LOS SIETE LIBROS DE LA DIANA
DE
GEORGE DE MONTEMAYOR
DIRIGIDA AL MUY ILLUSTRE SEÑOR
DON JUAN DE CASTILLA DE VILLANOUA,
SEÑOR DE LAS BARONÍAS DE BICORB Y QUESA
EPÍSTOLA
AL MUY ILLUSTRE SEÑOR DON JUAN DE CASTELLA DE BILLANOUA, SEÑOR DE LAS BARONÍAS DE BICORB Y QUESA, DE GEORGE DE MONTEMAYOR.
Aunque no fuera antigua esta costumbre, muy illustre Señor, de dirigir los autores sus obras a persona de cuyo valor ellas lo recibiessen, lo mucho que V. M. meresce assi por su antigua casa, y esclarecido linaje, como por la gran suerte y valor de su persona, me mouiera á mí y con muy gran causa a hazer esto. Y puesto caso que el baxo estilo de la obra, e el poco merescimiento del autor della, no se auia de estender a tanto, como es dirigirlo á V. M., tampoco tuuiera otro remedio, sino este, para ser en algo tenida. Porque las piedras preciosas no reciben tanto valor del nombre que tienen, pudiendo ser falsas y contrahechas, como de la persona en cuyas manos estén. Supplico á vuestra merced debaxo de su amparo y correction recoja este libro assi como el estrangero autor della recogido: pues que sus fuerças no pueden con otra cosa seruir a vuestra merced. Cuya uida y estado nuestro Señor por muchos años acresciente.
AL DICHO SEÑOR
Mecena fue de aquel Maron famoso
particular señor y amigo caro,
de Homero, (aunque finado) el belicoso
Alexandro, gozó su ingenio raro:
Y así el de Villanoua generoso
del lusitano autor ha sido amparo,
haciendo que un ingenio baxo y falto
hasta las nubes suba, y muy más alto.
DE DON GASPAR DE ROMANI, AL AUTOR
Soneto.
Si de Madama Laura la memoria
Petrarca para siempre ha leuantado
y a Homero assi de lauro ha coronado
escribir de los griegos la uictoria:
Si los Reyes tambien para más gloria
vemos que de contino han procurado
que aquello que en la uida han conquistado
en muerte se renueve con su historia,
Con mas razon serás, ¡o, excelente
Diana!, por hermosa celebrada,
que quantas en el mundo hermosas fueron.
Pues nadie meresció ser alabada,
de quien asi el laurel tan justamente
merezca más que quantos escriuieron.
HIERÓNYMO SANT PERE,
Á GEORGE DE MONTEMAYOR
Soneto.
Parnaso monte, sacro y celebrado:
museo de Poetas deleytoso,
venido a parangon con el famoso
paresceme que estás desconsolado.
—Estoylo, y con razon; pues se han passado
las Musas, y su toro glorioso,
á este que es mayor monte dichoso,
en quien mi fama, y gloria se han mudado.
Dichosa fué en extremo su Diana,
pues para ser del orbe más mirada
mostró en el monte excelso su grandeza.
Allí vive en su loa soberana,
por todo el uniuerso celebrada,
gozando celsitud, que es más que alteza.
ARGVMENTO DESTE LIBRO
En los campos de la principal y antigua ciudad de Leon, riberas del rio Ezla, huuo una pastora llamada Diana, cuya hermosura fué extremadissima sobre todas las de su tiempo. Esta quiso y fue querida en extremo de un pastor llamado Sireno: en cuyos amores hubo toda la limpieza, y honestidad possible. Y en el mismo tiempo, la quiso más que si, otro pastor llamado Syluano, el qual fué de la pastora tan aborrecido, que no auia cosa en la uida á quien peor quisiesse. Sucedió pues, que como Sireno fuesse forçadamente fuera del reyno, a cosas que su partida no podía escusarse, y la pastora quedase muy triste por su ausencia, los tiempos y el coraçon de Diana se mudaron; y ella se casó con otro pastor llamado Delio, poniendo en oluido el que tanto auia querido. El qual, viniendo despues de un año de ausencia, con gran desseo de ver á su pastora, supo antes que llegasse como era ya casada. Y de aqui comiença el primero libro, y en los demás hallaran muy diuersas historias, de casos que verdaderamente han succedido, aunque van disfraçados debaxo de nombres y estilo pastoril[1210].
LIBRO PRIMERO
DE LA DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
Baxaua de las montañas de Leon el oluidado Sireno, á quien amor, la fortuna, el tiempo, tratauan de manera, que del menor mal que en tan triste uida padescía, no se esperaua menos que perdella. Ya no lloraua el desuenturado pastor el mal que la ausencia le prometia, ni los temores de oluido le importunauan, porque vía cumplidas las prophecías de su recelo, tan en perjuyzio suyo, que ya no tenía más infortunios con que amenazalle. Pues llegando el pastor a los verdes y deleitosos prados, que el caudaloso rio Ezla con sus aguas va regando, le vino a la memoria el gran contentamiento de que en algun tiempo allí gozado auia: siendo tan señor de su libertad, como entonces subjecto a quien sin causa lo tenía sepultado en las tinieblas de su oluido. Consideraua aquel dichoso tiempo que por aquellos prados, y hermosa ribera apascentaua su ganado, poniendo los ojos en solo el interesse que de traelle bien apascentado se le seguía, y las horas que le sobrauan gastaua el pastor en solo gozar del suaue olor de las doradas flores, al tiempo que la primauera, con las alegres nueuas del uerano, se esparze por el uniuerso; tomando a uezes su rabel, que muy polido en un çurron siempre traíaces una çampoña, al son de la qual componía los dulces versos con que de las pastoras de toda aquella comarca era loado. No se metia el pastor en la consideracion de los malos, o buenos successos de la fortuna, ni en la mudança y uariacion de los tiempos; no le passaua por el pensamiento la diligencia, y codicias del ambicioso cortesano, ni la confiança y presuncion de la Diana celebrada por solo el uoto y parescer de sus apassionados: tampoco le daua pena la hinchaçon, y descuydo del orgulloso priuado. En el campo se crió, en el campo apascentaua su ganado, y ansi no salian del campo sus pensamientos, hasta que el crudo amor tomó aquella possession de su libertad, que él suele tomar de los que más libres se imaginan. Venia pues el triste Sireno los ojos hechos fuentes, el rostro mudado, y el coraçon tan hecho a sufrir desuenturas, que si la fortuna le quisiera dar algun contento fuera menester buscar otro coraçon nueuo para recebille. El uestido era de un sayal tan aspero como su uentura, un cayado en la mano, un çurron del brazo yzquierdo colgando. Arrimose al pie de un haya, començo a tender sus ojos por la hermosa ribera, hasta que llegó con ellos al lugar donde primero auia uisto la hermosura, gracia, honestidad de la pastora Diana, aquella en quien naturaleza sumó todas las perfeciones, que por muchas partes auia repartido. Lo que su coraçon sintio imaginelo aquel que en algun tiempo se halló metido entre memorias tristes. No pudo el desuenturado pastor poner silencio á las lagrimas, ni escusar los sospiros que del alma le salian. Y boluiendo los ojos al cielo, començo a dezir desta manera: ¡Ay, memoria mia! enemiga de mi descanso, no os ocuparades mejor en hazer me oluidar desgustos presentes, que en ponerme delante los ojos contentos passados? ¿Qué dezis, memoria? Que en este prado vi á mi señora Diana. Que en el comence a sentir lo que no acabaré de llorar. Que junto a aquella clara fuente, cercada de altos y verdes sauces, con muchas lagrimas algunas vezes me juraua, que no auia cosa en la vida, ni noluntad de padres, ni persuasion de hermanos, ni importunidad de parientes que de su pensamiento le[1211] apartasse. Y que quando esto dezia, salian por aquellos hermosos ojos vnas lagrimas, como orientales perlas, que parescian testigos de lo que en el coraçon le quedaua, mandandome só pena de ser tenido por hombre de baxo entendimiento, que creyesse lo que tantas vezes me dezia. Pues espera vn poco, memoria, ya que me aueis puesto delante los fundamentos de mi desuentura (que tales fueron ellos, pues el bien que entonces passé, fué principio del mal que ahora padezco) no se os oluiden, para templar me este descontento, de poner me delante los ojos vno a vno, los trabajos, los desassossiegos, los temores, los recelos, las sospechas, los celos, las desconfianças, que aun en el mejor estado no dexan al que verdaderamente ama. ¡Ay, memoria, memoria, destruydora de mi descanso! ¡quan cierto está responder me, qu'el mayor trabajo que en estas consideraciones se passaua, era muy pequeño, en comparacion del contentamiento que a trueque dél recebia; Vos, memoria, teneis mucha razon, y lo peor dello es tenella tan grande. Y estando en esto, sacó del seno un papel, donde tenia embueltos vnos cordones de seda verde y cabellos[1212] y poniéndolos sobre la verde yerua, con muchas lagrimas sacó su rabel, no tan loçano como lo traía al tiempo que de Diana era fauorescido, y començo a cantar lo siguiente:
¡Cabellos, quanta mudança
he visto despues que os vi
y quan mal paresce ahí
esta color de esperança!
Bien pensaua yo cabe ellos
(aunque con algun temor)
que no fuera otro pastor
digno de verse cabe ellos.
¡Ay, cabellos, quantos dias
la mi Diana miraua,
si os traya, ó si os dexaua,
y otras cien mil niñerias!
Y quantas vezes llorando
¡ay!, lagrimas engañosas,
pedia celos, de cosas
de que yo estaua burlando.
Los ojos que me matauan,
dezid, dorados cabellos,
¿que culpa tuue en creellos,
pues ellos me assegurauan?
¿No vistes vos que algun dia,
mil lagrimas derramaua
hasta que yo le juraua,
que sus palabras creya?
¿Quien vió tanta hermosura
en tan mudable subjecto?
y en amador tan perfecto,
quien vio tanta desuentura?
Oh, cabellos ¿no os correys,
por venir de ado venistes,
viendo me como me vistes
en uerme como me veys?
Sobre el arena sentada
de aquel rio la ui yo
do con el dedo escriuió:
antes muerta, que mudada.
Mira el amor lo que ordena,
que os uiene hazer creer
cosas dichas por mujer,
y escritas en el arena.
No acabara tan presto Sireno el triste canto, si las lagrimas no le fueran a la mano, tal estaua como aquel a quien fortuna tenia atajados todos los caminos de su remedio. Dexó caer su rabel, toma los dorados cabellos, bueluelos a su lugar, diziendo: ¡Ay, prendas de la más hermosa, y desleal pastora, que humanos ojos pudieron ver! Quan a vuestro saluo me aueis engañado. ¡Ay, que no puedo dexar de veros, estando todo mi mal en aueros visto! Y quando del çurron sacó la mano, acaso topó con una carta, que en tiempo de su prosperidad Diana le auia embiado; y como lo vio, con vn ardiente sospiro que del alma le salia, dixo: ¡Ay, carta, carta, abrasada te vea, por mano de quien mejor lo pueda hazer que yo, pues jamas en cosa mia pude hazer lo que quisiesse; malhaya quien ahora te leyere! Mas ¿quien podra hazerlo? Y descogiendola vio que dezia:
CARTA DE DIANA A SIRENO
Sireno mio, quan mal suffriria tus palabras, quien no pensasse que amor te las hazia dezir! Dizes me que no te quiero quanto deuo, no sé en que lo uees, ni entiendo cómo te pueda querer mas. Mira que ya no es tiempo de no creerme, pues vees que lo que te quiero me fuerça a creer lo que de tu pensamiento me dizes. Muchas vezes imagino que assi como piensas que no te quiero, queriendote mas que a mi, assi deues pensar que me quieres teniendo me aborrescida. Mira, Sireno, que'l tiempo lo ha hecho mejor contigo, de lo que al principio de nuestros amores sospechaste, y quedando mi honra a saluo, la qual te deue todo lo del mundo, no auria cosa en él, que por ti no hiziesse. Suplicote quanto puedo, que no te metas entre zelos y sospechas, que ya sabes quan pocos escapan de sus manos con la uida, la qual te dé Dios con el contento que yo te desseo.
¿Carta es esta, dixo Sireno sospirando, para pensar que pudiera entrar oluido en el coraçon donde tales palabras salieron? ¿Y palabras son estas para passallas por la memoria, al tiempo que quien las dixo, no la tiene de mí? ¡Ay, triste, con quanto contentamiento acabé de leer esta carta, quando mi señora me la embió, y quantas vezes en aquella hora misma la bolui a leer. Mas págola ahora con las setenas: y no se suffria menos, sino venir de vn extremo a otro: que mal contado le seria a la fortuna, dexar de hazer comigo, lo que con todos haze. A este tiempo por vna cuesta abaxo, que del aldea venia al verde prado, vio Sireno venir vn pastor su passo a passo, parandose a cada trecho, vnas vezes mirando el cielo, otras el verde prado y hermosa ribera, que desde lo alto descubria: cosa que mas le augmentaua su tristeza, viendo el lugar que fue principio de su desuentura: Sireno le conoscio, y dixo buelto el rostro hazia la parte de donde venia: ¿Ay, desuenturado pastor, aunque no tanto como yo, en qué han parado las competencias que comigo trayas por los amores de Diana? y los disfauores que aquella cruel te hazia, poniendolos a mi cuenta? Mas si tú entendieras que tal havia de ser la summa, quánto mayor merced hallaras que la fortuna te hazia, en sustentarte en un infelice estado, que a mí en derribarme dél, a tiempo que menos lo temia? A este tiempo el desamado Syluano tomó vna çampoña, y tañendo vn rato, cantaua con gran tristezza estos versos:
Amador soy, mas nunca fuy amado;
quise bien, y querré, no soy querido;
fatigas passo, y nunca las he dado;
sospiros di, mas nunca fuy oydo:
quexarme quise, y no fuy escuchado,
huyr quise de amor, quedé corrido;
de solo oluido, no podré quexarme,
porque aun no se acordaron de oluidarme.
Yo hago a todo mal solo vn semblante,
jamas estuue oy triste, ayer contento,
no miro atras, ni temo yr adelante;
vn rostro hago al mal, o al bien que siento.
Tan fuera voy de mi, como el dançante,
que haze a qualquier son mouimiento,
y ansí me gritan todos como a loco;
pero segun estoy aun esto es poco.
La noche a vn amador le es enojosa,
quando del dia atiende bien alguno:
y el otro de la noche espera cosa
qu'el dia le haze largo y importuno;
con lo que vn hombre cansa, otro reposa,
tras su desseo camina cada vno,
mas yo siempre llorando el dia espero:
y en viendo el dia, por la noche muero.
Quexarme yo de amor, es escusado:
pinta en el agua, o da bozes al viento:
busca remedio en quien jamas le ha dado
que al fin venga a dexalle sin descuento.
Llegaos a él a ser aconsejado,
dirá os un disparate y otros ciento.
Pues quién es este amor? Es una sciencia
que no la alcança estudio ni experiencia.
Ama a mi señora a su Sireno;
dexaua a mí, quiça que lo acertaua:
yo triste a mi pesar, tenia por bueno,
lo que enla vida y alma me tocaua.
A estar mi cielo algun dia sereno,
quexara yo de amor si le añublaua,
mas ningun bien diré que me ha quitado,
ved cómo quitará lo que no ha dado.
No es cosa amor, que aquel que no lo tiene
hallará feria a do pueda comprallo,
ni cosa que en llamandola, se uiene,
ni que le hallareys, yendo á buscallo:
Que si de uos no nace, no conuiene
pensar que ha de nascer de procurallo:
y pues que jamas puede amor forçarse,
no tiene el desamado que quexarse.
No estaua ocioso Sireno, al tiempo que Syluano estos versos cantaua, que con sospiros respondia a los vltimos accentos de sus palabras, y con lagrimas solennizaua lo que dellas entendia. El desamado pastor, despues que vuo acabado de cantar, se començo a tomar cuenta de la poca que consigo tenia: y como por su señora Diana auia oluidado todo el hato y rebaño, y esto era lo menos. Consideraua que sus seruicios eran sin esperanza de galardon, cosa que a quien tuuiera menos firmeza, pudiera facilmente atajar el camino de sus amores. Mas era tanta su constancia que puesto en medio de todas las causas que tenia de oluidar a quien no se acordaua dél, se salia tan a su saluo dellas, y tan sin perjuyzio del amor que a su pastora tenia, que sin miedo alguno cometia qualquiera imaginación[1213] que en daño de su fe le sobreuiniesse. Pues como viό Sireno junto a la fuente, quedó espantado de velle tan triste, no porque ignorasse la causa de su tristeza, mas porque le paresció, que si él huuiera rescebido el mas pequeño fauor que Sireno algun tiempo rescibio de Diana, aquel contentamiento bastara para toda la uida tenelle. Llegó se a él, y abraçandose los dos, con muchas lagrimas se boluieron a sentar encima de la menuda yerba: y Syluano començo á hablar desta manera: ¡Ay, Sireno, causa de toda mi desuentura, o del poco remedio della, nunca Dios quiera que yo de la tuya reciba uengança, que quando muy a mi saluo pudiesse hacello no permitiria el amor que a mi señora Diana tengo, que yo no fuesse contra aquel en quien ella con tanta voluntad lo puso. Si tus trabajos no me duelen, nunca en los mios haya fin: si luego que Diana se quiso desposar, no se me acordo que su desposorio y tu muerte auian de ser a vn tiempo, nunca en otro mejor me vea que este en que aora estoy. Pensar deues, Sireno, que te queria yo mal, porque Diana te queria bien y que los fauores que ella te hazia eran parte para que yo te desamasse: Pues no era de tan baxos quilates mi fe, que no siguiesse a mi señora, no solo en quererla, sino en querer todo lo que ella quisiesse. Pesarme de tu fatiga, no tienes porque agradescermelo: porque estoy tan hecho a pesares que aun de bienes mios me pesaria, cuanto más de males agenos.
No causó[1214] poca admiracion a Sireno las palabras del pastor Syluano; y ansi estuuo un poco suspenso, espantado de tan gran suffrimiento y de la qualidad del amor que a su pastora tenia. Y boluiendo en si, le respondio[1215]. Por ventura, Syluano, has nascido tú para exemplo de los que no sabemos suffrir las aduersidades que la fortuna delante nos pone? O acaso te ha dado naturaleza tanto animo en ellas que no solo baste para suffrir las tuyas, mas que aun ayudes a sobrelleuar las agenas? Veo que estás tan conforme con tu suerte, que no te prometiendo esperança de remedio, no sabes pedille mas de lo que te da. Yo te digo, Syluano, que en ti muestra bien el tiempo, que cada dia va descubriendo nouedades muy agenas de la imaginacion de los hombres. O quánta más embidia te deue tener este sin ventura pastor, en verte suffrir tus males, que tú podrias tenelle a él al tiempo que le veias gozar sus bienes. ¿Viste los fauores que me hazia? Viste la blandura de palabras, con que me manifestaua sus amores? Viste como lleuar el ganado al rio, sacar los corderos al soto, traer las ouejas por la siesta a la sombra destos alisos, jamas sin mi compañia supo hazello? Pues nunca yo vea el remedio de mi mal, si de Diana esperé, ni desseé, cosa que contra su honrra fuesse, y si por la ymaginacion me pasaua, era tanta su hermosura, su valor, su honestidad, y la limpieza del amor que me tenia, que me quitauan del pensamiento qualquiera cosa que en daño de su bondad imaginaua[1216]. Esto creo yo por cierto, dixo Syluano sospirando: porque lo mesmo podré affirmar de mi. Y creo que no vuiera nadie que en Diana pusiera los ojos, que osara dessear otra cosa, sino verla y conuersarla. Aunque no sé si hermosura tan grande, en algun pensamiento, no tan subiecto como el nuestro, hiziera algun excesso, y mas si como yo un dia la vi, acertara de vella, que estaua sentada contigo, junto a aquel arroyo, peinando sus cabellos de oro: y tú estauas teniendo el espejo, en que de quando en quando se miraua. Mas no sabiades los dos, que os estaua yo acechando deste aquellas matas altas, que estan junto a las dos enzinas: y aun se me acuerda de los uersos que tú le cantaste, sobre auerle tenido el espejo en quanto se peinaua. Cómo los vuiste a las manos, dixo Sireno? Syluano le respondió: El otro dia siguiente hallé aqui vn papel, en que estauan escritos, y los leí, y aun los encomende a la memoria. Y luego vino Diana por aqui llorando, por auellos perdido, y me preguntó por ellos; y no fue pequeño contentamiento para mí, ver en mi señora lagrimas que pudiesse[1217] remediar. Acuerdome, que aquella fue la primera vez que de su boca oí palabra sin yra, y mira quan necessitado estaua de su fabor[1218], que de decirme ella que me agradecía darle lo que buscaba, hize tan grandes reliquias[1219] que mas de un año de grandisimos males desconte por aquella sola palabra, que traya alguna apariencia de bien. Por tu uida, dixo Sireno, que digas los uersos, que dizes que yo le canté, pues los tomaste de coro. Soy contento, dixo Syluano, de esta manera dezian.
De merced tan extremada
ninguna deuda me queda,
pues en la misma moneda,
señora, quedays pagada.
Que si gozé estando alli
viendo delante de mi
rostro, y oyos soberanos:
vos tambien viendo en mis manos
lo que en vuestros ojos vi.
Y esto no os parezca mal,
que de vuestra hermosura
vistes sola la figura,
y yo vi lo natural.
Vn pensamiento extremado,
jamas de amor subjetado,
mejor uee, que no el captiuo,
aunque el uno uea lo biuo,
y el otro lo debuxado.
Qvando esto acabó Sireno de oyr, dixo contra Syluano: plega a Dios, pastor, que el amor me dé esperança de algun bien impossible, si ay cosa en la vida con que yo mas facilmente la passasse que con tu conuersacion, y si agora en estremo no me pesa que Diana te aya sido tan cruel, que siquiera no mostrasse agradecimiento a tan leales seruicios, y a tan verdadero amor como en ellos has mostrado. Syluano le respondio sospirando. Con poco me contentara yo, si mi fortuna quisiera; y bien pudiera Diana, sin offender á lo que a su honra, y a tu fe deuia darme algun contentamiento, mas no tan solo huyó siempre de darmele, mas aun de hazer cosa por donde imaginasse que yo algun tiempo podria tenelle. Dezia yo muchas vezes entre mí: Aora esta fiera endurescida no se enojaria algun dia con Sireno, de manera que por vengarse dél, fingiesse favorescerme a mi? Que vn hombre tan desconsolado, y falto de fauores, aun fingidos los ternia por buenos. Pues quando desta tierra te partiste, pense verdaderamente, que el remedio de mi mal me estaua llamando a la puerta, y que el oluido era la cosa más cierta, que despues de la ausencia se esperaua, y más en coraçon de muger. Pero quando despues vi las lagrimas de Diana, el no reposar en la aldea, el amar la soledad, los continuos sospiros, Dios sabe lo que senti. Que puesto caso que yo sabia ser el tiempo vn medico muy aprouado para el mal que la ausencia suele causar, vna sola hora de tristeza no quisiera yo que por mi señora passara, aunque della se me siguieran a mí cien mil de alegria. Algunos dias, despues que te fuyste, la vi junto a la dehesa del monte, arrimada a vna enzina, de pechos sobre su cayado, y desta manera estuuo gran pieça antes que me viesse. Despues alçó los ojos, y las lagrimas le estoruaron verme. Deuia ella entonces imaginar en su triste soledad, y en el mal que tu ausencia le hazia sentir, pero de ay a vn poco (no sin lagrimas, acompañadas de tristes sospiros) sacó vna çampoña, que en el çurron traya; y la començo a tocar tan dulcemente, que el valle, el monte, el rio, las aues enamoradas, y aun las sierras de aquel espesso bosque quedaron suspensas, y dexando la çampoña al son que ella auia tañido, començo esta cancion:
Cancion.
Ojos que ya no veys quien os miraua,
(quando erades espejo en que se via)
qué cosa podreys ver que os dé contento?
Prado florido y verde, do algun dia
por el mi dulce amigo yo esperaua,
llorad comigo el graue mal que siento.
Aqui me declaró su pensamiento,
oyle yo cuytada,
mas que serpiente ayrada,
llamandole mil vezes atreuido.
Y el triste alli tendido[1220],
paresce que es ahora, y que lo veo,
y aun esse es mi desseo,
¡ay si lo viesse yo, ay tiempo bueno!
ribera vmbrosa, qué es del mi Sireno?
Aquella es la ribera, este es el prado,
de alli parece el soto y valle vmbroso,
que yo con mi rebaño repastaua.
Veys el arroyo dulce y sonoroso,
a do pascia la siesta mi ganado
quando el mi dulce amigo aqui moraua.
Debaxo aquella haya verde estaua,
y veys alli el otero
a do le vi primero,
y a do me vio: dichoso fue aquel dia,
si la desdicha mia,
vn tiempo tan dichoso no acabara.
O haya, o fuente clara,
todo está aquí, mas no por quien yo peno.
Ribera vmbrosa, qu'es de mi Sireno?
Aqui tengo un retrato que me engaña,
pues veo a mi pastor quando lo veo,
aunque en mi alma está mejor sacado:
Quando de verle llega el gran desseo
de quien el tiempo luego desengaña,
a aquella fuente voy, que está en el prado,
Arrimolo a aquel sauze y a su lado
me assiento (ay amor ciego)
al agua miro luego,
y veo a mí y a él, tomo la via
quando él aqui viuia.
Esta inuencion vn rato me sustenta,
despues caygo[1221] en la cuenta
y dize el coraçon, de ansias lleno:
ribera vmbrosa, qu'es d'el mi Sireno?
Otras vezes le hablo, y no responde
y pienso que de mí se esta vengando,
porque algun tiempo no le respondia,
Mas digole yo triste assi llorando:
hablad, Sireno, pues estays adonde
jamas ymaginó mi fantasia.
No veys, dezi, que estays n'el alma mia?
Y él todavia callado
y estarse alli a mi lado:
en mi seso le ruego que me hable:
¡qué engaño tan notable
pedir a una pintura lengua o seso!
¡ay tiempo, que en un peso
está mi alma y en poder ageno!
ribera umbrosa, qu'es del mi Sireno?
No puedo jamas yr con mi ganado,
quando se pone el sol, a nuestra aldea,
ni desde ella uenir a la majada,
Sino por donde, aunque no quiera, uea
la choça de mi bien tan desseado,
ya por el suelo toda derribada:
Allí me assiento un poco y descuidada
do ouejas y corderos,
hasta que los uaqueros
me dan bozes diziendo: ha pastora,
en que piensas aora,
y el ganado pasciendo por los trigos?
mis ojos son testigos
por quien la yerua crece al ualle ameno;
ribera umbrosa, qu'es d'el mi Sireno?
Razon fuera, Sireno, que hizieras
a tu opinion más fuerça en la partida
pues que sin ella te entregué la mia:
¿Mas yo de quién me quexo? ¡ay, perdida!
¿pudiera alguno hazer que no partieras
si el hado o la fortuna lo queria?
No fue la culpa tuya ni podria
creer que tú hiziesses
cosa con que offendiesses
a este amor tan llano y tan sencillo,
ni quiero presumillo,
aunque aya muchas muestras y señales;
los hados desiguales
me an anublado vn cielo muy sereno;
ribera vmbrosa, qu'es del mi Sireno?
Cancion mira que vays adonde digo,
mas quedate comigo,
que puede ser te lleue la fortuna
a parte do te llamen importuna.
