XIV

En los oídos de Monsalvat sonaban incesantemente, trágicamente, las palabras del médico: "Ha vuelto a la vida". ¿Por qué no diría el médico: "Ha vuelto a la muerte"? Pero no. Había dicho bien. Aquella vuelta a "la vida", a la mala vida, a la falsa vida, es decir a la muerte, ¿no era acaso el principio de la vuelta a la verdadera vida? ¡Cuántas esperanzas de encontrar a Nacha! Todo el universo estaba lleno de esperanzas. Los letreros de las calles hablaban de encontrar a Nacha. Las bocinas de los automóviles, los gritos de los vendedores, todos los ruidos multiformes de la ciudad multiforme, le aseguraban que pronto encontraría a Nacha. Si pensaba en lo horrible, en lo inhumano, en lo doloroso de la vida actual de Nacha, Monsalvat sentía el vacío en su corazón. ¡Ah, imaginar que en ese momento, ella tal vez se vendía a otro hombre...! Mejor no pensar en nada. Aquello era espantoso. Y sin embargo, si aquello no existiese, quizás nunca la encontraría.

Comenzó entonces, junto con el médico, a buscar a su amiga. Fué un viaje doloroso, un largo viaje doloroso a través del mundo de las desgraciadas. Una peregrinación de su alma a través de las tierras bajas donde moran las mujeres que perdieron su alma. Un martirio de su corazón, en medio de innumerables corazones martirizados. ¡Y eso que las primeras etapas de su viaje sólo abarcaban los primeros círculos de aquel infierno de las mujeres malditas! Eran los círculos ésos, los lugares que pudiera frecuentar Nacha. Había otros círculos infernales más trágicos, más monstruosos en el dolor y la bajeza.

Bajó Monsalvat al infierno en compañía del médico. La puerta del infierno era la puerta de la casa de madame Annette. Allí podría leerse las palabras del Dante: "Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno dolor; por mí se va hacia la raza condenada... ¡Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!" Pero no era aquélla la única puerta de este infierno. Había infinitas puertas por donde entraban las desgraciadas para no salir jamás. Sólo que en la casa de la Annette estaba la puerta principal: la puerta de oro.

—¿Nacha Regules?—exclamó la francesa, con azoramiento.— Connais pas!

El médico insistió, comprendiendo la falsedad de aquella negativa. Madame Annette, con sus modos ordinarios y su voz desagradable, persistía en su actitud. Monsalvat sentía un indefinible malestar. ¿Cómo semejante mujer, antipática, plebeya, malhumorada, consiguió poner aquella casa y mantener la clientela que decía el médico? ¿Qué arte especial poseía la bruja? ¡Ah, seguramente que debajo del lujo ostensible había espantosos crímenes! Seguramente, que la bruja sabía satisfacer a su aristocrática, su exigente, su refinada clientela, con bocados exquisitos, logrados por los más viles engaños y las más odiosas miserias.

—¿Llamo a las muchachas?—preguntó la francesa con brusquedad, desconfiando de sus visitantes, pues a Torres apenas le conocía y había observado el disgusto de Monsalvat.

—Iremos al comedor. Las convidaremos con champaña—contestó el médico.

Tres mujeres entraron. Una, era aquella chica que allí mismo conociera Nacha. Monsalvat se estremeció al ver a la criatura. Sus ojos cayeron como látigos sobre el rostro de la Annette, que bajó los suyos, más temerosa que avergonzada. Torres llamó a la chica al sofá donde él estaba. La Annette salió para preparar el champaña y dejar solos a los visitantes y a las muchachas.

