XXI
Ninguna buena noticia obtuvo Monsalvat en aquellos lugares de la Boca. Nadie sabía nada. Le hicieron ir de un lado a otro, para burlarse de él, para robarle. Asegurábanle que tal sujeto le daría informes, y allá iba Monsalvat a buscarle, de cafetín en cafetín, de taberna en taberna. Recorrió de este modo todos los sitios de la Boca, de este barrio siniestro y rojo. Fué a las casas de juego, a los lupanares, a las posadas. Estuvo en distintas fondas y tabernas, en cada una de las cuales se hablaba un diferente idioma. Aquí oía frases en inglés o en alemán, allí palabras noruegas o rusas o finlandesas. En este sitio reconocía las extrañas lenguas balcánicas; en aquel otro los bárbaros dialectos árabes del norte de África. Entró en un bar de coreanos, en un restorán chino. Trató en un mes toda clase de gentes. Una turba de vividores, de pobres diablos, y de delincuentes desfiló ante sus ojos. Hasta en un café y en un club de caftens llegó a entrar. Y todo inútil, completamente inútil.
Una tarde volvió a aquella casa donde estuvo Nacha unos días. ¿Cómo no se le ocurrió ir antes? Pero en vez de dirigirse a alguna de las muchachas se encaró directamente con la patrona. Le ofreció mil pesos si le averiguaba el paradero de Nacha. La patrona era una vieja llena de mañas y de embustes, dicharachera, mal hablada. Fumaba unos puchos gruesos y cortos que preparaba ella misma, con hojas de tabaco del Paraguay. Al oir que le prometían mil pesos abrió los ojos. Y entonces, interesada por aquella oferta, refirió todo.
Lo detestaba al Pampa. La había engañado y explotado. Arnedo llevó allí a Nacha, en efecto. La robó una noche, ayudado por su patota y en complicidad con Mauli. Nacha quedó en la casa, encerrada como si estuviera presa. No quería aceptar ningún hombre, y parecía una furia insultando a todo el mundo. Arnedo, entonces, amenazándola con un revólver, la hizo escribirle a Monsalvat. Con esto, Arnedo pensaba dominarla, convencerla de que era inútil la resistencia a sus propósitos.
—Y a Arnedo, ¿lo aceptaba?—preguntó Monsalvat.
—¡De ande, mi vida!—exclamó la vieja, metiéndose el pucho en la boca.—A ése lo puteaba lo mismito que a mí y a toda la santa humanidad. ¡Arisca la potranquita! Y a más, que él tampoco la buscaba. Lo que quería al traerla aquí, era vengarse. ¿De quién? No me preguntés m'hijito.
—¿Y no sabe usted dónde está Nacha?
—¿Yo...? Sí, pues... Este...
Se cambió el pucho al otro rincón de la boca, y agregó:
—Mirá, mi vida. Si me aflojás cincuenta de la nación te voy a dar un lindo dato. Y te advierto que esta vieja no miente. Diciendo la verdá me he criao y diciendo la verdá me he de morir.
Monsalvat le entregó el dinero, y la vieja le dió dos consejos. Uno, que hablase con un tal Amiral, un infeliz que era amigo de Arnedo y que por plata le sacaría al Pampa la verdad. Y otro, el mejor según la vieja, que viese a una lavandera llamada Braulia, conocedora de todos los clandestinos del barrio porque "sabía" llevarles muchachas.
Y allá fué Monsalvat en busca de la Braulia. Era una negra y vivía en un cuartucho de tablas, al fondo de un terreno baldío. La negra, hedionda, motosa, parlanchina, le dijo que a la noche siguiente le contestaría. Monsalvat debía esperar en un café, sobre el río. Pero temiendo una celada, pues había aprendido a desconfiar, preguntó por qué no podía esperar en la calle, en una esquina, o en un café conocido. La negra declaró que tenía que ir donde ella decía. Y si no le gustaba a Monsalvat, se quedaría sin la muchacha.
