XI

La casa de madame Annette, situada frente a una plaza, era lo más aristocrático que Buenos Aires poseía en el género. Allí acudían los millonarios, los grandes políticos, los nombres de más alta alcurnia social. A veces se encontró medio ministerio, aunque no reunido en consejo sino disperso en diferentes sitios de la casa. Y era voz pública que cuando en la cámara de diputados no había quórum, solía telefonearse a aquella distinguida mansión y que jamás esta medida poco reglamentaria dejó de producir el más brillante resultado. Desde la entrada, no se respiraba allí sino lujo: sedas, bordados, dorados, muebles elegantes, ricas alfombras, espesos cortinados. Un persistente olor a agua de rosa circulaba por los cuartos, cerrados, misteriosos, invitando a los más dulces coloquios.

Nacha esperaba en una pequeña salita interior, en compañía de una desconocida. Madame había salido para recibir a un visitante. De pronto apareció en el umbral una figura que era familiar a Nacha. Al verse, las dos mujeres se saludaron y se besaron.

—Pero vos aquí... ¿Cómo? ¿No te casaste?—decía Nacha, un poco avergonzada por Amelia, y en voz baja para que no oyese la desconocida.

—Sí, me casé, ché... Pero, ¿qué querés? ¡Así es la vida!

Hablaba a gritos, riendo y con una desfachatez sin igual. Movía con voluptuosidad su cuerpo de serpiente y accionaba sin cesar con sus largos brazos un poco delgados. Olía fuertemente a violeta y vestía de un modo algo fantástico y exuberante pero no desprovisto de elegancia.

—No me hagás cargos. Escucháme un poco, hija. Te prevengo que me casé dispuesta a ser honrada... No te exagero. El diablo harto de carne dirás... ¡Pero si vieras qué nene era mi marido! ¡Un horror! Siendo soltero, trabajaba. En un bazar. Pero después de casarse dejó el empleo y pretendió vivir a mi costa. Quería que yo fuese la de antes. Y vas a ver... Entonces, yo le dije: "Eso no, ché. Yo seré una tal por cual, pero, ¿darte de comer a vos? ¡En la vida, hijito!" Lo eché, vas a ver... Y entonces, volví a la vida. Y aquí me tenés... ¿Cómo me encontrás? ¿No me voy poniendo vieja, ché?

—Espléndida, Amelia. Más elegante que nunca. ¡Qué cuerpo!

—De primo cartello, ¿verdad? Pero aquí, esto no se aprecia. Nada más que vejestorios. ¡Un horror! Y a mí que tanto me gusta la juventud, la fuerza, el entusiasmo, el... ¿Te acordás de cuando era anarquista, de cuando decía que era preciso vivir la vida? ¡Qué tiempos aquéllos, Nacha! Ésos eran los buenos tiempos.

—Y ahora, ¿ya no sos anarquista?

—¿Yo? Pero estás loca, m'hija. Esas son pavadas. Mirá: yo he acabado por convencerme de que nosotras, las mujeres de la vida, somos una de las más sólidas columnas de la sociedad...

Había dicho esta última frase declamatoriamente, con intención sarcástica. Luego, ante el asombro de Nacha, se puso a reir, inclinándose muellemente hacia un lado, con sensual nonchalance.

Interrumpió el diálogo la llegada de madame. Al ver a Amelia, la francesa la saludó con adulonería y la llamó aparte. Las dos salieron inmediatamente. La desconocida miró a Nacha con intención de hablarla. Pero Nacha estaba absorta, pensando en las extrañas causas que llevan a la perdición a una mujer. Amelia era pura franqueza y si dijo que se casó en el deseo de volverse honrada, así debía de ser. Y he ahí que el marido, a quien ella, por honestidad, refiriera toda su vida, la arrojaba otra vez en el vicio, ahora para siempre.

La entrada de una chica la interrumpió en sus pensamientos. Nacha miró con encanto y a la vez con estupor a la deliciosa personita; una niña graciosa, bella, con aire de ingenuidad. Como Nacha no le quitase los ojos y quisiese como sonreirle, la chica le dijo, sencillamente:

—¿Cómo se llama usted? ¡Qué buena parece!

—No soy buena, pero quisiera serlo.

