XIII

Diez días estuvo Nacha enferma, en aquella pensión de la calle Lavalle. Su historia circuló en la casa, referida por Julieta, interesando a todas las mujeres. Las muchachas de mala vida, pero que aún no han caído enteramente, son sentimentales y un poco románticas y simpatizan con los héroes y las heroínas de las historias de amor. Nacha, enamorada de un hombre con quien habló sólo una vez, que no sabía en realidad quién era ni dónde estaba, y teniendo que ser infiel a ese cariño platónico y extraño, debía caer en gracia a aquellas muchachas. Todas la compadecían en el fondo de sus almas y encontraban natural aquel ataque nervioso que arrojó en la cama a Nacha. ¡Tener que dedicarse a la vida, queriendo tanto a un hombre! ¿Y cómo era ese hombre? ¿Qué hablaron aquella vez? ¿Buenmozo, simpático? La enloquecían a preguntas.

—¡El más simpático de los hombres que he conocido en mi vida! El más bueno, el más santo... ¡Qué lindas cosas me decía!

Y refería la historia de sus breves amores por centésima vez. Detallaba las miradas, las explicaba. Se detenía en aquella larga conversación, cuando ella le contó su historia y lloró a torrentes y él la conminó a cambiar de vida.

—Pero vos fuiste una sonsa—le decían las muchachas.—¿Por qué te reíste de él en el cabaret? ¿Por qué lo echaste? Si no lo hubieras echado, ahora estarías con él...

—Es que nosotras somos así—decía otra.—Somos malas, el destino quiere que seamos malas...

Y quedaban todas tristes, pensativas, imaginando aquella historia de amor y recordando otras historias en que ellas fueron protagonistas. Pero ninguna como la de Nacha, que les parecía más hermosa que los folletines. Y tanto les fascinó el amor de Nacha, que todas llegaron a envidiarla y a desear algo semejante, aunque les tocase sufrir como ella y aunque padeciesen hambre y enfermedades.

La patrona de la casa, doña Lucía, era una viejita pequeña y silenciosa. Tenía dos piezas bien arregladas, pero sin gusto. Allí pasaba todo el día leyendo. No comía con sus pensionistas. Era tan tímida que no se atrevía a visitarlos ni a buscar su amistad. Pertenecía a una familia provinciana muy principal, pero ella usaba otro apellido. Parecíale que, dada la clientela de su casa, desprestigiaría a su familia llevando su verdadero nombre. No era que en Buenos Aires fuere muy conocida su familia ni menos que doña Lucía tuviese demasiado afecto a sus parientes. Era que la viejita tenía un respeto supersticioso por las buenas familias, y antes se dejara matar que contribuir, al descrédito de un apellido que ella creyese ilustre. Algunas de las muchachas habían logrado sacarle ciertos detalles de su vida. Viuda de un militar que murió loco, perdió luego a su única hija. Pobre, sola, olvidada de sus parientes que no tuvieron ninguna consideración para con ella, se instaló en la pensión de una amiga. La pensión fué decayendo poco a poco, recibiendo una clientela equívoca. Doña Lucía no miró aquello con buenos ojos, pero no se hubiera nunca atrevido a hacerle a su amiga una observación. Cuando su amiga murió, ella se quedó con la casa. Estaba resuelta a no admitir sino gente honesta, recomendada. Pero su timidez le impedía reclamar las recomendaciones o dudar de su legitimidad. Crédula, además, aceptaba cuanto le decían las muchachas. Al cabo de los años terminó por habituarse a su clientela. Las muchachas respetaban y admiraban a aquella señora de aspecto severo, que frecuentaba las iglesias y tenía parientes encumbrados.

