X

La casa de pensión donde Nacha se había instalado pertenecía a una vieja solterona francesa, mademoiselle Dupont. A Nacha la había conquistado mademoiselle con sus modos amables, sus finezas, su politesse, su solemne aspecto de virtud y austeridad. La pobre Nacha no había sido en su vida muy bien tratada, sobre todo durante los últimos años; y ahora, al verse rodeada de atenciones, estaba encantada. Atribuía a cariño y simpatía las amabilidades de memoria de mademoiselle, y consideraba que la francesa le hacía un honor inmenso, increíble, al demostrarle su afecto. En realidad, mademoiselle era tan arrugada de espíritu como de cara. Su sentimentalismo, puramente verbal, consistía en el abuso de ciertas palabras y frases cariñosas o compasivas como ma petite, ma cherie, oh quelle douleur, tres gentille y otras. Al oirla se creería que para ella todo era delicioso, encantador, exquisito, digno de compasión, de simpatía. En el fondo, hija de unos protestantes de Bayona, pero católica, era una mujer seca, egoísta, y un poco ridícula. A todos sus pupilos los trataba como a Nacha, y les prodigaba parecidas amabilidades. Mademoiselle tendría cuarenta y cinco años, pero representaba más de cincuenta. Era alta, rígida de movimientos, ligeramente rubia. Tenía un rostro un tanto hombruno, de facciones angulosas; la nariz muy puntiaguda y el borde superior de los dos agujeros excesivamente recortados hacia adentro. La cabellera le daba cierto aire fantástico; usaba un peinado alto y anticuado que le cubría gran parte de la frente, le tapaba las orejas, y en los lados se desflecaba hacia los hombros y la cara. Cuando quería ser amable, hablaba inclinándose ceremoniosamente hacia su interlocutor, y sonriendo siempre y achicando sus ojuelos, ya pequeños de por sí.

Mademoiselle solía visitar a Nacha en su cuarto.

—¡Siempre solita!—exclama juntando las manos y moviendo la cabeza.—¿Permite un poco de compañía?

—¡Cómo no, mademoiselle! Con mucho gusto...

Sentábase junto a Nacha y le decía cuánto cariño le había tomado, su deseo de que nunca dejase aquella casa y el placer que le daba su conversación.

—¡Es una señorita tan buena, usted, Nashá!

—¡Qué he de ser buena, mademoiselle!

La francesa continuaba en sus elogios, hasta que llegaba el momento de las averiguaciones. Quería saberlo todo. Si Nacha tenía familia, en qué había trabajado, de qué vivía. Nacha temblaba cuando mademoiselle comenzaba con sus preguntas. No sabía qué contestarle. Si en lugar de la francesa hubiera sido otra persona, se habría incomodado; pero como era mademoiselle, atribuía aquel testarudo interrogatorio al cariño que sentía por ella, al deseo de serle útil y de conocerla mejor.

—¿Para qué quiere saber?—exclamaba Nacha algunas veces.

—Oh, no es por nada, señorita Nashá. No vaya a creer. ¡Es que yo la amo tanto! Usted es una señorita tan gentil, tan pura...

Cada vez que mademoiselle hacía alusión a la pureza de su pupila, Nacha se ruborizaba. La francesa observaba de reojo y quedaba compungida, ruborizada también.

—¡Oh, yo veo bien lo que es usted! No como otras que yo he conocido. Yo amo tanto la virtud que no comprendo cómo algunas mujeres... Yo no sé... Usted sabe, yo he sido educada en principios tan puros, tan puros... Mis padres eran muy religiosos, y verdaderamente austeros. Ellos me inculcaron sus principios, y por eso yo soy tan exigente en esta materia que no permito, no acepto, la menor falta. ¡Oh, no, no! Todo, menos las faltas contra la pureza...

Nacha se preguntaba con terror si mademoiselle sabría algo de su vida, y llegaba a la conclusión de que lo ignoraba todo, pues de no ser así la habría arrojado de la casa. Con tantas declaraciones de pureza y santos principios, confirmados por la austeridad y rigidez de las costumbres, Nacha llegó a admirar a mademoiselle como a un ser sobrenatural. Hasta la tomó como modelo y deseó imitarla. Sugestionada por la francesa, no quería ni salir a la calle, pensando que en la calle estaban la tentación y el vicio.

