VII.
Y en verdad, si valor tiene la hermosura, inmenso debia ser el de la de Wahdah; sus larguísimos cabellos, de un negro azulado, no reconocian rivales; su frente tersa, serena, nacarada, de una majestad inconcebible, parecia formada por Dios para dar un testimonio de la grandeza de su poder, y el amor que inspiraba la intensa y dulcísima mirada de sus ojos, era un tósigo mortal para el que habia posado en ella la suya; sólo una hurí podia poseer un cuello más voluptuoso, un seno de más pura redondez, un talle más flexible, unas manos más blancas y un pié más lindo; si Absalon hubiese amado menos el dinero, Wahdah, no hubiera conocido un tercer amo.
Por aquel tiempo llegó al Moghrebeb la fama de un hombre á quien los muslimes de las tierras de Occidente proclamaban el Vencedor y el Magnífico. Sus tesoros se ponderaban hasta lo infinito y su generosidad era proverbial. Aquel hombre era rey, y se nombraba Aben-Nazar ó más vulgarmente Al-Hhamar.
Absalon, pues, atravesó el estrecho en una nave, llevando consigo á Wahdah, y dejando atrás los campos de Geb-al-Taric y de Al-Gezira, llegó á los muros de Sevilla sitiada entonces por el rey Ferdeland, á quien ayudaba con una escogida caballería el rey Aben-Al-Hhamar.
Era una noche oscurísima; la tormenta dominaba el espacio, y las nubes arrojaban un furioso aguacero: Absalon, Wahdah y los esclavos que la conducian en un palanquin cubierto, se extraviaron y dieron en poder de los corredores que guardaban el recinto de la ciudad.
Absalon fué conducido, mal su grado, con Wahdah delante de Aben-Hud, y este se apoderó de la jóven sin pagar una sola dobla por ella al judío, que rasgó sus vestiduras, le maldijo, y por lo tanto fué conducido á la mazmorra más profunda de la torre del Oro.
El corazon de Wahdah acabó de endurecerse, y el odio y la crueldad fuéron sus pasiones exclusivas.
Por eso cuando la tormenta lanzaba el aguacero sobre las torres de la Casa del Gallo y el viento penetraba torciéndose en largos silbos entre los trasparentes de los ajimeces, una sombra misteriosa y sangrienta vagaba delante de ella y refinaba su crueldad y su odio; por eso estrechaba furiosa entre sus brazos al pequeño Juzef, único fruto de su union con Al-Hhamar, y fijaba en él su rencorosa mirada de hiena.
El príncipe, como todo lo que pertenecia á Al-Hhamar, era bueno; generosos instintos surgian en su sér, pero habia recibido la vida en el seno de Wahdah, y poseia tambien parte de la perversidad de la africana; el bien y el mal se albergaban por mitad en su alma, y al choque de estas opuestas propensiones debia sus terribles combates en el camino de la vida.
Era soberbio; no podia ver á sangre fria que su hermano Mohhamed subiese todas las gradas del trono, mientras él quedaba junto á su base: Wahdah habia desarrollado en él deseos criminales, y habia conseguido mirase como extraños á sus hermanos; Juzef-ben-A'bd-Allah era un cáncer encubierto en la familia de Al-Hhamar.
Hasta entonces se habia dominado; se trataba sólo de un trono, y la ambicion no es pensamiento exclusivo de los niños; Mohhamed habia obtenido la confianza de su padre, le amaba el pueblo, y pronto debia ser su señor al par que Al-Hhamar; Wahdah aguardaba temblando aquel momento, porque Mohhamed, nacido de otra sultana, profundo conocedor del corazon humano, habia leido en el de la africana, á pesar de su perfecto disimulo, y la odiaba como el leon odia á la serpiente.
Sólo Juzef podia tener influencia para promover una guerra intestina que pudiera arrancar el poder de las manos de Mohhamed; habia además poderosos vasallos que anhelaban una ocasion de rebelarse contra el rey, y Juzef era el objeto más á propósito para servir de disculpa á la traicion.
