XIV.
Desapareció lo que rodeaba al príncipe, y en su lugar quedó un desierto yermo é infinito, cubierto por un celaje sombrío.
Un viento abrasador arrojaba sobre el príncipe arenas candentes, irritando las úlceras de su lepra, y causándole agudos dolores.
Pretendia arrastrarse, y parecia como que estaba adherido á la abrasada arena de aquel desierto horrible.
Sintió ruido junto á sí.
Otro leproso se arrastraba lentamente, pasaba, mientras él no podia moverse.
—Ese es menos desdichado que tú, dijo la voz de Zahra que se habia hecho invisible.
—Dios le favorezca, contestó el príncipe sin sentir el más ligero impulso de envidia.
—Mira, dijo la voz de Zahra.
Pasó un mendigo tullido que se arrastraba sobre sus manos, pero con más rapidez que el anterior leproso.
El mendigo se detuvo y miró al príncipe con una expresion de repugnante alegría.
—Hé aquí otro más desventurado que yo, dijo.
—Ayúdame, hermano, exclamó el príncipe con ánsia: vuélveme al menos; estoy sufriendo horriblemente con mi inmovilidad.
El mendigo soltó una carcajada cruel, y sin ayudar al príncipe, siguió su lenta marcha.
El príncipe lloró y oró; pero no sintió envidia contra el mendigo, ni aborrecimiento porque le habia negado su ayuda.
—Dios tenga misericordia de él, dijo, porque es duro de corazon.