II.
Ayí habia combiaos
Que pasaban e sesenta,
Y los músicos, que ay punto
Que yegó la gente nueba,
Sin aguayday que pasaran
Los cumplíos y etiquetas;
Cojiendo los estrumentos
Tocaron unas caenas,
Y er baile jasta er comey
Duró en caliente y e veras.
Los suegros y los pairinos
Con los nobios á la mesa
Se asentaron; los emas
Caa uno e su manera,
Ñangotaos, en las jamacas,
Paraos y en la escalera.
No faytó er arros con carne,
Con coco y con leche buena,
Ni los biñuelos de ñame,
Ni la naranja en conseyba,
Ni ey romo, ni ey anisao,
Ni ey vino, ni la giniebra.
Despues de yenal ey buche
Boybieron á andal las pieynas
Jasta la hora de senal;
Y así que pasó la sena
Con mas gana que ay prensipio
Too er mundo se menea.
Ey sor los jayó bailando
Sin que nayden se rindiera:
Entonces se espidieron,
Y aquí se acabó la fiesta.
De lo que pasó espues
Los nobios darán la cuenta.
ESCENA V.
BAILES
DE PUERTO-RICO.
Antes de llegar al objeto principal de este artículo, diré cuatro palabras sobre el orígen é historia del baile, tomadas de dos publicaciones recientes, de Madrid la una, y la otra de Barcelona.
El baile es tan antiguo como el hombre; puesto que en sí no es otra cosa, que un modo de espresar sensaciones por medio de variadas actitudes y movimientos: este es el baile en su orígen, que, generalizándose despues, llegó hasta formar parte del culto religioso; conociéndose con el nombre de danza sagrada la que en sus ceremonias usaban los Judios, Egipcios, Griegos y Romanos; continuó siempre en los regocijos públicos y de familia, de suerte que, por la suntuosidad de ellos era fácil conocer el poderío y grandeza de una nacion, y la opulencia de los particulares.
Los Atenienses introdujeron el baile en el teatro, apenas nacido este; siendo en él, primero alegórico, despues histórico, y últimamente tan variado como la trajedia y la comedia. En varias naciones, sobre todo entre los Romanos, llegó á un grado tal de perfeccion que parece fabuloso, no desdeñándose de bailar las personas mas graves y de mas talento. A Socrates gustaba mucho bailar un baile llamado el Menfilico; Platon fué agriamente censurado porque rehusó tomar parte en uno que daba Dionisio de Siracusa, y Arístipo fué muy aplaudido porque, hallándose presente, dejó su manto y danzó muy bien delante del Rey. Caton el censor tomó un maestro á la edad de cincuenta y nueve años para repasar los bailes que habia aprendido cuando jóven.
La invasion de los bárbaros destruyó el baile junto con las artes y las ciencias, que reducidas á la nada hasta pasados algunos siglos, renacieron otra vez, y con ellas el baile, para irse elevando hasta el punto en que se halla hoy en los Teatros de las primeras capitales del mundo civilizado.
Los bailes nacionales españoles se deben, segun el parecer de Jovellanos, á los Sarracenos, y de algunos de ellos toman orígen una parte de los de Puerto-Rico, como verémos mas adelante.
Todos los pueblos tienen bailes acomodados á su gusto, clima, civilizacion y costumbres; distínguense los de los negros de Africa por sus evoluciones guerreras, por su lubricidad, ó por sus movimientos de dejadez y abandono; los de los Chinos por sus grupos difíciles, de equilibrio y vistosos, y los de los salvajes de América por la voluptuosidad, y por su variada espresion, que era tal, segun los viajeros é historiadores, que cualquiera podia conocer fácilmente por ella la pasion que la danza queria espresar.
Conquistada y poblada gran parte del Nuevo-Mundo por los Españoles, era forzoso que adquiriese sus costumbres, y con ellas muchos de sus bailes nacionales; guardando estos toda su pureza, ó adulterándose segun el sitio en que habian de ser aclimatados.
En Puerto-Rico hay dos clases de bailes: unos de sociedad, que no son otra cosa que el eco repetido allí de los de Europa; y otros, llamados de garabato, que son propios del país, aunque dimanan á mi entender de los nacionales españoles mezclados con los de los primitivos habitantes; conócense además algunos de los de Africa, introducidos por los negros de aquellas regiones, pero que nunca se han generalizado, llamándoseles bailes de bomba, por el instrumento que sirve en ellos de música.
Entre los bailes de sociedad son los mas usados la contradanza y el walz; la primera es la contradanza española, conservada mucho mejor que en España; sus figuras tienen la misma variedad que en su orígen tuvo dicho baile, y sus pasos adquieren mayor encanto con la gracia de las hijas del Trópico: es imposible seguir con la vista los movimientos de una de aquellas morenitas de mirar lánguido, cintura delgada y pie pequeño, sin que el corazon se dilate queriendo salir del pecho. La contradanza americana es el baile mas espresivo que pueda imaginarse, es un verdadero poema de fuego y de imágenes seductoras, es en una palabra, la historia de un amor afortunado. Empieza la danza.... La bella es solicitada por un amante, que, cualesquiera que sean los obstáculos, halla siempre el medio de encontrarse con el objeto de su cariño; las diferentes figuras representan muy al vivo los inconvenientes de parte de unos, y la proteccion de otros: en el principio, apenas se acercan, vuelven á separarse, cada vez se detienen algo mas; las manos del jóven toman las de su querida, toca sus brazos, su cintura, y por fin, unidos estrechamente, se entregan al placer en medio de todos sus compañeros, que celebran con igual regocijo la union de dos seres que se adoran. ¡Oh hijas de mi patria! nadie os iguala en el baile, nadie derrama como vosotras ese raudal de fuego puro como vuestras frentes, ni esa voluptuosidad encantadora que solo nace en nuestro clima.
La música, que no contribuye poco á la ilusion, es un conjunto de ecos, tan pronto melancólicos, plañideros y sentimentales, como alegres, agudos y estrepitosos; es creacion del país, y á veces eligen los compositores temas de una cancion popular, sirviendo no pocas de pretesto algun suceso mas ó menos ruidoso para la composicion de una danza que despues lleva su nombre. He oido á profesores bastante acreditados de Europa, que no les gustaba dicha música; uno de ellos tocó al piano delante de mí una contradanza muy bonita, y no pude menos que pensar, que tal como él la tocaba era imposible que gustase; ejecutóla despues una señorita de Cuba, que no poseia mas que medianamente aquel instrumento; y apenas la hubimos oido, cuando díjome el profesor: ¿Sabe V. porque he escuchado con placer á esa señorita? Figúrese V. un estranjero que posea perfectamente el castellano, y que estando en Madrid, por ejemplo, le diesen á leer una de esas composiciones chistosísimas escritas en lenguaje andaluz por Rubí ú otro de nuestros buenas poetas; seguro estoy de que le gustaria muy poco el cambio, supresion y y adicion de letras, la novedad de palabras, y otras cosas que en ella encontraria; pues bien, el mismo estranjero, si le llevasen por la noche al teatro y viese representada por buenos actores la misma pieza, se destornillaria de risa y aplaudiria como un loco; á mí me ha sucedido otro tanto, era preciso que oyera una contradanza tocada por uno de las Antillas para poder apreciar ese género de composicion.
—¿Y ahora la tocaria V.?
—Si lo intentase, por mas reglas que yo sepa, y por mas ejecucion que tenga, me hallaria en el caso del estranjero que he citado antes, si pretendiera al otro dia imitar la ejecucion de la pieza andaluza.
El walz, igual al de todas partes, es en Puerto-Rico el compañero inseparable de la contradanza, y se mira como su consecuencia necesaria; la jóven que promete una contradanza sabe que tiene que bailar el walz con el mismo sujeto.
El rigodon es tambien muy general: frio, pausado y aristocrático, conserva las mismas cualidades bajo el sol de las Antillas que bajo los hielos del polo.
Todos los demás bailes que recorren la Europa con alguna aceptacion, llegan tambien á la Isla, y duran poco ó mucho segun el gusto con que son recibidos; así hemos visto en unos cuantos años la Galop, la Mazurka, el Britano, el Cotillon, la Polka, etc.
Los bailes de Sociedad son en Puerto-Rico casi iguales, en cuanto á las reglas que en ellos se observan, á los que yo he visto en España, aparte algunas modificaciones que no bastan á darles un carácter particular. Hay entre ellas la que he dicho de tenerse el walz como un apéndice de la contradanza, la cual ejerce sobre él el derecho de señalarle las parejas. Esto tengo para mí que debió en otro tiempo ser una prueba que mutuamente se daban los danzantes del placer que habian tenido en la contradanza, que despues á fuerza de repetirse ha venido á ser una ley sancionada por el uso, y como otras muchas leyes, no deja de causar algunos sinsabores: y sino, figúrese el lector una jóven hermosa y bien educada, á quien se le descuelga con la pretension de bailar con ella un coreógrafo bisoño, sin pelo en el labio superior, que se pone como una grana al dirigirle la palabra, y que al contacto de su mano, y al observar las agitadas palpitaciones de su seno, siente que le zumban los oidos, y no puede seguir el compás; preciso es que la niña no le desaire, porque la ley de urbanidad es en este punto inflecsible; y haria una ofensa que nunca perdona el que está en la edad de las sensaciones nuevas y desconocidas. Suena la música, y empieza entre los dos un movimiento igual al de dos manos de pilon que dan alternativamente en el grano, subiendo la una cuando baja la otra y vice-versa; de este modo, tropiezo aquí, pisada allá, apreton acullá, y fastidio en todas partes, llegan al final, y cuando la señorita empieza á reponerse de tanto percance, óyense de nuevo los instrumentos, y es preciso volver al martirio.
No digo nada si es un jóven al que le toca por compañera una prima de su adorado tormento, amiga de su hermanita, ó recomendada por su mamá ó la señora de la casa, y que yo pudiera pintar muy bien; pero no quiero, porque tengo en mucho el aprecio del bello secso (sin escluir aquella parte de él á quien no cuadra el adjetivo), no me detengo mas en esto, y vamos á otra cosa.
La colocación es tambien en lo que mas se repara: ninguno permite que otro se le ponga primero en la contradanza, despues de haber ocupado su lugar, sin que medien razones muy poderosas, lo cual me parece muy en el órden, y es un modo de espresar que entre personas distinguidas deben ser iguales y recíprocas las atenciones. Uno solo empieza á bailar, que es el primero, y á medida que desciende hasta el otro estremo de la sala, le siguen por órden rigoroso los que vienen despues de él; al revés de lo que he visto en otras partes, donde, con motivo de empezar todos á la vez, ningun lugar es preferente; mas resulta una confusion que dura tanto como dura la música. Entre la variedad de figuras que se usan, nadie puede variar tampoco la que puso el que empezó, y solo puede hacerlo él mismo cuando vuelve á llegar á su lugar primitivo.
He aquí lo único en que varian en aquella Isla los bailes de sociedad ó de la clase mas acomodada; en cuanto á lo demás nada tienen que envidiar á los mejores que se dan (no siendo en una corte) en cualquier otro lugar, pues reunen las condiciones de cortesanía y elegancia en los concurrentes, y riqueza y buen gusto en los adornos de trajes y edificios: son notables los que dan las corporaciones, siempre que hay un motivo digno de las grandes sumas que invierten en ellos, y muchas veces hasta los particulares rivalizan en ofrecer con todo lujo esta diversion, que es la primera en el país.
