XV
¡Día de los que no se olvidan nunca, día transcendental, y a la vez feliz y angustiosamente doloroso, fué aquel quince de noviembre para Nacha Regules! La tarde anterior faltó a la casa de la paralítica. Había cambiado de pensión, disgustada por la convivencia en la casa con un individuo despreciable: un macró. Nacha ignoró hasta pocos días antes, el género de vida de aquel sujeto que se llevaba tan bien con su mujer y era amable con las muchachas, y tenía amistad con los estudiantes. Pero una tarde vió a la francesa que saludaba tiernamente a un hombre que entraba en su cuarto, mientras el marido, en el de al lado, se había puesto a leer diarios. Averiguó. La enteraron de todo. Eran cosas... que pasaban, le dijeron las muchachas. Ella protestó, se quejó a la patrona. El sujeto vino a hablarle. Era un hombrón robusto, rubio, de bigotes galos, ojos saltones y boca repugnante. Pronunciaba mal el castellano.
—Usté habló mal de mí, pego usté es equivocad. Yo soy hombge honogable. Yo nunque he gobade un centav a personne. Nunque. ¡Sa pensad! Yo no debe tampoco un centav a personne. ¡Sa pensad! Ahoga, lo que hace mi mujeg, eso no impogte a personne. Es la vida pgivad...
Nacha no quiso hablar con él. Por no ofenderlo, le dijo que tenía razón. Pero dos días después se fué de allí. Por un motivo que también la honraba, no iba a la casa de la Sanmartino. Un amigo que allí hiciera, le exigió un día ciertas torpezas que ella odiaba, por lo cual no volvió más. Desde entonces frecuentaba la casa de la paralítica, presentada allí por Julieta.
La tarde del quince de noviembre llegó a la casa de la paralítica muy temprano, a las dos de la tarde. La paralítica estaba sola y le rogó que le leyera. Un novelón infame, en varios tomos. Nacha, que llegara preocupada, triste, nerviosa, sin saber por qué, se distrajo con aquel relato de aventuras ridículas, narradas en una forma que a ella le resultaba cómica. Leyó casi una hora. La paralítica, mujer muy inteligente y sensata, despreciaba también aquellas historias de asesinatos espantosos y espeluznantes escenas. Pero no tenía otra cosa para distraerse y se hacía leer aquello. A las tres, la sirvienta, con cierto misterio, llamó a la señora. La paralítica se hizo conducir en su cochecito hasta la primera pieza de la casa. Al rato volvió, anunciando a Nacha una sorpresa.
—¿Quién es? Dígame quién es señora... Por amor de Dios... Si no me dice, no podré ir...
El corazón golpeaba en su pecho como el badajo tumultuoso de una campana. Golpes de temor, de dolor, de una ansiedad indefinible. Aquellos golpes decíanle que allí estaba Monsalvat. Y temblaba toda entera, asustada, vacilando entre huir o arrojarse en los brazos de aquel hombre que amaba.
—Es un amigo suyo. ¿Para qué quiere saber quién es? Yo no lo conozco, además. No sé su nombre. Sé que es buena persona, y me basta. La está esperando. Vaya pronto, mujer. Le aseguro que es un amigo... Pero, ¿qué le pasa? ¿Tiene miedo de algún mal? Yo necesito saberlo. Porque entonces no la dejo ir...
Estas palabras la decidieron. El temor de no verle se apoderó de su alma y de su cuerpo y la empujó por el corredor hasta la pieza donde la esperaban. Seguía temblando. Ignoraba aún lo que le diría, qué actitud iba a tener. Una ansia de llorar comenzaba a acumularse en sus ojos. Todavía en la puerta, dudaba de entrar. Creía desmayarse. Las cosas se habían nublado. Oyó la voz de la paralítica que le mandaba entrar. Oyó la voz imperativa de su amor que le mandaba abrir la puerta... No supo más. Alguien debió abrir desde adentro y cerrar después. Temblaba y lloraba. El corazón golpeaba en aquella campana vibrante que era su pecho. Con las manos en el rostro, no veía a Monsalvat. Pero lo sentía a su lado. ¡Sentía su corazón junto al suyo!
Cuando levantó los ojos, Nacha vió el sufrimiento de Monsalvat. Era un sufrimiento formado de recuerdos dolorosos, y del presentimiento de una fatalidad que se levantaba entre ellos. Era un sufrimiento que hacía más intensa la dicha de encontrarse.
—Nacha... Aquella tarde me echó de su casa... ¿Por qué hizo eso? Fué entonces el comienzo de mi desgracia. Tal vez yo procedí mal, y ahora le pido perdón. Desde aquel día, sólo he pensado en usted. El problema de su vida ha venido a ser el problema de mi vida. La he buscado por los lugares donde podía buscarla. La he buscado sufriendo...
