IX
La muerte de su madre y todo cuanto ella le refiriera sobre Eugenia, habían producido en Monsalvat como un sopor de la voluntad y del entendimiento. Se dejaba vivir, se abandonaba a la corriente de las horas que pasan, como una pequeña planta en medio de un gran río. No soñaba, no pensaba, no recordaba. Alguna vez, sin embargo, supuso que aquel estado de pasividad espiritual debía ser análogo al de Nacha, que se dejara arrastrar por la vida sin pensamiento, sin voluntad y sin ensueños.
Pero esta situación no podía durar largo tiempo en un espíritu como el de Monsalvat. A los pocos días de la noche en que murió su madre, ya comenzó a sentir la necesidad de la acción. Dos preocupaciones le acosaron: la de encontrar a su hermana y la de resolver la situación de las pobres gentes de su conventillo.
Una mañana el corredor encargado de hipotecar la propiedad le refirió que el asunto estaba ya arreglado. No había sino que escriturar. El Banco le entregaba cédulas por valor de cuarenta mil pesos. Monsalvat se trasladó inmediatamente al inquilinato.
—¿Por qué no ha cumplido usted mis órdenes?—le preguntó al encargado.
—¡Las he cumplido, hombre, las he cumplido! Pero esta gente no vale ná. Ahí los tiene: son peores que los marranos.
Se trataba de diversas disposiciones higiénicas que Monsalvat no veía realizadas. El encargado era un aragonés testarudo, insolente y entrometido. Gustaba hacerse el gracioso, pronunciando algunas palabras como los andaluces. Parecía inquieto por la presencia de Monsalvat.
—¿Pa qué va usté a hablar con ellos? No le dirán más que mentiras. Hay que darles leña, hombre, y no buenas palabras ni favores.
Pero Monsalvat, apartándole porque se interponía en su camino, se dirigió a uno de los cuartos que vió abiertos. Vivía allí un italiano, empleado municipal, con su mujer y sus dos hijitos. El hombre había ido al trabajo. Monsalvat preguntó a la mujer si el encargado le había transmitido sus órdenes. La mujer dijo que no.
—¿No ve? ¿Pa qué les pregunta ná?—exclamó el aragonés, triunfalmente.
Y agregó, lanzando una carcajada:
—¡El pueblo soberano!
Monsalvat le exigió que se retirase, y el hombre, protestando, se alejó.
—¿Cuánto ha pagado este mes?—preguntó Monsalvat a su inquilina.
La italiana supuso que pretendía aumentarles el alquiler y creyó del caso afligirse, alegando la pobreza, las deudas, las enfermedades. Monsalvat exigía que le dijesen cuánto pagaba y la pobre mujer, temblando, declaró que veinte pesos. Las palabras de la vieja disgustaron a Monsalvat, que ordenara al encargado cobrar sólo la mitad de los alquileres. Pero la vieja interpretó al revés aquel disgusto del patrón. Se enojaba porque pagaban poco, y ahora le subiría el alquiler. ¡Esta América!
Cuarto por cuarto, Monsalvat fué preguntando cuánto pagaban los inquilinos. Eran quince los cuartos; y como algunos habitantes no estaban, pronto los recorrió a todos. Luego se encaró con el encargado para reprocharle su desobediencia. Ordenó que reuniese a toda la gente y que abandonara la casa ese mismo día. Cuando todos los inquilinos presentes estuvieron reunidos en el patio, Monsalvat les comunicó su decisión: en adelante cada cuarto pagaría la mitad del alquiler.
—Pero esto no durará mucho—continuó—, porque he resuelto transformar la casa. Quiero que ustedes vivan con comodidad y con limpieza y que tengan aire y sol. Quiero que vivan como seres humanos y no como animales. Cuando las obras comiencen, ustedes buscarán otro conventillo donde vivir, y luego volverán a éste, convertido en una linda casa.
Monsalvat esperaba que sus palabras serían recibidas con entusiasmo. Pero no fué así. Algunos torcían el gesto, otros cuchicheaban. Una vieja se puso a hacer pucheros y un gallego protestó contra el abuso de querer echarlos de la casa para subir después los alquileres. Monsalvat llamó al protestador.
—¿No comprende que lo que quiero es el bien de ustedes? Viviendo con higiene, con aire y con luz se enfermarán menos y la vida no les será tan dura.
