V

—¿Quién es usted? ¿Qué quiere conmigo?—preguntó Nacha, pasado el primer momento de asombro y al ver a su visitante silencioso.

—¿Quién soy? Un hombre cualquiera, que la ha visto sufrir y que se interesa por sus desgracias.

—Pero señor... Debió comprender que no deseaba volver a verlo. No puedo recibirlo. Me hace un mal viniendo aquí. Me expone a un disgusto serio, tal vez a perder mi situación.

—Su situación es lo que usted más detesta...

—¿Cómo sabe? No es cierto. Aquí vivo tranquila, tengo casa, soy libre...

La mirada del hombre la hizo interrumpirse. Callaron. El visitante no apartaba sus ojos de Nacha. Ella veía que él intentaba hablar, pero evidentemente no se atrevía. Por fin, emocionado, y con una voz dulce y triste, empezó:

—Nacha... sé que así es su nombre... no me ha dicho la verdad. Ni vive tranquila, ni es libre. Usted sufre. Anoche he comprendido hasta qué punto sufre. Desde que la he visto he sentido por usted una profunda lástima...

—¿Ah, sí?—exclamó Nacha, riendo falsamente.

Estaba resuelta a no continuar aquella conversación. En aquel instante se encontraba molesta ante ese hombre que se había entrado en la casa, que la estaba comprometiendo y que todavía se permitía declararle que sentía lástima de ella.

—Sí, una profunda lástima—repitió él, que no se dió por aludido al verla reir.

—¡Qué bueno! ¿Sabe que es un tipo notable?—dijo Nacha, riendo siempre forzadamente.

—¡Vida dolorosa la suya!—continuó el visitante, como si hablara solo y no hubiese oído las palabras de Nacha.—Vive en la humillación, en el sufrimiento, en el terror constante de lo que vendrá. Eso no es vivir, Nacha.

—¿Será morir, entonces? ¿Sabe que me divierte? ¡Lástima que deba irse en seguida! Porque si el Pampa lo encuentra... ¡Ojalá viniera pronto!

Estaban aún de pie, en medio del cuarto. El visitante oía con tristeza a Nacha, que desahogaba su nerviosidad en palabras y palabras, precipitadamente, mezclándolas con un incesante reir simulado y con incoherentes movimientos de las manos y de los brazos.

—¿Se ha creído que yo me interesaba por usted...? ¡Qué gracioso! No se haga ilusiones. ¡Da risa pensar! Porque usted está loco. Solamente un loco hace estas cosas... Además, yo lo quiero al Pampa. ¡Ahí tiene lo que somos las mujeres! Me trata mal, me desprecia, me pega... Y bueno: yo no he de abandonarlo por cualquier monigote que se presente...

El hombre, por toda respuesta, le tomó una mano y la condujo hasta el sofá. La hizo sentar. Y con la misma voz de dulzura, de sinceridad y de afecto que hacía unos instantes, le habló así:

—Si usted, Nacha, no se rebela contra ese hombre, es porque teme una vida peor. Sufre intensamente sólo de pensar que mañana, el día en que la abandone, tendrá que andar de mano en mano.

—Eso no. ¿Con qué derecho me insulta? Yo soy una mujer honrada, ¿sabe? Honradísima.

Y encontrando, sin duda, cómicas sus palabras, se echó a reir de pronto. Parecía que en aquella risa mala mostraba Nacha un gran desprecio de sí misma y a la vez el orgullo de vivir como vivía. Su interlocutor la compadecía cada vez más.

—¿Por qué es así, Nacha?

—¿Cómo?—exclamó ella, sin cesar de reir.

—¡Quiere aparentar lo que no es! Quiere parecer mala y es buena.

Nacha, bruscamente, se puso seria. Bajó los ojos al suelo y así estuvo unos segundos. No se movía. Revelaba una honda preocupación. Al cabo levantó los ojos, y con lentitud, serenamente, miró al desconocido. Le miró hasta el fondo de los ojos y quedó asombrada de la limpidez y de la paz que había en ellos. Bajó los suyos otra vez, y otra vez volvió a levantarlos hacia él. Al cabo de un largo silencio, con voz suave y triste, hablando lentamente, le preguntó:

—¿Quién es usted? Dígame cómo se llama...