Permanecían unidos de las manos, el uno frente al otro, de pie. Nacha, en su emoción, bajaba la cabeza. No sabía cómo conducirse con aquel hombre bueno y sencillo. Pensaba que ella también debía ser sencilla. No tenía derecho a ocultarle nada, ni a disfrazar sus pensamientos ni a mentirle. No preveía el fin de aquella entrevista. No había resuelto nada de antemano. ¿Se dejaría llevar por los acontecimientos? Si Monsalvat quería hacerla suya, se le entregaría en cuerpo y alma. Si no, ¿qué pasaría? Monsalvat la había llevado a un sofá próximo, y allí hablaban ahora.
Monsalvat refirió cuánto había hecho por encontrarla. A veces le parecía que aquella mujer no era digna de una pasión como la suya, y temiendo el análisis, temiendo que su pensamiento quedase con aquella preocupación, se interesaba más en el relato, ponía más entusiasmo y emoción. Todos sus sueños desfilaron también en larga caravana. Su vida de otros años, su vida de ahora. Explicó los ideales que le atormentaban y sin los que ya no podría vivir. Había encontrado el sentido de la existencia: darse a los demás, hacerlo todo por los demás, vivir nuestra vida para los que necesitan de nosotros.
Nacha le escuchaba silenciosa. Ella, en ciertos momentos de ensueño, imaginó que su primera entrevista con Monsalvat, si alguna vez se encontraban, pasaría entre besos enormes y cariños de una ternura extrahumana. Para ella, eso era el mayor amor. Pero ahora comprendía que había otro mayor amor. Y estaba impávida, sorprendida, sin saber si alegrarse o entristecerse. Aquel hombre no era de su mundo. Era un enigma, era tal vez un ser demasiado superior. Jamás lo comprendería. Ella, una pobre muchacha de la vida, sin talento, sin virtud, sin nada, ¿cómo iba a alzarse hasta una alma como aquélla?
Y una tristeza inmensa embelleció su rostro. Monsalvat preguntó la causa de esa tristeza. Nacha hizo un esfuerzo para no llorar. Toda su energía la puso en dominarse. Y se venció a sí misma. Ahora era fuerte. Una resolución acababa de definirse en su voluntad.
—Es que... yo no lo quiero a usted. No llegaría a quererlo nunca. ¡Yo jamás seré suya!
Monsalvat quedó hundido en una estupefacción dolorosa. No comprendía nada, absolutamente nada. Su experiencia le enseñaba que aquella mujer lo quería. Había sentido la presencia de un gran amor entre los dos. La había sentido con la misma evidencia con que pudiera sentir una presencia humana. Y ahora... No, no era posible. ¿Qué misterio había allí? ¿Estaría Nacha dominada otra vez por Arnedo? Intentó convencerla de que sí le amaba ella. Sentía esa necesidad de convencer que sienten en semejantes casos todos los que aman. Y como todos los que aman, daba argumentos que parecerían débiles, a veces ridículos, quizás infantiles, mirados fríamente. La fuerza de esos argumentos residía en el tono de la voz que los decía, en la sinceridad y la emoción del sentimiento.
—No, no lo quiero. Es inútil. Jamás podré quererlo. ¡Ha sido muy bueno usted conmigo, muy generoso, muy leal! Lo quiero como a un amigo del alma, nada más...
Monsalvat comprendió entonces hasta dónde llegaba su pasión. Alguna vez creyó que lo que en él había era sólo el deseo de regenerar a aquella muchacha, digna de otra suerte. El deseo de evitar que dejase de ser una persona humana, cayendo al más hondo abismo del mal. El deseo de realizar una obra de bien, ya que hasta entonces sólo de sí mismo se ocupó. Y también creía amarla. Pero su amor aparecía mezclado con todos aquellos sentimientos y preocupaciones. Ahora veía con terror que todos sus ideales, sus sentimientos, sus deseos de regeneración desaparecían o pasaban a un segundo término. Ahora, él era solamente un hombre que amaba, y ella una mujer: la mujer amada. Nacha ya no era una prostituta, una mujer que necesitase regeneración. Todo esto no existía, y sólo quedaba el cuerpo y el alma de una mujer por la cual daría su vida. Se olvidó enteramente de todo. Una convulsión violenta agitó su alma y su corazón.
—Sí me quiere, Nacha. Y debe ser mía. Mía para toda la vida. Le prometo hacerla feliz. Si hay en mí alguna ternura, alguna bondad, algún deseo de bien y de belleza, todo será para usted, Nacha. Haré lo que usted quiera, lo que usted mande...