Pero el hombre no comprendía. Si ellos se encontraban bien, ¿por qué obligarles a aceptar lo que no pedían? ¿Que vivían como los puercos? Y bueno: ¿acaso vivieron antes de otra manera? Eso que decía el patrón: la higiene y el aire, eran buenos para los ricos. ¡Los pobres estaban tan conformes sin aire! Y respecto a la higiene, maldita la falta que les hacía. Además, si la vida de los pobres era dura, no les correspondía a los ricos pretender mejorarla.
—Cada cual en sus asuntos—terminó el gallego.
Y que no les dijeran que sus ofrecimientos eran desinteresados porque no lo creerían. Ya conocían demasiado a los ricos. Todos iguales. Si a veces cedían por un lado era para reventarlos por otro. Así es que podía el patrón marcharse con sus rebajas de alquiler y su reforma del conventillo. No aceptaban la rebaja, no. ¡Ellos no se moverían de allí!
Y al decir esto, clavaba los ojos en Monsalvat, provocativamente. Los que oían, que eran más de la mitad de los habitantes de la casa, aprobaron al orador. Monsalvat, lleno de tristeza y desaliento, les oía decir: "Tiene razón", y veía en algunos las miradas de odio hacia él. No quiso contestar al hombre. ¿Para qué? Se limitó a asegurarles que ese mes sólo pagaría diez pesos cada cuarto, y se alejó, dejando a sus oyentes exaltados y discutiendo.
Mientras Monsalvat iba en camino de su hotel, pensaba que no debía desanimarse. Al contrario, era preciso insistir, luchar contra ellos en beneficio de ellos. Comprendía que faltaba la obra de cultura y que ésta debía ser paralela a aquélla que procuraba el bien material. ¡Pobres hombres los que veían las cosas como sus inquilinos! He aquí que los había embrutecido la triste vida que llevaban. Una organización social vergonzosa los había deprimido y explotado, y desconfiaban de todo, hasta de las mejores intenciones y hasta de aquéllos que sólo ansiaban su felicidad. Ahora más que nunca Monsalvat comprendía cuál era su camino. Ya no dudaba de su deber del momento. El obstáculo le infundía fuerzas y se dijera que una gran luz llenaba todo su corazón.
Iba llegando al hotel cuando alguien, saliéndose de un carruaje, le hacía señas de detenerse. Era Ruiz de Castro, elegante, perfumado, enhiesto, conquistador como siempre. Junto con él bajó del coche Ercasty. Saludó a Monsalvat con afectada cortesía, que contrastaba con el aire de desagrado que mostró al verle.
—Pero hombre,—exclamó Ruiz, dirigiéndose a Monsalvat—no te imaginas el toletole que armaste aquella noche. He tenido una interminable serie de disgustos por culpa tuya.
Y reía sonoramente, muy divertido de todo aquello. El médico miraba a Monsalvat de arriba a abajo, observándole con descaro, o alzaba sus ojos al cielo, sobre todo cuando Monsalvat hablaba.
—También sólo a éste se le ocurre defender a las locas. Las señoras te han supuesto el calavera más grande que existe en todo Buenos Aires. ¡Un libertino formidable, hijo!
—Es sensible que se equivoquen—dijo Monsalvat.
—Yo lo lamento en cuanto esa equivocación es un error y todo error es una fealdad y una llaga. Pero en cuanto a mí, poco me preocupa. No dejaré de ser lo que soy.
El médico se sintió molesto al oir estas palabras y abandonó su actitud pasiva. En su veneración a la Sociedad, no admitía que el individuo fuese otra cosa que aquello como lo consideraba la sociedad.
—Eso es una estupidez—dogmatizó agresivamente.—El juicio público es lo que vale, la sanción general.
Monsalvat no le contestó.
—No me arrepiento de haber defendido a esas pobres mujeres—dijo, dirigiéndose a Ruiz de Castro.—Te aseguro que no las conocemos. Las imaginamos unas simples bestias, unos seres sin alma, sin personalidad. Y nos equivocamos. Son seres que sienten, sufren, aman y odian lo mismo que cualquiera de nosotros. Y aunque así no fuese, aunque estuvieran bestializadas, ¿de quién es la culpa?
—Una idiotez, echar la culpa a la sociedad de la vida de esa gente—afirmó rotundamente el médico.—Hacen lo que hacen porque son degeneradas...