Permanecía el día entero en su cuarto, recordando los incidentes de los últimos días, soñando, preguntándose quién era Monsalvat y qué pretendió de ella. ¿Era realmente lo que parecía? ¿O sería un farsante y un sinvergüenza, que se valía de un lenguaje noble y afectuoso para quitársela a Arnedo y llevársela con él? Podía ser así, pues para los hombres todos los medios eran buenos cuando se trataba de conseguir una mujer de su capricho. Y que ella había gustado a Monsalvat no tenía duda. Recordaba cómo sus ojos se cruzaron, la primera vez que se vieron, a la salida del cabaret; cómo la había seguido hasta su casa; cómo había vuelto al cabaret para verla; cómo había salido en su defensa. Porque ella no creía que por piedad o por lástima se hubiese él expuesto a las injurias y a las violencias de la patota; un hombre sólo se expone por amor. Además, Nacha recordaba las miradas de Monsalvat, antes del incidente. No, no podía dudar; aquel hombre la quería.

Pero ella, ¿debía agradecérselo? No sabía si amarlo o detestarlo. A veces, creía que lo adoraba; pero otras, al pensar que estaba en medio de la calle y que tendría que volver a la vida, lo odiaba con todas las fuerzas de su alma. ¿Por qué fué a la casa, a atormentarla? ¿Por qué le dijo aquellas cosas, sabiendo que una mujer como ella no puede cambiar de vida, porque está maldita? ¿Sería un perverso Monsalvat, que sólo pretendía hacerle mal?

Su cabeza se confundía entre todas estas preguntas e indecisiones. A veces, se echaba a sí misma la culpa de su situación. Se reprochaba haber arrojado de la casa a Monsalvat, en lugar de haber aceptado el afecto que le ofrecía. Debió ella haber pedido que concretara sus propósitos, que le expusiera un plan y le dijese en qué forma estaba dispuesto a ayudarla. Tal vez se hubieran entendido. Tal vez ahora vivieran juntos... Y al pensar esto, Nacha sentía un extraño rubor subiéndole a la cara.

Mientras tanto, Nacha vivía del dinero que le entregaron por algunas alhajas. Se arrepentía no haber aceptado la suma que quiso darle Arnedo. Al fin y al cabo, ¿no era ella una... mujer perdida? ¿Qué tantos escrúpulos para aceptar un dinero, ella, que vendía su cuerpo por dinero? Mademoiselle había exigido el pago adelantado de la pensión, de modo que tuvo que desprenderse de una pequeña alhaja el mismo día que se instaló. Quedábanle otras, pero tan modestas, que no le darían ni para vivir un mes.

Al salir para siempre de la casa de Arnedo no tuvo la intención de ser honrada. Convencida de que su destino era ser una mala mujer, tenía resuelto volver de nuevo a la vida. Pero ahora, dos cosas la detenían: el recuerdo de Monsalvat, y mademoiselle. Mientras viviese en aquella casa jamás incurriría en una falta grave; sería cometer una deslealtad para con mademoiselle. La virtud de la francesa la tenía impresionada, y le había hecho admirar la Virtud. Encontraba un gran encanto, una verdadera tranquilidad en vivir honestamente. No era la ausencia de remordimientos lo que más le atraía, sino la pureza en sí misma.

Pero más fuerte que todo esto, mucho más fuerte, era el recuerdo de Monsalvat. Ella lo había arrojado de la casa, hasta creía haberlo injuriado. Pero él la había vencido, dejándole una marca para siempre, inyectándole algunos conceptos y argumentos fundamentales que ella jamás olvidaría. Con amor o sin amor hacia aquel hombre, el hecho era que no pasaba un cuarto de hora que no pensase en él, y que este recuerdo, mientras permaneciese en su espíritu, le impediría recomenzar "la vida". Si alguna vez, llevada no por exigencias de dinero sino fisiológicas o simplemente por hábito del vicio, pensó en caer de nuevo, inmediatamente la imagen de Monsalvat se le presentó a sus ojos, tiránica y a la vez bondadosa, conminándola a abandonar la tentación.

