VI
Monsalvat no se explicaba cómo, después de los acontecimientos de la noche anterior y de aquella tarde, podía encontrarse en el palacete de Ruiz de Castro, comiendo en compañía de personas mundanas. Parecíale que se traicionaba a sí mismo, que no era fiel a su transformación espiritual. ¡Y qué abismo entre la vida dolorosa de Nacha y la vida feliz de las lindas mujeres que le rodeaban! ¡Y qué abismo entre su diálogo atormentado, trágico, sufriente con la pobre muchacha y las conversaciones, elegantes y risueñas, que burbujeaban en aquella mesa aristocrática!
Era curioso que el contacto con la realidad le hubiese hecho olvidar sus sensaciones pasadas. Sólo tenía en este instante una vaga idea de cuanto sufriera y de cuanto le aconteciera. Pensaba haber vivido horas de exaltación, tal vez de alucinante delirio. Pensaba haber vivido horas de obsesión, dominado por un poder extraño, sin advertir la existencia de las cosas que le circundaban, ajeno en absoluto a lo que no fuesen sus preocupaciones.
Había salido de la casa de Nacha en un estado que no podía definir, y en el que se mezclaban la excitación, la desesperación, el sufrimiento, la lástima de Nacha y de sí mismo, y el fastidio contra sí mismo. Anduvo vagando por las calles hasta que, un poco tranquilizado, acudió al Ministerio para informarse del empleo que le ofrecieron y buscar distracción. Allí encontró a Ruiz de Castro, que le invitara hacía días para una comida en su casa y que le exigió su presencia. No se negó. ¿Por qué negarse? ¿Iba acaso a abandonar la sociedad para siempre? Y ahora estaba allí, rodeado de mujeres elegantes y de hombres de mundo.
Ruiz de Castro, ex-condiscípulo de Monsalvat, era un hombre extremadamente amable. Su ocupación principal consistía en hacerse simpático a todos: viejos y niños, hombres y mujeres. Tenía un aire a la vez donjuanesco y algo afeminado, unos grandes y bellos bigotes, un cuerpo erguido. Llevaba altos cuellos, las más ricas corbatas, anillos magníficos. Jamás se le vió con un traje que no pareciese recién llegado de la sastrería, y no dejaba los guantes ni en los más terribles días del verano. Dueño de una pequeña fortuna, se había casado con una viuda millonaria, y daba comidas y pequeñas reuniones, donde congregaba a personas de la más alta sociedad. Abogado, famoso causeur, muy inteligente. Leía mucho, entendía en cosas de arte y considerábase muy por encima de su medio. Sus invitados eran todos hombres de positiva cultura: médicos y abogados prestigiosos, profesores universitarios, políticos de talento, algún literato. Ellos y sus mujeres, amateurs en arte, gustaban hablar de cuadros y esculturas, de música y de versos. Naturalmente, lo argentino para nada se tomaba en cuenta. Aquella noche se discutió sobre Zuloaga, cuyas obras de la Exposición Universal apasionaban a los artistas y a los diletantes; sobre Rodín; sobre la música de Debussy y de Strauss. Las mujeres parecían tener mayor conocimiento y sensibilidad que los hombres. De las diez que allí había, todas elegantes, todas bellas, todas inteligentes—¡eran argentinas!—una escribía con real talento, si bien no publicaba; otra conocía el arte y la literatura de Francia mejor que la mayoría absoluta de los escritores argentinos; y otra, una muchacha, vecina de Monsalvat, había hecho estudios filosóficos, siguiendo en París los cursos de Bergson.
