VI.
Cuando el sol se levantó en el horizonte, aquella tropa cabalgaba corriente arriba, por la márgen izquierda del Bahr-el-Azrak. A la hora de adohar dieron vista al lago Dembea, y escucharon el son de las bocinas de caza, y el rugido de los leones acosados por los árabes y por los perros. Kelb-namir se adelantó solo á través de las quebraduras, y desembocó en un extenso valle. Su vista de águila vió al fondo de él una tienda colocada sobre una roca, y en ella una mujer rodeada de esclavas.
Era Sayaradur.
Una tropa de esclavos etíopes defendia las avenidas, y más abajo, en el fondo del valle, el emir Abu-Djeouar seguido de Aben-Sal-Chem y sus cazadores, acababa de rendir á un formidable leon.
El rostro de Kelb-namir se nubló con una expresion de odio; contempló al emir un momento, y murmuró con voz lúgubre:
—Ha terminado tu cacería, emir; pero la mia empieza ahora.
Y acercó á sus labios la bocina, que lanzó por tres veces su vibrante sonido en las concavidades de las rocas.
Por la garganta donde estaba Kelb-namir, se lanzaron tras él sobre el valle los diez mil árabes, agitando sus alquiceles y blandiendo sus lanzas.
En el primer momento, el emir creyó amiga aquella tropa, que bajaba con la rapidez y el ruido de un torrente por la falda de la montaña; pero cuando vió la bandera roja de su enemigo, cuando le reconoció cabalgando al frente de los suyos, lanzó un rugido semejante á los del leon que habia vencido, y llamó junto á sí al escaso número de cazadores que le acompañaban.
Pero estos estaban sobornados por Aben-Sal-Chem, y le rodearon pretendiendo desarmarle.
El emir sólo contaba veinte años; era fuerte y valiente como un tigre, y los primeros que se acercaron á él cayeron bajo los golpes de su espada.
—¡Ah! ¡eres tú tambien, traidor! exclamó viendo á Aben-Sal-Chem que le acometia.
—Mientes, gritó el árabe, yo no soy traidor; nunca he dormido bajo tu techo por mi voluntad, ni he tocado tu mano, ni he comido tu pan ni tu sal.
Entonces llegaba Kelb-namir, seguido en tropel por su hueste; el polvo producido por los caballos oscurecia el ambiente: los gritos se levantaban en un zumbido inmenso y rugiente como el semoum; Abu-Djeouar se vió perdido, tornó su caballo á la roca donde estaba Sayaradur, y se abrió paso á cuchilladas entre los cazadores que le rodeaban.
Los esclavos etíopes se habian puesto en salvo con Sayaradur, los hijos del emir y las mujeres de su harem. El caballo de Abu-Djeouar, estimulado con los gritos de la gente de Kelb-namir, corria con una velocidad increible; salvó las gargantas, atravesó los valles, llegó á las márgenes del lago, y alcanzó á los etíopes que habian huido antes que el emir.
Este puso sobre la grupa de su caballo á Sayaradur, tomó en sus brazos á sus hijos, y siguió corriendo, en tanto que en las revueltas de la montaña aparecia ya Kelb-namir aguijando á su caballo que corria á rienda suelta, seguido por Aben-Sal-Chem y los diez mil árabes.
Los esclavos etíopes quisieron proteger la huida de su señor, y se lanzaron con las lanzas tendidas y las adargas al pecho sobre los árabes, que aún no habian avanzado de la garganta de la montaña.
Aquel espectáculo era horrible. En el centro del valle las esclavas del harem, abandonadas por los etíopes, huian á ocultarse en la selva vecina, lanzando agudos gritos; por la parte oriental del lago se veia corriendo sin rienda un valiente caballo negro, cubierto el cuerpo de espumoso sudor, y los ijares de sangre. Sobre él llevaba sus dos hijos el emir, rugiente y sombrío, á cuya cintura se asia Sayaradur, desmelenada, pálida, fijando una mirada colérica en la parte occidental, donde con el valor de la desesperacion se batian los leales etíopes con las gentes de Kelb-namir; y sobre todo esto un sol abrasador, una atmósfera inflamada, y en ella una banda de buitres, cerniéndose sobre el combate, llamados por el olor de la sangre que ya regaba el suelo.
Pero de en medio de los que lidiaban se adelantó un jinete, seguido por algunos más, y atravesó el valle á toda carrera: el caballo del emir habia caido muerto de fatiga, y él con sus hijos y Sayaradur habia entrado en el terreno que rodea el vallado que guarda esta cabaña; imposible era pasar adelante; por una parte estaba el lago, por otra la cortadura de la montaña, y la que restaba era el camino del valle por donde avanzaba Aben-Sal-Chem.
El mirab estaba cerrado; el emir llamó á su puerta, y nadie contestó; entonces entró en la cabaña sin sospechar que aquel era el asilo del hombre que le habia vendido á su enemigo.
Desde allí vió á Dembea; en las almenas se veian algunas atalayas mirando al lugar del combate; sus huestes salian de la ciudad en su socorro, y tornó su valor con su esperanza. Una hora bastaba á su ejército para llegar á él; un momento á Aben-Sal-Chem para dar cima á su traicion.
Un grito feroz del emir indicó á Sayaradur que la lucha tocaba á su término; el emir se batia cuerpo á cuerpo con Aben-Sal-Chem y los árabes que le habian seguido; rota su espada, herido y fatigado, se retiró á la cabaña, siempre dando frente á los asesinos; Aben-Sal-Chem fué el primero que entró.
Sayaradur se colocó entre él y el emir; los dos niños lloraban sin comprender nada de lo que sucedia.
—Eres un cobarde: dijo Aben-Sal-Chem á Abu-Djeouar; has huido.
—He huido por ellos, contestó con dignidad el emir, señalando á su esposa y á sus hijos; y se lanzó sobre el árabe traidor, á tiempo que una saeta disparada por los que entraban arrojó por tierra sin vida al valiente emir.