A la noche siguiente fué al café. Su entrada no llamó la atención. Los parroquianos, unos diez sujetos divididos en tres grupitos, le habían filiado en un segundo; pero fingieron no advertir su presencia. El café era un antro repugnante, una cueva de techo bajo, y sillas, bancos y mesas llenos de grasa y mal olor. Un mulato servía en mangas de camisa. Tres negros, norteamericanos sin duda, borrachos a no poderse tener, cantaban una canción con ritmo de cakewalk. Abrían la boca anchamente, estiraban sus jetas y mostraban las encías rojas y los dientes blanquísimos. Cantaban al son de un acordeón colosal, muy parecido al bandoneón. Desde la mesa que había ocupado Monsalvat, veíase una barcaza roja y encima el cielo estrellado. Por la calle pasaba a cada momento algún borracho.
Monsalvat esperaba al mensajero de la negra, cuando un hombre se le acercó. Le dijo que pertenecía a la policía secreta y le aconsejó que se fuera. Ése no era sitio para él, y si le habían citado allí—según Monsalvat explicó—era con toda seguridad para robarle. Monsalvat abandonó para siempre el barrio.
Entonces decidió ver a Amiral. Pero a Amiral era poco menos que imposible encontrarle. No comía jamás en su casa, y muchas noches tampoco iba a dormir. Y como Monsalvat no lo conocía y Amiral era íntimo de Arnedo, no podía escribirle citándole.
Mientras conseguía entrevistarse con Amiral, Monsalvat continuaba buscando a Nacha. Empezó a faltar al empleo y a dedicar sus tardes enteras a esta desesperada búsqueda. Con aquella lista que le diera Torres, fué hurgando en todos los rincones de "la vida".
—Aquí no está. No la conocemos—le decían.
Y con su lista en el bolsillo iba a otra casa y luego a otra y luego a otra más. Explicaba, discutía, daba mil datos sobre Nacha. Algunas veces rogaba, pero otras se enfurecía e insultaba a las mujeres. Allí no estaba. No la conocían. Exasperado, con la agitación de un poseído, salía a la calle y, trepándose al primer automóvil que pasaba, daba las direcciones de otras casas. Ya no pensaba sino en encontrar a su amiga. Llegó a creer que todo el mundo se había complotado para engañarle. Pero él la encontraría porque contaba con una poderosa fuerza: la voluntad de encontrarla.
—Aquí no está. No la conocemos.
¿Cómo? ¿Allí tampoco estaba Nacha? Entonces, ¿se la había tragado la tierra? ¿No sabían nada...? ¡Mentira! Le estaban engañando, querían explotarle como tantas veces lo hicieron. Todo era embustes, hipocresía, maldad en las mujeres de la vida. ¡Y pensar que él las había defendido, que él se arruinó por ellas! ¡Ah, Nacha, Nacha! ¿Adónde la había llevado su destino triste? Ella decíale en la carta que no la buscara, pues su suerte era ser una mujer de mala vida. Pero por lo mismo la buscaría. Con más ardor que nunca, con más desesperación que nunca. La buscaría, no ya por amor, sino para salvarla de caer en el pozo de aguas pútridas en cuyo borde se tambaleaba trágicamente.
—Aquí no está. No la conocemos.
Cada una de estas frases, y otras semejantes que oía, sonaban en su cuerpo como un brutal latigazo. Salía de las casas malditas, enfermo, físicamente dolorido. Y no se habituaba a las negativas. Al principio, entraba en los lupanares con el alma ardiente de esperanzas. Pero ahora entraba vacilante, con una cara extraña: dispersa su mirada en las personas y las cosas circundantes, o fijos sus ojos en los de la mujer a quien se dirigía. Sabía que allí también diríanle: no está. Y sin embargo entraba, y hacía la pregunta. Casi siempre huía del lupanar, sin agregar una palabra. Pero más de una vez, ante la estupefacción de las mujeres, lanzó una angustiosa exclamación, o cayó sobre una silla, con sus dos manos en el rostro.
