X.

Al llegar á este punto de aquella historia terrible, en que estaban consignados los crímenes y las desgracias de toda una generacion, el judío se detuvo de nuevo, abrió los ojos aterrado y los fijó en la sultana, que le escuchaba pálida y conmovida.

—¿Aún dura ese horrible sueño? murmuró con acento trémulo el judío. ¿Aún giran á mi alrededor los espíritus condenados, y las sombras de túnicas ensangrentadas?

Incorporóse con trabajo sobre el divan, y miró á la sultana.

—¿Quién está conmigo? murmuró. ¡Ah! ¡eres tú, la esposa del rey! ¡Wahdah, mi sobrina, la hija de Noemi, la nieta de Kelb-namir, la última mujer de la raza maldita! ¿Qué quieres de mí?

—¡Betsabé! murmuró con acento breve la sultana.

—¡Oh! ¡Sí, Betsabé! Tu historia está unida á su historia; tu destino está en sus manos; siento la muerte junto á mí y mis ojos leen en la inmensidad.

Volvió á dominar por un momento el silencio. Absalon se dejó caer de nuevo en el divan, y su voz tornó á resonar como antes en un canto lúgubre y monótono.

—Hace treinta años, dijo, era el principio de una hermosa noche de verano; la luna brillaba lanzando sobre Cairvan su diáfana luz, desde un cielo sin nubes; pero aquella noche tan serena, era para mí noche de sombras y de dolor; con la luz del dia, se habia apagado la luz de los ojos de mi esposa, de mi buena y noble Raquel; los ángeles habian llevado su espíritu al seno de Dios, y yo, triste y sin ventura, lloraba junto á su cadáver.

Sólo me acompañaban el silencio y el dolor, cuando oí una voz que me llamaba; era la voz de mi hermano; dudé, y escuché; la voz volvió á pronunciar mi nombre; aquella voz partia del terrado, y á pesar de mi terror, subí.

—¡Hermano mio! dijo Djeouar, hace mucho tiempo que no nos vemos; desde entonces un espíritu de maldicion ha volado junto á nosotros; yo he vendido mi alma á Eblis; tú has renegado de Dios; él tenga piedad de nosotros.

—¿Qué quieres de mí? le pregunté.

Djeouar me asió de la túnica y me llevó hasta la cunita de cedro. Tú, Wahdah, hermosa ya, dormias en ella.

—Cuando trascurran doce años, me dijo Djeouar, yo habré muerto, y esta niña, mujer ya, será tu esclava. Entonces la darás este amuleto.

Djeouar se inclinó sobre la cuna, y sacó de entre sus ropas una tablita de ébano cubierta de caractéres rojos, y un punzon de oro, que me entregó.

—Este amuleto la protejerá, hará inmarchitable su hermosura, y por él llegará á ser la esposa de un rey. Guárdalo, y cuando el destino te arroje junto á ella, cuando haya muerto yo, se lo entregarás.

Yo guardé el amuleto. Djeouar continuó, señalándome á Betsabé, que dormia aún.

—Hé aquí un sér condenado, me dijo: un sér sujeto al poder de un encanto, y que es necesario permanezca así hasta que el rey que ha de ser esposo de Wahdah, levante la torre sobre el abismo. ¡Ay de nosotros y ay de ellos, si el encanto de esta mujer se rompe!

—¿Y qué he de hacer?

—Que ojo humano no la vea, ni mancebos alcancen su hermosura, ni tu corazon se conmueva con sus lágrimas. Toma, añadió arrojando sobre mi túnica la mitad del oro que contenia una bolsa de cuero; eres pobre y no tienes con qué dar sepultura á tu esposa.

Djeouar arrastró fuera de la alfombra mágica á Betsabé, puso la cadena de oro que le aprisionaba en mis manos, y elevándose con la alfombra, atravesó los aires y fué á posarse en la selva cercana á Cairvan, donde hace diez y siete años ibas tú, hermosa y pura, los ardientes dias de estío, sobre las espaldas de tu caballo salvaje.

