XVIII

Un atardecer de Junio en que a causa del tiempo, fastidiosamente húmedo y del calor sofocante que anunciaba tormenta, Monsalvat saliera al balcón de su cuarto, vió venir a Nacha. Instantáneamente presintió lo anormal. Nacha parecía dolorida, enferma.

Se encontraron en el patio. Monsalvat preguntó qué pasaba. Lo preguntó más que con palabras, con los ojos, con su actitud, con su corazón que gritaba dentro de él la pregunta, con su alma que ya adivinaba un gran dolor. Nacha le tendió una mano, llorosa, derrotada, acobardada por la vida. Fué su respuesta. Monsalvat comprendió que debía ser muy grande su sufrimiento para que, delante de gente, Nacha, reservada siempre, le tendiese así la mano. Las cabezas, asomadas a las puertas, sonrieron de la pareja sufriente. Las mujeres, y algunos hombres que trabajaban o hablaban en el patio, miraron y se echaron a reir. Alguno miró y se hizo el disimulado, como si aquello que veía fuese algo malo, algo que era indiscreto mirar. Pero Monsalvat y Nacha sufrían tanto, que no se separaron. Monsalvat condujo a Nacha hasta su cuarto, sosteniéndola de un brazo. Allí ella refirió su dolor.

Había sido en la tienda. Desde hacía días estaba fatigada, enferma. ¡Y ocho, nueve horas sin sentarse! A veces la mandaban a otros pisos, tres o cuatro pisos más arriba o más abajo, que debía subir cargada con mercaderías, por la escalera, pues no tenía derecho para utilizar el ascensor. Esa tarde, bajaba con un maniquí. Advirtió que no podría bajarlo, que no tenía fuerzas. La obligaron. Le cargaron encima el pesado armatoste de madera. Bajó un piso, desfalleciente, destrozada. Se sentía mal. Iba a dejarlo, ahí no más, en el rellano de la escalera, cuando le mandaron decir, con otra empleada, que si no seguía quedaba expulsada de la tienda. Y siguió. Bajó otro piso. Algunos empleados reían al verla pasar. Otros la compadecían en silencio. Pero no pudo más. Amontonó sus fuerzas que huían, que se dispersaban, y bajó unos escalones. Y entonces,—no supo cómo fué—, cayó en medio de la escalera, rodó hasta el rellano. Perdió el sentido. Cuando despertó estaba rodeada de empleados. El gerente, con el reloj en la mano, la miraba. El maniquí, en pedazos, era llevado por alguien. Preguntó si podía irse a su casa. Le contestaron que se le descontaría el tiempo que faltaba para concluir la jornada. Y que se le descontaría el tiempo que había durado el desmayo. ¡Por eso el gerente miraba el reloj y la observaba! No hubiera creído si no lo hubiese visto con sus ojos, si no se lo hubiesen dicho. Aquella maldad tan enorme le dió fuerzas. Comprendió su triste esclavitud, el egoísmo de esa gente. Y lo comprendió todo mejor, cuando al salir le dijeron que debía pagar el maniquí. ¿Pagar? No había entendido, asombrada, medio alelada, mirando con ojos enormes. ¿Cómo pagar? Pagar, sí. Pagar todo el maniquí. Pagarlo por mensualidades, que se le descontarían. Cada mes, cobraría diez pesos menos. ¡Diez pesos menos! No quería creer. ¿Y cómo iba a vivir con diez pesos menos? "Usted se arreglará", le dijeron. "Eso es cosa suya". Ella calló. Vió que era inútil. Ellos tenían la fuerza, el dinero, la tradición. Debían tener razón también, pues tenían tantas cosas, ¡todas las cosas que dan la razón a los ricos contra los pobres!

Cuando Monsalvat salió del cuarto vió en frente a Mauli y otros vecinos. Le miraron risueñamente. El encargado, que acababa de dejar el grupo y se alejaba hacia la puerta, trató de que Monsalvat no le viese. Se detuvo en una puerta, disimuladamente, dando la espalda. Monsalvat pasó de largo, sin fijarse en él.

Y entonces el hombre volvió. Fué a golpear en el cuarto de Nacha. Todavía lloraba la pobre Nacha. Le hizo entrar. Era un hombre de aspecto desagradable, a fuerza de parecer manso y dulzón. Miraba siempre al suelo y de reojo; jamás de frente. No reía nunca. Tenía modales de sacristán. Solía meter una mano en la manga del otro brazo, y caminaba con los pies hacia adentro y sin hacerse sentir. Para con la gente del conventillo no tenía entrañas. La familia que llegara a deber quince días, quedaba expulsada, así tuviese enfermos graves. Era cobarde, pero contaba para todo con la protección de la policía.

