VII

La madre de Monsalvat, Aquilina Severín, vivía en el cuarto piso de una casa de departamentos, frente al Parque Lezama. Aquilina fué en su juventud muy bonita, pero ahora, a los sesenta años, no guardaba ni rastros de su belleza. Era hija de unos modestísimos comerciantes franceses, y trabajó en una casa de modas de la calle Florida. Un día la encontró en la calle el padre de Fernando, que la siguió, la enamoró pacientemente después y llegó a seducirla. Aquilina tenía veinte años cuando nació su hijo. Poco después, su amante, Claudio Monsalvat, se casó con una niña de su condición social, pero esto no fué obstáculo a que pasara una pensión a Aquilina y a que la visitase de cuando en cuando. Las visitas terminaron con una reanudación de las relaciones, y diez años después de Fernando nació Eugenia. Claudio había escriturado una propiedad a nombre de Aquilina, pero dejó el mundo sin testar a favor de sus hijos naturales. Aquilina quiso que sus hijos interviniesen en la testamentaria, trató de pleitear con la familia legítima de Claudio, pero Fernando, que estaba entonces en Europa, se opuso enérgicamente. Aquilina vivió de los doscientos cincuenta pesos que rentaba su propiedad, hasta que después de la muerte de Claudio la vendió, mal aconsejada por un procurador del barrio. El producto de la venta aprovechó a diversos vividores, y Aquilina se quedó en la calle. Su hijo la sostenía ahora.

La madre de Fernando era una infeliz. No había mujer más crédula e ignorante. Apenas sabía leer: sólo cursó tres grados de la escuela primaria. Las comodidades de que la rodeó Claudio fueron para ella el máximo de la felicidad. Se creyó una gran señora, digna de merecer las envidias de todo el mundo. Sus padres no habían sido casados, de modo que ella no tenía las preocupaciones corrientes respecto al matrimonio. Como los franceses, consideraba el amor y todo lo relativo a este sentimiento con un respeto sagrado. Pero no era muy exigente en la calificación del amor, dándole muchas veces este nombre a lo que sólo era instinto o placer.

Con semejantes ideas la educación de su hija debió resultar un desastre. Fernando,—que desde los ocho años fué interno en un colegio, pasando con su madre sólo las vacaciones y que a los quince fué separado de ella por su padre para que viviese solo, lejos de ese ambiente detestable,—se interesó muchas veces por la educación de Eugenia. Aconsejó a su madre que la mandara a la escuela y le prohibiera ciertas amistades. Pero Aquilina le contestaba invariablemente:

—¿Para qué? ¿Qué va a sacar con eso? Yo no he estudiado y bien feliz que soy. Yo sé lo que hago y nadie tiene que meterse en estas cosas. Ella estudiará si le gusta.

Eugenia tuvo, pues, a la calle por principal maestra. Pasábase el día con otras chicuelas en la vereda o en los balcones, cambiándose miradas amorosas con los muchachos. Eugenia, con su cuerpo elegante y sus bellos ojos negros, fué deseada por innumerables hombres, algunos de los cuales llegaron hasta besarla por la fuerza. A los quince años sabía cuanto hay que saber. Claudio Monsalvat apenas se preocupaba de su hija, parte por considerarlo inútil, y parte porque tal vez dudaba de su paternidad. En la época del nacimiento de Eugenia, Claudio sospechó de la fidelidad de Aquilina; pero por no hacer cuestiones y porque Aquilina era la madre de Fernando, aceptó el presente que le ofrecían.

Cuando Eugenia tuvo veinte años se corrigió un poco de su haraganería. Hasta intentó emplearse en una tienda. Pero Aquilina se opuso, diciéndole que ganaría una miseria, que se mataría de trabajo y se envejecería y que podría perjudicar a su padre y a su hermano. El deseo de Aquilina era que Eugenia encontrase un hombre que la quisiera y le pusiese casa. Comprendía que su hija no podría casarse sino con un obrero o un inservible, y prefería un acomodo de ésos, que ella consideraba como cosa natural y que miraba sin el menor escrúpulo. Aquilina no era por ello una mujer abominable; deseaba para su hija su propia situación y la de su madre, que ella reputaba excelentes. Creía románticamente en los amores eternos, en la fidelidad, en las promesas de los hombres. A su hija no le declaró nunca sus intenciones, ni menos a su amante ni a su hijo, pero Eugenia las adivinó.