Los bailes de garabato son, como he dicho, varios, y traen su orígen de los nacionales españoles y de los indígenas, de cuya mezcla ha resultado un conjunto que revela claramente el gusto de unos y otros; así en las cadenas y en el fandanguillo cualquiera reconoce una degeneracion de las seguidillas y del fandango; al paso que en el sonduro tambien se ve algo del zapateado, junto con mucho de aquel furioso vértigo, que parecia transformar en otros á los que pasaban dias enteros sentados sobre sus tobillos.
Además del fandanguillo, cadenas y sonduro ó matatoros hay el seis y el caballo, que completan el repertorio de los bailes de garabato. El primero es el fandango español, aunque en obsequio de la verdad tengo que confesar, que así como la contradanza ha ganado mucho, este ha perdido y no poco; los pasos son ejecutados con mucha menos soltura y gracia, los pies de los bailarines no se deslizan sobre el suelo con la suavidad que fuera de desear, sus cuerpos conservan una rigidez, que sobre parecer afectada, se aviene muy mal con el aire y tono de la música y los brazos, que tanta gracia añaden á cualesquiera posicion del cuerpo, son en algunos molestísimos apéndices que no saben donde colocar; en una palabra, el fandanguillo es una planta mal aclimatada.
Las cadenas, derivado de las seguidillas, pero no un engendro contrahecho y raquítico, sino un renuevo vigoroso y lozano, que yo comparo á una hermosa mestiza, son el baile mas animado y vistoso de cuantos pertenecen á esta clase; toman parte en él uno ó varios grupos de á cuatro parejas, las cuales hacen un número convenido de figuras hermosísimas, y ejecutadas con tal precision y soltura que nadie conoceria allí á los envarados y frios danzantes del fandanguillo; crúzanse velozmente en variadas y opuestas direcciones, enlázanse formando grupos siempre agradables, y mudan en un instante infinitas veces de lugar, viniendo siempre al mismo de donde partieron. Nada hay que pueda pintar el alegre regocijo de los campesinos como las cadenas. La música es muy animada á la par que sencilla, el canto con que la acompañan sumamente espresivo, y su letra, no puede hacerse de ella mejor elogio que el decir que son seguidillas, muchas de las cuales he oido en España; y que los gíbaros, sin saberlo, cantan á veces versos de Iglesias, y de otros no menos célebres ingenios.
El sonduro es una especie de zapateado, pero con tales arranques de entusiasmo, que no solo baila la pareja única que está en el centro de la sala, sino que hace mover á cuantos hay en ella; cruje la tablazon del piso; y aquel estrepitoso repique de pies descalzos con un dedo de suela natural, ó bien calzados con suelas llenas de clavos, se hace oir en el silencio de la noche mas lejos que los instrumentos, que por cierto no alborotan poco. Todo este ruido lo hacen un par de pies, que son los del varon, pues que la hembra no tiene en él ninguna parte; vanse relevando á medida que se cansan, y así no es estraño oir por mucho tiempo un rumor que parece imposible que lo cause un solo hombre.
El seis, aunque en rigor deben bailarle seis parejas, yo he visto muchas mas: colocánse las mujeres frente á los hombres en hilera, se cruzan varias veces, zapatean un poco en ciertos compases marcados por la música, y terminan valzando, lo mismo que en la contradanza. Despues de las cadenas, el seis es de los bailes de garabato el que mas gusta, porque no es atronador como el sonduro, ni frio como el fandanguillo y el caballo.
En este se colocan dos parejas de modo que estando la mujer frente á su compañero, tenga á la izquierda al de la otra que esta delante de él: toda la dificultad está en unos pasos muy sencillos y poco variados, y en cruzarse y cambiar de pareja sin tocarse nunca las manos; para un estraño es baile que tiene poca gracia.
Los instrumentos músicos son tambien dignos de que se hable de ellos: forman una orquesta completa una bordonúa, un tiple, un cuatro, un carracho y una maraca. La bordonúa es una gitarra de grandes dimensiones, hecha toscamente, y á veces sin mas herramienta que un cuchillo ó una daga; la madera es de varias calidades, escepto en su tapa que siempre es de yagruno, una de las mas blancas y ligeras que se conocen. El tiple es en un todo igual á esta, sino en su tamaño, que es mucho menor. El cuatro es un término medio entre los dos, y se distingue porque remata en dos ángulos su mitad cercana al brazo, á diferencia de la otra que es redonda como en la bordonúa. El carracho, güiro ó calabazo, es una calabaza larga, bien madura y seca, con surcos transversales algo profundos, sobre los cuales se hace pasar con mas ó menos fuerza un palillo de madera muy fuerte; para que el sonido sea mas intenso, tiene una abertura en la parte opuesta á la de los surcos, y se toca sosteniéndole con la mano izquierda y manejando con la derecha el palillo de que ya he hablado. La maraca es una jigüera atravesada con un palo, y que contiene en su interior una porcion de granos duros y pequeños; agitándola con la mano derecha, con la cual se tiene por el palo que la atraviesa y sirve de mango, produce un sonido con que acompañan al de los demás instrumentos.
Los bailes de garabato tienen sus reglas, que se observan con todo rigor, y que nadie que toma parte en ellos está dispensado de guardar estrictamente. Aunque, como he dicho, son propios de la gente de la clase inferior y del campo, algunas veces he visto bailar en ellos á personas muy distinguidas. Una pisada, un empujon, los zelos de un enamorado, la sonrisa de un espectador, y otras cosas semejantes dan lugar no pocas veces á que se concluyan á cuchilladas; al paso que todos cuando no hay alguno de estos motivos se complacen y obsequian mutuamente con la mayor franqueza, teniendo siempre la preferencia los forasteros sobre los del lugar en que se da el baile; en una palabra, aquellas buenas gentes guardan todas las atenciones y finura compatibles con su clase, sus hábitos y educacion.
Tales son los bailes de garabato: los de los negros de Africa y los de los criollos de Curazao no merecen incluirse bajo el título de esta escena; pues aunque se ven en Puerto-Rico, nunca se han generalizado: con todo, hago mencion de ellos porque siendo muchos, aumentan la grande variedad de danzas que un estranjero puede ver en sola una Isla, y hasta sin moverse de una poblacion.
Inútil seria entretenerme en probar que esta variedad depende de la posicion geográfica que acumula allí individuos de tantas naciones, cada una de las cuales introduce usos que se arraigan mas ó menos, segun el influjo que ellas tienen en el país, y así concluyo manifestando que, fuera de los bailes públicos y de grande espectáculo de los teatros europeos, que no puede haberlos porque el teatro está cerrado la mayor parte del año, y porque en la Isla no creo que haya quien quiera arruinarse contratando compañías que hacen quebrar á los mejores empresarios; en cuanto á bailes nada tenemos que envidiar á ningun pueblo del mundo.
ESCENA VI.
EL BAILE DE GARABATO.
Arreyánense á mi lao
Toiticos los que aquí estan,
Y jagamos una ruea,
Paque puean escuchal:
Ey suseso acontesió
En la semana pasaa,
Que es de aqueyos que encocoran
Y achongan jasta rabiay.
Muaba á canto e talao
A mi baca coloraa
Ey jueves á eso e la una,
Poquito menos ó mas;
Cuando yegó primo Sico,
Que me diba á combial
Pa un baile, que aqueya noche
Jasian en la besindá,
En caje de una comae
Que ey quería festejay,
Casaa con un primo suyo
Jasia tres meses no mas,
Y que era, asigun la fama
Y si bale isil veydá,
De chupe y dejeme ey cabo:
Y no repito lo emas
Que sus muchos amaores
De eya cuentan sin paral,
Polque ey cuento seria laygo
Y no hay quien no sepa ya
Que á enamoraos y á locos
Nayden les debe escuchay.
Espaché en un paire nuestro,
Luego me juy á refrescal
Ar rio, despues me puse
Los trapos e cristianay
Y, ey malambo ebajo er braso,
Dejando mi estansia atrás,
Apenas anochesio
Vide ey baile prensipial.
Era la casa e la fiesta
De yagua e sierra techaa,
Los setos y soberaos
De tablas solo aserraas,
Con bentanas correisas
Y soleras sin labral.
La sala onde se bailaba
La tenian alumbraa
Con cuatro belas e sebo
A los estantes pegaas,
Y otra sobre una tabliya
En que se via un San Blas,
Un ramo e parma bendita,
Tres mochos sin espigay,
Un tigüero, una baraja
Y una atarraya emplomaa.
A la erecha, junto ar seto,
Habia mujeres sentaas
Sobre una canoa grande,
Que ayi tenian arrimaa.
A mano suida lo mesmo,
Las habia arreyanaas
Ensima una costanera
Con dos trosos lebantaa.
Un ture, aygunas banquetas
Y un banco sin resparday,
Seybian de asiento á los músicos,
Cantores y á pocos mas.
Rompió ey baile primo Sico
Con su comae Treniá,
Con un sonduro que daba
Imbidia veyo bailal.
Requintaba la bigüela,
Ey güiro diba á jablay,
Y los tiples y maracas
No les diban muy atrás.
Los garrones e mi primo
Repicaban sin paral,
Y atajaba la pareja
Tan á tiempo y á compas,
Que hubo biejo que la baba
Le bino ay suelo á paray.
Bailóse espues un cabayo,
Unas caënas etrás,
Un fandanguiyo bombeao,
Y un seis se diba á tocay;
Cuando dentró esbanesío
En er baile un camaraa,
Con ey sombrero en la oreja
Y la daga esembainaa.
Parao en mitá e la sala
Dijo:—¿Quién es capatás
En este baile, señores,
Que habemos de platical?
—Yo soy, repuso mi primo,
Pa lo que guste manday.
—No mas queria, que un rato
Aquí me ejaran bailal,
Polque se lo he prometío
A una jembra que aquí está.
—Mucho jiso en prometeyo
Poyque puee que quede mal,
Manque benga acompañao
Con ey mesmo Barrabás.
—Jise bien; y si aigun guapo
Me lo quisiere pribay,
Le pelsinare la cara,
Y naide baylará mas.
—Eso agora lo beremos.
—Pues asina lo berá.
Dió un rempujon á mi primo,
Que ay punto se jiso atrás,
Y metió mano ay moruno
Rabiando pol peleay.
Toitos jisimos lo propio,
Y se puso caa cuar
En ey bando de uno ó de otro,
Confolme á su boluntá.
Las belas fueron ar suelo;
Queándonos por un iguar
Toos prietos, pues ni las manos
Nos podiamos miray.
¿Quién aqueya masamorra
Sera capás e contal?
Las jembras esperesías
Gritaban á no poel mas;
Unas en ey aposento
Se fueron á refugiay,
Otras ayá en la cosina,
Aygunas arrinconaas
En la sala, y jasta una
Se fué de mieo á sumbal
Poy la bentana mas arta,
Con su bojote cargaa.
