XXI.

Y cuantos encantos tiene la mujer, y cuantos ensueños produce el amor, rodearon al príncipe.

La hermosura de Betsabé, incitante, inmensa, se dejaba ver de él en todo su esplendor.

Y sus ojos ardian, y su boca suspiraba, y su seno palpitaba; y sus brazos se extendian trémulos hácia el príncipe que huia de ella.

Al fin, Betsabé estrechó entre sus brazos á Aben-al-Malek, y éste sintió como si todo el fuego del infierno se hubiese apoderado de él.

El príncipe elevó su espíritu al Señor, luchó con la hada maldita, se arrancó el puñal de su cintura, y le clavó en el pecho de Betsabé.

—¡Ah! exclamó esta cayendo; estaba escrito; la eterna sombra me rodea, y el puente Sirat se romperá bajo mi planta.

Y se agitó en una convulsion y espiró.