III.
El mismo dia en que finaban quince años despues del de la conquista, á la hora en que las campanas tañian la azalá de alajá de los cristianos, un mancebo, jinete en un caballo negro, apareció entre los árboles que rodeaban la torre.
Era el príncipe Aben-al-Malek, el que en la alborada de aquel dia que finaba habia partido, sobre el caballo de su padre, obedeciendo á su destino y á la voz del anciano morabhita Abu-Kalek.
El bruto lanzado en el espacio habia salvado como tempestad la distancia, atravesando los desiertos y surcando los mares; ave, bruto y pez, habia conducido al príncipe á la torre misteriosa donde dormia encantada la hermosa hurí Fayzuly, la doncella de las trenzas negras, la querida de su corazon.
Aben-al-Malek desmontó; ató su corcel á uno de los árboles y se aproximó á la torre; la luna menguante y opaca brillaba con débil resplandor entre grupos de espesas nubes; á su escasa luz el príncipe vió los torreones almenados; el recinto circular y el oscuro foso; un soldado cristiano, con el arcabuz al hombro y la mecha encendida, velaba en los adarves.
Aquel hombre vió acercarse al príncipe y preparó su arcabuz lanzando un medroso ¿quién va? desde las almenas.
Aben-al-Malek envió por contestacion su ligera y fuerte pica de dos hierros al adarve; oyóse un sonido estridente, como el que produce el hierro al romper el hierro, un grito de dolor, y un golpe sordo y desmazalado; el cadáver del atalaya habia vacilado sobre la almena y habia caido al foso.
El príncipe llegó hasta la puerta de hierro que conducia á los Siete Suelos y que se abrió ante él.