XVII
Allí, en aquella casa, para estar cerca de Nacha, había instalado Monsalvat su vida. Fué esa misma tarde. Torres, que leyera el recibo de la carta de Nacha, había ido a la agencia de mensajeros, y allí logró saber dónde Nacha vivía. Llegó al conventillo. Sus ojos ansiosos leyeron el aviso de una pieza con muebles que se alquilaba. El edificio era una gran casa de familia, democratizada en conventillo; la pieza, en el piso alto y sobre la calle, fué alquilada inmediatamente por Monsalvat. Y así cuando apareció en el cuarto de su amiga, ya era habitante de la casa.
Torres no logró saber adónde había huido Monsalvat. Ignoraba el domicilio de Nacha; y una vez que la encontró a la salida de la tienda, ella fué impenetrable. Nada sabía. No lo había visto. Ni una sola noticia de él. Nacha no se reprochó estas falsedades. Quería tenerlo a Monsalvat allí cerca, su alma junto a su alma, su alma sólo para ella. Temía de los amigos, de la oficina, de todo. Y a la tarde, cuando regresaba de la tienda, traía el corazón hecho una angustia, en el temor de no encontrar a su amigo.
Pero todo este amor era solamente fraternal. El primer beso fué también el último. El sufrimiento había espiritualizado el amor. Nacha, que había dado su cuerpo a muchos hombres, sabía lo poco que valía el amor físico. Ella no podía ofrecer al que amaba una cosa de tan poco precio como su cuerpo, una cosa que había sido para quien quería pagarla. Para Monsalvat, su alma, su corazón, lo poco bueno que había en ella. Para Monsalvat su ternura, que la sentía infinita; para Monsalvat su sufrimiento, que lo sabía infinito. Y él tampoco la deseaba. Nacha, de simple mujer, se había inmensificado en símbolo. En ella estaban todas las mujeres que padecían la misma pena, todas las víctimas del egoísmo humano, todas las abandonadas por la sociedad, todas las hijas del lodo y de la miseria. En ella estaba su hermana. Si alguna vez deseó a Nacha, eso fué pasajero, un sentimiento transeúnte en su alma. Reconocía que este sentimiento le había llevado hacia ella. Veía aquí la sabiduría del instinto, la bondad callada de la naturaleza. Aquel deseo, en momentos de vacilación e inquietud de su conciencia, le condujo al Camino, le condujo al bien. Ahora, ya no era un hombre de sociedad ni un abogado de prestigio ni nada. Para el mundo, se había hundido. Pero para él, se había salvado. Era un hombre bueno. Había encontrado el sentido de su vida: darlo todo a los demás, sufrir por los demás. ¿Qué le importaba el resto, si en aquello estaba su bien?
Pasaba así el tiempo. Nacha iba por las mañanas a la tienda y regresaba al atardecer. Monsalvat sólo salía para su oficina y para llevar, allí donde había alguna gran miseria, el pan de su consuelo. Al volver de la oficina, reunía a los chicuelos del conventillo y les enseñaba a leer. Las noches eran para la amistad con Nacha. Eran para el ensueño, con un libro entre las manos y el silencio a su lado, como un perro fiel. Eran para pensar en los otros, en los que sufren su miseria. Eran para aquel ideal Amor, que ahora ya Nacha comprendía.
Pero una vez Nacha dijo sus dudas. ¿Por qué sacrificar la propia vida, la tranquilidad, la felicidad, por los otros? Si era tanta la miseria del mundo, ¿qué podía la obra individual, pequeña y lenta? ¿Y por qué dar toda el alma a una cosa sin recompensa visible? Monsalvat contestó:
—No, Nacha. Sacrificarnos por los demás es un deber. Es la única razón de vivir. Si todos lo hiciéramos así, piensa en lo bella que sería la vida. Es un deber de conciencia, porque siempre debemos poner nuestra vida de acuerdo con nuestras opiniones y nuestros ideales. Es un deber hacia aquéllos a quienes les hemos quitado su parte de felicidad. Otros, casi todos, no cumplen. Y no sólo no cumplen su ley de amor sino que quieren ser egoístas y malos. Pero esto mismo, Nacha, ¿no nos obliga a nosotros? Tenemos que ser perdonados por nuestras culpas hacia nuestros hermanos, por la inmensa culpa de la sociedad, en la que todos tenemos nuestra parte.
