VIII.
Y la voz doliente y lánguida de Djeidah, continuó quejándose y excitando de una manera indolente al condenado walí de Comares Abu-Ishac.
Y el príncipe lo oia, y fortalecia su espíritu con la oracion, preparándose á una nueva prueba.
Al fin salió del mirab, recorrió de nuevo entre la oscuridad el primer suelo, y al pasar por debajo del sitio donde convertida otra vez en murciélago, estaba clavada á la bóveda por su saeta y aleteando Djeidah, oyó que esta decia con su voz amortiguada y siempre soñolienta.
—Maldito, maldito, maldito seas tú, príncipe Aben-al-Malek, que no has querido mi amor.