Acabado[1222] Syluano la amorosa cancion de Diana, dixo a Sireno (que como fuera de si estaua oyendo los uersos que despues de su partida la pastora auia cantado): quando esta cancion cantaua la hermosa Diana, en mis lagrimas pudieran ver si yo sentia las que ella por tu causa derramaua: pues que no queriendo yo della entender que la auia entendido, dissimulando lo mejor que pude (que no fue poco podello hazer) llegueme adonde estaua. Sireno entonces le atajó diziendo: Ten punto, Syluano; ¿que vn coraçon, que tales cosas sentia pudo mudar fe? O constancia, o firmeza, y quantas pocas uezes hazeis assiento sobre coraçon de hembra, que quanto mas subiecta está á quereros, tanto mas propuesta[1223] para oluidaros. Y bien creya yo que en todas las mugeres auia esta falta, mas en mi señora Diana, jamas pensé que naturaleza auia dexado cosa buena por hazer. Prosiguiendo pues Syluano por su historia adelante, le dixo: Como yo me llegase más adonde Diana estaua, vi que ponia los ojos en la clara fuente, adonde prosiguiendo su acostumbrado officio, començó a dezir. Ay ojos y quanto más presto se os acabaran las lagrimas que la ocasion de derramabas; ay mi Sireno, plega a Dios que antes que el desabrido inuierno desnude el verde prado de frescas y olorosas flores, y el ualle ameno de la menuda yerua, y los arboles sombrios de su uerde hoja, uean estos ojos tu presencia tan desseada de mi anima, como de la tuya deuo ser aborrecida. A este punto alçó el diuino rostro, y me uido: trabajó por disimular el triste llanto, mas no lo pudo hazer, de manera que las lagrimas no atajassen el passo a su disimulacion. Leuantose a mi, diziendo: Sientate aqui, Syluano, que asaz vengado estás, y a costa mia. Bien paga esta desdichada lo que dizes que a su causa sientes si es uerdad que es ella la causa. Es possible, Diana, (le respondi) que eso me quedaua por oyr? En fin, no me engaño en dezir, que nasci para cada dia discubrir nueuos generos de tormentos, y tú para hazerme más sinrazones, de las que en tu pensamiento pueden caber. Aora dudas ser tú la causa de mi mal? Si tú no eres la causa d'el, quién, sospechas que mereciesse tan gran amor? O qué coraçon auria en el mundo si no fuesse el suyo, a quien mis lagrimas no vuiessen ablandado? E a esto añadi otras muchas cosas, de que ya no tengo memoria. Mas la cruel enemiga de mi descanso, atajó mis razones, diziendo: Mira, Syluano, si otra vez tu lengua se atreue a tratar de cosa tuya y a dexar de hablarme en el mi Sireno, a tu plazer te dexaré gozar de la clara fuente donde estamos sentado. Y tú no sabes que toda cosa que en mi pastor no tratare, me es aborrescible y enojosa? y que a la persona que quiere bien, todo el tiempo que gasta en oyr cosa fuera de sus amores le parece mal empleado? Yo entonces, de miedo que mis palabras no fuessen causa de perder el descanso que su vista me offrescia, puse silencio en ellas, y estuue alli vn gran rato gozando de ver aquella hermosura sobrehumana, hasta que la noche se dexó venir (con mayor presteza de lo que yo quisiera) y de alli nos fuymos los dos con nuestros ganados al aldea. Sireno sospirando, le dixo: grandes cosas me has contado (Syluano) y todas en daño mio; desdichado de mí, quán presto vine a esperimentar la poca constancia que en las mugeres ay. Por lo que los deuo me pesa. No quisiera yo, pastor, que en algun tiempo se oyere dezir, que en vn vaso, donde tan gran hermosura y discrecion juntó naturaleza, hubiera tan mala mixtura, como es la inconstancia que comigo ha usado. Y lo que más me llega al alma, es que el tiempo le a de dar a entender lo mal que comigo lo ha hecho: lo qual no puede ser sino a costa de su descanso. ¿Cómo le ua de contentamiento despues de casada? Syluano le respondió: dizenme algunos que le ua mal, y no me espanto, porque como sabes, Delio su esposo, aunque es rico de los bienes de fortuna, no lo es de los de naturaleza, que en esto de la disposicion ya ves quan mal le va. Pues de otras cosas de que los pastores nos preciamos, como son tañer, cantar, luchar, jugar al cayado, baylar con las mozas el Domingo, paresce que Delio no ha nascido para más que mirallo. Aora pastor (dixo Sireno) toma tu rabel y yo tomaré mi çampoña, que no ay mal que con la musica no se passe, ni tristeza que con ella no se acresciente. Y templando los dos pastores sus instrumentos con mucha gracia y suauidad començaron a cantar lo siguiente.
SYLVANO
Sireno, en qué pensauas, que mirandote
estaua desde el soto, y condoliendome
de uer con el dolor qu'estás quexandote?
Yo dexo mi ganado alli, atendiendome,
que en quanto el claro sol no ua encubriendose
bien puedo estar contigo entreteniendome.
Tu mal me di[1224] pastor, que el mal diziendose
se passa a menos costa, que callandolo,
y la tristeza en fin va despidiendose.
Mi mal contaria yo, pero contandolo,
se me acrecienta, y más en acordarseme
de quan en vano, ay triste, estoy llorandolo.
La vida a mi pesar veo alargarseme,
mi triste coraçon no ay consolarmele,
y vn desusado mal veo acercarseme.
De quien medio esperé, vino a quitarmele,
mas nunca le esperé, porque esperandole,
pudiera con razon dexar de darmele.
Andaua mi passion sollicitandole,
con medios no importunos, sino licitos,
y andaua el crudo amor ella estoruandole,
Mis tristes pensamientos muy solicitos
de vna á otra parte reboluiendose,
huyendo en toda cosa el ser illicitos,
pedian a Diana, que pudiendose
dar medio en tanto mal, y sin causartele
se diesse: y fuesse vn triste entreteniendose.
Pues qué hizieras, di, si en vez de dartele
te le quitare? ay triste, que pensandolo,
callar querria mi mal, y no contartele.
Pero despues (Sireno) ymaginandolo
vna pastora inuoco hermosissima,
y ansi va a costa mia en fin passandolo.
SIRENO
Syluano mio, vna afeccion rarissima,
vna verdad que ciega luego en viendola,
vn seso, y discrecion excelentissima:
con una dulce habla, que en oyendola,
las duras peñas mueue enterneciendolas,
qué sentiria un amador perdiendola?
Mis ouejuelas miro, y pienso en viendolas
quantas uezes la uía repastandolas
y con las suias propias recogiendolas.
Y quantas uezes la topé lleuandolas,
al rio por la siesta, a do sentandose,
con gran cuidado estaua alli contandolas?
Despues si estaua sola, destocandose,
vieras el claro sol embidiosissimo
de sus cabellos, y ella alli peinandose,
Pues (o Syluano amigo mio carissimo)
quantas uezes de subito encontrandome
se le encendia aquel rostro hermosissimo.
Y con qué gracia estaua preguntandome
que como auia tardado, y aun riñiendome
y si esso m'enfadaua halagandome.
Pues quantos dias la hallé atendiendome
en esta clara fuente, y yo buscandola
por aquel soto espesso, y deshaziendome,
Cómo qualquier trabajo en encontrandola
de ouejas y corderos, lo oluidauamos
hablando ella comigo, y yo mirandola.
Otras uezes (Syluano) concertauamos
la çampoña y rabel con que tañiamos,
y mis uersos entonce alli cantauamos.
Despues la flecha y arco apercebiamos
y otras uezes la red, y ella siguiendome
jamas sin caça a nuestra aldea boluiamos.
Assi fortuna anduuo entreteniendome
que para mayor mal yua guardandome,
el qual no terná fin, sino muriendome.
SYLUANO
Sireno, el crudo amor que lastimandome
jamas cansó, no impide el acordarseme
de tanto mal, y muero en acordandome.
Miré a Diana, y ui luego abreuiarseme
el plazer y contento, en solo uiendola,
y a mi pesar la uida ui alargarseme,
O quantas uezes la hallé perdiendola,
y quantas uezes la perdi hallandola,
y yo callar, suffrir, morir sirviéndola[1225]?
La uida perdí yo, quando topandola
miraua aquellos ojos, que ayradissimos
boluia contra mí luego en hablandola.
Mas quando los cabellos hermosissimos
descogia y peinaua, no sintiendome
se me boluian los males sabrosissimos.
Y la cruel Diana en conosciendome
boluia como fiera, que encrespandose
arremete al leon, y deshaziendome.
Vn tiempo la esperança, ansi burlandome
mantuuo el coraçon entreteniendole,
mas el mismo despues desengañandome,
burló del esperar, y fue perdiendole.
No mucho despues que los pastores dieron fin al triste canto, uieron salir dentro el arboleda que junto al rio estaña, una pastora tañendo con una çampoña, y cantando con tanta gracia y suauidad como tristeza: la qual encobria gran parte de su hermosura (que no era poca) y preguntó Sireno, como quien auia mucho que no repastaua por aquel valle, quién fuesse[1226]. Syluano le respondió: esta es una hermosa pastora, que de pocos dias acá apascienta por estos prados, muy quexosa de amor, y segun dize con mucha razon, aunque otros quieren dezir, que ha mucho tiempo que se burla con el desengaño. Por uentura, dixo Sireno, está en su mano el desengañarse? Si, respondió Syluano, porque no puedo yo creer, que ay muger en la uida, que tanto quiera que la fuerça del amor le estorue entender si es querida, o no.
De contraria opinion soy. De contraria (dixo Syluano) pues no te irás alabando, que bien caro te cuesta auerte fiado en las palabras de Diana, pero no te doy culpa, que ansi como no ay a quien no uença su hermosura, assi no aurá a quien sus palabras no engañen. ¿Cómo puedes tú saber esso, pues ella jamas te engañó con palabras, ni con obras? Verdad es (dixo Syluano) que siempre fuy della desengañado, mas yo osaria jurar (por lo que despues acá ha sucedido) que jamas me desengañó a mi, sino por engañarte a ti. Pero dexemos esto, y oyamos esta pastora que es gran amiga de Diana, y segun lo que de su gracia y discreccion me dizen, bien meresce ser oyda. A este tiempo llegaua la hermosa pastora junto a la fuente, cantando este soneto.
Soneto.
Ya he uisto yo a mis ojos más contento
y he uisto mas alegre el alma mia,
triste de la que enfada do algun dia
con su uista causó contentamiento.
Mas como esta fortuna en un momento
os corta la rayz del alegria,
lo mismo que ay de vn es, a un ser solia,
ay de un gran plazer a un gran tormento.
Tomaos allá con tiempos, con mudanças,
tomaos con mouimientos desuariados,
vereys el coraçon quan libre os queda.
Entonces me fiaré yo en esperanças,
quando los casos tenga sojuzgados
y echado un clauo al exe de la rueda.
Despues que la pastora acabó de cantar se uino derecha a la fuente adonde los pastores estauan, y entretanto que uenia, dixo Syluano (medio riendo) no hagas sino hazer caso de aquellas palabras, y acceptar por testigo el ardiente sospiro con que dió fin a su cantar. Desso no dudes (respondió Sireno) que tan presto yo la quisiera bien como aunque me pese creyera todo lo que ello me quisiera dezir. Pues estando ellos en esto llegó Seluagia, y quando conoscio a los pastores, muy cortesemente los saludó, diziendo: Qué hazeys, o desamados pastores, en este verde y deleytoso prado? No dizes mal, hermosa Seluagia, en preguntar qué hazemos (dixo Syluano) hazemos tan poco para lo que deuiamos hazer, que jamas podremos concluyr cosa que el amor nos haga dessear? No te espantes desso, dixo Seluagia, que cosas ay que antes que se acaben, acaban ellas a quien las dessea. Syluano respondio: a lo menos si hombre pone su descanso en manos de muger, primero se acabará la uida, que con ella se acabe cosa con que se espere recebille. Desdichadas destas mugeres (dixo Seluagia) que tan mal tratadas son de uuestras palabras. Mas destos hombres (respondio Syluano) que tanto peor lo son de uuestras obras. Puede ser cosa más baxa, ni de menor ualor, que por la cosa más liuiana del mundo, olvideys uosotras a quien más amor ayais tenido? Pues ausentaos algun dia de quien bien quereys, que a la buelta aureys menester negociar de nueuo. Dos cosas siento, dixo Seluagia, de lo que dizes, que uerdaderamente me espantan, la vna, es que ueo en tu lengua al reues de lo que de tu condicion tuue entendido siempre, porque imaginaua yo quando oya hablar en tus amores, que eras en ellos vn Fenix, y que ninguno de quantos hasta oy an querido bien, pudieron llegar al estremo que tú as tenido, en querer a una pastora que yo conosco, causas harto sufficientes para no tratar mal de mugeres, si la malicia no fuera más que los amores. La segunda es que hablas en cosa que no entiendes, porque hablar en oluido, quien jamas tuuo esperiencia dél, más se deue atribuir a locura que a otra cosa. Si Diana jamas se acordo de ti, cómo puedes tú quexarte de su oluido? A ambas cosas, dixo Syluano, pienso responderte, si no te cansas en oyrme. Plega a Dios que jamas me uea con más contento del que aora tengo, si nadie, por más exemplo que me trayga puede encarecer el poder que sobre mi alma tiene aquella desagradescida, y desleal pastora (que tú conoces, y yo no quisiera conocer) pero quanto mayor es el amor que le tengo, tanto más me pesa, que en ella aya cosa que pueda ser reprehendida; porque ay está Sireno, que fue más fauorescido de Diana que todos los del mundo lo an sido de sus señoras y lo ha oluidado de la manera que todos sabemos. A lo que dizes, que no puedo hablar en mal, de que no tengo esperiencia, bueno seria que el medico no supiesse tratar de mal que él no uuiesse tenido, y de otra cosa, Seluagia te quiero satisfazer, no pienses que quiero mal a las mugeres, que no ay cosa en la uida a quien más dessee seruir: mas en pago de querer bien, soy tratado mal, y de aqui nasce dezillo yo, de quien es su gloria causarmele. Sireno que auia rato que callaua, dixo contra Seluagia. Pastora, si me oyesses, no pornias culpa a mi competidor (o hablando mas propriamente, a mi charo amigo Syluano) dime, por qué causa soys tan mouibles, que en un punto derribais a un pastor de lo más alto de su uentura, a lo más baxo de su miseria? Pero sabeys a qué lo atribuyo? a que no teneys uerdadero conoscimiento de lo que traeys entre manos; tratays de amor, no soys capazes de entendelle, ved cómo sabreys aueniros con el. Yo te dixo Sireno (dixo Seluagia) que la causa porque las pastoras oluidamos, no es otra, sino la misma porque de uosotros somos oluidadas. Son cosas que el amor haze y deshaze: cosas que los tiempos y los lugares las mueuen o las[1227] ponen silencio: mas no por defecto del entendimiento de las mugeres, de las quales ha auido en el mundo infinitas que pudieran enseñar a uiuir a los hombres, y aun los enseñaran a amar, si fuera el amor cosa que pudiera enseñarse. Mas con todo esto, creyo que no ay mas baxo estado en la uida, que el de las mugeres: porque si os hablan bien, pensays que estan muertas de amores; si no os hablan, creeys que de alteradas y fantasticas lo hazen; si el recogimiento que tienen no haze a nuestro proposito, teneys lo por hypocresia: no tienen desemboltura que no os parezca demasiada: si callan, dezis que son necias, si hablan, que son pesadas: y que no ay quien las suffra, si os quieren todo lo del mundo, creeys que de malas lo hazen, si os oluidan, y se apartan de las occasiones de ser enfamadas, dezis que de inconstantes y poco firmes en un proposito. Assi que no está en más pareceros la muger buena, o mala, que en acertar ella a no salir jamas de lo que pide uuestra inclinacion. Hermosa Seluagia (dixo Sireno) si todas tuuiessen ese entendimiento y biueza de ingenio, bien creo yo que jamas darian occasion a que nosotros pudiessemos quexarnos de sus descuydos. Mas para que sepamos la razon que tienes de agrauiarte de amor, ansi Dios te de el consuelo que para tan graue mal es menester, que nos cuentes la hystoria de tus amores, y todo lo que en ellos hasta aora te ha succedido (que de los nuestros sabes más de lo que nosotros te sabremos dezir) por uer si las cosas que en él as passado te dan licencia para hablar en ellos tan sueltamente. Que cierto tus palabras dan a entender ser tú la más esperimentada en ellos, que otra jamas aya sido. Seluagia le respondio: si yo no fuere (Sireno) la más esperimentada, seré la más mal tratada que nunca nadie penso ser, y la que con más razon se puede quexar de sus desuariados effectos, cosa harto sufficiente para poder hablar en él. Y porque entiendas por lo que passé, lo que siento de esta endiablada passion, poned un poco uuestras desuenturas en mano del silencio, y contaros he las maiores que jamas aueys oydo.
En el ualeroso y inexpugnable reino de los Lusitanos, ay dos caudalosos rios que cansados de regar la mayor parte de nuestra España, no muy lexos el vno del otro entran en el mar Oceano, en medio de los quales ay muchas y muy antiguas poblaciones, a causa de la fertilidad de la tierra ser tan grande, que en el uniuerso no ay otra alguna que se yguale. La uida desta prouincia es tan remota y apartada de cosas que puedan inquietar el pensamiento, que si no es quando Venus, por manos del ciego hijo, se quiere mostrar poderosa, no ay quien entienda en más que en sustentar una vida quieta, con sufficiente mediania, en las cosas que para passalla son menester. Los ingenios de los hombres son aparejados para passar la uida con assaz contento, y la hermosura de las mugeres para quitalla al que mas confiado biuiere. Ay muchas casas por entre las florestas sombrias, y deleytosos ualles: el termino de los quales siendo proueydo de rocio del soberano cielo, y cultiuado con industria de los habitadores dellas, el gracioso uerano tiene cuydado de offrecerles el fruto de su trabajo, y socorrerles a las necessidades de la uida humana. Yo uiuia en una aldea que está junto al caudaloso Duero (que es vno de los dos rios que os tengo dicho) adonde está el suntuosissimo templo de la diosa Minerua, que en ciertos tiempos del año es uisitado de todas o las más pastoras y pastores que en aquella prouincia biuen. Començando un dia, antes de la celebre fiesta a solemnizalla las pastoras y nymphas, con cantos y hymnos muy suaues, y los pastores con desafios de correr, saltar, luchar, y tirar la barra, poniendo por premio para el que uictorioso saliere, quales una guirnalda de uerde yedra, quales una dulce çampoña, o flauta, ó un cayado de nudoso fresno, y otras cosas de que los pastores se precian. Llegando pues el dia en que la fiesta se celebraua, yo con otras pastoras amigas mias: dexando los seruiles, y baxos paños, y uistiendonos de los mejores que teniamos, nos fuymos el dia antes de la fiesta determinadas de uerlas aquella noche en el templo, como otros años lo soliamos hazer. Estando pues como digo en compañia de estas amigas mias, uimos entrar por la puerta, una compañia de hermosas pastoras, a quien algunos pastores acompañauan: los quales dexandolas dentro, y auiendo hecho su deuida oracion, se salieron al hermoso ualle, por que la orden de aquella prouincia era que ningun pastor pudiesse entrar en el templo, más que a dar la obediencia, y se boluiesse luego a salir, hasta que el dia siguiente pudiessen todos entrar a participar de las cerimonias y sacrificios que entonces hazian. Y la causa desto era, porque las pastoras y Nimphas quedassen solas y sin ocasion de entender en otra cosa, sino celebrar la fiesta regozijandose vnas con otras, cosas que otros muchos años solian hazer, y los pastores fuera del templo en vn uerde prado que alli estaua, al resplandor de la nocturna Diana. Pues auiendo entrado los pastores que digo en el suntuoso templo, despues de hechas sus oraciones y de haber offrescido sus offrendas delante del altar, junto a nosotros se assentaron. Y quiso mi uentura que junto a mi se sentasse una dellas para que yo fuesse desuenturada todos los dias que su memoria me durasse[1228]. Las pastoras venian disfraçadas, los rostros cubiertos con unos uelos blancos y presos en sus chapeletes de menuda paja subtilissimamente labrados con muchas guarniciones de lo mismo tan bien hechas y entretexidas, que de oro no les lleuara uentaja. Pues estando yo mirando la que junto a mi se auia sentado, ui que no quitaua los ojos de los mios, y quando yo la miraua, abaxava ella los suyos fingiendome quererme uer sin que yo mirasse en ello. Yo desseaua en estremo saber quién era, por que si hablasse comigo, no cayesse yo en algun yerro a causa de no conocella. Y todauia todas las uezes que yo me descuydaua, la pastora no quitaua los ojos de mí, y tanto que mil uezes estime por hablalla[1229], enamorada de unos hermosos ojos que ella solamente tenia descubiertos. Pues estando yo con toda la atencion possible, sacó la más hermosa y la más delicada mano, que yo despues acá he uisto, y tomandome la mia, me la estuuo mirando un poco. Yo que estaua más enamorada della de lo que se podria dezir, le dixe: Hermosa y graciosa pastora, no es sola essa mano, la que aora está aparejada para seruiros, mas tambien lo está el coraçon, y el pensamiento de cuya ella es. Ysmenia (que assi se llamaua aquella que fue causa de toda la inquietud de mis pensamientos) teniendo ya imaginado hazerme la burla que adelante oireys, me respondio muy baxo, que nadie lo oyesse: graciosa pastora, soy yo tan uuestra, que como tal me atreui a hazer lo que hize, suplicoos que no os escandalizeys, porque en uiendo uuestro hermoso rostro, no tuue más poder en mi. Yo entonces muy contenta me llegué más a ella, y le dixe (medio riendo). ¿Cómo puede ser, pastora, que siendo uos tan hermosa os enamoreys de otra que tanto le falta para serlo, y más siendo muger como uos? Ay pastora, respondió ella, que el amor que menos uezes se acaba es este, y el que más consienten passar los hados, sin que las bueltas de fortuna ni las mudanças del tiempo les vayan a la mano. Yo entonces respondi: si la naturaleza de mi estado me enseñara a responder a tan discretas palabras, no me lo estoruara el desseo que de seruiros tengo: mas creeme, hermosa pastora, que el proposito de ser uuestra, la muerte no será parte para quitarmele. Y despues desto los abraços fueron tantos, los amores que la vna á la otra nos deziamos, y de mi parte tan uerdaderos, que ni teniamos cuenta con los cantares de las pastoras, ni mirauamos las danças de las Nymphas, ni otros regozijos que en el templo se hazia[1230]. A este tiempo importunaua yo a Ysmenia que me dixesse su nombre, y se quitasse el reboço, de lo qual ella con gran dissimulacion se escusaua y con grandissima astucia mudaua proposito. Mas siendo ya passada media noche, y estando yo con el mayor desseo del mundo de verle el rostro, y saber cómo se llamaua, y de adónde era, comence a quexarme d'ella, y a dezir que no era possible que el amor que me tenia fuesse tan grande, como con sus palabras me manifestaua: pues auiendole yo dicho mi nombre, me encubria el suyo, y que cómo podia yo biuir, queriendola como la queria, si no supiesse a quién queria, o adónde auia de saber nueuas de mis amores? E otras cosas dichas tan de veras que las lagrimas me ayudaron a mouer el coraçon de la cautelosa Ysmenia, de manera que ella se leuantó: y tomandome por la mano me apartó hazia una parte, donde no auia quien impedir nos pudiesse y començo a dezirme estas palabras (fingiendo que del alma le salian). Hermosa pastora, nascida para inquietud de un espiritu, que hasta aora ha biuido tan esento quanto ha sido possible, quien podra dexar de dezirte lo que pides auiendote hecho señora de su libertad? Desdichado de mí, que la mudança del habito te tiene engañada aunque el engaño ya resulta en daño mio. El reboço que quieres que yo quite, ues lo aqui donde lo quito, dezirte he mi nombre, no te haze mucho al caso, pues aunque yo no quiera me uerás mas uezes de las que tú podras suffrir. Y diziendo esto, y quitandose el reboço, vieron mis ojos un rostro que aunque el aspecto fuesse un poco uaronil, su hermosura era tan grande que me espantó. E prosiguiendo Ysmenia su plática, dixo: y por que, pastora, sepas el mal que tu hermosura me ha hecho, y que las palabras que entre las dos como de burlas han passado son de ueras: sabe que yo soy hombre y no muger, como antes pensauas. Estas pastoras que aqui uees por reyrte comigo (que son todas mis parientas) me han uestido desta manera que de otra no pudiera quedar en el templo, a causa de la orden que en esto se tiene. Quando yo hube entendido lo que Ysmenia me auia dicho, y le ui como digo en el rostro, no aquella blandura, ni en los ojos aquel reposo que las donzellas por la mayor parte solemos tener, crey que era uerdad lo que me dezia, y quedé tan[1231] fuera de mi, que no supe qué respondelle. Todauia contemplaua aquella hermosura tan estremada, miraua aquellas palabras que me dezia con tanta dissimulacion (que jamas supo nadie hazer cierto de lo fingido como aquella cautelosa y cruel pastora). Vime aquella hora tan presa de sus amores, y tan contenta de entender que ella lo estaua de mi, que no sabria encarecello, y puesto caso que de semejante passion hasta aquel punto no tuuiesse experiencia (causa harto sufficiente para no saber dezilla) todavia esforzandome lo mejor que pude la hablé desta manera: Hermosa pastora, que para hazerme quedar sin libertad, o para lo que la fortuna se sabe, tomaste el habito de aquella que el de amor a causa tuya ha professado, bastara el tuyo mismo para uencerme sin que con mis armas proprias me vieras rendido. Mas quién podra huir de lo que la Fortuna le tiene solicitado? Dichosa me pudiera llamar si uuieras hecho de industria lo que a caso hiziste: porque a mudarte el habito natural, para solo verme y dezirme lo que desseauas, atribuyeralo yo a merecimiento mio y a grande afeccion tuya, mas ver que la intencion fue otra aunque el efecto aya sido el que tenemos delante, me haze estar no tan contenta como lo estuuiera, a ser de la manera que digo. Y no te espantes, ni te pese deste tan gran desseo: por que no ay mayor señal de una persona, querer todo lo que puede, que dessear ser querida de aquel a quien ha entregado toda su libertad. De lo que tú me as oydo podras sacar, qual me tiene tu uista. Plegue a Dios que vses tambien del poder que sobre mi as tomado, que pueda yo sustentar el tenerme por muy dichosa hasta la fin de nuestros amores, los quales de mi parte, no lo ternán en quanto la uida me durare. La cautelosa Ysmenia me supo tambien responder a lo que dixe, y fingir las palabras que para nuestra conuersacion eran necessarias, que nadie pudiera huyr del engaño en que yo cay, si la fortuna de tan difficultoso laberinto con el hilo de prudencia no le sacara. Y assi estuuimos hasta que amanescio, hablando en lo que podria imaginar, quien por estos desuariados casos de amor ha passado. Dixome que su nombre era Alanio, su tierra Gallia, tres millas de nuestra aldea: quedamos concertados de uernos muchas uezes. La mañana se uino, y las dos nos apartamos con más abraços, y lagrimas, y sospiros de lo que aora sabré dezir. Ella se partio de mi, y boluiendo atras la cabeça por uerla, y por uer si me miraua, ui que se yua medio riendo, mas crey que los ojos me auian engañado. Fuese con la compañia que auia traydo, mas yo bolui con mucha más porque lleuaua en la imaginacion los ojos del fingido Alanio, las palabras con que su vano[1232] amor me auia manifestado, los abraços que dél auia recebido, y el crudo mal de que hasta entonces no tenia experiencia. Aora aueys de saber, pastores, que esta falsa y cautelosa Ysmenia tenia un primo, que se llamaua Alanio, a quien ella más que a si queria: porque en el rostro, y ojos, y todo lo demas se le parecia, tanto que si no fueran los dos de genero differente, no uuiera quien no juzgara el uno por el otro. Y era tanto el amor que le tenia que quando yo a ella en el templo le pregunté su mismo nombre, auiendome de dezir nombre de pastor, el primero que me supo nombrar fue Alanio: porque no ay cosa más cierta, que en las cosas súbitas encontrarse la lengua con lo que está en el coraçon. El pastor la queria bien mas no tanto como ella a él. Pues quando las pastoras salieron del templo para boluerse a su aldea, Ysmenia se halló con Alanio su primo, y él por usar de la cortesia que a tan grande amor como el de Ysmenia era deuida, dexando la compañia de los mancebos de su aldea, determinó de acompañarla (como lo hizo) de que no poco contentamiento recibio Ysmenia, y por darsele a él en alguna cosa, sin mirar lo que hazia, le contó lo que comigo auia passado, diziendoselo muy particularmente, y con grandissima risa de los dos, que tambien le dixo, como yo quedaua, pensando que ella fuesse hombre, muy presa de sus amores. Alanio quando aquello oyo, dissimuló lo mejor que él pudo, diziendo que auia sido grandissimo donayre. Y sacandole todo lo que comigo auia passado que no faltó cosa, llegaron a su aldea. E de ay a ocho dias (que para mí fueron ocho mil años) el traydor de Alanio (que assi lo puedo llamar con más razon que él ha tenido de oluidarme), se uino a mi lugar, y se puso en parte donde yo pudiesse uerle, al tiempo que passaua con otras zagalas a la fuente que cerca del lugar estaua. E como yo lo uiese, fue tanto el contentamiento que recibi, que no se puede encarescer, pensando que era el mismo que en habito de pastora auia hablado en el templo. E luego yo le hize señas que se uiniesse hazia la fuente a donde yo yua y no fue menester mucho para entendellas. El se uino, y allí estuuimos, hablando todo lo que el tiempo nos dio lugar: y el amor quedó (a lo menos de mi parte) tan confiado que aunque el engaño se descubriera, (como de ay a poco dias se descubrio) no fuera parte para apartarme de mi pensamiento. Alanio tambien creo que me queria bien, y que desde aquella hora, quedó preso de mis amores, pero no lo mostró por la obra tanto como deuia. Assi que algunos dias se trataron nuestros amores con el mayor secreto que pudimos, pero no fue tan grande, que la cautelosa Ysmenia no lo supiesse: y uiendo qne ella tenia la culpa, no solo en auerme engañado, mas aun en auer dado causa a que Alanio descubriendole lo que passaua, me amasse a mi, y pusiesse a ella en oluido, estuuo para perder el seso, mas consolose con parezelle, que en sabiendo yo la uerdad, al punto oluidaria. Y engañauase en ello, que despues le quise mucho más, y con muy mayor obligacion. Pues determinada Ysmenia de deshazer el engaño, que por su mal auiame hecho, me escriuio esta carta:
CARTA DE YSMENIA PARA SELUAGIA
Seluagia, si a los que nos quieren tenemos obligacion de quererlos, no ay cosa en la uida a quien más deua que a ti, pero si las que son causa que seamos oluidadas deuen ser aborrescidas, a tu discrecion lo dexo. Querria te poner alguna culpa, de auer puesto los ojos en el mi Alanio, mas ¿qué hare desdichada, que toda la culpa tengo yo de mi desuentura? Por mi mal te ui. ¡O Seluagia! bien pudiera yo escusar lo que passé contigo, mas en fin desembolturas demasiadas las menos uezes succeden bien. Por reyr una hora con el mi Alanio, contandole lo que auia passado, lloraré toda mi uida, si tú no te dueles d'ella. Suplicote quanto puedo, que baste este desengaño, para que Alanio sea de ti oluidado, y esta pastora restituyda en lo que pudieres, que no podras poco, si amor te da lugar a hazer lo que suplico.
