II.

Era esta torre circular; coronábala una muralla, defendida por dos fuertes torreones, entre los cuales habia una puerta, por la cual salió el desdichado Boabdil para entregar las llaves de la ciudad á los vencedores.

Entre los torreones, la muralla y la torre misteriosa, existia un foso por el cual se llegaba á una puerta de hierro pequeña, capaz sólo para que pudiese penetrar un jinete en los Siete Suelos.

Sólo con inauditos esfuerzos se habia logrado abrir aquella puerta y penetrar en el primer suelo; una vez allí, oíase un ruido sordo, el vuelo contínuo de un enorme y solitario murciélago, que lanzaba gritos semejantes á los de una mujer desesperada, y al que contestaban subiendo del abismo, otros seis gritos horrorosos; uníase á esto un viento pujante que apagaba las antorchas; un ruido sordo y atronador semejante al de un torrente ó á la carrera de un millon de caballos, y además una atmósfera impregnada de miasmas fétidas trastornaba los sentidos y hacia huir de aquel lugar de muerte á el imprudente que en él se habia aventurado; y si alguno fué bastante audaz para llegar, arrostrando los horrores del primero hasta la puerta del segundo suelo, nunca volvió á parecer.

Con estos prodigios la torre se habia hecho respetable; temblaban los soldados nazarenos, al entrar de guardia en ella, y más de un escucha fué víctima de su terror al encontrarse solo en su plataforma en las altas horas de las oscuras noches de invierno.