La chica sentóse al lado de Nacha y hablaron las dos con mutua simpatía. Nacha se enteró con verdadero disgusto que la recién llegada tenía diez y siete años apenas. Y como era bajita, muy delgada, frágil, y tenía aquel aspecto ingenuo, representaba menos aún: catorce o quince años. Nacha pensaba con horror en el crimen infame que significaba dejar que se perdiese una criatura así. ¿No sabrían los padres? Y madame Annette, ¿cómo aceptaba recibirla? Y los hombres que la conocían, esos respetables señores tan amigos de madame, ¿era posible que no tuviesen una palabra de protesta, de indignación o siquiera de lástima? ¡Ah, ella no comprendía el mundo! A ella y a todas las mujeres como ella el mundo las despreciaba, las injuriaba, les arrojaba todos los delitos y todas las miserias, y sin embargo ella se apiadaba de una criatura como la que tenía a su lado, y conocía muchas mujeres de su clase que nunca hubieran permitido un crimen semejante. Nacha quería preguntar a la chica algo importante, pero no se animaba. Sobre todo la presencia de la otra mujer la cohibía.

—Pero decíme—susurró Nacha dando a su voz un tono confidencial y tomando una mano de su reciente amiga:—¿Por qué...? ¿Cómo es que...?

La chica levantó hacia Nacha sus grandes ojos claros e ingenuos, interrogándola.

—¿Por qué venís a esta casa?—terminó Nacha ruborizándose de su curiosidad.

La chica puso una encantadora carita de pena, y alzando otra vez los ojos hacia Nacha, y mirándola con franqueza, le contestó naturalmente, sin asomo de reproche hacia nadie ni de malicia:

—Me manda mi tía.

—¿Y hace mucho que hacés esta vida?

—Dos meses.

—Y antes, ¿tuviste un novio, verdad? Te engañó, te deshonró...

—No, nunca tuve un novio. Mi tía me obligó a venir...

—¡Pero es posible! ¿De modo que aquí conociste el primer hombre?

—Aquí, sí...

Nacha se quiso morir. Enrojeció de indignación. La chica le contó su breve historia. Sus padres eran españoles y vivían pobremente en La Coruña. Hacía como ocho años llegó una hermana de la madre a aquella ciudad; una señora rica, dueña de una tienda en Buenos Aires. La chica tenía diez hermanos y la tía propuso a los padres llevársela a Buenos Aires, donde iba a prosperar; y los padres, naturalmente, aceptaron. La tía fué muy buena para con la criatura, pero la tienda marchaba cada vez peor hasta que vino la quiebra. Entonces, la mujer llamó un día a la sobrinita, y diciéndole que estaban muy pobres y que necesitaba su ayuda, le prometió mandarla a una casa donde ganaría dinero con muy poco trabajo.

—No teníamos ni qué comer—continúo la chica. ¡Qué iba a hacer mi tía! Yo no sabía de qué se trataba y vine. Pero al volver a casa le dije a mi tía, llorando, que esa casa no era seria, y le conté lo que había pasado. Mi tía me rogó que me conformara y me pidió que hiciese su voluntad, asegurándome que ella era la responsable de todo. Pero a mí... no sé... no me pareció bien todo eso. Yo pensaba que debía ser una cosa mala lo que hacía. Pero ella me convencía de que no. Según mi tía, todas las mujeres tenemos que ser así. ¿Será verdad? ¿Qué le parece a usted?

Nacha, acongojada, no sabía qué contestarle.

—Y yo, ¿haré mal? ¿Qué le parece?

Madame Annette entró de nuevo y se llevó a la chica. Nacha se levantó y quiso ir hacia madame, pero al pisar el umbral del cuarto vecino vió un hombre y se detuvo. Volvióse entonces a la desconocida, y que hasta ese instante le fuera antipática, para exclamar:

—¡Qué iniquidad! ¡No he visto nunca, en mi vida, una maldad igual a la de esa mujer que explota a esta infeliz criatura! ¡Es odioso esto, repugnante!

—No se enoje tanto—expresó humildemente la otra, cuando Nacha, sofocada y fuera de sí, se hubo sentado.—Es inútil protestar. ¡Yo he visto tantas cosas que ya nada me asombra, absolutamente nada!

La mujer hablaba con acento extranjero, aunque correctamente. No era bonita ni muy elegante, pero tenía unos azules ojos maravillosos y una gran expresión de inteligencia. Nacha, que hasta entonces no la había advertido en realidad, la observó y la encontró muy simpática, más aún: extrañamente simpática. En seguida hicieron amistad. Durante un cuarto de hora hablaron sin cesar, hasta que la mujer acabó por contar su historia a Nacha. Pertenecía a una familia honesta y conocida, de un pueblo del norte de Francia. Un empresario de teatros, o un agente suyo, sabiendo que ella cantaba bien y que sus padres se hallaban en la pobreza, le ofreció un buen contrato para América.