Quando yo esta carta ui, ya Alanio me auia desengañado de la burla que Ysmenia me auia hecho, pero no me auia contado los amores que entre los dos auia, de lo qual yo no hize mucho caso, porque estaua tan confiada en el amor que mostraua tenerme, que no creyera jamas, que pensamientos passados, ni por venir, podrian ser parte para que él me dexasse. Y porque Ysmenia no me tuuiesse por descomedida, respondi a su carta desta manera:
CARTA DE SELUAGIA PARA YSMENIA
No sé, hermosa Ysmenia, si me quexe de ti, o si te dé gracias, por auerme puesto en tal pensamiento, ni creo sabria determinar quál destas cosas hazer, hasta que el successo de mis amores me lo aconseje. Por vna parte me duele tu mal, por otra veo que tú saliste al camino a recebille. Libre estaua Seluagia al tiempo que en el templo la engañaste, y aora está subiecta a la uoluntad de aquel a quien tú quesiste entregalla. Dizesme que dexe de querer a Alanio: con lo que tú en esse caso harias, puedo responderte. Vna cosa me duele en estremo, y os uer que tienes mal de que no puedes quexarte, el qual da muy mayor pena a quien lo padesce. Considero aquellos ojos con que me uiste, y aquel rostro que despues de muy importunada me monstraste, y pesame que cosa tan parescida al mi Alanio, padezca tan estraño descontento. Mira qué remedio este para poder auello en tu mal. Por la liberalidad que comigo has usado en darme la más preciosa joya que tenias, te beso las manos. Dios quiera que en algo te pueda seruir. Si uieres allá el mi Alanio, dile la razon que tiene de quererme; que ya él sabe la que tiene de oluidarte. Y Dios te dé el contentamiento que desseas, con que no sea a costa del que yo recibo en uerme tan bien empleada.
No pudo Ysmenia acabar de leer esta carta, porque al medio della, fueron tantos los sospiros y lagrimas que por sus ojos derramaua, que penso perder la uida llorando. Trabajaua quanto podia porque Alanio dexasse de querer, y buscaua para esto tantos remedios, como él para apartarse donde pudiesse uerla. No porque la queria mal, mas por parecelle que con esto me pagaua algo de lo mucho que me deuia. Todos los dias que en este proposito biuio, no vuo alguno que yo dexasse de uerle: porque el camino que de su lugar al mio auia jamas dexaua de ser por él passado. Todos trabajos tenia en poco, si con ellos le parescia que yo tomaua contento. Ysmenia los dias que por él preguntaua, y le dezian que estaua en mi aldea, no tenia paciencia para suffrillo. E con todo esto no auia cosa que más contento le diesse, que hablalle en él. Pues como la necessidad sea tan ingeniosa que uenga a sacar remedios donde nadie penso hallarlos, la desamada Ysmenia se auenturó a tomar uno, qual pluguiera a Dios, que por el pensamiento no le passara, y fue fingir que queria bien a otro pastor llamado Montano, de quien mucho tiempo auia sido requerida. Y era el pastor con quien Alanio peor estaua: y como lo determinó, assi lo puso por obra por uer si con esta subita mudança podria atraer a Alanio a lo que desseaua, porque no ay cosa que las personas tengan por segura, aunque la tengan en poco, que si de subito la pierden, no les llegue al alma el perdella. Pues como uiesse Montano que su señora Ysmenia tenia por bien de corresponder al amor que él tanto tiempo le auia tenido, ya oyreys[1233] lo que sintiria. Fue tanto el gozo que recibio, tantos los seruicios, que le hizo, tantos los trabajos en que por causa suya se puso, que fueron parte juntamente con las sin razones que Alanio le auia hecho, para que saliesse uerdadero, lo que fingiendo la pastora auia començado; y puso Ysmenia su amor en el pastor Montano con tanta firmeza, que ya no auia cosa a quien más quisiesse que a él, ni que menos deseasse uer que al mi Alanio. Y esto le dio ella a entender lo mas presto que pudo, paresciendole, que en ello se vengaua de su oluido, y de auer puesto en mí el pensamiento. Alanio aunque sintio en estremo el ver a Ysmenia perdida por pastor con quien él tan mal estaua, era tanto el amor que me tenia, que no daua a entenderlo quanto ello era. Mas andando algunos dias, y considerando que él era causa de que su enemigo fuesse tan favorescido de Ysmenia, y que la pastora ya huía de uelle (muriendose no mucho antes quando no le ueia) estuuo para perder el seso por enojo, y determinó de estorbar esta buena fortuna de Montano. Para lo qual començo nueuamente de mirar a Ysmenia, y de no uenir a uerme tan publico como solia ni faltar tantas uezes en su aldea, porque Ysmenia no lo supiesse. Los amores entre ella y Montano yuan muy adelante, y los mios con el mi Alanio, se quedauan atras todo lo que podian, no de mi parte, pues sola la muerte podria apartarme de mi proposito, mas de la suya, que jamas pense uer cosa tan mudable. Porque como estaua tan encendido en colera con Montano, la qual no podia ser executada, sino con amor en la su Ysmenia, y para esto las uenidas a mi aldea era gran impedimiento, y como el estar ausente de mi, le causasse oluido, y la presencia de la su Ysmenia grandissimo amor, el boluio a su pensamiento primero, y yo quedé burlada del mio. Mas con todos los seruicios que a Ysmenia hazia, los recados que le embiaua, las quexas que formaua della, jamas la pudo mouer de su proposito, ni uuo cosa que fuesse parte para hazelle perder un punto d'el amor que a Montano tenia. Pues estando yo perdida por Alanio, Alanio por Ysmenia, Ysmenia por Montano, succedio que a mi padre se le offresciessen ciertos negocios sobre las dehesas del Estremo, con Phileno, padre del pastor Montano; para lo qual los dos uinieron muchas uezes a mi aldea, y en tiempo que Montano, o por los sobrados fauores que Ysmenia le hazia (que en algunos hombres de baxo espiritu causan fastidio) o porque tambien tenia celos de las diligencias de Alanio, andaua ya un poco frio en sus amores. Finalmente que él me uio traer mis ouejas a la majada, y en uiendome començo a quererme, de manera (segun lo que cada dia yua moustrando) que ni yo a Alanio, ni Alanio a Ysmenia, ni Ysmenia a él, no era possible tener mayor afection. Ved qué estraño embuste de amor. Si por uentura Ysmenia yua al campo, Alanio tras ella, si Montano yua al ganado, Ysmenia tras él, si yo andaua al monte con mis ouejas, Montano tras mi. Si yo sabia que Alanio estaua en un bosque donde solia repastar, allá me yua tras el. Era la más nueua cosa del mundo oyr cómo dezia Alanio sospirando, ¡ay Ysmenia!, y cómo Ysmenia dezia ¡ay Seluagia!, y cómo Seluagia dezia ¡ay Montano! y cómo Montano dezia ¡ay mi Alanio! Succedio que un dia nos juntamos los quatro en una floresta, que en medio de los dos lugares auia, y la causa fue, que Ysmenia auia ydo a uisitar unas pastoras amigas suyas, que cerca de alli morauan; y quando Alanio lo supo, forçado de su mudable pensamiento, se fue en busca della, y la halló junto a un arroyo, peinando sus dorados cabellos. Yo siendo auisada por un pastor, mi uecino, que Alanio yua a la floresta del ualle (que assi se llamaua) tomando delante de mí unas cabras que en un corral junto a mi casa estauan encerradas, por no yr sin alguna occasion, me fuy donde mi desseo me encaminaua, y le hallé a él llorando su desuentura, y a la pastora riendose de sus escusadas lagrimas, y burlando de sus ardientes sospiros. Quando Ysmenia me uio, no poco se holgo comigo, aunque yo no con ella; mas antes le puse delante las razones que tenia para agrauiarme del engaño passado; de las quales ella supo escusarse tan discretamente, que pensando yo que me deuia la satisfaction de tantos trabajos, me dio con sus bien ordenadas razones a entender, que yo era la que le estaua obligada, porque si ella me auia hecho una burla, yo me auia satisfecho tan bien que no tan solamente le auia quitado a Alanio, su primo, a quien ella auia querido mas que a si, mas que aun tan aora tambien le traya al su Montano muy fuera de lo que solia ser. En esto llegó Montano, que de una pastora amiga mia, llamada Solisa, auia sido auisada que con mis cabras uenia a la floresta del ualle. E quando alli los quatro discordantes amadores nos hallamos, no se puede dezir lo que sentíamos, porque cada uno miraua a quien no queria que le mirasse. Y preguntaua al mi Alanio la causa de su oluido; él pedia misericordía a la cautelosa Ysmenia, Ysmenia quexauase de la tibieza de Montano; Montano de la crueldad de Seluagia. Pues estando de la manera que oys, cada uno perdido por quien no le queria, Alanio al son de su rabel començo a cantar lo siguiente:
No más, nympha cruel: ya estas vengada,
no prueues tu furor en un rendido:
la culpa a costa mia está pagada.
Ablanda ya esse pecho endurescido,
y resuscita un alma sepultada
en la tiniebla escura de tu oluido;
que no cabe en tu ser, ualor y suerte,
que un pastor como yo pueda offenderte.
Si la ouejuela siempre ua huyendo
de su pastor, colerico y ayrado,
y con temor acá, y allá corriendo,
a su pesar se alexa del ganado;
mas ya que no la siguen, conosciendo
que es más peligro auerse assi alexado,
balando buelue al hato temerosa,
será no recebilla justa cosa.
Leuanta ya essos ojos que algun dia,
Ysmenia, por mirarme leuantauas,
la libertad me buelue que era mia,
y un blando coraçon que me entregauas.
Mira (Nympha) que entonces no sentia
aquel senzillo amor que me mostrauas,
ya triste lo conozco y pienso en ello,
aunque ha llegado tarde el conoscello.
¿Cómo que fue possible, di, enemiga,
que siendo tú muy más que yo culpada,
con titulo cruel, con nueua liga,
mudasses fe tan pura y estremada?
¿Qué hado, Ysmenia, es este que te obliga
a amar do no es possible ser amada?
Perdona, mi señora, ya esta culpa,
pues la occasion que diste me desculpa.
¿Qué honra ganas, di, de auer uengado
vn yerro a causa tuya cometido?
¿qué excesso hize yo, que no he pagado,
qué tengo por suffrir, que no he suffrido?
¿Qué animo cruel, qué pecho ayrado,
qué coraçon de fiera endurescido,
tan insuffrible mal no ablandaria,
sino el de la cruel pastora mia?
Si como yo he sentido las razones,
que tienes, o has tenido de oluidarme:
las penas, los trabajos, las passiones,
el no querer oyrme, ni aun mirarme,
llegasses a sentir las occasiones,
que sin buscallas yo, quissiste darme:
ni tú ternias que darme más tormento,
ni aun yo más que pagar mi atreuimiento.
Ansi acabó mi Alanio el suaue canto y aun yo quisiera que entonces se me acabara la uida, y con mucha razon, porque no podria llegar a más la desuentura, que a uer yo delante mis ojos aquel que más que a mí queria, tan perdido por otra, y tan oluidado de mí. Mas como yo en estas desuenturas no fuese sola, dissimulé por entonces, y tambien porque la hermosa Ysmenia, puestos los ojos en el su Montano, començaua a cantar lo siguiente:
¡Qvan fuera estoy de pensar
en lágrimas escusadas,
siendo tan aparejadas
las presentes, para dar
muy poco por las passadas!
Que si algun tiempo trataua
de amores de alguna suerte,
no pude en ello offenderte,
porque entonces m'ensayaua,
Montano, para quererte.
Enseñauame a querer,
suffria no ser querida:
sospechaua quan rendida,
Montano, te auia de ser,
y quan mal agradescida.
Ensayéme como digo,
a suffrir el mal de amor:
desengañese el pastor
que compitiere contigo,
porque en balde es su dolor.
Nadie se quexe de mi,
si me quiso, y no es querido;
que yo jamas he podido
querer otro sino a ti,
y aun fuera tiempo perdido.
Y si algun tiempo miré,
miraua, pero no uia;
que yo, pastor, no podia
dar a ninguno mi fe,
pues para ti la tenia.
Vayan sospiros a cuentos,
bueluanse los ojos fuentes,
resusciten accidentes:
que passados pensamientos
no dañarán los presentes.
Vaya el mal por donde va,
y el bien por donde quisiere:
que yo yre por donde fuere,
pues ni el mal m'espantará,
ni aun la muerte si uiniere.
Vengado me auia Ysmenia del cruel y desleal Alanio, si en el amor que yo le tenia cupiera algun desseo de vengança, mas no tardó mucho Alanio en castigar a Ysmenia, poniendo los ojos en mí, y cantando este antiguo cantar.
Amor loco ¡ay amor loco!
yo por uos, y uos por otro.
Ser yo loco, es manifiesto:
por uos ¿quien no lo será?
que mayor locura está
en no ser loco por esto;
mas con todo no es honesto
que ande loco,
por quien es loca por otro.
Ya que uiendoos, no me ueys,
y moris porque no muero,
comed aora a mi que os quiero
con salsa del que quereys
y con esto me hareys
ser tan loco,
como uos loca por otro.
Qvando acabó de cantar esta postrera copla, la estraña agonia en que todos estauamos no pudo estoruar que muy de gana no nos riessemos, en uer que Montano queria que engañasse yo el gusto de miralle, con salsa de su competidor Alanio, como si en mi pensamiento cupiera dejarse engañar con apariencias de otra cosa. A essa hora comence yo con gran confiança a tocar mi çampoña, cantando la cancion que oyreys; porque a lo menos en ella pensaua mostrar (como lo mostre) quanto mejor me auia yo auido en los amores, que ninguno de los que alli estauan.
Pves no puedo descansar
a trueque de ser culpada,
guardeme Dios de oluidar,
más que de ser oluidada.
No solo donde ay oluido
no ay amor ni puede auello,
mas donde ay sospecha dello
no ay querer, sino fingido.
Muy grande mal es amar,
do esperança es escusada;
mas guardeos Dios de oluidar,
que es ayre ser oluidada.
Si yo quiero, ¿por que quiero,
para dexar de querer?
¿que más honrra puede ser,
que morir del mal que muero?
El biuir para oluidar,
es uida tan afrentada,
que me está mejor amar,
hasta morir de oluidada.
Acabada mi cancion, las lagrimas de los pastores fueron tantas, especialmente las de la hermosa pastora Ysmenia, que por fuerça me hizieron participar de su tristeza, cosa que yo pudiera bien escusar, pues no se me podia atribuir culpa alguna de mi gran desuentura (como todos los que alli estauan, sabian muy bien). Luego a la ora nos fuymos cada uno a su lugar, porque no era cosa que a nuestra honestidad conuenia estar a horas tan sospechosas fuera dél. E al otro dia mi padre sin dezirme la causa, me sacó de nuestra aldea, y me ha traydo a la nuestra, en casa de Albania mi tia, y su hermana, que uosotros muy bien conoceys, donde estoy algunos dias ha, sin saber qué aya sido la causa de mi destierro. Despues acá entendi, que Montano se auia casado con Ysmenia, y que Alanio se pensaua casar con otra hermana suya, llamada Syluia. Plega a Dios que ya que no fue mi uentura podelle yo gozar, que con la nueua esposa se goce, como yo desseo (que no seria poco) porque el amor que yo le tengo, no suffre menos, sino dessealle todo el contento del mundo. Acabado de dezir esto la hermosa Seluagia començo a derramar muchas lagrimas: y los pastores le ayudaron a ello por ser un officio de que tenian gran esperiencia. E despues auer gastado algun tiempo en esto, Sireno le dixo: hermosa Seluagia, grandissimo es tu mal, pero por muy mayor tengo tu discrecion. Toma exemplo en males agenos, si quieres sobrelleuar los tuyos; y porque ya se haze tarde, nos uamos a la aldea, y mañana se passe la fiesta junto a esta clara fuente donde todos nos juntarémos. Sea assi como lo dizes (dixo Seluagia) mas porque aya de aqui al lugar algun entretenimiento, cada uno cante una cancion, segun el estado en que le tienen sus amores. Los pastores respondieron que diera ella principio con la suya: lo qual Seluagia començo a hazer, yendose todos su passo a passo hazia la aldea.
Zagal, quien podra passar
uida tan triste y amarga,
que para biuir es larga,
y corta para llorar?
Gasto sospiros en uano,
perdida la confiança:
siento que está mi esperança
con la candela en la mano.
¡Que tiempo para esperar
que esperança tan amarga,
donde la uida es tan larga,
quan corta para llorar!
Este mal en que me ueo,
yo le merezco ¡ay perdida!
pues uengo a poner la uida
en las manos del desseo.
Jamas cesse el lamentar[1234];
que aunque la uida se alarga,
no es para biuir tan larga
quan corta para llorar.
Con un ardiente sospiro, que del alma le salia, acabó Seluagia su cancion, diziendo: Desuenturada de la que se uee sepultada entre celos y desconfianças, que en fin le pornan la uida a tal recaudo, como dellos se espera. Luego el oluidado Sireno començo a cantar al son de su rabel esta cancion:
Ojos tristes, no lloreys,
y si llorades pensad,
que no os dixeron verdad,
y quiça descansareys.
Pues que la imaginacion
haze causa en todo estado,
pensá que aun soys bien amado,
y teneys menos passion:
Si algun descanso quereys,
mis ojos, imaginad,
que no os dixeron uerdad,
y quiça descansareys.
Pensad que soys tan querido,
como algun tiempo lo fuystes.
Mas no es remedio de tristes
imaginar lo que ha sido.
Pues ¿qué remedio terneys,
ojos? alguno pensad,
si no lo pensays, llorad:
o acabá, y descansareys.
Despues que con muchas lagrimas el triste pastor Sireno acabó su cancion, el desamado Syluano desta manera dio principio a la suya.
Perderse por ti la uida,
zagala, será forçado,
mas no que pierda el cuydado
despues de auerla perdida.
Mal que con muerte se cura
muy cerca tiene el remedio,
mas no aquel que tiene el medio
en manos de la uentura.
E si este mal con la uida
no puede ser acabado
qué aprouecha a un desdichado
uerla ganada, o perdida?
Todo es uno para mi
esperança, o no tenella:
que si oy me muero por uella
mañana porque la ui.
Regalara yo la uida,
para dar fin al cuydado,
si a mi me fuera otorgado,
perdella en siendo perdida.
Desta manera se fueron los dos pastores en compañia de Seluagia, dexando concertado de uerse el dia siguiente en el mismo lugar; y aqui haze fin el primer libro de la hermosa Diana.
Fin del primer libro de la Diana.
NOTAS:
[1210] En la edición de Milán, «debaxo de nombres pastorales».
[1211] Le en la edición de Venecia, 1585, y en otras. La en la rarísima de Milán.
[1212] Y qué cabellos, añade, á modo de paréntesis, la de Milán.
[1213] Así en la edición de Milán. Ignorancia en la de Venecia.
[1214] M., causaron.
[1215] M., desta manera.
[1216] M., imaginasse.
[1217] M., que yo pudiesse.
[1218] M., de favores.
[1219] Todo esto falta en la edición de Venecia, y se ha tomado de la de Milán.
[1220] M., rendido.
[1221] M., cayo.
[1222] M., acabando.
[1223] M., prompta está.
[1224] Así en M. La de Venecia y otras dicen en mirar mi pastor, lo cual no hace sentido.
[1225] M., así. V., sintiéndola,
[1226] M., fuesse.
[1227] Les en la edición de Milán.
[1228] M., turasse.
[1229] M., hablelle.
[1230] M., hazían.
[1231] V., quedara.
[1232] Falta el vano en la edición de Venecia y otras. Está en la de Milán.
[1233] M., veis.
[1234] M., Mas no cese el lamentar.
LIBRO SEGUNDO
DE LA DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
Los pastores ya, que por los campos del caudaloso Ezla apascentauan sus ganados, se començauan a mostrar cada uno con su rebaño por la orilla de sus cristallinas aguas tomando el pastor, antes que el sol saliesse, y aduirtiendo el mejor lugar, para despues passar la calurosa fiesta, quando la hermosa pastora Seluagia por la cuesta que de la aldea baxaua al espesso bosque, uenia trayendo delante de si sus mansas ouejuelas, y despues de auellas metido entre los arboles baxos y espessos, de que alli auia mucha abundancia, y uerlas ocupadas en alcançar las más baxuelas ramas, satisfaziendo el hambre que trayan, la pastora se fue derecha a la fuente de los alisos, donde el dia antes, con los dos pastores auia passado la siesta. E como uio el lugar tan aparejado para tristes imaginaciones, se quiso aprouechar del tiempo, sentandose cabe la fuente, cuya agua con la de sus ojos acrescentaua. Y despues de auer gran rato imaginado, començo a dezir: ¿Por uentura, Alanio, eres tú aquel, cuyos ojos nunca ante los mios ui enxutos de lagrimas? ¿Eres tú el que tantas uezes a mis pies ui tendido, pidiendome con razones amorosas, la clemencia que yo por mi mal usé contigo? ¿Dime pastor (y el mas falso que se puede imaginar en la uida) es uerdad que me querias, para cansarte tan presto de quererme? Deuias imaginar, que no estaua en más oluidarte yo, que en saber que era de ti oluidada: que officio es de hombres, que no tratan los amores, como deuen tratarse, pensar que lo mismo podran acabar sus damas consigo, que ellos an acabado. Aunque otros uienen a tomallo por remedio, para que en ellas se acresciente el amor. Y otros porque los celos, que las mas uezes fingen, uengan a subjectar a sus damas: de manera que no sepan, ni puedan poner los ojos en otra parte, y los más uienen poco a poco a manifestar todo lo que de antes fingian, por donde muy más claramente descubren su deslealtad. E uienen todos estos estremos a resultar en daño de las tristes, que sin mirar los fines de las cosas, nos uenimos a afficionar, para jamas dexar de quereros, ni uosotros de pagarnoslo tan mal, como tú me pagas lo que te quise y quiero. Assi que qual destos ayas sido, no puedo entendello. E no te espantes, que en los casos de desamor entienda poco, quien en los de amor está tan exercitada. Siempre me mostraste gran honestidad en tus palabras, por donde nunca menos esperé de tus obras. Pense que un amor, en el qual me dauas a entender que tu desseo no se estendia a querer de mí más que quererme, jamas tuuiera fin; porque si a otra parte encaminaras tus desseos no sospechara firmeza en tus amores. ¡Ay triste de mí! que por temprano que uine a entenderte, ha sido para mí tarde. Venid nos acá, mi çampoña, y passare con uos el tiempo, que si yo con sola uos lo uuiera pasado, fuera de mayor contento para mí; y tomando su çampoña, començo a cantar la siguiente cancion:
Aguas que de lo alto desta sierra,
baxays con tal ruydo al hondo ualle
porqué no imaginays la que del alma
destilan siempre mis cansados ojos,
y que es la causa, el infelice tiempo,
en que fortuna me robo mi gloria?
Amor me dió esperança de tal gloria,
que no ay pastora alguna en esta sierra,
que assi pensasse de alabar el tiempo
pero despues me puso en este ualle
de lagrimas, a do lloran mis ojos
no uer lo que estan viendo los del alma.
¿En tanta soledad, qué haze un alma
que en fin llegó a saber que cosa es gloria?
¿o a donde boluere mis tristes ojos,
si el prado, el bosque, el monte, el soto y sierra
el arboleda y fuentes deste ualle
no hazen oluidar tan dulce tiempo?
¿Quien nunca imaginó que fuera el tiempo
verdugo tan cruel para mi alma?
¿o qué fortuna me apartó de un ualle,
que toda cosa en el me daua gloria?
hasta el hambriento lobo, que a la sierra
subia, era agradable ante mis ojos.
¿Mas qué podran, fortuna, uer los ojos,
que ueian su pastor en algun tiempo
baxar con sus corderos, de una sierra,
cuya memoria siempre está en mi alma?
¡o fortuna enemiga de mi gloria!
¡cómo me cansa este enfadoso ualle!
¿Mas cuando tan ameno y fresco valle,
no es agradable a mis cansados ojos,
ni en él puedo hallar contento, gloria,
ni espero ya tenelle en algun tiempo?
ued en qué estremo deue estar mi alma:
¡o quien boluiese á aquella dulce sierra!
¡O alta sierra, ameno y fresco ualle
do descansó mi alma, y estos ojos!
dezid: uerme he algun tiempo, en tanta gloria.
A este tiempo Syluano estaua con su ganado entre unos myrthos que cerca de la fuente auia, metido en sus tristes imaginaciones; y quando la boz de Seluagia oyó, despierta como de un sueño, y muy atento estuuo a los uersos que cantaua. Pues como este pastor fuesse tan mal tratado de amor, y tan desfauorecido de Diana, mil uezes la passion le hazia salir de seso, de manera, que oy se daua en dezir mal de amor, mañana en alaballe, un dia en estar ledo, y otro en estar más triste que todos los tristes; oy en dezir mal de mugeres, mañana en encarecellas sobre todas las cosas. Y ansi biuia el triste una uida, que seria gran trabajo dalla a entender; y más a personas libres. Pues auiendo oydo el dulce canto de Seluagia, y salido de sus tristes imaginaciones, tomó su rabel, y començo a cantar lo siguiente:
Cansado esta de oyrme el claro rio,
el ualle y soto tengo importunados:
y estan de oir mis quexas ¡o amor mio!
alisos, hayas, olmos ya cansados:
inuierno, primauera, otoño, estio,
con lagrimas regando estos collados,
estoy a causa tuya, o cruda fiera,
¿no auria en esta boca vn nó, si quiera?
De libre me heziste ser catiuo,
de hombre de razon, quien no la siente,
quesiste me hazer de muerto, biuo,
y alli de biuo muerto encontinente:
De afable me heziste ser esquiuo:
de conuersable, aborrescer la gente:
solia tener ojos, y estoy ciego,
hombre de carne fuy, ya soy de fuego.
¿Qué es esto coraçon, no estays cansado?
¿aun ay más que llorar? ¿dezi, ojos mios?
mi alma, ¿no bastaua el mal passado?
lagrimas, ¿aun hazeys crecer los ríos?
entendimiento, ¿vos no estays turbado?
sentido, ¿no os turbaron sus desuios?
¿pues cómo entiendo, lloro, veo y siento,
si todo lo ha gastado ya el tormento?
¿Quién hizo a mi pastora ¡ay, perdido!
aquel cabello de oro, y no dorado,
el rostro de cristal tan escogido,
la boca de un rubi muy estremado,
el cuello de alabastro, y el sentido
muy más que otra ninguna leuantado?
¿por qué su coraçon no hizo ante
de cera, que de marmol y diamante?
Vn dia estoy conforme a mi fortuna,
y al mal que me ha causado mi Diana,
el otro el mal me afflige y importuna,
cruel la llamo fiera, y inhumana,
y assi no hay en mi mal orden alguna,
lo que oy affirmo, niegolo mañana:
todo es assi, y passo assi una uida,
que presto uean mis ojos consumida.