En la casa vecina moraba una familia principal y rica. Uno de los muchachos la comía con los ojos a Eugenia y le demostraba sus deseos mordiéndose el labio inferior y entornando los ojos. Pero no se animaba a hablarla, tal vez por temor a Fernando, que en aquel tiempo visitaba a su madre dos o tres veces por semana. Un día, Aquilina le dijo a Eugenia, con un tono que revelaba un propósito inconfesable:

—A ver si te lo pescás, pues, al muchacho ése. ¡Es rico y tan buenmozo!

—Pero mamá; ¿cree que él puede casarse conmigo?

—No sé, eso se verá después. En todo caso, si es serio, fiel, cariñoso, no importa que...

Se detuvo, al notar el disgusto y la tristeza en los ojos de su hija. Porque Eugenia, aunque parezca raro, era en el fondo honesta. Anhelaba encontrar un hombre que la quisiera y que se casara con ella. Pero por lo que había oído a la madre, creía que a los hombres era menester atraerlos y "pescarlos", y de ahí las miradas y las coqueterías con todos los muchachos y las concesiones que les hacía o estaba dispuesta a hacerles.

Por aquel tiempo, Aquilina tomó a su servicio a la mujer que desde entonces, durante diez años, la acompañó. Era una mulata jacarandosa, sensual, bien parecida, de grandes ojos y gruesos labios. Se llamaba Celedonia y tendría unos cuarenta años. Daba que hablar a todo el barrio, y hacía entrar de noche a sus amantes en la casa. Fernando, aun ignorando este pormenor, quiso que su madre la echara; pero su empeño fué inútil. Para Aquilina, Celedonia no era una sirvienta sino una compañera, la más divertida de las compañeras. Le llevaba todos los chismes del barrio: las trampas de los que pasaban por ricos, las peleas entre maridos y mujeres, los amoríos pecaminosos de las señoritas y los de las sirvientas, las "cosas" de los señores, los vicios de cada cual. En Carnaval se disfrazaba y concurría a los bailes del teatro Victoria, donde se encontraba con otras gentes de su raza. Volvía a la casa medio borracha, al día siguiente, y luego se pasaba la tarde contando a su patrona cuanto había visto. Para Aquilina, los relatos picarescos y un poco obscenos de Celedonia significaban una ventana abierta al mundo de la vida alegre. Reía como una loca al oir las zafadurías de la mulata. Gozaba con aquellas descripciones de cosas para ella inaccesibles, y se dijera que envidiaba la felicidad de Celedonia. Su hija solía escuchar a veces los cuentos de la mulata sin que a la madre se le ocurriese hacerla retirar.

Poco antes de partir Fernando para Europa, en su último viaje, Eugenia conoció a Arnedo. El muchacho, audaz, dominador, elegante y muy buenmozo, no tardó en enamorarla. La primera vez que la vió, pasando casualmente frente a la casa, le demostró su interés. Fingió asombro al mirarla, como quien recibe una impresión muy fuerte. Se detuvo un instante en la vereda y luego se instaló en la esquina. Pasó varias veces frente a ella y terminó por acercársele. Eugenia, que estaba en la puerta, sola, se hizo un poco hacia atrás, pero Arnedo le tomó la mano, al tiempo que le clavaba los ojos y le ordenaba:

—¡Quédese!

—Pueden venir.

—No me importa nada. La he visto y me he vuelto loco—exclamó él con simulado arrebato.

Hablaron. Se dijeron sus nombres. Él declaró una pasión fulminante, al tiempo que acariciaba la mano de ella. Durante algunas noches conversaron en el zaguán, unidos de la mano. Eugenia no dudó de la pasión de Arnedo, quien le prometió que se casarían muy pronto.

Eugenia no quería ir a la cita que le exigía su amante. Le había tomado un poco de miedo. Pero como era un temperamento pasivo, dócil a la voluntad masculina, y un tanto tímida,—sin contar con el placer que naturalmente recibía en las caricias,—se prestaba a todo en el zaguán, hasta el punto de que Arnedo, viendo imposible la cita, resolvió allí mismo el problema que le preocupaba. Desde ese momento el muchacho fué dueño y señor de Eugenia. La madre y la mulata sabían de aquellos amores, pero habían dejado hacer: la madre porque sospechaba que Arnedo era el hombre que ella esperaba y confiaba en la habilidad de su hija para atraparlo; y la mulata por pura afición celestinesca.