Transcurrió así un mes y medio. Nacha vivía en el aburrimiento y en la más absoluta inacción. Se levantaba a las once, almorzaba con los demás huéspedes, pasaba la tarde recostada en un sillón, pensando, leyendo, o dejando vagar a su imaginación un tanto lenta, o en charla confidencial con mademoiselle. No salía casi nunca. A la noche, después de comer, jugaba a las cartas con algunos de los huéspedes y se acostaba muy tarde.

No quería visitar a sus amigas, temiendo que le devolviesen la visita y la comprometieran con mademoiselle. Y menos a sus antiguos amigos, que podrían ir a la casa con cualquier pretexto. Sólo deseaba salir para averiguar algo sobre Monsalvat. No tenía la menor idea sobre sus ocupaciones, sus amistades, su posición, los lugares que frecuentaba. Estaba segura de que al cabaret sólo había ido por excepción, casualmente quizás, y que, no teniendo esperanza de encontrarla a ella, no volvería jamás.

Con los pensionistas había hablado de él, pero no logró ningún dato porque ellos no lo conocían. Solamente uno dijo haber leído artículos suyos en el gran diario La Patria. Nacha habló por teléfono a La Patria, preguntando el domicilio de Monsalvat, pero le contestaron que lo ignoraban.

Uno de los pensionistas, que sospechó lo que era Nacha, le hizo el amor apenas habló con ella dos veces. Era un empleado de un banco, un sujeto meloso y pegajoso, feo, vulgar e insípido. La invitaba a pasear. Quería que fuese con él a Palermo, al cine, a algún teatro, a tomar el té en tal o cual parte. Nacha le manifestaba desprecio, pero el hombre insistía. Terminó por ofrecerle dinero, de pronto, a boca de jarro, una noche que conversaban en el balcón del cuarto de Nacha.

Las pocas noches que Nacha salió fué con mademoiselle. Una tarde la francesa se empeñó en llevarla a una reunión. Nacha, curiosa y deseando divertirse, aceptó. Fueron en carruaje a una casa de la calle Independencia, lejos del centro. En la puerta, Nacha leyó una pequeña placa puesta en la pared, donde debajo de un nombre había estas palabras: "Se enseña la felicidad". Dentro, en una sala de reducido tamaño, había varios bancos y sillas y unas cuantas personas. Un individuo idéntico a los tziganos de las orquestas, de pie, frente al auditorio, hablaba. En el instante de entrar, el individuo ordenó: "Cadena general". Nacha no pudo menos de reir, porque aquellas palabras le recordaban el baile llamado de lanceros. Mademoiselle la amonestó con una mirada seca y solemne. Los concurrentes, hombres y mujeres, apenas oyeron la voz de mando, se dieron todos de la mano y así permanecieron un instante hasta que el individuo, adoptando una actitud llena de unción, dijo que ya el espíritu había penetrado en él. Uno de los presentes hizo varias preguntas al espíritu y el hombre contestó a todas, en un tono quejumbroso, lánguido, como de ultratumba. Cuando terminaron las preguntas, Nacha, que estaba asustada al principio, quiso hablar con Riga para preguntarle qué debía hacer. Pero no se atrevió, además de que ya era tarde y el hombre dió por concluida la sesión.

Cuando volvieron a la casa no hablaron Nacha y mademoiselle sino de la reunión espiritista. Mademoiselle creía a pie juntillas en todo aquello. Y al mismo tiempo era católica, muy devota, y hasta amiga de unos Padres franceses que solían ir a la casa. Nacha preguntaba a mademoiselle si los espíritus lo sabían todo.

—Oh, oui, todo, todo... El pasado, el porvenir, lo que a usted le conviene, todo, todo...

—¿Mejor que las cartas, entonces? ¿Y que las adivinas?

