XII

¡Setiembre! ¡Primavera! Buenos Aires con sus calles arboladas, sus parques, sus plazas, los largos paseos que forman al río encantadora vereda, florecía mágicamente, se manchaba de verde, de todos los matices del verde. Se dijera que la mano del Infinito retocaba el gigantesco cuadro un poco descolorido que le entregara el invierno, exacerbando el esmeralda de los parques ingleses; agotando en las copas de los paraísos y en el musgo el amarillo de Nápoles; arrancando violentamente de las frondas el manto suave y aterciopelado hecho de azules, de tierra de Siena y de tintas neutras, para vestirlas con un áureo traje que el amarillo aurora y el sepia y el cobalto hacían claro y vibrante; vaciando en los grandes parques todo el óxido de cromo de su paleta cósmica; rejuveneciendo a los sauces, en un genial abuso de esa gutagamba que nos trae el recuerdo de fantásticos reinos tropicales; y haciendo estremecer los mediodías en ensueños de oro. ¡Oh primavera de Buenos Aires, llena de gracia y de armonía, sin los embadurnamientos de las tierras cálidas, sin el cromatismo espeso de los países del sol, sin la pesadez de las comarcas donde la naturaleza adormece las energías humanas! ¡Oh primavera de Buenos Aires! El oro llueve del cielo con musical ritmo y parece también surgir de los árboles y las plantas y las hierbas; envuelve los edificios; exalta de vigor y de luz los rostros humanos y enciende los ojos de las mujeres, en ansias de amar. ¡Oh primavera de Buenos Aires!

Para Monsalvat, sin embargo, era una primavera triste. Monsalvat no sentía aquella gloria de la luz, de los colores, de los sonidos. No advertía el contento de las cosas, la canción de dicha que asomaba en los ojos de las gentes. Sentíase solo, absolutamente solo en el Universo. Era extraño al mundo en que vivió, mundo ahora enemigo. Era extraño al mundo de los que sufren, por su procedencia y su situación. Murió su madre, no encontraba a su hermana, no encontraba a aquella mujer en la que concretaba su nueva vida. Sentíase solo, no tenía amigos. Los amigos de otro tiempo se burlaban de sus ideas y de sus ideales. Hablaban de pose, creíanle medio loco. ¿Qué podía tratar con ellos, que no fuesen los motivos triviales de la gran farsa social? No le comprendían. No querían ni oirle. Su prédica debía ir hacia otra parte, hacia aquéllos que alguna vez impondrían la justicia, hacia aquéllos que debían rebelarse alguna vez. Sentíase espantosamente solo. Si por acaso alguien hablaba de la belleza del día, él callaba, contestando en su interior que todo aquello no tenía existencia para él. ¿Qué había fuera de nuestras sensaciones? Lo material, ¿tenía realidad fuera de nosotros? Y bien: sus sensaciones le decían que no había a su alrededor sino tristeza, dolores, soledad, negrura en las cosas y en las almas. ¡Estaba solo! Jamás sintióse tan solo. El mundo era su triste creación, la obra de su alma sufriente. No; aquella primavera era una estación de amargura.

Mientras Nacha se ocultaba en la casa de pensión, con su ingenuo propósito de otra vida distinta, Monsalvat la buscaba. Había estado a buscarla, en compañía de Torres, en aquella casa de madame Annette, a principios de Setiembre, un mes antes que Nacha fuera allí, llevada por su triste fatalidad. Había estado en la casa de otra mujer, Juanita Sanmartino, y nuevamente la decepción había llenado su espíritu de tinieblas. ¿Dónde estaba Nacha? Nadie sabía nada. Torres afirmaba que no había vuelto a "la vida", pues si hubiese vuelto a la vida habría ido a cualquiera de aquellas casas. Torres imaginaba que viviese con otro, tal vez con algún antiguo conocido, tal vez con alguno que encontró al acaso. Y mientras pensaba así mal de ella, ella sólo pensaba en ser honesta y en aquel hombre del cabaret, cuya imagen la acompañaba en su reclusión.

