XXII.
El hermosísimo cuerpo de la hada maldita se convirtió en un vapor de sangre, y aquel vapor se condensó al elevarse, produciendo un negro murciélago que se lanzó dando gritos espantosos por una gran puerta que se veia al fin de la sétima bóveda.
El príncipe se lanzó tambien, y se encontró en la magnífica cámara, en cuyo centro dormia Fayzuly, donde esperaba alfange en mano el príncipe Juzef-Abd'Allah-ben-Nazar-al-Galibi, donde en un nicho esperaba Djeouar el juglar, y á cuyo alrededor corria incesantemente el árabe maldito Aben-Zohayr.
—Tú que corres sin esperanza en tu infierno, gritaba Betsabé convertida en murciélago revolando alrededor de la cabeza del árabe del Hedjaz, mata al príncipe Aben-al-Malek; no le dejes llegar á su amada Fayzuly.
—Príncipe Juzef Aben-Abd'Allah-ben-Nazar, gritó con voz de trueno el Djeouar, saltando de su nicho, á pesar de la altura, y cayendo junto á Fayzuly; prepárate al combate; y tú príncipe Aben-al-Malek, salva á la hurí de tu amor; sálvala cuanto antes, porque la media noche llega, y muy pronto sonará la campana del templo cristiano.
Aben-al-Malek asió á Fayzuly dormida, la levantó con una fuerza extremada, y partió con ella.
—¡Ah! ¡la media noche! exclamó Djeouar desnudando su puñal y tomando la puerta por donde habia salido el príncipe Aben-al-Malek con Fayzuly.
El árabe maldito, libre por un momento del círculo que se veia obligado á recorrer, se lanzó sobre la puerta que defendia Djeouar.
Antes de que llegase á ella, Juzef-Abd'Allah le salió al encuentro, y para obligarle á combatir á pié, tiró un terrible corte de su alfange al cuello del caballo.
La cabeza cayó por tierra; pero no brotó ni una sola gota de sangre: el caballo no cayó; se lanzó sobre el príncipe, le arrojó al suelo con las manos, y al mismo tiempo, el árabe maldito hirió en el pecho con su lanza á Juzef-Abd'Allah.
Un instante despues, Djeouar el juglar caia herido por otro bote de lanza del árabe.
Y todo esto acontecia en medio de un estruendo horrible, de voces infernales, de rugidos, de bramidos, de silbidos, de carcajadas horribles, de blasfemias.
Y un inmenso y constante trueno hacia retemblar la torre.
El árabe y su caballo sin cabeza se lanzaban por las siete bóvedas, á pesar de las escaleras, con la rapidez del rayo.