XXII

El momento trágico de la tempestad había pasado. ¡Qué profunda calma en las cosas! Todo callaba en el universo.

Monsalvat vivía en un sanatorio de Almagro, llevado allí por sus amigos. En el pequeño parque con altísimos eucaliptus, Monsalvat paseaba casi todo el día, tranquilo, silencioso. No pensaba en nada. No quería pensar en nada. Sentíase un hombre nuevo, había nacido otra vez. ¿Qué podía importarle el pasado? Había que mirar hacia adelante, vivir siempre en el porvenir. Nacha ya no existía para él. O mejor dicho, creía que no existiese. Y con Nacha había desaparecido de su corazón y de su inteligencia un mundo entero: un mundo de sentimientos y de ideas. No era que Monsalvat rechazara en realidad su vida de todo un año. Era que, pasada la tempestad, ante el mundo nuevo que miraban sus ojos no podía vivir con los mismos sentimientos y las mismas opiniones de antes.

Pero si Monsalvat tenía la paz, no tenía algo que él amaba más que la paz: la libertad. Y desde que se sintiera fuerte y sano, deseó huir de aquella casa. Además, había allí, en aquel sanatorio para nerviosos y epilépticos, un par de locos pacíficos, de maniáticos. A Monsalvat le molestaba la presencia de aquellos pobres seres, pues le hacían imaginar que su empeño de reformar el mundo era la ilusión de un maniático.

Sus amigos visitábanle muy poco. Se daban a sí mismos la excusa de que el sanatorio quedaba lejos del centro. Pero estaban satisfechos de su amistad y buen corazón, ya que pagaban a Monsalvat el sanatorio.

Una tarde, cuando Monsalvat estaba completamente sano, Ruiz de Castro y Torres le visitaron. Hablaban en el jardín, sentados en un banco. Por primera vez desde su enfermedad se tocó el tema prohibido. Monsalvat lo había en cierto modo iniciado, refiriéndoles a sus amigos aquella sensación como de haber nacido nuevamente. Torres quiso conocer el verdadero estado de Monsalvat, y así le dijo:

—Ahora habrás comprendido, ¿eh? la inutilidad de todo lo que has hecho...

—Eso nunca—afirmó Monsalvat.—Hacer el bien jamás puede ser inútil.

—Aceptemos que hayas hecho un poco de bien a otros—terció Ruiz.—Muy bien. Pero es indudable que te has hecho un mal a ti mismo.

—Estás equivocado. Me he hecho un gran bien a mí mismo. Y tanto, que ahora no estoy descontento de mí. No sé lo que he de hacer mañana; pero sé que si soy otro hombre, lo debo a mis ideales.

—¿Volverías entonces a las andadas?—exclamó Torres con fastidio.—No veo en qué eres un hombre nuevo. Al contrario, ¿eh? lo que hallo en ti es que la vida no te ha enseñado nada. Parece mentira que después de un año de fracasos, de fracasos en todo sentido, ¿eh?, todavía pienses en salir tú solo a reformar el mundo.

Monsalvat quedó un instante pensativo. Luego dijo:

—La vida, no los fracasos, porque no fracasé, me ha enseñado la poca eficacia del esfuerzo individual. Ahora creo que no solamente nunca lograría reformar el mundo, sino que tampoco lo reformarían cien mil hombres que procedieran aisladamente como yo.

—¡Vaya, hombre! Por fin—exclamó Ruiz de Castro.—Era tiempo de que te convencieses de que el mundo es irreformable.

—No he dicho eso. ¡No! Al contrario, ahora lo considero más reformable que nunca. Pero ahora sé que es necesario una disciplina, un método, un programa. Ahora sé que el ideal individual, la acción de un solo hombre, son poco eficaces para el buen éxito. Pero no reniego de ese ideal ni de su acción, pues de allí parte el impulso. La acción, por acertada que sea, no puede triunfar si no la precede y la acompaña un ideal exaltado. ¿Me comprenden? El mundo ha de ser reformado en absoluto, hay que construirlo otra vez. Pero se debe ir poco a poco. No con demasiada lentitud, sin embargo. Poco a poco, sí... ¡Pero de cuando en cuando, el fuerte impulso de los idealistas, de los soñadores, de los locos, de los que proceden por corazonadas!