Se detuvo, entornando los ojos como si mirase alguna luminosa imagen lejana. Luego, al cabo de un silencio, agregó:
—La obra individual tiene la prodigiosa virtud del ejemplo. Una obra de bien nunca es perdida. Despertará otras almas, y cada una de estas almas abrirá los ojos a otras almas adormecidas. Y así, poco a poco, llegará el día. El mundo se va preparando para la llegada del gran día. Desaparecerá la injusticia, la miseria no será sino una palabra olvidada.
Monsalvat escribía. Había compuesto dos piezas de teatro que Nacha le copiaba. Eran dos obras extrañas, un poco incoherentes, atormentadas, humanas, llenas de Amor y de Piedad. En los teatros se interesaron, pero no osaban representarlas. Alguien las calificó de antisociales; las consideraron un peligro para las instituciones. Era natural, había en ellas demasiada simpatía humana. La Bondad y la Justicia constituyen, como se sabe, el mayor peligro social.
Un domingo, Nacha recibió una visita. Julieta, aquella gordita de la pensión de Lavalle, venía a contarle su dolor. No era ahora sonriente, Julieta. Un estremecimiento minucioso, sutil, breve, agitaba casi imperceptiblemente sus manos y sus facciones. El destino había derrumbado sobre aquella juventud el muro aplastante de la tragedia. Cerraron la puerta del cuarto. En el patio, explotaba la garrulería de los chiquillos. Julieta se echó a llorar con ansias. Nacha, sin saber nada, lloraba también.
—Soy muy desgraciada. Nacha—habló por fin Julieta.—¡Era el miedo que yo tenía! Tanto pensar en esto, y ahora... No sé qué va a ser de mí. Quería decírselo a alguien, pedir un consejo. Anteanoche estuve por... ¡Sufro tanto! No podré resistir mi sufrimiento.
Nacha miró a su amiga de arriba a abajo, indagándole en su cuerpo aquellas penas tan grandes. Pero no; no era eso. Así lo dijo un gesto negativo de Julieta.
—¿Qué, entonces?
Apenas la última sílaba hubo salido de sus labios, Nacha sintió en ella el horror. La idea, penetrando bruscamente en su alma, la hizo enrojecer. Sobresaltada, levantó los brazos. Los ojos vieron la tragedia. Una mano se estiró hasta Julieta y oprimió con tremenda fuerza nerviosa el brazo de la amiga. Julieta bajaba la cabeza, afirmando. Sufría como muchas vidas. Detrás de aquella lluvia de sus lágrimas había una noche infinita, enorme, espantable.
—¿Eso? ¿Lo que hablamos en la pensión cuando...? No, no es verdad... ¡No puede ser, Dios mío!
Nacha en voz baja, por el terror de recordar aquello, nombró la enfermedad espantosa y maldita, el subterráneo veneno de familias enteras y de pueblos enteros, el Fatum implacable de millones de tragedias humanas.
—Eso mismo. No sé cómo... ¡Es un horror, Nacha! ¡Dios me castiga! Mi vida, ¿qué será? Se acabó todo, todo, todo... Quedaré paralítica, me volveré loca...
Nacha calmaba con ternura de hermana aquel dolor monstruoso. Sus mejores palabras fueron para la amiga desgraciada.
Entró Monsalvat, Julieta no lo conocía y se estremeció. Intentó levantarse, componerse el rostro, ocultarse, todo a la vez. Nacha, apenas lo vió entrar, detuvo a Julieta con las dos manos y le dijo, imperiosamente:
—Es él. No te movás. Él te salvará. Contále todo; Decíle cómo vino la desgracia. Yo quiero que él te salve. Será feliz de poder salvarte. No llorés más, Julieta. Los dos te ayudaremos en tu vida. Te ayudaremos como hermanos...
Monsalvat, inmóvil, contemplaba aquellos sufrimientos. Sintió la tragedia en sí mismo. Sin oir las palabras de Nacha, absorto en las voces de su corazón, permanecía de pie, junto a la puerta, esperando que Julieta hablase. Pero la infeliz, enferma de vergüenza y sufrimiento, callaba. Nacha insistió. La envolvió en palabras cariñosas, se levantó, la besó en la frente. Julieta entornó los ojos y quedó así un rato. Un poco de paz iba entrando en su alma. Su vida desfiló ante su dolor presente, y cuando abrió los ojos vió a Monsalvat en el lugar de Nacha.