—Pues... he venido... señorita... o señora... tal vez sea más propio... a decirle que mi conciencia me obliga... a advertirle que... Espero que comprenderá. Su conducta en esta casa no debe permitirla una persona... honorable como creo ser, una persona en quien ha depositado su confianza la respetable propietaria, la augusta dama que...

Nacha no comprendía. Miraba a aquel sujeto odioso, hipócrita y perverso, tratando de adivinar sus propósitos. No imaginaba qué pudiera querer con ella aquel hombre.

—¡Vamos! Hágase usted ahora la inocente... Yo lamentaría tener que explicarle. Quisiera que usted, por sí misma, advirtiese que ésta es... una casa decente... ¡claro!... y no una casa de ésas donde viven mujeres... Sí, eso es. Mujeres como tantas... ¡jé, jé! que usted conocerá... ¡jé, jé! En fin... señorita... o señora... no quisiera más visitas de hombres. Para eso... ¡jé, jé!... para eso están... naturalmente... las posadas.

—Usted se equivoca—gritó Nacha, poniéndose de pie bruscamente.

El hombre bajó los ojos al suelo con exagerada humildad, se hizo más pequeño y dijo:

—Todos somos humanos y podemos equivocarnos... ¡jé, jé! Pero... conocemos su vida. Yo no digo nada. No es por nada. Pero... no negará usted haber visitado cierta casa de la calle... en fin, adonde no iba a rezar el rosario... precisamente. ¡Jé, jé!

Nacha, rabiosa, se acercó al sujeto. Le hubiera escupido en la cara, le hubiera arrojado de allí. Pero una mano invisible la detuvo. Pensó en el escándalo, en Monsalvat. Pensó en que aquel miserable individuo tenía también la fuerza, como representante de la dueña. Aquel monstruo era el testaferro de una dama multimillonaria. Él administraba para ella, cobraba para ella. Con el fin de que ella no perdiese treinta o cuarenta pesos, el hombre expulsaba a gentes hambrientas que debían alquileres, las arrojaba a la calle. Arrojaba a infelices viudas, abarrotadas de hijos. Arrojaba a enfermos, a moribundos. La cuestión era que la gran señora cobrase sus rentas íntegras, para repartir luego sumas enormes, cientos de miles, entre conventos y cofradías, voluntaria y criminalmente ignorante de los trágicos dolores humanos de donde provenía su dinero.

—Yo... por mí, podría usted quedarse. No me meto en vidas ajenas. Pero la señora, ¡jé, jé! no quiere mujeres de... de su clase...

Nacha no pudo más y en su exaltación, en su sufrimiento, le gritó al hombre, como si le escupiese:

—¡Cállese, monstruo infame! ¿De qué clase? ¡Fuera de aquí! ¡Ahora mismo! ¡Canalla, cobarde, víbora!

El hombre abrió la puerta. Y desde el umbral, casi a gritos, para que le oyeran del patio, pero en actitud humildísima, sonriendo dulcemente, gruñó como una bestia herida:

—¿De qué clase? De la suya... ¡Jé, jé! De la clase de... ¡jé, jé!... ¡de las putas!

Nacha cayó al suelo, aplastada, temblante. Y al mismo tiempo, una risa horrible, satánica, espantosa, que venía del patio, penetró como dos puñales en sus oídos. Su ser entero se irguió. Quiso gritar su protesta. Pero cayó, vencida, inutilizada. Y en seguida, un enorme, infinito frío envolvió su cuerpo, su corazón, su alma. Tembló con frenesí. Temblaron sus manos, sus piernas, sus dientes, su ser entero.

Monsalvat no supo nada. Aquella noche tenía lecciones, y apenas fué por un minuto a la pieza de Nacha, cuando volvió de comer. Nacha disimuló cuanto pudo. Monsalvat habló de aquel asunto de la tienda, rogando a Nacha que no se afligiese. Pronto vendería aquel conventillo suyo, y todo ese dinero sería para ella.

Tres días a la semana Monsalvat daba clase a algunos obreros del barrio. Al principio sus alumnos fueron tres o cuatro. Pero ahora solían ir hasta veinte. Todos leían. Él les enseñó a dos o tres. Ahora les hablaba de diferentes cosas, de historia, de viajes, de moral. Su elocuencia sencilla atraía a aquellos hombres sencillos. Algunas veces, comentando un suceso del día o una página de un libro, les evocaba una sociedad nueva, una era de amor entre los hombres, donde hubiese justicia. Entonces la voz se tornaba suave, casi mística, plena de simpatía humana y de fervor.

