V.

Djeidah luchó entonces con toda la fuerza de sus encantos para impedir que el príncipe tocase la puerta.

Pero Aben-al-Malek arrolló á la hada maldita, lanzándola de sí y haciéndola chocar contra la puerta de oro.

Y Djeidah la condenada, al tocar la puerta, se desvaneció en vapor como una gota de agua que cae sobre un hierro candente.