XVI

Una tarde, Torres, que acababa de almorzar con Ruiz de Castro en un restorán de Esmeralda, creyó ver a Nacha. Era ella. Nacha entraba en la misma tienda donde estuviera empleada hacía seis años. Con ella entraron otras muchachas. Faltaban pocos minutos para las dos, hora en que las empleadas volvían a su trabajo. Hubiera ido a hablarla. Pero Ruiz de Castro le narraba su aventura con aquella gordita encantadora que discutió en su casa con Monsalvat. La defensora de las instituciones. La entusiasta oradora cuyas palabras aplaudió tanto la aristocrática asistencia a la comida.

—¿Y qué tal, eh?—preguntó Torres, más por vicio que por interés en la conversación, pues todos sus sentidos estaban en aquella silueta que la alta puerta de la tienda había devorado precipitadamente.

—Una gloria, hermano—contestó Ruiz, que era un indiscreto.—Lloró a mares. Una delicia...

Torres llegó a su casa y en seguida fué a hablar con Monsalvat. Vivían juntos. Monsalvat habíase enfermado seriamente después de su entrevista con Nacha. Sus nervios, sin disciplina ninguna, le habían llevado a una situación anormal. Pasaba del más profundo abatimiento a la exaltación. No dormía. No probaba la comida. Torres le indicó un régimen. Pero como no lo cumpliera ni quisiera cumplirlo, un buen día se llevó al enfermo a su casa. Le hizo pedir licencia en el ministerio por dos meses. Él certificó un surmenage agudo.

Torres no creía que el estado de Monsalvat fuese únicamente debido a su pasión por Nacha. Conocía toda la historia espiritual de su amigo, y veía allí una serie de complejas causas. El brusco cambio de su alma le había afectado profundamente. Vivía disgustado de sí mismo, reprochándose su inutilidad, su egoísmo de los años anteriores, hasta su incapacidad para transformar el mundo. Torres había hecho lo imposible para demostrarle que fué un hombre verdaderamente útil, que no hubo en él tal egoísmo. Había sido mejor que casi todos los hombres de su generación, y la prueba era su prestigio. Monsalvat argumentaba que todo eso sería verdad desde el punto de vista mundano, según el criterio de la mentira que dominaba la sociedad.

—Yo he sido un inútil y un egoísta—insistía Monsalvat.—No menos inútil y egoísta que los grandes políticos, los estancieros, los abogados y los hombres de sociedad. Todos hemos sido egoístas. No me condeno sólo a mí mismo. Ya ves cómo también condeno a los demás. No hay en el mundo sino maldad, egoísmo, bajeza... Yo he participado de todo eso. Por esta causa me desprecio, abominando de mi vida pasada.

Torres callaba para no exasperarlo.

Era también evidente que el conocimiento de la vida de su hermana, de la degradación a que llegara su madre y la muerte de ella, habían perjudicado a su organismo gravemente. Luego, la pasión de Irene, el asunto del conventillo, aquella excursión por el mundo de las vencidas, contemplando miserias. ¡Y, por fin, lo más terrible de todo: el vicio y la muerte de Eugenia, conocidos por la crónica de policía de un diario! Claro que su amor por Nacha, su fracasada ansia por regenerarla, el saberla en el vicio, tal vez por culpa suya, según él pensaba, era la causa principal de su desmoronamiento; pero todo lo demás ofrecía una importancia enorme.

Ahora, después de dos meses de vida reposada, Monsalvat era otro. La compañía de Torres, especialmente, le había hecho un bien extraordinario. Torres le obligaba a comer, le daba inyecciones para fortificarle, le obligaba a tomar sol y aire y hasta se levantaba a acompañarlo cuando los insomnios eran muy tenaces.

Torres le hubiera ya curado enteramente, pero la maldad humana lo impedía. En los tres meses, Monsalvat había recibido cuatro anónimos. En uno le llamaban hijo de puta, no como el que emplea esa frase sin referirse a persona determinada, sino aludiendo a su madre. En otro le decían que se había entregado a la mala vida, vivía de las mujeres y era anarquista. Los dos restantes le amenazaban con el manicomio. Cada anónimo fué un gran disgusto. Exaltaciones, nervios, insomnios, inapetencia. El primero, sobre todo, renovó la eterna preocupación de su vida, lo que había sido, según él, la causa de su fracaso.