Cuando Nacha pudo levantarse, visitó a doña Lucía. Se le entró en su cuarto, tranquilamente, sin mayores preámbulos. La viejita, a quien aquellos procedimientos intimidaban, no sabía qué decirle. Pero eso no era obstáculo para Nacha, que tenía la confidencia fácil y gustaba referir su historia. Agradeció a doña Lucía sus atenciones con motivo de su enfermedad, las copas de Oporto, los remedios pagados a la farmacia. Doña Lucía la enteró de que todo eso fué costeado por tres muchachas: por Julieta, por Sara y por Ana María. Nacha quedó asombrada. ¿De modo que aquellas muchachas, que quince días atrás no la conocían, se sacrificaron por ella? Recordó las escasas ganancias de Sara, que recorría las calles del centro y cuyo terror de la policía impedíale manifestarse a los transeúntes; la vida de escasez de Julieta, que frecuentaba una casa muy reservada, donde ganaba poco; la mala salud de Ana María, que debía gastar tanto en médico y en remedios, y comprendió que las tres se privaron de satisfacer necesidades esenciales a fin de que a ella nada le faltase durante su enfermedad.

Pero lo que más le asombraba—pues ella hubiese hecho lo mismo que Julieta y Sara, ya amigas suyas—, era la intervención de Ana María. La había visitado sólo dos veces, en los diez días de su enfermedad. La primera vez entró en el cuarto con Julieta. Nacha se impresionó desagradablemente. Ana María semejaba un espectro. Muy flaca, desencajada, amarilla, con los ojos enormes y como asustados. Nacha la creyó tuberculosa. Tenía un tipo fino, de persona aristocrática. Nacha, durante aquella primera visita, casi no habló por mirar la flacura de Ana María, la piel transparente de sus manos, sus hombros puntiagudos, su pecho completamente liso. Hablaba Ana María con una voz rara, lenta, melancólica, con quién sabe qué acento de ultratumba. Las otras muchachas jamás pudieron obtener datos sobre su vida. Aseguraba llamarse Ana María González, pero no era verdad. No tenía ninguna ilusión, ni voluntad de vivir, ni le interesaba nada. Julieta, por un amigo, supo que Ana María había vivido algunos años con verdadero lujo. Había sido lo que se llama una gran cocota. Espléndida casa, dinero en abundancia, automóvil propio. Y después, hacía pocos meses, de golpe, la decadencia. Había en su persona algo de misterioso que impresionaba a Nacha. La segunda vez que se vieron, fué a una hora en que Nacha encontrábase sola en su cuarto. Ana María, mirándola fijamente, con sus extraños ojos muy abiertos, quiso que Nacha le contara su historia. Nacha refirió todo, desde que dejó la casa de su madre. Ana María no se interesó por nada de esto, y no escuchó siquiera. Pero cuando Nacha comenzó a hablar de Monsalvat, Ana María fué toda oídos. Escuchaba con toda su alma, con todos sus sentidos, con todos los átomos de su cuerpo. Cuando Nacha concluyó, Ana María se fué sin decir palabra. Salió del cuarto como una sonámbula. Nacha comprendió que un pensamiento absorbente la envolvía, la hacía enmudecer, guiaba sus pasos, atraía sus ojos.