—Oh, mucho mejor, ma petite. Las adivinas, ciertas veces, engañan. Pero los espíritus, usted sabe, ma cherie, no engañan jamais. ¿Cómo quiere que un espíritu engañe? Oh, c'est pas possible, mon amour!

Nacha solía recibir la visita de una mujer que le sacaba las cartas, una vez por semana. Pero eran tan vagas las respuestas que pensó consultar a la madre Antonia, la famosa adivina de Barracas. Ahora prefería hablar con Riga, mediante el profesor de felicidad. Sabía que el poeta no iba a engañarla, pues era bueno, sincero y la quiso siempre de veras. Sin embargo, en las otras dos o tres veces que fué a la reunión espiritista no se animó a invocar el espíritu de Riga. No fué por vergüenza o por pudor, sino porque temió que Riga se enojase y le reprochara duramente su vida.

Una mañana le ocurrió a Nacha con mademoisselle un incidente pintoresco.

Nacha solía entrar en la pieza de mademoiselle sin llamar. Pero siempre entró a la tarde, o a la noche, o en las altas horas de la mañana. Ocurrió que aquella mañana de octubre era domingo y Nacha, que había madrugado para ir a misa, quiso abrir la puerta de mademoisselle, que resistía como si estuviese atrancada con una silla. La francesa debió gritar: "no entre", pero Nacha, oyendo mal, empujó. Y apenas pisó el umbral dió un grito, y, cerrando la puerta bruscamente, huyó corriendo. Había visto a mademoisselle incorporada en la cama, con los ojos inyectados, y junto a ella dos tremendos bigotes que pretendían ocultarse.

—Oh, señorita Nashá, si usted supiera...—le dijo después mademoisselle, muerta de vergüenza, colorada, tartamudeando.

—No se preocupe mademoisselle. ¿Cómo cree que yo me voy a asombrar? Yo sé bien que una persona no puede vivir sin querer. Y menos una persona tan buena como usted.

—¡Oh, no, no! Usted es una santa, ma petite. Yo he cometido un pecado muy grave, muy grave.

Se afligía tanto que Nacha, para consolarla, le contó algunas cosas de su vida. No le dijo que había frecuentado las casas de citas, pero sí que tuvo muchos amantes. La francesa se iba consolando y a la vez poniéndose seria. Cuando Nacha terminó, dijo que tenía varios quehaceres y se fué.

Nacha creyó que su amistad con mademoisselle, después de lo ocurrido, sería más íntima que nunca. Una semana después, mademoisselle le pidió el pago del mes que le debía.

—Oh, señorita Nashá, no es por nada, usted sabe, pero las cosas andan mal. Los pensionistas... algunos... no pagan puntualmente.

—Yo le pido que espere un poquito, mademoisselle. Un mes no es nada para usted. Mire que estoy muy pobre. He vendido las pobrecitas alhajas que tenía. Buscaré un empleo, trabajaré... Pero no me apremie. Sí, sea buena, por favor...

Y le tomó una mano, cosa que mademoisselle solía antes hacer con ella, y que había hecho sin fin de veces aquel domingo cuando rogaba a su pupila para que no revelase a nadie el tremendo secreto que le sorprendiera. Mademoiselle retiró la mano con alguna sequedad y se levantó.

—No, no puedo esperar, señorita. Mañana me trae su pensión. No le cuesta nada ganarla. Usted tiene amigos muy... benévolos, que se la darán gustosamente. ¡Oh, gustosamente! C'est ça.

Nacha enrojeció de vergüenza y de ira y contestó:

—Está bien. Mañana tendrá el importe de mi pensión.

Toda la noche la pasó Nacha llorando.

Una de las cosas que más le preocuparon fué la conducta de mademoisselle para con ella. La creyó una persona excelente, buena, cariñosa; y ahora veía que se había equivocado. La creyó una alma pura, sin defectos, y había sorprendido un secreto que estaba lejos de certificar su pureza. Pero si no era pura, ¿por qué afectaba serlo? Nacha se desesperaba. Había creído conocer la pureza de cerca, había imaginado que era cosa factible y bella la virtud, y ahora sabía lo que eran la pureza y la virtud.