Monsalvat habló con una magnífica morena de ojos indígenas, que dijo ser paraguaya. Resabios de las razas nativas, de los guaraníes, había en su rostro y en su hablar. No sabía nada de Nacha. No la oyó nombrar jamás. Monsalvat, que veía una víctima en cada mujer de la vida, le rogó su historia. Imaginaba toda clase de ignominias de parte de los padres, del novio, de otras gentes. La muchacha declaró que aquélla era la gran vida. Placeres, libertad, dinero. No trabajaba, los hombres le decían lindas palabras. Enorme sensualismo había en sus ojos y sus labios. Debía ser una satiresa, una vampiresa. Amaba el placer por el placer. Elogiando su vida, echaba besos al aire, cruzaba los brazos en el pecho y los apretaba con terrible lujuria. Bebió el champaña en pequeñísimos sorbos, con infinita voluptuosidad, sacando la punta de la lengua y moviéndola de un lado a otro picarescamente, mientras hacía estremecer sus flancos y guiñaba un ojo a su vecino. Monsalvat habíase entristecido. Aquella mujer representaba para él lo irremediable. Tal vez nadie la considerase víctima, y sin embargo lo era tanto como las otras. Víctima de herencias mortales, víctima quizás de un alcoholismo que provenía de miserias involuntarias, de miserias materiales impuestas por la sociedad, o de miserias producidas por el odio, por los prejuicios, por la maldad. Todo se encadenaba en el mundo. Un mal venía de otro mal. Por ello era necesario reconstruirlo todo, para arrojar de la tierra el demonio de la injusticia, que hace infelices a tantos seres y a sus hijos y a hijos de sus hijos.

Mientras tanto, Torres obtenía algunos informes de su interlocutora. La chica se acordaba de una muchacha buena, que estuvo allí una tarde. Se había compadecido de ella, y se llamaba Nacha. Se había ido enojada con madama, porque... un cliente... cosas de ese señor... en fin...

Torres llamó aparte a la Annette. Inventó una historia desfavorable a Nacha. La buscaban para hacerla meter presa. Madame, entonces, declaró que, en efecto, estuvo allí una tarde.

—Métala pronto en la cárcel, porque esa mujer no es una persona decente. Yo no debo a nadie un centavo. Yo educo a mi hija como una buena madre. Yo tengo amigos entre lo mejor de Buenos Aires, usted sabe. ¿Y ella? Une canaille! C'est de la merde, des gens comme ça! Cré nom!

Salieron de allí los dos amigos. En la puerta encontraron una conocida de Torres, que bajaba de un auto. Era Amelia, cada vez más picante y más fresca. Torres le preguntó por Nacha.

—Va a la casa de Juanita. Me han dicho ayer. Yo le confieso, ché mediquín, que no la entiendo a Nacha. ¡Ir a la casa de Juanita! ¡Qué pavada! ¿No? Una debe conservar su situación. No hay que descender sin motivo. Ir a esa casa es rebajarse... Cierto que aquí una debe tratar con vejestorios y con sonsos, pero... ¿Y cómo me encontrás, mediquín? ¿Me pongo vieja? Bueno, hijo, te dejo porque me esperan arriba... Adiós. Muy buenmozo, tu amigo. ¡Adiós, viejo!

Era aún temprano, las seis de la tarde, y decidieron visitar a Juanita Sanmartino. Los recibió en una inmensa sala, llena de cortinados y de pretenciosos muebles. La italiana, con su habitual prosopopeya, con el cuerpo erguido, su cabeza de Reina Victoria, saludó amablemente a los dos hombres. Monsalvat, de pie, veía pasar por el corredor una chicuela como de trece años. Escondidas detrás de las persianas, algunas mujeres espiaban a los visitantes. Monsalvat se hallaba emocionado. Creía notar en todas partes, en cada rincón de la casa, en el aire, en los muebles, las huellas de Nacha. Pero también adivinaba que allí no la encontraría.

—Ha venido aquí algunas veces, esa muchacha—decía en tono amable, moviendo la cabeza con lentitud, Juanita.—Muy simpática. Bastante linda. Estaba aquí contenta. Pero ya no viene. Sin duda, ha hecho alguna buena amistad...

Se interrumpió, mirando a los dos hombres, en el temor de haber molestado a alguno de ellos. Monsalvat no había podido evitar un sacudimiento de todo su ser, como si le hubiesen aplicado una corriente eléctrica.

—Ha dejado de venir. Sí... no sé por qué... A veces los clientes se llevan a las muchachas de la casa. Les ponen un departamento... Pero no creo que sea el caso...