Desde esa tarde, a los tres días de llegar a la casa, Nacha no volvió a ser visitada por Ana María. Con Julieta y con Sara solían hablar de ella. Julieta—una gordita sonriente y suave, de ojos aterciopelados y llenos de sombra y de labios muy rojos—conservaba aún restos de pudor. Era soñadora y esperaba en una pasión que viniera a salvarla. Sin embargo, tenía a veces una expresión melancólica y solía manifestarse pesimista. Pero no se consideraba vencida, y había logrado reducir sus relaciones con los hombres al mínimo indispensable para pagar la pensión y otros pequeños gastos. Trataba de agradar a los mejores que conocía—los más serios y los más buenosmozos—a fin de que ellos la prefiriesen. De este modo, sólo se veía con dos o tres amigos. Y esto hacía que las otras muchachas la considerasen como una mujer honesta. Una de ellas era Sara. Tenía Sara todo el aspecto de una muchacha caída en el más espeso y profundo lodo. Se dijera una fruta podrida. Pero no era así, pues no llevaba un año de perdición. Parecía gastada por el vicio. Gustaba de oir cuentos picarescos, de hablar obscenidades. Cuando en el comedor alguno de los hombres que vivían en la casa les daba a las muchachas una broma arriesgada, Julieta bajaba la cabeza y hasta se ruborizaba, mientras Sara respondía con alguna enormidad. Era esbelta, delgada, ágil, de piernas y brazos largos. En su bonita cara alargada llamaba la atención la boca: una boca grande, excesivamente movible, un poco levantada en los extremos. Los labios, rojos como la pulpa de las granadas, estaban siempre humedecidos. Para hablar movía sin cesar la cabeza y la boca, y gesticulaba con los brazos y las piernas. Raras veces se la veía sentada. Conversaba paseándose. No podía decir una frase sin desplazarse dentro de un radio de dos o tres metros, sin levantar las piernas como si empezase una danza, sin manotear, sin reir y abrir la boca cuan grande era, dejando ver sus desiguales y largos dientes. Carecía de reserva, de pudor, y buscaba a su clientela en la calle, en Esmeralda, en Corrientes, con una inconsciencia que a Julieta le daba pena. Julieta la aconsejaba, pero sus palabras resbalaban por la epidermis de Sara sin penetrar en su espíritu. No parecía darse cuenta de su situación, de su vida, de la diferencia entre ella y las mujeres honestas. En cuanto a los hombres eran todos iguales para Sara. Todos le resultaban simpáticos, pero no trataba de acaparar a ninguno. Doña Lucía la detestaba. La hubiera echado, de atreverse a ello. Sara recibía hombres allí mismo y varias veces la habían pillado con pensionistas de la casa. En su cuarto, sobre todo cuando la acompañaba algún muchacho alegre, solía cantar, hablar a gritos, reir a carcajadas, con gran escándalo de doña Lucía, que cambiaba de colores y pedía a los santos que le sacasen a aquella pensionista tan comprometedora. Lo único que infundía temor y respeto a Sara era la policía. Una vez la arriaron en plena calle, y desde entonces, en sus recorridas, se había vuelto prudente. Ana María no la soportaba. Varias veces, en la mesa, al oirla despotricar, se había levantado. Sara, manoteando y estremecida por sonoras carcajadas, llamábala madama Pompadour, nombre que nadie sabía de dónde lo sacara y por qué lo aplicaba a Ana María.

—Debe ser media loca, Ana María—solía decir Nacha.—Yo le tengo miedo.

—No, mirá—argüía Julieta.—Es una muchacha que sufre mucho. ¡Quién sabe de dónde habrá caído hasta llegar a esta vida! Yo la compadezco. ¡Es tan buena, la pobre!

—¡Cuándo no!—exclamaba Sara, riendo y paseándose por el cuarto.—Para vos todas son buenas. A mí me parece una orgullosa. Se cree superior a nosotras.

—¿Y no es superior a nosotras?—preguntaba Julieta.

Nacha, ya casi sana, veía con terror el momento de su completa salud. Porque entonces tendría que dedicarse a lo que tanto temiera, a lo que detestaba, a lo que le era la vergüenza y la degradación. Hubiera dado años de su existencia por poder ser honesta. Y creía enfermarse de nuevo si intentaba recomenzar "la vida". Pero no era tanto por esto, ni por amor a la honestidad que deseaba ser honesta; era por Monsalvat, cuyo recuerdo la acompañaba incesantemente, mañana, tarde y noche, despierta y en sus sueños, cuando hablaba con sus amigas y cuando leía en la soledad de su cuarto. Y ahora, su amor a Monsalvat se había engrandecido, alimentado con el relato de su historia y los comentarios con las muchachas.

Una tarde, cuando Julieta regresó de la casa adonde iba todos los días, Nacha le pidió consejo.