Monsalvat juzgábase un extraño en este ambiente. A algunas de las jóvenes damas no las conoció hasta entonces, si bien tenía relación con los maridos. Su presencia allí era debida al cariño que sentía por él Ruiz de Castro. Su amigo que, como buen argentino, y sobre todo como buen porteño, admiraba ingenuamente el éxito, se habituó desde la Facultad a considerar como un ser excepcional a aquel muchacho que obtenía la más alta clasificación en sus exámenes, que daba en clase eruditas conferencias y que iba a merecer la medalla de oro. Ruiz de Castro, además, veía en su amigo el prototipo de la distinción. Le encantaban los modos absolutamente naturales y sencillos de Monsalvat, su accionar sobrio y elegante, y aquél su deseo de no llamar la atención, ni por el vestir ni por el hablar, cosa que no era en él buscada y que le preocupase en todo momento, sino algo espontáneo y oportuno. Ruiz de Castro fué quien más contribuyó a vincularle en la sociedad. Le obligó a entrar en el Jockey; y le hacía invitar a bailes, seguro de que Monsalvat no haría jamás un mal papel y deseoso de que la sociedad reconociese el valor espiritual y personal de su amigo. Pero Monsalvat amaba demasiado la modestia y tenía un temor del ridículo que llegaba a lo enfermizo. En el horror de "estar mal" o de llamar la atención, callaba sus opiniones, por interesantes que fuesen. Reservado y desconfiado de sí y de los demás, nunca dejaba ver el fondo de su alma. No fué, pues, conocido y apreciado sino de algunos íntimos y de las mujeres que le quisieron. Para éstos era un espíritu profundo, noble, generoso; un ser sin ambiciones, modesto y sencillo; un hombre de vida interior y de muy fuerte cultura. Para los demás, era un individuo gris, monótono, poco interesante.
Los temas de la conversación separaban a Monsalvat de sus compañeros de mesa. Jamás le atrajo el arte, y de literatura conocía muy poco. Había leído enormemente; pero novelas, versos, crítica, sólo por rara excepción. Así es que cuando aquellas mujercitas se extasiaban ditirámbicamente hablando de Chabas o de Loti, él se sentía fuera de lugar y hasta se avergonzaba en su interior.
Monsalvat no pensaba ni quería pensar en nada de lo que le apasionó durante la tarde y la noche antes. La actitud de Nacha, arrojándole de la casa, le había humillado y le había hecho desear la normalidad. Se creía un estúpido, y veía que era inútil pretender regenerar a esas mujeres. Tampoco se acordaba de su hermana ni del Pampa Arnedo, ni de su conversación con Torres. Parecíale que el frac contribuía a hacerle olvidar todo eso y que le revestía de egoísmo y de superficialidad.
En su condición de soltero, uno de los dos únicos en aquella reunión de jóvenes matrimonios, Monsalvat había sido colocado entre las dos únicas "niñas", como se llama absurdamente aquí a las muchachas. La de su derecha, Elsa, era una criatura deliciosa, rubia, virginal, de una frescura adorable. Sus hombros un tanto angélicos dábanle cierto aire ingenuo, de pintura boticceliana, que no estaba de acuerdo con las rosas ardientes de sus mejillas y sus labios. Pero, al revés de las pinturas primitivas, no había en sus líneas nada de anguloso ni de rígido. Las curvas de su cuerpo, la caída de sus hombros, el corte de su cara, la forma de su nariz y de su boca, eran de líneas suaves, tendiendo a la redondez. Al hablar hacíalo con una candidez encantadora. Monsalvat la conoció en París, hacía cinco años. Allí pasó ella largo tiempo y allí se educó. Poco antes de llegar a Buenos Aires había seguido los cursos filosóficos de Bergson. Tenía un singular conocimiento de autores y de libros. Monsalvat, en París, había vivido en el mismo hotel que ella, y una vez que entró en su departamento vió con asombro que la virgen boticceliana leía el Satiricón de Petronio, las novelas de Willy y otros libros igualmente cándidos. Tenía veinticinco años de edad y varios centenares de adoradores. Gustaba enamorar a los hombres. Sus grandes y trasparentes ojos azules, de una belleza extraña, miraban de tal modo que no había un sólo hombre capaz de resistir a su encanto. Les sonreía maliciosamente, les alababa su talento o su distinción y aun su belleza. Escuchaba, sin turbarse ni