Los dos amigos se miraron. Consideraron sin duda que Monsalvat era caso perdido.

—Pero ¿para qué tanta reforma del mundo? ¿Para casarte con una loca?—exclamó Torres, brutalmente.

Monsalvat no contestó. Su amigo comprendió la injusticia de sus palabras, y para atenuar su efecto trató de mostrarse cariñoso. Habló de temas triviales. Estaba junto a Monsalvat, y su brazo, extendido sobre el espaldar del banco, tocaba los hombros del amigo. De vez en vez, con cualquier pretexto, sobre todo si había que reir, bajaba un poco el brazo y apretaba cariñosamente la espalda de Monsalvat.

Se fueron descontentos. Monsalvat vió que todo en él, sus opiniones, su vida del año anterior, sus sentimientos, eran comprometedores para aquellos hombres. Les creía buenos y relativamente generosos; pero débiles ante las opiniones del mundo. No dudaba de que, por más que le quisiesen, entre él y la sociedad optarían siempre por la sociedad. Y desde entonces, Monsalvat no pensó sino en huir de aquella casa. Quería huir para que sus amigos ignorasen adónde iba. Ya que él les comprometía, iba a ahorrarles el trabajo y la pena de abandonarle. Él abandonaría a sus amigos. Quería pasar por un desagradecido antes que aceptar la molesta situación que se origina entre personas que desean cortar una amistad y no se atreven o no pueden o no saben hacerlo. Monsalvat quería también ser libre. No ya con la libertad material, que lograría cuando quisiese; sino libre de aquellos amigos que representaban el único hilo que le ataba aún a la sociedad.

Y un día huyó del sanatorio. No llevaba sino lo puesto. Ni un centavo en el bolsillo. Desde Almagro vino al centro a pie. Era el amanecer. Un cielo límpido, transparente, se ahondaba en una vasta profundidad azul. Algunas estrellas se retardaban todavía. En las calles las últimas sombras iban retirándose lentamente. Las más tenaces se aguaban bajo los árboles y rodeaban los troncos y las ramas, como velos oscuros. A lo lejos, por el lado del puerto, acababa de surgir una tenue claridad rosada. A Monsalvat aquel primer contacto con la vida exterior, después de varios meses de clausura, causábale una extraña sensación de alegría, de inocencia, de rejuvenecimiento. ¡Oh, sí! ¡El mundo era nuevo, había nacido otra vez!

Y mientras recorría las calles solitarias, se complacía en ese bello sueño. No sentía ni el frío ni el cansancio. Imaginaba que todo había sido reconstruido. El cielo era más hermoso que antes, las cosas tenían una pureza desconocida, los hombres vivían en el mutuo amor. Pensó que siempre debió ocurrir lo mismo. ¿Cómo podían los hombres no amarse mutuamente, ignorar la pureza del corazón, con aquel cielo y aquellos colores y esa claridad que avanzaba con tanta gracia, con tanta armonía, con tanto cariño para los hombres y las cosas? Pero entonces recordó que los hombres, salvo los pequeños de la tierra, no contemplaban jamás estas claridades. Y pensó que tal vez por ello no advertían el advenimiento de otra claridad, de otra aurora que iba pronto a llegar...

Pasaban las calles arboladas. Iba despertando la ciudad. Gentes humildes, trabajadoras en su mayoría, aparecían ahora a cada momento. Las puertas de las casas se abrían. El cielo había perdido su hondo azul y se volvía claro, refulgente, luminoso. El mundo estaba rosado, como si una cándida suavidad lo envolviera. Luego surgió el sol, y la mañana se llenó de rumores, de luces, de alegrías, de miserias. ¡La vida! Monsalvat respiró aquella libertad. Sintióse sano y bueno. El frío había huido de su cuerpo y no pensaba en nada.