—Yo quiero ser buena—le dijo a Julieta, que la escuchaba melancólicamente.—Es por él, vos sabés... Me ocuparía en cualquier cosa, entraría en alguna tienda... ¿Te parece posible que yo sea buena?

Julieta sonrió con su natural dulzura y tomándole una mano se puso a acariciarla, mientras sus ojos se fijaban en el suelo.

—¿Por qué no me contestás? ¿Te parece imposible que yo... que una mujer... por amor, pensando en un hombre a quien se adora...? ¿Imposible? Decíme la verdad. Mirá, si no me la decís, si no me hablás con el corazón... no sos mi amiga... ¿Es imposible, sí?

—Sería posible si dependiese sólo de nosotras. ¡Pero la gente nos pone tantas dificultades! ¡La gente no quiere que nos volvamos buenas, Nacha!

Las dos sabían cuán verdadero era esto, y permanecieron un largo rato silenciosas, profundamente tristes, doloridas, mirándose como dos hermanos que han perdido a la madre.

No obstante, Nacha tentó un último recurso: buscar a Monsalvat. Iría hasta el fin del mundo, hurgaría por debajo de la tierra. Preguntó a los dos estudiantes que vivían en la casa, un par de bandidos y haraganes que por nada se interesaban. Uno de ellos, el mono Grajera, un negrito petizo, feo y charlatán, estudiante crónico de Derecho, vividor, tramposo, conferencista sobre la tuberculosis en Catamarca, profesor de patines en San Luis, periodista en Jujuy, actor del teatro criollo en Santa Fe, inventor de un sistema para no pagar en los hoteles y pensiones, era gran amigo de Nacha. Se habían conocido hacía años, en la casa de huéspedes de su madre. Grajera fué amigo de Riga, y de ahí la simpatía de Nacha por Grajera, que era además muy gracioso y divertido. Nacha le encargó que averiguase el domicilio de Monsalvat. Grajera tenía buena voluntad. Lo que le costaba era acordarse del encargo, realizar las gestiones. Así es que nada consiguió.

El otro muchacho, estudiante nominal, pues nada estudiaba, era un cordobesito Belderrain, hijo de un célebre abogado y juez, de un hombre austero cuya muerte fué en Córdoba un duelo general. Panchito, echado de su casa, volvió a Córdoba cuando la muerte de su padre. Ahora estaba otra vez en Buenos Aires, incorregible como siempre, carrerista, mujeriego, entrampado en todas partes. Nacha le pidió también que averiguase de Monsalvat. Pero Panchito no pensaba sino en el programa de la próxima carrera, en redoblonas y candidatos y en otros asuntos turfísticos. En un cuaderno apuntaba los detalles de las carreras: la velocidad del viento ese día, el peso de cada caballo, el estado de la pista y cuanto es posible imaginar. No obstante tanta ciencia en carreras, Panchito perdía infaliblemente.

Viendo que por medio de sus amigos nada lograría, Nacha recurrió a una echadora de cartas. Era una mujer horrible, amarillenta de cara, de expresión estúpida. Se la recomendó Sara, diciéndole que la mujer ésa adivinaba todo, que a ella nunca le había fracasado. Nacha la llamó a la casa. Y ahí estaba, llena de ilusiones, emocionada, silenciosa, esperando el fallo de la individua.

La mujer sacó una baraja mugrienta, mezcló las cartas e hizo cortar a Nacha con la mano izquierda. Luego, con las diez y ocho primeras cartas que salieron formó una cruz de aspas, mientras decía en voz baja unas palabras que Nacha no entendió. Después hizo tres montoncitos y fué descubriendo las cartas. La mujer pensó un rato. En tanto hablaba, iba señalando las cartas.