alterarse, las mayores enormidades, que ella solía provocar. Nunca se comprometía excesivamente de palabra, pues todo cobraba en sus labios un tono candoroso. Se la criticaba mucho. Elsa se azoraba discretamente cuando una crítica llegaba hasta ella, y sonreía para mostrar la poca importancia que concedía a esas cosas. No tenía ilusiones respecto al amor y al matrimonio. Como no sentía el amor, no creía en él. Y el matrimonio le interesaba poco. ¿Qué idea podía tener del matrimonio, ella que veía a todos los maridos, aun los que pasaban por ejemplares, hacerle el amor apenas los provocaba y hasta perder la cabeza y cometer tonterías? Juzgaba el mundo peor de lo que era, al través de las novelas francesas y de las cosas que le contaban algunos amigos, por el placer enfermizo de decírselas a una mujer. Veía en todas partes el instinto, la perversión. Era que ella no había inspirado nunca un sentimiento verdadero y noble, y no lo advertía a su alrededor. Y en cuanto a sus amigas, interesábase tan poco por ellas que jamás les preguntaba sus intimidades sentimentales. Despreciaba en el fondo a las mujeres, y las encontraba infelices cuando hablaban del amor de sus novios o de sus maridos. Ella sabía a qué atenerse, al respecto. En más de una ocasión, después de oir alabar a alguna la fidelidad de su marido, ella buscó hablar aparte con el modelo de fidelidad, y en menos de media hora, previas algunas miradas, Elsa lograba que él le pidiese una cita o por lo menos que quisiera tomarle una mano. Monsalvat había tenido con ella diálogos audaces. Pero ahora, en plena crisis de su conciencia, en pleno despertar de su alma, no hubiera podido, no hubiera materialmente podido, renovar aquellas conversaciones.
La vecina de la izquierda, Isabel, tenía una inteligencia vivaz y carecía de encantos físicos. Aquella noche, sin embargo, estaba realmente agradable. Sabía sacar partido de sus pequeñas ventajas, sobre todo de sus ojos: ágiles, simpáticos, confiados, interrogantes y siempre prontos al azoramiento. Su cara era demasiado larga, su boca demasiado grande. Tenía dientes feos, pero no los ocultaba. Al contrario, como era hábil en el arte de reir—una risa joven, sana, sin malicia, sin maldad—los mostraba a cada rato. Su temperamento y sus ideas se oponían con singular evidencia a los de Elsa. En Isabel dominaba el espíritu tradicional, la antigua familia de remota alcurnia española, el cristianismo, mientras Elsa procedía de las nuevas familias, del espíritu moderno, pagano y cosmopolita, de la actual Buenos Aires. Al contrario de Elsa, Isabel era toda ilusiones y entusiasmo. Discutía con exaltación, apasionadamente. No sospechaba el verdadero espíritu de Elsa, y cuando oía hablar de ella reía, un poco asustada y un poco avergonzada. Juzgaba al mundo muchísimo mejor de lo que era. En su trato con los hombres, sólo se interesaba por los solteros. Pero la idea de casarse ella, le aterraba, la hacía enrojecer. No sospechaba las injusticias del mundo. En todo caso, creía que los pobres debían resignarse. Tenía un respeto supersticioso por los sacerdotes, cuyas palabras, de cualquier tema que se tratase, eran el Evangelio para ella; y los imaginaba perfectos, santos, absolutamente puros.
La conversación entre Monsalvat y las dos muchachas había sido insignificante. Elsa pretendía hacerla entre ambos más íntima, según acostumbraba con todos sus interlocutores. Pero él huía. Más bien hubiera hablado con Isabel. Pero, ¿comprendería Isabel sus inquietudes, ella que, educada en un medio dogmático, jamás debió dudar de nada? Desentendido casi en absoluto de sus vecinas, hablando con ellas poco menos que maquinalmente, atendió a algo que decía una joven dama, sentada frente a él. Era una gordita bastante graciosa y letrada, charlatana, criticona. Hablando de teatros, dijo:
—¡Ah, pero al Odeón no se puede ir! No se puede ir sino a las noches blancas. No es que a mí me guste tanta blancura. ¡Qué esperanza! Pero es un horror las piezas que dan esos franceses... No se ve en el escenario sino gente mal... Es una ofensa la que hacen a los abonados, obligarlos a oir dramas entre obreros, atorrantes, ladrones, ¡toda la chusma, en fin! Yo no sé para qué dan esas piezas...