Él le dijo quién era.

—Fernando... Monsalvat...—repitió ella, como si quisiera grabarse este nombre.

Y agregó, con una dulce sonrisa y con acento suave:

—¿Por qué ha venido a esta casa? ¿No es para traerme ningún mal?

—Es para traerle bien, amiga mía.

La muchacha volvió a sonreir y de nuevo bajó los ojos para mirar en seguida a Monsalvat.

—Amiga mía... ¡Qué lindas palabras! ¿De veras, sería mi amigo? ¿Amigo del corazón? ¡No sabe el bien que me hace, hablándome así! ¡No sabe el bien que me hace diciéndome que no soy mala! Pero sí, soy mala. Solamente que hago todo lo posible para que me crean peor.

Bajó aún más la voz, y, un poco avergonzada de sus palabras, dijo:

—Las mujeres de la vida tenemos necesidad de aparentar otra cosa. Parece que así nos olvidamos mejor... Parece que así fuésemos otras mujeres. Yo hasta creo que puedo no culpar a la de antes, de lo que hace la desgraciada que soy ahora...

Quedó en silencio, profundamente pensativa.

—¿Por qué tanto empeño en olvidar?—preguntó Monsalvat.—¿No sería mejor recordar, ya que para ustedes el presente es tan triste?

—¿Triste? No, no es triste. Con el criterio del mundo, puede ser; pero en la realidad, no. El presente es para nosotras peor que triste: es vacío, es inconsciente. Vivimos en el aturdimiento, vivimos casi... sin saber que vivimos...

—Pero recordar el buen pasado, soñar... ¿por qué no?

—¿Recordar?—preguntó ella con una expresión tristemente dolorida, como si un mundo de viejos sufrimientos se hubiese agolpado a su imaginación.—¿Para qué recordar? ¿Para sufrir?

—Sí, amiga mía: para sufrir. Si ustedes no sufrieran, serían criaturas odiosas. Si son dignas de simpatía y de piedad, es porque sufren. Por eso, ustedes deben desear, buscar, bendecir el dolor...

Nacha se llevó las manos a la cara. Monsalvat, en medio de la pena y de la compasión que experimentaba, púsose contento. Aquel dolor de Nacha significaba para él una esperanza.

—Pero no—exclamó Nacha, de pronto, exaltándose otra vez.—Nosotras no tenemos el derecho de sufrir.

—No hay derecho más respetable para el ser humano.

—¿Pero no ve que debemos estar siempre alegres, bailar, reir, dar caricias? ¿Cómo podríamos ser mujeres de placer si sufriéramos? Dejándonos dominar por el dolor, nos volveríamos antipáticas, porque en nuestro oficio no ser expansivas y alegres, no estar dispuestas para las bromas o las caricias, es ser odiosas, es como si robáramos el dinero que se nos paga.

Una sonrisa de amargura apareció entre sus labios. Monsalvat la escuchaba doblado, con un codo en la rodilla y la mano en el mentón, mirándola fijamente, como si quisiera beberle el alma.

—Nosotras necesitamos hacernos otro modo de ser—continuó Nacha.—Necesitamos cambiarnos el carácter como nos cambiamos el nombre. ¿Acaso nos mudamos nombre por vergüenza o por temor de nuestra familia? No, no es eso. Nos ponemos otro nombre porque así nos parece que no somos nosotras... Es como en el carnaval. Usted se disfraza y hace y dice cuantos disparates se le ocurren. ¿Y se avergüenza después? No, porque le parece, una vez quitado el disfraz, que no era usted mismo...

Después de un breve silencio, Monsalvat preguntó:

—¿Y anoche? ¿Por qué esa tristeza suya?

Por su conversación con Torres, él sabía cuál era el motivo. Sin embargo, esperó la respuesta con ansiedad.

—Ahí tiene las consecuencias de sufrir. No se va al cabaret para estar triste y para llorar como una sonsa. El Pampa tenía razón en su enojo. Pero yo, ¿qué iba a hacer? Estaba llena de dolor... Un verdadero amigo de otro tiempo, el único hombre que he querido de veras, se estaba muriendo. Hoy es un día de tristezas para mí. ¡Suerte que estoy sola! Así podré recordar muchas cosas lindas. Hoy puedo darme el placer de sufrir...