—No son degeneradas; son víctimas. Muchas quisieron trabajar, y los salarios irrisorios y las deudas las arrojaron al vicio. Algunas pocas serán degeneradas, hijas de alcoholistas; pero del alcoholismo de los padres, ¿estamos seguros de no tener la culpa? No. La causa del mal, como de otros males, está en mí, en Ruiz, en usted, en aquél que pasa en automóvil. La causa del mal está en el propietario de la fábrica, en el dueño de la tienda, en las leyes criminales que sancionan la injusticia, y en nuestras ideas y nuestros sentimientos. La causa está en nosotros porque nos falta simpatía humana, sentido de la justicia, piedad. Infinidad de esas pobres muchachas podrían aún ser salvadas, pues no han caído enteramente. ¿Y qué hemos hecho para salvar a una sola? Esas muchachas tienen un alma, tienen derecho a la vida, poseen un corazón. Ellas van a morir, como nosotros. Son hermanas nuestras. ¿Y qué hemos hecho? ¿Les hemos dicho a nuestros hijos: no fomentes el mal? ¿Hemos entrado alguna vez en uno de los lugares donde viven, con otro propósito que no sea el de satisfacer nuestro instinto? El comerciante, el industrial, ¿les tendió la mano cuando las vió a punto de caer? ¿Les aumentó el salario? ¿Les dijo una palabra humana, afectuosa, buena? Y nosotros protejamos a ese comerciante y a ese industrial. Para que ellos puedan ganar millones, creamos impuestos sobre el hambre del pueblo. ¿Quiénes son los culpables? ¿Podemos decir que no hemos contribuido, siquiera con nuestra complicidad, a que la pobre mujer se envilezca? Todos somos cómplices de infinitos crímenes. Un collar de perlas representa la muerte de unos cuantos indígenas en el golfo Pérsico o en Ceilán. Y el ajuar de una novia contribuye a la tuberculosis o a la prostitución de una infeliz obrerita.
Ruiz de Castro se había puesto serio. Era un alma buena, accesible a las grandes cosas. No así el otro, que veía todas las cuestiones desde el punto de vista aristocrático. En este caso, él no pensaba que Monsalvat pudiese o no tener razón; sus palabras eran inconvenientes y en consecuencia le irritaba el oirlas. Para este individuo, un hombre de su clase, un caballero, debe tener las ideas y los sentimientos de su clase. Monsalvat, a su juicio, procedía como un plebeyo, como un traidor al defender a los obreros y a las prostitutas, a los esclavos de toda especie. Permitía que se les defendiese en forma protectora o con palabras paradójicas, pero nunca como lo haría un hombre del pueblo o un revolucionario: atacando a la sociedad, insultando a la gente distinguida, despreciando la tradición. Este individuo hubiese maltratado a Monsalvat en aquel momento. Pero como su coraje era de la boca para afuera, limitábase a soltar improperios. Monsalvat sentía lástima de aquel hombre.
Cuando Ruiz y su acompañante se despidieron, Monsalvat se dirigió a la puerta del hotel. En ese instante se volvió y tuvo una penosa sonrisa al ver la boca del médico, abultada de palabrotas. Iba a entrar en el hotel, pero como todavía era temprano—las once de la mañana—se encaminó a la casa donde viviera su madre, para hablar con Moreno.
En la puerta encontró a la hija de Moreno. ¡Qué penosa impresión le produjo a Monsalvat la pobrecita! Se dijera una bella flor pisoteada y llena de la suciedad del conventillo. En sus ojos se leía la vergüenza por aquel padre que tenía, el dolor de la vida miserable, las angustias del hambre. Ella y la madre cosían, bordaban, buscaban por debajo de la tierra los centavos indispensables para aquel pan de cada día que muchas veces faltaba. Ella, Irene, vestía y lavaba a sus siete hermanitos y llevaba las costuras a los registros y las tiendas. Una tristeza, su vida. Una tristeza sin ninguna esperanza. Decían en la casa que el padre intentó venderla y que ella, aterrorizada, huyó con su novio para evitar esa vergüenza. Decían también que el novio la engañó. Y decían que cuando faltaba en la casa el pan, Irene, arreglada con sus mejores galas, iba a buscar el dinero para comprarlo. Monsalvat le había tomado cariño. La vió aquella noche tan humilde, tan dispuesta a cualquier trabajo, tan afectuosa para con Aquilina, tan hábil para preparar los remedios y dárselos.
—Voy aquí cerca—contestó a una pregunta de Monsalvat y con una sonrisa triste.—Hay una mujer que ha perdido un hijito de dos años. Es viuda. No tiene trabajo.
—¿Quiere llevarle algo de mi parte? ¿De nuestra parte?