Un buen día, cuando Fernando se encontraba en Europa, Eugenia huyó con Arnedo. Aquilina imaginó que era el golpe anhelado. No se lo explicaba, a la verdad, pues bien pudieron tratar con ella aquel asunto; pero sospechó que tal vez ahora los procedimientos habían cambiado. Por su parte Eugenia, cuando vió que Arnedo la llevaba a su casa, a su garçonniere, pensó que aquello sería "una cosa seria". Pero Arnedo la dejó después de un año. Eugenia volvió a vivir con la madre, que sólo le reprochó su inutilidad para atrapar a los hombres. La muchacha estuvo avergonzada durante algunas semanas, sobre todo en presencia de sus conocidas del barrio. Esto pasó poco después, apenas la mulata le consiguió otro amante. A este amante sucedió otro, y otro más tarde. La muchacha no tardó en asistir a una casa que le recomendó la mulata, hasta que se perdió completamente. Un día, viendo que no podía vivir junto a su madre porque la perjudicaba, y además porque le desagradaba su tolerancia para con ella, se fué de la casa. Ni siquiera dijo a dónde iba. Durante meses nada supo Aquilina de su hija.

A Fernando Monsalvat le ocultaron la primera fuga de su hermana la que ocurrió durante su primer viaje de dos años. Pero como al no recibir cartas de Eugenia él exigiese una explicación, no hubo más remedio, poco tiempo después de la definitiva escapada, que declararle la verdad. Cuando volvió de Europa quiso saberlo todo. Le dijeron que huyó con un tal Arnedo y que nada más sabían de ella. A Monsalvat le disgustó tremendamente la actitud de Eugenia, sobre todo por lo que a él podría perjudicarle si llegara a saberse. Este disgusto contribuyó a que no quisiera quedarse en el país y a alejarle por siete años.

Desde su llegada, Fernando visitaba poco a la madre, no obstante que ella estuviera enferma, con las piernas paralíticas. Aquella mulata siempre junto a Aquilina, testigo inevitable de sus conversaciones, le repugnaba. Una vez quiso echarla, pero Aquilina le rogó por favor que no lo hiciera. Además, la mulata no precisaba de la autorización de Aquilina para quedarse. La dominaba enteramente, era dueña absoluta de su voluntad. Manejaba el dinero de Aquilina, la cuidaba y acompañaba fraternalmente, de igual a igual. Aquilina adoraba a su hijo, pero, como la mulata le tenía odio, no pudo impedir que le demostrara mala voluntad y le alejara de la casa. Pero Fernando no dejaba por esto de visitar a su madre. Lo que hacía era llevar libros o diarios y leerlos, ya que allí de nada se podía hablar.

Cuando aquella noche Fernando llegó al departamento donde vivía su madre, encontró llenos de gente los cuartos. Adivinando que su madre estaba moribunda, corrió a su dormitorio con el corazón apretado. Allí estaban la mulata y otra mujer haciendo curaciones y una muchacha como de veinte años, muy bonita y decente.

Monsalvat apartó a las mujeres y se inclinó para besar a su madre.

—¿Han llamado al médico?—preguntó luego.

—Oh, ¡qué médico ni qué macana!—exclamó la mulata despreciativamente.—Ahí tiene a Mamita Juana, que sabe más que todos los dotores juntos.

Fernando, sin contestarle, se dirigió a la puerta. Miró a los hombres que allí estaban y preguntó quién podía llevar una carta urgentemente. Un sujeto encanecido y de larga barba, de espaldas encorvadas y vestido miserablemente, se adelantó, extendiendo una mano.

—¿Ya no se acuerda de mí, doptor Monsalvat? Soy Moreno, el procurador Moreno. Hemos trabajado juntos...

Monsalvat se acordó en efecto de aquel hombre. Fué su procurador durante pocos meses. Luego supo que vivía miserablemente, de pequeñas gangas en los tribunales.

Monsalvat sacó un lápiz que llevaba en el sobretodo, una tarjeta de su cartera y se puso a escribir. Moreno hablaba, mientras tanto.

—Y aquí me tiene, doptor: viviendo, que no es poco trabajo. ¡Ya se acabaron para mí aquellos tiempos en que trabajaba como procurador! Créame doptor que, sin vanidad, me siento orgulloso de mi obra de entonces. La ciencia jurídica de mi país me debe algo. He intervenido en grandes pleitos, y los he ganado. Digo los hemos ganado, porque la verdad es que también debo dar su lugar al abogado. Pues ahora me ve, doptor. Con diez hijos, pobre como las ratas, descendiendo la cuesta amarga...

Moreno tenía ademanes de persona bien nacida, y en medio de su miseria revelaba su buen origen. Olía un poco a bebida barata, y no andaba muy limpio. Pero en la oscuridad del corredor parecía mejor de lo que era.

—Lleve entonces esta carta, urgentemente. Se va en un automóvil y espera. Tiene que traer en seguida al doctor Torres.

