CAPÍTULO XV
Como su amo siendo asno lo vendio á los recueros y lo que le sucedio.
Gallo.—Ofrecieronse unos recueros que llegaban á una feria aceite y miel y como me vieron con bueno y gordo dieron á mi amo lo que por mi les fue pedido, y comprado, porque entonces no habia carga para mí, fue vacío hasta la feria, que era unas veinte millas de ahí; y como me pusieron en el camino pasé adelante de todos y comence á caminar apriesa, y como mis amos me vieron contentaronse de mi y yo porque no me adelantase mucho acosaron los otros asnos de manera que tanto quanto yo andaba sin carga, con fuertes palos les hacian caminar á ellos; iban muy airados mis compañeros de mí porque les fatigaban á mi causa, y cada uno que me alcanzaba me mordía con grande enojo, y como no tenian remedio alguno para su trabajo esforzabanse á padescer haciendo conjuracion que llegados al lugar yo se lo pagaría. Y como continuando nuestro camino llegamos á donde habiamos de parar en la feria, echandonos á la caballeriza, y todos descargados unos se volcaron por estregar el sudor y otros tenian ojo á la comida para vengarse de mí; y en fin, despues que nuestros amos hubieron puesto á recado su hacienda, comenzaron echar á cada uno su paja é cebada, é desque á todos dejaron contentos en su pesebre y á mi tambien mi pesebre, fueronse á cenar, e luego juntos todos los otros asnos se vienen á mi pesebre y mordiéndome y acoceándome quitaron dél, y yo queriendome ir á los suyos volvian con gran furia y no me consentian llegar, á tanto que me fué nescesario salirme fuera de la caballeriza, y como había gana de comer acordeme que por la puerta de aquella ciudad por donde entramos había visto unos huertos frescos con muy buenas berzas verdes, y corrí y fue acertar por las calles allá, y como llegué á los huertos, desbordando los valladares y defensas que tenían hechas y entrando, comi á medida de mi estómago y satisfacion, y en lo mas sabroso de mi comer sale un egicio renegando con un gran varal y dame en estas espaldas y cabeza tantos de palos que no podia menearme y derrocado en el suelo daba en mi sin tener piedad de mi miseria. Estando el egicio e yo en esta contienda, que me parescia que no podia escapar de alli vivo ni se diera por mi vida un maravedi, llegan los recueros que ya me andaban á buscar, porque cuando yo sali no me vieron, que estaban comiendo, y pagan el daño hecho en el huerto, y sin hacer cuenta de los palos que hasta entonces me habia dado aquel malaventurado egicio, me dieron otros tantos para me levantarme de alli, asiéndome unos de la cola y otros de la cabeza, pensando que estaba beodo de algun beleño que hubiese comido. Me levantaron á poder de palos y aun por el camino me daban tantos y daguijones que aguijase; llegados al meson metieronme en el establo donde hallé á mis compañeros muy ufanos, y no contentos de concierto se tornan á mi dandome muchas coces y muesos, y con el trabajo pasado y con este yo me eché en el suelo; y no contentos con lo pasado no hacian sino pasar por cima de mi, paresciendoles que estaban contentos por haberse vengado de mi; y yo me quedé en el suelo por descansar; del dolor del cuerpo y de la cabeza no pude dormir; pues venida la mañana volvieron nuestros amos á nos echar de comer; estaban tan enojados los otros asnos, que no contentos no me dejaron llegar al peseble, y yo por no encorrir en otra como la pasada tuve paciencia y callé y quedé sin comer hasta el medio día que ya desenojados tuvieron por bien de me dejar é comí é maté mi hambre, é como duró la feria ese dia é otro convalescí en salud algo, y como los recueros vendieran su mercaderia compraron cargas iguales de trigo para todos, y cargados volvímonos para su tierra y aun como no fuese bien sano y con la carga no pudiese andar tanto como mis compañeros, alli viérades la gran priesa que de contino hacian de varearme con muchos aguijones para que anduviese como los otros, é yendo el camino pasé hasta que fuemos llegado. La vida de aquellos recueros desventurados era á mi parescer la mas misera y la mas trabajada de los hombres, porque nunca hacian sino caminar por sierras y valles y desiertos, por llanos y por pedriscos, ellos á pie, nosotros cargados, con tempestades, pluvias y siestas, sin alguna piedad de si ni de nosotros, con muy gran fatiga y ningun descanso; nunca gozan de sus casas y mujeres é hacienda, ni sosiego de un momento, mas contino trabajo y afan, como verdaderos esclavos alquilados por vil dinero é mandados por su señor; su contino mantinimiento es una pobre fruta ajo é cebolla y pan de perros, y si alguna vez se desmandaban á comer algun miserable tasajo en alguna venta, danselo guisado que yo siendo asno no lo querria ver y aquello tienen por bueno y sano. Acaescio que venimos en un arroyo y en un turbio cenagal donde caidas las cargas reniegan como perros y maldicen su ventura; teníamos yo y mis compañeros metidos los brazos y pies en el lodo hasta las espaldas y el agua que nos cobría; ¡oh miseria de nuestro vivir! qué trabajo era vernos sin remedio de nuestra salud! que mientra más fuerza poniamos para levantarnos más se nos somian los pies en el lodo hasta más no poder entrar ya la agua que nos cubria por cima; ¡oh miseria de nuestro vivir! ¡qué trabajo era vernos sin remedio de poder escapar con las vidas! En fin, como pudieron desliaron el trigo y atollando en el lodo hasta la cintura lo sacaron á la orilla, no les pesando tanto por nosotros como porque perdian el interés y trabajo pasado; buscaron unas mulas de carreta uncidas en uno, echaron unas sogas, por medio del cuerpo nos ataban y ansi las mulas nos sacaban arrastrando del charco. Ansi, escapados desta tempestuosa fragosidad, fuemos con todo trabajo hasta sus casas, adonde llegados salen unas brutas amazonas que tenían por mujeres y puestas las cargas en tierra y nos dan de comer. Estábamos tan fatigados que ninguno curó de comer ni llegar al peseble, sino arrojarnos en aquel establo por descansar; y como las mujeres supieron la fortuna acontecida, rasgabanse con las uñas el rostro y traian los hijos porque llorasen con ellas. Despues que por algunos dias hubieron llorado su dolor, como vieron perdido el trigo acordaron de remediar con vender algunos de nosotros para tornar á tratar, y para esto nos trujeron á una ciudad que estaba en los confines de Grecia, adonde se hacía una feria.