Al oir estas palabras, Monsalvat se estremeció. Se sentía feliz de que Nacha sufriese, pero al mismo tiempo aquel amor hacia el bohemio le infundía una vaga tristeza. Interrumpió a Nacha para decirle que había conocido a Carlos Riga.

—¿Lo conoció? ¿De veras? ¿Dónde, cuándo?

Desde este instante, Nacha consideró a Monsalvat como a un hermano. La extraña simpatía que experimentaba hacia su visitante llegó al colmo. Le tomó una mano y le rogó que le contase todo lo que supiese de Riga. Le miraba con una gran ternura. Los últimos restos de desconfianza habían desaparecido. Ahora le hubiera contado toda su vida, mostrado toda su alma. ¡Haber conocido a Riga! ¿Qué mayor título para alcanzar su amistad?

Hablaron de Riga largamente. Monsalvat refirió que le conociera por Eduardo Itúrbide. Pero no fueron amigos. Monsalvat jamás frecuentó los círculos literarios y bohemios que frecuentaba el poeta. Nacha exaltó las cualidades de su amigo: el alma más bella que hubo nunca, el ser más generoso, el corazón más lleno de bondad. Parecía que se iba emborrachando al acordarse de Riga. Hablaba como aturdida, en un monólogo atropellado, frenético a veces, en frases cortadas. Llegó un momento en que los ojos se le llenaron de lágrimas, en que temblaba, en que una grande emoción la conmovió intensamente.

—Y pensar que esta mujer, que esta mujer miserable que le habla, lo abandonó... ¡A él, el más bueno de los hombres! Y todo por miedo a la pobreza, al hambre... Yo he sufrido mucho, pero mucho, Monsalvat... Sufrí cuando el hombre que me deshonró quiso que evitáramos nacer al hijito que yo llevaba en mi vientre. Mi hijito, que era para mí la única seguridad de la vida, lo único que podía acercarme a mi madre, lo único que podía volverme a la vida honrada... ¡Cómo sufrí! Usted ahora me ve llorando y me tiene lástima, y esto no es nada al lado de la angustia de aquellos días, cuando supe que había tanta maldad en los hombres, tantas miserias en la vida. Padecí entonces horriblemente... Y sin embargo, tampoco eso era nada al lado de lo que sufrí al abandonar a Riga...

La pobre muchacha se puso a llorar con tal ansia que era como si toda la casa temblase con su llanto. Monsalvat, penetrado de un gran dolor, le decía palabras consoladoras. Y él mismo no sabía de dónde sacaba aquellas palabras, pues jamás las oyó ni las pronunció en su vida. El intenso sufrimiento de Nacha le hacía a él un extraño bien.

—Me acuerdo de aquella mañana en que lo dejé. Me acordaré en todos los días que me dé Dios. Vivíamos en un cuarto pobrísimo, oscuro, chico, sin aire, ¡el cuarto más miserable del más miserable conventillo! Ni muebles teníamos... Apenas nos quedaban dos catres, viejos, rotos, sucios... Yo no había dormido esa noche. La pasé llorando, meditando mi plan, imaginando la pena de él cuando no me encontrase...

Se detuvo un momento, porque el llanto la ahogaba. Aspiró el aire con toda la fuerza de sus pulmones, y prosiguió:

—Al amanecer me vestí y arreglé un atadito con las pocas ropas que tenía. Todo fué hecho con calma... con toda la calma imaginable. Quería retardar el momento terrible. Por fin llegó. ¡Iba a dejarlo, a él, que tanto me quería! ¡Cómo me costó resolverme! Lo miré. Dormía profundamente. Me acerqué en puntas de pie, lo besé en la cabeza... No sé lo que pasó por mí en aquel momento. Debí recostarme en la pared, porque el mundo se deshacía para mí. Me faltaba el corazón. Creí que me iba a morir. Allí estuve un largo rato, sin moverme, estupefacta. Cuando tuve fuerzas para apartarme de allí, me senté en mi catre llorando. Debí llorar lo menos una hora. Después comencé a salir. Cada paso me costaba un dolor en el alma. Avancé así, paso a paso, un paso cada siglo, ahogada en llanto, mirándolo siempre a él... ¿Por qué lo dejé? ¿Por qué, Dios mío, cometí esa infamia? Por fin, llegué a la puerta; y cuando creí que nadie de la casa podía verme, eché a correr, eché a correr como una loca, bajé la escalera... no, me arrojé escalera abajo, y cuando estuve en la calle, caí en el umbral y me quedé allí yo no sé cuánto tiempo llorando...