En poquísimos menutos
Se dieron mas cuchiyaas,
Y repartieron mas palos,
Que letras tiene un misar:
Y no hubieran acabao
Ni con ey juicio finay,
Si no se mete pol medio
La mosa mas aqueyaa,
Que tiene ey barrio e Culebras
En toa su besindá;
La cuar en cuenta e correy,
Al iguar de las emás,
Agarró un cabo de bela
Y en un tison de capá,
Que sacó de los fogones,
Lo prendió á fuelsa é soplay.
Yegó á la sala y gritando:
¡Señores! que jaya pas,
Nos dijo: Atórense un poco
No se bayan á matal:
Yo que soy causa e la riña
Se lo bengo é suplicay.
Escúcheme, que ay momento
La buya se acabará.
En broma le ije á Cilirio
Que no seria capás
De esbaratal este baile,
Y er lo ha jecho de beydá.
Su intencion no era ofendel
A unas gentes tan honraas,
Sino dal á conocey
Que pol mí no teme á naa.
No queamos muy satisfechos;
Pero nos jiso queal
La risa de aygunos cuantos,
Que cada ves diba á mas.
Era ey caso que un mosito
Benío de la Suidá,
Muy agentao y muy tieso,
Asin que oyó ey juracan,
Se metió ebajo una mesa
A aprendel á gateay;
Y entonces me lo sacaban
Sin poel tabía jablal.
Cilirio le dió á mi primo
La mano, voivió á embaynay
La daga; y toos en un veibo
Se ofresieron su amistá;
Se acuairiyaron los músicos
Y mujeres, y á baylay
Otra bes, cuar si tay cosa,
Acabara é presensial
Se puso toita la jente
Con mucha tranquiliá;
Menos sinco ú seis jerios
Que se fueron á curay.
ESCENA VII.
LA GALLERA.
Puede pasar un pueblo de la Isla de Puerto-rico sin espectáculos públicos de toda clase, y si fuera preciso sin alcalde, regidor ni nadie que gobernase en él; pero jamás pasaria sin un ranchon grande, cubierto de teja yagua ó paja, en cuyo centro hay un círculo de ocho á diez pasos de diámetro formado de tablas, con una gradería al rededor, hecha de lo mismo: cuando se trata de fundar una nueva poblacion no es estraño ver que aparece este edificio mucho antes que la Iglesia, y en no pocos parajes en que el número de casas de campo es crecido, estando á alguna distancia de los pueblos, se ve tambien que le hay, si bien falta una ermita ó capilla. Esta entidad que preside en todas partes, esta avanzada de la creacion de nuevas sociedades en sitios hasta entonces inhabitados, este lugar al parecer de un culto idólatra, es la Gallera. Examinarémos en esta escena su objeto é influencia moral, y de aquí la necesidad de hablar primero de los gallos, los galleros y los jugadores, como actores principales, y despues de las peleas, desafíos, etc.
El gallo, animal célebre desde la mas remota antigüedad, ídolo de algunas religiones, y de cuyo canto se valió nuestro Redentor para recordar á uno de sus discípulos su pecado, en ninguna parte es tan querido como en las Antillas; hay una clase sobre todo, llamada gallo inglés, que es el compañero inseparable del gíbaro.
Antes de salir del cascaron, ya se ha cuidado de legitimar su orígen, poniendo á la madre en la imposibilidad de ser infiel: un platanal, un bosque ú otro sitio apartado, es el teatro de los dichosos amores del sultan, que despues de haber muerto en el combate á su terrible adversario, viene cubierto de honrosas cicatrices á reinar en medio de sus favoritas. De allí es trasladada la clueca, y su nido se coloca en la casa en el sitio mas á propósito, cúidasela con mucho esmero, y el dia en que sale rodeada de sus polluelos es un dia de gozo para la familia. Empiezan entonces las discusiones sobre el secso, color y demás cualidades; los amigos y conocidos averiguan los grados de parentesco que tienen los recien nacidos con los gallos de mas nombre de todos los pueblos cercanos, recorriendo las líneas colaterales, con mas afan, que un hidalgo pobre que desea acercarse á un título de Castilla.
Hechas de este modo las debidas averiguaciones, conserva el dueño en su mente la ejecutoria, y los pollos van creciendo hasta dejar la madre; entonces es el momento de separarlos dejando las hembras en casa y poniendo los machos en otro sitio, lo cual no es de tan poca importancia como pudiera parecer; los gíbaros saben muy bien que un terreno en que los animalitos puedan escarbar, fortalece mucho sus patas y su pico; así como el criarse en el bosque les hace mas vigorosos en el vuelo; circunstancias no despreciables, puesto que de ellas depende mas adelante la probabilidad de la victoria.
Es tambien de notar el cuidado que tiene todo criador inteligente en impedir que se mezcle con los pollos, cuando son ya crecidos, alguna gallina; porque reñirian hasta matarse; y si por una casualidad no sucediera así, perderian mucha pujanza, siendo mas débiles en el combate; cada dia les muda la comida y el agua, cuando no la hay en el criadero, y se asegura muy á menudo del estado de la salud de los futuros gladiadores.
Estos cuidados duran año y medio ó dos, hasta que entran en la escuela práctica, bajo la direccion del gallero; este es un hombre blanco, negro, ó mulato, gordo ó flaco, alto ó pequeño, por lo regular de alguna edad, que es capaz, por su mucho conocimiento en la materia y por su acrisolada paciencia, de instruir á un gallo, sacando todo el partido posible de las disposiciones que presenta, desconocidas á los profanos en el arte; mas que para él son el objeto de un estudio continuo. Debe además ser vir probus en toda la estension de la palabra, pues á su rectitud se fian grandes sumas, como verémos despues.
Hacerse cargo de la completa filiacion de su pupilo es la primera diligencia del gallero, que en dos minutos sabe si aquel es rubio, giro, pinto, cenizo, canaguey, gallina, ala de mosca, jabao, blanco, ó negro, si es pava, roson ó guineo; si es pati-negro, pati-amarillo ó pati-blanco si es cinqueño, bajo ó alto de espuelas, si tiene la canilla larga ó corta, si es largo ó ancho de cuerpo, si aletea con fuerza, si tiene la pluma madura, etc. no olvidándose nunca de oirlo cantar, para conocerlo despues por la madrugada; y es tal la habilidad de aquellos hombres, que entre centenares de gallos que cuidan y acondicionan, conocen á cada uno por el canto, sin que se engañen jamás.
Desde este dia, hasta aquel en que está en disposicion de jugarse, pasa el gallo por una serie de pruebas y ejercicios continuos, sujeto siempre á un régimen severo, todo lo cual reunido forma lo que se llama darle condicion; ó, lo que es lo mismo, ponerle en disposicion de reñir con las mayores ventajas posibles de su parte. Córtale el gallero la cresta y las barbas, le pela con unas tijeras el pescuezo y la parte posterior del cuerpo, le recorta la cola á unos cuatro traveses de dedo de la rabadilla, y lo mismo hace con la punta de las plumas del ala; le pone una cabulla por sobre la espuela para que no pueda soltarse, ni le oprima la pata; teniendo cuidado de mudarla de una á otra, y le coloca en el lugar que debe ocupar en una casa grande, alquilada espresamente, y que toda está llena de gallos atados, de modo que no puedan alcanzarse, á un clavo fijo en las tablas del piso, ó encerrados en jaulas grandes de madera, con su division para cada uno.
Al salir el sol los sacan al corral ó frente de la casa, atando á cada uno en su estaca clavada en tierra, para que puedan escarbar; antes de esto los rosian con buches de agua y aguardiente, y los tienen allí hasta las diez ó las once de la mañana. Por la tarde vuelven á sacarlos, y al ponerse el sol les dan el maíz y el agua graduados segun su peso, y el resultado de la última prueba.
Estas pruebas son las botas y los coleos; las primeras consisten en echar á reñir dos gallos de igual peso, con las espuelas embotadas, ó envueltas en trapo ó papel de estraza, de suerte que no puedan dañarse: el gallero observa atentamente á cada uno, si pelea alto ó bajo, si pica á la cabeza, al pescuezo al buche, á la cabeza del ala ó debajo de ella, si es de carrera, si juega la cabeza, si pelea de afuera ó apechuga, si engrilla ó voltea, etc.; y segun lo que nota, coge á uno de ellos en la mano y le maneja delante del otro con tal habilidad, que, siguiendo este sus movimientos, se acostumbra á pelear, corrigiendo sus defectos. Esto es lo que se llama coleo. Si el gallo se cansa en estos ensayos por esceso de gordura, se le rebaja la racion diaria, y si está débil, se le aumenta; habiendo tal variedad, que unos pelean mejor estando gordos, y otros estando flacos; de lo cual resulta su division en gallos á la vista, y gallos de saco.
El gallo que pelea bien teniendo muchas carnes, bajo de patas, ancho de cuerpo, y que puesto de pie no eleva mucho la cabeza, debe jugarse á la vista; esto es, comparándole al descubierto con su adversario: cuando el que pelea bien con pocas carnes es alto de patas, largo de cuerpo y tiene la cabeza alta, debe jugarse al saco; esto es, equilibrándole en una balanza con su competidor dentro de dos sacos que pesen lo mismo.
Cuando el gallo está acondicionado, lo cual se conoce por las botas y coleos y por el hermoso color rojo de su cuello y de la parte posterior del cuerpo, se lleva á la gallera para jugarlo con mas ó menos dinero, segun las cualidades que ha manifestado: y aquí es muy interesante el papel del gallero, que, durante la riña, se llama coleador; casa la pelea conforme á las reglas establecidas, salvas algunas ligeras modificaciones, como el enseñar la cabeza del gallo, para conocer por la cicatríz de la cresta si los dos son de una edad, el medir las espuelas, el dar en el peso alguna media onza de ventaja, etc.; y hecho esto,
Los agusan los rusian
Y si ey dia es abansao
Les dan tres ó cuatro granos
De maís medio mascao.
Recortan además las alas, segun la estatura del contrario y el pelear de su gallo, entrando ufanos en la valla ó talanquera: retírase la gente que hay en ella, y puestos en el centro los acercan, teniéndolos en las manos hasta que se pican, y separándolos despues los sueltan; dejando á cada uno sobre una de las dos rayas paralelas hechas en tierra con algunos palmos de intermedio. Empieza entonces la riña, durante la cual los coleadores estan fuera de la talanquera, ó ñangotaos junto á ella.
No hay palabras para pintar la fiereza de aquellos animales: al principio no llegan á picarse, sino que se hieren al vuelo: á estos primeros golpes es á los que llaman tiros bolaos; pero no tardan en comenzar, y cada picotazo va seguido de una puñalada, que el contrario evita con destreza, ó recibe con heroico valor; sus cuerpos se cubren de sangre y polvo, pierden la vista, y apenas pueden tenerse; llegando muchas veces á quedar despues de algunas horas rendidos de fatiga, sin que ninguno de los dos haya vencido: á esto se llama entablar la pelea: otras huye uno, muere ó queda fuera de combate, siendo el otro vencedor.
Hay gallos que tienen golpes favoritos; tales como picar á la cabeza del ala, clavando la espuela debajo de ella, dar en el yunque, que así llaman á la nuca, etc. La carrera es tambien un grandísimo recurso; los hay que corren al rededor de la valla delante del contrario, que si no tiene tambien esta cualidad se cansa persiguiéndolos, y entonces es vencido fácilmente; llegando algunos á tanto, que, si conocen desventaja por su parte, se detienen sin correr, hasta que el otro vuelve á seguir riñendo.
