XIX

Aquella misma tarde, mientras Monsalvat sufría de incertidumbre, Nacha iba hacia Belgrano, donde vivía Julieta.

Desesperada, atormentada por la angustia, parecíale eterna la marcha lenta del tranvía. Sus nervios se exaltaban a cada detención. Miraba con odio a las mujeres que tardaban en bajar o subir, que tardaban siglos, causándole un sufrimiento atroz. Dos o tres hombres que estaban próximos a ella pretendieron flirtear, pero Nacha les clavó unos ojos tan duros y despreciativos que los sujetos, avergonzados, no insistieron. A la media hora del viaje compró un diario. Pero no pudo leer. No entendía nada. Hizo esfuerzos inauditos para concentrar su atención en la crónica de policía. Lograba leer dos líneas, un párrafo y luego su imaginación saltaba a otras cosas. Después se daba cuenta de que no leía, y nuevamente empezaba, siempre con idéntico resultado. Por fin estrujó el diario y lo aplastó con sus pies.

El tranvía marchaba ahora por calles solitarias y con mayor velocidad. Bajaron dos muchachas obreras y detrás de ellas se descolgó un individuo de mirada ansiosa, que sin duda las creyó buena presa. Al lado de Nacha un hombre leía una revista ilustrada y poco a poco, maquiavélicamente, trataba de poner su pierna en contacto con la de su vecina. A Nacha le distrajo un instante la pueril maniobra del conquistador, pero acabó por arrinconarse y apelotonarse en su sitio, huyendo de aquella estupidez.

Al cabo de una hora, Nacha llegó por fin a Belgrano. Bajó del tranvía y se hundió en la sombra silenciosa de las calles arboladas. Iba casi corriendo. Pasaban los chalets elegantes, con jardines y magníficos árboles, respirando una vida de paz y comodidades. En algunas calles los árboles formaban techo. De los parques y jardines salía el delicioso olor de las flores. Nada, fuera de los pasos de uno que otro transeúnte, interrumpía el silencio del barrio. Todo estaba penetrado de dulzura y de calma. Pero no para Nacha. Aquel dolor y aquel terror que la empujaban impedíanle ver y sentir.

Julieta trabajaba en Belgrano, en una tienda de la calle Cabildo. Ganaba muy poco, casi como Nacha. En cambio sus gastos eran insignificantes, pues vivía en casa de una familia amiga, que le cobraba una miseria por darle un cuarto y la comida. Las gentes de la casa eran de su pueblo; unos infelices, tanto el marido como la mujer. Julieta los encontró por casualidad, cuando buscaba pensión. Antes de quedarse, les refirió honestamente su vida y sus propósitos de regeneración. No quería engañarlos, decía ella. La mujer vaciló un poco, pero el marido, un socialista militante, afirmó declamatoriamente y con grandes gestos y frases oratorias, que allí no se tenían prejuicios y que él consideraba hasta un deber contribuir a la regeneración moral de cualquiera que la necesitase.

Cuando Nacha llegó a la casita, Julieta no estaba. Quedó hablando con el matrimonio, mientras un enjambre de chicos la rodeaba. El buen hombre le hacía mil preguntas, distrayéndola un tanto de sus cavilaciones. Nacha intentaba atenderle, seguir la conversación; pero no podía. A cada rato se quedaba con la mirada perdida, inmóvil, la expresión contraída. Más de una vez abrió los ojos enormemente, como con pánico.

Por fin apareció Julieta. Entraron en su cuarto.

—¿Pero qué es esto? ¿A esta hora?—exclamaba Julieta con inquietud.—¿Te pasa algo? Vení, contáme todo...

Se sentaron al borde de la cama.

—Vengo huyendo...—dijo Nacha, con una voz vacilante y poniendo sobre el brazo de su amiga su mano que temblaba.

—¿Huyendo...? ¿De quién?

—No sé... Huyendo de Monsalvat, de Arnedo, de aquel hombre perverso de la casa... Huyendo de mí misma. Tengo miedo de mí, Julieta. ¡Si vieras qué presentimientos! Te aseguro que todo está negro para mí, que todo está lleno de horrores, de crímenes, de... ¡qué sé yo!