Pero aquella noche, Monsalvat no podía hablar a sus discípulos con palabras como las de siempre. Aquella noche odiaba. La injusticia para con Nacha, en la tienda, había removido hasta lo más hondo del pozo de su alma. Una multitud de detalles dispersos y olvidados habían vuelto a vivir en su interior, agrandados todos allá en una existencia subconsciente, unidos todos, viviendo juntos, en aquellos momentos, con una tremenda intensidad.

Los obreros iban entrando en su cuarto. Daban la mano a Monsalvat y hablaban con él unas palabras. Monsalvat les preguntaba por los hijos, por la mujer, por la madre. Luego sentábanse. Algunos permanecían de pie. Cuando fueron las nueve en punto, Monsalvat comenzó.

—Hoy—dijo—he comprendido una cosa fundamental. Y es que yo, al hablarles a ustedes de que el amor transformaría al mundo, me equivocaba. Me equivocaba funestamente. Porque el amor jamás llegará a ser. El amor no puede transformar el mundo. El amor no puede crear. Hace mil novecientos años oyó el mundo la más sublime palabra de amor. La elocuencia de esa voz es tal, que ninguna la ha superado ni ha de superarla nunca. Y si esa voz nada logró, ¿qué hemos de lograr nosotros? Si esa voz no ha sido comprendida por los hombres, no obstante su prestigio, quiere decir que los hombres no comprenderán nunca ninguna voz que hable de amor. Es preciso entonces predicar el odio. Sí, el odio. Predicar el amor es ser cómplice de la iniquidad. Predicar el amor es trabajar para que todo siga como ahora, esperando el advenimiento de lo que jamás vendrá. El amor es una cosa casi siempre pasiva, inerte. El odio es acción. El odio nos dará la fuerza y por la fuerza llegaremos a implantar el amor. Esto hay que hacer. Por el odio alcanzar el amor. Por la violencia, que es el instrumento del odio, imponer la paz, la fraternidad, la justicia. Por otra parte, al usar el odio y la violencia, nosotros, los de abajo y los que como yo estamos con ustedes, no haríamos sino emplear los procedimientos que ellos emplean. Ellos, los de arriba, nos desprecian, nos odian. Ellos emplean la violencia en todos los momentos de su vida. Ellos han organizado el odio y la violencia. Ejercen la fuerza no sólo ocultamente sino visiblemente. Yo he visto cómo ejercen violencia sobre las vidas y la salud, imponiendo a otros hombres trabajos monstruosos e infamantes. Yo sé cómo ejercen violencia sobre los espíritus, condenándolos a una eterna ignorancia. Yo sé cómo ejercen violencia sobre las mujeres, sobre las almas y los cuerpos femeninos. Aun los que vienen con palabras buenas nos odian y sólo quieren que continúe nuestra esclavitud. No, mis amigos: el amor nunca vendría a liberarnos. ¿Oiría la voz del amor el accionista inglés que cobra enormes dividendos por su parte en los ferrocarriles, en las grandes tiendas, en los frigoríficos argentinos? ¿Oirían la voz del amor, la verdadera voz del amor, esos propietarios de conventillos, que arrojan a la calle a mujeres y niños enfermos? No, nunca. Toda esa gente no quiere entender más lenguaje que el de los cheques y los billetes de Banco. Pero hay otro lenguaje que pueden comprender, aunque no quieran comprenderlo: el lenguaje de nuestra violencia.

Los discípulos escuchaban inmóviles, bajo una intensa emoción. Algunos parecían sufrir. Otros miraban a su maestro con piedad dolorosa. Otros, sin duda, recordaban. Era evidente que más de uno apenas comprendía, que la inteligencia de casi todos ellos buscaba una relación entre el pasado y aquellas palabras. Habían sufrido la vida entera, habían vivido siempre miserablemente, habían conocido ayer no más el hambre; pero los años les habituaron a su existencia triste.

Hubo un instante de silencio. Nadie se movía. Nadie, ni Monsalvat, se hubiera atrevido a hablar. Algo de grande, de augusto, estaba allí, entre aquellos hombres, como una cosa visible. Y todos miraban eso que allí estaba. Y eso estaba en todas partes. Estaba adentro de cada uno, en los ojos del compañero, en el eco de campana remota y misteriosa con que seguían sonando las palabras del maestro, en el rostro doloroso de Monsalvat, en la quietud profunda, en el latir recio de los corazones.

El silencio continuó aún. Uno quiso hablar, pero miró a los otros y calló. Monsalvat también quiso hablar, pero miró a sus discípulos y nada dijo. Continuó todavía el silencio... Al fin, comprendieron todos que estaban de más las palabras y se levantaron al mismo tiempo. Uno por uno dieron la mano a Monsalvat. Nunca el maestro sintió las manos más cálidas, más vibrantes, más vigorosas. Algunos tenían lágrimas en los ojos. No se sabía si estaban contentos o si estaban tristes.