El ojo de lince del coleador sigue todos los movimientos de su gallo, mientras que los espectadores de las gradas publican en alta voz la cantidad que quieren apostar á su favor, y le animan con las esclamaciones mas originales:
Pica gayo y engriya jiro,
Mueide al ala renegao,
Juy que puñalon de baca, etc.
que se repiten á cada nuevo encuentro.
Cuando los combatientes dejan por un momento de lidiar se da un careo, los cogen los coleadores, los limpian chupando la sangre de todo el pescuezo, examinan sus miembros; y con estos cuidados les vuelven á veces la vista y los reaniman para volver á la reyerta. Un número determinado de careos sin que ninguno de los combatientes embista al otro entabla la pelea.
Con lo dicho se tendrá una idea del objeto de la gallera; pero no seria muy completa, sin añadir algo que venga á confirmarlo establecido al comenzar este artículo: bastará decir, que muy raro es el gíbaro que no cria gallos de buena casta, que muchos pasan todo el domingo en la gallera, y que algunos vuelven á su casa por la noche, sin llevar la carne que habian ido á comprar al pueblo para toda la semana siguiente, porque les tentó algun pati-amarillo ó coli-blanco; mas ¿á qué detenernos en otras cosas, cuando una simple relacion de un desafío basta y sobra á nuestro propósito?
Los desafíos, que no son mas que la reunion en un pueblo de los gallos mas famosos de muchos de los circunvecinos, se anuncian con grande anticipacion, y se verifican en dias señalados. Algunos antes empiezan á llegar los campeones, conducidos con grandísimo cuidado: un hombre lleva una vara al hombro, y de ella penden cuatro, seis ú ocho gallos, en su saco cada uno; así son trasladados hasta á ocho y diez leguas de distancia. Llega por fin el dia deseado: toda la poblacion se inunda de gente, una gran parte de la cual no tiene otro objeto que ver jugar un gallo conocido, y para esto ha hecho á pie muchas horas de camino. En la pelea se sigue las mismas reglas que en los casos ordinarios, con la única diferencia que se atraviesan mayores cantidades, y que el concurso es mucho mas numeroso.
Hemos llegado al punto en que el lector aguarda que le diga mi modo de pensar acerca de la gallera: yo reconozco la oportunidad de su deseo; pero no puedo complacerle cual quisiera, porque es cuestion mas difícil de resolver de lo que al pronto parece. En efecto; ¿qué puede contestarse á la pregunta de si el juego de gallos es útil ó no? Dirémos, que como causa de la comunicacion de unos pueblos con otros, como medio de que circule el dinero, y como mero pasatiempo en los dias festivos, no hay duda que lo es; mas como ocupacion, como camino que puede conducir á otros vicios, y como ocasion de perder el dinero destinado al sustento de una familia, es altamente perjudicial. El tiempo resolverá el problema, y yo me atrevo á esperar que cuando haya otras diversiones públicas y á medida que adelantemos, se irá perdiendo esta costumbre hasta desaparecer completamente.
ESCENA VIII.
UNA PELEA DE GALLOS.
Tribusio Lopes ey manco
Y Chano Peres ey tueyto,
Dambos á dos señalaos,
Y nenguno pol sey bueno;
Platicando diban juntos,
Y de siguro mintiendo.
Cuando e repente toparon
Con un compae dey primero,
Que, montao en una yegua,
A escape benia dey pueblo.
—Compae, le grito Tribusio,
Aonde se ba tan ligero
—Sujetó ey otro la bestia,
Y le ijo: —Boy ar infierno
A entregalme á Barrabás,
Que de rabial ya me quemo.
—Asosiéguese, compae;
Y si es que aygun majaero
Le ha jecho mala paltía,
O le ha tocao ni en un pelo,
En cuanto me iga quien es,
Con er naranjo que yebo,
Berá como boy ayá
Y le machuco los güesos.
—Grasias poy la boluntá,
Su mucho aquey le agraesco;
Pero ya too se acabó,
Y lo jecho ya está jecho.
—Pero ¿qué es lo que ha pasao?
Si es que aquí poamos sabeyo.
—Si siñol: lo contaré
A los dos toito en un creo.
Salí yo esta mardugaa
De mi casa muy contento,
Montao en mi yegua gacha,
Que se aguaytaba ey lusero.
Era espesa la ñublina,
Ey bientesito muy fresco,
Y menudeaban los gayos
Caa uno en su duymiero.
Mi poyo giro gayina,
Con su cantío, respondiendo
Les diba dende mi farda
Ar pasay á caa uno de eyos.
Yo traia en mi fardiquera,
Pa jugayo, cuatro pesos;
Y si la biera tenío,
A sus patas biera puesto
Cuarenta biajes mas plata
Que la que tiene un platero.
Yegué á este pueblo e Gurabo,
(Que mar rayo palta ey pueblo);
Ejé mi gayo y mi yegua,
Y me fuy á misa corriendo.
Salí que serian las once,
Menutos de mas ó menos,
Y ajilé pa la gayera
Pol bey como diba aqueyo.
Sinco ú seis peleas casaas
Tenian barios gayeros;
Que como era desafío
Los habia de muchos pueblos.
Me dieron en la primera,
Y gané, un beinte á dos pesos;
Y no quise apostay mas
Pa gualday suelte y dinero
Jasta que echara mi poyo:
Y ya me diba aburriendo,
Cuando jayé un tres y dos
Que en pata, cabesa y peso
Igualaba con er mio;
Er negocio queó jecho,
Y casamos la pelea
Con cuatro pesos y medio.
Ay fin yegó la ocasion
Que asperamos mucho tiempo:
Cojimos los dos los gayos,
Y metiéndonos con eyos
A entro de la talanquera
Los sortamos en ey medio.
Ey coleaol mi contrario
Era mas arto que un ceiro,
Carireondo, jipato,
Y bisco der ojo isquieydo.
Su gayo era canaguey,
Coliblanco y patinegro,
Y mas trabao que er mio;
Manque no era tan ligero.
Too ey mundo apostaba á ey
Polque era gayo dey pueblo;
Daban cresías gabelas
Gritando:—Bente á dos pesos.
—Sinco á cuatro.—Tres á dos.
Y asin diban repitiendo.
Yo aposté á mi poyo giro
Jasta er cobre mas secreto,
Sin reseybay ni los cuaytos
Que pa casne truje ay pueblo.
Pasaon los tiros bolaos,
Y los gritos antes que eyos,
Polque ey gayo canaguey
Peldió un ojo á los primeros.
Dambos á dos se moydian
Y barajaban tan resio,
Que mas de un biaje pensé
Que se abrian de medio á medio.
Ey mio, que era e carrera,
A poco salió corriendo;
Pero ey otro condenao
Se supo jasel ey sueco:
Aleteó, hechó un cantío,
Y á escalbay se puso luego;
Jasta que ey giro boybió,
Y se pegaron de nuebo:
Lo prebó dos ó tres beses,
Y siempre jiso lo mesmo.
Mi poyo le dió ay contrario
Cuatro ú sinco tiros buenos,
Otros tantos resebió
De aquey á cuenta de aqueyos,
Y no se pasó gran rato
Sin que los dos quearan siegos.
Entonses fue menestey
Que diéramos un careo;
Y bí que ar sortay los gayos,
En lugay de ejayo quieto,
Arrempujó contra er mio
Ar suyo ey bisco peybeyso.
—Camaráa, le ije ajorao,
Juégueme de bueno á bueno,
Y no me arrempuje ey gayo,
Que esa no es la ley dey juego.
—A osté lo arrempujaré
Si me bueybe á disil eso.
—Pues ni oste ni toa su casta
Son capases de jaseyo.
—Buélbame á isil lo de enantes
Y en siguía le prometo
Poneye la mano aonde
Su mae le puso los pechos.
Ar sentil mental mi mae
Peldí ey juisio poy completo,
Y oyviándome dey sitio,
De la gente y de mí mesmo,
Cogí ey gayo pol las patas
Y se lo espeté en los besos;
Nos agarramos, y muchos
Que se metieron pol medio
Nos lograron separay
Despues de luchal buen tiempo.
Ey siñol Tiniente á guerra
Nos queria metel presos;
Pero ay fin nos dejó libres,
Jasiéndome que primero
Pagara toitas las puestas
Que con barios habia jecho.
Las pagué, y me boy pa casa
Sin mi gayo, sin un medio,
Sin casne y sin mascaúra
De tabaco malo ó bueno.
Aquí arremató ey compae,
Se espidió, y se fué corriendo;
Y los otros dos dentraron
Cuar si tay cosa en ey pueblo.
ESCENA IX.
ESCRITORES PUERTO-RIQUEÑOS.
D. Santiago Vidarte.
La literatura, ha dicho un escritor célebre de nuestra época, es la espresion, el termómetro verdadero del estado de la civilizacion de un pueblo: verdad innegable, que se ve confirmada en nuestra Antilla. Pocos años hace que vió la luz en ella la primera publicacion literaria, y pocos tambien que se nota un verdadero progreso: aquella fué la señal de este, y los hijos de Puerto-Rico no aplaudimos entonces desde Europa la aparicion de un libro nuevo, tanto como el felíz cambio que simbolizaba.
Pero este cambio, como es natural, no pudo verificarse en un momento; los demás ramos del saber humano se van estendiendo poco á poco, y la literatura marcha sin avanzar mas de lo que permiten las circunstancias del país: verdadera crisálida que acaba de romper su envoltorio, mas bien camina que vuela, y no se aparta de una hoja sino pasando á otra de la misma planta; pero si le falta vigor, si no tiene, como algunos pretenden, una region en que volar, luce ya los vivísimos colores en sus alas, el sol las dora, y no tardará en lanzarse al espacio, posándose veleidosa sobre las flores que bordan la campiña.
Los escritores de Puerto-Rico, la mayor parte poetas, son casi desconocidos fuera de aquella Isla; sus producciones respiran ingenio y revelan imaginacion ardiente; el genio brilla en ellas, pero tímido y saliendo apenas de la senda trazada por otros. ¿A qué se debe esto, cuando el tender la vista al rededor y copiar, basta en las Antillas para deslumbrar á los que miren despues el cuadro? Sin ofender á talentos que reconozco muy superiores al mio, creo que es debido á que ni el terreno está preparado, ni el grano bastante maduro. Cuba ha dado un Heredia, un Valdés, un Caballero, un Saco y otros; pero no los dió hasta llegar á un grado de adelanto que todavía no hemos alcanzado nosotros.
Cuando nuestra enseñanza sea mas completa; cuando las artes y la industria sean mas generalmente conocidas; cuando nuestra agricultura acabe de salir de la antigua rutina; en una palabra, cuando podamos compararnos sin desventaja con la Isla de Cuba, entonces estará el terreno preparado. Cuando una juventud ávida de instruccion adquiera en las escuelas del país la que ahora solo puede alcanzar un reducido número de privilegiados; cuando esta juventud se dedique á profesiones que en el dia se miran con desprecio, porque son casi ignoradas, entonces estará el grano en sazon y brotará dando despues abundantísima cosecha. Sembrar en un campo cubierto de malezas es perder el tiempo y la semilla.