Monsalvat palideció. ¿La había perdido otra vez? Torres preguntó quién era el cliente que hizo amistad con Nacha, y la Juanita no vaciló en darle su nombre. Luego, cuando quedaron en silencio, el médico miró a su amigo y le hizo una indicación con los ojos. Monsalvat comprendió. Era el momento de averiguar de Eugenia. El hermano no se atrevía. El médico entonces lo hizo. Nada supieron. Sospechando que se cambiara el nombre, Monsalvat la describió. ¿Pero era exacto el retrato? ¡Tantos años sin verla! Juanita no pudo asegurarles nada. Allí estuvieron varias muchachas del tipo que pintara Monsalvat.

Iban a salir. Juanita, sin faltar a su solemne dignidad de reina de opereta en el destierro, les ofreció la casa. A Torres lo conocía desde años atrás, y no ignoraba la existencia de Monsalvat, cuyo apellido ilustre había visto en los diarios tantas veces.

—¿Y esa criatura que andaba por el corredor?—preguntó Monsalvat a Torres con angustia, cuando estuvieron en la calle.

—Es la hija. Curioso, ¿eh? Juanita se sacrifica por ella. Espera retirarse del negocio, venderlo en buenas condiciones, cuando haya amontonado una fortunita ¿sabe? Para que su hija pueda ser virtuosa, ¿eh?, explota ella el vicio de los demás.

Monsalvat dijo que aquella niña no podría ser virtuosa. La curiosidad, las conversaciones que oía, los cariños que sorprendería, lo que adivinaba tal vez...

—Te equivocas. Las muchachas de la vida estiman la virtud más que nosotros. Deliberadamente no dirán nada que ella no pueda oir. Ahora, es probable, ¿eh?, que algunas veces se distraigan... Además, esa chica debe considerar el amor, y estas cosas que no lo son, aunque algo se le parecen, como un simple negocio... Ve que todas se venden... ¿eh? Todas las que ella conoce. Y ella también se venderá, a un buen hombre que tenga alguna fortuna. Se venderá, pero no por veinte pesos sino por cien mil. Se casará bien.

Monsalvat comenzaba a creer que jamás encontraría a su amiga ni a su hermana. ¡Demasiado vasto aquel infierno! ¡Demasiado oscuras, intrincadas, revueltas las catacumbas del mundo subterráneo! Su acompañante díjole que no perdiera la esperanza. Y para que la tuviera, le mostró una larga lista que sacó del bolsillo. Una lista siniestra, espantable. Doscientas casas del género de aquéllas que visitaron; aristocráticas unas, burguesas otras, modestas la mayoría. ¡En alguna habían de hallar a las dos mujeres que buscaban! Monsalvat quedóse con la lista. Recorrería él una veintena de casas, aquéllas donde las dos muchachas pudieran tal vez acudir. Las recorrería él solo. No podía permitir que el médico perdiera su tiempo.

Pero Torres empeñóse en llevarle a una casa donde seguramente les darían noticias. Se anunciaron, y una sirvienta les hizo entrar en un vasto dormitorio. Allí no había el olor a agua de rosas y la elegancia al por mayor de la casa de madame Annette, ni el lujo espeso y mediocre en medio del que Juanita reinaba. Aquí todo era sencillo, sin llegar a la pobreza. No tardó en aparecer la dueña de la casa.

—Florinda—dijo el médico—, le presento al doctor Monsalvat. Mi amiga Florinda, la más simpática de las criollas...

—A sus órdenes, caballero. Puede mandarme. No le crea a este adulón. Es un antiguo amigo... de otros tiempos, ¡ay! que pasaron... Pero tome asiento, señor. Muy honrada con su visita. Le ruego que me mande, para servirle...

Florinda era una criolla cuarentona, alta, flaca, más bien fea. Casada y con un batallón de hijos, que vivían al fondo de la casa, y el menor de los cuales tenía seis meses. El marido ignoraba lo que ocurría allí. No tenía la menor noticia del comercio de su mujer. Y era tan prudente—¡tan bueno, decía Florinda!—que no preguntaba por la procedencia del dinero que le daba de comer. Salía de su casa muy temprano y regresaba a la noche, cuando no había peligro de enterarse de ciertas cosas. Admiraba y amaba a su fiel consorte, modelo de esposas y de dueñas de casa. Considerábala una gran señora. Sus presunciones de distinción, su hablar dengoso y arrastrado, sus maneras y palabras bondadosas, su pulcritud desconcertante, todo le encantaba a aquel marido ideal.

