XI.

En medio del silencio que siguió á este espantoso suceso, se levantó al léjos una voz sonora, aquella voz decia:

—¡Creyentes, venid á la oracion! acercaos al Dios santo, al Dios fuerte, al Dios justo; ¡venid á la oracion!

Era el muecin de la mezquita cercana, que llamaba á los fieles desde el alminar á la oracion de adohar.

Y tras aquel clamor solitario y piadoso, se alzó otro clamor, inmenso, terrible, que partia del coso de la fiesta; oyéronse gritos, choques de armas, y sonidos de clarines y atabales; era un estruendo de batalla, pero de una batalla encarnizada á muerte.

Muy pronto aquel estruendo se extendió; abriéronse puertas y ajimeces, y desde el del retrete de la casa de Absalon vió la sultana á los guardas del palacio y del castillo de Hinznarroman, correr desnudando sus espadas en direccion á Bib-Rambla.

Y el estruendo crecia; la lucha se prolongaba; algunas saetas perdidas pasaban silbando por cima del ajimez donde está Wahdah temblorosa.

Era un contraste terrible; fuera, la muerte, ruidosa, armada, imponente; dentro, silenciosa, fria, macilenta; allá el combate; en el retrete el cadáver del judío.

Aquel retrete tan rico, tan sonoro, tan alegre antes, con sus pebeteros de oro, el canto de sus pájaros y la ténue luz de sus lámparas; aquel divan embellecido con la hermosura de Betsabé, se habian tornado en un sepulcro sombrío y en un lecho mortuorio.

Volaba allí un espíritu maldito; faltaba aire y vida: aquellas paredes mataban.

Wahdah tomó de nuevo la lámpara de oro que aún ardia, se lanzó al pasaje subterráneo, llegó á su retrete en el alcázar, abrió la puerta que algunas horas antes habia cerrado, y llamó colérica á su servidumbre.

—¡Mi palafren, mi arco y mi azagaya! gritó al ver el primer esclavo que se acercaba.

La voluntad de la sultana fué instantáneamente satisfecha: ciñóse la cabeza con un bonete de acero, cabalgó de un salto en un valiente caballo negro, se hizo seguir por el escaso número de ginetes que habian quedado guardando la Casa del Gallo, y gritó:

—¡A Bib-Rambla!

La cabalgata partió; Wahdah aguijó su caballo, se deslizó á lo largo de las murallas del castillo, atravesó á rienda suelta algunas calles y se lanzó en el Zacatin.