Se detuvo con temor. ¿Hasta dónde iba a llegar? Pasó por su espíritu la idea de ofrecerle ser su marido. Enrojeció, turbóse profundamente. Parecióle absurda semejante idea. Pero luego, pensando que sólo por este medio lograría tener a Nacha, se aferró a la idea desesperadamente. Nacha no habría de negarse a un ofrecimiento así. Comprendería la magnitud de su cariño. Un hombre de su situación, un hombre de talento, respetado, casándose por amor con una pobre muchacha que había caído. Nacha agradecería, estimaría su sacrificio.
—Nacha—comenzó Monsalvat con un acento augusto y solemne;—yo la haré mi mujer. Nos casaremos...
Nacha sintió una profunda conmoción. Quiso hablar y la voz salió hecha un gemido. ¡Qué horrible lucha! Lo amaba con una extraña pasión. En este momento más que nunca. Al oir sus palabras de bondad, más que nunca. Al oir su ofrecimiento, más que cuanto pudo amarlo nunca. Una voz le decía que cayera entre sus brazos. Algo le empujaba hacia él desde adentro de su ser. Pero otra voz le decía que ella no tenía derecho, ella, una prostituta, para unirse a un hombre como aquél. Aquella voz le gritaba que sería una criminal si aceptaba la unión con aquel hombre, hundiéndole para siempre ante la sociedad. Aquella voz le ordenaba el sacrificio. Le ordenaba ser aun más sublime que él. Le ordenaba vencerse, sufrir, someterse a su destino y no arrastrarlo a él junto con ella. ¡Voz espantosa, que surgió no sabía de dónde! ¡Voz que venía tal vez desde aquella tarde, desde que oyó las palabras de Monsalvat, invitándola a sufrir para rescatar su vida! ¡Voz formidable que llenó toda el alma de la torturada, la afligida, la triste Nacha, y le ordenó hablar y levantarse! Su sacrificio habíale dado una extraña serenidad. Estaba pálida como una muerta. Sonreía para no llorar. Invocaba todo su amor para no ceder.
—¡Nos casaremos, Nacha!—clamaba Monsalvat desesperado.
Ella luchaba contra la voz que le aconsejaba ceder. Pero ya perdía sus fuerzas, ya iba a aceptar.
—¿Por qué, Nacha? ¿Qué misterio hay en esto...? Yo la quiero, usted me quiere...
La tentación fué vencida. Nacha recordó otros momentos de su existencia. Hizo un esfuerzo sobrehumano. Comenzó a reir.
—No, jamás podría quererlo. ¡Amor ridículo! No le creo, además. Esto es una farsa indigna. Lo eché de mi casa y lo echaría otra vez. Ha querido burlarse de mí, de una infeliz muchacha de la vida. Ha querido ilusionarme, ¡quién sabe con qué propósito! Pero ahora, me reiré yo de usted. ¿Sabe? Me burlaré, como en el cabaret. ¡Yo, casada! ¡Y casada con usted, con un loco! ¡Yo, una puta, convertida en señora honesta, llevando un apellido ilustre!
Y se echó a reir, con una risa sonora, falsa, abominable.
Monsalvat se hundió en su asiento, con las manos en la cabeza, sombrío de dolor. No comprendía nada.
—Está loca, se ha vuelto loca,—exclamaba.
Nacha estaba a punto de desmayarse. Cuando le vió cubrirse el rostro, ella se volvió hacia la pared para dejar salir un llanto breve y desesperadamente angustioso. Algo desahogada, más fuerte en su fuerza, sentóse en una silla y esperó. Monsalvat no tardó en levantarse. Estaba pálido él también. Se acercó a ella y le tendió una mano, casi sin mirarla.
—Alguna vez...—dijo, con voz impresionante, rota, afligente,—alguna vez... ¿nos veremos?
—¡Nunca! ¿Para qué? No lo quiero. Déjeme sola. Olvídese, si es verdad que me quiere. Y salga pronto. Estoy enferma. Déjeme sola...
Monsalvat no quiso insistir. No hubiera tampoco podido hacerlo. Tomó su sombrero, y salió. Se fué como un hombre que está al fin de sus fuerzas. Parecía un enfermo, tal vez un loco, quizá un borracho. Se fué vacilante. Y cuando salió, quedó su alma allá en ese cuarto. Un inmenso dolor quedó en aquella pieza de vergüenza y miseria, y la dignificó, la embelleció.