Los escritores de Puerto Rico deben demostrar la utilidad de una instruccion artística é industrial, de que por desgracia carecemos, y arrostrar si es preciso la peor de todas las críticas, la mordacidad del ignorante; deben..... ¿y porqué me detengo en decirlo? debemos estudiar, meditar y discurrir mucho, puesto que somos jóvenes, para servir despues de ejemplo á los que nieguen el benéfico influjo del saber. ¡Cuán dichoso el que llegue á ser citado por modelo! Vístase el pensamiento con las formas que se quiera, pero que sea siempre uno; siga cada cual su rumbo, pero vayamos todos al mismo término, evitando que una enseñanza viciosa por lo incompleta reuna combustibles, que puedan servir para la hoguera en que nos quemaria la barbarie. ¡Cuán lamentable es la historia de Santo Domingo! Cuán arriesgado el crear una universidad que llene de médicos y abogados un país en que las artes y la industria no bastan á mantenerlos! Pero dejemos esto para los que cuidan de nuestro porvenir, contentándonos con que las anteriores líneas llamen su atencion sobre un punto que interesa hasta lo sumo, y pasemos á ocuparnos del primero de nuestros jóvenes poetas.
Don Santiago Vidarte, casi niño todavía, ha merecido con justicia el título de primer poeta puerto-riqueño, y no tememos al darle este dictado incurrir en la nota de parciales, que supondria no muy sobrada instruccion, y mas que poca generosidad en los ingenios que pudieran disputárselo; reconocemos la altura á que llegan otros, y hubiéramos estudiado con mucho gusto sus producciones para dar sobre ellas con toda cordialidad nuestro humilde voto; pero por una parte la desconfianza natural al crítico novel, y por otra el temor harto fundado de que la espresion de nuestro pensamiento se interpretase como ínfulas de preceptista nos han desanimado, haciéndonos pasar ligera y superficialmente por la primera parte de esta escena. Además, todos los escritores de Puerto-rico viven por fortuna y son jóvenes; ¿quién sabe adonde llegarán con el tiempo y el estudio? al paso que Vidarte murió ya; y aunque mucho hizo, rompióse la rueda, y volcó su carro apenas comenzada la senda gloriosa de su triunfo.
En dos épocas pueden dividirse las poesías de Vidarte: entre ellas no media mas que el corto espacio de dos años; y sin embargo, ¡cuánta diferencia! ¡cuán inmensa la distancia que separa una de otra! Ensayaremos su bosquejo, y muy felices nosotros si podemos trasmitir al lector una pequeña parte de la triste veneracion que nos inspira el recuerdo de ese lucero de los Trópicos, que brilló para morir antes que pudiera admirarse su hermosura.
En el año 1844 apareció el Album Puerto-riqueño, obrita cuyo fin y orígen es inútil recordar, y en ella vieron la luz pública las primeras composiciones de Vidarte, que habian sido recibidas con agrado en una reunion literaria, formada por varios jóvenes algunos meses antes. En todas las producciones de esta época se revela el genio del autor; pero estraviado por la lectura de algunos de nuestros poetas modernos, siguiendo un camino árido y que no era el suyo, sin fe y sin creencias, imitando á otros, que á su vez eran imitadores; en una palabra, queriendo parecer vieja y gastada una alma vírgen y llena de esperanzas: y ¿como podia ser de otra suerte? una imaginacion ardiente y en la hermosa primavera de la vida, ¿no habia de estar en oposicion consigo misma al pintar la duda terrible que no podia comprender, y al hacer gala de un escepticismo que nunca abriga un corazon de quince años?
De aquí nace la monotonía, la falta de unidad y el amaneramiento de la mayor parte de las composiciones á que nos referimos. Cuando el poeta es ingenuo, cuando el poeta es jóven, sus versos son fáciles, las imágenes vivas y el lector goza en su contemplacion; pero cuando el poeta quiere aparecer viejo, calla el sentimiento para que ocupe su lugar una razon débil y versátil, ó una reminiscencia siempre fria y amanerada. En la composicion titulada La vida, despues de pintar la juventud con la siguiente octava:
Es el alma entonces vírgen
dulce asilo de ilusiones,
ajena de las pasiones
que estravian nuestro ser;
y comienza nuestra vida
á descubrir sus primores,
cual en un jardin las flores
al tiempo de amanecer,
retrata la edad provecta con estas quintillas, que no parecen del mismo autor:
Y seguimos ofuscados
hollando impuros despojos;
tan solo vemos abrojos
y esqueletos estraviados,
donde clavamos los ojos.
Aquí... negra tumba vemos
con un epitafio inscrito...
Allí... ¡¡¡un feretro!!!... allá... escrito
sobre una lápida lemos
el nombre de algun proscrito.
¡Qué seria nuestra ecsistencia privada de goces que hicieran olvidar nuestros sufrimientos, y sin fé que nos alentase á sobrellevarlos? El poeta puede ecsagerar, pero nunca mentir.
Hemos dicho que cuando Vidarte seguia los impulsos de su corazon, apartándose de reflecsiones cuya profundidad no podian medir sus cortos años, lucia todas las galas de su rico ingenio, y la cancion titulada El sereno es una prueba de la verdad de este aserto. ¡Con que encantadora sencillez pinta el amor inocente de su edad cuando dice:
Las once y media ha tocado
y el barrio tranquilo está;
duerme, hermosa, sin cuidado,
que un sereno enamorado
á tu puerta velará.
Duerme, sí, linda Belisa,
y en tus ensueños de amores
me consagra una sonrisa,
dulce y pura cual la brisa
que mece blanda las flores!
Dulcísimos y puros son los anteriores versos, y muy dulce y puro el amor que retratan: compárese esta composicion con las demás en que el poeta llora desengaños que no ha sufrido ¿pero qué mas? él mismo manifiesta cuanto le abrumaba lo que con razon llama soñar, cuando, dirigiéndose á su caro amigo Don Pablo Saez, dice:
Cantemos, cantor, cantemos
las ilusiones que vimos.
No mas ¡vive Dios! soñemos;
ya es tiempo que despertemos
del letargo en que dormimos.
Dos años despues dió una prueba de haber despertado al insertar en el Canc. de Borinq. las seis hermosas composiciones tituladas: Insomnio, La nube, Dolora, Ante una cruz, Las dos flores, y Memorias. Estas pertenecen á la segunda época, y son otras tantas guirnaldas que forman la corona inmortal de nuestro vate. Las ecsaminarémos en particular, sujetándonos á los estrechos límites que marca el carácter de esta obra; pero antes permítanos el lector cuatro palabras que puedan guiarnos en nuestro juicio, y que espliquen la grande diferencia que hay entre esta y la primera época del autor.
Dos años empleados en incesantes estudios, en largas meditaciones, en discusiones amistosas, en una sociedad formada sin otro objeto que la instruccion mutua, debieron por fuerza dar otra direccion á las ideas de un jóven en que todos admiraban el genio, el sano juicio y una dulzura de carácter, que sola ella hubiera bastado á hacer su trato apetecido y siempre agradable. Los triunfos alcanzados en su carrera, y que lejos de procurarle envidiosos émulos, aumentaban por su modestia el número de sus admiradores, hicieron que viese en el hombre, no un mortal y encubierto enemigo, sino un hermano que alguna vez no lo parece por causas que no emanan de él. La luz de una Religion divina, que enseña al hombre á amar al hombre, completó el triunfo de la razon, y el genio rompió la cadena de dudas que le ahogaba con su peso, manifestándose bello, puro y confiado en su grandeza.
Algunas penas, de aquellas que no lo son para las almas vulgares, vinieron á turbar el alma inocente del poeta: sin la Religion y el estudio hubiera renacido con creces su antiguo escepticismo; pero fortalecido su ánimo con estos dos ausilios poderosos, combatió con fé en el porvenir, y solo se conoce esta lucha en la dulce tinta melancólica que vemos esparcida en sus producciones. Pasemos á analizar estas.
La primera que aparece en la coleccion es el Insomnio, y nosotros quisiéramos trasladarla íntegra, porque estamos seguros de que ella diria mas al corazon del lector que nuestros pobres elogios. Al comenzar la poesía, espresa el Autor la confusion, pesadez y ansiedad que preceden al ensueño; luego las imágenes son mas claras, ve á su amada, la invita á partir con él á un país delicioso y una barca les conduce durante la noche; á la primera luz de la aurora despiértala impaciente anunciándola la prócsima salida del sol y cuenta las bellezas de una tierra que verán con su luz; aparece el astro luminoso, y á medida que se acercan va mostrándole los encantos de aquel suelo de promision: ya estan cerca, mas cerca aun, vense las montañas, los prados, los jardines, los pueblos, los castillos y.... «¡Poder de Dios, si estoy soñando!» esclama el poeta cuando el colmo del placer que siente al pisar de nuevo el suelo de su patria, le arrebata un sueño tan seductor.
La unidad perfectamente sostenida con formas siempre nuevas y variadas, la profundidad, delicadeza y verdad en los pensamientos, la pureza en el lenguaje, en una palabra, el mas esquisito gusto campea en toda la composicion; de suerte que citarémos algunos trozos de ella, no como mejores, sino como muestra de la belleza del todo: tales son los que siguen de la primera parte.
Mira, del céfiro en alas
volará nuestra barquilla,
dividiendo con su quilla
las olas del vasto mar;
y unidos en tierno abrazo
yo iré mil trovas cantando,
mientras tú vayas jugando
del agua con el cristal.
Ven, palomita, y marchemos
de otro nido á disfrutar,
no tengas miedo del mar:
Tú eres sirena de amor,
y el mar ama las sirenas.
No sabemos que admirar mas, si la sencillez, pureza y verdad del primero, ó la esquisita finura que cubre el sensualismo que encierran los dos primeros versos del segundo.
Como modelo de facilidad y armonía, no podemos dejar de hacer mencion de los que siguen de la segunda parte, y del principio de la tercera.
Voguemos, voguemos
al son de los remos,
la noche convida,
¡qué bella es la vida
que corre en el mar!
El aura ligera,
veloz, placentera
nos va susurrando,
meciendo, empujando
la barca fugaz.
Auras de amor, que pacíficas
del mar las olas besais,
venid con livianas ráfagas
nuestra esperanza á arrullar.
Venid, amorosos céfiros,
que la flor enamorais,
y con vuestras alas plácidas
nuestra piragua empujad
¡Soplad!
La metáfora empleada al hablar de la montaña de Luquillo es valiente, natural, nueva y sublime: en efecto, ¿qué puede añadirse al último verso de esta cuarteta?
Despierta ya, alma mia, el tiempo avanza,
y al asomar su disco el sol dorado,
verás cual se dibuja en lontananza
verde gigante de metal preñado.
¡Con cuánta propiedad retrata en esta otra á la ciudad de Puerto-rico vista á la luz de la aurora!
Una peña blancuzca y altanera,
que está del mar en brazos dormitando.
Pero donde nos vemos en la precision de no omitir una sola palabra hasta el final de la poesía, es desde donde esclama el Poeta:
......¡Qué hermosa es la alborada!
¡Que bello ¿no es verdad? el Oceano
con su limpio azul! Oh! canta inspirada
una cancion al mundo americano.
Mas no, calla... ¿columbras á lo lejos
una luz amarilla, un globo ardiente
que brota de la mar en mil reflejos?
Pues... es él, que se anuncia por oriente.