Fernando le dió el dinero y le recomendó que se apresurase. E iba a retirarse cuando una mujer que allí estaba dijo:

—No lo deje ir solo, señor. Se va a meter a chupar en el primer almacén...

—Es la compañera de mis luchas y privaciones—dijo Moreno declamatoriamente.—Vea cómo me trata, doptor. ¡Y me lo debe todo! Le he dado diez hijos y mi nombre, elevándola hasta mi posición social...

—Es un infeliz, señor. Y no tenemos diez hijos sino siete. Dice eso para que usted le dé plata.

La mujer hablaba entre enojada y risueña. Los otros hombres y mujeres que allí estaban, sin acordarse para nada de la enferma, reían.

—Mejor es que lo acompañe mi marido—dijo una de las mujeres, indicando a un hombre.

—Bien. Acompáñelo—dispuso Monsalvat.

Moreno adoptó un aire grave y ofendido, y poniéndose una mano en el pecho declamó:

—Doptor, lo que he oído es una ofensa que...

—Déjese de historias, amigo Moreno, y váyase pronto—interrumpió Monsalvat, retirándose.—Le pagaré bien este servicio.

—Si usted lo manda, mi doptor, así lo haré—dijo él, agachando la cabeza humildemente.—Basta que usted lo disponga, doptor. Lo mismo que en otros tiempos lejanos, que se fueron para no volver, el procurador Moreno será...

El hombre que le acompañaría le agarró de un brazo y se lo llevó. La mujer de Moreno quedó maldiciendo su destino, mientras las otras seguían riendo. Fernando ya estaba en el cuarto de la madre.

Aquilina se hallaba verdaderamente grave. Ciento cuarenta pulsaciones. Un ataque al corazón creía Monsalvat que fuese aquello. ¿Qué hacerle? Se acordó de los paños fríos y se los mandó preparar a la muchacha, que resultó ser la hija mayor de Moreno. La curandera permanecía en el cuarto, entre gozosa de presenciar el futuro fracaso del médico y fastidiada. La mulata estaba a su lado, con la jeta larga, mirando despreciativamente a Monsalvat.

—Déjenme solo con mi madre—ordenó Fernando a las mujeres, que salieron refunfuñando.

Aquilina, al verse sola con su hijo, se puso a llorar. Hasta ese momento no pensó sino en el horror de morirse. El pánico le abría los ojos desmesuradamente y le enturbiaba su mirar. Pero ahora, parecía que la presencia de su hijo comenzaba a hacerle bien. Mientras lloraba, Fernando hacíale caricias en la cabeza y en las manos y la besaba.

—Hijo—comenzó la enferma, cuando pudo hablar;—he sido una mala madre. Quisiera verla, antes de morirme. Buscála ahora mismo, para que venga mañana. ¡Mala madre, Dios mío! Se perdió por mi culpa. Yo sabía todo y todo lo permití...

Volvió a llorar. Fernando quiso consolarla, asegurándole que exageraba. Fernando era sincero, pues no creía que en realidad su madre hubiese consentido en la perdición de su hija. No quería creerlo; no solamente por afecto a Aquilina, sino principalmente por amor propio. ¿Cómo resignarse a tener como madre una mujer tan criminal? Pero él sabía que Aquilina no era criminal sino inconsciente, una pobre infeliz, echada a perder por la ignorancia y por el ambiente que la rodeaba.

—Sí, una mala mujer—repetía Aquilina.—Después que mi hija se dedicó a la vida yo la recibí aquí en casa y acepté la plata que me traía. Y al principio, cuando Arnedo la dejó, ella quiso vivir aquí, quiso ser buena. Pero esa mulata la volvió a perder. Y yo lo sabía todo, todo... ¡Perdonáme, Fernando! ¡Perdonáme todo el mal que te he hecho a vos también! Yo he visto más de una vez que eras desgraciado por mi culpa. Si hubiese sido una buena madre hubiera deseado morirme para no perjudicarte. Pero no me importaba nada, ésa es la triste verdad, hijo. Felizmente, ya me voy. Ahora serás libre de esta cadena que debe pesarte tanto. Pronto, cuando nadie se acuerde de esta pobre mujer, no habrá quién te reproche que seas el hijo de la Aquilina Severín. Ya falta poco, Fernando. Siento que me muero. El corazón se me detiene...

