CAPITULO XIX

Que cuenta en pronosticar lo de los agüeros; cosa de notar.

Estoy turbado de una cierta ave que agora voló y vengo á conjeturar que nos ha de suceder en esta noche algun enojoso acontescimiento, por lo cual encomendemonos á Dios y aparejemonos á padescer, pues no se puede escusar. Perequin, se rió mucho burlando de Pierres; y dijo: por Dios que me maravillo de tí que con todo tu saber des crédito á liviandades tan sin razon, y si en agüeros crees nunca harás cosa buena, porque si viendo esas vanidades esperas á ver si aciertan ó no, agora por temor, agora por engaño del demonio puedes peligrar en tu salud, por lo cual te ruego que depongas de tu pecho esta tu errada opinion y no le des alguna fe, porque permitirá Dios que acaezca el mal pronosticado por castigar tu yerro y no porque de allí hubiese de suceder necesariamente. Respondio Pierres: más me maravillo yo de tí, porque me quieres convencer que sea arte de vanidad, pues en todos los acaescimientos pronosticados he hallado que vengan á suceder segun é como yo los he agüerado; y no pienses que lo supe de mi, que mucho trabajo me costó á la deprender de grandes sabios que me la enseñaron; y cree tú que tiene gran fundamento, pues todos los sabios antiguos mentan que tenian en suprema veneracion y le daban tanta fe como á los muy dinos oráculos de su Dios, pronosticaban de cosas acaescidas de improviso, agora en cuerpos muertos de animales sacrificados á sus dioses, agora de vuelo a graznido de las aves, y convenciales á lo creer las grandes experiencias que se les ofrecian, como fue lo que cuentan de Julio Cesar, qu'el primero día que se asentó en la silla imperial sacreficó un buey á Júpiter y abriendole fue hallado sin corazon, de lo qual los agüeros pronosticaron tristemente y le señalaron todo el mal, lo qual así ha sucedido, que de veinte é tres puñaladas fue muerto en el senado. Y tambien leemos que Cayo Claudio é Lucio Petilio cónsules sacreficaron como lo habian de costumbre á los dioses, y en matando el buey ante las aras le sacaron el corazon, el qual de improviso se corrompio de podre, por lo qual los agüeros venieron á pronosticar triste suceso en sus muertes, á los cuales dijeron que moririan muy breve; é ansi fue, que no mucho tiempo murio Claudio Cayo de una grave enfermedad y Petilio en la guerra. Como Antioco rey de Siria tuviese guerra con los partos acontecio que estando en el real hizo una golondrina nido en su mismo pavellon, de lo qual los agüeros denunciaron mal suceso de la batalla, y así fue, que en el comitimiento de los ejércitos fue muerto el rey Antioco y todo desbaratado y perdido. Otros muchos enjemplos de las historias notables te pudiera yo agora traer para corroboracion de que fue creida mi verdad; mas pues tu pertinacia me lo ha todo de destruir, aguardemos á lo que hubiere de acaescer. Luego le respondió Perequin: por hombre para poco me tienes si confiando en Dios no te convenciere á que creas sin hacerme algun perjuicio tus argumentos ser falsos y diabólico y vano el agorar; yo te probaré que estos sus acaescimientos no pueden ser causa ni ocasion para que dellos se pudiese pronosticar lo que está por venir, y porque no parezca que mi persuacion procede sin autoridad, sabras que se lee en los Proverbios del sapientisimo Salomon que no queramos ser como los hombres mintirosos que se mantienen de viento y dan credito á las aves que vuelan, porque en la verdad gran liviandad es seguir cosa tan incierta y cosa que nunca se puede saber; [de] sentencia de tanta autoridad se puede colegir la vana supersticion que está en esta ciencia; despues desto quiero que vengamos á considerar cuanta fuerza é sustentacion de las aves é cualesquiera otros brutos en el ser y obras del hombre; de las unas aves con su canto ó con su vuelo o chellido; los brutos con sus corporales dispusiciones de corazon ó bazo, para que señalen lo que nos ha de acaescer, y porque tú y cuantos nascieron mejor se pueden convencer, vengamos á la razon natural que muestra mi entencion. Á todos es notorio que los brutos animales tan solamente se mueven por un sentido aquello que de presente le es y solo se aplican aquello que ante si tienen, sin consideracion de lo que en ausencia les está. É ansi todas las aves mueven su cuerpo, alas é pies por solo impeto de su naturaleza, por hacer cualquiera ejercicio, como para hablar, para comer ó cantar, sin ser de otra parte costreñidos á ello é sin primero lo pensar que lo salgan hacer; pues esto es ansí ¿quien será tan falto de saber que pueda afirmar que las aves con su vuelo ora en la mano diestra ó siniestra cantan ó no, que senifica en nuestras obras bien ó mal? si con hambre comen ¿qué tienen que hacer si yo moriré? y si con sed beban ¿qué tiene que hacer? y si comiendo algo se les caiga del pico, ¿qué convenencia tiene con si me sucederá prósperamente un viaje? ¿qué razon lieva que los hombres veneren todas las obras y movimientos de los brutos y tengan por muy cierto que todo aquello les venefique que ellos de su libre albedrio han de hacer? por cierto gran bajeza. Y despues pensar que Dios onipotente hiciese un tan perfeto animal como es el hombre y de tan alto intendimiento que conosciese lo que estaba por venir por las obras de las miserabres avecicas y de brutos sin uso de razon, las quales como ellas mesmas comienzan á volar no saben donde van ni qué les pueda suceder, pues cuanto ellas en este caso puedan muy bien nos lo mostró Mosolamon indio, hombre de muy iminente saber é industria de la guerra, de muy facunda prudencia; de aqueste leemos que siguio á los griegos y macedones despues de la muerte de Alejandro, y como un día fuese con él al ejército é por el camino acaesciese que se puso un ave en un arbol é como los agoreros la viesen comenzaron agorar sobre si debian de pasar adelante; paró alli el Mosolamo como los vio en esta disputa, tomó el arco y mató el ave, burlando de la veneracion del agorar; y como el agorero mayor lo vio entristeciose mucho, é alzando Mosolamo el ave del suelo dijo ansi: decir porque os acelereis; nunca esta ave supiera lo que nos habia de acaescer pues de si misma no supo procurando por su salud, y pues inorante de su muerte se puso en el arbol para que la matase yo, mal podria saber nuestro mal ó bien acaescimiento; ansí que de todo esto se puede muy bien deducir la vanidad del agorar de las aves é brutos cualesquiera é de cualesquiera otros acontecimientos que se puedan ofrecer, como varonilmente nos lo mostró aquel glorioso y felice gran capitan español Gonzalo Hernandez de Córdoba, varon que despues que la fama lo conoscio solo él quiso, no César inmortal, porque aunque muerto, la eternal memoria de sus buenos hechos le hace revivir; fue en fin tal que si le alcanzaran los gentiles que á Aquiles y á Mares y á Palas hicieron sacreficio, á este sin controversia le adoraran todos por Dios. Leemos dél que estando aparejado en Nápoles para acometer con su ejército gran compañía de enemigos acaescio por mal recado se les prendio la polvora de la artilleria, y entristeciéndose toda la gente teniendolo por mal agüero, salió ante todos con gran ánimo diciendo: no desmaye nadie, caballeros; esforzad el corazon, que estas almenures (sic por luminarias) son de nuestra vitoria; y diciendo esto los esforzó tanto para acometer que brevemente destruyó los enemigos. Convencido me estoy yo bastante á creer que todo género de agorar sea vano y de ninguna certedumbre, ni sé mas de que el demonio nos quiere engañar con hacernos entender que todo sea ansí como nos lo muestra y trabaja con toda su industria que suceda aquello que nos mostró ó que pronosticaron del vuelo del ave, ó de cualquiera otra cosa, y esto aunque nunca hubiera de acontecer, porque solamente le creais; y agora me temo yo, señor Pierres, que pirmitirá Dios que nos suceda el mal que vos habeis agorado, por castigaros el yerro que cometisteis en dar crédito á cosa tan vana y tan errada, la qual es de pura industria y engaño del demonio y no porque creo que hubiese ansi de acaescer. Pierres quedó convencido y atemorizado con el miedo que lo puso Perequin de parte de Dios porque daba crédito al agorar; y asi razonando fueron toda la tarde en esta materia hasta que llegamos á una aldea de pocos vecinos.