—¿Me pregunta por Nacha, el caballero?—interrogó Florinda, con su voz finita y su acento ingenuo, suavísimo, un poco dormilón.—Sí, señor. Sí, la conozco. Una señorita muy distinguida, muy formal, muy buena. La conozco, caballero. Tengo el placer de conocerla. Yo le profeso un gran cariño. Porque yo sé estimar a las personas que valen, a las de condición elevada. No me gusta la mala educación. Y yo me permito creer que la buena educación no se aprende. ¿Verdad, caballeros? No, no se aprende. Se la adquiere desde la cuna. El buen nacimiento es el mejor pergamino...

Hablaron un buen rato. A Torres le divertía aquella mujer. De cuando en cuando el médico soltaba alguna frase, alguna palabra de doble sentido o un poco arriesgada, y Florinda bajaba los ojos, enredaba los dedos en los pliegues de la bata y sonreía con rubor.

Florinda ignoraba el paradero de Nacha. Y a Eugenia jamás la oyó nombrar. Los amigos salieron. Florinda los despidió con una infinita serie de inclinaciones, sonrisas, palabras amables, ofrecimientos y toda suerte de cortesías.

—Ahí tiene una mujer que se cree honrada—dijo Torres—y ha vendido a su propia hija. Curioso, ¿eh?

—Todos somos culpables—exclamó Monsalvat, como si continuase su pensamiento.—En esa venta de la hija fué criminal el que la compró, y fueron criminales los padres de la madre, y los padres y los amigos del que la compró y los profesores que tuvo y los autores de los libros que leyó. ¿Quién queda sin culpa? ¿Quién hizo algo para que la venta no sucediese? Y los que legislan, ¿qué ley dictaron para evitar estos males? Y los que vigilan, ¿no fueron cómplices?

Torres no aceptaba este colectivismo de la culpa que predicaba Monsalvat. El culpable de cada crimen era para él quién lo cometió o quién fué cómplice directo. ¿La sociedad? ¡Bah! Estaba muy lejos eso. Una abstracción. No existía sino el individuo, y la sociedad era un conjunto de individuos. Se despidió de Monsalvat, pues no quería discutir con él. Monsalvat razonaba poco. Afirmaba. Y sus afirmaciones eran dogmáticas, rotundas. A veces, parecían las ideas y las palabras de un iluminado.

Monsalvat se llevó la lista que le entregara Torres. Y con ella continuó al día siguiente su viaje por las comarcas malditas.

Dos días más tarde, habiendo caído por casualidad bajo sus ojos la crónica policial de un diario, leyó allí la muerte de su hermana. El diario lo contaba todo, daba el nombre de la morfinómana, la llamaba gran cocota, y, después de haber arrojado impúdicamente a la vergüenza pública un apellido estimado, aun moralizaba, con esa chirle filosofía de diez centavos que suelen babear algunos diarios. Para Monsalvat la muerte de Eugenia, y en semejantes condiciones, fué un terrible golpe. Envejeció diez años de repente. Se sintió aún más solo. Y desde entonces, su empeño en encontrar a Nacha se hizo frenético y exasperado. Apenas abandonaba su oficina, tomaba un taxi y allá se iba, todas las tardes, a buscar a Nacha. Así pasó todo Octubre.

Pero aquellos círculos infernales no eran para que impunemente los recorriese el primer venido. Monsalvat no conocía esos ambientes. Y padeció de mil maneras. Sufrió burlas, humillaciones, insultos. En algunas casas le sacaban dinero; en una lo robaron. Más de una vez no le dejaron entrar, y le cerraron la puerta arrojándole dicterios y palabrotas. Sufrió también por las infelices. Salía de sus exploraciones por aquellas selvas del mal, con el corazón dolorido, con el alma toda en sangre, con el cerebro oscuro, gastado, oprimido.

¡Y todo era inútil! En ninguna parte conocían a Nacha. Y pasaba el tiempo y la esperanza. Monsalvat tuvo, entonces, momentos de escepticismo. Añoró, en rápidos segundos de debilidad, su vida de antes. Se creyó vencido. Cayó en honda tristeza.

