XV.

Se oyeron pasos que se acercaban.

Un árabe pobre y enfermo, pero que andaba con facilidad, se detuvo junto al príncipe y le contempló con placer.

—Soy un insensato, dijo, en quejarme, cuando hay criaturas tan miserables como esta: comparado contigo, yo soy feliz.

Y el mendigo bebió de una gran calabaza que llevaba colgada de su hombro.

—Dame una poca de agua, hermano, dijo el príncipe; la sed me devora.

—¡Agua! dijo el enfermo: una gota de agua en el Desierto es más preciosa que una perla; hay que andar durante un sol y otro sol antes de llegar á un nuevo oasis y á una nueva fuente: el agua que yo te diera seria mi sed de mañana.

Y el enfermo se alejó.

—Perdónete Dios tu falta de compasion, dijo el príncipe, lleno de caridad por aquel pecador.

Se oyó el fuerte y rápido paso de un hombre, y apareció un beduino robusto, membrudo, fuerte, que se detuvo un momento á contemplar á Aben-al-Malek.

Aquel hombre comia hermosos dátiles.

—¡Ah! dijo: yo blasfemaba, yo acusaba á Dios porque no tenia un caballo, ya que no un camello, y ved este: ¡cuánto daria este por ser tan fuerte como yo!

—Socórreme hermano, suplicó el príncipe.

—¿Para qué tocarte yo? para que tu lepra me contagie y me encuentre dentro de poco tan miserable como tú, ¿te he dado yo la lepra? que te socorra Dios.

Y el beduino se alejó rápidamente.

El príncipe Aben-al-Malek, en vez de envidiar la salud y la fuerza de aquel hombre, rogó á Dios por él.