¿Y Eugenia Monsalvat? Tampoco nadie sabía nada de ella. ¿Se cambió de nombre tal vez? ¿Habría muerto? ¿Arrastraría por las regiones malditas de la ciudad su vida dolorosa?

A fines de Setiembre, Monsalvat encontró un motivo de distracción para su soledad espiritual: su oficina. Acababa de ser nombrado segundo jefe de una repartición en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Pasaba allí las tardes trabajando. Algunos colegas, llevados por las leyendas que ya circulaban sobre carácter y las opiniones de Monsalvat, solían buscar su conversación. Pero él, inaccesible y desconfiado, apartaba hábilmente las insinuaciones indiscretas.

Una mañana de ese mismo mes, Monsalvat fué a la casa donde murió su madre. Quería hablar con Moreno, con la hija de Moreno. Desde aquella mañana que vió el amor de Irene, no quiso Monsalvat volver a aquella casa. Temía a aquel amor de Irene. Él era libre, y podía dejarse querer y quererla. Ella no ignoraba lo que hacía. No engañaba él a nadie, pues, aceptando el amor de aquella muchacha bonita, apasionada, buena. Se encontraba solo en el mundo, sin una alma amiga en el horizonte de su vida. ¿Porqué huir entonces de Irene? Era que pensaba en Nacha. La había buscado inútilmente, no tenía ninguna noticia de ella, ignoraba si se acordó de su amigo alguna vez. Sin embargo, él pensaba en Nacha. Creía cometer una mala acción queriendo a otra mujer, y sentíase obligado respecto a Nacha, como si le hubiese jurado promesas fundamentales. ¿Tal vez había terminado por enamorarse? Esta idea le obsesionó una semana. Se juzgó ridículo, se despreció a sí mismo, intentó abandonar todo lo que pudiera acercarle a Nacha. Pero no hizo nada. Y, al contrario, más pensaba en ella y más ansiaba encontrarla. En cuanto a Irene, no la había olvidado. Aunque él no fué a la casa, le envió dinero varias veces, sumas que parecieron enormes a la pobre gente. Irene le había escrito agradeciéndoselas y rogándole que le permitiera ir a verlo a su casa, ya que él se negaba a visitarla.

Aquel día de fines de Setiembre, Monsalvat se encontró con toda la familia Moreno. Esto le alegró, pues temía hallar sola a Irene.

—¡Mi doptor!—exclamó al verle Moreno, extendiéndole los brazos.—¡Mi gran doptor! ¡El salvador de mi pobre raza maldita! ¡El grande entre los grandes! ¡El faro luminoso de la ciencia jurídica! ¡El excelso y el bondadoso!

Monsalvat protestaba de elogios tan disparatados y quería apartar de sí los brazos obstinados de Moreno. La mujer reía de las palabras del marido y a la vez estaba llorosa de emoción. Besaba una mano de Monsalvat y le señalaba los niños, con los ojos húmedos de agradecimiento.

—No admitimos su modestia, doptor. Queremos ser sus perros. Somos unos pobres perros, todos nosotros, y nada más. ¡Pensar que Moreno, y la familia de Moreno...! ¡Cuantum mulatur ab illo! como dijo Cicerón. Ya ve que no olvido mi latín. ¡La cultura, doptor! He sido hombre de ley, viví entre libros y sentencias. Y ahora, un perro vil, un borracho, un...

Irene, en un rincón del cuarto, de pie, se cubrió el rostro, avergonzada. Desde que entrara Monsalvat, no se había movido, aguardando que pasara la avalancha de agradecimientos y humillaciones, que preveía de parte de sus padres. Monsalvat también se sentía molesto. Por fin apartó a aquella gente y extendió la mano a Irene.

—¡La flor de mi casta!—exclamó Moreno, agregando melancólicamente:—¡Ah, si no fuéramos pobres! No la entregaba sino a un príncipe. Perdone, mi doptor. O a un doptor Monsalvat, que es tanto como un príncipe, porque es príncipe de la jurisprudencia...