Intentó olvidar. Planeó varios artículos. Pensó en aquella reconstrucción del conventillo, suspendida por la terquedad de los inquilinos. ¡Pobres gentes! Explotados desde muchos siglos atrás. Explotados sus abuelos, sus padres, ellos. Y por esto, los infelices no veían las buenas intenciones. No creían, no podían creer en ellas. Imaginaban que los propósitos de Monsalvat ocultaban quién sabía qué nueva forma de explotación. Consideraban abusivo el que se les arrojase de allí. Protestaban iracundamente contra el nuevo encargado, que pretendía obligarlos a un mínimo de higiene. Monsalvat deseaba comenzar pronto las obras. Si no, los cuarenta mil pesos que acababa de darle el Banco Hipotecario desaparecerían entre los verdaderos pobres a quienes ayudaba y los falsos pobres que explotaban su buena fe y su simpatía humana.

Un atardecer, a principios de Noviembre, fué al conventillo. Chiquillos mugrientos, desnudos, andaban por entre las sombras del patio. Algunas mujeres esperaban a su hombre o a sus hijas. Guisaban frente a varios cuartos. Un acordeón sonaba hacia el fondo. El patio estaba obstruido por cajones, tablas, canastas, por mil objetos diferentes. Los chiquillos corrieron como locos anunciando al patrón. Se dijera que avisaban a sus madres la presencia del enemigo.

Se llenó el patio de gente. Muchos inquilinos habían vuelto ya de sus trabajos. Una muchacha, bastante bien vestida, de gran sombrero, se acercó al grupo. Monsalvat habló:

—Ustedes desconfiaron de mí. No tenían razón, pero hicieron bien. Yo no les hablé con el corazón en la mano. Quise, pero no supe hacerlo. Ahora yo les digo: ustedes son mis hermanos. Yo quisiera libertarlos del sufrimiento. Pero yo no soy sino un hombre. Yo puedo hacer poco por ustedes. Yo les daría esta casa, pero esta casa está en hipoteca. Y está en hipoteca para que ustedes tengan aire, luz, higiene. Para que vivan como hombres. Todo el dinero que me entregaron, será para convertir a esta casa infame en una casa habitable. Y entonces ustedes volverán. Y me pagarán muy poco, menos que ahora todavía. Sólo me ayudarán para el servicio de esa hipoteca. Yo podría vender la casa, alquilarla a otro. Pero no puedo permitir que se les amontone como a las bestias, que se les mantenga entre el lodo. Porque el amontonamiento, el lodo, la falta de higiene, la ignorancia es lo que hace persistir la explotación. Yo les pido que no duden de mí. Yo no soy un enemigo. Soy un amigo que les tiende los brazos...

Pero ellos no comprendían. "Quiere burlarse", exclamó una voz agria. Alguien le gritó que se callara y se fuera. Un viejo reía de aquella broma. Los chicuelos, perdido el miedo, aplaudieron y gritaron. Discutían los oyentes entre ellos. Todos seguían dudando. Un criollo, que era tipógrafo y anarquista, iba a hablar en nombre de los que no aceptaban el arreglo, cuando un tumulto se produjo.

—¡Es esta loca de la calle que nos quiere hacer traición!—vociferó una mujer enseñando los puños a la muchacha elegante.

Todos se fueron hacia ella. La insultaron, la amenazaron, le dijeron la palabra infamante. La muchacha se defendía enérgicamente. Pero al fin se echó a llorar, y entonces los inquilinos se apaciguaron. Sólo a las mujeres les enojó aquel llanto. No comprendían que una mujer de la vida pudiese llorar sinceramente. Las mujeres hubiesen querido maltratarla, vengándose así de sus sombreros y sus trajes, que eran para ellas lujosos. La muchacha defendía a Monsalvat, aseguraba que era bueno y que deseaba el bien de todos.

