I.

Por segunda vez, profundas sombras pasaron ante la vista del rey Al-Hhamar; su corazon no se habia estremecido al contemplar aquellos terribles prodigios, y sereno, valiente siempre, deseó saber hasta el fin su destino; el genio del porvenir tocó con su vara mágica el negro humo, y apareció otra vision.

Era la boca de una sima profunda; la luna iluminaba los bordes erizados de maleza, y horribles aves nocturnas revolaban sobre ella: á través de su negra grieta, surgia un ruido contínuo, sordo, pujante, semejante á veces á la carrera de un caballo, otras al rodar de un trueno lejano, ó al estruendo de una roca que desquiciada por el rayo, rueda por la vertiente de una montaña.

Más allá se dejaba notar otro rumor ténue, lejano, perdido, semejante al zumbido de una colmena; era el hálito que se desprendia de Granada; la union del ruido de sus zambras, de sus cantares, de sus riñas por amor, y del grito de alerta de sus atalayas.

Hacia mucho tiempo que los muezzines habian llamado á los fieles á la oracion de alajá: era ya muy entrada la noche, y ni en torno, ni léjos de la sima, en cuanto podia abarcar la vista, se veia ni un sér, ni una bestia, ni un ave, más que las nocturnas que volaban sobre el abismo oscuro y rugiente.

Era aquella la parte oriental de la Colina Roja, lugar temido, señalado como maldito por terribles consejas, y por el cual nadie se atrevia á transitar, sino en medio del dia, apresurando el paso é invocando el santo nombre de Allah.

Y á pesar de esto y de lo avanzado de la hora, apareció en la cumbre de la Colina una sombra blanca acompañada de otras que llevaban antorchas encendidas; la primera sombra tomó una de ellas, avanzó sola, llegó á los bordes de la sima, y descendió.

La bajada era una ancha espiral cortada en la roca, que se torcia pendiente y escabrosa en torno de la sima; cada vuelta terminaba en una plataforma; cada plataforma daba entrada á una gruta.

La sombra describió descendiendo siete vueltas, y se deslizó ligeramente como una gacela junto á seis grutas; en la sétima terminaba la senda; la sombra entró en ella.

La luz de la antorcha, reducida á un estrecho espacio, aumentó su brillantez; una ráfaga de viento emanado del fondo de la gruta, arrebató el velo de la sombra y dejó ver su semblante: era Wahdah.

Una segunda ráfaga, más fuerte que la primera, apagó la antorcha.

La sultana habia llegado hasta allí, dominando el terror que le inspiraba el extraño y medroso ruido emanado del fondo de la sima; ruido incomprensible, raudo, potente; entonces le oia de una manera inequívoca; le producia la carrera de un caballo sobre un pavimento sonoro; retemblaba la gruta, sentia Wahdah pasar y repasar aquella carrera debajo de sus piés.

El terror, dominado hasta entonces, se reveló inmenso, mortal: Wahdah quiso huir, invocó á Allah, y se volvió á la entrada de la gruta; pero su túnica se enredó en los espinos y la detuvo: creyóse asida por una mano invisible, y se desmayó.

Pero fuese que tornase del letargo, fuese una vision que él producia en su espíritu, abrió los ojos, y una luz más brillante que la del sol y la que pudieran lanzar todas las estrellas juntas, la deslumbró: lentamente su vista fué haciéndose superior á la influencia de aquella luz intensa, y vió, apoyada en la balaustrada de un ajimez festonado, sustentado por columnas de nácar, un magnífico aposento circular, cubierto por una cúpula estrellada y sustentado por delgadas columnas labradas con piedras preciosas; el pavimento era de una piedra de una sola pieza, roja y trasparente como el rubí y dura como el diamante; en el centro de él, dormida sobre almohadones de púrpura y rodeada por perfumeros de oro, en los que ardian la mirra y el aloe, se veia una mujer de maravillosa hermosura, envuelta en un largo sudario, blanco como su tersa y purísima frente, cuya hermosura realzaban los largos y ondulantes rizos de su negra cabellera, ceñida por una corona de siemprevivas, que por su frescura parecian recientemente cortadas de sus humildes tallos.

De aquella corona emanaba la luz diáfana y brillante que iluminaba el aposento, alrededor del cual, un segundo sér, jinete en un caballo blanco, corria á rienda suelta, pretendiendo en vano estrechar el círculo invisible y misterioso que le separaba de la mujer dormida.

Aquel hombre era un árabe de piel tostada y mirada salvaje; ceñia su frente una toca blanca; cubríale un caftan de lana, dejando desnudos sus brazos y sus piernas; un alquicel anchísimo flotaba sujeto á sus hombros, á impulsos de la veloz carrera del bruto, y en su diestra agitaba una larga y fuertísima lanza.

