I.
Quince años habian transcurrido desde la fatal luna de rabie, primera del año ochocientos noventa y siete[35], en que las huestes de los reyes de Castilla y Aragon habian arrojado de Granada al débil Boabdil, y habian clavado la cruz del Nazareno sobre las almenas de la torre de la Alcazaba.
Todo lo habian profanado: el vencedor puso en el mirab su planta impura, y el harem fué abierto á las mujeres castellanas; el trono de Al-Hhamar el Magnífico habia sido arrastrado por el polvo, y el yugo y las flechas coronados por el Tanto monta, empresa de los reyes cristianos, habian sido esculpidos en la sala de justicia del alcázar sobre las suras del santo Koran.
El genio del islam huyó indignado de la Alhambra y de Granada, y Eblis se cernió gozoso sobre el mirab profanado.
El nazareno lo recorrió todo, en busca de los tesoros de los vencidos; bajó á las cisternas, recorrió las minas, y penetró en los subterráneos, como aquel que en una casa deshabitada va en busca de alguna prenda ó joya olvidada por el dueño.
Pero hubo un lugar en el que en vano pretendieron penetrar; le defendia el terror y le envolvia el misterio.
Este lugar era la Torre de los Siete Suelos.