Dijo Irene que ya ella le llevaba. Eran sus ahorros. Monsalvat insistió tanto en saber cuánto le llevaba, que Irene, aunque avergonzada, no pudo ocultárselo. Le llevaba dos pesos. Monsalvat sonrió con lástima profunda y le puso en la mano todo lo que tenía en su bolsillo. Monsalvat hubiera querido darle a Irene aquel dinero, pero no se atrevió a ofrecérselo. Sospechaba que en su casa sería tan indispensable como en la casa de la viuda.
Moreno había salido, como siempre. Apenas si iba allí para dormir. Su mujer tampoco estaba. Había ido a buscarle trabajo, como mandadero, al mayor de sus hijos. Monsalvat subió a los cuartos de Moreno. Quería hablar a solas con Irene. Ella parecía emocionada de aquella visita. Los cuartos estaban en desorden y pidió a su visitante toda clase de disculpas. Los chicos entraban y salían, mugrientos, flacos, medio desnudos. Irene revelaba su emoción en un incesante parpadeo que le daba una gracia singular.
Hablaron de Eugenia Monsalvat. Irene la conocía.
—¿Cómo es? Dígame de ella todo lo que sepa. ¿Es buena? ¿Se acordó alguna vez de mí?
Era muy buena Eugenia. Ella la quería mucho. Iba a la casa vestida con mucho lujo. Decían que tenía dinero a montones. Pero Eugenia trataba de hacer todo el bien posible. Nunca se olvidaba de traer algo para la madre de Irene. A Irene le llevaba también algún vestido u otro regalo cualquiera. Y jamás dejaba de darle los mejores consejos. Estaba linda, muy linda. Ella la había oído acordarse de su hermano. Decía que si por algo deseaba no vivir como vivía, era por su hermano, que sufriría tanto de saberla en su situación.
—¿Y dónde está ahora? ¿Usted cree que Moreno la traerá?
Irene enrojeció. A las preguntas de Monsalvat repuso, toda turbada, que su padre no sabía dónde se encontraba Eugenia. Nadie lo sabía tampoco, porque ella nunca quiso dar su dirección. Su padre quería sacarle dinero a Monsalvat. Irene le rogó que no se lo diera, pues lo quería para beber, y él los hacía a todos muy desgraciados en la casa cuando bebía. Era inútil buscar a Eugenia. Nadie tenía la menor idea de dónde pudiese vivir. Sólo quedaba esperar. Eugenia no tardaría en aparecer allí, para visitar a su madre. Y entonces le dirían que había muerto y que su hermano la buscaba.
—Dígale también, Irene, de la mejor manera, que su hermano la perdona y que quiere que vivan los dos juntos.
Monsalvat se había emocionado ligeramente al pronunciar estas palabras y su emoción tuvo un eco inmediato, y para Monsalvat insospechado, en el corazón de Irene. Ambos sintieron que aquella común emoción los acercaba, y se miraron profundamente. Monsalvat tuvo la adivinación de que la pobre muchacha lo amaba.
—¿Y usted?—exclamó Monsalvat.—¿Por qué no tiene un empleo?
—He buscado trabajo pero no pude encontrar. Cosemos aquí, con mamá. Ella sabe bordar y me enseña. ¡Pero ganamos tan poco, tan poco! Hay días que no tenemos qué comer. Nuestra vida es muy triste. ¡Y sin esperanzas de mejorar!
Irene hablaba medio llorosa, como si todos los recuerdos de su miseria se amontonasen frente a ella. Monsalvat callaba, dominado por la pena y la emoción. Irene refirió su existencia detalladamente, relató los malos tratos que les daba Moreno, sus sufrimientos cuando los hermanitos lloraban de hambre.
—No puedo oirlos llorar. Se me parte el corazón. Soy capaz de todo, con tal de que no padezcan, los pobrecitos.
De pronto Irene soltó el llanto. Monsalvat intentó consolarla, le habló como un hermano. Pero de pronto, se levantó para marcharse. La imagen de Nacha, dominadora y bella, se había instalado en su espíritu. Irene, al ver a Monsalvat que pretendía irse, le tomó primero una mano y luego se arrojó a sus pies, llorando entrecortadamente y pidiéndole que la llevase.
—Seré su esclava, su sirvienta. Usted socorrerá a mis padres y a mis hermanitos. Ellos comerán su pan. Lléveme, señor. Yo lo quiero, lo venero. Si no me lleva, no sé qué será de mí. Me iré con el primero que pase. Seré como Eugenia. Tendré lujo, tendré carruaje, ayudaré a vivir a mi familia.