El médico se preguntaba que quién mandaría esos anónimos. Porque la situación de Monsalvat no era para despertar envidias. En el ministerio sus nuevos ideales habían trascendido; le miraron con antipatía, con desdén. Hasta el ministro desconfió de él. En la sociedad distinguida había perdido todo su prestigio. Ercasty le desacreditaba con un método, una constancia y una eficacia admirables. Enterado, por amigos comunes, de los propósitos de Monsalvat respecto a Nacha y a otras muchachas de la vida y de aquella afanosa búsqueda por las casas malditas, propaló infamemente la voz de que Monsalvat había caído muy abajo. Al principio no hubo sino insinuaciones. Pero acabó por decir que era un vulgar "canflinflero", un explotador de las mujeres. No faltó quien le supusiera en espantosos planes anárquicos, ocupado en preparar asesinatos colectivos y bombas de dinamita.

Pero hasta su posición pecuniaria estaba perdida. Los cuarenta mil pesos que le dieron por la hipoteca del conventillo, habían desaparecido. Pagó deudas de la madre, algunas de importancia. El chantaje de la mulata le llevó dos mil. Moreno y su familia consiguieron sacarle unos mil, poco a poco. En su recorrido por las casas de citas dejó como cuatro mil. Cada relato de tristezas y sus correspondientes lágrimas, a veces de cocodrilo, costábanle cien pesos. Como en ocasiones necesitaba disimular, llevábase a una muchacha a la pieza que le destinaban. Allí era el asombro de ella cuando Monsalvat no la besaba siquiera, interesado únicamente en saber de Nacha. Arrancábanle dinero por noticias falsas. Una vez robáronle la cartera del bolsillo. Las obras de blanqueo y ampliaciones en el inquilinato le costaron diez mil pesos. Monsalvat pensaba en el momento de pagar el servicio de su hipoteca correspondiente al segundo semestre. Tendría que vender la propiedad. Imposible ahorrar. Con su sueldo apenas vivía, y los inquilinos no pagaban o pagaban poquísimo.

Aquella tarde Monsalvat leía en la cama cuando entró Torres. Leía los evangelios. Una inmensa serenidad en el rostro de Monsalvat. Una inmensa serenidad en aquel cuarto de luz tibia y crepuscular. Torres abrió la ventana para que entrase el sol y el aire. Todo se animó. Las cosas salieron de su recogimiento. Una colcha dorada, luminosa, se extendió sobre el lecho.

—¿No ves?—preguntó el médico que ahora se tuteaba con Monsalvat.—Te pasas los días encerrado, casi en la oscuridad. Así nunca te pondrás bien. ¿Y el régimen de vida, eh? No lo cumples. Debes ir a Palermo. Tomar sol. No leer ni escribir.

—Yo sé lo que me conviene.

—¿Qué te conviene? Te estás volviendo misterioso...

Monsalvat siguió leyendo. Torres permaneció allí unos segundos y luego se retiró sin decirle nada.

El médico, desde hacía un mes, observaba a su amigo con enorme curiosidad. La inteligencia de Monsalvat se había afinado y profundizado. Estaba aún débil su cuerpo, pero su espíritu era más fuerte que nunca. Razonaba con una lógica irrebatible. Adivinaba las cosas por medias palabras. El médico atribuía todo esto al ejercicio mental. Su amigo no hablaba casi con nadie, no salía, leía muy poco. Pensaba, en cambio, todo el día. Pensaba y recordaba, buscando la interpretación a su vida pasada, buscando el sentido de su vida. Analizaba los seres que conoció, con un encarnizamiento extraño. Torres quedóse estupefacto más de una vez en que Monsalvat le adivinó sus pensamientos.

—¿De qué te asombras?—exclamó en cierta ocasión Monsalvat.—Lo que ocurre es que ahora estoy viviendo hacia adentro. Hasta hace seis meses he vivido exteriormente, he vivido más la vida de los otros que la mía propia. Una vida objetiva, falsa, mentirosa. Como es la tuya y la de casi toda la gente. Una vida materialista, sin trascendencia, sin misterio, sin inquietud espiritual verdadera. Pero después he abierto los ojos y he comprendido. He analizado, he mirado para adentro. Y en mí mismo he encontrado muchísimas cosas que ignoraba. Ahora sé lo que tengo en mí y lo que vale en mí y lo que debo dar a los demás. Ahora empiezo a sospechar por qué vivo...

—Ya sabía yo que...

Torres se interrumpió. No quería terminar la frase, y fingió distraerse.

—¿Por qué no sigues? ¿Te has olvidado lo que ibas a decir? Pero yo lo sé. Has querido decir que sospechabas que aquel amor y aquellas cosas del año pasado me llevarían al misticismo...

—¿Eh? No, no he pensado eso, precisamente.