—¿Presentimientos?

—Sí, presentimientos. Adivino que va a pasar algo, algo grave, tal vez terrible para mí. Julieta, Julieta, escucháme... Tengo el presentimiento de...

No podía continuar. Temblaba toda entera. Sus ojos se habían agrandado de terror. Julieta le decía que no hablara más y la acariciaba como una dulce hermana.

—No, no... Necesito decirte. Tenés que saberlo, Julieta. Tenés que saber que este presentimiento mío, que me enloquece, que me desespera... es el de que voy a perderme otra vez...

Julieta le pidió detalles. Ayudada por su amiga, Nacha refirió sus temores.

Arnedo la perseguía. Rondaba la tienda, la había esperado a la entrada y a la salida, le habló una vez. Pretendía llevársela con él. Era caprichoso, terco, vanidoso, malo, sin escrúpulos. Siempre consiguió cuanto quiso. ¿Qué podría ella, una pobre mujer débil, contra aquella voluntad poderosa? ¿Qué podría ella, que sentía hacia ese hombre una atracción inexplicable? No lo quería, no. Lo odiaba. Fué malo, brutal, desdeñoso para con ella. Sin embargo, jamás lo hubiera dejado, y ahora... ahora se iría con él si él insistía demasiado. Y esto era lo que la aterrorizaba: irse con Arnedo, perder todos sus esfuerzos para ser buena; hacer sufrir a Monsalvat, a ese hombre que la adoraba y había dejado todo por ella; ponerse, otra vez, en el camino de la infamia.

—Pero Nacha... Es preciso luchar. Parecías salvada, y me salvaste a mí. ¿Por qué has de perderte si no querés?

—Será mi destino... ¡Siempre dije que mi destino era ser mujer de la vida! Cada vez que quise entrar en el buen camino la fatalidad me sacó de allí y me perdió. Ahora me parece imposible que yo pueda ser honrada. Todo está contra mí. Ya ves en la tienda... ¡Qué vida aquella!

—¿Y por qué no se lo decís todo a él, a Monsalvat? Te adora, lo arreglará en seguida. Estoy segura de que él puede más que Arnedo. Que lo haga poner preso. Váyanse de esa casa...

—¡Es que no sabés, Julieta! Ese hombre malo de la casa, ese Mauli, sabe mi vida. La ha contado a toda la casa. Por eso me desprecian. Se ríen de mí, me insultan. El encargado me ha dicho una palabra que yo he merecido antes. ¡Y si supieras! Ese Mauli es de la policía, según dicen. Es un espía. Y hoy, al salir de la tienda, lo he visto hablando con el Pampa. Me quedé helada, muerta, en medio de la vereda. Ellos se escondieron. Parecían muy amigos. ¡Quién sabe qué estarían tramando contra mí! He pensado una infinidad de cosas horribles. No hubiera podido irme a casa. Por eso he venido aquí. Quiero estar lejos de esos hombres, de Monsalvat, de mí misma, de todos mis temores. Tengo miedo que pase algo, hoy, mañana, no sé cuándo...

Julieta insistió en que Monsalvat debía saberlo todo.

—No, no es posible. ¿Cómo voy a decirle que soy capaz de irme con el Pampa?

—¿Pero no lo querés a Monsalvat? No te entiendo, Nacha. Antes lo adorabas. Toda la vida hablaste de él con admiración, con fanatismo... Y ahora...

—Ahora lo quiero más que nunca. Lo he visto grande, bueno, perfecto. A mi padre no lo querría más. A Dios mismo no podía quererlo tanto. Pero es amor de hija, de hermana, de amiga, ¡qué sé yo! Ha querido hasta casarse conmigo...

—¿Y por qué no aceptaste, Nacha?

—Por eso: porque lo quiero demasiado. Ha perdido todo por mí. Su posición, su fortuna, sus amistades, su salud. Y yo no puedo consentir en que esto siga así. Él debe volver al mundo, a su mundo, y dejarme a mí entre los de abajo. Una muchacha de la vida como he sido, no tengo derecho a casarme con él, a anularlo para siempre. Si él fué generoso conmigo, yo también quiero ser generosa con él. Si él se ha sacrificado por mí y su sacrificio ha sido inútil, yo debo devolvérselo, obligarlo a que deje una vida sin...