Monsalvat la obligó a levantarse. Quedaron frente a frente, ella llorando, él pensativo, sombrío.
—Hace un año la hubiera llevado, Irene. Ahora, no me es posible. Pero no es necesario que usted se humille para que yo favorezca a los suyos. Tendrán todo lo que yo pueda darles, todo, Irene. Pero prométame no hacer disparates. Yo seré su amigo, yo vendré a visitarla.
Irene, sin decir nada, se arrimó a un ángulo del cuarto y se puso a llorar con ansias, moviendo la cabeza con desesperación. Monsalvat salió del cuarto con el alma estrujada.
Durante todo el día, Monsalvat pensó en Irene. Pero a la tarde resolvió hacer dos visitas trascendentales: a Nacha y a Torres. No podía demorar más en ver a Nacha, y en cuanto a Torres, necesitaba rogarle que le ayudase en buscar a Eugenia.
Fué primero a la casa de Nacha. Llamó a la puerta, y quedó frío, cohibido, casi asombrado de encontrarse con Arnedo. El patotero lo miró de arriba a abajo, estupefacto.
—¡Era entonces verdad que la sarnosa aquella andaba con usted! ¿Y a qué viene? ¿A buscarla? Sepa que hace diez días la eché. Ahora andará rodando por ahí, como una putilla cualquiera.
Hablaba en tono que pretendía ser mordaz, ocultando el enojo que le producía la presencia de Monsalvat. Pero Monsalvat había recuperado su dominio de sí mismo. Y serenamente, declaró que nada tenía con Nacha. La prueba era que ignoraba su salida de aquella casa. Si algo hubiese habido entre ellos, ¿no eran diez días un plazo demasiado largo para pasarlo sin verse ni una vez?
—De todos modos—dijo Arnedo, convencido del argumento—, no tenía usted para qué venir aquí. Y ahora mismo le ordeno que se vaya. Si no, lo echo por la escalera.
Monsalvat no se inmutó. Le miró a los ojos con tanta sencillez, con tanta paz, que Arnedo abandonó su intención violenta.
—¿Por qué tomar las cosas de ese modo?—dijo Monsalvat.—Yo quisiera que usted me escuchase con un poco de paciencia. He venido a ver a Nacha. Pero no con el propósito que usted ha podido suponer, sino para traerle bien. Yo sé que ella desea ser buena. ¿No le parece que es lo justo, lo humano apoyarla en su propósito? Si usted la ha querido alguna vez, no le impida seguir el buen camino, déjela que se salve.
Arnedo le escuchaba con las manos en los bolsillos y los ojos en el suelo. Al principio tuvo deseos de reir, pues todo aquello le parecía una ridiculez, "cosa de sonso". Pero luego acabó por ponerse serio. Se dijera que meditaba las palabras de Monsalvat.
—Pero no es por Nacha solamente que he venido. Quería también hablar con usted. Quería preguntarle dónde está Eugenia Monsalvat.
Dijo esto con una grave elocuencia, en un tono casi solemne que impresionó al patotero.
—Mi madre ha muerto y ella me rogó que la buscara, y debo cumplir el deseo de mi madre, que fueron sus últimas palabras. Nadie sabe dónde está. Arnedo, haga usted una obra de bien y dígame...
—No sé dónde está. Si llegara a averiguarlo...
Al despedirse, los dos hombres se dieron la mano. Arnedo acababa de comprender a Monsalvat. Sabía que no era un cobarde. Sabía que lo perdonaba. Sabía que había en él algo que no había en los demás. Lo acompañó hasta el ascensor, y allí le dió otro apretón de mano.
Monsalvat fué a la casa de Torres. El médico estaba en su consultorio. Escuchó los deseos de su amigo, sin mirarle, para no aumentar su dolor y su vergüenza. A Monsalvat no le importó hablar de su hermana ante Arnedo, pero ante Torres, ¡qué tremendo esfuerzo le costó! Y aún faltaba lo peor: decirle que también quería encontrar a Nacha.
Torres iba a creer que estaba enamorado y tal vez se reiría. Pero no fué así, sin embargo. Cuando Monsalvat, reuniendo todas las fuerzas de su espíritu, le habló de la necesidad de buscar a Nacha, Torres contestó que era efectivamente necesario buscarla.
Y era que él también había comprendido a Monsalvat.