El es, sí, si, ya estamos, mi paloma;
es el sol ¿No distingues con su brillo
aquel gigante que en el agua asoma?
Pues se llama el gigante aquel—Luquillo:
¿Y ves allí cabe su planta umbría
fantástico un jardin de flores rico,
donde vive el Abril, sirena mia?
Pues el jardin se llama—Puerto-rico.
Cerca está el puerto. ¿Ves la peña aquella
que está del mar en brazos dormitando,
vestida de castillos, rica, bella...?
Pues es... ¡Poder de Dios, si estoy soñando!
Enmudecemos de asombro al contemplar tanta belleza, y tememos cometer una profanación queriendo analizarla.
Largo seria é inútil ir anotando una á una las bellezas de que están sembradas las demás poesías; basta lo que acabamos de decir de la anterior, para probar que Vidarte merece justamente el título de primer poeta Puerto-riqueño; sin embargo, no podemos menos que citar la siguiente cuarteta de las Memorias:
Y tú, patria adorada, Puerto-Rico,
perla de oro en el piélago embutida,
que de la mar sobre el crespado lomo
tu sien levantas de altivez henchida.
y esta otra de las dos flores:
Del campo ameno la feraz llanura
en risueña estension se prolongaba,
por límites teniendo una cintura
de verdes cerros dó la luz trepaba.
En esta composicion pudiera un crítico severo hallar la falta de objeto moral, y alguna imágen poco motivada; pero en cambio tiene partes, como el romance con que comienza, que nada dejan que desear; y si el Poeta parece en ella poco crédulo en la justicia de los hombres, véase en su plegaria cuanto confia en la de un Dios omnipotente.
Lanzado en este mar ronco y profundo
sin otra luz que una esperanza bella...
las olas cruzo del revuelto mundo;
mas ¡ay, Señor, que mi batel se estrella!...
¡Negra es la noche! el huracan insano
en torno ruje con furor sombrio;
y... ¡guay de mí, Señor, si vuestra mano
no desvanece ese huracan bravío!
Yo he delinquido, y tu divino nombre
en mi delirio á veces he olvidado...
pero si tengo un corazon de hombre,
¿que hacer, Señor, si el hombre es el pecado?
¡Humilde piedad, uncion evangélica, sublime resignacion, cuánta virtud en una alma tan tierna! y nunca podrá la envidia decir que Vidarte no abrigaba en su corazon esa esperanza en un Dios misericordioso que tan bien espresan los anteriores versos, no, es imposible que donde no hay creencia haya verdadera inspiracion; además, nosotros, que seguimos uno á uno los pasos del mal que destruyó su existencia preciosa, sabemos la serenidad con que aguardó el momento solemne, mientras su razon estuvo libre. No habia ya esperanza... ¡Solo en Dios!... y era preciso que sus amigos lleváramos al ministro del Altísimo junto al lecho del dolor, despues de anunciarlo al moribundo... La voz del cantor de los palmares desfalleció mas de una vez, y la nuestra se anuda en la garganta al recordar aquella escena. No habia allí mas que uno tranquilo y resignado, y este era Vidarte. ¿Con qué no tengo remedio? dijo con voz entera y muy segura: con todo, no me dejen Vds. morir sin que venga á verme el Doctor S., pero antes, que venga el confesor.
A los pocos dias murió en los brazos de sus amigos, despues de un delirio en que repetia muy á menudo los nombres de sus padres y hermanos, los de sus bienhechores y el de su patria, añadiendo siempre: es preciso estudiar ... estudiar; es menester que yo trabaje mucho. A su modesto coche fúnebre seguian mas de veinte, que apenas bastaban para conducir las personas que espontaneamente fueron á su entierro; leyéronse junto á su tumba sentidas composiciones en prosa y verso; mas nosotros callamos entonces, como callamos ahora, porque ahora como entonces nada podemos, mas que verter amargas lágrimas.
ESCENA X.
LOS SABIOS Y LOS LOCOS EN MI CUARTO.
Soy yo de aquellos, y esto no importa mucho al lector, que tienen la costumbre de no dormir sin haber leido antes algo, y este algo suele ser de aquellas materias que necesitan mas recogimiento y meditacion, pues creo que nunca como en el silencio de la noche puede uno separarse del mundo real, para elevarse al imaginario; sobre todo cuando se ha pasado el dia sin penas, cosa que el hombre jóven logra algunas veces, antes de ser el gefe de una familia, ó mientras no tiene que gobernar por sí mismo la nave de su porvenir.
En fuerza de este hábito, habíame acostado en una de las noches de enero, teniendo la luz á la cabecera de mi cama, y en las manos un tratado de enagenaciones mentales, en el cual leí no pocas páginas con cierto entusiasmo mezclado de tristeza, al ver que, si el hombre puede llegar por su genio á elevarse sobre sus semejantes, puede tambien, por un misterio insondable hasta el presente, carecer hasta de los instintos que la Providencia concede á los brutos. Mis reflexiones me condujeron á bendecir á los que, con sus talentos é inagotable amor á la humanidad, han hallado el camino de volver á la especie humana á algunos seres que de ella no conservaban mas que la figura. Quedéme dormido, y á poco empecé á soñar lo que sabrá el lector, si tiene paciencia para leer toda esta escena.
Estaba yo en cama, aunque despierto, cuando me veo entrar en mi cuarto cuatro señores muy respetables, sin hacer ni el menor cumplido y con la misma franqueza que entra el aprendiz de la imprenta al amanecer á pedirme original para el cajista.
—Buenos dias, Señor, dijo el mas anciano con tono dulce y acento estranjero.
—Beso á V. la mano, respondí yo incorporándome y haciendo una inclinacion de cabeza, para contestar á la reverencia muda de los otros tres. Tengan Vds. la bondad de sentarse, añadí, que voy á vestirme corriendo para ponerme á sus órdenes.
—Oh no, no; perdon, no queremos que V. se moleste por nosotros.
—Nada de eso, iba ya á levantarme; y aunque no es muy tarde, no me es de ningun modo molesta la visita de Vds.
—Yo, continuó el anciano luego que estuve sentado junto á ellos, soy Pinel, y estos señores que me acompañan son Esquirol, Calmeill y Leuret.
—¿Cómo? interrumpí yo ¿V. es el célebre nosógrafo, y estos señores son los directores no menos célebres de la S.. C.. y B..? Vamos: no se burle V. de mí, ¿me cree V. tan tonto que piense que los muertos resucitan, y que ciertos vivos vengan á mi pobre casa?
—No me burlo á fé mia; y para que V. se convenza, voy á contarle como he venido desde el infierno, que es mi morada en el otro mundo, á parar á la casa de V.
—Señor mio: si V. fuera Pinel no estaria en el infierno.
—Al principio fuí á la gloria; pero despues tuve que bajar al lugar de los tormentos, para ver si podia arreglar á unos cuantos miles de locos de esos que acá son tenidos por grandes hombres, y que el mismo Diablo no podia subyugar, ni yo lo he logrado hasta ahora: visto lo cual, vengo á recorrer todo el mundo en busca de un medio de hacerlo, que quizá encontraré en estos países.
Aquí llegábamos en nuestra conversacion, cuando sentimos una confusa y desacorde reunion de voces, que iba acercándose cada vez mas, y entre la cual, distinguíamos carcajadas, reniegos, silbidos y cantos los mas estraños; la casa parecia venirse abajo, y á medida que crecia mi susto el rostro de mis huéspedes se animaba, asomando á sus labios una sonrisa de placer.
—Son locos que vienen hacia aquí, dijo Esquirol.
—Ciertamente, contestó Calmeill.
—¿Acostumbra V. á tener esas visitas? me preguntó Leuret.
Iba á contestar entre temeroso y amostazado; pero la puerta se abrió de par en par y una multitud de figuras estravagantes que se coló por ella gritando, me lo impidió: mi cuarto se llenó en un momento con aquella numerosa falanje, en la que habia unos vestidos con largas túnicas, otros con ropas destrozadas y otros, cual pudiera ir una persona cuerda, aseados y compuestos. El anciano, á quien al punto tuve por Pinel al ver el ascendiente de su mirada sobre aquella familia, les dirigió la palabra en estos términos:
—Hijos mios: ¿qué es lo que quereis? ¿en qué podemos seros útiles mis compañeros y yo?
—Nosotros, contestó uno que llevaba una corona de papel en la cabeza, somos una comision de los locos de las cuatro partes del mundo que venimos á manifestar á nuestro bienhechor nuestra gratitud por lo mucho que le debemos; verdad es que no se conoce aun en todas partes el sistema que hace cerca de medio siglo puso en planta Mr. Pinel, y que han perfeccionado los tres dignos profesores que aquí estan reunidos con él; pero sin embargo, mucho se adelanta, y nadie se atreve en el dia á sostener que la locura es siempre incurable.
—Bien, muy bien, hijos mios: pláceme en gran manera el bienestar de que disfrutais, y á no ser por la algazara que moviais al entrar, y por el traje no muy arreglado de algunos de vosotros, no os tuviera por enfermos: tal es la cortesía con que os habeis conducido en mi presencia; sobre todo me ha parecido escelente la arenga de este buen señor.
—Yo no soy buen señor, interumpió el loco, yo soy el legítimo rey del valle de Andorra, y cuidado con guardar los miramientos debidos á mi elevada clase, que si antes era estudiante de medicina, ahora soy lo que soy, y voto á...
—Pues para que yo crea que sois un rey, es preciso que no es enfadeis como un alférez de dragones.
Una carcajada de los demás locos siguió á estas palabras, que dijo el anciano con su imperturbable calma y dulzura. Despues añadió, dirigiéndose á algunos de los mejor vestidos:
—Venid acá, amigos mios; decidme de donde sois y que es lo que os falta para estar á gusto.
—Nosotros, dijo uno de ellos; somos franceses vivimos en París; en la Salpetriere mi compañero de la izquierda; en Charenton el de mi derecha y yo en Bicetre; tenemos allí buenas habitaciones buenas camas, buenas comidas, buenos baños, no nos maltratan los guardianes, un profesor sabio dirige el establecimiento, y nada se le olvida cuando se trata de nuestra comodidad y pronta curacion, es nuestro padre, no sale de la casa, sabe premiarnos y corregirnos á tiempo, nos acompaña á la mesa, en nuestras horas de estudio, de trabajo y de recreo, aprovecha el menor destello de nuestra razon, y muchas veces nuestros caprichos, para volvernos á la sociedad sanos y laboriosos; en una palabra, no vive sino para nosotros; pero esto no quita, y perdóneme que lo diga delante de ellos, que alguna vez nos mortifiquen, ya dándonos remedios que no deseamos tomar, ya intimidándonos con los chorros de agua fria para que hagamos lo que no es nuestro gusto el hacer.
—¿Y es esa toda la queja? ¿qué cosas exigen que hagais?
—Muchas: al que no quiere trabajar, le aconsejan, le estimulan y no paran hasta lograr que se entregue á sus ocupaciones habituales; entre varios otros, recuerdo un pobre músico, que fué preciso meterle varias veces en el baño y soltar sobre su cabeza el chorro de agua fria, para lograr que tocase su instrumento[2].
[2] Caso citado en la obra titulada: Tratamiento moral de la locura, por Mr. Leuret.