—¿Inútil, Nacha? ¿No somos honradas nosotras? Él te ha cambiado en una mujer honesta, y yo creo que éste es el bien más grande que una puede querer.

Nacha quedó en silencio. Luego se acercó a Julieta y casi al oído le susurró estas palabras, lenta y dolorosamente:

—Seré honesta, sí, pero no soy feliz. Sufro más que nunca. La desgracia me persigue. Mi destino no debe ser esta vida, porque si lo fuese yo estaría contenta y tranquila.

Julieta no quiso continuar con el tema. Y volvió a decir que era necesario enterarle de todo a Monsalvat. Trató de convencer a su amiga y la convenció. Quedaron en que irían juntas a casa de Nacha, después de comer allí rápidamente. Hablarían con Monsalvat, y Julieta aquella noche se quedaría a dormir con Nacha.

Monsalvat, mientras tanto, esperaba ansiosamente la aparición de su amiga. Había llegado de la Policía, y al no encontrar a Nacha en su cuarto se alarmó. Una vecina le dijo que tal vez anduviera buscando casa, porque el encargado "la había puesto en la calle". Monsalvat encontró al encargado allí cerca, en el patio. Hablaron. Era ya de noche. De los cuartos salían olor a comida, arrorrós de una madre que hacía dormir a su hijo, lloriqueos de chicuelos, el bordoneo de una guitarra, las voces de dos viejos que discutían en genovés.

Monsalvat exigía explicaciones al encargado. El sujeto, hasta entonces, fué humilde y adulón para con Monsalvat. Pero ahora, al saber que la policía le llamaba al orden, pretendía imponérsele. Comenzó a acudir público. El encargado no abandonaba sus modos untuosos, y mostraba una actitud de víctima, que parecía justificada por las palabras enérgicas de Monsalvat.

—Señor mío... puede gritar si quiere, insultarme, hasta pegarme. Comprendo que soy un pobre hombre, un hombre modesto, un infeliz. Pero yo... debo obedecer. Y la señora, la respetable dueña de esta casa, una verdadera matrona... aunque el señor lo dude... una persona que es la virtud personificada, no permite en sus propiedades ni... gentes de ideas peligrosas... ni menos... mujeres como ésa...

Al oir el insulto a Nacha, Monsalvat perdió el resto de serenidad que podía quedarle. Apretó los puños, como aprontándose para saltar sobre el hombre.

—Así es que le ruego... señor mío... que nos abandone. Lamentaremos perder su honorable compañía... sí... ¡qué se ha de hacer! Y en cuanto a esa... señorita... le diré, con perdón de las modestas señoras que me escuchan, que no deseamos aquí busconas, es decir...

El coro, ya numeroso, rió a carcajadas. Monsalvat, exasperado, agarró del saco al hombre y le dijo con una voz que temblaba:

—¡Miserable, ya tendrá su castigo...!

Monsalvat no había terminado la frase cuando miró a su izquierda. Quedó rígido. La cara de Mauli, que le miraba sonriendo perversamente, allí, junto a él, le reveló su nulidad y su impotencia. Aquel hombre siniestro era la autoridad, la ley, la fuerza, la razón. Aquel residuo de calabozo era el orden social. Aquel montón de estiércol era el sostén de las instituciones. ¡Era su enemigo hasta entonces oculto y ahora visible, el enemigo de él, que allí representaba la justicia verdadera y la bondad humana!

Ante la palabra de Monsalvat, el encargado no reaccionó. Pareció hacerse más humilde, más poquita cosa. Pero sonreía, con una apenas perceptible sonrisa de infinita perfidia e hipocresía. Con los ojos bajos, y la voz llena de mansedumbre, susurró:

—El señor me ofende... pero yo acepto sus ofensas en castigo de mis culpas. Dios me premiará mi humildad. En cambio, yo no ofenderé al señor. Al contrario, si no se opone, influiré con la respetable señora propietaria para que... para que le pongan al señor un traje muy bonito, le rapen la cabeza y le den unas duchitas frías...

