V.
Atribuyó el noble emir á causas extrañas la taciturnidad y el desabrimiento del árabe; jamás este tocó manjar alguno en el alcázar, ni durmió bajo su techo, ni acudió á él sino cuando el emir le llamaba para ordenarle le siguiese á la caza.
Entonces perseguia con ardor al leon ó la pantera, corria todo un dia como un perro por los breñales, delante del caballo del emir, y terminada la cacería, iba á ocultarse en la misma cabaña donde estamos; en el otro extremo habia un pequeño y rústico mirab, y en él, abstraido del trato del mundo, vivia un anciano morabhita.
El mirab ha desaparecido, y sólo queda la cabaña arruinada.
Un dia el emir llamó á su cazador, este se presentó, como siempre, ceñudo, taciturno, bravío.
—Quiero dar un espectáculo de caza á mis mujeres, le dijo el emir; mañana al amanecer estarás con mis cazadores en la parte oriental del lago. Haré que conduzcan allí dos de los leones más feroces que tengo, y espero que Dios nos dará un buen dia.
El árabe se inclinó segun costumbre, y partió; pero en vez de encaminarse á su albergue, se dirigió por la márgen izquierda del Bahr-el-Azrak, hasta llegar á un pequeño aduar plantado en torno de una palmera en la confluencia de aquel rio con el Nilo.
Algunos caballos pacian junto á las tiendas, y algunos feroces árabes se ocupaban en afilar las puntas de sus lanzas como preparándose á una expedicion.
Aben-Sal-Chem pasó entre ellos sin dirigirles ni una palabra, ni un ademan amistoso, y entró en una tienda colocada en el centro del aduar.
En ella, tendido sobre una estera de palma, estaba Muza Kelb-namir; su edad llegaria á treinta años; su semblante era feroz; junto á él estaban sus armas, y más allá los arneses de sus caballos; su meditacion era profunda y no reparó en Aben-Sal-Chem.
—Héme aquí, dijo el árabe. Ha llegado el dia. Mañana al amanecer cabalga con los tuyos en direccion á las montañas por la parte oriental del lago Dembea.
—Y tiempo es, añadió el árabe, de que yo reciba mi recompensa.
—¿Y qué quieres?
—Escucha, soy hijo de un pescador; mi vida ha pasado triste y afanosa entre el trabajo y la servidumbre; á los doce años arrojé las redes y el remo, y empuñé este yatagan; te he servido en la guerra y en la caza, y quiero, si recobras tu poder, que eleves contigo al hombre á quien lo debes. Quiero riquezas, mujeres y esclavos; quiero pasar por el hijo de tu hermano; quiero ser poderoso.
—Lo serás.
—No basta eso; es preciso que delante de tus árabes me beses en la mejilla, y me declares tu pariente; el triunfo embriaga, y despues de él podrias ser olvidadizo.
Kelb-namir se levantó, tocó una bocina, á cuyo sonido se agruparon en torno de la tienda más de cien árabes.
—¡Creyentes! les dijo Kelb-namir; Aben-Sal-Chem, este que veis á mi diestra, es hijo de mi hermano; yo le adopto por hijo, y quiero que por tal le tengais.
Un murmullo de asentimiento fué la contestacion de los árabes.
—Jurad que reconocereis en mí, dijo Aben-Sal-Chem, al heredero de Kelb-namir, que muerto él le elevareis á su dignidad.
Los árabes guardaron un silencio estúpido.
—Juradlo, exclamó con imperio Kelb-namir.
Los árabes juraron por el profeta; y como Kelb-namir y Aben-Sal-Chem se retirasen al interior de la tienda, se dispersaron y tornaron en silencio á aguzar sus lanzas y á afilar sus yataganes.
Aben-Sal-Chem salió de la tienda y se perdió á lo largo de la márgen del rio. Una hora más tarde, diez árabes partian á toda la carrera de sus veloces caballos en distintas direcciones.
Al amanecer del dia siguiente el aduar se habia aumentado de una manera prodijiosa; las tiendas llenaban la llanura; los árabes enjaezaban sus caballos, y Kelb-namir recorria en todas direcciones el campamento, y ordenaba su hueste, cuyo número ascendia á diez mil hombres.