X.

Y un enorme murciélago revolaba en torno de la cabeza del príncipe, elevándose desde ella á las altas cúpulas y describiendo anchos círculos.

Y la voz ronca del murciélago decia:

—Eres el califa más poderoso de la tierra; todo lo que ves es tuyo; no hay placer semejante al de la contemplacion de estas preciosidades y de estas riquezas: los hombres te reverenciaran como á un Dios; las más hermosas mujeres del mundo te sonreirán enamoradas, y podrás cubrir de naves el mar, y de soldados la tierra; porque el oro es el sultan del mundo; al que todas las criaturas rinden un homenaje idólatra; todo esto es tuyo, príncipe Aben-al-Malek; ¡quién como tú!

Y el príncipe, armando una saeta en su arco, contestó:

—La muerte no detendrá su segur sobre mi cabeza cuando llegue el plazo prefijado á mi vida por el Altísimo, aunque yo ofreciese á la muerte un tesoro mil y mil y mil veces mayor que este tesoro; todas las riquezas del universo no abrirán las puertas de diamante del Paraíso como las abren el buen corazon y la buena obra.

Y el príncipe disparó sobre el murciélago, que lanzó un chillido horrible al sentirse herido y sujeto por la saeta entre las deslumbrantes alhajas que pendian de la cúpula y producian un ruido sonoro, movidas por el aleteo del murciélago.

La sangre de este cayó en una gigantesca ánfora de oro colocada bajo el centro de la cúpula.

Instantáneamente se vió salir por la boca del ánfora un humo denso y negro que se desvaneció, y luego, dentro del ánfora, se oyó el ruido causado por una persona que pretendia salir en vano del ánfora que la encerraba.

El príncipe soltó una carcajada.

—Hé ahí el destino del avaro, dijo, morir de una muerte mezquina, sofocado por su tesoro; bendito sea el nombre del grande, del poderoso, del invencible Allah.