Pero no pasó mucho tiempo sin que la fatiga le saliese al encuentro. Quiso alejarla. Inútilmente. Ella se prendió a sus piernas, abrazó su cuerpo y le hizo difícil el caminar. Iba llegando a la plaza del Once. Cuando estuvo allí se sentó en un banco. Descansó una hora, dormitó un rato. Después pensó en su situación. ¿Adónde iría? Ante todo necesitaba casa. En un hotelucho de la plaza del Once, un establecimiento ambiguo y sórdido, le negaron pieza por no llevar valija. En otros hoteles de modesta categoría sucedióle lo mismo. Así pasó la mañana. Por fin se acordó de un español, cuya mujer tenía casa de huéspedes en la plaza Lavalle, y al cual favoreció él en otro tiempo. Y allá se encaminó.

Era más de las doce y el hambre comenzaba a hostigarle. En la plaza Lavalle, al pasar por los Tribunales, quiso disimularse. No deseaba que le viese ninguno de sus antiguos compañeros. Apresuró su paso, mirando a los que venían en dirección contraria. Pero de pronto, al ir a cruzar la calle, topó con un sujeto mal entrazado, que le saludaba con actitudes serviles. Era Moreno. El hombre dijo que frecuentaba siempre los Tribunales en procura de copias o de algunas comisioncitas. Monsalvat le preguntó por la mujer y por Irene.

—Mi doptor, la desgracia se enseñoreó de mi castigado hogar. Irene... ¿Pero a qué recordar males pasados? Otro día, mi doptor, le contaré largamente los sucesos. Ahora, luchamos con mejor éxito contra el ensañamiento de los Hados. Mi mujer es encargada en un conventillo. Un poco lejano, allá en Barracas, cerca del puente. Pero en fin, vivimos, mi doptor.

Mientras el hombre seguía hablando, Monsalvat encontró la solución necesitada. Preguntóle a Moreno si había un cuarto desocupado en la casa.

—En efecto, mi doptor. Lo hay. Pero, ¿por qué esa pregunta?

—Porque yo lo tomo desde este instante.

Moreno quedó estupefacto. Luego protestó, con grandes aspavientos. Él nunca permitiría que el doctor Monsalvat, una antigua lumbrera de la ciencia jurídica, fuese a vivir en un miserable tugurio. Pero Monsalvat insistió. Eso era cosa de él. Moreno imaginó que sin duda Monsalvat trataba de ir a ese barrio para hacer alguna gran obra de bien, y consintió en llevarle. Además, pensó en sus seguros beneficios. No le faltaría algún pesito para los vicios, algunas comisiones, alguna dádiva de importancia. Sin contar con los buenos pretextos que él inventaría: negocios, deudas urgentes, falta de ropa.

El procurador daba las señas de la casa cuando unas palabras de Monsalvat le exaltaron a la cumbre del azoramiento. El doctor le había pedido algunas monedas para el tranvía. Moreno, a causa de la impresión, quedó con los brazos abiertos, rígido. Había dado a su cara una expresión de espanto.

—¿No es broma, mi doptor?—exclamó luego, incrédulo.—¿Es posible que a este infeliz Moreno, a Moreno el paria, a Moreno el hijastro de la providencia, le pida unas monedas el sapiente, el ilustre doctor Fernando Monsalvat?

El procurador observó el aspecto de Monsalvat y comprendió que su situación no era envidiable. Estuvo a punto de negarle que en el conventillo hubiera cuarto. Pero recordó todo lo que Monsalvat hizo por su familia, y, en un momento de generosidad, sacó de su bolsillo diez centavos y se los entregó al abogado. Cuando Monsalvat se alejó, el hombre quedó un cuarto de hora con los brazos cruzados, cabeceando filosóficamente, meditando sobre los destinos humanos.

Monsalvat instalóse en el conventillo.

Escribió a su madrastra, es decir, a la mujer legítima de su padre, exponiéndole sus derechos a la herencia y pidiéndole una cantidad, a cambio de ellos. Su padre había muerto sin testar, pero él sospechaba la existencia de un testamento al que sin duda hicieron desaparecer. Los amigos de Monsalvat, Ruiz de Castro principalmente, querían obligarle a pleitear, pero él jamás consintió. En la carta dirigida a su madrastra, a la que apenas conocía, hablaba con modestia, invocando la justicia, pero también insinuando su deplorable situación económica, como para despertar sentimientos fraternales. Mandó la carta con Moreno.