—As de oros y cuatro de bastos—dijo la mujer.—Esto significa el fin de una enfermedad. Pero aquí está también el cuatro de copas. Es el triunfo amoroso. Y triunfo completo, porque el dos de copas, ¿lo ve?, indica proposición de casamiento. Después... Ah, aquí aparece una mujer morena, y una grave enfermedad.

—¿Una mujer? No puede ser, fíjese bien.

—Es una mujer. No dice que haya amor. Pero es una mujer, señorita.

Nacha estaba pensativa, buscando la exacta interpretación de todo aquello. ¿Estaría enfermo Monsalvat? ¿Querría tal vez a otra mujer? Esta idea le fué insoportable. Preguntó por lo que le interesaba más, por el paradero de Monsalvat.

—Aquí está el rey de bastos, que quiere decir hombre moreno, firme y generoso.

—¡Él es, él es! ¿Dónde está?

—No se sabe dónde está. Pero aquí tenemos el dos de espadas, señorita. Esto es carta, noticia, llegada de una persona. El hombre moreno le va a escribir o va a llegar de un momento a otro.

Nacha pagó con gusto los cinco pesos que la mujer le cobró. Era el último dinero que le quedaba. Pero era feliz. Todas las cosas le hablaron de esperanzas desde ese momento. Varias veces al día imaginaba que Monsalvat aparecía en la casa. Al día siguiente, como adivinara la llegada de nuevos huéspedes, salió al patio. Quedó asombrada al saber que un matrimonio, y una hija como de doce años, parientes de Panchito, habían llegado de Córdoba. Después que los huéspedes se instalaron, todas las muchachas y algunos hombres se metieron en el cuarto de Panchito. Querían enterarse. Panchito, medio dormido todavía, recibió acostado a sus visitantes. Grajera, en una cama opuesta, roncaba. Sara intentó despertar a Grajera. Propuso hacerle cosquillas, destaparlo, echarle agua. Pero las demás muchachas se indignaron.

—¡Qué quieren que haga!—exclamaba Panchito, con su acento cordobés.—Este animal se viene aquí. Yo le he dicho lo que es esta casa. ¡Y se ha quedado, no más! Pero no me explico cómo... ¡Ah, ya sé! No había caído. Es cosa de mi vieja, claro. Como yo le escribo que estoy en una casa muy decente, de una familia muy cristiana, donde me hacen confesar dos veces por mes, la vieja le habrá dicho a este bruto, a este rural, que vive en el campo, en San José de la Dormida, que venga a parar aquí.

—¿En dónde vive?—estalló Sara, con la boca de oreja a oreja.

—En San José de la Dormida, pues. Un pueblito, allá por...

El nombre del pueblo suscitó una serie de chistes que estremecían de placer a Sara. Panchito rogó a las muchachas que se condujeran bien. No quería que su parienta se enterase. Y luego echó a todo el mundo, porque iba a seguir durmiendo.

A la tarde, Grajera y Belderrain entraron en la pieza de Nacha, enfermos de risa. Ocurría que habían encontrado a Sara en gran amistad con la cordobesa. Sara, recostada, con las piernas al aire, oía las cuitas de la señora, los interminables relatos de sus enfermedades, el temor de una grave operación que iban a hacerle.

Doña Lucía estaba encantada con sus nuevos huéspedes. La cordobesa le dijo que había preferido esa casa porque sabía que se trataba de personas muy cristianas. La vieja agradecía, cambiando de colores incesantemente. Pero sus nuevos huéspedes la obligaban a darles bien de comer. Y contra su deseo vióse en el caso de exigir a Nacha el pago de su pensión.

Nacha quedó muy triste. Pero comprendió que doña Lucía estaba en su derecho. No podía permanecer allí sin pagar. Pasó la noche cavilando. Imaginó mil recursos: jugar, comprar un billete de lotería, pedir prestado. Al día siguiente continuó sus fantasías. Pero a las dos de la tarde se vistió de calle y se dirigió a la casa de la Sanmartino. A Julieta no quiso decirle nada. Tenía vergüenza de que supiese. Pero no por el hecho en sí, no por la venta de su persona; sino por la traición—que eso significaba su acto—hacia aquel amor tan bello, que parecía ennoblecerla y purificarla ante los ojos de las demás muchachas de la casa.

