CAPITULO II
Como el Gallo da a entender a su amo Micyllo quel es Pitagoras y como fue trasformado en gallo y Mycillo dize vna fabula de quien fue el gallo.
Pues oyeme, Micyllo, que tú oyras de mi vn quento muy nuevo e incleyble; que te ago saber queste que agora te parezco gallo no a mucho tienpo que fue onbre.
Mycillo.—En verdad yo he oydo ser esto ansi quel gallo fue vn paje muy privado del dios Mares que sienpre le aconpannó en los plazeres y deleytes e que vna noche le llevó consigo quando yba a dormir con Venus, y que porque tenia gran temor del sol y que no los viese y lo parlase a Vulcano, dexóle en su guarda, requeriendole que no se durmiese porque si el sol salia y los bia que lo parlarya a Bulcano, y dizen que tú te dormiste y el sol salio y que como los vido fuelo a dezir a su marido de Venus, y asi Bulcano con gran enojo vino y prendiolos en vna rez que fabrycó y presos llevolos ante los dioses, y que Mares con el gran enojo que hubo te bolbió en gallo y que agora por satisfazer a Mares quando no haces otro provecho alguno manifiestas la salida del sol con grandes clamores y cantos.
Gallo.—Es la verdad todo eso que se cuenta, mas lo que yo agora quiero dezir otra cosa es; muy poco tienpo ha que yo fuy trasformado en gallo.
Mycillo.—¿Deque manera es eso ansi; porque lo deseo mucho saber?
Gallo.—Dime, Micyllo, ¿oyste algun tienpo de vn Pitagoras sabio?
Mycillo.—¿Acaso dizes por vn sofista encantador el qual constituyó que no se comiesen carnes ny abas, manjar muy suabe, para la despedida de la mesa, y aquel que presvadio a los onbres que no ablasen por cynco años?
Gallo.—Pues sabes tanbien como Pitágoras abia sido Eufurbio?
Mycillo.—Yo no sé mas sino que dizen queste Pitagoras abia sido vn honbre enbaydor que azia prodigios y encantamientos.
Gallo.—Pues yo soy Pitagoras, por lo qual te ruego que no me maltrates con esas enjuryas, pues no conoscyste mis costumbres.
Mycillo.—Por cierto esto es mas milagroso ver vn gallo filosofo; pues declaranos, buen yjo de Menesarca, qué causa fue la que te mudó de onbre en ave, porque ny este acontecimiento es verisimile ni razonable creer, e ademas por aver visto en ti dos cosas muy ajenas de Pitagoras.
Gallo.—Dime quales son.
Mycillo.—Lo vno es verte que eres parlero y bullicyoso, mandando el que por cynco años enteros no ablasen los onbres; lo otro contradize a su ley porque como yo no tubiese ayer que te dar de comer te eché vnas abas y tú las comiste con muy buena boluntad, por lo qual es muy mas necesario que mientas tu en dezir que seas Pitagoras; que si eres Pitagoras tú le has contradezido pues mandaste que se abya de huyr de comer las habas como la misma cabeça del padre.
Gallo.—¿No has conoscido ¡oh Micillo! qué sea la causa de aqueste acaescimiento que qunple para qualquier género de bida? entonces quando era filosofo desechaba las habas; mas agora que soy gallo no las desecho, por serme agradable manjar; mas si no te fuere molesto, oyeme e dezirte he cómo de Pitagoras comence a ser esto que agora soy, anque hasta agora he sido transformado en otras muchas diversas figuras de animales; dezirtelo he lo que me acaescyo en cada vna por si.
Mycillo.—Yo te ruego me lo quentes porque a mi me será muy sabroso oyrte e tanto que si alguno me preguntare quál queria mas, oyrte a ti o bolver aquel dichoso suenno que sonnava astaqui, juzgarya ser yguales los tus sabrosos quentos con aquella sabrosa posesion de riquezas en que yo me sonnava estar.
Gallo.—Tú tanbien me traes a la memoria lo que en el suenno biste como quien guarda vnas vanas ymajinaciones, tu fantasia te regozijas de vna vana felicydad.
Mycillo.—Mas sé cyerto que m'es tan dulce este suenno que nunca del me olvydaré ni de otra cosa más me quiero acordar.
Gallo.—Por cierto que me muestras ser tan dulce este suenno que deseo saber qué fue.