La gente festejó con explosivas risotadas la alusión al manicomio que hacía el encargado. Estimulado por el éxito, el hombre continuó:

—Y a la señorita... digo mal, perdón humildemente, señor mío,... a la princesa del cuarto número veintidós... yo la obsequiaría con... con...

Monsalvat le había vuelto las espaldas hacía rato y trataba de abrirse paso para salir, pero la gente se lo impedía, obligándole perversamente a escuchar aquellas inepcias.

—¿Qué? ¿Qué le daría?—gritaban las mujeres, deschavetadas en carcajadas grotescas.

—Pues le daría... ¡perdón por la palabra!... ¡una libreta!

Rió aquella gente con grosería y brutalidad. Algunos aplaudieron. A Monsalvat, que se abría camino a codazos, le arrojaban al rostro la infame alegría. Al encargado le palmeaban, le pinchaban en el vientre, le hacían repetir sus gracias. Monsalvat, lentamente, seguido de aquellos hombres y aquellas mujeres, iba remolcando su dolor. No oía, no veía, no sentía nada. Si en algún momento su cariño a Nacha le ordenó la violencia, en seguida comprendió que con ello se perdería para siempre, que perdería a su amiga. No, jamás la dejaría sola, abandonada a la maldad trágica de los hombres. A la maldad de los ricos y a la maldad de los pobres. Y seguía su calvario, latigueado por las palabras soeces, por las risas, por las miradas de satisfecha venganza.

Monsalvat, ya en su cuarto, pensó en aquella humanidad. ¡Ah, ahora comprendía la inutilidad de sus ideales, la inutilidad de su obra! Nada podía hacerse, nada, desesperadamente nada, mientras los hombres fuesen malos. ¿Pero quién tenía la culpa de todo aquello? La tenía la sociedad, la tenían los bienhallados. Ellos dejaban a las pobres gentes en la ignominia de su maldad natural. De su maldad natural, no. De su maldad adquirida, de su maldad que provenía del hambre, de la pobreza, de la desigualdad, de la falta de higiene, de las enfermedades. Monsalvat pensaba en aquéllos que le ofendieron, que todavía seguían riéndose bajo su ventana, y les absolvía, considerándolos como simples víctimas.

Llamaron a su puerta. Eran Julieta y Nacha.

Nadie las vió entrar, sino Mauli. El sujeto estaba en la vereda. Intentó disimular su presencia, pero apenas ellas pasaron el zaguán y subieron la escalera, corrió a hablar con el encargado. Los dos hombres, en puntas de pie, llegaron hasta el cuarto de Monsalvat y miraron y trataron de oir por el ojo de la llave. Vieron a Nacha sollozando, vieron que Monsalvat se ponía triste. Pero no sintieron compasión ninguna. Y se alejaron, al notar que las muchachas se despedían.

Monsalvat al quedarse solo, se resistió a creer cuanto había oído. ¿Era posible que Nacha no le quisiera ahora? ¿Que pudiera irse con Arnedo, sobre todo odiándolo, como aseguraba? Monsalvat en algún momento imaginó haber soñado. Durante toda la noche, tuvo a su lado como una compañera inseparable, a la Desesperación. Sus manos sintieron las manos heladas de la amiga invisible, oyeron sus oídos sus palabras fatales, sus labios se estremecieron con sus besos abominables. Durmió la Desesperación en su lecho y fué su amante: una amante trágica, horrible y ardiente.

Poco después de la salida de Julieta y Nacha, Monsalvat había ido a la policía. Él no desconfiaba de Mauli. Por repugnante que fuese el hombre, era empleado policial y no había entonces motivos para temer de él. Así se lo dijo a Nacha, con lo cual logró tranquilizarla un tanto. En la policía prometiéronle que mandarían un agente para vigilar la casa. El agente entró en el conventillo, fué hasta el cuarto de Nacha y le aseguró que vigilaría toda la noche.

A la mañana siguiente, Julieta, que había dormido en el cuarto de Nacha, se fué a su trabajo. Quedaron en que Nacha la llamaría si retornaban sus terrores.