Cuando la hermosa Seluagia en la boz conoscio al pastor Syluano, se fue luego a él, y recebiendose los dos con palabras de grande amistad, se assentaron a la sombra de un espesso myrtho, que en medio dexaba vn pequeño pradezuelo[1235] más agradable por las hermosas y doradas flores de que él estaua matizado, de lo que sus tristes pensamientos pudieran dessear. Y Syluano començó a hablar desta manera: No sin grandissima compassion se deue considerar, hermosa Seluagia, la diuersidad de tantos y tan desusados infortunios, como succeden a los tristes que queremos bien. Mas entre todos ellos ninguno me paresce que tanto se deue temer, como aquel que succede despues de auerse uisto la persona en un[1236] buen estado. Y esto como tú ayer me dezias, nunca llegué a sabello por experiencia. Mas como la uida que passo es tan agena de descanso, y tan entregada a tristezas, infinitas uezes estoy buscando inuenciones para engañar el gusto. Para lo qual me uengo a imaginar muy querido de mi señora, y sin abrir mano desta imaginacion me estoy todo lo que puedo, pero despues que llego a la uerdad de mi estado, quedo tan confuso que no sé decillo; porque sin yo querello, me uiene a faltar la paciencia. Y pues la imaginacion no es cosa que se pueda suffrir, ued qué haria la uerdad? Seluagia le respondió: Quisiera yo, Syluano, estar libre desta passion, para saber hablar en ella, como en tal materia seria menester. Que no quieras mayor señal de ser el amor mucho, o poco, la passion pequeña o grande, que oilla dezir al que la siente. Porque nunca passion bien sentida, pudo ser bien manifestada con la lengua del que la padesce. Ansi que estando yo tan subjecta a mi desuentura, y tan quexosa de la sin razon que Alanio me haze, no podré dezir lo mucho que dello siento. A tu discrecion lo dexo, como a cosa de que me puedo muy bien fiar. Syluano dixo sospirando. Aora yo, Seluagia, no sé qué diga, ni qué remedio podria auer en nuestro mal. ¿Tú por dicha sabes alguno? Seluagia respondió, ¿y como aora lo sé? Sabes qué remedio, pastor? Dexar de querer. ¿Y esso podrias tú acabarlo[1237] contigo? (dixo Syluano). Como la fortuna, o el tiempo lo ordenasse (respondio Seluagia). Aora te digo (dixo Syluano muy admirado) que no te haria agrauio en no auer manzilla de tu mal, porque amor que está subjecto al tiempo, y a la fortuna, no puede ser tanto que dé trabajo a quien lo padece. Seluagia le respondió. ¿Y podrias tú, pastor, negarme, que sería possible auer fin en tus amores, o por muerte, o por ausencia, o por ser fauorescido en otra parte, y tenido en más tus seruicios? No me quiero (dixo Syluano) hazer tan hypocrita en amor, que no entienda lo que me dizes ser possible, mas no en mí. Y mal aya el amador que aunque a otros uea succederles, y la manera que me dizes, tuuiere tan poca constancia en los amores, que piense poderle a él succeder cosa tan contraria a su fe. Yo muger soy (dixo Seluagia) y en mí uerás, si quiero, todo lo que se puede querer. Pero no me estorua esto imaginar, que en todas las cosas podria auer fin, por más firmes que sean porque officio es del tiempo, y de la fortuna andar en estos mouimientos tan ligeros, como ellos lo han sido siempre; y no pienses, pastor, que me haze dezir esto el pensamiento de oluidar aquel que tan sin causa me tiene oluidada, sino lo que desta passion tengo esperimentado. A este tiempo oyeron un pastor, que por el prado adelante uenia cantando, y luego fue conocido[1238] ser el oluidado Sireno, el qual uenia al son de su rabel cantando estos uersos:
Andad mis pensamientos do algun dia
os yuades de vos muy confiados,
vereys horas y tiempos ya mudados,
vereys que uuestro bien passó: solia.
Vereys que en el espejo a do me uia
y en el lugar do fuystes estimados,
se mira por mi suerte y tristes hados
aquel que ni aun pensallo merescia.
Vereys tambien cómo entregué la uida
a quien sin causa alguna la desecha,
y aunque es ya sin remedio el graue daño
dezilde (si podeis) á la partida
que allá prophetizaua mi sospecha,
lo que ha cumplido acá su desengaño.
Despues que Sireno puso fin a su canto, uido como hazia el uenia la hermosa Seluagia, y el pastor Syluano, de que no recibio pequeño contentamiento, y despues de auerse recebido, determinaron yrse a la fuente de los alisos, donde el dia antes auian estado. Y primero que allá llegassen (dixo Syluano). Escucha, Seluagia, ¿no oyes cantar? Sí oigo (dixo Seluagia) y aun paresce mas de una boz. ¿Adonde será? (dixo Sireno). Paresceme (respondió Seluagia) que es en el prado de los laureles por donde passa el arroyo que corre desta clara fuente. Bien será que nos lleguemos allá, y de manera que no nos sientan los que cantan, porque no interrumpamos la musica. Vamos (dixo Seluagia) y assi su passo a passo se fueron hazia aquella parte donde las bozes se oyan: y escondiendose entre unos arboles, que estauan junto al arroyo: uieron sobre las doradas flores assentadas tres nimphas, tan hermosas, que parescia auer en ellas dado la naturaleza clara muestra de lo que puede. Venian uestidas de unas ropas blancas labradas por encima de follajes de oro: sus cabellos, que los rayos del sol oscurescian, rebueltos a la cabeça, y tomados con sendos hilos de orientales perlas, con que encima de la crystallina frente se hazia una lazada, y en medio della estaua una aguila de oro, que entre las vñas tenia un muy hermoso diamante. Todas tres de concierto tañian sus instrumentos tan suauemente, que junto con las diuinas bozes no parescieron sino musica celestial, y la primera cosa que cantaron, fue este villancico:
Contentamientos de amor
que tan cansados llegays,
si uenis ¿para que os uays?
Aun no acabays de uenir
despues de muy desseados,
cuando estays determinados
de madrugar y partyr,
si tan presto os aueys d'yr,
y tan triste me dexays,
placeres, no me ueays.
Los contentos huyo dellos,
pues no me uienen a uer
más que por darme a entender
lo que se pierde en perdellos,
y pues ya no quiero uellos,
descontentos, no os partays,
pues bolueys despues que os uays.
Despues que uuieron cantado, dixo la una, que Dorida se llamaua: Cinthia[1239], ¿es esta la ribera adonde un pastor llamado Sireno anduuo perdido por la hermosa pastora Diana? La otra le respondio: esta sin duda debe ser: porque junto a vna fuente, que está cerca de este prado, me dizen que fue la despedida de los dos digna de ser para siempre celebrada, segun las amorosas razones que entre ellos passaron. Cuando Sireno esto oyó quedó fuera si en uer que las tres nimphas tuuiessen noticia de sus desuenturas. Y prosiguiendo Cinthia dixo: Y en esta misma ribera ay otras muy hermosas pastoras y otros pastores enamorados, adonde el amor ha mostrado grandissimos effectos, y algunos muy al contrario de lo que se esperaua. La tercera, que Polidora se llamaua, le respondio: cosa es essa de que yo no me espantaria, porque no ay successo en amor por auieso que sea, que ponga espanto a los que por estas cosas han passado. Mas dime, Dorida, ¿cómo sabes tú de essa despedida? Selo (dixo Dorida) porque al tiempo que se despidieron junto a la fuente que digo lo oyó Celio, que desde encima de un roble les estaria acechando, y la puso toda al pie de la letra en uerso, de la misma manera que ella passó; por esso si me escuchays, al son de mi instrumento pienso cantalla. Cinthia le respondio: hermosa Dorida, los hados te sean fauorables, como nos es alegre tu gracia y hermosura, y no menos sera oyrte cantar cosa tanto para saber. Y tomando Doria su harpa, començo a cantar desta manera:
Canto de la nimpha.
Ivnto a una uerde ribera,
de arboleda singular,
donde para se alegrar
otro que mas libre fuera,
hallara tiempo y lugar:
Sireno, un triste pastor,
recogia su ganado,
tan de ueras lastimado
quanto burlando el amor
descansa el enamorado.
Este pastor se moria
por amores de Diana,
una pastora loçana
que en hermosura excedia
la naturaleza humana,
la qual jamas tuuo cosa
que en si no fuese estremada,
pues ni pudo ser llamada
discreta, por no hermosa:
ni hermosa por no auisada.
No era desfauorecido,
que a serlo quiça pudiera
con el uso que tuuiera,
suffrir despues de partido,
lo que de absencia sintiera:
Que el coraçon desusado,
de suffrir pena, o tormento,
si no sobra entendimiento,
qualquier pequeño cuydado
le cautiua el suffrimiento.
Cabe un rio caudaloso,
Ezla por nombre llamado,
andaua el pastor cuytado
de absencia muy temeroso,
repastando su ganado:
Y a su pastora aguardando
está con graue passion,
que estaua aquella sazon
su ganado apacentando
en los montes de Leon.
Estaua el triste pastor
en quanto no parescia,
imaginando aquel dia
en que el falso dios de Amor
dio principio a su alegria:
Y dize viendose tal:
el bien que el amor me ha dado
ymagino yo cuytado,
porque este cercano mal
lo sienta despues doblado.
El sol por ser sobre tarde
con su fuego no le offende,
mas el que de amor depende,
y en el su coraçon arde
mayores llamas enciende.
La passion lo combidaua,
la arboleda le mouia,
el rio parar hazia,
el ruyseñor ayudaua
a estos uersos que dezia.
Cancion de Sireno.
Al partir llama partida
el que no sabe de amor,
mas yo le llamo un dolor
que se acaba con la uida.
Y quiera Dios que yo pueda
esta uida sustentar,
hasta que llegue al lugar
donde el coraçon me queda;
porque el pensar en partida
me pone tan gran pauor
que a la fuerça del dolor
no podra esperar la uida.
Esto Sireno cantaua
y con su rabel tañia,
tan ageno de alegria,
quel llorar non le dejaua
pronunciar lo que dezia.
Y por no caer en mengua
si le estorua su passion,
accento, o pronunciacion,
lo que empezaua la lengua
acabaua el coraçon.
Ya despues que vuo cantado,
Diana vió que venia
tan hermosa, que vestia
de nueua color el prado,
donde sus ojos ponia.
Su rostro como vna flor,
y tan triste que es locura
pensar que humana criatura
juzgue qual era mayor,
la tristeza o hermosura.
Muchas uezes se paraua
bueltos los ojos al suelo,
y con tan gran desconsuelo
otras uezes los alçaua
que los incaua en el cielo:
Diziendo con más dolor,
que cabe en entendimiento:
pues el bien trae tal descuento,
de oy más bien puedes, amor,
guardar tu contentamiento.
La causa de sus enojos
muy claro alli la mostraua;
si lagrimas derramaua
preguntenlo a aquellos ojos
con que a Sireno mataua.
Si su amor era sin par,
su ualor no lo encubria,
y si la absencia temia
pregúntelo a este cantar
que con lagrimas dezia:
Cancion de Diana
No me diste, o crudo amor
el bien que tuue en presencia,
sino porque el mal de absencia
me parezca muy mayor.
Das descanso, das reposo,
no por dar contentamiento,
mas porque esté el suffrimiento
algunos tiempos ocioso.
Ved qué inuenciones de amor
darme contento en presencia,
porque no tenga en absencia
reparo contra el dolor.
Siendo Diana llegada
donde sus amores uio,
hablar quiso y no habló[1240],
y el triste no dixo nada,
aunque el hablar cometio:
Quanto auia que hablar,
en los ojos lo mostrauan,
mostrando lo que callauan,
con aquel blando mirar
con que otras uezes hablauan.
Ambos juntos se sentaron,
debaxo un myrtho florido,
cada uno de otro uencido
por las manos se tomaron,
casi fuera de sentido:
Porque el plazer de mirarse,
y el pensar presto no uerse,
los hazen enternescerse
de manera que a hablarse,
ninguno pudo atreuerse,
Otras uezes se topauan
en esta uerde ribera,
pero muy de otra manera
el toparse celebrauan,
que esta que fue la postrera:
Estraño effecto de amor
verse dos que se querian,
todo quanto ellos podian
y recebir mas dolor,
que al tiempo que no se uian.
Via Sireno llegar
el graue dolor de absencia,
ni alli le basta paciencia,
ni alcança para hablar
de sus lagrimas licençia.
A su pastora miraua,
su pastora mira a él,
y con un dolor cruel
la habló, mas no hablaua
que el dolor habla por él.
¿Ay, Diana, quien dixera,
que quando yo más penara
que ninguno imaginara,
en la hora que te uiera
mi alma no descansara?
¿En qué tiempo y qué sazon,
creyera (señora mia)
que alguna cosa podria
causarme mayor passion
que tu presencia alegria?
¿Quién pensara que estos ojos
algun tiempo me mirassen,
que, señora, no atajassen,
todos los males y enojos
que mis males me causassen?
Mira, señora, mi suerte,
si ha traydo buen rodeo;
que si antes mi desseo
me hizo morir por uerte,
ya muero porque te veo.
Y no es por falta de amarte,
pues nadie estuuo tan firme,
mas por porque suelo uenirme
a estos prados a mirarte,
y aora uengo a despedirme:
Oy diera por no te uer,
aunque no tengo otra uida,
esta alma de ti uencida
solo por entretener
el dolor de la partida.
Pastora, dame licencia
que diga que mi cuydado
sientes en el mismo grado,
que no es mucho en tu presencia
mostrarme tan confiado.
Pues Diana, si es asi,
¿cómo puedo yo partirme?
¿o tú cómo dexas yrme?
¿o cómo uengo yo aqui
sin empacho a despedirme?
Ay Dios, ay pastora mia,
¿cómo no ay razon que das
para de ti me quexar?
¿y cómo tú cada dia
la ternás de me oluidar?
No me hazes tú partir
esto tambien lo dire,
menos lo haze mi fe:
y si quisiesse dezir
quien lo haze: no lo sé.
Lleno de lagrimas tristes,
y a menudo sospirando
estaua el pastor hablando
estas palabras que oystes,
y ella las oye llorando:
a responder se offrescio,
mil uezes lo cometia,
mas de triste no podia
y por ella respondio
el amor que le tenía.
A tiempo estoy, o Sireno,
que dire mas que quisiera:
que aun que mi mal s'entendiera
tuuiera, pastor, por bueno,
el callarlo, si pudiera.
Mas ay de mí desdichada,
uengo a tiempo a descubrillo,
que ni aprovecha dezillo
para escusar mi jornada,
ni para yo despidillo.
¿Porqué te uas, di, pastor,
porqué me quieres dexar
donde el tiempo y el lugar,
y el gozo de nuestro amor,
no se me podra oluidar?
¿Que sentiré, desdichada,
llegando a este ualle ameno,
cuando diga: ¡ah tiempo bueno,
aqui estuue yo sentada,
hablando con mi Sireno!
Mira si será tristeza,
no uerte, y uer este prado,
de arboles tan adornado,
y mi nombre en su corteza,
por tus manos señalado:
o si aurá igual dolor,
que el lugar adó me uiste,
uerle tan solo, y tan triste,
donde con tan gran temor
tu pena me descubriste.
Si esso duro coraçon
se ablanda para llorar
¿no se podria ablandar
para uer la sin razon,
que hazes en me dexar?
Oh, no llores, mi pastor,
que son lagrimas en uano;
y no esta el seso muy sano
de aquel que llora el dolor,
si el remedio está en su mano.
Perdoname, mi Sireno,
si te offendo en lo que digo,
dexa me hablar contigo
en aqueste valle ameno,
do no me dexas comigo.
Que no quiero ni aun burlando
uerme apartada de ti:
¿No te uayas, quieres, di?
duelate ora uer llorando
los ojos con que te ui».
Volvio Sireno a hablar,
dixo: ya deues sentir
si yo me quisiera yr,
mas tú me mandas quedar,
y mi uentura partir.
Viendo tu gran hermosura,
estoy, señora, obligado,
a obedecer te de grado;
mas triste, que a mi uentura
he de obedeçer forçado.
Es la partida forçada,
pero no por causa mia,
que qualquier bien dexaria
por uerte en esta majada,
do ui el fin de mi alegria.
Mi amo aquel gran pastor,
es quien me haze partir,
a quien presto uea uenir
tan lastimado de amor,
como yo me siento yr.
Oxala estuuiera aora,
porque tú fueras seruida,
en mi mano mi partida
como en la tuya, señora,
está mi muerte y mi uida.
Mas creeme que es muy en uano,
segun contino me siento
passarte por pensamiento
que pueda estar en mi mano,
cosa que me dé contento.
Bien podria yo dexar
mi rebaño y mi pastor,
y buscar otro señor:
mas si el fin voy a mirar
no conuiene a nuestro amor:
Que dexan lo este rebaño,
y tomando otro qualquiera,
dime tú de que manera
podré uenir sin tu daño
por esta uerde ribera:
Si la fuerça desta llama
me detiene, es argumento
que pongo en ti el pensamiento:
y uengo a uender tu fama,
señora, por mi contento.
Si dizen que mi querer
en ti lo puedo emplear,
a ti te uiene a dañar
¿que yo qué puedo perder?
¿o tú qué puedes ganar?
La pastora a esta sazon
respondió con gran dolor:
Para dexarme, pastor,
¿cómo has hallado razon,
pues que no la ay en amor?
Mala señal es hallarse,
pues vemos por esperiencia,
que aquel que sabe en presencia
dar desculpa de absentarse,
sabra suffrir el absencia.
Ay triste, que pues te uas,
no sé qué será de ti,
ni sé que será de mi,
ni si allá te acordaras,
que me uiste o que te ui?
Ni sé si recibo engaño,
en auerte descubierto
este dolor que me ha muerto:
mas lo que fuere en mi daño,
esto sera lo más cierto.
No te duelan mis enojos,
vete, pastor, a embarcar,
passa de presto la mar,
pues que por la de mis ojos
tan presto puedes passar.
Guardete Dios de tormenta,
Sireno mi dulce amigo,
y tenga siempre contigo
la fortuna mejor cuenta,
que tú la tienes comigo.
Muero en uer que se despiden
mis ojos de su alegria,
y es tan grande el agonia
que estas lagrimas me impiden
dezirte lo que queria.
Estos mis ojos, zagal,
antes que cerrados sean
ruego yo a Dios que te uean;
que aunque tú causas su mal
ellos no te lo dessean.
Respondió: señora mia,
nunca viene solo vn mal,
y vn dolor aunque mortal
siempre tiene compañia,
con otro mas principal.
Y assi uerme yo partir
de tu vista y de mi uida,
no es pena tan desmedida,
como verte a ti sentir
tan de veras mi partida.
Mas si yo acaso oluidare
los ojos en que me vi,
oluidese Dios de mi,
o si en cosa imaginare,
mi señora, si no en ti.
Y si agena hermosura
causare en mí mouimiento,
por vna hora de contento
me trayga mi desuentura
cien mil años de tormento.
E si mudare mi fe
por otro nueuo cuydado,
cayga del mejor estado
que la fortuna me dé
en el más desesperado.
No me encargues la venida,
muy dulce señora mia,
porque assaz de mal sería
tener vo en algo la uida
fuera de tu compañia.
Respondiole: oh mi Sireno,
si algun tiempo te oluidare,
las yeruas que yo pisare
por aqueste ualle ameno
se sequen quando passare.
Y si el pensamiento mio
en otra parte pusiere,
suplico a Dios que si fuere
con mis ouejas al rio
se seque quando me uiere.
Toma, pastor, vn cordon
que hize de mis cabellos,
porque se te acuerde en uellos
que tomaste possession
de mi coraçon y dellos.
Y este anillo as de lleuar
do estan dos manos asidas,
que aunque se acaben las uidas,
no se pueden apartar
dos almas que estan vnidas.
Y él dixo: que te dexar
no tengo, si este cayado
y este mi rabel preciado,
con que tañer y cantar
me uias por este prado:
Al son dél, pastora mia,
te cantaua mis canciones,
contando tus perfecciones,
y lo que de amor sentia
en dulces lamentaciones.
Ambos a dos se abraçaron,
y esta fue la uez primera,
y pienso fue la postrera
porque los tiempos mudaron
el amor de otra manera.
E aunque a Diana le dio
pena rauiosa y mortal
la ausencia de su zagal,
en ella misma halló
el remedio de su mal.
Acabó la hermosa Dorida el suaue canto, dexando admiradas á Cinthia y Polidora en uer que una pastora fuesse vaso donde amor tan encendido pudiesse caber. Pero tambien lo quedaron de imaginar cómo el tiempo auia curado su mal, paresciendo en la despedida sin remedio. Pues el sin uentura Sireno en quanto la pastora con el dulce canto manifestaua sus antiguas cuytas y sospiros, no dexaua de darlos tan a menudo, que Seluagia y Syluano eran poca parte para consolalle, porque no menos lastimado estaua entonces, que al tiempo que por él avian passado. Y espantose mucho de uer que tan particularmente se supiesse lo que con Diana passado auia. Pues no menos admiradas estaban Seluagia, y Syluano, de la gracia con que Dorida cantaua y tañia. A este tiempo las hermosas nimphas, tomando cada una su instrumento, se yuan por el uerde prado adelante, bien fuera de sospecha de podelles acaecer lo que aora oyreys. E fue, que auiendose alexado muy poco de adonde los pastores estauan, salieron de entre unas retamas altas, a mano derecha del bosque, tres saluages, de extraña grandeza y fealdad. Venían armados de coseletes y celadas de cuero de tigre. Eran de tan fea catadura, que ponian espanto, los coseletes trayan por braçales unas bocas de serpientes, por donde sacauan los braços que gruessos y uellosos parescian, y las celadas uenian a hazer encima de la frente unas espantables cabeças de leones, lo demas trayan desnudo, cubierto de espesso y largo uello, unos bastones herrados de muy agudas puntas de azero. Al cuello trayan sus arcos, y flechas, los escudos eran de unas conchas de pescado muy fuerte. E con una increyble ligereza arremeten a ellas diziendo: a tiempo estays, o ingratas y desamoradas Nimphas, que os obligaua la fuerça a lo que el amor no os ha podido obligar, que no era justo que la fortuna hiziesse tan grande agrauio á nuestros captiuos coraçones como era dilatalles tanto su remedio. En fin tenemos en la mano el galardon de los sospiros, con que a causa uuestra, importunauamos las aues, y animales de la escura y encantada selua donde habitamos, y de las ardientes lagrimas con que haziamos crescer el impetuoso, y turbio rio que sus temerosos campos ua regando. E pues para que quedeys con las uidas, no teneys otro remedio, sino dalle, a nuestro mal, no deys lugar a que nuestras crueles manos tomen uengança de la que de nuestros affligidos coraçones aueys tomado. Las nimphas con el subito sobresalto, quedaron tan fuera de si, que no supieron responder a las soberuias palabras que oyan, sino con lagrimas. Mas la hermosa Dorida, que más en si estaua que las otras, respondió: Nunca yo pense que el amor pudiera traer a tal estremo a un amante, que viniesse a las manos con la persona amada. Costumbre es de couardes tomar armas contra las mugeres: y en un campo donde no hay quien por nosotras puede responder, sino es nuestra razon. Mas de una cosa (ó crueles) podeys estar seguros, y es, que nuestras amenazas no nos harán perder un punto de lo que a nuestra honestidad deuemos, y que más facilmente os dexaremos la uida en las manos, que la honra. Dorida (dixo uno dellos) a quien de mal tratarnos ha tenido poca razon no es menester escuchalle alguna. E sacando el cordel al arco que al cuello traya, le tomó sus hermosas manos, y muy descomedidamente se las ató, y lo mismo hizieron sus compañeros a Cinthia y a Polidora. Los dos pastores y la pastora Seluagia, que atonitos estauan de lo que los saluages hazian, uiendo la crueldad con que a las hermosas nimphas tratauan, y no pudiendo suffrillo, determinaron de morir o defendellas. E sacando todos tres sus hondas proueydos sus zurrones de piedras salieron al uerde prado, y comiençan a tirar a los saluages, con tanta maña y esfuerço, como si en ello les fuera la uida. E pensando occupar a los saluages, de manera que en quanto ellos se defendian, las nimphas se pusiessen en saluo, les dauan la mayor priessa que podian, mas los saluages recelosos de lo que los pastores imaginauan, quedando el uno en guarda de las prisioneras, los dos procurauan herirlos ganando tierra. Pero las piedras eran tantas, y tan espessas, que se lo defendian. De manera que en quanto las piedras los duraron, los saluages lo passaban mal, pero como despues los pastores se occuparon en baxarse por ellas, los saluages se les allegauan con sus pesados alfanges en las manos, tanto que ya ellos estauan sin esperança de remedio. Mas no tardó mucho que de entre la espessura del bosque, junto a la fuente donde cantauan, salio una pastora de tan grande hermosura y disposicion, que los que la uieron quedaron admirados. Su arco tenia colgado del braço yzquierdo y vna aljaua de saetas al hombro, en las manos un baston de syluestre enzina, en el cabo del qual auia una muy larga punta de azero. Pues como assi uiesse las tres Nimphas, la contienda entre los dos saluages, y los pastores, que ya no esperauan, sino la muerte, poniendo con gran presteza vna aguda saeta en su arco, con tan grandissima fuerza y destreza la despidio, que al uno de los saluages se la dexó escondida en el duro pecho. De manera que la de amor, que el coraçon le traspassaua, perdio su fuerça, y el saluage la uida a bueltas della. Y no fue perezosa en poner otra saeta en su arco, ni menos diestra en tiralla, pues fue de manera, que acabó con ella las passiones enamoradas del segundo saluage, como las del primero auia acabado. Y queriendo tirar al tercero, que en guarda de las tres Nimphas estaua, no pudo tan presto hazello, que él no se uiniesse a juntar con ella, queriendo la herir con su pesado alfange. La hermosa pastora alçó el baston, y como el golpe descargasse sobre las barras del fino azero que tenia, el alfange fue hecho dos pedaços: y la hermosa pastora le dio tan gran golpe con su baston, por encima de la cabeça, que le hizo arrodillar y yuntandole[1241] con la azerada punta a los ojos, con tan gran fuerça le apreto, que por medio de los sesos se lo passó a la otra parte: y el feroz saluage dando vn espantable grito, cayó muerto en el suelo. Las nimphas viendose libres de tan gran fuerça, y los pastores y pastora de la muerte de la qual muy cerca estauan: y viendo cómo por el gran esfuerço de aquella pastora, ansi vnos como otros auian escapado, no podian juzgarla por cosa humana. A esta hora, llegandose la gran pastora a ellas, las començo a desatar las manos, diziendoles: No merescian menos pena que la que tienen, o hermosas nimphas, quien tan lindas manos osaua atar, que mas son ellas para atar coraçones, que para ser atadas. Mal ayan hombres tan soberuios, y de tan mal conoscimiento, mas ellos, señoras, tienen su pago, y yo tambien le tengo en aueros hecho este pequeño seruicio, y en auer llegado a tiempo que a tan gran sin razon pudiesse dar remedio, aunque a estos animosos pastores, y hermosa pastora, no en menos se deue tener lo que an hecho, pero ellos y yo estamos muy bien pagados, aunque en ello perdieramos la vida, pues por tal causa se auenturaua. Las nimphas quedaron tan admiradas de su hermosura y discrecion, como del esfuerço que en su defensa auia mostrado. E Dorida con un gracioso semblante le respondió: Por cierto, hermosa pastora, si vos segun el animo y valentia que oy mostrastes no soys hija del fiero Marte, segun la hermosura lo deueys ser de la deesa Venus, y del hermoso Adonis, y si de ninguno destos, no podeys dexallo de ser de la discreta Minerua, que tan gran discretion no puede proceder de otra parte, aunque lo mas cierto deue ser aueros dado naturaleza lo principal de todos ellos. E para tan nueua y tan grande merced, como es la que auemos recebido, nueuos y grandes auian de ser los seruicios con que deuia ser satisfecha. Mas podria ser que algun tiempo se osfresciesse ocasion, en que se conosciesse la voluntad que de seruir tan señalada merced tenemos. E porque paresce que estays cansada, vamos a la fuente de los alisos, que está junto al bosque, y alli descansareys. Vamos señora (dixo la pastora) que no tanto por descansar del trabajo del cuerpo, lo desseo, quanto por hablar en otro, en que consiste el descanso de mi anima y todo mi contentamiento. Esse se os procurará aqui con toda la diligentia possible (dixo Polidora) porque no aya a quien con mas razon procurar se deua. Pues la hermosa Cinthia se boluio a los pastores, diziendo: Hermosa pastora, y animosos pastores, la deuda, y obligacion en que nos aueys puesto, ya la veys, plega a dios que algun tiempo la podamos satisfazer, segun que es nuestro desseo. Seluagia respondió: A estos dos pastores, se deuen, hermosas nimphas, essas offertas, que yo no hize mas de dessear la libertad, que tanta razon era que todo el mundo desseasse. Entonces (dixo Polidora): ¿Es este el pastor Sireno tan querido algun tiempo, como aora oluidado de la hermosa Diana: y esse otro su competidor Syluano? Si (dixo Seluagia). Mucho me huelgo (dixo Polidora) que seays personas a quien podamos en algo satisfazer lo que por nosotras aueys hecho. Dorida muy espantada dixo: ¿qué cierto es éste Sireno? Muy contenta estoy en hallarte, y en auerme tú dado ocasion a que yo busque a tu mal algun remedio, que no será poco. Ni aun para tanto mal bastaria siendo poco, dixo Sireno. Aora vamos a la fuente (dixo Polidora) que allá hablaremos mas largo. Llegados que fueron a la fuente lleuando las nimphas en medio a la pastora se assentaron entorno della; y los pastores a peticion de las nimphas se fueron a la aldea a buscar de comer, porque era ya tarde, y todos lo auian menester. Pues quedando las tres nimphas solas con la pastora, la hermosa Dorida començó a hablar desta manera.