Monsalvat tenía que luchar consigo mismo para no emocionarse.

—Tiene que contarme su vida, toda su vida, desde que dejó la casa de su madre...

Nacha resistió un poco, pero terminó haciéndole la confidencia plena de sus desgracias.

—Yo tenía veinte años, pero era una chica. No sabía otra cosa que pelearme con mi hermana y cambiarme sonrisas y miradas con los pensionistas de mi madre. Uno de ellos, que se llamaba Belisario Ramos, consiguió enamorarme. Yo lo consideré mi novio y no dudaba de que se casaría conmigo. Una mañana se fué de la casa. Convinimos en encontrarnos esa tarde en la plaza del Once. "Para hablar de tantas cosas", me dijo él; "para combinar nuestros planes, ya que ahora nos será difícil vernos." Me hizo subir a un carruaje y me llevó muy lejos, a una casa cerca de la Chacarita. Yo no me imaginaba lo que él había planeado. Intentó la violencia contra mí. Yo me defendí, lloré, le pedí por favor que me dejara. Todo fué inútil. Era fuerte, era hábil y yo estaba enamorada. ¿Qué otra cosa podía suceder si no lo que sucedió? En fin, había pasado mucho tiempo, y yo, afligida por mi madre y mi hermana que me esperarían, quise salir de allí. Me dijo entonces que era demasiado tarde para volver a la casa. Me desesperé, lloré otra vez. Una mujer, dueña de la casa, vino a aconsejarme, a convencerme que me quedara allí con Ramos, que viviéramos juntos... Yo pensé que ante mi madre y toda la gente de la casa, ya estaba deshonrada. ¿Qué iba a decir si volviese? ¿Cómo explicaría semejante tardanza? Me quedé, resignada a todo, deseando que la policía viniese a buscarme y me llevase a casa. Y viví con Ramos, que es el hombre más canalla que hay en el mundo. No trabajaba en nada; el dinero con que comíamos era el que él pedía prestado y no devolvía jamás. A los dos meses quiso explotarme. Llevó al cuarto a algunos estudiantes que tenían dinero, y me dejaba sola con ellos, para que yo los enamorase. ¡Un miserable de la peor especie! Por fin, después de año y medio de la tarde funesta, supe con alegría que iba a ser madre. El canalla pretendía que no dejásemos nacer a nuestro hijito, a ese hijito mío que sería mi única dicha en la vida. Discutimos, me pegó brutalmente. Al último, me abandonó. Yo le escribí a mi madre, y mi madre no quiso oírme. El abandono del padre de mi hijo fué para mí algo monstruoso. No sólo por dejarme así, sino por la crueldad que eso significaba, por la maldad que mostraba aquel hombre. Me desprecié por haberlo querido y tuve una enorme lástima de mí misma. Me enfermé, fuí al hospital, perdí mi hijito, que nació muerto...

Se detuvo, fatigada, sufriente, dominada por la emoción. Monsalvat la contemplaba tan bonita, con su aire bastante distinguido, con su aspecto modesto, realzado ahora por aquel sencillo vestido negro que se había puesto para ir más tarde al cementerio. Monsalvat veía que era muchacha buena y honesta en el fondo, una víctima de la voracidad masculina, del egoísmo, de la injusticia social.

Nacha refirió luego sus esfuerzos para trabajar y vivir honestamente. Entró en una tienda, donde padeció mucho. Como no sabía hacer nada, le dieron la última categoría de las vendedoras. Veinticinco pesos mensuales y once horas de trabajo. Tenía un interés en lo que vendiese; pero como las vendedoras primeras se acaparaban todas las ventas, lo que ella ganaba en tal concepto era una miseria. No tenía, pues, ni para comer. El gerente le hizo el amor, amenazándola con echarla si no se le entregaba. Las compañeras eran casi todas víctimas como ella, pero habían resuelto su situación: tenían amantes que les daban dinero, o frecuentaban las casas de citas. Eran unas perdidas, muchas de aquellas muchachas. No hablaban sino de regalos, de alhajas, de vestidos y de obscenidades. Un día, una de ellas, con la que había hecho gran amistad, le dijo que era inútil querer ser buena y resistir. Todas caían, tarde o temprano, porque ése era el destino de las muchachas pobres, porque así lo querían los ricos. Era una excelente muchacha, trabajadora, buena, todo corazón; le declaró que ella, para sostener a su madre viuda y sus cinco hermanitos, necesitaba acudir dos o tres veces por semana a cierta casa oculta donde iban señores serios.