Fernando apenas la escuchaba. Al principio, la terrible confesión de su madre le hizo retirar la mano instintivamente. Luego se dobló sobre sí mismo y quedó con los codos en las rodillas, las manos unidas y los ojos cerrados. Aquello le causaba un dolor agudo, penetrante; un dolor que sentía en cada uno de los átomos de su ser. La confesión de su madre le avergonzaba, pero a la vez le liberaba. Parecía que al calmarse Aquilina con la declaración de sus culpas, él sintiera también que una cierta paz comenzaba a adentrarse en su corazón. Al principio creyó que su madre le repugnaría, que la odiaría. Pero al contrario: ahora la amaba más que nunca. Todo el anhelo de piedad que llevaba dentro se concretaba en la madre, y terminó llorando acongojadamente y besando a Aquilina y abrazándola con un cariño que fué la única felicidad de esa mujer en aquellos momentos dolorosos.

—Madre, yo soy el culpable, y no usted—dijo cuando cesó el llorar y la ternura.—Y a declararle eso, a explicarle la razón de mi culpa iba a venir esta tarde, antes que usted me llamase. Yo soy el culpable, sí. Yo soy más inteligente, más culto que ustedes; tengo más conocimiento de la vida; ando entre gente muy superior a ustedes. Me correspondía a mí ejercer una especie de tutela sobre mi madre y mi hermana, vigilarlas, educarlas si era posible. Yo debí ser enérgico. Y no hice absolutamente nada de esto. Iba a la casa de ustedes lo menos posible, para no recibir aquella sensación de ser hijo natural que me era tan molesta. Nunca me interesé realmente por ustedes. Eugenia, ¿qué me debe? ¿Qué consejos le dí con verdadera sinceridad? ¿Cuándo le hablé con el corazón en la mano, fraternalmente? Y después, cuando aquel Arnedo empezó a enamorarla, ¿qué palabras eficaces le dije? Debí quedarme junto a ustedes, acompañarlas para evitar lo que era un peligro común. Y en lugar de esto me fuí a Europa, disgustado de mi madre y de mi hermana, huyendo de ellas, dejándolas abandonadas.

—Yo te hice desgraciado. Has sufrido por mi culpa.

—Por su culpa, no. He sufrido por culpa de la soledad. Pero no importa. Todo eso está ya lejos, madre. He llegado por fin a conocerme a mí mismo y a conocer la sociedad.

Aquilina se reagravó. Fernando, impaciente en espera del médico, dispuso que la mujer de Moreno le aguardase en la puerta de calle. Su madre se ahogaba, necesitando oxígeno probablemente.

—Hay que buscarla—decía ella, casi sin poder hablar.—Necesito que me perdone... Buscarla... Me muero, hija mía...

Fernando pensaba con horror en la existencia que tal vez llevaba Eugenia. ¿Sería una muchacha de mala vida? Recordó a Nacha, e imaginó que quizá ellas se habían encontrado y conocido. Nacha, Eugenia... ¡Extraño destino el suyo! Había pasado toda su vida alejado de esta clase de mujeres, y he aquí que ahora debía mezclarse con ellas, como un hermano. Nacha, Eugenia... ¿Amaba a Nacha? Y si no, ¿por qué pensaba en ella todo el tiempo, aun en medio de sus desgracias? ¿Y a dónde le conduciría su amor? Si encontraba a Eugenia la llevaría a vivir con él. ¿Y por qué no a Nacha también, para que viviesen los tres fraternalmente? Eugenia, Nacha... La hermana y la que amaba. Mezclaba a las dos muchachas hasta hacer de ellas una sola. Sus almas, sus vidas y hasta sus rostros se convertían en uno, y de aquellos dos seres desdichados salía un símbolo del dolor humano. Era la eterna víctima del egoísmo, de la ignorancia, de la maldad de los hombres. Era la eterna víctima de los bienhallados del mundo.

La llegada de Torres le sacó de sus pensamientos. El médico le explicó la gravedad del caso y le envió a buscar oxígeno. Monsalvat se hizo acompañar por Moreno.

En el carruaje, preguntó al procurador por Eugenia. Según la madre, Moreno sabía su domicilio, pero lo ocultaba para obtener dinero. Y en cuanto a Eugenia, no quería que supiesen dónde vivía. Moreno aseguró no acordarse. Pero averiguaría.

—Es algo difícil, mi doptor, pero basta que usted... Nuestra pobreza, como comprenderá...

—Tendrá el dinero que quiera. Pero mañana mismo, ¿entiende? mañana mismo la trae a la casa de mi madre.

Moreno prometió traerla. Y luego se puso a hablar de Eugenia, de su belleza, del lujo que llevaba. ¡Era una desgracia! Pero ¿qué se iba a hacer? Y agregó filosóficamente, para consolar a Monsalvat:

—No hay que afligirse demasiado. ¡Son cosas de esta vida, mi doptor!

Cuando volvieron con el oxígeno, Aquilina acababa de morir.