—Cuénteme todo—ordenó Monsalvat.
Al decir estas palabras, Monsalvat no era ni curioso ni entrometido. Pero él sabía ya hasta qué punto infunde confianza, y aun consuelo, al que sufre, el decirle, con sinceridad y en el instante oportuno, que es necesario que nos cuente todas sus penas. Las palabras conminatorias como las de Monsalvat, logran casi siempre la confidencia plena en una mujer que llora. ¡Y cómo se agradece la orden enérgica! Parece que al oirla, y que al oir que es necesario decirlo todo, el que sufre sintiera un apoyo inmenso a su lado, una fuerza protectora de su debilidad, un remedio para su dolor. "Cuénteme todo, es necesario que yo lo sepa todo". Las mujeres, antes estas palabras tan masculinas, siéntense ya consoladas y gozan el placer de verse protegidas por el hombre, pequeñas, débiles, sufrientes ante el hombre.
Julieta, sin mirar nada, sin ver nada, habló:
—Cuando vivíamos en el Tandil éramos ricos. Mi padre tenía estancia, mis hermanas mayores se educaban en los mejores colegios de Buenos Aires. Pero un día, mi padre se suicidó. Quedamos pobres. Nos vinimos a Buenos Aires. Aquí, en la ciudad, vivimos de una rentita que nos quedó. Apenas lo suficiente. Mis hermanas, a los tres o cuatro años de vivir aquí, se casaron. Las dos son ricas. Yo no iba al colegio, porque tenía que trabajar en casa. Mis hermanas no ayudaban a mamá. Aquella vida era triste para mí. Ni paseos, ni placeres, ni diversión ninguna. Trabajar y acompañar a mi madre. Tuve un novio. Me quería con toda su alma, me dijo. Yo lo adoraba. Un día me llevó no sé adónde. Yo estaba enamorada, creía que nos casaríamos, y él hizo su voluntad. Quedé pronto en una situación que era un continuo sufrimiento para mí. Inventamos una visita a una amiga, y se realizó el crimen que él quería. ¡Es el dolor de mi vida! Si mi hijito viviera, nada me importaría sufrir. Volví a casa, pero mis hermanas supieron todo. Un día, quisieron que mamá me echara. El marido de una me dijo una palabra que nunca debió decirme. Yo no era eso. Yo había caído por amor, me engañaron. ¡Qué sabía yo de la vida, ni de los hombres! Mamá intentó defenderme, pero ellas dijeron a mamá que si me defendía, se quedarían sin madre. Me fuí de la casa, dispuesta a trabajar. Padecí hambre. Una época, dormí en un cuarto de diez pesos. No tenía para comer. Fuí a una sociedad de beneficencia, a pedir socorros. Dije que me moría de hambre, que tendría que perderme si no se me ayudaba. Me contestaron que una muchacha fuerte y joven debía trabajar. Que no faltaba trabajo...
El llanto comenzó a borrar las palabras, a cortarlas, a mezclar las sílabas limítrofes. No importaba. Monsalvat y Nacha conocían aquella historia. La habían oído muchas veces. Era la eterna historia de las mujeres caídas, la obra de la maldad de unos cuantos y del egoísmo y la inconsciencia de todos. Aquellas hermanas brutales no perdonaban porque la sociedad y el dinero les ordenaban no perdonar. Fueran pobres, y la compasión habría estado en ellas. Julieta refirió su lucha atroz por el pan. Quería ser honesta, y a cada paso la acechaba un hombre que intentaba comprarla. Si le ofrecían trabajo, los mismos labios protectores exigían su cuerpo. ¡Más bien no fuera bonita! Cayó defendiéndose, llegó a sirvienta. Ella, hija de un estanciero; ella, que tenía hermanas casadas con ricos. Limpió letrinas y comió las sobras, ella, que nació para ser una "niña" como las otras, una señora como sus hermanas. Por fin, no pudo más, y cedió. El vicio la poseyó brutalmente. Rodó por las casas de citas, fué sencillamente una ramera. Pero aprendió a vivir, y limitó su bajeza. Y entonces, dentro de su vida de prostituta, se hizo seria y ordenada. Soñó en salir de allí.