—¿Y en qué paró ése músico? le preguntó Leuret.
—Bien lo sabeis, paró en prometeros que tocaria, y en que, habiendo salido del baño, cogió el instrumento y tocó la Marsellesa y otras canciones patrióticas, entusiasmándose de tal modo, que no fué preciso rogarle mucho para que repitiese al dia siguiente todos los aires que sabia de memoria, pasó á la sala de música, y al cabo de algunas semanas salió bueno del todo para volver á tocar en su teatro.
—¡Oiga! dijo Pinel, ¿con que os tratan con dulzura, os cuidan perfectamente y os curan, y todavía os quejais si es preciso que se os moleste un poco para daros la salud? Vamos, señores mios, que eso es mucha gana de pedir imposibles; si los médicos debieran reñir con sus enfermos, razon tendrian y sobrada mis dignos compañeros para enfadarse con vosotros; y si vosotros os quejais, ¿qué harán estos pobres que veo tan mal vestidos y sucios? ¿Como es, añadió dirigiéndose á estos últimos, que sois en número tan crecido?
—Porque en muchas casas de locos no se conoce aun el sistema de V. contestó uno de ellos con marcadísimo acento catalan.
—Y entonces, ¿porqué venís á felicitarme los que no habeis participado de los bienes de mi sistema?
—Porque V. ha hecho un bien muy grande á la humanidad, y nada importa que no nos alcance á nosotros.
—Señores, dijo por lo bajo el respetable anciano á sus compañeros, he aquí un loco asquerosamente tratado y lleno de virtud; ó los locos de este país son de otro género, ó aquí los que tienen completa su razon son los que ocupan los manicomios. Y quién os ha dicho que esteis loco? continuó en alto y dirigiéndose al maníaco.
—¿Quién me lo ha dicho? Nuestros guardianes que lo estan repitiendo siempre. A nosotros no se nos trata con tanto cumplido como allá en su tierra de V.: nos tienen encerrados y en completa comunicacion, en unas habitaciones húmedas y hediondas; nuestra cama es una poco de paja; no tenemos salas de estudio, ni patios, ni jardines; comemos como las fieras cada uno en su rincon, y cuando la miseria y los malos tratamientos acaban de trastornar nuestro juicio, nos encierran en una jaula, ó nos atan como á perros con un collar y una cadena.
—¿Y lo permite el médico director de la casa?
—Nosotros no tenemos médico director: son muchos los que nos dirigen; pero ninguno es médico ni loco, que si lo fueran, cuidarian mas de nosotros.
—¡Esto es imposible! ¿á mediados del siglo diez y nueve existe una casa de enfermos de vuestra clase sin estar dirigida por un profesor celoso, que dedique toda su vida á mejorar la triste condicion de los que han de ir á ella por necesidad?
—Aunque muchas veces me han dicho que soy loco, esto es una mentira y prueba de ser cierto lo que digo es que en los años que llevo de encierro, todavía no me he vuelto furioso; verdad es que, como soy pacífico, salgo de cuando en cuando á la calle, unas veces con el comprador, y otras burlando la vigilancia de los cancerberos. Habia estudiado antes de que me encerraran como loco el medio de mejorar las casas de beneficencia; porque, como soy el Arzobispo de Toledo, queria promover en España una reforma digna de la época; y aquí tiene V. el porque sufro con resignacion y dignidad el mal trato que recibo; sintiéndolo solamente por mis desgraciados compañeros.
Estuvimos algunos momentos admirando la cordura de aquel loco, al cabo de los cuales, como si contestara á algun pensamiento que le ocupaba, dijo Pinel:
—No, no, ni en el infierno quiero que se trate á ningun infeliz de semejante modo.
Aquí empezaron todos á manifestar impaciencia, el uno empujaba al otro, y todos hablaban, de suerte que no era posible oir á ninguno; por último, una mirada y la actitud noble que tomó el anciano levantándose de la silla les hizo; callar y aprovechando aquella pausa, gritó uno.
—Señor, yo soy de Puerto-rico, y siquiera por deferencia al mi paisano el amo de la casa, se me debe permitir que hable.
—Que hable, que hable, repitieron en coro unos cuantos que tenian la manía de querer ser diputados.
—Orden, señores órden, respeto á la presidencia: dijo con voz de trueno un improvisado presidente. El diputado por Puerto-rico tiene la palabra. Suba el orador á la tribuna. Y sin decir mas lo agarró por la cintura y lo puso de pies sobre mi mesa.
—Que baje, gritaron unos.
—Que hable, contestaban otros, y de las voces pasaron á embestirse con tal furia que la mesa vino al suelo, junto con el orador que no hablaba.
Desperté con el susto de ver mis borradores bajo los pies de aquella jente, y me hallé en mi cuarto, con los muebles en su lugar y sin sabios ni locos; pero con el sentimiento de que mi sueño no hubiera durado hasta ver lo que decia el de Puerto-rico sobre la casa de beneficencia; pues, aunque por conducto tan poco usado, me gustaria saber á que altura se halla en mi país ese importante ramo de la ciencia administrativa en la escala cuyos dos estremos habian marcado los dos cuerdos locos.
ESCENA XI.
LA FIESTA DEL UTUAO.[3]
DEDICADA A MI MEJOR AMIGO
D. José A. Balmañya.
[3] Publicada en el Album Puerto-riqueño.
Escuche, compaire Pepe,
Ya que haseyo me ha obligao,
Lo que le boy á contal,
Que es caso que me ha pasao.
Manque no soy de la Bana,
Tengo mi aquey muy fundao,
Polque soy de Puelto-rico
Er chenche mas afamao.
A mi nengun endebido
En la via me ha cucao,
Sin que le dé un sopeton
Que lo deje ñangotao;
Y por eso los Alcaldes
Dey pueblo del Utuao
Tuvieron que vey conmigo
Este mesmo año pasao.
Es el caso, compae Pepe,
Que mi primo Tanislao,
Que á aqueya maidita fiesta
Habia sio combiao,
Me jiso dir: ¡malos rayos
Antes lo hubieran quemao
De que tal cosa me ijera,
Que mejol me hubiera estao!
Mardugamos aquel dia,
Y á mi cabayo manchao
Le puse jáquima nueva,
El aparejo forrao,
Las aguaeras mejores,
El aserico rosao,
La tajarria de algoón,
Y la sincha de jilao.
Yo me puse mi sombrero
De beinte riales, y al lao
Su escarapela de grana;
La camisa de alistao,
Con los carsones de crea
Pol supuesto aymionaos,
Y mi buen pal de sapatos
Con los tacones jerraos.
Metíme una mascaura,
Montamos yo y Tanislao,
Y comensamos á andal
Ar canto del Lorigao.
Pero por mas juan caliente
Que le arrimaba ar manchao,
No puimos alcansal
La misa en el Utuao.
Yegamos serian las dos,
Y yo que no habia almolsao,
El estógamo tenia
Al espinaso pegao.
La comae de mi primo
Nos tenia preparao
Un plato de arros con carne,
Otro plato de guisao,
Que con agi cabayero
Ar punto estubo tragao,
Y además nos dió á la postre
Otro de queso y melao.
Al escureser nos fuimos
A casa é Peiro Tirao,
Que disen que es la que tiene
Ayí er mejoy soberao.
Bailaron unas caenas,
Después un seis balseao,
Un cabayo y un sonduro,
Sin que yo hubiese bailao.
Los mositos de aquey pueblo
Ya me tenian ajorao,
Polque sin bailay me estaba
En un rincon agachao.
Al fin me detelminé,
Y arrimándome pun lao,
Combié par un sonduro
A la hija de Tirao,
Jembra de cara pulía,
Y cuelpo muy aqueyao.
Apenas al son del güiro
Comensó el sapateao,
Cuando al jaser el rastriyo
Le pisé á su enamorao
Er deo goldo dey pié;
Y como era renegao,
Hechó un mal rayo te palta.
Yo, que estaba incomoao
De enantes, lo arrempujé;
Y tambien arrempujao
En seguía yo me vide
Por aquel escamisao.
Metimos mano á la daga,
Y en un bendito alabao
Nos tiramos ar batey.
Jisimos un sambumbiao
En menos de dos menutos,
Que el Alcalde aturruyao
No sabia que jaser;
Pero el cura, hombre abisao,
Le aconsejó que á la cársel
Nos yebara de contao.
Ayí nos tuvo tres dias,
Y yo salí escarmentao
Para nunca mas bolvey
A fiestas al Utuao.
ESCENA XII.
AGUINALDOS.
Te equivocas, querido lector, si piensas que voy á decirte el orígen de la palabra que sirve de título á esta escena, el de la costumbre que ella significa en nuestro idioma, y otras mil zarandajas, que tendrias derecho á pedir que te dijese, y que yo no quiero que por mí sepas, si es que las ignoras; y esto lo hago por la ley de compensacion. Me argüirás que no ecsiste tal ley al quitarte yo una cosa que no puedes quitarme tú, cierto es; pero así como un médico hiere en el brazo para disminuir la sangre del pulmón; así yo te doy de menos en este artículo lo que tú deseas saber, en cambio de lo que hallarás de mas en otros, y que maldito lo que te importa, si no es que te fastidia. Tengo además otras dos razones para portarme como ves: la primera, que así logro hacer una vez mi voluntad, aunque me cueste una zurra de tu parte; y la segunda, que de este modo he escrito una introduccion que puede adaptarse á todos los artículos posibles: ventaja de mucha monta, pero que no me servirá mas, puesto que, como diria un orador parlamentario, entro de lleno en la cuestion.
Los aguinaldos son de aquellas costumbres que muy poco ó nada tienen que tildar, y mucho que merece elogio, motivo por el cual, aunque me es grato el hablar de ellos, faltarán en este artículo ciertos toques que pudieran darle alguna viveza: ¡es un recurso tan poderoso el enfadarse cuando no encuentra el escritor el medio de salir del atolladero! Falta la facilidad y demas dotes para describir; pues nada de apuro, venga la parte flaca, y demos de firme sobre ella, poniendo una cara de vinagre y convirtiendo la pluma en zurriago. En los aguinaldos no es posible hacer esto por mas que uno se empeñe: y ¿quién conservará el carácter de Domine ante un país entero que se regala, danza y pasea sin acordarse mas que de los Santos Reyes; pretesto seguro para pasar dos dias en deliciosa hartura y variada holganza? Fuera pues el carácter serio; cojo mi caballo, lo aparejo, monto en él, y á buscar una trulla de gente conocida.
Así dije yo hace algunos años la víspera de Reyes, y no bien hube andado una media hora, encontré lo que deseaba, esto es: treinta ó cuarenta caballos reunidos marchando en la misma direccion que el mio, y montados por personas que yo conocia. Eran las ocho de la noche, la luna muy clara y las masas de neblina parecian á lo lejos grandes lienzos que cubrian la falda de las montañas. Por todo lo dicho habrá comprendido el lector que estaba en el campo, lo que hasta ahora no habia tenido el honor de comunicarle, y que empiezo por el modo de pedir aguinaldo en este, como pudiera hacerlo por el de la capital y pueblos principales de la Isla.