Isabel, como casi todas las personas que oyeron, aprobó. Elsa miró a Monsalvat de reojo y le sonrió. Monsalvat había sentido una fulminante indignación contra aquella joven dama que mezclaba a los ladrones y a los obreros y que no quería saber nada de las miserias humanas. Tuvo en los labios una frase, pero pensó caer en ridículo y se la guardó.
—Dígale lo que piensa. Debe decírselo—dijo Elsa.
Entonces Monsalvat, sintiendo que tenía el deber de hablar, adelantó el busto hacia adelante y contestó a la gordita:
—Señora... esas piezas se dan para ustedes. Es la única forma de que ustedes, las señoras elegantes y distinguidas, adquieran alguna noticia de los grandes sufrimientos humanos.
—¿Y a qué fin oir miserias?—exclamó la cristiana Isabel.—Una va al teatro a divertirse...
—Si el teatro y el libro no las enterasen...—empezó Monsalvat, pero varias voces le cortaron la palabra, entre otras la del médico Ercasty, quien refunfuñaba y cambiaba signos de inteligencia con otros, indicando a Monsalvat mediante rápidas miradas.
La voz de la gordita predominó.
—¿Y para qué quiere que nos enteremos, Monsalvat? Yo no necesito enterarme. Que cada cual se arregle como pueda. Cuando yo tengo mis pesares, y creo que todos los tenemos alguna vez, no voy a contárselos a nadie; de modo que tampoco es justo que me obliguen a mí a sufrir con las penas de los otros. Además, no se trata de penas morales, sino de odios, crímenes, insultos a la sociedad. Si hay gentes que tienen hambre, que trabajen; pero yo no quiero ir al teatro para enterarme de cosas que no me interesan y no puedo remediar. Menos quiero ir para que me echen la culpa. El otro día he visto una pieza imposible: La fille Elisa. Pocas veces he estado más disgustada. ¿Qué tenemos que ver nosotras con esas mujeres? No, no, Monsalvat. Usted defiende malas ideas.
Ercasty tendió la mano a la gordita y la felicitó. Luego pretendió burlarse de Monsalvat, diciendo que le habían hundido. Ercasty era médico, pero nunca ejerció su profesión. Ocupaba un alto cargo administrativo. Tenía cuarenta años, un vientre bastante pronunciado e ideas ultrarreaccionarias. Muy inteligente, solía manejar ciertas armas poco comunes en la sociedad argentina, como la paradoja, la ironía, el sarcasmo. Pero siempre que no le tocasen a él. Cuando le herían se exasperaba violentamente. No transigía con la democracia, con el liberalismo ni menos con el espíritu individualista. Tenía el culto de la Sociedad. Vivía según las ideas de la sociedad, los sentimientos de la sociedad. Una opinión contraria a los hábitos sociales, a las ideas sancionadas, le parecía un delito. Fué muy amigo de Monsalvat, hacía años, cuando Monsalvat, en aquellos artículos de La Patria, que la sociedad aplaudía, justificaba con talento y erudición las iniquidades que suelen justificar los diarios, las gentes distinguidas, los escritores exquisitos y esos buenos católicos que interpretan las doctrinas de Jesús a la medida de su satánico egoísmo. Ahora Ercasty odiaba a su antiguo amigo.
—No se convierta en abogado de esa gente, Monsalvat, ¡por Dios!—exclamó la gordita.
—¿De qué gente?
—Pero de la chusma, de la gente mal, del pueblo, como dicen ustedes...
—¡Del pueblo soberano!—agregó Ercasty con desprecio.