—Pero hace pocos días, me pidieron el cuarto en la pensión. Debía mucho. En la casa adonde ganaba la plata, me iba mal. No había tenido suerte. Después, quince días con influenza. Y esa tarde que me pidieron el cuarto, salí a la calle. Nunca había hecho eso. Nunca salí a ofrecerme al primero que pasara. Nunca llegué a caer tan abajo. Pero me echaban del cuarto... No supe lo que hacía, no pensé. Fué mi desgracia terrible. Ahora, ¿qué hacer? Seguir en la vida, sería un crimen. Trabajar... si no encontré antes trabajo, ¿qué será ahora? Y sin embargo, ahora preciso más que nunca, porque quiero curarme, porque quiero ser buena y...
Un sollozo angustioso devoró la palabra que seguía. La cabeza cayó sobre el aro temblante de los brazos. Monsalvat dijo:
—Todo se ha de arreglar. Lo poco que tengo es suyo. No me agradezca nada. Me enojo con usted si me agradece. Nadie es dueño de nada. Solamente los perversos creen tener derecho exclusivo a sus bienes. No se aflija por su situación. Yo le arreglaré todas sus dificultades, de cualquier clase que sean. Hablaré con sus hermanas, hablaré con su madre, si así lo quiere. Pero no me agradezca, por favor. No es sólo por usted que haré esas cosas. Es por los demás, por todos los demás. Y es sobre todo por mí. ¿Comprende?
Aquel día Monsalvat había cobrado el sueldo. Acababa de pagar su pieza. Entregó el resto a la muchacha, que se negaba a aceptarlo, pero que al fin lo guardó, obligada por Monsalvat y Nacha.
Monsalvat dejó solas a las dos amigas.
Al salir, vió en el cuarto de enfrente, parado en el umbral y con las piernas cruzadas, un sujeto que le miraba con sonrisa siniestra. Era el tuerto Mauli, personaje odioso. Nacha le tenía horror. Nadie sabía en qué trabajaba. Decíase que era pesquisa policial. En sus ojos canallescos, en su frente achatada, en su nariz repugnantemente abierta, en su expresión viciosa y criminal, asomaba el presidio. Su aparición espantaba a Nacha. Su figura horrible, hacíale ver todas las degradaciones, todas las maldades, lo más monstruoso que puede caber en un ser humano, lo más inhumano que puede caber en un hombre. Todo el mundo le temblaba. Nacha supo una vez que el infame conocía su vida. Durante una semana no durmió, aterrorizada; pero como el tiempo transcurría sin ningún mal para ella, se calmó. A Monsalvat le vigilaba con más descaro que a Nacha. Llegó hasta seguirle por la calle.
Cuando Monsalvat volvió al cuarto de Nacha, Julieta ya se había ido. Nacha pensaba, muy triste. Monsalvat unió esta pena a la tragedia de Julieta. Pero no era esto. Nacha sufría preocupaciones que siempre estaban con ella, que ella guardaba, que eran sólo de ella, su exclusiva propiedad. Su pobreza miserable, era una. La poderosa institución para cuya grandeza trabajaba, arrojábale por mes treinta pesos. Era preciso que aquella muchacha desgraciada, que aquella hija de la tierra argentina sufriese, para que los accionistas ingleses, los millonarios de Londres, recibieran magníficos dividendos. ¿No bastaba treinta pesos y la miseria que le echaban como intereses de las ventas, sobras de opulencia, basuras ignominiosas? Pues que vendiese su cuerpo. Para eso era mujer joven y bonita. ¿Qué podía importar a los accionistas, a los respetables miembros del directorio local, que sus empleadas se degradasen? Ni siquiera lo agradecían. No lo ignoraban. Nadie ignora la imposibilidad de que una empleada de tienda viva con treinta pesos. Pero el ídolo Dividendo exigía un monstruoso altar construido por millones de sufrimientos, por millones de bajezas, de humillaciones. Para formar un buen tanto por ciento se necesitaban océanos de lágrimas. La libra esterlina debía sonar a besos vendidos, a ayes de millares de almas sacrificadas antes de nacer, a angustiosos llantos de madres infelices. Cada cheque representaba una buena suma de ilusiones destruidas, de vidas mutiladas, de pudores arrojados a la calle.