—Yo jamás había cantado en teatros, pero en conciertos y otras fiestas había adquirido un gran dominio del público y me animé, resuelta a ser menos gravosa a mis pobres padres. Y llegué a Buenos Aires. Cuando vi qué clase de teatro era aquel donde debía cantar, me sublevé. ¡El Royal, usted se imagina! Pero por fin, pensé que no dejaría de ser una muchacha honesta aunque anduviese entre bandidos y me conformé. Me llevaron a una pension d'artistes, donde tenía la obligación de vivir. La primera noche me llamaron para presentarme a varios señores, y vi... lo que se ve aquí, más o menos... Comprendí entonces lo que era en realidad aquella pensión d'artistes. No me presté a las exigencias de madame, y se produjo un escándalo mayúsculo. Abandoné la casa, dejé a un lado el contrato y me eché al mundo a vivir, a seguir siendo honrada. ¡Ah, qué ilusión la mía! En ninguna parte hallaba trabajo. Por fin en un bazar francés me dieron un empleo. Allí vendía objetos de lujo, obras de industria artistica. Pero resultó que también aquella casa... ¡En todas partes la tentación! Me gustó uno de los clientes, me enamoré, después me abandonó...

Se interrumpió para descansar de su fatiga. Quedóse con una irónica sonrisa entre los labios, mirando hacia adelante, pero sin ver otra cosa que el vuelo de sus recuerdos.

—Cuando pienso en mis padres—continuó—soy una desgraciada. Daría mi vida por volver a verlos. Les contaría todo, les pediría perdón, yo creo. ¡Pero cómo ir a Europa! ¡Se precisa tanto dinero para eso!

Entró madame Annette.

—Nacha, venga usted. Voy a presentarle a un viejo amigo, un buen amigo de esta casa. Pero, déjeme ver. ¿Está bien calzada? Sí, está bien. Las medias podrían ser mejores. Es lástima. Bueno, pero otra vez que este amigo, que es una persona muy respetable, muy ilustrada, venga a visitarla, póngase las mejores medias y los mejores zapatos que encuentre en Buenos Aires.

Nacha iba a preguntarle algo, pero madame volvió a hablar:

—Pórtese bien, m'hijita. Usted es una linda muchacha y debe portarse bien. Muy complaciente, ¿eh? ¿Me entiende?

Madame dejó a Nacha bajo la augusta protección de uno de los más venerables padres de la patria, y se asomó al balcón de uno de los tantos cuartos que daban sobre la calle. Miró con gran interés hacia el fondo de la plaza, a través de los árboles magníficos, como si esperase algo importante. Esperaba, en efecto, la llegada de su hija, una niña de diez años, medio pupila en un colegio de monjas. ¿Por qué no vendría? Madame se enternecía pensando en el fruto de sus canallescas entrañas. Soñaba a su hija como un modelo de perfecciones, un ser puro y cándido, bien casada, feliz, respetada. Y todo se lo debería a ella, madre admirable, que tuvo el arte de instalar un negocio como no había otro en Buenos Aires, una casa de verdadera distinción, de alegría; una casa donde sólo en champaña se ganaban cien pesos diarios. Madame se preciaba de conocer la fuerza y solidez de las instituciones, y con su talento administrativo, su savoir faire, su arte de francesa, había logrado realizar una fortuna, con el apoyo y la bendición de la Política, de la Alta Banca y de la Aristocracia.

Unas palmadas, asombrándola, la sacaron de su ensueño. Era el padre de la patria, hecho una furia. Madame escuchó sus quejas y fué a buscar a Nacha, que había huido a la salita donde estuvo antes esperando, y que se arreglaba frente a un espejo.

—Nacha, ¿cómo es esto? ¿Quiere desacreditar mi casa?

—No, madame; pero no vuelvo más.

—Usted es una tonta, mujer. ¡Qué tantos escrúpulos a su edad!

Nacha se puso roja como el fuego, y, con los ojos brillándole enojadamente, gritó a madame:

—No se meta conmigo porque doy parte a la policía. Usted está corrompiendo una criatura de diez y siete años. Es una perversa. Vieja degradada... monstruo...

—Usted es quien va a la policía, ¿sabe? Yo doy órdenes a la policía, de modo que pierde su tiempo en denunciarme. Yo no he perdido a ninguna mujer; ustedes se pierden solas. Se pierden solas porque les gusta el vicio, porque son unas...