—Porque mademoisselle—pensaba—, no sólo se dice pura sino que los demás también lo creen. Sí, lo creen, y la prueba es que tiene sacerdotes amigos que vienen a visitarla. Si no fuese tenida por santa, esos sacerdotes no vendrían, no serían sus amigos... Entonces, quiere decir que la virtud consiste en ocultar las cosas... Sí, así debe de ser. Y ahora me acuerdo de muchos señores considerados como personas respetabilísimas, que, en las casas de citas, me proponían... Claro, así es. La virtud no existe. Los virtuosos, los honestos, los puros son los que se ocultan, "los que se cuidan", como suele decirse.

Pero Nacha no lloraba por esto, aunque había tenido una inmensa desilusión. Lloraba porque sus esfuerzos por ser honrada, como ella decía, eran inútiles. Al día siguiente volvería a ser lo que fué. Y todo por culpa de mademoisselle, que, pura y de tan santos principios, la arrojaba en el mal tranquilamente y como pago de su discreción. Ya no dudaba de que el destino era cruel con ella, de que se había empeñado en que fuese una perdida. Y bueno: lo sería, ya que no había otro modo de vivir, ya que todos se lo ordenaban.

Al día siguiente, a las tres de la tarde, se vistió con su mejor vestido y—cosa que desde un mes y medio atrás no hacía—, se puso en la cara crema Simón y en los labios un poco de rojo. Elegante, voluptuosa, tentadora, salió a la calle y se dirigió en un coche al escritorio de un abogado amigo, de aquél íntimo de Torres que durante varios meses la protegiera.

—Cien pesos, nada menos—decía el abogado, moviendo la cabeza de arriba a abajo, con los labios apretados y el inferior alargado en una mueca de asombro.

—Para usted no es nada—argüía Nacha, intimidada por la frialdad del recibimiento.

—Es mucho m'hijita. ¡Cien patacones en estos tiempos! Te daré cincuenta... Es todo lo que puedo. ¡Tantos gastos! Mi mujer es muy gastadora, y después las niñeras, las amas, qué sé yo. ¡Un titeo! En fin, yo creo que con cincuenta del páis se pueden hacer muchas cosas...

Nacha tomó los cincuenta pesos desilusionada, y dijo que se los devolvería. El abogado hizo un vasto gesto redondo sobre su cabeza, como diciendo que no pensara en ello y se ocupó en mirar a su visitante. Debió gustarle, porque se puso un poco nervioso. La miraba con los ojos brillantes, cuando ella se levantó para irse.

—¿Ya? Pero no nos podemos despedir así. Eso no, m'hijita. ¿Nunca te acordaste de mí, de aquellos tiempos?...

Nacha había ido a pedir dinero a este hombre porque lo creía el más desinteresado de sus amigos y tenía la esperanza de que por simple simpatía y amistad le prestase o le diese la suma que necesitaba. Y así cuando el abogado se le acercó, la abrazó y fué a cerrar la puerta con llave, ella tuvo un gran disgusto. Intentó defenderse, pedirle que la dejara, decirle que ahora quería ser honrada; pero pensó que no tenía derecho a nada de eso. ¿Qué era ella, sino una...? Además, ¿no le había dado dinero él? Entonces podía hacer lo que quisiera. Eso era lo lógico y lo humano.

Una hora después, medio llorosa y muy triste, entregó a mademoisselle los cincuenta pesos correspondientes a la primera quincena.

—Oh, pero aquí falta, señorita. ¿Y la otra quincena? Pardon, yo no puedo, absolutamente no puedo esperar.

—Unos días, dos o tres, nada más—dijo Nacha, con rabia, mirando agresivamente a mademoisselle.

—No, pas possible. Hoy estamos a catorce de octubre. Tiene su pensión pagada hasta mañana. Esperaré sólo hasta mañana.