Pero demasiado jóven para que sólo el brillo de la corona le lanzase á una abierta rebeldía contra su padre y su hermano, era necesario tocar la fibra más sensible de su corazon; el amor era un medio eficaz, y Wahdah le puso en juego.
Juzef conoció á la tentadora Betsabé, y desde entonces la amó con toda la locura, con toda la idolatría de que es capaz un mancebo de quince años cuando ve una mirada de amor en los ojos de una hermosa. Al fin estaba junto á ella; gozaba de ese éxtasis que se experimenta cuando se está al lado de una mujer por quien se sueña despierto, y se vive dormido; aquella mujer le fascinaba, le dejaba ver su mirada de amor... y le pedia un trono.
Por eso el rostro de Juzef se habia nublado, y brotaban en su espíritu sombríos pensamientos. Betsabé, entre tanto, posaba sobre el semblante del príncipe una dulce y suplicante mirada.
El príncipe cayó desfallecido á los piés de Betsabé.
—¡Oh, ámame, lucero de mi alma, dijo con voz trémula, ámame para que yo pueda vivir, mírame siempre así!... ¡Qué hermosa eres!
—¡Te amo! ¡Te amo! ¡Te amo! contestó la jóven con un acento que la pasion amortiguaba.
—¡Oh, si me amas, yo entregaré mis tesoros, mis joyas, á Absalon, y serás mia!
—¡Quiero ser sultana! contestó Betsabé con acento más lánguido, estrechando entre las suyas la mano de Juzef.
El príncipe se levantó temblando y cubierto de un sudor frio.
—Para que tú seas sultana, dijo con voz cavernosa, es necesario que muera mi padre y mi hermano.
—¡Que mueran! contestó lánguidamente la hermosa.
—¡Betsabé, Betsabé! exclamó el príncipe, pídeme mi envilecimiento, mi libertad, mi sangre; pero no me entregues á Satanás.
—¿Me darás tu sangre? preguntó Betsabé al príncipe fijando una nueva mirada más intensa y enloquecedora.
—Sí, contestó el príncipe, en cuyos ojos brilló una valentía casi salvaje.
—Pues bien, la acepto.
Juzef se sentó en el divan, y Betsabé rodeó un brazo al cuello del jóven: entre tanto ella sacó de su cíngulo un pequeñísimo puñal, y su nacarada mano se posó sobre el hermoso y desnudo cuello de Juzef, en una de cuyas arterias clavó la punta del sutil puñal: una gota de sangre tiñó de púrpura el blanco cuello del príncipe, y Betsabé puso sus labios en la herida y chupó.
El príncipe se estremeció; un fuego dulcísimo agitó su sér; cuando la jóven retiró los labios de su cuello, su rostro antes sonrosado y lleno de vida, apareció blanco y frio como el de un cadáver.
—¡Qué hermoso estás, exclamó Betsabé contemplándole con delirio; ¡cuánto te amo! y ¡qué felices serémos si el castillo no se levanta sobre la colina!
—¿Qué castillo es ese? preguntó admirado Juzef.
—Abre aquella ventana, dijo Betsabé por toda respuesta, señalando un ajimez situado en la parte oriental del retrete.
El príncipe obedeció.
—¿Qué ves desde ahí? continuó la jóven.
—Nada veo, contestó Juzef; la sombra es muy densa.
—Mira aún.
Un rayo de la luna se filtró á punto entre dos nubes que se rasgaron.
—Nada veo, dijo entonces el príncipe, más que el Cerro del Sol, la Colina Roja, y perdidos en la sombra los jardines del Darro.
—Pues bien: si las almenas de un castillo coronan esa colina antes de un año; si la sima que está al pié de ella por la parte que mira al Veleta se cierra con una terrible torre, entonces yo seré....
Un estremecimiento convulsivo la cortó la palabra.
—¿Qué serás? preguntó Juzef, á quien hacia temblar el terror de la jóven.