Nacha conocía de otras épocas a la célebre Juanita Sanmartino. Era italiana y parecía hermana de la reina Victoria. El mismo empaque, la misma nariz ganchuda, el mismo peinado fantástico y un poco ridículo. Tenía como la Annette una hija. Y para lograr la futura honestidad de su hija comerciaba con la deshonestidad o con la desgracia de otras mujeres. La hija estaba allí, entre las muchachas. Era una chica de catorce años, bonita, ingenua, inocente. El poder de la inocencia es tan grande que subsiste aún en medio de los pecados más visibles. La hija de Juanita no era tonta, pero no comprendía nada. En su candor adorable creía que aquellos hombres y mujeres eran simples amigos que se encerraban en los cuartos para hablar de secretos. Nacha volvió de casa de Juanita aplastada, vencida. Pagó unos días de la pensión y después fué a su cuarto y se echó sobre la cama, llorando.

Una presencia extraña la hizo levantarse. Ana María estaba frente a ella, más desencajada que nunca. Nacha dió un pequeño grito. Ana María quiso tomarle una mano. Pero Nacha, horrorizada del contacto, se estremeció.

—¿Por qué... me... tiene... miedo?

La voz de Ana María parecía salir debajo de la tierra.

—Nacha... ¿quiere contarme su historia?

Temerosa de Ana María, Nacha refirió su historia nerviosamente, con precipitación. Ana María se iba poniendo pálida, cada vez más pálida. Sus manos le temblaban. Sus ojos parecían absortos en quién sabe qué lejanos recuerdos. Ya era de noche y no había luz en el cuarto. Nacha no se atrevía a levantarse para ir a encender la luz eléctrica.

—Siga... siga—rogó Ana María, al ver que Nacha se había interrumpido.

Nacha comentaba ahora el interés de Monsalvat por salvarla.

—A veces pienso que me debe querer enormemente. ¿Qué hombre hace lo que hizo él por mí? Pero otras veces creo que no es por mí. Creo que es por su hermana, por una hermana que fué engañada y se perdió. Creo que hizo por mí lo que quisiera hacer por ella.

La expresión de Ana María era cada vez más extraña. ¡Qué vaguedad en sus ojos! ¡Qué misterio, qué anuncios de muerte en toda ella! Nacha, aterrorizada, estaba a punto de llamar. Ana María no hablaba, inmóvil, casi inmaterial. Por fin se levantó sin decir nada y se fué, vacilante, teniendo que apoyarse en los muebles para poder caminar. Cuando Julieta y Sara vinieron, Nacha les contó.

—¿Lo conocerá a Monsalvat? ¡Quién sabe si no ha sido su amante!—dijo Sara.

—¡Ah, ya sé!—exclamó Nacha, estremecida.—¡Es su hermana! ¡Pobre Ana María! ¡Es su hermana, su hermana!

Julieta se precipitó en el cuarto de Ana María para averiguarle. La encontró tendida en la cama, insensible, como si dormitase. La contempló un rato. Ana María abría a veces los ojos, pero no debía ver nada. Se dijera que estaba soñando. Julieta le habló, asustada, comprendiendo que aquello no era normal. Pero Ana María no contestaba. Julieta permanecía indecisa, sin saber qué hacer, cuando vió que Ana María se inquietaba, que decía cosas ininteligibles. Julieta entonces llamó a Sara y a Nacha. A las tres se les ocurrió darle cognac. Ana María empeoró. Ahora se quejaba, aunque débilmente. Pero a poco se fué agravando, hasta llegar al delirio. Llamaron al médico. Toda la gente de la casa fué a curiosear. Unos entraban en la pieza. Otros preguntaban a los que salían. Doña Lucía, llena de escrúpulos, no se animaba a entrar. Cuando el médico llegó, la enferma agonizaba. No tardó el médico en comprender lo que ocurriera. En el suelo encontró una jeringuilla de Pravatz. En la mesa de noche, un frasco de morfina.