Esforçada y hermosa pastora, es cosa para nosotras tan estraña ver una persona de tanto ualor y suerte, en estos ualles y bosques apartados del concurso de las gentes, como para ti será uer tres Nimphas solas, y sin compañia que defendellas pueda de semejantes fuerças. Pues para que podamos saber de ti lo que tanto desseamos, forçado será merçello primero con dezir quien somos: y para esto sabras, esforçada pastora, que esta Nimpha se llama Dorida, y aquella Cinthia, y yo Polidora: viuimos en la selua de Diana, adonde habita la sabia Felicia, cuyo offiçio es dar remedio a passiones enamoradas: y veniendo nosotros de visitar a una Nimpha su parienta, que biue desta otra parte de los puertos Galiçianos, llegamos á este valle vmbroso y ameno. E paresçiendonos el lugar conueniente para passar la calorosa siesta, a la sombra de estos alisos y verdes lauros, embidiosas de la harmonia que este impetuoso arroyo por medio del verde prado lleua, tomando nuestros instrumentos, quisimos imitada, e nuestra ventura, o por mejor dezir, su desuentura, quiso que estos saluages, que segun ellos dezian, muchos dias ha que de nuestros amores estauan presos, vinieron a caso por aqui. Y auiendo muchas vezes sido importunadas de sus bestiales razones, que nuestro amor les otorgassemos, y viendo ellos que por ninguna uia les dauamos esperança de remedio, se determinaron poner el negoçio a las manos, y hallando nos aqui solas, hizieron lo que vistes al tiempo que con vuestro socorro fuimos libres. La pastora que oyó lo que la hermosa Dolida auia dicho, las lagrimas dieron testimonio de lo que su affligido coraçon sentia, y boluiendose a las Nimphas, les començo a hablar desta manera:
No es amor de manera (hermosas Nimphas de la casta diosa) que pueda el que lo tiene tener respecto a la razon, ni la razon es parte para que un enamorado coraçon dexe el camino por do sus fieros destinos le guiaren. Y que esto sea uerdad, en la mano tenemos la experiençia, que puesto caso que fuessedes amadas destos saluages fieros, y el derecho del buen amor no daua lugar a que fuessedes dellos offendidas, por otra parte, vino aquella desorden con que sus varios effectos haze, a dar tal industria, que los mismos que os auian de seruir, vos offendiessen. E porque sepays que no me muero solamente por lo que en este valle os ha succedido, os dire lo que no pense dezir, sino a quien entregué mi libertad, si el tiempo, o la fortuna dieren lugar a que mis ojos le vean, y entonçes vereys, cómo en la escuela de mis desuenturas deprendi a hablar en los malos successos de amor, y en lo que este traydor haze en los tristes coraçones que subjectos le estan. Sabreys pues, hermosas Nimphas, que mi naturaleza es la gran Vandalia, provincia no muy remota desta adonde estamos, nascida en una ciudad llamada Soldina: mi madre se llamó Delia, y mi padre Andronio, en linaje y bienes de fortuna los más prinçipales de toda aquella prouinçia. Acaescio pues que como mi madre auiendo muchos años que era casada, no tuuiesse hijos (y a causa desto biuiesse tan descontenta, que no tuuiesse un dia de descanso) con lagrimas y sospiros cada hora importunaua el çielo, y haziendo mil ofrendas y sacrifiçios, suplicaua a Dios le diesse lo que tanto desseaua, el qual fue seruido, vistos sus continuos ruegos y oraçiones, que siendo ya passada la mayor parte de su edad, se hiziesse preñada. El alegria que dello reçibio juzguelo quien despues de muy deseeada una cosa, la uentura se la pone en las manos. E no menos partiçipó mi padre Andronio deste contentamiento porque lo tuuo tan grande, que seria impossible podelle encarescer. Era Delia mi señora affiçionada a leer historias antiguas, en tanto estremo, que si enfermedades, o negoçios de grande importançia no se lo estoruauan, jamas passaua el tiempo en otra cosa. E acaescio que estando, como digo, preñada, y hallandose una noche mal dispuesta, rogo a mi padre que le leyesse alguna cosa, para que occupando ella el pensamiento, no sintiesse el mal que la fatigaua. Mi padre que en otra cosa no entendia, sino en dalle todo el contentamiento possible, le començo a leer aquella hystoria de Paris, quando las tres Deas[1242] se pusieron a juyzio delante dél, sobre la mançana de la discordia. Pues como mi madre tuuiesse que Paris auia dado aquella sentençia apassionadamente, y no como deuia, dixo que sin duda él no auia mirado bien la razon de la diosa de las batallas, porque preçediendo las armas a todas las otras qualidades, era justa cosa que se le diesse. Mi señor respondio que la mançana se auia de dar a la más hermosa, y que Venus lo era más que otra ninguna, por lo qual Paris auia sentençiado muy bien, si despues no le succediera mal. A esto respondio mi madre, que puesto caso que en la mançana estuuiesse escrito se diesse a la más hermosa, que esta hermosura no se entendia corporal, sino del ánima: y que pues la fortaleza era una de las cosas que más hermosura le dauan, y el exerçiçio de las armas era un acto exterior desta virtud, que a la diosa de las batallas le deuia de dar la mançana, si Paris juzgara como hombre prudente y desapassionado. Assi que, hermosas Nimphas, en esta porfia estuuieron gran rato de la noche, cada uno alegando las razones más a su proposito que podia. Estando en esto, uino el sueño a uençer a quien las razones de su marido no pudieron. De manera que estando muy metida en su disputa, se dexó dormir. Mi padre entonçes se fue a su aposento, y a mi señora le paresçio, estando durmiendo, que la diosa Venus venia a ella, con un rostro tan ayrado, como hermoso, y le dezia: Delia, no sé quien te ha mouido ser tan contraria de quien jamas lo ha sido tuya. Si memoria tuuiesses del tiempo que del amor de Andronio tu marido fuyste presa, no me pagarias tan mal lo mucho que me deues: pero no quedarás sin galardon; yo te hago saber que pariras vn hijo y vna hija, cuyo parto no te costará menos que la vida, y a ellos costará el contentamiento lo que en mi daño as hablado: porque te çertifico que seran los más desdichados en amores, que hasta su tiempo se ayan uisto. E dicho esto, desaparesçio, y luego se le figuró a mi señora madre que venia a ella la diosa Pallas, y con rostro muy alegre le dezia: Discreta y dichosa Delia, ¿con qué te podré pagar lo que en mi fauor contra la opinion de tu marido esta noche has alegado, sino con azerte saber, que pariras vn hijo y vna hija los mas venturosos en armas que hasta su tiempo aya auido? Dicho esto luego desaparescio, despertando mi madre con el mayor sobresalto del mundo: y de ay a un mes, poco más o menos pario a mi, y a otro hermano mio, y ella murio de parto, y mi padre del grandissimo pesar que vuo murio de ay a pocos dias. E porque sepays (hermosas Nimphas) el estremo en que amor me ha puesto, sabed que siendo yo muger de la qualidad que aueys oydo, mi desuentura me ha forçado que dexe mi habito natural, y mi libertad, y el debito que a mi honrra deuo, por quien por ventura pensará que la pierdo, en ser de mí bien amado. Ved qué cosa tan escusada para vna muger ser dichosa en las armas, como si para ellas se vuiessen hecho. Deuia ser porque yo (hermosas Nimphas) les pudiesse hazer este pequeño seruiçio, contra aquellos peruersos; que no lo tengo en menos que si la fortuna me començasse a satisfazer algun agrauio de los muchos que me ha hecho.
Tan espantadas quedaron las Nimphas de lo que oyan, que no le pudieron responder, ni repreguntar cosas de las que la hermosa pastora dezia. Y prosiguiendo en su historia, les dixo: Pues como mi hermano y yo nos criassemos en un monasterio de monjas, donde vna tia mia era abadessa, hasta ser de edad de doze años, y auiendolos cumplidos, nos sacassen de alli: A él lleuaron a la corte del magnanimo y inuencible Rey de los Lusitanos (cuya fama, y increyble bondad tan esparzida está por el vniuerso) a donde, siendo en edad de tomar armas, le succedieron por ellas cosas tan auentajadas y de tan gran esfuerço, como tristes y desuenturadas por los amores. E con todo esso fue mi hermano tan amado de aquel inuictissimo Rey, que nunca jamás le consintio salir de su corte. La desdichada de mí, que para mayores desuenturas me guardauan mis hados, fue[1243] lleuada en casa de vna aguela mia (que no deuiera, pues fue causa de biuir con tan gran tristeza, qual nunca muger padescio). Y porque (hermosas Nimphas) no ay cosa que no me sea forçado dezirosla, ansi por la grand uirtud, de que vuestra estremada hermosura da testimonio, como porque el alma me da que aueys de ser gran parte de mi consuelo: sabed que como yo estuuiesse en casa de mi aguela, y fuesse ya de quasi diezisiete años, se enamoró de mí un cauallero que no biuia tan lexos de nuestra posada que desde un terrado que en la suya auia no se viesse un jardin adonde yo passaua lar tardes del uerano. Pues como de alli el desagradescido Felis uiesse a la desdichada Felismena (que este es el nombre de la triste que sus desuenturas está contando) se enamoró de mí, o se fingio enamorado. No sé quál me crea, pero sé que quien menos en este estado creyere más acertará. Muchos dias fueron los que Felis gastó en darme a entender su pena: y muchos más gasté yo en no darme por hallada que él por mi la padesciesse: y no sé cómo el amor tardó tanto en hazerme fuerça que le quisiesse; deuio tardar, para despues uenir con mayor impetu. Pues como yo por señales, y por passeos, y por musicas, y torneos, que delante de mi puerta muchas uezes se hazian, no mostrasse entender que de mi amor estaua preso, aunque desde el primero dia lo entendi: determinó de escriuirme. Y hablando con una criada mia, a quien muchas uezes auia hablado, y aun con muchas dadiuas ganado la noluntad, le dio una carta para mí. Pues uer las saluas que Rosina (que assi la llamauan) me hizo primero que me la diesse, los juramentos que me juró, las cautelosas palabras que me dixo, porque no me enojasse, cierto fue cosa de espanto. E con todo esso se la bolui arrojar a los ojos, diziendo: Si no mirasse a quien soy, y lo que se podria dezir, esse rostro que tan poca uerguença tiene, yo le haria señalar, de manera que fuesse entre todos conoscido. Mas porque es la primera uez, basta lo hecho, y auisaros que os guardeys de la segunda. Paresceme que estoy aora viendo (dezia la hermosa Felismena) cómo aquella traydora de Rosina supo callar, dissimulando lo que de mi enojo sentio: porque la vierades (o hermosas Nimphas) fingir vna risa tan dissimulada, diziendo: Iesus, señora, yo para que ryessemos con ella la di a nuestra merçed, que no para que se enojasse dessa manera: Que plega a Dios, si mi intençion ha sido dalle enojo, que Dios me le dé el mayor que hija de madre aya tenido. Y a esto añadio otras muchas palabras, como ella las sabia dezir, para amansar el enojo que yo de las suyas auia reçebido: y tomando su carta, se me quitó delante. Yo despues de passado esso començe de imaginar en lo que alli podria uenir, y tras esto, paresce que el amor me yua poniendo desseo de ver la carta; pero tambien la verguença estoruaua a tornalla a pedir a mi criada, auiendo passado con ella lo que os he contado. Y assi passé aquel dia hasta la noche en muchas variedades de pensamientos. Y quando Rosina entró a desnudarme; al tiempo que me queria acostar. Dios sabe, si yo quisiera que me boluiera a importunar, sobre que reçibiesse la carta: mas nunca me quiso hablar, ni por pensamiento en ella. Yo por ver si saliendole al camino, aprouecharia algo, le dixe: ¿ansi, Rosina, que el señor Felis sin mirar más, se atreue a escreuirme? Ella muy secamente me respondio: Señora, son cosas que el amor trae consigo: suplico a vuestra merçed me perdone, que si yo pensara que en ello le enojaua, antes me sacara los ojos. Qual yo en entonçes quedé, Dios lo sabe: pero con todo esso dissimulé, y me dexó quedar aquella noche con mi deseo, y con la ocasion de no dormir. Y assi fue, uerdaderamente ella fue para mi la mas trabajosa y larga, que hasta entonces auia passado. Pues uiniendo el dia: y más tarde de lo que yo quisiera, la discreta Rosina entró a darme de uestir, y se dexó adrede caer la carta en el suelo. Y como la vi le dixe: ¿qué es esto que cayó ay? Muestralo aca. No es nada, señora, dixo ella. Ora muestralo aca, dixe yo, no me enojes o dime lo que es. Iesus, señora, dixo ella, ¿para qué lo quiere uer? la carta de ayer es. No es por çierto, dixe yo, muestrala acá por ver si mientes. Aun yo no lo vue dicho, quando ella me la puso en las manos, diziendo: mal me haga Dios si es otra cosa. Yo aunque la conoci muy bien, dixe: en verdad que no es esta, que yo la conozco, y de algun tu enamorado deue ser: yo quiero leella, por ver las neçedades que te escriue; abriendola vi que dezia desta manera:
Señora: siempre imaginé que vuestra discreçion me quitara el miedo de escreuiros, entendiendo sin carta lo que os quiero: mas ella misma ha sabido tan bien dissimular, que alli estuuo el daño, donde pense que el remedio estuuiesse. Si como quien soys juzgays mi atreuimiento, bien sé que no tengo vna hora de vida: pero si lo tomays segun lo que amor suele hazer, no trocaré por ella mi esperança. Suplicoos, señora, no os enoje mi carta, ni me pongays culpa por el escreuiros, hasta que experimenteys si puedo dexar de hazerlo. Y que me tengais en possession de vuestro, pues todo lo que puede ser de mí, está en vuestras manos, las quales beso mil bezes.
Pues como yo viesse la carta de mi don Felis, o porque la leí en tiempo que mostraua en ella quererme más que a si, o porque de parte de esta ánima cansada auia disposiçion para imprimirse en ella el amor de quien me escreuia: yo començe a querelle bien, y por mi mal yo lo començe, pues auia de ser causa de tanta desuentura. E luego pidiendo perdon a Rosina de lo que antes auia passado, como quien menester la auia para lo de adelante: y encomendandole el secreto de mis amores, bolui otra vez a leer la carta, parando a cada palabra un poco, y bien poco deuio de ser, pues yo tan presto me determiné, aunque ya no estaua en mi mano, el no determinarme: y tomando papel y tinta, le respondi desta manera.
No tengas en tan poco, don Felis, mi honra que con palabras fingidas pienses perjudicalla. Bien sé quien eres y vales, y aun creo que desto te aurá nascido el atreuerte, y no de la fuerça que dizes que el amor te ha hecho. E si es ansi como me afirma mi sospecha, tan en vano es su trabajo, como tu valor y suerte, si piensas hazerme yr contra lo que a la mia deuo. Suplicote que mires quán pocas uezes succeden bien las cosas que debaxo de cautela se comiençan, y que no es de cauallero entendellas de una manera, y dezillas de otra. Dizesme que te tengo en possession de cosa mia. Soy tan mal condiçionada que aun de la esperiençia de las cosas no me fio quanto más de tus palabras. Mas con todo esto tengo en mucho lo que en la tuya me dizes, que bien me basta ser desconfiada, sin ser tambien desagradescida.
Esta carta le embié que no deuiera, pues fue occasion de todo mi mal, porque luego començo a cobrar osadia para me declarar más sus pensamientos, y a tener ocasion para me pedir que le hablasse: en fin (hermosas Nimphas) que algunos dias se gastaron en demandas, y en respuestas, en los quales el falso amor hazia en mí su acostumbrado offiçio: pues cada hora tomaua más possession desta desdichada. Los torneos se tornaron[1244] a renouar, las musicas de noche jamas cessauan, las cartas, los amores nunca dexauan de yr de una parte a otra, y ansi passó casi un año: al cabo del qual, yo me vi tan presa de sus amores, que no fui parte para dexar de manifestalle mi pensamiento, cosa que él desseaua mas que a su propia uida. Quiso pues mi desuentura, que al tiempo en que nuestros amores más ençendidos andauan, su padre lo supiesse, y quien se lo dixo se lo supo encarescer de manera, que temiendo no se casasse conmigo, lo embió a la corte de la gran princessa Augusta Cesarina, diziendo que no era justo que un cauallero moço y de linage tan prinçipal, gastasse la moçedad en casa de su padre, donde no se podian aprender sino los viçios de que la ociosidad es maestra. El se partio tan triste, que su mucha tristeza le estoruó auisarme de su partida, yo quedé tal quando lo supe, qual puede imaginar quien algun tiempo se vio tan presa de amor, como yo por mi desdicha lo estoy. Dezir yo aora la vida que passaua en su ausencia, la tristeza, los sospiros, las lagrimas, que por estos cansados ojos cada dia derramaua no sé si podré: que pena es la mia, que aun dezir no se puede, ved cómo podra suffrirse: Pues estando yo en medio de mi desuentura, y de las ansias que la ausencia de don Felis me hazia sentir, paresciendome que mi mal era sin remedio, y que despues que en la corte se viesse, a causa de otras damas de más hermosura, y qualidad, tambien de la ausençia que es capital enemiga del amor, yo auia de ser oluidada: determiné auenturarme a hazer lo que nunca muger penso. Y fue vestirme en habito de hombre, y yrme a la corte, por ver aquel en cuya vista estaua toda mi esperança, y como lo pense, ansi lo puse por obra, no dandome el amor lugar a que mirasse lo que a mí propria deuia. Para lo qual no me faltó industria, porque con ayuda de vna grandissima amiga mia y thesorera de mis secretos que me compró los vestidos que yo le mandé, y un cauallo en que me fuesse, me parti de mi tierra, y aun de mi reputacion (pues no puedo creer que jamas pueda cobralla) assi me fue derecha a la corte, passando por el camino cosas que si el tiempo me diera lugar para contallas, no fueran poco gustosas de oyr. Veynte dias tardé en llegar, en cabo de los quales llegando donde desseaua, me fuy a posar vna casa la más apartada de conuersaçion que yo pude. Y el grande desseo que lleuaua de ver aquel destruydor de mi alegria, no me dexaua imaginar en otra cosa, sino en cómo, o de dónde podia velle. Preguntar por él a mi huesped no osaua, porque quiça no se descubriesse mi venida. Ni tampoco me parescia bien yr yo a buscalle: porque no me succediesse alguna desdicha, a causa de ser conoscida. En esta confusion passé todo aquel dia hasta la noche, la qual cada hora se me hazia un año. Y siendo poco más de media noche, el huesped llamó a la puerta de mi aposento, y me dixo que si queria gozar de una musica que en la calle se daua, que me leuantasse de presto, y abriesse una ventana. Lo que yo hize luego, y parandome en ella, oí en la calle vn page de don Felis, que se llamaua Fabio (el qual luego en la habla conosçi) cómo dezia a otros que con el yuan: Ahora, señores, es tiempo, que la dama está en el corredor sobre la huerta tomando el frescor de la noche. E no lo vuo dicho, quando començaron a tocar tres cornetas y un sacabuche, con tan gran concierto, que parescia una musica celestial. E luego començo una boz cantando a mi parescer lo mejor que nadie podria pensar. E aunque estuue suspensa en oyr a Fabio, en aquel tiempo ocurrieron muchas imaginaciones, todas contrarias a mi descanso, no dexé de aduertir a lo que se cantaua, porque no lo hazian de manera que cosa alguna impidiesse el gusto que de oyllo se reçebia, y lo que se cantó primero, fue este romance:
Oydme, señora mia,
si acaso os duele mi mal,
y aunque no os duela el oylle,
no me dexeys de escuchar;
dadme este breue descanso
porque me fuerçe a penar:
¿no os doleys de mis sospiros,
ni os enternesce el llorar,
ni cosa mia os da pena
ni la pensays remedyar?
¿Hasta quando mi señora,
tanto mal ha de durar?
no está el remedio en la muerte,
sino en vuestra voluntad,
que los males que ella cura,
ligeros son de passar:
no os fatigan mis fatigas
ni os esperan fatigar:
de uoluntad tan essenta
¿qué medio se ha de esperar
y esse coraçon de piedra
cómo lo podré ablandar?
Bolued, señora, estos ojos
que en el mundo no ay su par.
Mas no los boluays ayrados
si no me quereys matar,
aunque de una y de otra suerte
matays con solo mirar.
Despues que con el primero concierto de musica vuieron cantado este romance, oí tañer vna dulçayna, y vna harpa, y la boz del mi don Felis. El contento que me dio el oylle, no ay quién lo pueda imaginar: porque se me figuró que lo estaua oyendo en aquel dichoso tiempo de nuestros amores. Pero despues que se desengañó la imaginacion, viendo que la musica se daua a otra, y no a mí, sabe Dios si quisiera más passar por la muerte. Y con un ansia que el anima me arrancaua, pregunté al huesped, si sabía a quién aquella musica se daua. El me respondio, que no podia pensar a quien se diesse, aunque en aquel barrio biuian muchas damas y muy principales. Y quando vi que no me daua razon de lo que preguntaua, bolui a oyr el mi don Felis, el qual entonçes començaba al son de una harpa que muy dulçemente tañia a cantar este soneto:
Soneto.
Gastando fue el amor mis tristes años
en vanas esperanças, y escusadas:
fortuna de mis lagrimas cansadas,
exemplos puso al mundo muy estraños.
El tiempo como autor de desengaños,
tal rastro dexa en él de mis pisadas
que no aurá confianças engañadas,
ni quien de oy más se quexe de sus daños.
Aquella a quien amé quanto deuia,
enseña a conoscer en sus amores,
lo que entender no pude hasta aora,
Y yo digo gritando noche y dia:
¿no veys que os desengaña, o amadores,
amor, fortuna, el tiempo, y mi señora?
Acabado de cantar este soneto, pararon vn poco tañiendo quatro vihuelas de arco, y un clauicordio tan concertadamente, que no sé si en el mundo pudiera auer cosa más para oyr, ni que mayor contento diera, a quien la tristeza no tuuiera tan sojuzgada como a mí: y luego començaron quatro bozes muy acordadas a cantar esta cançion:
Cancion.
No me quexo yo del daño
que tu uista me causó,
quexome porque llegó
a mal tiempo el desengaño.
Iamas ui peor estado,
que es el no atreuer ni osar,
y entre el callar y hablar,
verse un hombre sepultado:
y ansi no quexo del daño,
por ser tú quien lo causó,
sino por ver que llegó
a mal tiempo el desengaño.
Siempre me temo saber
qualquiera cosa encubierta
porque sé que la más cierta,
más mi contraria ha de ser:
y en sabella no está el daño,
pero sela a tiempo yo
que nunca jamas siruio
de remedio, el desengaño.
Acabada esta cançion, començaron a sonar muchas diuersidades de instrumentos, y bozes muy excellentes conçertadas con ello, con tanta suauidad, que no dexaran de dar grandissimo contentamiento a quien no estuuiera tan fuera dél como yo. La musica se acabó muy cerca del alua, trabajé de ver a mi don Felis, mas la escuridad de la noche me lo estoruó. Y viendo cómo eran ydos, me volvi a acostar, llorando mi desuentura, que no era poco de llorar, viendo que aquel que más queria me tenia tan oluidada, como sus musicas dauan testimonio. Y siendo ya hora de leuantarme, sin otra consideraçion, me sali de casa, y me fuy derecha al gran palaçio de la princessa, adonde me paresçio que podria uer lo que tanto desseaua, determinando de llamarme Valerio si mi nombre me preguntassen. Pues llegando yo a una plaça, que delante del palaçio auia, començe a mirar las ventanas y corredores, donde ui muchas damas tan hermosas, que ni yo sabria aora encaresçello, ni entonces supe más que espantarme de su gran hermosura, y de los atauios de joyas, y inuençiones de uestidos y tocados que trayan. Por la plaça se passeauan muchos caualleros muy ricamente vestidos, y en muy hermosos cauallos, mirando cada vno a aquella parte donde tenia el pensamiento. Dios sabe si quisiera yo uer por alli a mi don Felis, y que sus amores fueran en aquel çelebrado palaçio, porque a lo menos estuuiera yo segura de que él jamas alcançara otro gualardon de sus seruiçios sino mirar y ser mirado: y algunas uezes hablar a la dama a quien siruiesse, delante de cien mil ojos, que no dan lugar a más que esto. Mas quiso mi uentura, que sus amores fuessen en parte donde no se pudiesse tener esta seguridad. Pues estando yo junto a la puerta del gran palaçio, vi vn page de don Felis, llamado Fabio, que yo muy bien conoscia: el qual entró muy de priessa en el gran palaçio, y hablando con el portero que a la segunda puerta estaua, se boluio por el mismo camino. Yo sospeché que avia uenido a saber si era hora que don Felis uiniesse á algún negoçio de los que de su padre en la corte tenía: y que no podria dexar de uenir presto por alli. Y estando yo imaginando la gran alegria que con su uista se me aparejaua, le vi venir muy acompañado de criados, todos muy ricamente vestidos, con una librea de un paño de color de çielo, y faxas de terçiopelo amarillo, bordadas por ençima de cordonzillo de plata, las plumas azules y blancas y amarillas. El mi don Felis traya calças de terçiopelo blanco recamadas, y aforradas en tela de oro azul: el jubon era de raso blanco, recamado de oro cañutillo, y vna cuera de terçiopelo de las mismas colores y recamo, una ropilla suelta de terçiopelo negro, bordada de oro y aforrada en raso azul raspado, espada, daga, y talabarte de oro, una gorra muy bien adereçada de vnas estrellas de oro, y en medio de cada vna engastado un grano de aliofar gruesso, las plumas eran azules, amarillas y blancas, en todo el uestido traya sembrados muchos botones de perlas: venia en un hermoso cauallo rucio rodado, con unas guarniçiones azules y de oro, y mucho aliofar. Pues quando yo assi le vi, quedé tan suspensa en velle, y tan fuera de mí con la subita alegria, que no sé cómo lo sepa dezir. Verdad es, que no pude dexar de dar con las lagrimas de mis ojos alguna muestra de lo que su vista me hazia sentir: pero la verguença de los que alli estauan, me lo estoruó por entonçes. Pues como don Felis llegando a palaçio, se apeasse y subiesse por vna escalera, por donde yuan al aposento de la gran prinçessa, yo llegué a donde sus criados estauan, y viendo entre ellos a Fabio, que era el que de antes auia visto, le aparté, diziendole: Señor, ¿quién es este cauallero que aqui se apeó, porque me paresce mucho a otro que yo he visto bien lexos de aqui? Fabio entonces me respondio: Tan nueuo soys en la corte, que no conosceys a don Felis? Pues no creo yo que ay cauallero en ella tan conoscido. No dudo desso, le respondi, más yo dire quán nueuo soy en la corte, que ayer fue el primer dia que en ella entré. Luego no hay que culparos, dixo Fabio: sabed que este cauallero se llama Don Felis, natural de Vandalia, y tiene su casa en la antigua Soldina, está en esta corte en negoçios suyos y de su padre. Yo entonçes le dixe: suplicoos me digais porqué trae la librea destas colores. Si la causa no fuera tan publica y lo callara (dixo Fabio) mas porque no ay persona que no lo sepa, ni llegareys a nadie que no os lo pueda dezir, creo que no dexo de hazer lo que deuo en deziroslo. Sabed que él sirue aqui a una dama que se llama Çelia, y por esto trae librea de azul, que es color de çielo, y lo blanco y amarillo que son colores de la misma dama. Quando esto le oí, ya sabreys quál quedaria, mas dissimulando mi desuentura le respondi. Por çierto esta dama le deue mucho, pues no se contenta con traer sus colores, mas aun su nombre proprio quiere traer por librea, hermosa deue de ser. Sí es por çierto, dixo Fabio, aunque harto más lo era otra a quien él en nuestra tierra seruya, y aun era más fauorescido de ella que desta lo es. Mas esta uellaca de ausençia deshaze las cosas quo hombre piensa que estan mas firmes. Quando yo esto le oy, fueme forçado tener cuenta con las lagrimas: que a no tenella, no pudiera Fabio dexar de sospechar alguna cosa, que a mí no estuuiere bien.
