversión decidida la atracción casi irresistible que me llevaba hacia ella y con la que luchaba en el secreto de mi conciencia. Durante mis querellas con Luciana había yo llegado a preguntarme si la sencillez de Elena, su modestia, su seriedad y hasta el fervor de su cándida devoción, convendrían mejor a mi vida laboriosa que la belleza brillante de Luciana. Sí, en vanas ocasiones, ahora puedo confesarlo, ha flotado entre Luciana y yo una sombra de pesar que me indisponía con ella. Ahora sé a qué tenerme y soy justo con mi prometida.
He descubierto que Elena, la inocente, la cándida, no es más que una mentirosilla muy inconsecuente, y que sus grandes ojos de tan recta y pura mirada y su puro perfil de inmaculada virgen, son una excelente máscara para ocultar las intrigas de una muchacha mal educada.
Figúrate que, una noche, la sorprendí guardándose en el bolsillo unas cartas que había depositado Lautrec en un escondite convenido. No pudo negar, pues el delito era flagrante, y salió del paso con audacia y bromeando sin explicar nada.
Esta intriga no me extraña y apenas me indigna por parte de Lautrec. Pero ella, Elena, ¿por qué recurre a esas maniobras clandestinas, engaña la confianza de su padre y se compromete con un hombre a quien apenas conoce, cuando podría escogerle en pleno día si él ha sabido agradarla? La cosa es fea, vil e instintivamente perversa.
¡Fíese usted de los místicos éxtasis en el fondo de las viejas catedrales!
He tenido un instante la intención de denunciarla a su padre; pero he renunciado a esta misión eminentemente ingrata. Lacante hubiera podido decirme: «¿A usted qué le importa?» Y, en efecto, ¿qué me importa, después de todo? Lacante es un poco responsable de lo que ocurre, porque no vigila a su hija, deja a su lado a esa Polidora de escasa moralidad y tiene a esta niña inexperta en un círculo corruptor y corrompido. Lo asombroso hubiera sido que hubiese continuado inocente.
Desde aquella fatal noche mis relaciones con Elena han cambiado por completo. La evito y le muestro una gran frialdad; y ella lo conoce y sabe que no me engaña y que la juzgo como merece. Por eso su estupor al saber mi matrimonio, su palidez y el visible temblor de sus labios me extrañaron, pero me dejaron frío. Hasta afecté mirarla con indiferencia agresiva que decía claramente: «Si creías endosarme algún día tus inconsecuencias, te engañabas, bonita niña. No soy hombre de hacerme el restaurador de las virtudes desportilladas.»
¡De quién fiarse, Señor!...