Cuando se retiraron sus discípulos, Monsalvat tuvo la sensación de haber realizado una obra de justicia y de haber dado un paso hacia la transformación del mundo. Sentimental e imaginativo, sin el sentido de la realidad, creía en la eficacia de las fórmulas abstractas y de las vaguedades que predicaba. En su ardoroso anhelo de reformar el mundo había algo de misticismo, y faltaban las fórmulas concretas, los métodos de acción, la creencia de que era necesaria una disciplina. En su exaltación un tanto individualista y lírica, imaginaba que mediante los justos y lógicos sentimientos de rebeldía como los que predicara aquella noche, y sólo mediante ellos, pudiera llegar a organizarse una sociedad mejor.

Al día siguiente, Monsalvat fué llamado por la policía. No se inquietó, pero supuso que le hubiera denunciado el espía. Le condujeron a la oficina del jefe, un militarote despótico y poseur, que adoptaba aires de Bonaparte y tenía el rostro afilado y seco. Monsalvat le conocía. El jefe le trató con superioridad.

—Malos consejos, amigo—decía el militar, paseándose lentamente, con la mano a la espalda y aumentando la natural rigidez de su esquelética figura.—Ideas disolventes... Incomprensible que un hombre de su situación conspire contra las instituciones, contra la patria. Como si todo no estuviese perfectamente organizado. Como si cualquiera no pudiese hacerse rico en este país. Ideas sacadas de cuatro libros infames, perniciosos. Cosas de esa Europa vieja y podrida, principios sin aplicación en esta tierra generosa, donde nadie tiene hambre, donde nadie podrá quejarse de injusticias...

Monsalvat, que observaba tercamente el artesonado, se estremeció. Miró al jefe con azoramiento. Imaginó que se burlaba. Pero advirtió su seriedad, su convicción. Monsalvat, entonces, recordó haber oído eso mismo mil veces, diez mil veces, un millón de veces. Y lo que era peor, recordó haber escrito él mismo esas palabras, exactamente esas palabras, esas mentirosas y cobardes palabras que sólo parecían un pretexto para seguir engañando, explotando, robando y asesinando, para justificar todas las ignominias que ejecutaban en este país los hombres de presa, el infinito y poderoso mundo de los hombres de presa.

No era probable que Monsalvat escuchase ni contestase a aquel hombre. El mismo jefe lo comprendió así, y terminó la entrevista. Antes de despedir a Monsalvat le hizo leer una ley social que aún regía. Monsalvat la repasó en una ojeada y se fué, saludando al jefe con una simple inclinación de cabeza.

Este incidente, en apariencia fútil, entristeció a Monsalvat. Quedóse pensando en lo que había llegado a ser, recordando todo el último año de su vida.

En aquel cuarto de la policía, en la actitud del jefe para con él, en el mero hecho de ser llamado, había comprendido todo lo que perdió, había visto todo lo que fué y todo lo que había dejado de ser. Antes, tuvo posición, dinero, prestigio, amigos. Ahora nada tenía. Ahora era un pobre diablo a quien la policía lo llamaba y lo amenazaba. Y todo, ¿para qué? En un año, ¿qué había remediado? Sacó del fango a tres o cuatro mujeres, enseñó a leer a varios hombres, pero todo esto, ¿qué representaba dentro del océano infinito del sufrimiento y de la ignorancia de los hombres? Monsalvat era fuerte, fuerte en su convicción y en su fuerza moral, fuerte en su amor del Bien y en su ternura y en su piedad: pero ahora dudaba. Conocía ya la infinita amargura de la tentación. En un instante de debilidad moral hasta pensó en abandonarlo todo y volver a su mundo, a su posición de otro tiempo. Una tristeza, vasta como el universo, le enfriaba el corazón, el alma, la cabeza. Sentíase en medio de un páramo horrible, lejos de todos, olvidado de todos. Sentíase espantosamente solo, en medio de la lúgubre y helada soledad del mundo. Y este hombre bueno, que había buscado aquella vida por el bien de los demás, que todo lo había dado por los otros, que se había entregado a su obra con alegría, con fe, con inaudito valor físico y moral, acabó por llorar... Lloró por él mismo, por su propia vida, por el fracaso de su existencia entera, ahora y para siempre. Lloró Monsalvat... Pero él aún no sabía que los hombres más fuertes desfallecen y que esas tristezas y esas breves lágrimas no son sino un descanso, un alto que hace crecer las fuerzas para seguir la jornada.