Su madrastra era una mujer perversa. Desde niño, le hizo a él todo el daño que pudo. Nunca asintió en que conociera a sus hermanas. Las niñas debían ignorar la existencia de aquel pecado de su padre. Ellas debían creer que Fernando era un pariente lejano. La señora no contestó la carta. Limitóse a poner dentro de un sobre un billete de cincuenta pesos. Monsalvat, que no se fijaba en cantidades y que no advertía la maldad ajena, no comprendió la intención ofensiva de semejante envío. Por el contrario, admitió el dinero alegremente, y todavía se lo agradeció en una afectuosa carta. Los cincuenta pesos fueron para comprarse un poco de ropa, para pagar parte del alquiler del cuarto y para remunerar las comisiones de Moreno. Durante el segundo mes vivió del agradecimiento de la mujer de Moreno, que le permitió quedarse allí sin pagar. Dijo la mujer al propietario del conventillo que el cuarto estaba desocupado. Monsalvat no tenía ni qué ponerse. La mujer de Moreno le daba algo de comer: lo que sobraba en su cuarto, que era bien poca cosa.

Mientras tanto, él escribía artículos y los mandaba a los diarios y a las revistas. Convencido de que algo tenía que decir, había concluido por sentir en él la vocación de escritor. En una revista le publicaron un artículo. Los treinta pesos fueron entregados a su protectora.

Ese mismo día se preparó para salir. Llevaba dos meses de clausura, dos meses extraños, viviendo una vida puramente interior, lejos del mundo, lejos de todo. Acostado casi todo el día, sólo hablaba con Moreno, que se metía en el cuarto a darle conversación. Él le hacía referir la triste historia de Irene, que se la oyó así innumerables veces. Pero a Monsalvat, por más que la supiese de memoria, siempre le interesaba. Le conmovían los sufrimientos de aquel padre que, al narrar tantas tristezas, perdía su ridiculez y adquiría algo de noble. Le conmovía la tragedia de aquella pobre Irene que le había querido apasionadamente.

Irene, enamorada de un hombre que Moreno sospechaba fuese Monsalvat, había pasado unas semanas como una loca. Era todo nervios, exaltaciones. Por cualquier insignificancia se ponía furiosa, amenazaba a la madre, insultaba a Moreno, pegaba a los hermanitos. En seguida le salió un novio. Un muchacho que trabajaba en una peluquería del barrio. Era feo, extremadamente moreno, y de poca airosa figura. Ella lo aceptó, nadie sabía por qué. No le gustaba, decía de él que era un estúpido y un vulgar. Sin embargo, iba a casarse. Pero un día, una mujer del barrio le dijo a Irene que el peluquero tenía una amante, una mujer casada que vivía allí cerca. Era exacto, pero la denunciante no contó que el peluquero acababa de cortar esas relaciones para casarse con Irene, a quien comenzaba a querer. Irene sintióse humillada. Le pareció una injuria espantosa que aquel hombre la engañase. Su amor propio la enfureció, la enloqueció. Y una tarde, en que sus padres no se hallaban en la casa, Irene, para vengarse, llamó al primer hombre que pasó por la calle, y, después de explicarle todo, se le entregó. El peluquero lo supo. Exasperado, el muchacho acudió con un revólver y lo descargó sobre Irene. No la hirió. Intervino la justicia y el peluquero fué a la cárcel. Irene huyó de la casa. Nadie sabía dónde estaba. Lo único que pudo averiguar Moreno era que todas las semanas su hija visitaba al peluquero en la prisión. Pero ¿de qué vivía? ¿Y cómo vivía?

—¡Se ha perdido, doptor, se ha perdido!—exclamaba el padre llorando.—¡Era la flor de mi casta! Era buena, trabajadora... ¡Y linda como ella sola, mi hija querida! Y pensar que yo tengo la culpa, yo, el más grande de los borrachos. ¡Las consecuencias del vicio! Porque mi hijita es una hija del alcohol. Por eso salió como salió.