—¡Seré un murciélago! contestó Betsabé, que se dejó caer aterrada en el divan.
El príncipe soltó una larga carcajada al escuchar tal respuesta; tan ridículo le parecia que aquella gentil hermosura pudiera trasformarse en el ave símbolo del horror y compañera de las tinieblas.
—¡Oh, no te burles, príncipe mio! continuó Betsabé, cuyos ojos se llenaron de lágrimas; si esa torre maldita se levanta sobre la sima, me trasformaré en un negro y miserable murciélago.
La risa del príncipe aumentaba á medida que la jóven formalizaba más y más su terrible profecía.
—Mira, añadió Betsabé rasgando su túnica y mostrando al jóven parte de su hermosísima espalda, mira.
Por esta vez la risa del príncipe se cortó como por encanto, y la expresion del estupor y de la repugnancia, se pintó en sus ojos; en el nacimiento de aquella blanquísima espalda, se marcaba vigorosamente una mancha negra; aquella mancha se desplegó un tanto, agitóse y dejó ver al príncipe dos sutiles y pequeñísimas alas de murciélago.
Juzef retrocedió involuntariamente é invocó á Allah; Betsabé habia dejado de ser para él un objeto fascinador, el fragmento de la nocturna ave cuadrúpedo, le habia hecho olvidar la dulce mirada de la vírgen esclava.
—¡Ya no me amas! exclamó Betsabé cubriéndose el rostro con las manos y dejando oir sus sollozos.
El príncipe guardó silencio.
Aquella mujer misteriosa se levantó y mirando fijamente al príncipe rasgó sus vestiduras y mesó sus cabellos.
—¡Ah! exclamó; ¡pereciera el dia en que nací, y la mano de Jehová hubiera cubierto la noche en que en torpe sueño fuí concebida! ¡Nunca el sol hubiera dorado con sus rayos mi cuna de maldicion, ni el pecho de una mujer hubiera alimentado á la hija de misterio! ¡Nunca mis ojos se hubieran abierto á la luz si sombra profunda y noche de duelo han de cubrirme con los siglos!
Su rostro tenia una sublime expresion de dolor, y de su frente purísima parecia irradiar una pálida aureola. Ante aquella sobrenatural hermosura, el príncipe vaciló y la conmocion llenó de lágrimas sus ojos.
—¡Oh! prosiguió Betsabé; ¡buitres devoren mi corazon, si el amado de mi alma me deja! ¡Séquense mis ojos, si no han de ver su gentileza! ¡Sueño profundo cubra mi alma, y desaparezca mi cuerpo, como la niebla de la mañana, si él no apaga la sed que me devora!
—¡Betsabé! ¡Betsabé! exclamó el príncipe asiendo una mano de la desconsolada hermosura, si tú me amas y mi amor te es tan precioso ¿á qué es ese llanto? ¿no te amo yo como la palmera ama al sol, el arroyo al lago y la tórtola á su nido?
Betsabé fijó su mirada radiante de esperanza y de amor en Juzef.
—Pues bien, dijo, si me amas, rompe el sortilegio que me encadena á un porvenir horroroso; haz que esas asquerosas alas caigan de mi espalda y seré tu esclava; mi poder te protegerá; yo seré siempre jóven y cada dia aumentará nuevo encanto á mi hermosura; morarémos en alcázares de cristal y pisarémos alfombras de flores, serémos eternos como el porvenir y nos envidiarán desde su alto asiento las estrellas.
—¿Y puedo yo contribuir á tanta felicidad? la preguntó admirado el príncipe.
—Sí.
—¿Cómo?
—Jurando por tu espíritu no amar á nadie más que á mí; ser insensible á todo lo que no me pertenezca, vivir por mí y para mí.
—Pues bien.... murmuró Juzef, lo juro.
—¿Me aceptas por esposa, sea cualquiera mi sér mujer ó genio, ángel ó demonio?
—Sí.
—Acércate, esposo mio, dijo Betsabé, ciñendo el cuello de Juzef y estampando un beso en su frente.