—No los defienda—continuó la dama.—Ya ve lo que quisieron hacer en Mayo. Vienen al país una infinidad de extranjeros distinguidos, de embajadores, de señoras, hasta personas de la alta nobleza europea. ¿Y qué se les ocurre a esa gente? Vengarse de su haraganería, perjudicar a su patria, haciendo fracasar las fiestas. Una infamia, no me diga. ¿Qué hubieran dicho esos extranjeros ilustres? ¡Y aprovecharse de un momento como ése para conseguir ventajas! No tiene nombre, Monsalvat, no tiene nombre.
—A todos los gringos huelguistas y perturbadores,—dijo el médico, bufando de enojo,—y a los malos argentinos que los seguían, yo, de ser gobierno, los hubiera fusilado en la Plaza de Mayo. Hubiera sido un espectáculo interesante.
Monsalvat ya no podía continuar escuchando. Una violenta indignación comenzaba a hacer temblar todo su ser. Él, habitualmente sereno, tranquilo, sin odios para nadie, hubiera acogotado a aquel miserable que hablaba de fusilar en masa al pueblo. Ahora ya no dudaba de que todas aquellas gentes eran sus enemigos. Veía en ellos a los representantes de sus viejas ideas, de esas ideas que ahora execraba. Leía en sus rostros la satisfacción insolente de vivir, la afirmación del egoísmo más inhumano, el espíritu de iniquidad; la hipocresía, el orgullo, la carencia de simpatía humana. Para Monsalvat no había en aquellas vidas sino mentira. Esos hombres y esas mujeres no tenían una existencia propia: vivían para los demás, pensando en los demás, con la moral, el criterio, la estética, todas las ideas de los demás. Eran mentira sus opiniones, mentira sus sentimientos, mentira sus gustos, mentira su amor y su odio. Habían tomado la vida como una gigantesca farsa. Ninguno pensó jamás en vivir sinceramente, en buscar un significado a la existencia. Con su filosofía acomodaticia, con su economía política infame, con su caridad hipócrita, ellos,—es decir, la sociedad, los bienhallados, las clases dirigentes,—eran los culpables de que tantos desgraciados padeciesen hambre, los culpables de la vida de Nacha, los culpables de todos los dolores que amontonaba sobre el mundo la Injusticia Social. ¿Cómo era posible que hubiese necesitado llegar a los cuarenta años para comprender todo esto? ¿Cómo era posible que durante una hora que llevaba sentado allí, hubiese olvidado sus sentimientos de la tarde? No se arrepentía de haber asistido a aquella comida, pues ahora ya no dudaría nunca de cuál era su lugar. Él tenía que estar frente al orgullo, frente a la mentira, frente a la maldad. Todos aquellos compañeros de mesa eran instrumentos de la Injusticia Social y había que terminar con sus privilegios, con sus ideas, con sus sentimientos. Había que imponer a la fuerza, aunque fuese a sangre y fuego, el mutuo amor de los hombres. Había que enseñar a esos hombres que se dicen cristianos cómo debemos amarnos los unos a los otros. Y mientras los observaba y los oía, decíase, recordando las palabras que le salieran del alma en su diálogo con Torres, que era necesario destruir, destruirlo todo, de arriba a abajo, para edificar un mundo nuevo.
¿Y sus dos vecinitas? Aquellas criaturas resultaban para él dos instrumentos del mal, dos monstruos de egoísmo, dos almas vacías, dos seres sin corazón. Una, el egoísmo del placer; otra, el egoísmo de una casta. Monsalvat veía que no pensaban sino en ellas: en sus fiestas y en sus vestidos, en sus lecturas y en sus cortejantes, en sus vicios o en sus prácticas religiosas y sociales. Para ellas el mundo estaba bien como estaba, y todo podía continuar del mismo modo hasta la consumación de los siglos. Ninguna aspiración fuerte y espontánea al bien de los demás, ningún acto para remediar los sufrimientos de los que allá abajo se retuercen en la angustia. Personitas de biscuit, nacidas para adornar la sociedad en que viven, no querían conocer sino el buen lado de la vida. Alguna vez, en el teatro o en un libro, tuvieron noticia de la cruel tragedia de los ínfimos; pero se apartaron con desagrado, porque aquello no era para sus almas frágiles y aristocráticas. Monsalvat asombrábase de cuánta ignorada y cuánta inconsciente maldad significaba esa actitud ante la vida de los otros, y pensaba en el clamor que va ascendiendo y ascendiendo y llenando colosalmente el ámbito de las ciudades y que un día, tal vez muy próximo, estallará en venganzas formidables.