Y se tapaba la cara con ambas manos, sentado en la única silla del cuarto, mientras Monsalvat se vestía.

—Cálmese, Moreno, ya la hemos de encontrar.

El hombre levantó los brazos al cielo, y lúgubremente, entre sollozos, exclamó:

—¡Te fuiste, hija mía! Te fuiste para no volver. ¿Por qué quisiste asesinar a tu digno padre, el desgraciado, el maldito procurador Moreno? ¡Destino implacable! ¡Suerte injusta!

Terminaba Monsalvat de vestirse—de colocarse un sobretodo de verano sobre la camisa, pues había empeñado el saco y el chaleco—, cuando entró la mujer de Moreno. Dijo que unas señoras deseaban hablar con Monsalvat. Monsalvat miró severamente a la mujer. Comprendió que se trataba de damas pertenecientes a alguna sociedad de beneficencia y que la mujer de Moreno les refirió el caso de Monsalvat: un doctor, un mozo inteligente y fino, que vivía en la miseria.

Monsalvat salió al patio, dispuesto a no mirar a las señoras, cuando oyó los gritos de una pobre mujer del conventillo. La mujer hablaba con desprecio de las señoras, que no la socorrían porque tenía un hijo y era soltera. Vociferaba contra "los curas", contra las sociedades de beneficencia, contra las pobres que adulaban a las señoras para sacarles dinero. Las dos señoras no parecían enojadas ni intimidadas. Debían serles habituales semejantes escenas. Monsalvat les preguntó:

—¿Es cierto lo que dice esa mujer?

—¡Ay, pero si yo lo conozco!—exclamó una de las damas caritativas, que resultó ser Isabel, aquella muchacha que una vez comiera junto a Monsalvat, en casa de Ruiz de Castro.

—¡Es Monsalvat!—exclamó la otra, la gordita oradora y simpática, la defensora de las instituciones.

Monsalvat les tendió la mano, sonriendo fríamente. Las dos estaban apenadas de ver la situación de Monsalvat. Pero trataban de disimular, para no ofenderle. Monsalvat inquirió de nuevo si era cierta la acusación de la mujer, que aún seguía gritando.

—Es cierto, Monsalvat, pero...—empezó la joven dama.

—Esa mujer tiene entonces razón. A ustedes les falta caridad. Hacen esto por pasar el tiempo, por ocupar cargos en las sociedades de beneficencia, por motivos mundanos, y nada más.

Y ya lanzado por este camino, continuó. Fué implacable, duro. Parecía que ejerciese una venganza. Envuelto en aquel sobretodo que le venía grande, haciendo raros movimientos con los hombros, abriendo los ojos, que a causa de la flacura habíanse agrandado, Monsalvat, conminando a aquellas mujeres distinguidas, en un conventillo de Barracas, resultaba una figura extraña. Las mujeres bajaban la cabeza, como aceptándolo todo. Monsalvat, excitado, no advirtió que la muchacha, Isabel, se apartaba del grupo e iba en busca de la mujer que protestaba, para darle todo el dinero que llevaba encima, su dinero, no el de la sociedad. Y cuando Isabel volvió, tampoco pudo notar que la dama se quitaba un guante y después un anillo. Cuando él se interrumpió, la señora, en tono humilde, serio, sin sentimentalismo, dijo:

—Monsalvat, tome esto y véndalo y déle el dinero a la mujer.

Monsalvat tomó el anillo.

—Y si usted...

Lo miró, temiendo que se ofendiera. Él hizo un gesto de rechazo. Ella entonces quiso hablarle aparte, y entró en la pieza, sola con él.

—Usted necesita, Monsalvat. Acepte parte de lo que valga el anillo. Hay el deber de vivir, Monsalvat. Créame que nosotras no somos malas. Cuando aquella noche hablé así, usted se acordará, era porque no conocía el mundo. Después he sufrido y ahora comprendo muchas cosas...