Ni Monsalvat ni Irene oyeron aquellas cosas. Monsalvat se había turbado y estremecido al notar en su mano la mano de Irene que abrasaba, al sentir sobre su rostro los ojos abrumados de pasión de aquella mujer que palpitaba y ardía desde el extremo de sus cabellos hasta la punta de los pies. Monsalvat quedó paralizado frente a ella. Y sin saber qué decirle, volvióse para hablar con Moreno.

Después de algunas frases sin interés, interrumpidas por las adulaciones de Moreno, Monsalvat se despidió. Dijo que había ido para saber si Irene tenía la noticia que él necesitaba.

—Se la voy a dar. Venga—dijo Irene con extraña energía, mientras temblábanle los labios y echaban fuego sus ojos.

Monsalvat se despidió y salió al pasadizo que conducía hasta la escalera. Un pasadizo oscuro y angosto. Moreno quiso seguirle, pero Irene ordenó a su padre que se quedara.

—Ella lo manda. Ya ve, mi doptor, adónde ha ido a parar mi autoridad paterna. Soy un simple perro. Obedezco y me retiro, de miedo al látigo. ¡Procurador célebre, a esto has llegado! Tu carrera terminó, el mundo se acaba. ¡Mi doptor, a sus pies!

En la oscuridad del pasadizo, Monsalvat e Irene caminaron uno detrás de otro algunos metros. Luego se acercaron, se rozaron. Monsalvat sintió el ardor violento de toda aquella mujer, sintió que algo fascinante le atraía hacia ella. En lo oscuro, los ojos de Irene, enormes, se entornaban y volvían a abrirse. Su cuerpo tenía ondulaciones de serpiente.

—La noticia, ¿cuál es?—preguntó Monsalvat con, la voz torturada.

—¡Ésta!—rugió Irene sordamente, con los dientes apretados, poniendo sobre la boca de Monsalvat la pulpa roja de sus labios abrasadores, absorbentes, estremecidos.

Monsalvat la besó también. Creyó desvanecerse. Toda su voluntad había desaparecido. Escuchaba las locuras precipitadas, ardorosas de Irene. Le rogaba hacerla suya, llevársela. Le tomaba las manos, se apretaba contra su cuerpo. Pero de pronto, Monsalvat reaccionó. La imagen de Nacha surgió ante sus ojos, y sintió que una fuerza poderosa, que venía desde el fondo de su alma, le apartaba de Irene. Vió en aquella muchacha apasionada, un peligro para sus ideales. Vió derrumbada toda su obra. Vió perdida la sola justificación de su vida. Dijo adiós a Irene, le pidió perdón y se dirigió hacia la escalera, fuerte, sereno, inaccesible.

—No, no me deje así—clamaba Irene.—Yo seré su sirvienta. Yo lo adoro. Me voy a morir, me voy a perder si no me quiere.

Monsalvat seguía su camino sin oir aquellas voces de la tierra. Su alma retornaba por el camino que lleva a la montaña.

—¡Es horrible mi desgracia!—gritó Irene, arrojándose contra la pared, sacudida por violentos sollozos y temblores.

Este incidente exacerbó en Monsalvat el ansia de encontrar a Nacha. Empezó a recorrer los cabarets, los restoranes nocturnos, los teatros. Todo inútil. Pasaban los días y los días y ni la menor noticia de Nacha. Comenzaba a desesperarse. Pensó entonces que tal vez la calle tuviese respuesta a su ansiedad. Y se hizo un hijo de la calle. Horas enteras vagando. Horas enteras, por las mañanas, por las tardes, por las noches. Las calles del centro, aquéllas por donde pasan las mujeres de placer, conocieron su silueta atormentada.