Pero sí lo había pensado. Monsalvat sabía que Torres, hombre ordenado, normal en todo, sometido a la sociedad, detestaba los pensamientos y las actitudes exaltadas, a los que daba el nombre de misticismo. Comprendía la culpa de la sociedad en la miseria del mundo, porque era bueno y sencillo; pero no aceptaba los heroísmos por los cuales había de llegarse a suprimir la Injusticia. Admiraba a Monsalvat, pero al mismo tiempo consideraba aquella pasión por redimir a los otros como una chifladura. El hombre normal, según Torres, debía aceptar las cosas como estaban. El rebelde, el que ante la miseria de los de abajo explotaba en un sollozo, o en una obra abnegada pero inútil, era un loco.

Desde aquella rápida visión de Nacha, Torres anheló hablarla. Esperó varias veces a la entrada y a la salida de las muchachas de la tienda, parado en la esquina, como quien aguarda el tranvía. La vió entrar y salir y ella también le vió. Pero ¿por qué le huiría ella? Convencido de que Nacha nada quería saber de Monsalvat, cuya íntima amistad con él no ignoraba, abandonó su empeño.

Pasaron varios días. Monsalvat no hablaba nunca de Nacha. Torres le imaginaba olvidado de ella.

Una mañana—era en Marzo—, Torres fué muy temprano al cuarto de Monsalvat, para disuadirle de su propósito de marcharse.

—¿Irte para qué, eh? Te quedas aquí dos meses más, hasta que no queden ni rastros del surmenage que has tenido. ¡Cosa seria, hombre! ¿Y a dónde vas a ir sin un cobre? ¿Eh? Supongo que no volverás a tus quijoterías, a desfacer entuertos, a redimir a los que no tienen redención posible. Todo eso es ridículo, porque no conduce a nada. La acción de uno solo es tiempo absolutamente perdido. Y hasta una inmoralidad. Como que es llenar la cabeza de la pobre gente con sus ilusiones disparatadas. No, m'hijo. El mundo estará mal, bueno. Pero ¿qué se va a hacer? Hay que aceptarlo como está, tomar la vida por el buen lado, y adelante. ¿Eh?

Monsalvat no contestaba. Acostado, con el codo en la almohada y la mano en la sien, tenía los ojos en el hueco de la ventana. Pero no miraba hacia allí. Miraba hacia dentro, hacia muy adentro de su corazón. O miraba hacia dentro de otros seres que no estaban allí, de otros muchos seres que él veía allí mismo, intercalados entre su amigo y él. Las palabras del médico le llegaban desde muy lejos. Desde tan lejos que apenas comprendía su significado. Mientras tanto, la ventana parecía encenderse. Toda en oro, vibrante, ofrecía a Monsalvat la Luz.

Sonó el timbre de la calle. Monsalvat, sin moverse, dijo:

—Es el cartero. Trae una carta de Nacha para ti.

Torres sonrió de aquel presentimiento. Sonrió forzadamente, con el temor de que anunciase la verdad. Se levantó e iba a salir, cuando el sirviente entró con una carta. El médico firmó el recibo que había traído el mensajero, sobre una mesita que Monsalvat tenía junto a su cama. No advirtió que Monsalvat no quitaba los ojos del pequeño papel. Luego, abrió la carta. Quedó desconcertado. Monsalvat reía, gozándose de la actitud cortada de su amigo.

—Es Ruiz de Castro que quiere verme. Un asunto. No dice qué—tartamudeó Torres, guardando la carta en un bolsillo.

Y salió, confuso y perplejo, mientras Monsalvat sonreía aún.

Nacha decíale en la carta que deseaba hablarle. Pero no a la entrada ni a la salida de la tienda. Parecía ignorar que Monsalvat viviese con él. Era honesta. Vivía muy modestamente en un conventillo. Ansiaba saber de Monsalvat. Quería que él no la creyese una perversa ni desagradecida. Si se portó mal con él, fué por salvarle a él mismo. Por salvarle de ella, del amor de una mujer indigna. Habíanle asegurado que estaba enfermo. Necesitaba saber si era verdad, si era por causa de ella que estaba enfermo.

A la noche Torres fué al inquilinato. Una casa muy decente, habitada por familias de modestos empleados.

—¡No sabe lo que he sufrido!—le dijo Nacha.—Una tarde nos encontramos en una casa. Y yo...

Torres estaba enterado de aquel encuentro. Nacha entonces siguió:

—Pero usted no sabe por qué hice eso. Fué por tanto quererlo. Para no hacerle mal. Para que él, un hombre distinguido y de bien, un alto empleado, no se perdiera ante el mundo uniendo su vida a la de una... ¡qué sé yo! Desde ese día he sido honrada. Ahora vivo, aunque muriéndome de sufrimiento. Pero este sufrimiento lo acepto por él y para rescatar mi vida de antes. Lo acepto para que él no sufra. Para que él me olvide y sea feliz y vuelva a vivir. Aunque yo me muera. ¡Para lo que sirvo!