—Aquí no está. No la conocemos—oía en todas partes.
Y entonces pensó que tal vez hubiera muerto. Y al imaginar la muerte de Nacha, algo le oprimió la garganta, mientras su cuerpo sintió la sensación calmante de sumergirse en un baño de agua tibia. ¡Nacha muerta! ¿Qué haría él sin Nacha? ¿Volvería a su mundo? ¿O se quedaría allí, entre los de abajo? ¿Pero cómo era posible que Nacha muriera sin que él lo presintiese y lo supiese? ¡No, Nacha no había muerto! Nacha vivía, y le amaba a él, y estaba esperándole.
—Aquí no está. No la conocemos—decíanle siempre.
¡Y bueno! ¿Acaso él no sabía que Nacha no estaba allí? Nacha le amaba y le esperaba. Que supieran todas que Nacha le esperaba. Esto era la verdad. Y si él fué a esa casa a preguntar, lo hizo por cumplir su deber. Nada más. Podían las mujeres de esas casas irse al diablo. Ya no les preguntaría más a las muy ladronas. ¡Nacha le esperaba! ¿Qué se le importaba a él, ahora, del mundo entero? ¿Qué le importaba de la sociedad, ni de los que sufren, ni del cabaret, ni de los obreros asesinados en la plaza, ni de la muerte de su madre, ni de la muerte de su hermana? En su corazón se había entrado un pajarito azul, y cantaba, alocado, incesantemente, una dulce canción de dicha. ¡Nacha le esperaba!
¿Pero en dónde?
Mientras tanto, Monsalvat se observaba. Notó que a veces se le hacía un vacío en la cabeza, y que entonces se ponía pálido y que no podía caminar como antes. Otras veces, era un dolor en la nuca; un dolor sordo, persistente, un dolor como causado por una cuña que le hubiesen clavado allí. Pensó si sería aquello debilidad cerebral, si estaría enloqueciéndose. Se alimentaba pésimamente y casi no dormía. Se acostó, y permaneció en la cama una semana.
Una tarde llegó un sobre del ministerio. Era la exoneración. Monsalvat sonrió sin darle importancia. Junto con el sobre venía una tarjeta del subsecretario, donde le decía que el ministro lamentaba el haberle exonerado, pero ante las innumerables inasistencias de Monsalvat y sus distracciones—algunas de las cuales pudieron tener serias consecuencias—no podía dejarle en el ministerio. Monsalvat tiró aquellos papeles al suelo, sonriendo, mientras decía, en voz alta:
—¡Bueno! ¿Y qué me importa de este detalle insignificante, si ella me quiere y me está esperando?
Pero el detalle de la pérdida del empleo, lejos de ser insignificante para él, venía a complicar su situación económica. Porque había llegado Noviembre y no había pagado el tercer servicio de su hipoteca. Debía, pues, dos semestres y el Banco le apremiaba. ¿Pero de dónde sacar los tres mil doscientos pesos que representaba la deuda de esos dos semestres? Además, como daba más dinero del que podía dar y en su nueva recorrida por los lugares malditos no faltó quien explotase su buena fe y le robase, había tenido que endeudarse con usureros, obligándose a intereses fabulosos que no había pagado. Pero el mismo Banco le sacó de apuros, vendiendo su propiedad. La venta produjo apenas sesenta mil pesos. Fué en un día muy caluroso del mes de Noviembre y hubo escasa concurrencia al remate. Ya por entonces comenzaba a advertirse la tremenda crisis económica que debía estallar catorce o quince meses después, en mil novecientos trece. El valor de la propiedad descendía, la crisis presentíase en todas partes, y nadie se arriesgaba a comprar casas sino a precios muy bajos. El Banco cobró los cuarenta mil pesos de la hipoteca y los dos semestres adeudados. Monsalvat pagó a los usureros y quedó con poco más de diez mil pesos. Con esta suma pensaba vivir dos años, en caso de no encontrar trabajo ni empleo. Pero estaba escrito que la suerte le sería hostil. Depositó sus diez mil pesos en un banco extranjero que, pocos meses después, debió quebrar ruidosamente.