Creía ver a Nacha, y apresuraba el paso. Seguía a una mujer. No era Nacha. Buscaba su rostro entre las muchedumbres que en Florida, por las mañanas, pasean su inactividad. Lo buscaba entre el gentío de Florida a la tarde, entre el gentío que va marchando sin premura, por la calzada sin carruajes, mientras estalla la luz de las vidrieras y empuja hacia arriba las sombras que caen desde las altísimas casas. Lo buscaba entre las mujeres, casi todas jóvenes y bonitas, que disimuladamente recorren Florida en busca de su pan, de su cariño, de su placer. Lo buscaba, por las noches, en las vías que convergen hacia los teatros, los cines, los cabarets. Lo buscaba en los teatros, en los cines y en los cabarets. Y así su sombra iba recorriendo las calles, como la de aquéllos que van buscando tímidamente una mujer ocasional. Iba insensible a los mil ruidos de la calle, a los gritos de los vendedores de diarios, a las bocinas de los autos, a los timbres de los tranvías, a los gramófonos que sonaban en los comercios, al obstinado arrastrarse de los pies sobre las veredas, a las voces del vendedor de juguetes, del vendedor de lotería, de la florista. Iba insensible a las luces de los enormes focos, a los avisos luminosos, a los letreros azules, rojos, verdes, amarillos de las lamparitas que coronaban las casas, a veces cerca del cielo, en un décimo piso. Iba insensible al lujo de las vidrieras, a las joyas prodigiosas, a las flores, a los libros. Iba insensible al maravilloso espectáculo que es la calle en la cosmopolita, complicada, exuberante, estruendosa, enérgica, inquieta, dinámica Buenos Aires. Iba insensible a todo. Él no veía sino a Nacha.

Todo inútil. Nacha no aparecía. Y había llegado Octubre. Mes y medio sin verla. Desesperado, pensó en dejarlo todo, en volver a su antigua existencia, faltando al deber que se impusiera de encontrar a Nacha. Y buscaba argumentos para justificar el abandono de "su deber". ¿No era Nacha una putilla? ¿Y entonces? ¿Se iba a enamorar de una mujer así? ¿Por qué concretar en ella un ideal, un deber, una razón de existir? ¿Acaso la perdió él? ¿Y para qué quería encontrarla?

Monsalvat tenía la sensación de que Nacha iba a perderse definitivamente. Y se echaba él la culpa de la perdición. Él fué a su casa, él la aconsejó, él la indispuso con su amante. Luego, él la había perdido. La buscaba para rehabilitarla, para llevarla al camino del bien, para que recuperase su personalidad, para que volviese a vivir, a tener esperanza, a amar, a soñar. Era un ser humano y no debía dejarlo en la esclavitud. Igual hubiera hecho con otras, si conociera a otras. Él conocía a Nacha y quería salvar a Nacha. Que los otros salvasen a las que conocían. Pero también quería salvarse él mismo. Quería salvarse de la sequedad del corazón, de la frigidez del alma, de la inutilidad de su vida. Quería salvarse de su existencia de egoísmo, de las garras de la vanidad, de la red envolvente de la maldad humana. Grandes acciones quisiera él acometer. Redimir a los esclavos del trabajo infamante, a los esclavos de sus pasiones, a las esclavas de los vicios ajenos y de la voracidad de los de arriba. Pero a falta de grandes acciones, él contentábase con levantar a una pobre y buena muchacha. Sembraba una semilla, solamente. Pero invitaba a otros para que sembraran a su vez.

En medio de sus dudas, había surgido en Monsalvat una gran esperanza. Ahora tenía dinero, e imaginaba que con dinero todo podía lograrse. El Banco Hipotecario le había entregado, a principios de Octubre, cuarenta mil pesos por la hipoteca del conventillo. Pero ya una parte de esta suma había desaparecido. Su madre dejó deudas y la mulata, que fué sirvienta de ella, le hizo a Monsalvat un chantaje. Aconsejada probablemente por Moreno, Celedonia le amenazó con publicar unas cartas de Eugenia si no le daban dos mil pesos. Monsalvat tuvo que entregarlos para recoger las cartas.

Una tarde de octubre, Torres, a quien encontró en la calle, le dijo:

—Una noticia. Nacha ha vuelto a "la vida". Sé que ha estado hace pocos días en la casa de madame Annette.

Aquello era un dolor para el corazón de Monsalvat. Y sin embargo, era también una luz. Parecíale que Nacha estaba frente a él. Y estuvo frente a él y a su lado, llenándolo todo, aquella tarde y aquella noche, y el día siguiente y los demás días.

Monsalvat sufría ahora más que nunca. ¡Y era también ahora más feliz que nunca!