Monsalvat insistió en su negativa. Les dió la mano, ahora con afecto, y salió de la casa, acompañado de Moreno, que no salía de su asombro por cuanto viera y oyera y que se ofrecía a Monsalvat para vender el anillo, cosa que él rechazó de plano. Monsalvat había comprendido que, en efecto, aquellas dos mujeres, y tantas otras de su condición, no eran malas sino buenas; y que si parecían malas ello se debía al ambiente de egoísmo en que se habían formado y vivido. La maldad no era una cosa individual, sino un producto colectivo, una consecuencia de las ideas dominantes y de la actual organización social.

Subieron a un tranvía, en dirección al centro de la ciudad. Monsalvat ahora se alegraba de que viniese Moreno. Sentíase débil. Durante las dos cuadras que debió hacer a pie, apenas pudo caminar. Las piernas se le doblaban. En el tranvía iba al principio mareado. Las casas y la calle no estaban en su verdadero plano. Subían, bajaban, parecían lejanas. Como el tranvía estaba lleno de gente, Monsalvat y Moreno habían debido separarse. Moreno ocupó un asiento delantero y Monsalvat quedó bastante atrás.

El tranvía iba por la calle Piedras. A la altura de Méjico o de Venezuela el vecino de Monsalvat se levantó para ceder su lugar a una mujer. Monsalvat no la miró. Sólo veía su vestido negro, de luto. Pero al cabo de un rato notó que ella le observaba. Pensó que tal vez le conociera y se avergonzó de su aspecto miserable. Pero era difícil que le reconocieran, con la barba de una semana, aquel traje sucio, aquella flacura impresionante, aquel aire de hombre debilitado o enfermo. Se consoló con estos pensamientos, pero, por si acaso, torció su cuerpo hacia la ventanilla, para que la mujer no pudiese verle.

Mas apenas realizó esta maniobra, oyó una voz que susurraba su nombre dulcemente. Palideció, le temblaron las manos. Parecióle que toda una hilera de casas se hundía unos metros y se desteñía y que el tranvía marchaba inclinado, como si fuera a caerse.

—¡Cuantos meses sin vernos!—exclamó ella.—Mamá murió. Yo vivo en la calle Tacuarí, en la casa de huéspedes. Hace tiempo que vivo allí. Mi hermana dirige la casa. Yo...

Monsalvat había recuperado su normalidad. Pero no hablaba. No podía hablar. Escuchaba la voz de Nacha como quien oye una música de dulzura infinita. Escuchaba y soñaba. Pero no podía recordar sino vaguedades. La miró a los ojos.

Nacha había comprendido toda la vida trágica de Monsalvat. La había visto en su traje, en su aspecto de enfermo, en sus ojos que no tenían la fuerza de otro tiempo y que ahora parecían despintados, grises, incoherentes.

Al cruzar el tranvía la Avenida de Mayo, un hombrón vulgarote, apaisanado, se acercó a Nacha y la tocó en el hombro. Nacha lo llamó y lo presentó a Monsalvat.

—Nos casamos pronto—dijo ella.—Es mi novio. Lo conocí en la casa de huéspedes, donde vive. Nos iremos al campo, a su estancia...

El sujeto miraba a Monsalvat con extrañeza y desconfianza. Estaba impaciente. Nacha, antes de levantarse, preguntó a Monsalvat su domicilio.

—¿Mi casa?—exclamó él, como si le hicieran la más rara de las preguntas.

Palideció otra vez, ahora intensamente. Volvieron a temblarle las manos.

—Quiero que sea mi testigo de casamiento—rogó ella, oprimiendo la mano de su amigo con una ternura que él jamás conoció en toda su existencia.

—¡Bueno, ya basta!—protestó el novio de Nacha, con una voz ronca e indignada.

—No puede negarse, Monsalvat. Se lo pido. Sea bueno conmigo. Dígame dónde vive.

Monsalvat oyó que alguien daba su dirección.

—Vive en mi casa, señora. Yo soy el procurador Moreno, a sus gratas órdenes. Me considero un fiel amigo del ilustre doptor. Pertenezco a la antigua familia de los Moreno de Chivilcoy, y aunque los rigores de los Hados...

Monsalvat ya no sentía el calor de la mano amiga. Nacha había bajado del tranvía, arrastrada de un brazo por su futuro marido.