Pero era inútil que madame se desgañitase y que corriese detrás de Nacha, porque Nacha no oía y a cada momento se tapaba las orejas, haciendo enfurecer más a madame. Iba Nacha por los pasillos de la casa taconeando fuerte y golpeando las puertas, sin olvidarse de soltar de cuando en cuando alguna palabra ofensiva para la dignidad profesional de la francesa. En esta forma, Nacha adelante y madame detrás, llegaron a la escalera, que Nacha bajó como una exhalación. Al abrir la puerta de cristales, una ancha y suntuosa puerta, vió a la vieja en lo alto de la escalera y le sacó la lengua, clasificando su oficio con ciertos términos que no suelen figurar en los censos.

—¡Vieja puerca, criminal!

Allez-vous en! Cochonne! Devergondée!

Nacha subió a un carruaje y se fué a su casa. Apenas entró en su cuarto se quitó el sombrero y se arrojó sobre la cama, llorando convulsivamente. Temblaba toda entera, como si estuviese a punto de que le diera un ataque de nervios. Aunque se esforzaba por ahogar su llanto no pudo lograrlo del todo. Una muchacha que vivía en la pieza vecina entró alarmada, preguntándole qué le ocurría y ofreciéndosele para llamar al médico.

—Déjeme sola, quiero estar sola...

—¿Se enojó conmigo?—preguntó la muchacha dulcemente, una gordita de ojos negros y piel morena y suave que se llamaba Julieta.

Nacha, conquistada de pronto por la bondad de la gordita se incorporó y le dió un par de besos, y sin cesar en su llanto le pidió que la dejara sola.

—¿Y el médico?—insistió la muchacha.—Es mejor que venga. Usted no está bien.

—Bueno, que venga—contestó Nacha, y volviéndose contra la pared, siguió llorando agitadamente.

El médico llegó a la noche. La enferma no había querido comer, y continuaba en la cama, vestida aún con su traje de calle. El médico, un muchacho petulante que les hacía ojitos a las mujeres de la casa y se cobraba en especie sus asistencias, dijo que toda era nervios. Nacha había sufrido un detraquement, y necesitaba reposo físico y tranquilidad moral.

¡En verdad que había padecido la infeliz Nacha en los dos últimos días! El agravio que le hiciera la dueña de la pensión; el haberse desilusionado de la virtud; la caída en brazos del amigo a quien fuera a pedir dinero, le habían causado un mal inmenso, le habían suprimido, de golpe, brutalmente, toda su esperanza de transformación. Pero todo esto no era nada junto a su resolución de retornar a la vida. Fué obra de un momento, casi instantánea, ¡pero qué enorme esfuerzo de voluntad debió hacer, en medio de la desorganización de su existencia y de la angustia que apretaba su corazón! Entre sus sufrimientos y sus vacilaciones, nada le había atormentado tanto como el recuerdo de Monsalvat. Más que la certidumbre de su vida fracasada, le llenaba de desesperación el pensar en aquel hombre a quien ya no dudaba de amar. Su imagen, presente siempre a los ojos de Nacha, habíase agrandado gigantescamente ahora, ¡ahora, en los momentos en que ella se perdía! Cuando entró en la casa del vicio, le pareció que la sombra de Monsalvat, en medio de la escalera, quería impedirle pasar. Pero ella había cerrado los ojos y, bajando la cabeza, había cruzado por entre la sombra. Luego, durante el tiempo que allí permaneció, no dejó de verle un solo instante. Si oía un ruido, creía que él entraba. Si una voz surgía de los corredores, temía que fuese su voz. Hasta llegó en cierta ocasión a levantarse, creyendo haberle visto pasar.

¿Dónde estaría ahora Monsalvat?, se preguntaba Nacha. ¿Por qué no iba a buscarla? ¿Cómo no adivinaba que ella necesitaba su protección? Porque sin ella sucumbiría, caería hasta abajo, hasta lo más hondo del mal, hasta la última capa del lodo de la tierra. ¿Por qué Monsalvat no se apareció en la casa del vicio, como ella esperaba, para salvarla y arrebatarla de allí? ¿Por qué no se aparecía ahora, para, libertarla de sus sufrimientos?

Se acordó entonces de que Monsalvat le había dicho, la única vez que hablaron, que ella debía sufrir. ¡Sufrir para ser perdonada, para rescatar su vida, para merecer el tesoro de la compasión! Sí, él le había dicho eso mismo. Se alegró de haber recordado aquellas palabras que daban un poco de luz a su existencia miserable. Se preparó para aceptar el sufrimiento, para resignarse al dolor, y se durmió un tanto tranquilizada, ya sin lágrimas ni desesperaciones.