Había pensado Nacha en recurrir a Torres, cuando al día siguiente, muy temprano, la sirvienta le dijo que uno de los Padres deseaba hablarla. Nacha fué a la salita. Allí el Padre la esperaba. Era un hombre redondo. Redonda la figura, la cabeza, la cara. Redondos los gestos, los gruesos y cortos dedos. Hablaba redondeando la pequeña boca. Nacha no salía de su asombro por aquella visita inimaginada.

—Sí, pues... es el caso... que... mademoisselle...

El Padre, de pie, parecía meditar en el modo de salir del paso. Miraba al suelo y tenía una mano derecha sobre la boca, retirándola sólo para hacer un molinete en el aire con los dedos o una ligera castañuela.

—Usted sabe bien lo que es mademoisselle. ¡Una señorita tan austera, tan perfecta! Sus padres, desgraciadamente, no habían recibido la Luz, eran protestantes. Pero buenas personas, gentes muy virtuosas, a pesar de todo, que temían a Dios... La Providencia había velado por mademoisselle. Usted sabe que sus padres murieron y que la recogió una tía, muy buena católica, y que en casa de esta santa señora devino católica...

Nacha miraba con asombro al Padre, sin saber a dónde iría a terminar todo aquello. El Padre tenía actitudes pilluelescas, y a veces daba tales saltitos que parecía que le hiciesen cosquillas. A lo mejor, no encontrando una palabra, se detenía, levantaba los ojos al cielo, los bajaba, hacía un molinete complicado, luego una castañuela y un pequeño salto cambiando la colocación de las piernas, como en un cuadro de baile. Pero ni por ésas aparecía la palabra, y el buen Padre debía hacer un rodeo que resultaba a Nacha interminable.

—Y bueno, usted sabe, comprende que... En fin, señorita, me parece que su vida no ha sido... ¿cómo diré?... precisamente... ejemplar... No sé si me explico... Y usted sabe, comprende, que en esta casa, donde... donde... ¿cómo diré?...

Aquí una castañuela, un blanqueo de los ojos y un par de movimientos de costado. Preparaba un magnífico molinete cuando la palabra buscada apareció, y radiante, feliz, exclamó:

—Donde... resplandece... precisamente... resplandece la más acrisolada virtud... usted, con su vida, con sus costumbres, no... no... es decir... en fin, que no conviene que permanezca aquí...

—En una palabra: me echa de la casa—dijo Nacha, roja de indignación.

—Oh, precisamente, echarla... usted sabe... usted comprende...

—Está bien, Padre. Hoy mismo me iré. Y hágame el favor de dejarme sola.

El Padre le hizo una gentil y redonda reverencia, y salió. Pero apenas había puesto los pies en el corredor, volvió, oyendo que Nacha le llamaba.

—¿Alguna cosa...?

Nacha había pensado decirle quién era la virtuosa mademoisselle y las exactas noticias que ella tenía sobre su "acrisolada" pureza. ¡Cómo iba a gozar viendo la cara del Padre Chatelain al oir evocar la escena del dormitorio! Ahora se vengaría de aquella mujer perversa, hipócrita, canallesca hasta ser repugnante.

—¿Y bien, señorita? Yo estoy esperando...

Pero Nacha se entristeció de pronto y pensó que las miserias de la vieja maldita no justificaban su venganza. No sería mala por nada de este mundo. Que la echara a la calle la francesa, que contase a los Padres cuanto ella le contó en secreto para consolarla, que la injuriase, que hiciera con ella lo que quisiese, jamás revelaría a nadie lo que prometió callar.

—No es nada, Padre. Déjeme sola, no más...

Apenas el sacerdote desapareció, la infeliz se arrojó sobre una silla. Y con el cuerpo doblado hacia adelante, las manos en la cara y los ojos estupefactos, permaneció casi un cuarto de hora. Después suspiró hondamente, sacudió la cabeza con violencia como para alejar algún pensamiento triste, y exclamó:

—¡Es mi destino!

Luego se vistió poniéndose el mismo vestido que el día antes y salió a la calle. Detuvo un automóvil que pasaba y le dió la dirección de una casa de huéspedes de la calle Lavalle, donde vivían muchachas de mala vida.