La trulla á que me reuní estaba formada por jóvenes de ambos secsos, con la adicion indispensable de papás, mamás y tias; habia entre las chicas algunas muy bonitas, pero estas llevaban ya su caballero cada una; agreguéme á la masa comun, y empecé á hablar con el buen humor que nunca falta al que tiene delante seis ó siete parejas atortoladas, y otras tantas dispuestas á la broma. En un momento me dijeron á las casas que pensaban ir, y á medias palabras y con signos sagazmente disimulados, me enteraron de mil curiosos pormenores, que no convenia que comprendiese la parte reposada de la trulla; caminamos un poco sin que nada nuevo sucediese, hasta que llegamos á una casa de madera, construida sobre gruesos estantes, como son todas las de las personas acomodadas, donde se entabló la conversacion siguiente:
Muchacha, ¿todavía estás así? ¡cómo es que no estan á punto de montar?
—Tia Pepa, yo no puedo ir con V. como quedamos, porque no hay mas que una bestia y es para mis hermanas, que ya van á bajar; la otra se encojó esta tarde, y yo tengo que quedarme por ese motivo.
—Pero, muchacha, ¿y las otras dos?
—Se han ido en ellas mis hermanos.
—Vaya vaya, eso si que es buen chasco; cree que lo siento.... si la yegua que llevo no estuviera preñada, te ofreceria el anca.
La jóven que hablaba desde una ventana, era una morena que renuncio á pintar por lo graciosa; conocíala yo, y mucho mas á su repetable tia, que no mencionó á humo de pajas el estado interesante de su yegua; así es que, dirigiéndome á esta última, dije:
—Señora D.ª Pepa, mi caballo hace ancas y es muy firme; si Rosita ha de quedarse, no será por lo que ha dicho, pues si gusta puede venir conmigo.
Aquí hubo algunos cumplidos entre la tia y la sobrina, que deseaban mucho aceptar, y yo, que de todo corazon ansiaba tener á la segunda á las ancas de mi caballo.
—No, no, mil gracias, decia la una.
—No podemos consentir que lleve V. esa molestia.
—Añadia la otra: Señora, si Rosita es una molestia, ojalá que caigan sobre mí como gotas de agua en un dia de tormenta.
Por último, hicieron como que se determinaban, y, previos algunos cumplidos de la mamá, que salió á la ventana á saludarnos y darme gracias por un favor que yo recibia, nos despedimos, llevando yo por compañera para toda la noche á la mas hermosa de la trulla. Si no pocos guerreros deben una parte de su gloria á la fogosidad de un caballo, que les condujo á su pesar al encuentro del enemigo, yo debo unas cuantas horas de placer á la mansedumbre del que montaba aquella noche. ¿Quién espresaria con toda su intensidad lo que siente un jóven de diez y ocho años durante una conversacion tenida por lo bajo, y en que á cada paso choca con él un cuerpo que su imaginacion le pinta con los mas voluptuosos atractivos, que á cada palabra tiene que volver la cabeza, percibiendo entonces en su rostro el hálito de una respiracion agitada por el movimiento y las emociones mas vivas, y aspirando al mismo tiempo el perfume que despide una hermosa cabellera negra prendida con olorosas flores de los trópicos?
No tardamos en llegar á la primera casa; echamos pié á tierra, y nos colocamos reunidos al principio de la escalera: una música campestre acompañó á los que entonaron el aguinaldo nuevo, cuyos versos eran de uno de los cantores, y que se reducian al saludo de costumbre á los amos de la casa y á desearles toda clase de prosperidades, si nos daban dulces, manjar blanco, buñuelos y otras mil cosas. Concluido el canto, apareció la familia en lo mas alto de la escalera, bajóla el dueño de la casa y nos invitó á subir para tomar algun refresco, lo cual hicimos de muy buen grado. La mesa estaba colocada á un lado de la gran sala para dejar sitio bastante para la danza, y servida con toda profusion: en ella no faltaban el manjar blanco, almojábanas, buñuelos de muchas clases, ojaldres, cazuelas, una variedad infinita de dulces secos y en almíbar, y varias clases de licores: parecia que solo para nosotros se habian hecho todos los preparativos, y que aquel aparato no habia de desplegarse cuatro ó seis veces por lo menos durante la noche.
Despues de tomar, con toda franqueza, cada uno lo que quiso, nos pusimos á danzar junto con los jóvenes de la casa; y no lo hubimos hecho media hora, cuando fué preciso que nos despidiéramos para que subiera á ocupar nuestro lugar otra trulla, que esperaba ya nuestra salida. Así pasamos toda la noche de una á otra parte, y en todas, á poca diferencia, se repitió la misma escena; cogiéndonos el dia sin que la venida del sol nos alegrase, porque terminaba una noche de placer.
Aquellos rostros pálidos, aquellos ojos á medio cerrar y velados por anchas ojeras negras, aquellas pequeñas y entreabiertas bocas que daban paso á una respiracion semejante á la del sueño, y aquella languidez de todo el cuerpo, añadian nuevos encantos á nuestras hermosas compañeras; yo sentia un peso suave sobre mi espalda, y me parecia mas cercana y mas ardiente la Rosa, cuyo aroma iba pronto á dejar de respirar.
Tal es una trulla á caballo; son muchas las que recorren los campos, y fuera de algun raro incidente, como el que le dejen á uno el caballo desaparejado, ó el aparejo sin caballo, principian todas y concluyen del mismo modo que empezó y acabó la de que he hablado arriba, crúzanse en ellas y de sus resultas amores, zelos, pullas, chistes, riñas, amistades y cuanto se cruza en el mundo siempre que, con cualquier pretesto, se reunen muchas personas; con todo, es forzoso consignar aquí que, en general, los efectos de esta costumbre son buenos y muy buenos; sin ella y otras semejantes, nuestros campesinos no serian como son tan humana y generosamente hospitalarios.
Las trullas de á pié se componen de jente pobre, que no por eso se divierte menos; maraca en mano y tiple y carracho bajo del brazo, caminan, leguas enteras saltando barrancos, vadeando rios y trepando cerros, hasta que el sol les halla muchas veces á gran distancia de sus casas; pero esto no les importa: continuan su camino durante todo el dia y la noche de Reyes, sin regresar de su peregrinacion hasta el que sigue á este último; esto es, á los tres de haber abandonado sus Penates.
Dada la diferencia de educacion, es sabida la que puede haber entre las escenas de estas trullas y las de á caballo: varian en los modales, las espresiones, etc.; pero en la esencia lo mismo pasa en unas que en otras. Los versos, que cantan en aquellas con música variada y que son á veces buenos, en estas últimas guardan el mismo aire siempre, y se trasmiten de padres á hijos sin alteracion en las palabras. Tal es el antiguo y muy sabido estribillo.
Naranjas y limas
Limas y limones,
Mas vale la Virgen
Que todas las flores.
Los aguinaldos en la Capital estan muy lejos de tener el carácter original que los del campo: hay tambien trullas que van á algunas casas; pero son, como es fácil concebir, un remedo muy incompleto de aquellas agradables caravanas. Un determinado número de personas sale por las calles pidiendo aguinaldo; mas ¿acáso puede el eco de muchas voces reunidas producir el mismo efecto en una calle ó dentro de una habitacion, que en el campo? Unos cuantos amigos toman dulces, cerveza y otros licores, bailando despues ó antes una ó dos contradanzas en una sala en que habian sido recibidos aquel mismo y otros muchos dias; al salir se encuentran en la calle por donde van á la oficina algunos de ellos, el canto del sereno les recuerda la hora en que acostumbran irse á la cama, y si algunos pueden hablar con libertad yendo de brazo con su cuya, otros hay que rabian porque tienen que remolcar esa necesidad de nuestras reuniones, la mamá.
No me detendré en las felicitaciones de las bandas de la guarnicion á las autoridades, y del sereno, alguacil, ahijados y otros que nombrarlos fuera nunca acabar, á todo el que puede darles, no dulces ni cerveza; sino, algunos realejos para celebrar los Santos Reyes, porque esto con distintos motivos y en diversos dias del año pasa en muchos otros parajes, y no merece llamarse costumbre de Puerto-Rico.
Vamos pues á cuentas, querido lector; ya tienes un artículo bueno ó malo sobre aguinaldos, uno mas que leerás tú, y uno menos que yo tengo que escribir, si le esperabas mejor, hiciste mal y te llevas buen chasco; si peor, me alegro mucho desde ahora, y sí ni lo uno ni lo otro, recíbelo tal cual es, sin ecsigir que me devane los sesos dando vueltas á un asunto acerca del que pienso lo que te dije al principio y repito ahora: los aguinaldos son de aquellas costumbres que muy poco ó nada tienen que tildar, y mucho que merece elogio.
ESCENA XIII.
A MI RESPETABLE AMIGO
El Sr. D. Francisco Vasallo,
En contestacion á una carta suya[4].
[4] Publicada en el Cancionero de Borinquen.
Mi muy Senoy D. Francisco
Vassallo, ey buen capitan
Dey finao regimiento
Que mentaban de Granáa:
Le contesto á lo divino,
Que es ey mejol contestay,
Á la cayta que á lo humano
Me escrebió usté dende ayá;
Y cuando la resebí
Jecho estaba un Barrabas,
Tendío patas arriba
Con una grande enfelmeá;
Que no era punta ë pasmo,
La peste, ni cosa tay,
Sino, asigun ijo ey Fístico,
Toita la sangre inflamáa.
Me ïrá que buen resueyo
Tengo pa busio, es beydá;
Usté peidone, buen biejo,
Que no sé que escusa day,
Sino que estube en la sierra
De Monseñ jasta poco ha.
En cuanto á aquey papelito
De sosio corresponsay,
Jarémos pol mereseyo
Á fueysa é trabajal,
Y onde no yegue ey sentío,
Yegará la boluntá.
Agora le jablo claro,
No se me baya á incomoal:
Jágame menos favoy,
Y jágase usté aygo mas,
Que de regañon pa bajo
Se trata sin cariá;
Y luego me saca aqueyo
De: Homo sum et nihil, y á mas,
Á me humani alienum puto.
Dejémonos de puteay,
Y de la cabesa ay rabo
Aprebéngase á miral
Cuanto baya con mi filma
Pol ese mundo á roday;
Polque uste tiene esperencia,
Que enseña mejoy que ná;
Y yo tabia soy muy nuebo
Y á la fuelsa he de jerray.
Y acá par entre los dos,
Se me asienta mucho mas
Que usté, que sabe mi aquey,
Me ïga: jisiste mal,
Que benga un siniquitate,
Y se ponga á beriguay
Si soy Cristiano, Judio,
Tuico, Mandinga, ó Cangá;
Polque esto quita la gana,
Y es capas de encocoray
Jasta ay mesmo susuncoyda
Que su pusiera á trobal;
Y aunque siempre es mi intension,
Á fe de gíbaro, honráa,
Esto los que me conocen
Lo saben, y nayde mas.
Sin lástima, boto á nayde,
No se me ponga á pensay
Que dambos á dos nos bimos
En un tiempo pol ayá;
Sino que soy como un potro
Que se comiensa á montal,
Que anque sea de buena casta
Lo que jase es tranguleay,
Jasta que un buen domaol
Lo saca de caliá.
Memorias á Doña Rosa,
Y á Rosita, y aemás
Un pelisquito á los nenes,
Y mande á su voluntá
Á este Gíbaro de Caguas
Que le apresia á no poel mas.