Pero al mismo tiempo, Monsalvat pensaba si todas sus opiniones y sentimientos no serían obra de su condición de hijo natural. Seguramente que sus enemigos lo creerían así. Dirían que él era un amargado a causa de su bastardía, un vengativo que culpaba del gran pecado de su madre a los demás y a la sociedad. ¿Y sería así, en efecto? No, no. Había una justicia por encima de todas las razones humanas, y esa justicia, independiente de los agravios personales y de los propósitos de venganza, condenaba la Iniquidad y había decretado—¡no podía ser de otra manera!—si bien para un día lejano, el fin de todo aquello que él odiaba.
Por fin, cuando ya no pudo soportar más lo que oía, cuando ya no pudo detener más aquello que quemaba en su interior y que salía en llamas a los ojos, habló. Produjo asombro. Ruiz de Castro, que le sabía tímido, enemigo de atraer la atención, le miraba estupefacto. El médico estallaba en pequeños movimientos de indignación, y pretendía interrumpirle. Isabel parecía encontrar razón a Monsalvat, pero dominaba sus impresiones, no sabiendo si aquello que oía sería contra la religión. Elsa gozaba como de un pecado exquisito, gozaba de aquella emoción nueva, y contemplaba sonriente y voluptuosamente ingenua a Monsalvat.
¿De qué hablaba Monsalvat? De la horrible desigualdad social. De que unos tengan millones mientras otros no tengan para comprar pan. De que unos vivan en palacios colosales, con parques magníficos, mientras allá en el inmundo, en el oscuro, en el frío cuarto del conventillo se amontonan en promiscuidad monstruosa diez seres humanos. De que a unos les sobre de todo: bienes, comodidades, placeres, cultura, educación; y que ese sobrante no sea para nadie, que no vaya a los que carecen de todo. De que unas mujeres posean docenas de trajes y collares de diez mil pesos y todo el lujo y todo lo innecesario, mientras otras pobres mujeres deben vender su cuerpo, entregarse al que pasa, perder su vida, su salud y su alma, para poder vestirse y comer.
—¿Y por qué no trabajan?—interrumpió colérica la gordita, que había escuchado espantada a Monsalvat.
—Porque no les dan trabajo, señora. Porque los ricos prefieren comprarlas. O porque el trabajo, tal como ahora se halla organizado, es otra iniquidad que mantenemos egoístamente. ¡Yo no sé cómo todo ese mundo de abajo no ha venido todavía a exterminarnos, a degollarnos en masa! Es la justicia que merecemos. Viene con lentitud, señora, pero ya llegará. Vaya preparando usted un lindo escote para ese día. Donde ahora siente el calorcito de las perlas, sentirá el filo de un sable...
Protestas e indignaciones. Elsa rió y aplaudió, divertidísima. Isabel se convirtió en enemiga de Monsalvat. Todo aquello, según ahora comprendía, estaba en contra de lo que opinaban los Padres. ¡Qué horror! La gordita le llamó a Monsalvat anarquista, asesino y enemigo del orden.
Se habían levantado de la mesa y se distribuían en pequeños grupos. La gordita parecía empeñada en discutir con Monsalvat. Ruiz de Castro se acercó sonriendo.
—¿Están arreglando el mundo?
—Es Monsalvat que se ha vuelto un anarquista peligroso.
—No hay nada tan peligroso como el decir la verdad—sentenció Monsalvat.
—Pero más peligrosos que la verdad suelen ser los soñadores, ¿no es cierto?—dijo Ruiz de Castro, dirigiéndose a la gordita.
