XI.

El retrete volvió á su silencio; Betsabé se dejó caer en el divan, con el abandono de quien se entrega al descanso despues de una larga lucha; su hermoso seno se levantaba dilatado por su fatigada respiracion y sus ojos mostraban la suave y satisfecha languidez resultado de su triunfo. Habia logrado en fin romper un eslabon de la cadena de su destino funesto, y sonreia de antemano á un porvenir halagador, rico de locas esperanzas y de deseos delirantes; el color de la púrpura teñia sus mejillas, y su sér se estremecia lleno de una felicidad infinita, cuando contemplaba ante sí al apuesto y hermoso Juzef, cuyo juvenil semblante ostentaba toda la reflexion que le hacia á veces superior á su edad.

Betsabé se adormecia saboreando su ambicion satisfecha, y una sonrisa de dicha inefable la embellecia hasta el punto de hacer imposible toda comparacion con sus encantos.

Pero el príncipe no la veia, ó por mejor decir, nada veia de cuanto le rodeaba; creíase entregado á un sueño: ¡tan incomprensible era para él cuanto habia acontecido en su presencia!

A pesar de estar iniciado en los misterios que acompañan la existencia de las hadas, las perís, los genios y los vampiros, incrédulo en esta parte como en religion, espíritu inquieto que á todo pedia razones y que no creia en más que en aquello que veia ó tocaba, siempre habia juzgado los genios y las hadas, los hechiceros y los vampiros, creaciones de charlatanes ó de cerebros enfermos; pero entonces no habia lugar á la duda; habia visto, habia tocado; recordaba que un objeto punzante habia herido sus carnes, que dos labios ardientes se habian posado sobre la herida, y que al contacto de aquellos labios una sensacion dulcísima y desconocida habia llegado hasta la médula de sus huesos. Además, ¿no se sentia arrastrado sin fuerza ni voluntad á aquella mujer, como la mariposa á la luz, como el girasol al astro del dia, como la sensitiva á su compañera? ¿No sentia en su alma parte del alma de aquella mujer en la cual moraba la mitad de la suya? ¿Seria acaso Betsabé uno de los horribles vampiros, de que habia oído hablar su nodriza, que toman las formas de una mujer seductora para devorar más á su salvo á su víctima?

Esta horrible sospecha se posó sobre el espíritu de Juzef y le oprimió, le abrumó, le quemó como un raudal de hierro derretido. Sufria y temblaba; pero si aquel sufrimiento y aquel terror hubieran dejado de existir, su corazon hubiera estado roto en mil pedazos.

Nada existia para él fuera de Betsabé; la amaba mujer ó vampiro, ángel ó demonio; pero su amor era frenético, insaciable, sobrenatural.

Entre tanto, la seductora belleza le fascinaba más y más con su mirada, que lanzaba torrentes de amor; sus ojos dilatados, húmedos, brillantes, hubieran enloquecido al morabhita más abstraido en la contemplacion de las grandezas de Dios, y más olvidado de las fragilidades humanas.

Betsabé leia en el pensamiento de Juzef como en un libro abierto; era testigo de los sufrimientos del príncipe, y contemplándose causa de ellos, saboreaba el placer infinito de la mujer que ama y conoce la abnegacion del amor de su amado; si el príncipe lo habia olvidado todo por ella, ella no tenia pasado junto á Juzef, ni más presente ni más porvenir que él.

Largo tiempo estuvieron los jóvenes contemplándose en silencio. Las últimas estrellas, mostrándose á través de la ventana en el cielo ya despejado, subian lentamente á lo alto del firmamento; una dudosa faja lamia la lejana cumbre del Veleta; y el gallo madrugador entonaba su canto matutino.

Al primer canto del gallo, Betsabé se levantó, y dirigióse con paso seguro al ajimez.

—Ya viene el dia, dijo, la luna huye del sol, y pronto su rayo de oro bañará tu hermosa frente, amado mio. Ya veo á mis hermanas rodeadas de sus esclavas que las cubren de magníficas vestiduras. Los palanquines las esperan. Hoy va á ser un dia de triunfo. Y entre tanto, ¿qué hará el elegido de mi alma?

—Estar á tu lado, gacela mia, contestó el príncipe, acercándose á Betsabé, y rodeando su reducido talle con un brazo tembloroso.

La jóven apartó suavemente el brazo de Juzef y le mostró algunos objetos informes, que se dejaban ver desde el ajimez perdidos en la sombra de la oscura calle: eran los arqueros de la guardia negra que el príncipe habia mandado á Maksan le siguiesen.

—¿Y para qué son esos esclavos? le preguntó Betsabé.

—¡Ah! lo habia olvidado, contestó el príncipe: ¡es necesario que seas reina.....!

—¿Y para qué te han acompañado hasta aquí los tres walíes?

El príncipe pasó la mano por su frente que abrasaba con un calor febril.

—¡Oh, esos hombres! ¡esos hombres! es verdad; son tres esclavos rebeldes.

—Pues bien, es necesario que esos hombres levanten una bandera contra Al-Hhamar, antes de que el sol que va á aparecer bañe sus cabellos en los mares de Occidente.

—¡Oh! ¡todo para tu ambicion! ¡nada para mi amor! exclamó el príncipe fijando su insensata mirada en Betsabé.

—Silencio, dijo esta poniendo su pequeña mano en la boca del príncipe; alguien se acerca.