Y luego el page me preguntó, cuyo era, y mi nombre, y adonde era mi tierra. Al qual yo respondi, que mi tierra era Vandalia, mi nombre Valerio, y que hasta entonpes no biuia con nadie. Pues desta manera (dixo él) todos somos de una tierra, y aun podriamos ser de una casa, si uos quisiessedes: porque don Felis mi señor, me mandó que le buscasse un page. Por esso si uos quereys seruirle, uedlo. Que comer, y beuer, uestir, y quatro reales para jugar, no os faltarán: pues moças, como unas reynas, aylas en nuestra calle: y uos que soys gentil hombre, no aurá ninguna que no se pierda por uos. Y aun sé yo que una criada de un canonigo uiejo harto bonita, que para que fuessemos los dos bien proveydos de pañizuelos y torreznos, y uino de sant Martin, no auriades menester más, que de seruirla. Quando yo esto le oy, no pude dexar de reyrme en uer quan naturales palabras de page eran las que me dezia. Y porque me paresçio, que ninguna cosa me conuenia más para mi descanso que lo que Fabio me aconsejaua, le respondi: Yo a la uerdad, no tenia determinado de seruir a nadie: mas ya que la fortuna me ha traydo a tiempo, que no puedo hazer otra cosa paresceme que lo mejor sera biuir con nuestro Señor: porque deue ser cauallero más afable y amigo de sus criados, que otros. Mal lo sabeys, me respondió Fabio. Y os prometo, a fe de hijo dalgo (porque lo soy: que mi padre es de los Cachopines de Laredo) que tiene don Felis mi señor de las mejores condiçiones que aueys uisto en nuestra uida, y que nos haze el mejor tratamiento, que nadie haze a sus pages, si no fuessen estos negros amores, que nos hazen passear mas de lo que querriamos, y dormir menos de lo que hemos menester, no auria tal señor. Finalmente (hermosas Nimphas) que Fabio habló a su señor don Felis en saliendo: y él mandó que aquella tarde me fuesse a su posada: yo me fuy, y él me reçibió por su page, haziendome el mejor tratamiento del mundo, y ansi estuue algunos dias, uiendo lleuar y traer recaudos de una parte a otra: cosa que era para mí sacarme el alma, y perder cada hora la paçiençia. Passado un mes, uino don Felis a estar tambien conmigo, que abiertamente me descubrió sus amores, y me dixo desd'el principio dellos, hasta el estado en que entonces estauan, encargandome el secreto de lo que en ellos passaua, diziendome cómo auia sido bien tratado della al principio, y que despues se auia cansado de fauorescelle. Y la causa dello auia sido, que no sabia quien le auia dicho de unos amores que él auia tenido en su tierra, y que los amores que con ella tenia, no era sino por entretenerse, en quanto los negocios que en corte hazia no se acabauan. Y no ay duda (me dezia el mismo don Felis) sino que yo los començe, como ella dize, mas agora Dios sabe si ay cosa en la uida a quien tanto quiera. Quando yo esto le oy dezir, ya sentireys, hermosas Nimphas, lo que podria sentir. Mas con toda la dissimulaçion possible respondi: Mejor fuera, señor, que la dama se quexara con causa, y que esso fuera ansi, porque si essa otra a quien antes seruiades, no os meresçio que la oluidassedes, grandissimo agrauio le hazeys. Don Felis me respondio: no me da el amor que yo a mi Celia tengo lugar para entendello ansi, mas antes me pareçe que me le hize muy mayor en auer puesto el amor primero en otra parte, que en ella. Dessos agrauios (le respondi) bien sé quién se lleua lo peor. Y sacando el desleal una carta del seno, que aquella hora auia reçebido de su señora, me la leyó (pensando que me hazia mucha fiesta) la qual dezia desta manera:
CARTA DE ÇELIA A DON FELIS
«Nvnca cosa que yo sospechasse de nuestros amores, dio tan lexos de la uerdad queme diesse occasion de no creer más vezes a mi sospecha, que uuestra disculpa, y si en esto os hago agrauio, ponedlo a cuenta de uuestro descuydo, que bien pudierades negar los amores passados, y no dar occasion a que por uuestra confession os condenasse. Dezis que fuy causa que oluidassedes los amores primeros: consolaos con que no faltará otra que lo sea de los segundos. Y asseguraos, señor don Felis, porque os certifico, que no ay cosa que peor esté a un cauallero, que hallar en qualquier dama occasion de perderse por ella. Y no dire más, porque en males sin remedio, el no procurarselo es la mejor».
Despues que uuo acabado de leer la carta, me dixo, ¿qué te parescen, Valerio, estas palabras? Paresceme, le respondi, que se muestran en ellas tus obras. Acaba, dixo don Felis. Señor, le respondi yo, parescer me han segun ellas os parescieren, porque las palabras de los que quieren bien, nadie las sabe tan bien juzgar como ellos mismos. Mas lo que yo siento de la carta, es que essa dama quisiera ser la primera, a la qual no deue la fortuna tratalla de manera que nadie pueda auer embidia de su estado. Pues ¿qué me aconsejarias? dixo don Felis. Si tu mal suffre consejo (le respondi yo) parescer me hya que pensamiento no se diuidiesse en esta segunda passion, pues a la primera se deue tanto. Don Felis me respondió (sospirando y dandome vna palmada en el ombro), o Valerio, qué discreto eres. Quán buen consejo me das, si yo pudiesse tomalle. Entremosnos a comer, que en acabando, quiero que lleues una carta mia a la señora Çelia, y uerás si meresçe que a trueque de pensar en ella, se oluide otro qualquier pensamiento. Palabras fueron estas que a Felismena llegaron al alma: mas como tenía delante sus ojos aquel a quien mas que a sí quería, solamente miralle era el remedio de la pena que qualquiera destas cosas me hazia sentir. Despues que uuimos comido, don Felis me llamó, y haziendome grandissimo cargo de lo que deuia, por auerme dado parte de su mal, y auer puesto el remedio en mis manos, me rogó le lleuasse una carta, que escrita le tenía, la qual él primero me leyó, y dezia desta manera:
CARTA DE DON FELIS PARA ÇELIA
«Dexase tan bien entender el pensamiento que busca ocasiones para oluidar a quien dessea, que sin trabajar mucho la imaginaçion, se uiene en conoscimiento dello. No me tengas en tanto, señora, que busque remedio para desculparte de lo que conmigo piensas usar, pues nunca yo llegué a ualer tanto contigo, que en menores cosas quesiesse hazello. Yo confessé que auia querido bien, porque el amor quando es uerdadero, no sufre cosa encubierta, y tú pones por occasion de oluidarme, lo que auia de ser de quererme. No me puedo dar a entender que te tienes en tan poco, que creas de mí poderte oluidar, por ninguna cosa que sea, o aya sido: mas antes me escriues otra cosa de lo que de mí sé tienes experimentado. De todas las cosas que en perjuizio de lo que te quiero imaginas, me assegura mi pensamiento, el qual bastará ser mal gualardonado, sin ser tambien mal agradescido».
Despues que don Felis me leyó la carta que a su dama tenía escrita, me preguntó si la respuesta me parescia conforme a las palabras que la señora Çelia le auia dicho en la suya, y que si auia algo en ella qué emendar. A lo qual yo le respondi: No creo, señor, que es menester hazer la emienda a essa carta, ni a la dama a quien se embia, sino a la que en ella offendes. Digo esto, porque soy tan affiçionado a los amores primeros que en esta uida he tenido, que no auria en ella cosa que me hiziesse mudar el pensamiento. La mayor razon tienes del mundo (dixo don Felis). Si yo pudiesse acabar comigo otra cosa de lo que hago: mas qué quieres, si la absençia enfrió esse amor, y ençendio este otro? Desta manera (respondi yo) con razon se puede llamar engañada aquella a quien primero quesiste, porque amor sobre que ausencia tiene poder, ni es amor, ni nadie me podra dar a entender que lo aya sido. Esto dezia yo con más dissimulaçion de lo que podria: porque sentia tanto verme oluidada de quien tanta razon tenía de quererme, y yo tanto queria, que hazia más de lo que nadie piensa, en no darme a entender. E tomando la carta, y informandome de lo que auia de hazer me fuy en casa de la señora Çelia, ymaginando el estado triste a que mis amores me auian traydo, pues yo mismo me hazia la guerra, siendome forçado ser intercessora de cosa tan contraria a mi contentamiento.
Pues llegando en casa de Çelia, y hallando vn page suyo a la puerta, le pregunté, si podia hablar a su señora. Y el page informado de mí cuyo era, le dixo a Çelia, alabandole mucho mi hermosura y disposiçion, y diziendole que nueuamente don Felis me auia reçebido. La señora Çelia le dixo: Pues a hombre reçebido de nueuo descubre luego don Felis sus pensamientos, alguna grande occasion deue auer para ello. Dile que entre y sepamos lo que quiere. Yo entré luego donde la enemiga de mi bien estaua: y con el acatamiento debido le besé las manos y le puse en ellas la carta de don Felis. La señora Çelia la tomó y puso los ojos en mí, de manera que yo le senti la alteraçion que mi uista le auia causado: porque ella estuuo tan fuera de sí, que palabra no me dixo por entonçes. Pero despues boluiendo un poco sobre sí, me dixo. ¿Que uentura te ha traydo a esta corte, para que don Felis la tuuiesse tan buena, como es tenerte por criado? Señora (le respondi yo) la uentura que a esta corte me ha traydo, no puede dexar de ser muy mejor de lo que nunca pense, pues ha sido causa que yo uiesse tan gran perfeçion y hermosura, como la que delante mis ojos tengo: y si antes me dolian las ansias, los sospiros y los continuos desassosiegos de don Felis mi señor, agora que he uisto la causa de su mal, se me ha conuertido en embidia la manzilla que dél tenía. Mas si es uerdad, hermosa señora, que mi uenida te es agradable, suplicote por lo que deues al grande amor que él te tiene, que tu respuesta tambien lo sea. No ay cosa (me respondio Çelia) que yo dexe de hazer por ti, aunque estaua determinada de no querer bien a quien ha dexado otra por mí. Que grandissima discreçion es saber la persona aprouecharse de casos agenos, para poderse ualer en los suyos. Y entonçes le respondi: No creas, señora, que auria cosa en la uida porque don Felis te oluidasse. E si ha oluidado a otra dama por causa tuya, no te espantes, que tu hermosura y discreçion es tanta, y la de la otra dama tan poca, que no ay para qué imaginar, que por auerla oluidado a causa tuya te oluidara a ti a causa de otra. ¿Y cómo (dixo Çelia) conosciste tú a Felismena, la dama a quien tu señor en su tierra seruia? Si conosci (dixe yo) aunque no tan bien como fuera neçesario, para escusar tantas desuenturas. Verdad es que era uezina de la casa de mi padre, pero uisto tu gran hermosura, acompañada de tanta gracia y discreçion, no ay porque culpar a don Felis, de auer oluidado los primeros amores. A esto me respondio Çelia ledamente y riendo. Presto has aprendido de tu amor a saber lisongear. A saber te bien seruir (le respondi) querria yo aprender, que adonde tanta causa hay para lo que se dize no puede caber lisonja. La señora Çelia tornó muy de ueras a preguntarme, le dixesse, qué cosa era Felismena. A lo qual yo le respondi. Quanto a su hermosura, algunos ay que la tienen por muy hermosa: mas a mí jamás me lo paresció. Porque la principal parte que para serlo es menester, muchos dias ha que le falta. ¿Que parte es essa? preguntó Çelia. Es el contentamiento (dixe yo) porque nunca adonde él no está puede auer perfecta hermosura. La mayor razon del mundo tienes (dixo ella) mas yo he uisto algunas damas, que les está tambien el estar tristes, y a otras el estar enojadas, que es cosa estraña: y uerdaderamente que el enojo, y la tristeza las haze más hermosas de lo que son. Y entonçes le respondi. Desdichada de hermosura, que ha de tener por maestro el enojo, o la tristeza; a mí poco se me entiende de estas cosas, pero la dama que ha menester industrias, mouimientos, o passiones para parecer bien, ni la tengo por hermosa, ni hay para qué contarla entre las que lo son. Muy gran razon tienes (dixo la señora Çelia) y no aura cosa, en que no la tengas, segun eres discreto. Caro me cuesta (respondi yo) tenelle en tantas cosas. Suplicote, señora, respondas la carta, porque tambien la tenga don Felis mi señor de reçebir este contentamiento por mi mano. Soy contenta (me dixo Çelia) mas primero me has de dezir, cómo está Felismena en esto de la discreçion, ¿es muy auisada? Yo entonçes respondi. Nunca muger ha sido más avisada que ella, porque ha muchos dias que grandes desuenturas le auisan[1245], mas nunca ella se auisa, que si ansi como ha sido auisada ella se auisasse, no auria uenido a ser tan contraria a sí misma. Hablas tan discretamente en todas las cosas (dixo Çelia) que ninguna haria de mejor gana, que estarte oyendo siempre. Mas antes (le respondi yo) no deuen ser, señora, mis razones, maniar para tan subtil entendimiento como el tuyo: y esto solo creo que es lo que no entiendo mal. No aurá cosa (respondio Çelia) que dexes de entender más, porque no gastes tan mal el tiempo en alabarme, como tu amo en seruirme, quiero leer la carta, y dezirte lo que as de dezir: y descogiendola, començo a leerla entre sí, estando yo muy atenta en quanto la leya, a los mouimientos que hazia con el rostro (que las más uezes dan a entender lo que el coraçon siente). Y auiendola acauado de leer, me dixo: Dí a tu señor: que quien tambien sabe dezir lo que siente, que no deue sentillo tan bien como lo dize. E llegandose a mí, me dixo (la boz algo más baxa): y esto por amor de ti, Valerio, que no porque yo lo deua a lo que quiero a don Felis, porque ueas que eres tú el que le fauoresces. Y aun de ahi nascio todo mi mal, dixe yo entre mí. Y besandole las manos, por la merçed que me hazia, me fuy a don Felis con la respuesta, que no pequeña alegria reçibió con ella. Cosa que a mí era otra muerte, y muchas vezes dezia yo entre mí (quando a casa lleuaua, o traya algun recaudo), ¡o desdichada de ti, Felismena, que con tus proprias armas te vengas a sacar el alma! ¡Y que uengas a grangear fauores, para quien tan poco caso hizo de los tuyos! Y assi passaua la uida, con tan graue tormento que si con la uista del mi don Felis no se remediara, no pudiera dexar de perdella. Más de dos meses me encubrio Çelia lo que me queria, aunque no de manera que no viniesse a entendello, de que no reçebi poco aliuio para el mal que tan importunamente me seguia, por parescerme que sería bastante causa para que don Felis no fuesse querido, y que podria ser le acaesciesse como a muchos, que fuerça de disfauores los derriba de su pensamiento. Mas no le acaescio assi, a don Felis, porque quanto más entendia que su dama le oluidaua, tanto mayores ansias le sacauan el alma. Y assi biuia la más triste vida que nadie podria imaginar: de la qual no me lleuaua yo la menor parte. Y para remedio desto, sacaua la triste de Felismena, a fuerça de braços, los fauores de la señora Çelia poniendolos ella todas las uezes que por mí se los embiaua, a mi cuenta. E si caso por otro criado suyo le embiaua algun recaudo, era tan mal reçebido, que ya estaua sobre el auiso de no embiar otro allá, sino a mí: por tener entendido lo mal que le succedia, siendo de otra manera: y a mí Dios sabe si me costaba lagrimas, porque fueron tantas las que yo delante de Çelia derramé, suplicandole no tratasse mal a quien tanto le queria, que bastara esto para que don Felis me tuuiera la maior obligaçion, que nunca hombre tuuo a muger. A Çelia le llegauan al alma mis lagrimas, assi porque yo las derramaua, como por parescelle que si yo la quisiera lo que a su amor deuia, no sollicitara con tanta diligençia fauores para otro: y assi lo dezia ella muchas ueces con una ansia, que parescia que el alma se le queria despedir. Yo biuia en la mayor confusion del mundo porque tenía entendido que sino mostraua quererla como a mí me ponia a riesgo que Çelia boluiesse a los amores de don Felis; y que boluiendo a ellos, los mios no podrian auer buen fin: y si tambien fingia estar perdida por ella, sería causa que ella desfauoresciesse al mi don Felis, de manera que a fuerça de disfauores perdiesse el contentamiento, y tras él la uida. Y por estoruar la menor cosa destas, diera yo cien mil de las mias, si tantas tuuiera. Deste modo se passaron muchos dias, que le seruia de tercera, a grandissima costa de mi contentamiento, al cabo de los quales los amores de los dos yuan de mal en peor, porque era tanto lo que Çelia me queria, que la gran fuerça de amor la hizo que perdiesse algo de aquello que deuia a sí misma. Y un dia despues de auer lleuado y traydo muchos recaudos, y de auerle yo fingido algunos, por no uer triste a quien tanto queria, estando supplicando a la señora Çelia con todo el acatamiento possible, que se doliesse de tan triste uida, como don Felis a causa suya passaua, y que mirasse que en fauorescelle, yua contra lo que a si misma deuia, lo qual yo hazia por uerle tal que no se esperaua otra cosa sino la muerte, del gran mal que su pensamiento le hazia sentir. Ella con lagrimas en los ojos, y con muchos sospiros me respondio: Desdichada de mí, o Valerio, que en fin acabo de entender quan engañada biuo contigo. No creya yo hasta agora, que me pedias fauores para tu señor, sino por gozar de mi uista el tiempo que gastauas en pedirmelos. Mas ya conozco, que los pides de ueras, y que pues gustas de que yo agora le trate bien, sin duda no deues quererme. O quán mal me pagas, lo que yo te quiero, y lo que por ti dexo de querer. Plega a Dios, que el tiempo me uengue de ti, pues el amor no ha sido parte para ello. Que no puedo yo creer que la fortuna me sea tan contraria, que no te dé el pago de no auella conoçido. E di a tu señor don Felis, que si biua me quiere uer, que no me uea, y tú, traydor enemigo de mi descanso, no parezcas más delante destos cansados ojos: pues sus lagrimas no han sido parte para darte a entender lo mucho que me deues. Y con esto se me quitó delante con tantas lagrimas, que las mias no fueron parte para detenella: porque con grandissima priessa se metio en un aposento, y cerrando tras si la puerta, ni bastó llamar, suplicandole con mis amorosas palabras, que me abriesse, y tomasse de mí la satisfaçion que fuesse seruida, ni dezille otras muchas cosas, en que se mostraua la poca razon que auia tenido de enojarse, para que quisiesse abrirme. Mas antes desde allá dentro me dixo (con una furia estraña): ingrato y desagradecido Valerio, el más que mis ojos pensaron uer, no me ueas, no me hables: que no hay satisfaçion para tan grande desamor, ni quiero otro remedio para el mal que me heziste, sino la muerte, la qual yo con mis proprias manos tomaré, en satisfaçion de la que tú mereçes. Y yo uiendo esto, me uine a casa del mi don Felis, con más tristeza de la que pude dissimular: y le dixe, que no auia podido hablar a Çelia, por çierta uisita en que estaua occupada. Mas otro dia de mañana supimos, y aun se supo en toda la çiudad, que aquella noche le auia tomado un desmayo con que auia dado el alma, que no poco espanto puso en toda la corte. Pues lo que don Felis sintio su muerte y quanto llegó al alma, no se puede dezir, ni ay entendimiento humano que alcançallo pueda: porque las cosas que dezia, las lastimas, las lagrimas, los ardientes sospiros eran sinumero. Pues de mí no digo nada, porque de una parte la desastrada muerte de Çelia me llegaua al alma, y de otra las lachrimas de don Felis me traspassauan el coraçon. Aunque esto no fue nada, segun lo que despues senti, porque como don Felis supo su muerte, la misma noche desparesció de casa, sin que criado suyo ni otra persona supiesse dél. Ya ueys, hermosas Nimphas, lo que yo sentiria: pluguiera a Dios que yo fuera la muerta, y no me sucediera tan gran desdicha, que cansada deuia estar la fortuna de las de hasta alli. Pues como no bastasse la diligençia que en saber del mi don Felis se puso (que no fue pequeña), yo determiné ponerme en este habito en que me ueys: en el qual ha mas de dos años, que he andado buscandole por muchas partes, y mi fortuna me ha estoruado hallarle, aunque no le deuo poco, pues me ha traydo a tiempo, que este pequeño seruicio pudiesse hazeros. Y creedme (hermosas Nimphas) que lo tengo (despues de la vida de aquel en quien puse toda mi esperança) por el mayor contento que en ella pudiera reçebir.
Quando las Nimphas acabaron de oyr a la hermosa Felismena, y entendieron que era muger tan principal, y que el amor le auia hecho dexar su habito natural, y tomar el de pastora, quedaron tan espantadas de su firmeza, como del gran poder de aquel tirano, que tan absolutamente se haze seruir de tantas libertades. E no pequeña lastima tuuieron de uer las lagrimas y los ardientes sospiros con que la hermosa donzella solenizaua la historia de sus amores. Pues Dorida, a quien más auia llegado al alma el mal de Felismena, y más affiçionada le estaua que a persona a quien toda su uida uuiesse conuersado, tomó la mano de respondelle, y començó a hablar desta manera: ¿Qué haremos, hermosa señora, a los golpes de la fortuna qué casa fuerte aurá adonde la persona pueda estar segura de las mudanças del tiempo? ¿Qué arnes ay tan fuerte, y de tan fino açero, que pueda a nadie defender de las fuerças deste tirano, que tan injustamente llaman amor? ¿Y qué coraçon ay, aunque más duro sea que marmol, que un pensamiento enamorado no le ablande? No es por çierto essa hermosura, no es esse ualor, no es essa discreçion, para que merezca ser oluidada de quien una uez pueda uerla: pero estamos a tiempo[1246], que merescer la cosa es principal parte para no alcançalla. Y es el crudo amor de condiçion tan estraña, que reparte sus contentamientos sin orden ni conçierto alguno: y alli da mayores cosas donde en menos son estimadas: medecina podria ser para tantos males, como son los de que este tirano es causa, la discreçion y ualor de la persona que los padesce. Pero ¿a quién la dexa tan libre, que le pueda aprouechar para remedio? ¿o quién podra tanto consigo en semejante passion, que en causas agenas sepa dar consejo, quanto más tomalle en las suyas proprias? Mas con todo eso, hermosa señora, te suplico pongas delante los ojos quién eres, que si las personas de tanta suerte y valor como tú no bastaren a suffrir sus aduersidades, ¿cómo las podrian suffrir las que no lo son? Y demas desto, de parte destas Nimphas, y de la mia, te suplico en nuestra compañia, te uayas, en casa de la gran sabia Feliçia, que no es tan lexos de aquí, que mañana a estas horas no estemos alli[1247]. Adonde tengo por aueriguado, que hallarás grandissimo remedio para estas angustias como lo han hallado muchas personas, que no lo merescian. De mas su sciencia, a la qual persona humana en nuestros tiempos no se halla que pueda ygualar su condiçion, y su bondad no menos la engrandesce, y haze que todas las del mundo, desseen su compañia. Felismena respondio: No sé (hermosas Nimphas) quién a tan graue mal puede dar remedio, si no fuesse el proprio que lo causa. Mas con todo esso no dexare de hazer uuestro mandado, que pues uuestra compañia es para mi pena tan gran aliuio, injusta cosa sería desechar el consuelo en tiempo que tanto lo he menester. No me espanto yo, dixo Çinthia, sino cómo don Felis, en el tiempo que le seruias, no te conoció en esse hermoso rostro, y en la gracia, y el mirar de tan hermosos ojos. Felismena entonces respondio: tan apartada tenia la memoria de lo que en mí auia uisto, y tan puesto en lo que ueya en su señora Çelia, que no auia lugar para esse conoscimiento. Y estando en esto, oyeron cantar los pastores que en compañia de la discreta Seluagia yuan por una cuesta abaxo los mas antiguos cantares que cada uno sabia, o que su mal le inspiraua, y cada qual buscaua el uillancico que más hazia a su proposito, y el primero que començo a cantar fue Syluano, el qual cantó lo siguiente:
Desdeñado soy de amor,
guardeos Dios de tal dolor.
Soy del amor desdeñado
de fortuna perseguido;
ni temo uerme perdido,
ni aun espero ser ganado:
un cuydado a otro cuydado
me añade siempre el amor,
guardeos Dios de tal dolor.
En quexas me entretenia,
ued qué triste passatiempo:
ymaginaua que un tiempo,
tras otros tiempos uenia:
mas la desuentura mia
mudóle en otro peor,
guardeos Dios de tal dolor.
Seluagia que no tenia menos amor, o menos presumpçion de tenelle al su Alanio, que Syluano a la hermosa Diana, tan poco se tenia por menos agrauiada, por la mudança que en sus amores auia hecho, que Syluano en auer tanto perseuerado en su daño; mudando el primero verso, a este villançico pastoril, antiguo, lo començó a cantar aplicandolo a su proposito desta manera:
Di, ¿quién te ha hecho pastora
sin gasajo y sin plazer,
que tú alegre solias ser?
Memoria del bien passado
en medio del mal presente,
ay del alma que lo siente,
si está mucho en tal estado:
despues que el tiempo ha mudado
a vn pastor por me ofender,
jamás he visto el plazer.
A Sireno bastara la cançion de Seluagia, para dar a entender su mal, si ella y Syluano, se lo consintieran: mas persuadiendole que él tambien eligiesse alguno de los cantares que más a su proposito huuiese oydo, començo a cantar lo siguiente:
Oluidastesme señora,
mucho mas os quiero agora.
Sin ventura yo oluidado
me veo, no sé por qué,
ved a quien distes la fe,
y de quien la aueys quitado,
El no os ama, siendo amado,
yo desamado, señora,
mucho más os quiero agora.
Paresceme que estoy uiendo
los ojos en que me ui,
y uos por no uerme assi,
el rostro estays escondiendo,
y que yo os estoy diziendo:
alça los ojos, señora,
que muy mas os quiero agora.
Las Nimphas estuuieron muy atentas a las cançiones de los pastores, y con gran contentamiento de oyllos: mas a la hermosa pastora no le dexaron los sospiros estar oçiosa en quanto los pastores cantauan. Llegado que fueron a la fuente, y hecho su deuido acatamiento, pusieron sobre la yerua la mesa, y lo que del aldea auian traydo, y se assentaron luego a comer, aquellos a quien sus pensamientos les dauan lugar, y los que no, importunados de los que más libres se sentian, lo uuieron de hazer. E despues de auer comido, Polidora dixo ansi: Desamados pastores (si es licito llamaros el nombre que a uuestro pesar la fortuna os ha puesto) el remedio de uuestro mal está en manos de la discreta Feliçia, a la qual dio naturaleza lo que a nosotras ha negado. E pues ueys lo que os importa yr a uisitarla, pidoos de parte destas Nimphas, a quien este dia tanto seruiçio aueys hecho, que no rehuseys nuestra compañia, pues no de otra manera podeis reçebir el premio de uuestro trabajo: que lo mismo hará esta pastora, la qual no menos que uosotros lo ha menester. E tú, Sireno, que de un tiempo tan dichoso, a otro tan desdichado te ha traydo la fortuna, no te desconsueles: que si tu dama tuuiese tan çerca el remedio de la mala uida que tiene, como tú de lo que ella te haze passar, no seria pequeño aliuio para los desgustos y desabrimientos que yo sé que passan cada dia. Sireno respondió: Hermosa Polidora, ninguna cosa da la hora de agora mayor descontento, que auerse Diana uengado de mí, tan a costa suya, porque amar ella a quien no le tiene en lo que meresce, y estar por fuerça en su compañia, ueys lo que le deue costar; y buscar yo remedio a mi mal, hazerlo ía, si el tiempo, o la fortuna, me lo permetiessen, mas ueo que todos los caminos son tomados y no sé por donde tú y estas Nimphas pensays lleuarme a buscarle[1248]. Pero sea como fuere nosotros os seguiremos, y creo que Syluano y Seluegia harán lo mismo, si no son de tan mal conoscimiento, que no entiendan la merçed que a ellos y a mí se nos haze. Y remitiendose los pastores a lo que Sireno auia respondido, y encomendando sus ganados a otros, que no muy lexos estauan de alli, hasta la buelta, se fueron todos juntos por donde las tres Nimphas los guyauan.