—Claro. Y si no, vea lo que ha dicho Monsalvat de esas mujeres. Por poco no ha dicho que yo tengo la culpa de que... de que ellas se... en fin, ya me entienden. ¡Demasiado entienden ustedes de estas cosas! Yo creo que a esas infelices les falta temor de Dios. Antes que dedicarse a esa vida, debieran pedir limosna, colocarse como sirvientas, recurrir a tantas sociedades caritativas, irse a la cosecha, ¡qué sé yo! Trabajo no puede faltar. Lo mismo que los hombres. En lugar de hacerse anarquistas o socialistas o andar de huelga en huelga, debían conformarse con la voluntad de Dios, resignarse con su suerte. ¡Qué se ha de hacer!
—¡Es cierto!—exclamó Isabel, arrastrando las últimas sílabas, como muy impresionada, y con la convicción de quien ha encontrado un argumento definitivo.—¡Es ciertísimo! ¿Por qué hacen huelgas? Es mal hecho, eso.
La gordita, después de un profundo suspiro, agregó con acento melancólico:
—¡Cada uno debe aceptar el lote que le toca en la vida!
—Cuando es el suyo—dijo Ruiz de Castro sonriendo,—se puede pensar así. Pero yo, en vez del lote suyo, preferiría el que le ha tocado a su marido.
—¿El mío?—exclamó ella, sin darse por aludida.—¡Pero si nosotros somos casi pobres! No diré que estemos en la miseria, pero fuera del sueldo de mi marido como diputado, no tenemos sino unas rentitas insignificantes y una estancia aquí cerca de Buenos Aires. Y sin embargo, no me quejo de mi suerte. Otros tienen millones... Y bueno: no los envidio, y me conformo con la voluntad de Dios.
Monsalvat no quiso oir más. Ruiz de Castro seguía dando bromas a la gordita. Monsalvat continuó en el pequeño grupo. Cerca de él, Ercasty y dos amigas despellejaban a una joven dama de gran belleza. Ercasty la acusaba de tener un amante. Furioso y justiciero, decía que esa mujer ofendía a la sociedad y que era un deber higiénico rechazarla, hundirla. Sus vecinas aprobaban, por fórmula. Monsalvat, que sabía las infamias del marido de la criticada, su abandono del hogar, sus borracheras, sus trampas, encontraba humano y lógico que esa mujer amase a otro hombre. Lo que no comprendía era la indignación de Ercasty. ¿Por qué se convertía en abogado de la sociedad con tanta furia? ¿Qué ídolo monstruoso era la sociedad, que exigía el sacrificio de los ensueños de amor, de los instintos naturales, de la necesidad de cariño? ¿Qué ídolo monstruoso, venerado tan absurdamente por hombres cultos?
¿Qué le quedaba a Monsalvat por hacer allí? Sentíase desdeñado. Estaba de más, no era aquél su sitio. Se despidió de los dueños de casa y se fué. En la calle, el aire de la noche despejó su cabeza. Se encontraba aturdido, aplastado, medio enfermo. Caminó a pie largo rato y se serenó. Pensó que por última vez en su vida había visto una imagen del mundo de la injusticia. Su ruta se había definido ahora enteramente. El bien estaba allá abajo, y la única ocupación de un hombre digno y bueno era luchar por los oprimidos. Sí, él daría su vida y el poco dinero que le quedaba por los tristes de la tierra. ¿Le creían vengativo? Él bien sería su venganza.
Llegó al hotel a las doce. Sentíase disgustado otra vez de sí mismo.
Se quitó el frac, lo arrojó al suelo con desprecio y se puso a pensar en Nacha. ¿Por qué le echó de la casa, después de haber aceptado sus palabras y de haberle referido su lamentable historia? ¿Se habría enamorado él de Nacha? ¿Sería el amor hacia ella lo que le llevaba a las actitudes de esa noche? ¡Ah, Nacha, Nacha! ¡Qué no daría por verla, aunque fuese por un milésimo de segundo!
Cuando salió de su ensimismamiento vió sobre su mesa una carta. Era de su madre. Decíale que estaba enferma, gravísima, y que sentía venir la muerte. Le rogaba que fuera a verla, apenas recibiera la carta. Unos segundos después, un auto, llevando a Monsalvat, volaba hacia la casa de la enferma.