Allí dejó á tu padre entre la espesura, á tí junto á él, y envolviéndose en el alquicel mágico, tornó con tu madre á Cairvan, compró una casa, y se hizo cazador y mercader de pieles de fieras.

Entonces nos veíamos todos los dias, y me contó su historia, la de Noemi, la de Betsabé: yo me habia dedicado al comercio de joyas, y entrambos nos habiamos enriquecido.

Pero él estaba siempre entregado á una desesperacion sombría; amaba á Noemi, pero un poder superior le apartaba de ella; de ella, cuya vida se extinguia lentamente como la del árbol herido por el hacha. Sufria y callaba; ni una sola queja salió de sus labios durante doce años; ni una sola vez la infeliz preguntó por su hija ni por su esposo, á pesar de amarlos con toda su alma.

Llegó un dia en que no pudo dejar el lecho; la palidez de la muerte habia cubierto su frente, y se habian amortiguado sus ojos, alrededor de los cuales el sufrimiento habia señalado un círculo cárdeno. Entonces me llamó, hízome sentar junto á su lecho, y me nombró por la primera vez á su esposo y á su hija.

Yo no me atreví á negarme á este último y santo deseo de tu madre; todo se lo revelé. Tu padre al despertar del letargo, en la selva de Cairvan, se encontró solo contigo: creyóse aún en Dembea y llamó á sus esclavos; sólo contestó á su voz el grito del chacal hambriento; al fin comprendió que estaba léjos de los suyos, en una tierra extranjera abandonado á su destino. El odio con que te habia mirado por tu extraña semejanza con Djeouar, acreció con su desesperacion. El pensamiento de exterminarte surgió de su alma; pero no pudo dominar la repugnancia que le inspiraba tan horrible crímen. Te tomó en sus brazos, y resuelto á separarte de sí, se dirigió al castillo, y se presentó al anciano y justo walí de Cairvan.

—Esta muchacha, le dijo, es mi hija, y promete ser muy hermosa. ¿Cuánto me darás por ella?

—¿Qué quieres? respondió el walí.

—Dame un caballo.

El caballo fué entregado á Aben-Sal-Chem, que partió aquel mismo dia en direccion á Tunez, y desesperado murió en batalla, sirviendo á la tribu de los Zeyanes contra los Almohades, el primer dia de la luna de Dilhagia del año seiscientos cuarenta de la Egira[33].

Esta funesta nueva acabó de postrar á tu madre, que murió entre mis brazos. Lo demás lo sabes; un dia encontraste á Djeouar en el bosque perseguido por una pantera, y le amaste porque así estaba escrito. Tu amor le mató y te hizo mi esclava; tu destino te llevó junto al rey Aben-Al-Hhamar, y eres sultana.

Pero entre tí y el rey se ha levantado Betsabé; Betsabé, que es la muerte; Betsabé, que es la condenacion.

—¡Oh! no, no será, exclamó Wahdah, mirando con ansiedad al judío.

—Lo que está escrito se cumplirá, murmuró Absalon, cuya voz era cada vez más débil. Si la hada condenada fascina al rey, la torre no se levantará, y tú y los tuyos caereis bajo el poder de Eblis.

—¡No será! repitió Wahdah, porque yo diré al rey la historia de esa mujer.

—Has perdido tu talisman, murmuró con acento casi imperceptible el judío; el fuego lo ha devorado, y has perdido con él el amor de Al-Hhamar.

—¿Y no hay esperanza? gritó desesperada la sultana, asiéndose de la hopalanda del judío.

—Sí, murmuró este trabajosamente, ve á la Colina Roja, baja á la sima; en ella vela el espíritu de Djeouar.

Absalon enmudeció, su cabeza cayó sobre el divan y sus ojos mates rodaron en sus órbitas. Wahdah le contempló con terror. El judío era un cadáver.