Fin del segundo libro.
NOTAS:
[1235] M., pradecillo.
[1236] Falta el un en la edición de Milán.
[1237] M., acaballo.
[1238] Dellos añade la edición de Milán.
[1239] M., Hermana Cinthia.
[1240] M., quiso hablar, mas no habló.
[1241] M., apuntándole.
[1242] M. Deesas.
[1243] M., fui.
[1244] M., volvieron.
[1245] M., la avisan.
[1246] M., en tiempo.
[1247] M., allá.
LIBRO TERÇERO
DE LA DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
Con muy gran contentamiento caminauan las hermosas Nimphas con su compañia por medio de un espesso bosque, y ya que el sol se queria poner, salieron a un muy hermoso ualle, por medio del qual yua un impetuoso arroyo, de una parte y otra adornado de muy espessos salces y alisos, entre los quales auia otros muchos generos de arboles más pequeños, que enredandose a los mayores, entretexendose las doradas flores de los unos por entre las uerdes ramas de los otros, dauan con su uista gran contentamiento. Las Nimphas y pastores tomaron una senda que por entre el arroyo y la hermosa arboleda se hazia, y no anduuieron mucho espaçio, quando llegaron a un uerde prado muy espaçioso, a donde estaua un muy hermoso estanque de agua: del qual proçedia el arroyo que por el ualle con gran[1249] impetu corria. En medio del estanque estaua una pequeña isleta adonde auia algunos arboles por entre los quales se deuisaua una choça de pastores: alrededor della andaua un rebaño de ouejas, pasciendo la uerde yerua. Pues como a las Nimphas paresciesse aquel lugar aparejado para passar la noche que ya muy cerca venía, por unas piedras que del prado a la isleta estauan por medio del estanque puestas en orden, passaron todas, y se fueron derechas a la choça, que en la isleta parescia. Y como Polidora, entrando primero dentro, se adelantasse un poco, aun no huuo entrado, quando con gran priessa boluio a salir, y boluiendo el rostro a su compañia, puso un dedo ençima de su hermosa boca, haziendoles señas que entrassen sin ruido. Como aquello uiessen las Nimphas y los pastores, con el menes rumor que pudieron entraron en la choça: y mirando a una parte y a otra, uieron a un rincon un lecho, no de otra cosa sino de los ramos de aquellos salces, que en torno de la choça estauan, y de la uerde yerua, que junto al estanque se criaua. Ençima de la qual uieron una pastora durmiendo, cuya hermosura no menos admiraçion les puso, que si la hermosa Diana uieran delante de sus ojos. Tenia una saya azul clara, un jubon de una tela tan delicada, que mostraua la perfeçion y compas del blanco pecho, porque el sayuelo que del mesmo color de la saya era, le tenia suelto, de manera que aquel graçioso buelto se podia bien diuisar. Tenía los cabellos, que más ruuios que el sol parescian sueltos y sin orden alguna. Mas nunca orden tanto adornó hermosura, como la desorden que ellos tenian, y con el descuydo del sueño, el blanco pie descalço, fuera de la saya se le parescia, mas no tanto que a los ojos de los que lo mirauan paresciesse deshonesto. Y segun parescia por muchas lagrimas, que aun durmiendo por sus hermosas mexillas derramaua, no le deuia el sueño impedir sus tristes imaginaciones. Las Nimphas y pastores estauan tan admirados de su hermosura y de la tristeza que en ella conoscian, que no sabian qué se dezir, si no derramar lagrimas de piedad de las que á la hermosa pastora ueyan derramar. La qual estando ellos mirando, se boluio hazia un lado, diziendo con un sospiro que del alma la salia: ¡ay desdichada de ti, Belisa, que no está tu mal en otra cosa, sino en ualer tan poco tu uida, que con ella no puedes pagar las que por causa tuya son perdidas! Y luego con tan grande sobresalto despertó, que paresció tener el fin de sus dias presente, mas como uiesse las tres Nimphas, y las hermosas dos pastoras, juntamente con los dos pastores, quedó tan espantada, que estuuo un rato sin bolver en sí, boluiendo a mirallos, sin dexar de derramar muchas lagrimas, ni poner silençio a los ardientes sospiros que del lastimado coraçon embiaua, començo a hablar desta manera. Muy gran consuelo sería para tan desconsolado coraçon como este mio, estar segura de que nadie con palabras, ni con obras pretendiesse darmele, porque la gran razon, ¡o hermosas Nimphas! que tengo de biuir tan embuelta en tristezas, como biuo, ha puesto enemistad entre mí y el consuelo de mi mal. De manera que si pensasse en algun tiempo tenelle, yo misma me daria la muerte. Y no os espanteys preuenirme yo deste remedio, pues no ay otro para que me dexe de agrauiar del sobresalto que reçebi en ueros en esta choça (lugar aparejado no para otra cosa, sino para llorar males sin remedio), y esto sea auiso, para que qualquiera que a su tormento le esperare, se salga dél: porque infortunios de amor le tienen cerrado, de manera que jamás dexan entrar aqui alguna esperança de consuelo.
Mas ¿qué uentura ha guiado tan hermosa compañia do jamás se uio cosa que diese contento? ¿Quién pensays que haze cresçer la uerde yerua desta isla, y acresçentar las aguas que la çercan, si no mis lagrimas? ¿Quién pensays que menea los arboles deste hermoso ualle, sino la boz de mis sospiros tristes, que inchando el ayre, hazen aquello que él por sí no haria? ¿Porqué pensays que cantan los dulçes paxaros por entre las matas, quando el dorado Phebo está en toda su fuerça, sino para ayudar a llorar mis desuenturas? ¿A qué pensays que las temerosas fieras salen al uerde prado, sino a oyr mis continuas quexas? ¡Ay hermosas Nimphas! no quiera Dios que os aya traydo a este lugar uuestra fortuna para lo que yo uine a él, porque çierto paresce (segun lo que en él passó), no auelle hecho naturaleza para otra cosa, sino para que en él passen su triste uida los incurables de amor. Por esso si alguna de uosotras lo es, no passe más adelante: y vayase presto de aqui: que no sería mucho que la naturaleza del lugar le hiciesse fuerça. Con tantas lagrimas dezia esto la hermosa pastora, que no auia ninguno de los que alli estauan, que las suyas detener pudiesse. Todos estauan espantados de uer el spiritu que con el rostro y mouimientos daua a lo que dezia, que çierto bien pareçian sus palabras salidas del alma: y no se suffria menos que esto, porque el triste successo de sus amores, quitaua la sospecha de ser fingido lo que mostraua. Y la hermosa Dorida le habló desta manera: Hermosa pastora, ¿qué causa ha sido la que tu gran hermosura ha puesto en tal estremo? ¿Qué mal tan estraño te pudo hazer amor, que aya sido parte para tantas lagrimas acompañadas de tan triste y tan sola uida, como en este lugar deues hazer? Mas ¿qué pregunto yo? Pues en uerte quexosa de amor, me dizes más de lo que yo preguntarte puedo. Quesiste assegurar quando aqui entramos, de que nadie te consolasse: no te pongo culpa, officio es de personas tristes, no solamente aborrecer al consuelo, mas aun a quien piensa que por alguna uia pueda darsele. Dezir que yo podria darle a tu mal, ¿que aprouecha si él mismo no te da liçençia que me creas? Dezir que te aproueches de tu juyzio y discreçion bien sé que no le tienes tan libre, que puedas hazello. Pues ¿qué podría yo hazer para darte algun aliuio, si tu determinaçion me ha de salir al encuentro? De una cosa puedes estar çertificada, y es que no auria remedio en la uida, para que la tuya no fuesse tan triste, que yo dexase de dartele, si en mi mano fuesse. Y si esta uoluntad alguna cosa meresçe, yo te pido de parte de los que presentes están, y de la mia, la causa de tu mal nos cuentes, porque algunos de los que en mi compañia uienen, estan con tan gran neçessidad de remedio, y os tiene amor en tanto estrecho, que si la fortuna no los socorre, no sé que sera de sus uidas. La pastora que de esta manera uio hablar a Dorida, saliendose de la choça, y tomandola por la mano la lleuó cerca de una fuente que en un uerde pradezillo estaua, no muy apartado de alli, y las Nimphas y los pastores se fueron tras ellas, y juntos se assentaron en torno a la fuente, auiendo el dorado Phebo dado fin a su xornada, y la nocturna Diana principio a la suya, con tanta claridad como si el medio día fuera. Y estando de la manera que aueys oydo, la hermosa pastora le començó a dezir lo que oyreys.
Al tienpo (o hermosas Ninphas de la casta Diosa) que yo estaua libre de amor, oy dezir vna cosa que despues me desengañó la experiencia (hallandola muy al reues de lo que me certificauan). Dezian me que no auia mal que dezillo no fuese algun aliuio para el que lo padezia, y hallo que no ay cosa que más mi desuentura acresciente, que pasalla por la memoria y contalla a quien libre della se vee. Porque si yo otra cosa entendiese, no me atreueria a contaros la historia de mis males. Pero pues que es verdad, que contarosla no será causa alguna de consuelo á mi desconsuelo que son las dos cosas, que de mí son mas aborresçidas, estad atentas, y oyreys el mas desastrado caso que jamas en amor ha succedido. No muy lexos deste valle, hazia la parte donde el sol se pone, está vna aldea en medio de vna floresta, cerca de dos rios que con sus aguas riegan los arboles amenos cuya espressura es tanta que desde vna casa a la otra no se paresce. Cada vna dellas tiene su termino redondo, adonde los jardines en verano se visten de olorosas flores, de mas de la abundancia de la ortaliza, que alli la naturaleza produze, ayudada de la industria de los que en la gran España llaman Libres, por el antiguedad de sus casas y linages. En este lugar nasció la desdichada Belisa (que este nonbre saqué de la pila, adonde pluguiera a Dios dexara el anima). Aqui pues biuia vn pastor de los principales en hazienda y linage, que en toda esta prouincia se hallaua, cuyo nombre era Arsenio, el qual fue casado con una zagala la más hermosa de su tiempo: mas la presurosa muerte (o porque los hados lo permitieron o por euitar otros males que su hermosura pudiera causar) le cortó el hilo de la uida, pocos años despues de casada. Fue tanto lo que Arsenio sintió la muerte de su amada Florida que estuuo muy cerca de perder la uida: pero consolauase con un hijo que le quedara llamado Arsileo, cuya hermosura fue tanta que conpetia con la de Florida su madre. Y con todo, este Arsenio biuia la más sola y triste uida que nadie podria imaginar. Pues uiendo su hijo ya en edad conuenible para ponelle en algun exerçiçio uirtuoso, teniendo entendido que la ociosidad en los moços es maestra de uicios, y enemiga de virtud determinó embialle a la academia Salmantina con intençion que se exerçitasse en aprender lo que a los hombres sube a mayor grado que de hombres, y asi lo puso por obra. Pues siendo ya quinze años pasados que su muger era muerta, saliendo yo un dia con otras uezinas a un mercado, que en nuestro lugar se hazia, el desdichado de Arsenio me uio, por su mal, y aun por el mio, y de su desdichado hijo. Esta uista causó en él tan grande amor, como de alli adelante se paresció. Y esto me dió él a entender muchas uezes, porque ahora en el campo yendo a lleuar de comer a los pastores, aora yendo con mis paños al rio, aora por agua a la fuente, se hazia encontradizo conmigo. Yo que de amores aquel tiempo sabia poco, aunque por oydas alcançasse alguna cosa de sus desuariados effectos, unas uezes hazia que no lo entendia, otras uezes lo echaua en burlas, otras me enojaua de uello tan importuno. Mas ni mis palabras bastauan a defenderme dél, ni el grande amor que él tenía le daua lugar a dexar de seguirme. Y desta manera se passaron más de quatro años, que ni él dexaua su porfia, ni yo podia acabar conmigo de dalle el mas pequeño fauor de la uida. A este tiempo uino el desdichado de su hijo Arsileo del estudio, el qual entre otras ciencias que auia estudiado, auia florescido de tal manera en la poesia y en la musica, que a todos los de su tiempo hazia uentaja.
Su padre se alegró tanto con él que no ay quien lo pueda encarecer (y con gran razon) porque Arsileo era tal, que no solo de su padre que como a hijo deuia amalle, mas de todos los del mundo merescia ser amado. Y as si en nuestro lugar era tan querido de los principales dél y del comun, que no se trataua entre ellos sino de la discrecion, gracia, gentileza, y otras buenas partes de que su mocedad era adornada. Arsenio se encubria de su hijo, de manera que por ninguna uia pudiesse entender sus amores, y aunque Arsileo algun dia le viese triste, nunca echó de uer la causa, mas antes pensaua que eran reliquias que de la muerte de su madre le auian quedado. Pues desseando Arsenio (como su hijo fuese tan excelente Poeta) de aver de su mano vna carta para embiarme, y por hazer lo de manera que él no sintiese para quien era, tomó por remedio descubrirse a un grande amigo suyo natural de nuestro pueblo, llamado Argasto, rogandole muy encaresçidamente como cosa que para si auia menester, pidiese a su hijo Arsileo una carta hecha de su mano, y que le dixese que era para embiar lexos de alli a una pastora a quien seruia, y no le quería aceptar por suyo. Y asi le dixo otras cosas que en la carta auia de dezir de las que más hazian a su proposito. Argasto puso tan buena diligencia en lo que le rogó, que huuo de Arsileo la carta, importunado de sus ruegos, de la misma manera que el otro pastor se la pidió. Pues como Arsenio le uiese muy al proposito de lo que él deseaua, tuuo manera cómo uiniese a mis manos, y por ciertos medios que de su parte huuo, yo la recebi (aunque contra mi uoluntad) y vi que dezia desta manera.
CARTA DE ARSENIO
Pastora, cuya uentura
Dios quiera que sea tal,
que no uenga a emplear mal
tanta gracia y hermosura,
y cuyos mansos corderos,
y ovejuelas almagradas
veas crecer a manadas
por cima destos oteros.
Oye a un pastor desdichado,
tan enemigo de si,
quanto en perderse por ti,
se halla bien empleado;
buelue tus sordos oydos,
ablanda tu condiçion,
y pon ya esse coraçon
en manos de los sentidos.
Buelue esos crueles ojos
a este pastor desdichado,
descuydate del ganado,
piensa un poco en mis enojos,
haz ora algun mouimiento,
y dexa el pensar en ál,
no de remediar mi mal,
mas de uer como lo siento.
¡Quantas uezes has venido,
al campo con tu ganado,
y quantas uezes al prado,
los corderos has traydo!
Que no te diga el dolor,
que por ti me buelue loco,
mas ualeme esto tan poco,
que encubrillo es lo mejor.
¿Con qué palabras dire,
lo que por tu causa siento,
o con qué conosçimiento
se conosçera mi fe?
¿qué sentido bastará,
aunque yo mejor lo diga,
para sentir la fatiga
que a tu causa amor me da?
¿Porqué te escondes de mi,
pues conosces claramente,
que estoy quando estoy presente,
muy más absente de ti?
quanto a mi por suspenderme,
estando adonde tú estes,
quanto a ti porque me uees,
y estás muy lexos de uerme.
Sabesme tan bien mostrar
quando engañarme pretendes,
al reues de lo que entiendes,
que al fin me dexo engañar:
mira sy hay que querer más,
o ay de amor más fundamento,
que biuir mi entendimiento
con lo que a entender le das.
Mira este estremo en que estoy,
uiendo mi bien tan dudoso,
que uengo a ser embidioso
de cosas menos que yo:
al aue que lleua el uiento,
al pesce en la tempestad,
por sola su libertad
dare yo mi entendimiento.
Veo mil tiempos mudados,
cada dia hay nouedades,
mudanse las voluntades,
rebiuen los oluidados,
en toda cosa hay mudança,
y en ti no la vi jamás,
y en esto solo uerás
quan en balde es mi esperança.
Passauas el otro dia
por el monte repastando,
sospiré imaginando,
que en ello no te offendia:
al sospiro, alçó un cordero
la cabeça, lastimado:
y arrojastele el cayado,
ved qué coraçon de azero.
¿No podrias, te pregunto,
tras mil años de matarme,
solo un dia remediarme,
o si es mucho, un solo punto?
hazlo por uer como prueuo,
o por uer si con fauores
trato mejor los amores,
despues matame de nueuo.
Desseo mudar estado,
no de amor a desamor,
mas de dolor a dolor,
y todo en un mismo grado:
y aunque fuesse de una suerte
el mal, quanto a la substançia,
que en sola la circunstançia
fuesse más, o menos fuerte.
Que podria ser señora,
que vna circunstançia nueua
te diesse de amor más prueua,
que te he dado hasta agora,
y a quien no le duele vn mal,
ni ablanda un firme querer,
podria quiça doler
otro que no fuesse tal.
Vas al rio, uas al prado,
y otras uezes a la fuente,
yo pienso muy diligente,
si es ya yda, o si ha tornado,
si se enojará si voy,
si se burlará si quedo,
como me lo estorba el miedo,
ved el estremo en que estoy.
A Siluia tu gran amiga
vó a buscar medio mortal,
por si a dicha de mi mal,
le has dicho algo, me lo diga:
mas como no habla en ti,
digo que esta cruda fiera,
no dize a su compañera,
ninguna cosa de mí.
Otras uezes açechando
de noche te ueo estar,
con gracia muy singular
mil cantarçillos cantando:
pero buscas los peores,
pues los oyo uno a uno,
y jamás te oyo ninguno
que trate cosa de amores.
Vite estar el otro dia
hablando con Madalena,
contauate ella su pena,
oxala fuera la mia:
pense que de su dolor,
consolaras a la triste,
y riendo le respondiste:
es burla, no hay mal de amor,
Tú la dexaste llorando,
yo llegueme luego alli,
quexoseme ella de ti:
respondile sospirando:
no te espantes desta fiera,
porque no está su plazer
en solo ella no querer,
sino en que ninguna quiera.
Otras uezes te ueo yo
hablar con otras zagalas,
todo es en fiestas y galas,
en quien bien o mal bayló,
fulano tiene buen ayre,
fulano es çapateador,
si te tocan en amor
echaslo luego en donayre.
Pues guarte, y biue contento,
que de amor y de uentura
no hay cosa menos segura,
que el coraçon más exempto:
y podria ser ansi
que el crudo amor te entregasse,
a pastor que te tratasse
como me tratas a mí.
Mas no quiera Dios que sea,
si ha de ser a costa tuya,
y mi uida se destruya
primero que en tal te uea:
que un coraçon que en mi pecho
está ardiendo en fuego estraño,
más temor tiene a tu daño,
que respecto a tu prouecho.
Con grandisimas muestras de tristeza, y de coraçon muy de ueras lastimado, relataua la pastora a Belisa la carta de Arsenio, ó por mejor dezir, de Arsileo su hijo: parando en muchos uersos y diziendo algunos dellos dos uezes: y a otros boluiendo los ojos al çielo, con una ansia que parescia que el coraçon se le arrancaua. Y prosiguiendo la historia triste de sus amores, les dezia: Esta carta (o hermosas Nimphas) fue principio de todo el mal del triste que la compuso, y fin de todo el descanso de la desdichada a quien se escriuió. Porque auiendola yo leydo, por çierta diligençia que en mi sospecha me hizo poner, entendi que la carta auia proçedido más del entendimiento del hijo, que de la afficion del padre. Y porque el tiempo se llegaua en que el amor me auia de tomar cuenta de la poca que hasta entonçes de sus effectos auia hecho, o porque en fin hauia de ser, yo me senti un poco más blanda que de antes: y no tan poco que no diese lugar a que amor tomasse possession de mi libertad. Y fue la mayor nouedad que jamás nadie uio en amores lo que este tyrano hizo en mí, pues no tan solamente me hizo amar a Arsileo, mas aun a Arsenio su padre. Verdades que al padre amaua yo por pagarle en esto el amor que me tenía, y al hijo por entregalle mi libertad, como desde aquella hora se la entregué. De manera que al uno amaua por no ser ingrata, y al otro por no ser más en mi mano. Pues como Arsenio me sintiesse algo más blanda (cosa que él tantos dias auia que desseaua), no huuo cosa en la uida que no la hiziesse por darme contento: porque los presentes eran tantos, las joyas y otras muchas cosas, que a mí pesaua uerme puesta en tanta obligaçion. Con cada cosa que me embiaua, uenia un recaudo tan enamorado, como él lo estaua. Yo le respondia no mostrandole señales de gran amor, ni tan poco me mostraua tan esquiua como solia. Mas el amor de Arsileo cada dia se arraigaua mas en mi coraçon, y de manera me occupaua los sentidos, que no dexaua en mi anima lugar ocioso. Succedió, pues, que una noche del uerano, estando en conuersaçion Arsenio y Arsileo con algunos uezinos suyos debaxo de un fresno muy grande, que en vna plaçuela estaua de frente de mi posada, començo Arsenio a loar mucho el tañer y cantar de su hijo Arsileo, por dar occasion a que los que con él estauan le rogassen que embiasse por una harpa a casa, y que alli tañesse, porque estaua en parte que yo por fuerça auia de gozar de la musica. Y como él lo penso, assi le uino a sucçeder, porque siendo de los presentes importunado, embiaron por la harpa y la musica se començo. Quando yo oí a Arsileo y senti la melodia con que tañia, la soberana gracia con que cantaua, luego estuue al cabo de lo que podia ser: entendiendo que su padre me queria dar musica, y enamorarme con las gracias del hijo. Y dixe entre mí: ¡Ay, Arsenio, que no menos te engañas en mandar a tu hijo que cante, para que yo le oyga, que embiarme carta escrita de su mano! A lo menos si lo que dello te ha de succeder, tú supiesses, bien podrias amonestar de oy más a todos los enamorados, que ninguno fuesse osado de enamorar a su dama con graçias agenas: porque algunas uezes, suele acontesçer enamorarse más la dama del que tiene la graçia, que del que se aprouecha de ella, no siendo suya. A este tiempo el mi Arsileo, con una graçia nunca oyda, començó a cantar estos uersos:
Soneto.
En este claro sol que resplandesçe
en esta perfeçion[1250] sobre natura,
en esa alma gentil, esa figura
que alegra nuestra edad, y la enrriqueze
hay luz que ziega, rostro que enmudeçe,
pequeña piedad, gran hermosura,
palabras blandas, condiçion muy dura,
mirar que alegra y vista que entristeçe.
Por eso estoy, señora, retirado,
por eso temo ver lo que deseo,
por eso paso el tiempo en contemplarte.
Estraño caso, efecto no pensado,
que vea el maior bien quando te veo,
y tema el mayor mal si vo a mirarte.
Despues que huuo cantado el soneto que os he dicho, comenzó a cantar esta cançion, con graçia tan estremada, que a todos los que lo oian, tenia suspensos, y a la triste de mí más presa de sus amores que nunca nadie lo estuvo.
Alçé los ojos por veros,
baxelos despues que os vi,
porque no ay passar de alli,
ni otro bien sino quereros.
¿Que más gloria que miraros,
si os entiende el que os miró?
Porque nadie os entendió
que canse de contemplaros.
Y aunque no pueda entenderos,
como yo no os entendi,
estará fuera de sí,
quando no muera por veros.
Si mi pluma otras loaua
ensayose en lo menor,
pues todas son borrador
de lo que en vos trasladaua.
Y si antes de quereros,
por otra alguna escreui,
creed que no es porque la ui,
mas porque esperaua ueros.
Mostrose en vos tan subtil
naturaleza y tan diestra,
que una sola façion vuestra
hará hermosas çien mil.
La que llega a pareceros
en lo menos que en vos vi,
ni puede pasar de alli
ni el que os mira sin quereros.
Quien ve qual os hizo Dios,
y uee otra mui hermosa,
parece que vee una cosa,
que en algo quiso ser vos.
Mas si os vee como ha de veros
y como señora os vi,
no hay comparaçion alli,
ni gloria, sino quereros.
No fue solo esto lo que Arsileo aquella noche al son de su harpa cantó. Asi como Orfeo al tiempo que fue en demanda de su ninfa Euridice, con el suabe canto enterneçia las furias infernales, suspendiendo por gran espacio la pena de los dañados[1251]: asi el mal logrado mançebo Arsileo, suspendia, y ablandaua, no solamente los coraçones de los que presentes estauan, mas aun a la desdichada Belisa, que desde una açotea alta de mi posada le estaua con grande atencion[1252] oyendo. Y assi agradaua al çielo, estrellas y a la clara luna, que entonçes en su uigor y fuerça estaua, que en qualquiera parte que yo entonçes ponia los ojos, pareçe que me amonestaua que le quisiesse más que a mi uida. Mas no era menester amonestarmelo nadie, porque si yo entonçes de todo el mundo fuera señora me parescia muy poco para ser suya. Y desde alli, propuse de tenelle encubierta esta uoluntad lo menos que yo pudiesse. Toda aquella noche estuue pensando el modo que ternia en descubrille mi mal, de suerte que la uerguença no reçibiesse daño, aunque quando este no hallara, no me estoruara el de la muerte. Y como quando ella ha de uenir, las occasiones tengan tan gran cuydado de quitar los medios que podrian impedilla, el otro dia adelante, con otras donzellas mis uezinas me fue forçado yr a un bosque espesso, en medio del qual auia una clara fuente, adonde las mas de las siestas lleuauamos las uacas, assi porque alli pasciessen, como para que uenida la sabrosa y fresca tarde cogiessemos la leche de aquel dia siguiente, con que las mantecas, natas y quesos se auian de hazer. Pues estando yo y mis compañeras assentadas en torno de la fuente, y nuestras vacas echadas a la sombra de los vmbrosos y siluestres arboles de aquel soto, lamiendo los pequeñuelos bezerrillos, que juntos a ellas estauan tendidos, una de aquellas amigas mias (bien descuydada del amor que entonçes a mí me hazia la guerra) me importunó, so pena de jamás ser hecha cosa de que yo gustasse, que tuuiese por bien de entretener el tiempo cantando vna cançion. Poco me valieron escusas, ni dezilles que los tiempos y ocasiones no eran todos vnos, para que dexasse de hazer lo que con tan grande instançia me rogauan, y al son de vna çampoña, que la vna dellas començó a tañer, yo triste començe a cantar estos versos:
Passaua amor su arco desarmado
los ojos baxos, blando y muy modesto,
dexauame ya atras muy descuydado.
Quán poco espaçio pude gozar esto;
fortuna de embidiosa dixo luego:
teneos amor, ¿porque passays tan presto?
Boluió de presto a mi aquel niño çiego,
muy enojado en verse reprendido:
que no ay reprehension, do está su fuego.
Estaua çiego amor, mas bien me vido:
tan çiego le vea yo, que a nadie vea,
que ansi çegó mi alma y mi sentido.
Vengada me vea yo de quien dessea
a todos tanto mal que no consiente
vn solo coraçon que libre sea.
El arco armó el traydor muy breuemente,
no me tiró con xara enerbolada,
que luego puso en él su flecha ardiente.
Tomome la fortuna desarmada,
que nunca suele amor hazer su hecho,
sino en la más essenta y descuydada.
Rompió con su saeta un duro pecho,
rompió una libertad jamás subiecta,
quedé tendida, y él muy satisfecho.
¡Ay uida libre, sola, y muy quieta!
¡Ay prado visto con tan libres ojos!
¡Mal aya amor, su arco y su saeta!
Seguid amor, seguilde sus antojos,
venid de gran descuido a vn gran cuydado,
passad de un gran descanso, a mil enojos.
Vereys quál queda un coraçon cuytado:
que no ha mucho que estuuo sin sospecha
de ser de un tal tyrano sojuzgado.
Ay alma mia en lagrimas desecha,
sabed suffrir, pues que mirar supistes:
mas si fortuna quiso, ¿qué aprouecha?
Ay tristes ojos, si el llamaros tristes
no offende en cosa alguna el que mirastes,
¿do está mi libertad, do la pusistes?
Ay prados, bosques, seluas que criastes
tan libre coraçon como era el mio,
¿porqué tan grande[1253] mal no le estoruastes?
¡O apresurado arroyo, y claro rio,
adonde beuer suele mi ganado
inuierno, primauera, otoño, estio!
¿Porqué me has puesto, di, a tan mal recado,
pues solo en ti ponia mis amores,
y en este ualle ameno y uerde prado?
Aqui burlaua yo de mil pastores,
que burlarán de mi, quando supieren,
que a esperimentar comienço sus dolores.
No son males de amor los que me hieren,
que a ser de solo amor, passallos hia,
como otros mil que en fin de amores mueren.
Fortuna es quien me aflige y me desuia
los medios, los caminos y ocasiones,
para poder mostrar la pena mia.
¿Cómo podra, quien causa mis passiones,
si no las sabe dar remedio a ellas?
Mas no ay amor do faltan sinrazones.
