IX.

El príncipe buscó entre la pavorosa oscuridad, tocando el áspero muro, la entrada de la escalera que conducia á la segunda bóveda.

La encontró, bajó por ella, y en el momento, un vivísimo resplandor le deslumbró.

Tenia ante sí un inmenso tesoro de cuantas piedras preciosas de vivos destellos y trasparentes colores Dios crió, y perlas, y corales, y jarrones, y ánforas, y fuentes de plata y oro cincelados, y arneses, y armas de un valor maravilloso, y espejos bruñidos, y lámparas de gran precio, y el pavimento cubierto de monedas de oro, en las cuales se hundian los piés del príncipe, que adelantaba con trabajo, viéndose obligado á apartar de su paso objetos preciosos y pesados de un valor inmenso.

Todo resplandecia de una manera deslumbrante; la bóveda, los muros, el pavimento y todas aquellas alhajas y aquellas ánforas, y aquellos arneses, y aquellas armas, y aquellos espejos, y otro número infinito de preciosidades, estaban agrupados y armonizados, y contrastados de tal manera, que formaban cúpulas y arcos y pilastras, produciendo la perspectiva de un alcázar incomparable por lo hermoso de la forma y lo resplandeciente de la luz.