—Era inevitable que yo me perdiese—continuó Nacha.—¿Qué iba a hacer? Tenía a dos pasos la tentación. Luché algunas semanas, pero las deudas, el hambre, la necesidad de vestirme bien, el lujo que veía a mi alrededor, hasta la creencia absurda de que así me libraba del gerente, contribuyeron a perderme. Y un día, le pedí a mi amiga que me llevara a aquella casa...

Bajó los ojos, avergonzada. Monsalvat le rogó que siguiera, diciéndole que ella no tenía la culpa, que eso debía ocurrir fatalmente. Nacha siguió, refiriendo todo lo que había sufrido durante las primeras veces que acudió a aquella casa.

—¿Y vivió mucho tiempo de ese modo?—preguntó Monsalvat, aprovechando un silencio de su interlocutora.

—Seis meses. Pero un día, sentí tanta repugnancia de semejante vida, que dejé la tienda y no volví más a aquella casa. Trabajé en costuras, fuí corsetera, hice flores artificiales... No tuve suerte. Fuí bajando poco a poco, aceptando cada vez los oficios más modestos. ¡Y siempre llena de deudas! Mientras tanto, no había hombre que no me pretendiese. Por huirles cambié de oficio en más de una ocasión. Les tuve odio, miedo, repugnancia. Por fin, después de varios años de un continuo padecer, vine a caer como camarera en un café-concierto. Allí fué más insoportable la persecución de los hombres, pero ganaba bastante con mi trabajo y tenía un cuartito limpio y decente, con muebles míos. Allí, una noche, después de un año, me encontró Riga...

—¿Y después?

—¿Después que abandoné a Riga? Pues... volví a caer, esta vez para siempre. Viví unos meses con uno, un año con otro, hasta que terminé por entregarme completamente a la vida. En una de esas casas reservadas me encontró Arnedo y me sacó.

Quedaron silenciosos un largo rato. Nacha estaba inmóvil. Tenía los ojos enormemente abiertos. ¿Qué miraba? ¿En qué pensaba? Monsalvat creyó que había llegado el momento trascendental, y dijo:

—Ahora, Nacha, tiene que cambiar de vida...

Ella, sin mudar de posición y sin mirarle, movió dos veces la cabeza, lentamente, de derecha a izquierda.

—¿Cómo? ¿Y su arrepentimiento...?

—Yo no estoy arrepentida—contestó ella pronunciando sílaba por sílaba y mirando a Monsalvat.—No estoy arrepentida porque no he buscado el mal.

—¿Pero no lamenta la vida...?

—Dios sabe que he sufrido espantosamente. ¿Cómo no he de lamentar una vida tan desgraciada?

—Y entonces, ¿por qué no quiere dejarla?

—Quiero, pero no puedo. Mi destino es ser una mala mujer.

Monsalvat sintió en ese instante que el sentimiento de su corazón asomaba a sus labios, pronto a persuadir y a inflamar el corazón de Nacha en el vehemente anhelo del bien. Le tomó las dos manos, que ella, con un débil movimiento de resistencia, intentó negarle.