Pero no ocurrió así. Nacha fué a la tienda y volvió casi contenta. El haber declarado a Monsalvat cómo era su cariño hacia él, parecía haberle liberado. Hasta entonces creyó que lo engañaba, que se conducía mal con él. Ahora, ¡qué enorme peso se había sacado de su conciencia! Por otra parte, Monsalvat había comprendido. Cierto que él sufría, pero Nacha esperaba que ahora volviese a su mundo y se olvidara de ella.

Monsalvat no vió a Nacha cuando regresó ella de la tienda. Del ministerio se dirigió a la casa de Torres. El médico llegaba de la calle en ese instante.

—Yo te lo advertí—dijo Torres al oir a Monsalvat, que le contaba la conversación con Nacha.—Nada bueno ibas a sacar de meterte con esas mujeres. Y ahora, ¿eh? son las desilusiones y las amarguras. En fin, has perdido casi un año de tu vida. Pero no es solamente eso. Tu reputación está por el suelo. Tienes que rehabilitarte ante la sociedad, ¿eh?

Monsalvat escuchaba todo esto, profundamente dolorido. No comprendía cómo este amigo, el único que conservara, le ignoraba tan absolutamente. Él había ido a confiar su angustioso sufrimiento al solo ser de su condición que aceptaría escucharle, y he aquí que sus palabras eran mal interpretadas. Consideró inútil explicar, y, sin dar la mano a Torres, salió de aquella casa, abatido y enfermo. Ya no esperaba nada de nadie. La vida pesaba demasiado para él. Ni ilusiones, ni esperanzas. ¡Oh abismos de la soledad! Todo perdido, irremediablemente perdido.

No quiso volver a su casa. Anduvo vagando por las calles, distrayendo sus pensamientos. A la hora de comer entró en una Brasileña y tomó un café con leche. Luego siguió su vagar por las calles, como un sonámbulo, interminablemente, lentamente. Por fin se fué a su casa y se puso a leer. Pero tuvo que dejar la lectura. Trató entonces de escribirle a Nacha una larga carta. Trató de convencerla de que ella le quería, de contagiarle su sentimiento, de mostrarle los días claros y sonrientes que vendrían para ellos si Nacha aceptase su cariño.

Pasó una hora, pasaron dos horas, pasaron tres horas... Monsalvat escribía y rompía, y continuaba escribiendo. Se levantaba, daba unos pasos, volvía a sentarse. Eran las dos. Todo dormía. La calle, silenciosa; el conventillo, silencioso.

Pero no duró mucho tiempo este silencio. De pronto, oyó como si un automóvil se detuviese allí cerca. Luego oyó como que abrían la puerta y como si pasos de hombre cruzaran el patio disimuladamente. Se asomó a la calle y no vió nada. Salió entonces al pequeño corredor sobre el que daba la puerta de su cuarto. Pero el corredor tenía una alta pared que impedía ver. Bajó las escaleras y llegó al patio. No andaba un alma. Todo estaba en silencio. Solamente en el cuarto de Mauli, casi frente al de Nacha, había luz. Supuso que el sujeto habría llegado. Monsalvat volvió a su cuarto. Se acostó. Y por efecto del cansancio, no tardó en dormirse.

Al cabo de unos minutos un ruido extraño le despertó. Parecióle un grito. Pero un grito apagado, ahogado, tal vez un grito lejano. Sin embargo, debió ser allí cerca, en la calle, bajo la puerta. Oyó casi simultáneamente voces de hombres, ruidos de pasos y de un automóvil que se acercaba. Saltó de la cama y se lanzó al balcón.

Debió dar un grito espantoso. Había visto el automóvil detenerse a la puerta, y cuatro hombres que llevaban una mujer y la metían dentro del carruaje. Y vió el coche que huía, la mujer que gesticulaba y los vecinos que se asomaban a las ventanas. Y él seguía gritando, como un loco, en la impavidez de la noche. Y se arrojó escalera abajo, y salió a la calle, mientras el automóvil huía a todo escape y doblaba en la primera esquina.