Julieta y Nacha, antes que se arreglara el cuarto para velar a la muerta, buscaron ávidamente en los cajones algún indicio de su verdadero nombre y apellido. No tardaron en encontrarlo. Atadas con una cinta azul, hallaron cartas viejas. Casi todas tenían como encabezamiento "querida Eugenia", y otras "tu hermano Fernando". Entre las cartas había tres retratos: el de un hombre de edad, el de una mujer y de Fernando Monsalvat. Nacha se apoderó del último retrato. Ya no quedaban dudas de que la desgraciada morfinómana era Eugenia Monsalvat.

Nacha no había visto morir a nadie, y aquella muerte le impresionó de un modo horrible. Veíase agonizante, sola, abandonada de todo el mundo. Recordaba cuanto le dijera Monsalvat e imaginábase que moría sin que nadie tuviese para ella una palabra de compasión, imaginábase que la arrojaban en la tumba con el desinterés con que se arrojaría a un perro. Tal terror tenía, que le era imposible quedarse sola ni un instante. No quiso acostarse en toda la noche. Una vez que intentó dormir vestida, se despertó a los pocos minutos, y, creyendo que estaba encerrada en un cajón de muerto, dió un grito que alarmó a toda la gente de la casa.

Permaneció la noche entera velando a Ana María. La cordobesa y doña Lucía dirigieron el arreglo del cuarto y amortajaron el cadáver. Sara, que después de comer salía todas las noches a la calle, se quedó, silenciosa y llena de miedos fantásticos. Ella y Nacha se comunicaban sus terrores. La cordobesa dijo que era necesario rezar. Y así los hombres que había en la casa contemplaron el espectáculo de las tres muchachas que, dirigidas por la cordobesa y emocionadas y llorosas, rezaban el rosario en coro. Fué una escena desoladoramente triste. El pobre cajón de pino, los dos únicos velones amarillos, aquel rezo por la infeliz prostituta que murió en la miseria y lejos de su familia, el dolor de aquellas mujeres que parecían llorar arrepentidas, todo impresionaba a los tres o cuatro hombres que presenciaban el cuadro. La vida de la muerta, triste como la vida de las desdichadas que rezaban por ella, estaba allí, en aquel cuarto de dolor. Se dijera que los largos días de eso tan desesperante que se llama la "vida alegre", que las noches de placer de Ana María, que sus besos y sus risas y las copas del champaña que bebió en sus años de gran cocota, se habían convertido en crespones funerarios y ennegrecían las paredes del cuartucho. Se habían convertido también en lágrimas y velaban los ojos de las demás mujeres. ¡Lloraban las pobres mujeres! Lloraban su pasado, lloraban su futuro, lloraban su muerte en la soledad y en la miseria. Y lloraban sobre todo lo que era peor que todo: ¡lloraban su desesperación!

En un momento, cuando comenzaron las mujeres a rezar, los dos estudiantes, ambos despreocupados, incrédulos, incapaces de comprender lo que hay de serio en la vida, tuvieron una misma idea. Los dos quisieron hacer algo por aquella muerta, quisieron asociarse a aquel dolor. Y se persignaron casi al mismo tiempo, zurdamente, escondiéndose el uno del otro. Los dos advirtieron la maniobra del compañero. Y lo que en otra ocasión hubiera sido tema de chacota, sólo les sacó una imperceptible sonrisa, una sonrisa dolorosa, penetrada de piedad. ¡Los dos sabían que estaban velando el final de una vida trágica! ¡Los dos sabían que estaban también velando la inquietud angustiosa de unas cuantas vidas trágicas!