—Nacha, hay que cambiar de vida inexorablemente. Es preciso que usted sea usted misma, que recupere su personalidad, que viva. Que viva, ¿comprende? Que pueda soñar, amar, recordar... Su alma exige ser libre, y la libraremos de la esclavitud... Piense en todo lo que ha sufrido. Pues todo eso no es nada, absolutamente nada, junto a los padecimientos trágicos que le esperan. La juventud pasará pronto para usted, y un día se encontrará vieja, enferma, fatigada, hecha un harapo humano. La devorará la tuberculosis, le contagiarán males horribles; y si no se vuelve idiota, se quedará paralítica. Pero antes, irá cayendo, cada vez más abajo, más abajo... Llegará un día en que será definitivamente esclava. El traficante que acecha en cada esquina le echará sus garras, y, una vez en la casa triste de las mujeres explotadas, se volverá una simple bestia de placer. Y allí no hay vida verdadera, ni esperanzas, ni porvenir. No hay ni amor, porque no es amor el instinto criminal del compadrito que la maltratará y la robará. Será vendida como un mueble, en subasta. ¿Cuánto vale esta mujer? Tanto. Llévesela, es suya. Y rodará hasta los antros más inmundos para servir de placer a los hombres más abyectos, a los más repugnantes. Después, nadie la querrá por vieja y por fea. Los hombres más asquerosos le tendrán asco, y su esperanza será morir en un hospital, sola, sin una lágrima que la llore, sin una palabra de piedad en su agonía. Nadie sabrá que dejó usted el mundo. Será arrojada en su tumba, como se arroja dentro de la tierra un perro muerto...

—¡No siga, no siga, por amor de Dios! ¡Es espantoso!

—Es la verdad, Nacha. Es lo que le espera si no cambia de vida.

—Sí, sí. Quiero ser otra. Y usted me ayudará, usted, que es tan bueno...

La infeliz criatura lloraba desesperadamente, con sollozos cortados, retorciéndose, echando hacia atrás la cabeza, estirando los brazos y levantándolos como en una trágica imprecación al cielo.

Llamaron a la puerta. Nacha se estremeció, sobresaltada. Se arregló rápidamente para ocultar su llanto y se dirigió a la puerta de la habitación. Era la sirvienta, que traía una carta de Arnedo. Aterrada, no se animaba a abrirla. Se la entregó a Monsalvat, quien la leyó. Arnedo comunicaba que aquella noche iría a comer con cuatro amigos. Nacha tomó el papel y se quedó inmóvil, muda, mirando a lo lejos. Monsalvat le habló, pero ella permanecía en silencio, con el ceño arrugado, sin mirarle. Una expresión trágica parecía esculpida en su rostro. Temblaba toda entera, ligeramente. De pronto, llevándose las manos a la cabeza, exclamó:

—¡No, no, no! ¡No puede ser! ¡Es una locura! Váyase, váyase ahora mismo. No quiero verlo nunca más. He estado loca. ¡Váyase inmediatamente!

Monsalvat la miraba estupefacto, sin saber qué pensar de aquella actitud. Creyó que perdía para siempre a Nacha. Intentó hablar, explicar. Pero era inútil. Ella le señalaba la puerta, implacable, resuelta, con una energía desconocida. Monsalvat tuvo que salir. Y se fué con el corazón destrozado y con la certeza de que una gran catástrofe había caído sobre su vida. Nacha ni siquiera le dijo adiós.

Las dos líneas de Arnedo habían bastado para que Nacha volviese a la realidad, es decir, a lo que ella creía la realidad. Lo que imaginaba una locura, una cosa imposible, era la realidad verdadera. La otra, la que ella vivía, era una realidad fugaz e inconsistente.

En un esfuerzo enérgico abandonó sus lágrimas y sus recuerdos. Se sintió otra vez la Nacha de antes, Lila, la bailarina de tangos y la mala mujer de la vida. Desechó por un instante hasta la memoria de Riga.

Pero luego, hacia las cinco, su corazón pudo más que su voluntad. Repentinamente, con desesperación, como con temor de volverse atrás, se puso en un segundo el sombrero, bajó a la calle, se fué en un automóvil al cementerio.

Llegó en el momento de los discursos. Se situó lejos del lugar, disimulando para no ser notada. Vió con infinita tristeza que apenas veinte personas habían ido a despedir al poeta. Cuando todos partieron, se acercó al nicho donde fuera colocado el cadáver de su amigo. Con el pañuelo en los ojos permaneció allí largo rato. En su inmovilidad, su humilde traje negro, su llanto silencioso, su actitud de sufrimiento, parecía una imagen del Dolor. La tarde estaba oscura. Lloviznaba y hacía frío. Cuando arreció la lluvia, Nacha se apartó de allí lentamente y volvió a su casa.