II.

En tanto Wahdah habia bajado al abismo, en un apartado aposento del alcázar, estaban dos jóvenes contemplándose con delicia, muellemente recostados sobre anchísimos almohadones.

Eran Betsabé y el príncipe Juzef A'bd-allah.

El, pálido, inquieto, devoraba con una mirada insensata las voluptuosas formas de la hada, arrojada con molicie entre sus brazos; ella derramaba en la mirada del príncipe el amor diabólico, matador, que fluia de sus ojos.

Una luz ténue y opaca iluminaba el aposento; envolvíale el silencio del misterio y del amor.

Betsabé parecia estar satisfecha y feliz; su seno se agitaba por una dulce conmocion; sus manos estrechaban calenturientas las del príncipe.

A pesar de esta aparente felicidad, de vez en cuando una imperceptible expresion de inquietud, nublaba el semblante de la hada; desprendíase de los brazos de Juzef, y miraba hácia el Oriente, que podia verse á través de los abiertos ajimeces.

—¿Qué luces son aquellas? dijo en una de estas ocasiones al príncipe, señalando algunas que brillaban en la cumbre de la Colina Roja, y alcanzaban á verse desde los almohadones en que se reclinaban.

El príncipe miró, y creyó reconocer el ademan de su madre en una forma que aparecia entre las antorchas, conducidas por esclavos negros.

—Serán sin duda cazadores nocturnos, contestó el príncipe, esquivando la pregunta de la hada.

—Mientes, repuso Betsabé; aquella mujer es tu madre. Si me amases no me engañarias.

—¡Si yo te amara! exclamó con delirio el príncipe; pues ¿por quién la luz me es odiosa y anhelo la venida de la noche con su soledad y su silencio? ¡Que no te amo, cuando me ves muriendo por tí!

—Y ¿qué me importa, si ese amor es inferior al que te inspiran los tuyos? Yo quiero ser sultana...

El rostro del príncipe se puso lívido, y su corazon se heló al escuchar estas últimas palabras.

—Yo queria ser sultana, continuó Betsabé; y para serlo era necesario que muriese tu padre; yo habia dado á un bruto una fuerza terrible por medio de mi talisman; Al-Hhamar estaba frente á ella; un momento más y era sultana. Pero tú te arrojaste entre el rey y el toro; temblé por tu vida, y mi talisman te hizo vencedor de la fiera. Habias hecho por entonces inútil mi poder. Y yo pude dejarte morir, como se abandona á un perro ó á un esclavo. Mi amor intenso, único, superior á mí misma, te salvó.

La conmocion del príncipe crecia.

—Más tarde, tropas enemigas inundaron el coso; como al toro, las hacia invencibles mi talisman; los caballeros más bizarros del reino cejaban ante ellas; el rey estaba acosado; por entonces habia logrado contenerte; obedecias á mi poder; pero llegó tu madre, te tendió los brazos y te lanzaste al combate por llegar junto á ella; te ví cansado, próximo á sucumbir, y mi amor te acorrió otra vez; arrollaste á los esclavos de los walíes, como el viento del invierno las secas hojarascas, y el rey se salvó. Yo te antepongo á todo, á mi felicidad, á mi salvacion, y ¡tú no me amas!

Betsabé arrojó sobre el príncipe una mirada suprema; el jóven tembló, sintió abrasarse su corazon y nublarse su espíritu, y cayó á los piés de su amada.

—¡Oh luz de mis ojos! la dijo: no llores; por cada una de tus lágrimas, verteria yo torrentes de sangre. Habla, dispuesto estoy; ¿qué quieres de mí?

—Quiero ser sultana.

—Pues bien, lo serás. ¿Qué me importan los siete cielos de Dios, si tú estás triste, lumbre de mi vida? Manda, tu siervo está ante tí.

Betsabé sacó del seno el pomo de oro que le habia entregado Absalon.

—Aquí está la muerte, dijo al príncipe.

—¿Y quién ha de morir? preguntó temblando Juzef A'bd-Allah.

—Al fin de esa galería, contestó Betsabé señalando una puerta frontera, hay un aposento que guardan esclavos y servidores; en ese aposento hay una fuente llena de agua cristalina donde hace su ablucion un hombre; es necesario que viertas este pomo en esa pila, tú, que puedes llegar libremente hasta ella, antes de que el muecin suba al alminar al lucir de la alborada para llamar á los fieles á la oracion.

—Pero ese es el aposento de mi padre, Betsabé, murmuró transido de terror el príncipe.

—¿Y qué me importa tu padre? gritó colérica Betsabé. ¿Qué me importas tú? Yo he visto caer ante mi generaciones enteras, á un leve impulso de mi voluntad, ¿y me resistes tú? ¡Esclavo de mi poder, obedece! añadió Betsabé, volviendo hácia afuera el sello del anillo de Salomon, que tenia ceñido en uno de sus dedos.

Juzef se levantó como al impulso de un poder incontrastable, llegó hasta la puerta señalada por Betsabé, atravesó la galería, pasó entre los guardas que velaban ante el aposento del rey, sin que ninguno le impidiese la entrada, sin que uno solo dejase de inclinarse al pasar el príncipe que entró.