XX.
Inmediatamente se encontró sobre un trono.
Numerosos cortesanos llenaban la magnífica cámara en que aquel trono se alzaba.
Elegantes poetas leian uno tras otro cásidas de aduladores versos, en las cuales se ponderaban el valor, las excelencias, las virtudes, los triunfos del vencedor y ensalzado sultan Aben-al-Malek.
Reyes vencidos se prosternaban á sus piés.
Otros reyes, temerosos de su poder, le enviaban riquísimos presentes y hermosísimas esclavas.
Un murciélago revolaba medroso y cuanto más alto podia, y se replegaba chillando en los huecos más profundos de la cúpula, y temeroso de ser herido allí, se lanzaba á otro ángulo.
Aben-al-Malek, insensible á la soberbia, como lo habia sido á los otros vicios, tendió su arco y disparó sobre el murciélago, que lanzó un alarido espantoso.
Inmediatamente desapareció todo aquello, y Aben-al-Malek se encontró en el sexto mirab.
Oró como en los anteriores y bajó al sétimo piso.
Estaba densamente oscuro.
Nada se sentia en él.
Parecia completamente abandonado.
Poco despues se vió el reflejo de una luz, y luego apareció una mujer hermosísima con una lámpara en la mano, que dejó sobre uno de los huecos que se veian de trecho en trecho en el muro.
Esta mujer era la hada Betsabé.
Adelantó modesta y ruborosa, y se prosternó delante del príncipe.
—¿Por qué te humillas ante mí, hada maldita, espíritu rebelde, que dominada por Satanás no reconoces al Señor?
—El señor eres tú, dijo humildemente Betsabé; yo me prosternaré ante Allah y le invocaré y seré salva si tú me amases, si tú quisieses mi pureza y mi hermosura; porque yo te amo, príncipe, como el sol al dia, como la luna á la noche, como el viento al mar.
—Yo no tengo más que un corazon y un alma, dijo el príncipe, y mi alma es de Dios y mi corazon de Fayzuly.
—¡Ah! tú me amarás, dijo Betsabé alzándose resplandeciente.