Una mañana encontró por fin a Amiral. Monsalvat, sin preámbulos ni circunloquios, le dijo lo que deseaba de él: que averiguase de Arnedo, hábilmente, donde estaba Nacha. Amiral, apenas oyó nombrar a esta mujer de vida galante, sonrió madrigalescamente mientras se retorcía sus largos y enhiestos bigotes color choclo. Y abriendo y cerrando sus kilométricos brazos, exclamó:
—¡Bien decía yo! Claro, no podía ser que un hombre como usted, que ha estado en París... Así es que yo, cuando oía que usted se había puesto a regenerar muchachas alegres, no quería creerlo. Yo pensaba que usted era un mozo vivo, que aprovechaba la vida. Y ahora veo que no me equivoqué...
Monsalvat tuvo intenciones de abofetear al pobre diablo. Pero se contuvo, por Nacha. Amiral, incapaz de observar el estado de ánimo de Monsalvat, le miró con toda su malicia, y agregó, en tono confidencial:
—Usted hizo bien en valerse de una estratagema, porque aquí en Buenos Aires, ¡es una desgracia!, no hay ambiente...
Monsalvat no intentó disuadir de su convicción a aquel imbécil. Y se limitó brutalmente, sin rodeos, a ofrecerle mil pesos si averiguaba de Arnedo el paradero de Nacha. Amiral titubeó. Pensó que tal vez le correspondía ofenderse. Pero en seguida, consultada su conciencia, resolvió aceptar. No correspondía ofenderse tratándose de mil. Ahora, si le hubieran ofrecido cincuenta o cien... entonces sí.
Algunos días pasaron. Monsalvat observaba con pánico el avance de su desequilibrio nervioso. Una tarde, tomando un café con leche en una confitería del centro, sintió en el cerebro aquel vacío de otras veces. Se alarmó, y en seguida le temblaron las manos, le bañó el cuerpo un sudor frío, y tuvo que levantarse con ayuda del mozo de la confitería y hacerse subir a un auto que le llevó a su casa. No podía leer ni escribir. Su inteligencia parecía dispersa, rota en pedazos. Había perdido toda su voluntad y su energía. Sentía Monsalvat como si su organismo entero tuviese cada día menos cohesión, como si las partes todas de su individuo no formasen un solo ser y no obedeciesen a una sola ley. A veces parecíale que vivían en él varios hombres distintos. Y así uno de ellos observaba los movimientos sin motivo y los pensamientos inexplicables del otro. Monsalvat fué un espectador de sí mismo.
Por fin, una mañana de Diciembre, Amiral le dijo que Arnedo nada sabía de Nacha. Después de tenerla encerrada en una casa varios días, la llevaron a otra, y después de dos semanas huyó de allí.
Monsalvat la creyó perdida para siempre. Y se asombraba de que las palabras de Amiral no le hubiesen impresionado. Se quedó como un tonto, mirando a lo lejos. Pero sentíase tan mal, sentía tan disgregado todo su ser, que tuvo necesidad de buscar a algún amigo. Fué a casa de Ruiz de Castro. No quiso visitar a Torres, temiendo que el médico le considerase enfermo o loco. Ruiz de Castro se impresionó hondamente al verle. Monsalvat lo notó, balbuceó algunas palabras incoherentes, sus piernas se doblaron.
Una noche dolorosa había entrado en él y rodeaba su alma y su cuerpo. Su inteligencia no veía en aquella repentina oscuridad del mundo. Su ser habíase tornado insensible para la belleza y la realidad del mundo.