Nacha padecía de pobreza. Cosía para particulares o para otras tiendas, a media noche. Si dijera una palabra, Monsalvat le daría todo, absolutamente todo, hasta quedarse sin un centavo, hasta quedarse sin comer. Monsalvat hubiera tenido la más grande alegría en hacer eso. Pero Nacha callaba. Le había dicho que ganaba más, lo suficiente para vivir. Callaba por delicadeza, para que Monsalvat no se exaltase contra quienes explotaban el trabajo de las mujeres.
Pero no era éste el único sufrimiento de Nacha. Tenía muchos más. En los últimos días le preocupaba una idea, una terrible idea. Y era que había visto al Pampa, y se imaginaba que aquel hombre la perseguía otra vez. Lo vió una tarde, quizá por casualidad, a la salida de la tienda. Ella huyó entre una aglomeración que en la esquina de la tienda esperaba el tranvía. Y como viese que él la buscaba, parado en la esquina, tendiendo sus miradas por las calles convergentes, ella subió a un carruaje. Otro día, lo vió rondando la tienda, a la hora de la entrada. Nacha no quiso mirarlo, aterrada. La compañera no comprendía por qué Nacha le apretaba el brazo y le hacía doler. Después lo encontró a Arnedo diariamente. A veces estaba con un amigo. El día antes, como ella entrara sola, un poco tarde, él le habló. Se acordaba siempre de ella. La extrañaba. Tenía una voz cariñosa y le hundía los ojos en sus ojos. Ella temblaba. Un miedo infinito le impedía decir una palabra. Había sentido, con verdadero espanto, que aquel hombre no podía serle indiferente.
Y en su casa, frente a Monsalvat, Nacha sufría con toda su alma. Pensaba en Arnedo, pensaba en Monsalvat y sufría. Sus pensamientos la atormentaban como si fueran instrumentos de inquisición. Le hacían daño en su cuerpo, restaban fuerza a sus ojos, le impedían trabajar de noche. Una vez, el mal pensamiento que hasta entonces sólo asumiera formas vagas, distantes, nebulosas, se concretó horriblemente. Pensó lo que no quería pensar. Deseó morir para no pensar más aquello. Era a media noche, cosiendo.
Era la idea de que su destino no debía ser aquella vida que estaba viviendo. ¿Por qué no podía ser feliz? ¿Por qué no podía, siquiera, vivir tranquila? ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Qué le esperaba? ¿Y qué esperaba ella allí? Resolvió que esa existencia era transitoria. Indudablemente su situación era un alto, tal vez un puente por donde iría a otra parte. Pero, ¿adónde? ¿Por qué vivía allí, cerca de aquel hombre? ¿Casarse? No, jamás lo imaginó seriamente. Un sueño, un sueño demasiado hermoso, que no tenía ni aun el derecho de soñarlo. ¿Ser la amante de él? ¡Oh, nunca, nunca! Y él no lo deseaba tampoco. Entonces se preguntó qué sentía por él. ¿Lo quería? ¡Lo admiraba! Jamás creyó que hubiese almas tan grandes. Monsalvat representaba para ella toda la bondad del mundo. Pero, ¿quererlo de otro modo, con los sentidos? Al principio, cuando lo encontró en el cabaret, quizá sí; pero ahora, no. Ahora era un padre, un hermano, un hijo. Lo quería demasiado para poder quererlo como a un hombre. Con enorme lástima, a veces. Le veía perdiendo su vida por ella. Le veía dejando su posición, abandonado de los amigos y la sociedad, solitario, descuidando su empleo, pobre, ¡y todo por ella! Le veía arrojado de su mundo como un perro. Y entonces, el mal pensamiento volvía. ¿Si ella huyese de él? ¿Si ella supiese que su destino no era el ser buena, y retornase a la vida? ¿Y Arnedo? ¿Qué quería con ella Arnedo? Comparó los dos hombres. Monsalvat, todo alma, todo ternura, todo idealismo. Arnedo, todo fuerza, materialidad, brutalidad. Monsalvat atraía su alma, sus pensamientos, lo mejor de ella. Temblaba de pensar que el Pampa volviese a atraer su cuerpo, sus sentidos que no lograban habituarse a la castidad, sus deseos que eran lo peor que había en ella. Temblaba de pensar que Arnedo ejerciese su dominio de antes. Y sufría hasta el llanto incansable, por Monsalvat y por sí misma.