JOSÉ G. PADILLA.

Fué un excelente médico, y hombre muy versado en las ciencias Físico Naturales; pero brilló más aún como poeta de mucho ingenio, de versificación magistral y de puro y castizo lenguaje castellano.

Nació en San Juan, el día 12 de Julio de 1829. Era todavía muy niño cuando su familia se trasladó al pueblo de Añasco, en donde Padilla adquirió la instrucción primaria. Sus padres le enviaron después á Santiago de Galicia, y allí obtuvo el grado de Bachiller y estudió los primeros años de la Facultad de Medicina. Por entonces tuvieron sus padres algún atraso en sus intereses, y Padilla tomó la resolución heróica de buscar él mismo recursos para seguir estudiando hasta terminar su carrera. Trasladó su matrícula á la Universidad de Barcelona, se colocó de redactor en un periódico de esta última ciudad, y así pudo obtener los medios necesarios para llegar al término de sus estudios en dicha Universidad.

Regresó á Puerto Rico en 1857, y ejerció su profesión científica en Arecibo. Años después trasladó su residencia á Vega Baja, en donde contrajo matrimonio, y allí vivió muchos años, dividiendo su actividad entre su profesión de médico y sus faenas de agricultor.

Pero en los breves remansos que formaban acá y allá estas dos corrientes de su vida, entregábase el Dr. Padilla con especial deleite al cultivo de la poesía.

Las tareas del periodismo, á las que se había dedicado por necesidad durante los últimos años de su vida estudiantil, despertaron en él aficiones y aptitudes muy sobresalientes. Estudiaba con entusiasmo y cariño los grandes poetas clásicos españoles, y adquirió con su trato una dicción tan clara y armoniosa, y un estilo de tan puro sabor clásico, que la crítica le califica justamente como uno de los mejores hablistas que ha tenido hasta hoy en América la lengua castellana.

Cultivó la poesía lírica en casi todos los tonos, y deja modelos excelentes en el satírico, en el apologético, en el elegíaco y en el descriptivo. Su obra culminante hubiera sido el poema Puerto Rico, del cual sólo dejó escritos la dedicatoria y la introducción, que son admirables, y sesenta y cinco octavas reales del primer canto, de una belleza y corrección dignas de grandes alabanzas. Debe leerse con atención esa obra, para apreciar debidamente los méritos del Dr. Padilla como hablista y versificador.

Le dió extraordinaria popularidad en Puerto Rico al Dr. Padilla una polémica en verso que sostuvo, en defensa de sus paisanos, con el poeta español Manuel del Palacio, y en la que lució aquél gallardamente su vena satírica. Empleaba con frecuencia el pseudónimo de El Caribe en sus versos de combate, á los que debió principalmente su fama.

Era de arrogante figura, de carácter altivo, pero de noble corazón y de trato exquisito, generoso y jovial.

En la primera de las dos composiciones que se insertan á continuación se revelan algunos rasgos de la altivez de carácter del autor, dulcificados por las finezas de la educación y la galantería. La segunda fué escrita en elogio de un artesano humildísimo, que enseñaba gratis en su tiempo las primeras letras á cuantos niños lograba llevar á su taller, obedeciendo á impulsos de una generosa y humanitaria vocación.

LA FLOR SILVESTRE.
á la señora de un gobernador.

Dadme, Señora, dadme una hoja

Del áureo libro donde se ven

El blanco lirio, la dalia roja,

Que á vuestro paso galán arroja

Pródigo el hijo de Borinquén.

Dejad, os ruego, dejad que en ella

Mi tosca mano grabe también

Una amapola, que inculta y bella

Sobre los campos carmín destella

Y adorna el suelo de Borinquén.

Á la lisonja mi humor esquivo,

No brinda flores que aroma den:

Yo en mis jardines no las cultivo;

Que soy, Señora, franco y altivo,

Como buen hijo de Borinquén.

Yo al ofreceros la flor silvestre,

Que el prado alegra con otras cien,

Quiero que ufana su gala muestre,

Quiero que brille la flor campestre

Junto á esas otras de Borinquén.

Quizá os aleje de estos lugares

De la fortuna feliz vaivén:

Quizá mañana crucéis los mares,

Llevando en ramos á otros hogares

Las cultas flores de Borinquén.

Por eso quiero que si algún día

Os hablan ellas de nuestro Edén,

Si allá os lo pinta su lozanía,

Miréis entonces esta flor mía,

Imagen pura de Borinquén.

Si en su corola no véis primores,

Si su ancho seno no aroma bien,

Podrá deciros con sus colores

Cómo, Señora, cómo da flores

El fértil campo de Borinquén.

No por agreste, por inodora

Sufra la pobre vuestro desdén:

Muestra expresiva de inculta flora,

Tomadla, os ruego, tomad, Señora,

La flor silvestre de Borinquén.