Estaban solos, frente a frente, con una mesita de por medio y una lámpara triste, apartada a un lado. Torres sintió como si las sombras del cuarto se acumulasen bajo su garganta y le apretasen ahogándole. Vió mucha luz en el rostro de Nacha. Pensó en la horrible fatalidad de los destinos humanos.

Pero la emoción pasó. Y el hombre mundano, el hombre cargado de prejuicios, de mentiras y de maldades, aun siendo bueno, arrojó de aquella conciencia al hombre sencillo.

—¡No sabe lo que he sufrido!—repitió Nacha.—Desde esa tarde me gano la vida trabajando. Pasé días de hambre, de miseria. Después entré en la tienda. Once horas por día, y treinta pesos de sueldo. Tengo un interés, también. Pero hay multas, por cualquier cosa. En total gano sesenta pesos, más o menos. Y las once horas parada, sin poder descansar un minuto. A veces me hacen subir cargada hasta el quinto piso. No podemos usar los ascensores. Es una vida penosa, la mía. Y todo por él. No para que él me quiera. No para ser digna de unirme a él. Solamente para ser digna, aunque de lejos, de ese amor que él me tiene...

Torres entornaba los ojos, meditando. Mientras tanto, la mirada de Nacha se llenaba de confianza y de paz. Torres pensaba que aquella honestidad de Nacha era un peligro para Monsalvat. Pensaba que era necesario salvar a su amigo para siempre, que era necesaria la mentira para obtener este bien. Temió ser débil, no atreverse a la mentira. ¡Era triste que, aun para las cosas buenas, fuese indispensable, a veces, mentir! Una voz le preguntó si creía que aquello que meditaba era realmente una cosa buena. Vaciló ante esa voz de su conciencia. Pero recordó la opinión del mundo, la moral del mundo, los sentimientos del mundo. Entornó los ojos, hizo un gesto como de quien arroja una mala idea, y dijo, con la voz hecha pedazos:

—Es preciso no verlo más, Nacha, ¿eh? Nunca. Él, además se ha olvidado de... Sí. Ahora él quiere a otra mujer. Piensa en formar su hogar. No hay que destruirle sus buenos propósitos y sus ilusiones, ¿eh?

Nacha no veía nada. Todo estaba oscuro. Sólo sintió que una sílaba afirmativa salía mecánicamente de su garganta, que una mano suya se alargaba sin fuerzas. Luego, un contacto rápido de su mano con otra mano, un ruido de puerta, un ruido de pasos que se alejaban. Y todo seguía en la misma oscuridad, en la misma horrible, trágica oscuridad.

Sentada junto a la mesita, sin sentidos para las cosas, no oyó que llamaban a su puerta, que un hombre entraba y que allí, frente a ella, esperaba. Un golpe sobre su corazón y una luz interior le hicieron levantar los ojos. Creyóse enferma. Imaginó que todo era un delirio. Hubiera gritado, pero algo sin fin, algo que enormemente se hinchaba dentro de ella, deshacía en polvo su voz.

—Nacha...—dijo entonces el hombre con una dulzura inmaterial.

—¿No es un delirio? Dígame que no sueño...

Por fin aquellas dos tristezas estaban frente a frente. No hablaban. Las palabras jamás expresarían tan intensamente lo que expresaban los ojos de Monsalvat y el llanto acongojante de Nacha. El cuarto se poblaba de recuerdos, de escenas dolorosas, de sufrimientos antiguos. El cuarto adquirió una extraña vida, una vida misteriosa, la vida de algo que se ha llenado de almas.

Nacha continuaba llorando. Y era que lloraba por toda su vida. Por lo que fué y por lo que debió haber sido. Por lo que no quiso ser y por lo que el mundo la obligó a que fuera. Monsalvat, junto a ella, le acariciaba las manos. El cuarto seguía poblándose de misterio y de almas. Monsalvat tuvo allí, frente a él, los distintos hombres que había sido en su vida. Les pedía cuentas de su vida. Les veía el alma hasta el fondo y los maldecía. Frente a Nacha desfilaban también las distintas mujeres que vivieron en su cuerpo. Aquélla que fué mala y aquélla que fué buena. Aquélla que fué víctima, aquélla que fué débil...

La luz de la lámpara se apagó. En medio de la absoluta oscuridad se vieron mejor las almas. Los dos se comprendieron. Los dos sintiéronse desgraciados. La luz que había dentro de cada uno buscaba la otra luz. Las cabezas se acercaron. Y sin saberlo, sin buscarlo, un beso puro, el primer beso, unió a aquellas almas como a dos hermanos.