Monsalvat, en otro tiempo, se hubiese asombrado de que entre tantas gentes, buenas gentes en su mayoría, sólo una muchacha de mal vivir le comprendiese. Pero ahora encontraba esto muy natural. Sabía que una muchacha de ésas había pasado por los más grandes sufrimientos por que puede pasar un ser humano, y sabía qué escuela de bondad y de comprensión es el dolor. Además, una muchacha de la vida, aunque haya nacido en el pueblo, no pertenece al pueblo. Tiene íntimo y continuo trato con los ricos, y no tarda en adquirir los hábitos de vida de los ricos, por lo cual la muchacha podía comprender a Monsalvat mejor que las otras personas del conventillo. Y hay aún algo más: esas muchachas han conocido innumerables hombres, y si bien han sido víctimas de algunos y saben hasta dónde llega la perversidad de ellos, saben también hasta dónde puede llegar la bondad de otros. Y finalmente, esas muchachas, tolerantes para con todos los defectos, confiadas, algo infelices, son atolondradamente optimistas, y a pesar de los golpes terribles de la maldad, que ha destrozado su vida, no suelen, en su fácil credulidad, dudar de las promesas de los hombres. Y así como no les asombran las mayores maldades, porque están habituadas a sufrirlas, tampoco les asombran los actos más bondadosos, porque están habituadas a ser objeto de ellos.

Monsalvat tuvo que marcharse. Comprendía que era imposible convencer a aquella gente de ese modo. Pero volvió al otro día y al siguiente, y todos los días. Se hizo amigo de cada uno de sus inquilinos. A los que le debían el alquiler se lo perdonaba. Consiguió trabajo, mediante recomendaciones, a dos o tres habitantes de la casa.

Un día la muchacha que le defendiera le contó su historia. Era una chica bajita, de expresión suave y un poco triste, de temperamento pasivo y silencioso. Se conducía en la casa muy correctamente, y a nadie le constaba su oficio, si bien lo habían adivinado.

—Tuve un novio que me deshonró, uno al que le dicen el Pato y que le entra por llorar cuando se emborracha. Nunca supe su verdadero apellido. Un canalla. ¡Y de buena familia, seguramente! Tan canalla que me llevó a la casa de una tal Florinda. ¡Qué monstruo de mujer esa Florinda! Me tenía encerrada; y para que no me escapase, me quitaron el vestido que llevé puesto. No podía salir, ni comunicarme con mamá. Florinda me obligaba a entrar en el cuarto con los hombres. Pero yo lloraba de tal modo, que los hombres, señores de edad casi todos, se compadecían y se iban sin tocarme, después de haberme pagado. La ladrona de Florinda me quitaba la plata, y le daba la mitad al Pato. ¡Qué gente! ¿No? Pero yo fuí débil; me entregué a dos o tres muchachos que me gustaron. Era que en mi desesperación trataba de gustar a alguno para que me sacase de aquella cárcel. Y así sucedió. Un amigo, revólver en mano, me sacó de allí. Me llevó a vivir con él, hasta que después de tres años me despidió para casarse. Yo me había enamorado como una loca, y al verme separada de él empecé a hacer disparates. Quise matarlo, en la casa donde él vivía. Él me quitó el arma y me perdonó. Después tomé bicloruro, y me salvé de la muerte por casualidad. Después me entró por la cocaína, y una noche, en Armenonville, me desmayé. Asustada, dejé la cocaína. Dejé también el cabaret a donde empezaba a ir. Y aquí estoy, esperando siempre que él vuelva a mí. Se ha casado, pero yo sé que volverá. Y espero. Si no estuviese segura de que volverá, ya me habría suicidado.

Todos los esfuerzos que hizo Monsalvat para que la muchacha abandonara el mal vivir, fueron inútiles. No quería recibir favores de ningún hombre que no fuese el que amaba.

Monsalvat le preguntó, una de las primeras veces que habló con ella, si conocía a Nacha. Le contestó que no. Pero una semana después, contenta y risueña, le dijo que acababa de tratarla.

—¿Nacha, no? ¿Una delgadita, que fué amiga del Pampa Arnedo? Va a la casa de la paralítica, una vieja enferma que anda por la casa en una silla con ruedas. Yo voy allí todos los días. Nos hicimos ya muy amigas con Nacha. ¿Sabe?

Monsalvat ya no oía. En la soledad del mundo, no escuchaba sino el canto de su corazón.