Micillo.—Pues, tú Pitágoras, ¿porque no diste en aquel arte tu parescer, que bien se te entendia, pues fueste discípulo de los magos?

Gallo.—Porque mientras fue asno no pude hablar. Como fuemos llegados á la aldea aparejóse la cena, porque llegamos tarde é despues de haber cenado fuéronse mis amos á reposar y sosegose la casa. Sucedio que junto á la media noche, en lo mas sabroso del sueño, entran en casa unos ladrones y roban las arcas del huéspede, que era rico, y levantados con la presa porque no lo podian levar acuestas, vienen al establo y tomanme á mí para que mis hombros lo lieven, y como vieron que tenían cogido quien lo levase sin trabajo suyo, tornaron á hurtar, doblado y cargaronme de aquellos tesoros y buena ropa una carga que no la levaran dos como yo, y abiertas las puertas sin ser sentidos me sacaron fuera del lugar. Tenian su vivienda en una cueva que habian hecho cinco millas de aquella aldea y habiamos de pasar un rio para ir allá por un vado, y como los ladrones viniesen tan alegres con su priesa y fuese algo oscura la noche, perdieron el vado, y llegados al rio, confiando en que yo pasaría delante aguijáronme para que pasase y en entrando no muy lejos de la orilla, lancé los pies y las manos en un tremadal, y como el agua era alta luego me ahogué y la hacienda todo se perdio sin poder cobrar nada.