Nacha ya no podía más con su sufrimiento. Se arrancó el sombrero en un gesto desesperado, destrozándolo. Y gimiendo con los gemidos de mil dolores inmensos, llorando con el llanto de mil desgracias funestas, se arrojó sobre el lecho de impureza, hecha un doliente gemido, hecha un doliente y clamoroso llanto.
La paralítica apareció en la puerta. Creyó comprender el drama de Nacha, y no le dijo una palabra. Prefirió alejarse. Quedóse adentro un cuarto de hora, conversando con las muchachas, un poco entristecida por aquella tragedia interior que le recordaba viejos dolores íntimos de su alma. Ella también, en su juventud, tuvo un amor allá en Italia. Y el amor quedó trunco, violentamente trunco. Luego vinieron los malos días, lejos de su familia, abandonada de todos. Se entregó a otros hombres a quienes no quería. Sufrió con toda su alma. Vino a parar en la existencia infamante que llevaba, viviendo del vicio ajeno, en un ambiente que en nada se parecía al dulce hogar de sus padres, de sus buenos padres que habíanse ido de la tierra llorando el deshonor de la hija. Ahora, vieja, enferma, ¿qué podía hacer sino seguir así? No quiso entristecerse más. Tenía experiencia de la vida y sabía que la tristeza perjudica a los intestinos y al hígado. Y charló con las muchachas, con la alegría de todas las veces en que había comenzado a ponerse triste.
Luego entró un amigo que solía colarse hasta allí, para elegir su amiga ocasional. Era un simpático muchacho que se prendara de Nacha. Preguntó por ella a la paralítica, en secreto, para no ofender a las demás con su preferencia. La paralítica se hizo conducir en su cochecito adonde estaba Nacha. Aún seguía ella llorando, hundida la cabeza en el lecho impuro.
—Nacha... no llore tanto, hija. ¿Para qué sufrir de esa manera? ¡Oh, los hombres no valen nada, mujer! Desprécielos. Usted vale más que el mejor de ellos. Porque usted tiene corazón. Mientras ellos, ¿qué tienen?
Dijo una obscenidad, contestándose a sí misma, y se puso a reir.
—Vaya, Nacha. Está un amigo suyo. Todos son iguales. Ninguno vale más que otro. ¡Canallas y canallas! Ellos pierden a las mujeres y después las abandonan y las desprecian. Vaya, mujer. Diviértase un rato con su amigo...
Le hizo una caricia en el hombro. Le dijo que lo mandaría a ese cuarto al amigo y se dispuso a salir. Nacha se irguió repentinamente. Secóse las lágrimas, y casi tranquila, fuerte otra vez, dijo:
—No, no señora. No lo mande. Ni a él ni a ningún otro. Voy a irme para siempre.
—¿Por qué, mujer? ¿Está enojada conmigo?—exclamaba atónita la paralítica, viéndola ponerse el sombrero.—¿No vuelve más a esta casa?
—Ni a ésta ni a ninguna otra. No estoy enojada, señora. Ha sido muy buena conmigo. Yo se lo agradezco. No la olvidaré nunca.
—¿Y entonces...?—preguntó la paralítica, desorientada.
Nacha callaba terminando de arreglarse. Luego besó a la paralítica, le tomó ambas manos y le dijo, llorosa, mientras la barbilla temblábale:
—Es que... quiero ser digna de ese amor...
—Ah, comprendo. Quiere ser honrada un tiempo para casarse después...
La paralítica dijo esto sencillamente, convencida de que no podía tratarse de otra cosa. Pero la expresión de Nacha le mostró que no era eso. Algo más grande, más bello, más raro, aparecía en los ojos de aquella sufriente criatura.
—¿Qué es entonces? Dígamelo. Ya sabe que yo la estimo, mujer. Y que haré por usted todo lo que me pida. Si quiere ser honrada y precisa dinero para serlo, sobre todo al principio, yo haré el sacrificio de dárselo. Economizaré para dárselo.
Conmovida, Nacha contestó:
—¡Qué buena es usted, señora! Le agradezco sus palabras con toda el alma. Y porque es tan buena, se lo diré. No, yo no pienso casarme. Jamás aceptaría que él se sacrificara en esa forma. Pero él me quiere con una enorme pasión. El destino me ha elegido para que me quieran de ese modo tan grande, con tanta pureza. Y quiero ahora ser honrada. No para casarme, sino para ser digna de esa elección, para ser digna de ese amor, para ser digna de estar en sus pensamientos y en su corazón...
La paralítica la atrajo hacia sí y la abrazó. Nacha soltóse en seguida, a punto de llorar. Y sin decir una palabra más, salió del cuarto precipitadamente y se lanzó escaleras abajo.
Hacía muchos años que no era tan feliz como en este instante.