Cuando Wahdah, despues de haber contemplado el aposento, la mujer y el jinete, que estaban á sus piés, miró en torno suyo, vió otro hombre además, sentado en un nicho calado y abierto en el muro junto al ajimez, con las piernas cruzadas, sosteniendo sobre ellas un gran libro con forro azul, y apoyando en él sus brazos, mientras abarcaba con sus manos su cabeza hermosa, meditabunda y melancólica.

Aquel hombre posaba una mirada intensa en Wahdah, que tenia fija en él la suya, fascinada, pálida, temblorosa; quiso hablar, y las palabras espiraron en sus labios; quiso llegar hasta él, y le tendió los brazos.

—¿Qué me quiere la hija de mi hermana? dijo aquel hombre, cuya voz era lenta, dulce y grave: ¿por qué baja al infierno del árabe maldito?

—¡Djeouar! gritó haciendo un esfuerzo Wahdah.

—Sí, yo soy Djeouar, contestó aquel hombre, yo soy el que libertaste de la muerte y el que murió por tu amor. Yo soy el que ha inspirado á Absalon mi hermano, la historia de tu familia; yo soy el que te llevó hasta él y el que te ha traido aquí.

—¿Y qué haces aquí, Djeouar? preguntó con terror Wahdah.

—Escucha: aquella mujer que ves allí dormida, es una hurí. Esa hurí está encantada por ese árabe que corre en torno suyo, sin poder jamás llegar hasta ella. Mira cuál está ensangrentado el ijar del corcel; mira cuál el jinete bate sobre él el acicate. Corre, vuela como el semoum; sus herraduras no se han gastado á pesar de haber abierto sobre el pavimento un surco polvoroso; corre, vuela empujado por una mano invisible. Así, como ahora, ha corrido durante seiscientos setenta y dos años; así como ahora corre, correrá eternamente, porque ese hombre está condenado.

Yo he sido lanzado por el Señor fuerte, por el que llena la inmensidad de los cielos y da lumbre á las estrellas, y aves al aire, y peces al mar, y brutos á la tierra, para esperar aquí mi salvacion ó mi condenacion. Si antes de que muera tu esposo el rey Al-Hhamar, se levanta sobre este infierno una Torre de Siete Suelos, tú y tu hijo y yo, serémos en presencia de Allah cuando hayan trascurrido doscientos treinta y ocho años.

—¿Y qué he de hacer?

—Busca en tu alcázar, dijo el espíritu, en el sitio en que guardabas el talisman que has perdido, y encontrarás una tela de seda azul, en la que están escritos caractéres mágicos; es la alfombra del trono del alto Salomon (¡Allah sea con él!), el más poderoso de sus talismanes, el que puede evocar á los muertos y á los espíritus; envuélvete en él y evoca á Betsabé; cuando haya aparecido, pídela la sortija que posee con el sello de Salomon.

—¿Y despues?

—Despues esperarás la llegada de la noche, y cuando la luna toque á la mitad de su carrera, subirás al alminar del alcázar, despues de haber purificado tu espíritu con la oracion; tomarás entre tus manos la sortija, y volverás el sello al Oriente. Entonces... recuerda bien lo que te voy á decir, pronunciarás estas palabras: «Genios, esclavos del anillo y del sello; en nombre del alto y poderoso Salomon á quien Allah perpetúe la gloria, edificad la Alhambra (Al Qars-Al-hhamrra, Castillo Rojo).» Ve antes de que Betsabé pueda apercibirse de que la alfombra mágica está en tu retrete, porque si se apoderase de ella ¡ay de nosotros! ¡ay de tu hijo!

Wahdah se separó del ajimez, salió del alhamí donde estaba abierto, á un recinto oscuro; era la gruta donde se habia desmayado. La luna encumbrada en lo alto del firmamento, iluminaba con sus pálidos rayos hasta el fondo de la sima, y Wahdah salió de ella, llegó hasta el punto de la colina donde le esperaba su comitiva, y se hizo conducir en un palanquin á la Casa del Gallo. Cuando entró en su retrete, alejó á sus esclavas, cerró la puerta, y se dirigió al alhamí abierto en el muro, levantó el mármol de su pavimento, bajo el cual en otra ocasion habia encontrado un talisman, y pálida de impaciencia, cuidadosa, arrojó una mirada en la cavidad; en ella habia un pequeño cofre de sándalo. Sacóle, le abrió y dió un grito de insensata alegría. Dentro de él, cuidadosamente plegada, estaba la alfombra del trono de Salomon.