A quanto mal fortuna, trae aquellas
que haze amar, pues no ay quien no le enfade
ni mar, ni tierra, luna, sol, ni estrellas.
Sino a quien ama, no ay cosa que agrade,
todo es assi, y assi fuy yo mezquina,
a quien el tiempo estorua y persuade.
Cessad mis uersos ya, que amor se indigna
en uer quán presto dél me estoy quexando,
y pido ya en mis males mediçina.
Quexad, mas ha de ser de quando en quando,
aora callad uos, pues ueys que callo,
y quando veys que amor se ua enfadando,
cessad, que no es remedio el enfadallo.
A las Nimphas y pastores parescieron muy bien los versos de la pastora Belisa, la qual con muchas lagrimas dezia, prosiguiendo la historia de sus males: Mas no estaua muy lexos de alli Arsileo quando yo estos uersos cantaua, que auiendo aquel dia salido a caça, y estando en lo más espeso del bosque passando la siesta, paresçe que nos oyó, y como hombre affiçionado a la musica, se fue su passo a passo entre una espesura de arboles, que junto a la fuente estauan: porque de alli mejor nos pudiesse oyr. Pues auiendo çessado nuestra musica, él se uino a la fuente, cosa de que no poco sobresalto reçebi. Y esto no es de marauillar, porque de la misma manera se sobresalta vn coraçon enamorado, con un subito contentamiento, que con una tristeza no pensada. El se llegó donde estauamos sentadas, y nos saludó con todo el comedimiento possible, y con toda la buena criança que se puede imaginar: que uerdaderamente (hermosas Nimphas) quando me paro a pensar la discreçion, graçia y gentileza del sin uentura Arsileo, no me paresçe que fueron sus hados y mi fortuna causa de que la muerte me lo quitasse tan presto delante los ojos, mas antes fue no meresçer el mundo gozar más tiempo de un moço a quien la naturaleza auia dotado de tantas y tan buenas partes. Despues que como digo, nos uuo saludado, y tuuo liçençia de nosotras, la qual muy comedidamente nos pidio, para passar la siesta en nuestra compañia, puso los ojos en mí (que no deuiera) y quedó tan preso de mis amores como despues se paresçio en las señales con que manifestaua su mal. Desdichada de mí que no uue menester yo de miralle para querelle, que tan presa de sus amores estaua antes que le uiesse como él estuuo despues de auerme uisto. Mas con todo esso, alçé los ojos para miralle, al tiempo que alçaua los suyos para uerme, cosa que cada uno quisiera dexar de auer hecho: yo porque la uerguença me castigó, y él porque el temor no le dexó sin castigo. Y para dissimular su nuevo mal, començó a hablarme en cosas bien diferentes de las que él me quisiera dezir, yo le respondi a algunas dellas, pero más cuidado tenía yo entonçes de mirar, si en los mouimientos del rostro, o en la blandura de las palabras mostraua señales de amor, que en respondelle á lo que me preguntaua. Ansi desseaua yo entonçes uelle sospirar, por me confirmar en mi sospecha: como si no le quisiera más que a mi. Y al fin no desseaua uer en él alguna señal que no la uiesse. Pues lo que con la lengua alli no me pudo dezir, con los ojos me lo dió bien a entender. Estando en esto las dos pastoras que conmigo estauan, se leuantaron a ordeñar sus vacas: yo les rogué que me escusassen el trabajo con las mias: porque no me sentia buena. Y no fue menester rogarselo más, ni a Arsileo mayor occasion para dezirme su mal: y no sé si se engañó, imaginando la occasion, porque yo queria estar sin compañia, pero sé que determinó de aprouecharse de ella. Las pastoras andauan occupadas con sus vacas, atandoles sus mansos bezerrillos a los pies, y dexandose ellas engañar de la industria humana, como Arsileo tanbien nueuamente preso de amor se dexaua ligar de manera que otro que la pressurosa muerte, no pudiera dalle libertad. Pues uiendo yo claramente, que quatro o cinco uezes auia cometido el hablar, y le auia salido en uano su comedimiento: porque el miedo de enojarme se le auia puesto delante, quise hablarle en otro proposito, aunque no tan lexos del suyo, que no pudiesse sin salir dél, dezirme lo que desseaua. Y assi le dixe: Arsileo, ¿hallaste bien en esta tierra? que segun en la que hasta agora has estado, aurá sido el entretenimiento y conuersaçion differente del nuestro: estraño te deues hallar en ella. El entonçes me respondió: no tengo tanto poder en mí, ni tiene tanta libertad mi entendimiento, que pueda responder a essa pregunta. Y mudandole el proposito, por mostralle el camino con las occasiones le bolui a dezir: an me dicho, que ay por allá muy hermosas pastoras, y si esto es ansi, quán mal te deuemos parescer las de por acá. De mal conoscimiento sería (respondió Arsileo) si tal confessasse: que puesto caso, que allá las ay tan hermosas como te han dicho, acá las ay tan auentajadas, como yo las he uisto. Lisonja es essa en todo el mundo (dixe yo medio riendo) mas con todo esto, no me pesa que las naturales estén tan adelante en tu opinion, por ser yo una dellas. Arsileo respondió: y aun essa sería harto bastante causa, quando otra no uuiesse, para dezir lo que digo. Assi que de palabra en palabra, me uino a dezir lo que desseaua oylle, aunque por entonçes no quise darselo a entender, mas antes le rogué, que atajasse el paso a su pensamiento. Pero reçelosa que estas palabras no fuesen causa de resfriarse en el amor (como muchas uezes acaesce que el desfauorescer en los principios de los amores, es atajar los passos a los que comiençan a querer bien) bolui a templar el desabrimiento de mi respuesta, diziendole: Y si fuere tanto el amor (o Arsileo) que no te dé lugar a dexar de quererme, en lo secreto: porque de los hombres de semejante discreçion que la tuya, es tenello aun en las cosas que poco importan. Y no te digo esto, porque de una, ni de otra manera te ha de aprouechar de más que de quedarte yo en obligaçion, si mi consejo en este caso tomares. Esto dezia la lengua, mas otra cosa dezian los ojos con que yo le miraua, y echando algun sospiro que sin mi liçençia daua testimonio de lo que yo sentia, lo qual entendiera muy bien Arsileo, si el amor le diera lugar. Desta manera nos despedimos, y despues me habló muchas uezes, y me escriuio muchas cartas, y vi muchos sonetos de su mano, y aun las más de las noches me dezia cantando, al son de su harpa, lo que yo llorando le escuchaua. Finalmente que venimos cada vno a estar bien çertificados del amor que el vno al otro tenía. A este tiempo, su padre Arsenio me importunaua de manera con sus recaudos y presentes, que yo no sabia el medio que tuuiesse para defenderme dél. Y era la más estraña cosa que se vió jamás: pues ansi como se yua más acrescentando el amor con el hijo, assi con el padre se yua más estendiendo el affiçion, aunque no era todo de vn metal. Y esto no me daua lugar a desfauorescelle, ni a dexar de reçebir sus recaudos. Pues viuiendo yo con todo el contentamiento del mundo, y viendome tan de veras amada de Arsileo, a quien yo tanto queria, paresçe que la fortuna determinó de dar fin a mis amores, con el más desdichado sucçesso, que jamás en ellos se ha visto, y fue desta manera: que auiendo yo conçertado de hablar con mi Arsileo vna noche, que bien noche fue ella para mí: pues nunca supe despues acá, qué cosa era dia, concertamos que él entrase en una huerta de mi padre, y yo desde vna ventana de mi aposento, que caya enfrente de vn moral, donde él se podia subir por estar más çerca, nos hablariamos: ¡ay desdichada de mí, que no acabo de entender a qué proposito le puse en este peligro, pues todos los dias, aora en el campo, aora en el rio. aora en el soto, llevando a él mis vacas, aora al tiempo que las traya a la majada, me pudiera él muy bien hablar, y me hablaua los más de los dias. Mi desuentura fue causa que la fortuna se pagasse del contento, que hasta entonçes me auia dado, con hazerme que toda la uida biuiesse sin él. Pues uenida la hora del conçierto y del fin de sus dias, y principio de mi desconsuelo, vino Arsileo al tiempo, y al lugar conçertado, y estando los dos hablando, en lo que puede considerar quien algun tiempo ha querido bien, el desuenturado de Arsenio su padre, las más de las noches me rondaua la calle (que aun si esto se me acordara, mas quitomelo mi desdicha de la memoria, no le consintiera yo ponerse en tal peligro); pero asi se me oluidó, como si yo no lo supiera. Al fin que él acertó a venir aquella hora por alli, y sin que nosotros pudiessemos velle, ni oylle, nos vió él, y conosçio ser yo la que a la ventana estaua, mas no entendió que era su hijo el que estaua en el moral, ni aun pudo sospechar quien fuesse, que esta fue la causa prinçipal de su mal successo. Y fue tan grande su enojo, que sin sentido alguno se fue a su posada, y armando una ballesta, y poniendola vna saeta muy llena de venenosa yerua, se uino al lugar do estauamos, y supo tan bien açertar a su hijo, como sino lo fuera. Porque la saeta le dio en el coraçon, y luego cayó muerto del árbol abaxo, diziendo: ¡Ay Belisa, quán poco lugar me da la fortuna para seruirte, como yo desseaua! Y aun esto no pudo acabar de dezir. El desdichado padre que con estas palabras conosció ser homiçida de Arsileo su hijo, dixo con una boz como de hombre desesperado: ¡Desdichado de mí, si eres mi hijo Arsileo que en la boz no paresçes otro! Y como llegasse a él, y con la luna que en el rostro le daua le deuisasse bien y le hallase que auia espirado, dixo: O cruel Belisa, pues que el sin ventura mi hijo, por tu causa, de mis manos ha sido muerto, no es justo que el desuenturado padre quede con la vida. Y sacando su misma espada, se dio por el coraçon de manera que en un punto fue muerto. O desdichado caso, o cosa jamás oida ni vista. ¡O escandalo grande para los oydos, que mi desdichada historia oyeren, o desuenturada Belisa, que tal pudieron uer tus ojos, y no tomar el camino que padre y hijo por tu causa tomaron! No paresciera mal tu sangre mixturada con la de aquellos que tanto desseauan seruirte. Pues como yo mezquina ui el desauenturado caso, sin más pensar, como muger sin sentido, me sali de casa de mis padres, y me uine importunando con quexas al alto çielo, y inflamando el ayre con sospiros, a este triste lugar (quexandome de mi fortuna, maldiziendo la muerte que tan en breue me auia enseñado a sufrir sus tiros) adonde ha seys meses que estoy sin auer uisto, ni hablado con persona alguna, ni procurado uerla. Acabando la hermosa Belisa de contar su infelice historia, començo a llorar tan amargamente, que ninguno de los que alli estauan, pudieron dexar de ayudarle con sus lagrimas. Y ella prosiguiendo dezia: Esta es (hermosas Nimphas) la triste historia de mis amores, y del desdichado sucçesso dellos, ved si este mal es de los que el tiempo puede curar? ¡Ay Arsileo, quantas vezes temi, sin pensar lo que temia! mas quien a su temor no quiere creer, no se espante, quando vea lo que ha temido, que bien sabia yo que no podiades dexar de encontraros, y que mi alegria no auia de durar más que hasta que su padre Arsenio sintiesse nuestros amores. Pluguiera a Dios que assi fuera que el mayor mal que por esso me pudiera hazer fuera desterrarte: y mal que con el tiempo se cura, con poca difficultad puede suffrirse. ¡Ay Arsenio, que no me estorua la muerte de tu hijo dolerme de la tuya, que el amor que continuo me monstraste, la bondad y limpieza con que me quisiste, las malas noches que a causa mia passaste, no suffre menos si no dolerme de tu desastrado fin: que esta es la hora que yo fuera casada contigo, si tu hijo a esta tierra no uiniera! Dezir yo que entonçes no te queria bien seria engañar el mundo, que en fin no hay muger que entienda que es uerdaderamente amada, que no quiera poco o mucho, aunque de otra manera lo dé a entender: ay lengua mia, callad que más aueys dicho de lo que os an preguntado. ¡O hermosas Nimphas! perdonad si os he sido importuna, que tan grande desuentura como la mia no se puede contar con pocas palabras. En quanto la pastora contaua lo que aueys oydo, Sireno, Syluano, Seluagia, y la hermosa Felismena, y aun las tres Nimphas fueron poca parte para oylla sin lagrimas: aunque las Nimphas, como las que de amor no auian sido tocadas, sintieron como mugeres su mal, mas no las circunstançias dél. Pues la hermosa Dorida uiendo que la desconsolada pastora no cesaua el amargo llanto, la començo a hablar diziendo: Cessen, hermosa Belisa, tus lagrimas, pues uees el poco remedio dellas: mira que dos ojos no bastan a llorar tan graue mal. Mas qué dolor puede auer, que no se acabe, o acabe al mismo que lo padesçe? Y no me tengas por tan loca que piense consolarte, mas a lo menos podria mostrarte el camino por donde pudiesse algun poco aliuiar tu pena. Y para esto te ruego, que uengas en nuestra compañia, ansi porque no es cosa justa que tan mal gastes la uida, porque adonde te lleuaremos podras escoger la que quisieres, y no aurá persona, que estorualla pueda. La pastora respondió: lugar me pareçia este harto conveniente para llorar mi mal y acabar en él la uida: la qual si el tiempo no me haze más agrauios de los hechos, no deue ser muy larga. Mas ya que tu uoluntad es essa, no determino de salir della en solo un punto: y de oy mas podeis (hermosas Nimphas) usar de la mia, segun a las uuestras les paresçiere. Mucho le agradesçieron todos auelles conçedido de irse en su compañia. Y porque ya eran más de tres horas de la noche aunque la luna era tan clara, que no echauan memos el dia çenaron de lo que en sus çurrones los pastores trayan, y despues de haber çenado, cada vno escogió el lugar de que más se contentó, passar lo que de la noche les quedaua. La qual los enamorados passaron con más lagrimas que sueño, y los que no eran reposaron del cansançio del dia.
Fin del terçero libro.
NOTAS:
[1248] M., buscalle.
[1249] M., grande.
[1250] M., perficion.
[1251] V., daños.
[1252] V., atreuimiento.
[1253] M., grave.
LIBRO CUARTO
DE LA DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
Ya la estrella del alua començaua a dar su acostumbrado resplandor, y con su luz los dulçes ruyseñores embiauan a las nuues el suaue canto, quando las tres Nimphas con su enamorada compañia, se partieron de la isleta, donde Belisa su triste uida passaua. La qual aunque fuese más consolada en conuersaçion de las pastoras y pastores enamorados, todauia le apremiaba el mal de manera que no hallaua remedio, para dexar de sentillo. Cada pastor le contaua su mal, las pastoras le dauan cuenta de sus amores, por uer si seria parte para ablandar su pena. Mas todo consuelo es escusado, quando los males son sin remedio. La dama disimulada yua tan contenta de la hermosura y buena graçia de Belisa, que no se hartaua de preguntalle cosas, aunque Belisa se hartaua de responderle a ellas. Y era tanta la conuersaçion de las dos, que casi ponia embidia a los pastores y pastoras. Mas no uuieron andado mucho, quando llegaron a un espesso bosque tan lleno de syluestres y espessos arboles, que a no ser de las tres Nimphas guiadas, no pudieran dexar de perderse en él. Ellas yuan delante por una muy angosta[1254] senda, por donde no podian yr dos personas juntas. Y auiendo ydo quanto media legua por la espessura del bosque, salieron a un muy grande, y espaçioso llano en medio de dos caudalosos rios, ambos çercados de muy alta y uerde arboleda. En medio dél paresçia una gran casa de tan altos y soberuios edifiçios, que ponian gran contentamiento a los que los mirauan, porque los chapiteles que por ençima de los arboles sobrepujauan, dauan de si tan gran resplandor, que pareçian hechos de un finissimo cristal. Antes que al gran palaçio llegassen, uieron salir dél muchas Nimphas de tan gran hermosura, que sería impossible podello dezir. Todas uenian[1255] uestidas de telillas blancas delicadas, texidas con plata y oro sotilissimamente, sus guirnaldas de flores sobre los dorados cabellos que sueltos trayan. Detras dellas uenia una dueña, que segun la grauedad y arte de su persona, parescia muger de grandissimo respecto, uestida de raso negro, arrimada a una Nimpha muy más hermosa que todas. Quando nuestras Nhimpas llegaron, fueron de las otras reçebidas, con muchos abraços, y con gran contentamiento. Como la dueña llegasse, las tres Nimphas le besaron con grandissima humildad las manos, y ella las reçibio, mostrando muy gran contento de su uenida. Y antes que las Nimphas le dixessen cosa de las que auian passado, la sábia Felicia (que asi se llamaua la dueña) dixo contra Felismena: hermosa pastora, lo que por estas tres Nimphas aueys hecho no se puede pagar con menos que con tenerme obligada siempre a ser en vuestro fauor: que no será poco, segun menester lo aueys, y pues yo sin estar informada de nadie, sé quien soys, y adonde os lleuan uuestros pensamientos, contodo lo que hasta agora os ha sucçedido, ya entendereys si os puedo aprouechar en algo. Pues tened animo firme, que si yo biuo vos uereys lo que desseays, y aunque ayays passado algunos trabajos, no ay cosa que sin ellos alcançar se pueda. La hermosa Felismena se marauilló de las palabras de Feliçia, y queriendo dalle las graçias que a tan gran promesa se deuian, respondio: Dyscreta señora mía (pues en fin lo aueys de ser de mi remedio) quando de mi parte no haya mereçimiento donde pueda caber la merçed que pensays hazerme, poned los ojos en lo que a vos misma deueys, y yo quedaré sin deuda, y uos muy bien pagada. Para tan grande mereçimiento como el vuestro (dixo Feliçia), y tan extremada hermosura, como naturaleza os ha conçedido, todo lo que por uos se puede hazer es poco. La dama se abaxó entonçes por besalle las manos, y Feliçia la abraçó con grandissimo amor, y boluiendose a los pastores y pastoras, les dixo: animosos pastores y discretas pastoras, no tengays miedo a la perseuerençia de nuestros males, pues yo tengo cuenta con el remedio dellos. Las pastoras y pastores le besaron las manos, y todos juntos se fueron al sumptuoso palaçio, delante del qual estaua una gran plaça çercada de altos açipreses todos puestos muy por orden, y toda la plaça era enlosada con losas de alabastro y marmol negro, a manera de axedrez. En medio della auia una fuente de marmol jaspeado, sobre quatro muy grandes leones de bronçe. En medio de la fuente estaua una columna de jaspe, sobre la qual quatro Nimphas de marmol blanco tenian sus assientos. Los braços tenian alçados en alto, y en las manos sendos uasos hechos a la romana. De los quales por vnas bocas de leones que en ellos auia, echauan agua. La portada del Palacio era de marmol serrado con todas las basas, y chapiteles de las columnas dorados. Y ansi mismo las vestiduras de las imagenes que en ellos auia. Toda la casa paresçia hecha de reluziente jaspe con muchas almenas, y en ellas esculpidas algunas figuras de Emperadores, y matronas Romanas, y otras untiguallas semejantes. Eran todas las ventanas cada vna de dos arcos, las çerraduras y clavazon de plata, todas las puertas de cedro. La casa era quadrada, y a cada canto auia una muy alta, y artifiçiosa torre. En llegando la aportada, se pararon a mirar su estraña hechura, y las imagenes que en ella auia, que más parescia obra de naturaleza que de arte, ni aun industria humana, entre las quales auia dos Nimphas de plata, que ençima de los chapiteles de las columnas estauan, y cada una de su parte tenian una tabla de alambre, con unas letras de oro, que dezian desta manera:
Qvien entra, mire bien como ha biuido
y el don de castidad, si le ha guardado,
y la que quiere bien, o le ha querido,
mire si a causa de otro se ha mudado,
y si la fe primera no ha perdido,
y aquel primer amor ha conseruado,
entrar puede en el templo de Diana,
cuya virtud y graçia es sobrehumana.
Qvando esto vuo oydo la hermosa Felismena dixo contra las pastoras Beliza y Selvagia. Bien seguras me paresçe que podemos entrar en este sumptuoso palaçio de yr contra las leyes que aquel letrero nos pone. Sireno se atrauessó, diziendo: esso no pudiera hazer la hermosa Diana según ha ydo contra ellas, y aun contra todas las que el buen amor manda guardar. Feliçia dixo: no te congoxes, pastor, que antes de muchos dias te espantarás de auerte congoxado tanto por essa causa. Y trauados de las manos, se entraron en el aposento de la sábia Feliçia que muy ricamente estaua adereçado de paños de oro y seda de grandissimo ualor. Y luego que fueron entradas, la çena se aparejó, las mesas fueron puestas, y cada uno por su orden se sentaron junto a la gran sábia pastora. Felismena y las Nimphas tomaron entre sí a los pastores y pastoras: cuya conuersaçion les era en extremo agradable. Alli las ricas mesas eran de fino çedro, y los assientos de marfil, con paños de brocado; muchas taças y copas hechas de diuersas formas y todas de grandissimo preçio, las unas de uidrio artifiçiosamente labrado, otras de fino cristal, con los pies y asas de oro: otras de plata, y entre ellas engastadas piedras preçiosas de grandissimo ualor. Fueron seruidos de tanta diuersidad y abundançia de manjares, que es impossible podello dezir. Despues de alçadas las mesas entraron tres Nhimphas por la sala, una de las quales tañia un laud, otra una harpa, y la otra un salterio. Venian todas tocando sus instrumentos, con tan grande conçierto y melodia, que los presentes estauan como fuera de sí. Pusieronse a una parte de la sala, y los pastores y pastoras, importunados de las tres Nimphas, y rogados de la sábia Feliçia, se pusieron a la otra parte con sus rabeles y una çampoña, que Seluagia muy dulçemente tañia, y las Nimphas comenzaron a cantar esta cançion, y los pastores a respondelles de la manera que oyreys.
Nimphas.
Amor y fortuna,
autores de trabajo y sin razones,
más altas que la luna,
pornan las affiçiones,
y en esse mismo extremo la passiones.
Pastores.
No es menos desdichado
aquel que jamas tuuo mal de amores,
que el más enamorado,
faltandole favores,
pues los que sufren más, son los mejores.
Nimphas.
Si el mal de amor no fuera,
contrario a la razon, como lo uemos,
quiça que os lo creyera;
mas uiendo sus extremos
dichosa las que dél huyr podemos.
Pastores.
Lo más dificultoso
cometen las personas animosas,
y lo que está dudoso,
las fuerças generosas,
que no es honra acabar pequeñas cosas.
Nimphas.
Bien uee el enamorado,
que el crudo amor no está en cometimientos,
no en animo esforçado;
está en unos tormentos,
do los que penan más son más contentos.
Pastores.
Si algun contentamiento
del graue mal de amor se nos recresçe,
no es malo el pensamiento
que a su passion se ofresce,
mas antes es mejor quien más padesce.
Nimphas.
El más feliçe estado,
en que pone el amor al que bien ama,
en fin trae vn cuydado,
que al seruidor, o dama
ençiende allá en secreto uiua llama.
Y el más fauoreçido,
en un momento no es el que solia;
que el disfauor, y oluido,
el qual ya no temia
silençio ponen luego en su alegria.
Pastores.
Caer de un buen estado,
es una graue pena y importuna,
mas no es amor culpado,
la culpa es de fortuna,
que no sabe exçeptar persona alguna.
Si amor promete uida,
injusta es esta muerte en que nos mete:
si muerte conosçida,
ningun yerro comete,
que en fin nos uiene a dar lo que promete.
Nimphas.
Al fiero amor disculpan
los que se hallan dél más sojuzgados,
y a los esentos culpan,
mas destos dos estados
qualquiera escogera al de los culpados.
Pastores.
El libre y el captiuo
hablar solo un lenguaje es escusado,
uereys que el muerto, el biuo,
amado, o desamado,
cada uno habla (en fin) segun su estado.
La sábia Feliçia, y la pastora Felismena, estuuieron muy atentas a la musica de las Nimphas y pastores, y ansi mismo a las opiniones que cada uno mostraua tener, y riendose Feliçia contra Felismena, le dixo al oydo. ¿Quién creera, hermosa pastora, que las más destas palabras no os an tocado en el alma? Y ella con mucha le respondió: han sido las palabras tales, que al alma a quien no tocaren, no deue estar tan tocada de amor, como la mia. Feliçia entonçes (alçando un poco la boz) le dixo: En estos cassos de amor tengo yo una regla, que siempre la he hallado muy uerdadera, y es, que el animo generoso, el entendimiento delicado, en esto del querer bien lleua grandissima uentaja, al que no lo es. Porque como el amor sea uirtud, y la uirtud siempre haga assiento en el mejor lugar, está claro, que las personas de suerte serán muy mejor enamoradas, que aquellas a quien esta falte. Los pastores y pastoras, se sintieron de lo que Feliçia dixo, y a Syluano le paresçio no dexalla sin respuesta y assi le dixo: ¿En qué consiste, señora, ser el animo generosa y el entendimiento delicado? Feliçia (que entendio a donde tiraua la pregunta del pastor) por no descontentarle respondio: no está en otra cosa sino en la propria uirtud del hombre, como es en tener el juyzio viuo, el pensamiento inclinado a cosas altas, y otras uirtudes que nasçen con ellos mismos. Satisfecho estoy (dixo Syluano) y tambien lo deuen estar estos pastores, porque imaginauamos que tomauas (o discreta Feliçia) el ualor y uirtud de más atras de la persona misma, digolo porque asaz desfauorescido de los bienes de naturaleza está el que los va a buscar en sus passados. Todas las pastoras y pastores mostraron gran contentamiento de lo que Syluano auia respondido: y las Nymphas se rieron mucho, de cómo los pastores se yuan corriendo de la proposiçion de la sábia Feliçia, la qual tomando a Felismena por la mano, la metio en vna camara sola, adonde era su aposento. Y despues de hauer passado con ella muchas cosas, le dio grandissima esperança de conseguir su desseo, y el virtuoso fin de sus amores, con alcançar por marido a don Felis. Aunque tambien le dixo, que esto no podia ser sin primero passar por algunos trabajos, los quales la dama tenia muy en poco, viendo el galardon que dellos esperaua. Feliçia le dixo que los vestidos de pastora se quitasse por entonçes, hasta que fuesse tiempo deboluer a ellos; y llamando a las tres Nimphas que en su compañia auian venido, hizo que la vistiessen en su trage natural. No fueron las Nimphas perezosas en hazello, ni Felismena desobediente a lo que Feliçia le mandó. Y tomandose de las manos, se entraron en vna recamara, a vna parte de la qual estaua vna puerta, y abriendo la hermosa Dorida, baxaron por vna escalera de alabastro, a vna hermosa sala, que en medio della auia vn estanque de vna clarissima agua, adonde todas aquellas Nimphas se bañauan. Y desnudandose assi ellas como Felismena se bañaron; y peinaron despues sus hermosos cabellos, y se subieron a la recamara de la sábia Feliçia, adonde despues de auerse vestido las Nimphas, vistieron ellas mismas a Felismena, vna ropa, y basquiña de fina grana: recamada de oro de cañutillo y aljofar, y vna cuera, y mangas de tela de plata emprensada: en la basquiña y ropa, auia sembrados a trechos vnos plumages de oro, en las puntas de los quales auia muy gruessas perlas. Y tomandole los cabellos con vna çinta encarnada, se los reboluieron a la cabeça, poniendole un escofion de redezilla de oro muy subtil y en cada lazo de la red assentado con gran artifiçio vn finissimo rubí, en dos guedellas de cabellos, que los lados de la cristalina frente adornauan, le fueron puestos dos joyeles, engastados en ellos muy hermosas esmeraldas y zafires de grandissimo preçio. Y de cada vno colgauan tres perlas orientales, hechas a manera de vellotas. Las arracadas eran dos nauezillas de esmeraldas, con todas las xarçias de cristal. Al cuello le pusieron un collar de oro fino, hecho a manera de culebra enroscada, que de la boca tenía colgada una aguila, que entre las vñas tenía un rubí grande de infinito preçio. Quando las tres Nimphas de aquella suerte la uieron, quedaron admiradas de su hermosura, luego salieron con ella a la sala, donde las otras Nimphas y pastores estauan, y como hasta entonçes fuesse tenida por pastora, quedaron tan admirados, que no sabian qué dezir. La sábia Feliçia mandó luego a sus Nimphas, que lleuasen a la hermosa Felismena y a su compañia, a uer la casa y templo adonde estauan, lo qual fue luego puesto por obra, y la sábia Feliçia se quedó en su aposento. Pues tomando Polidora y Cinthia, en medio a Felismena, y las otras Nimphas a los pastores y pastoras, que por su discreçion eran dellas muy estimados se salieron en un gran patio: cuyos arcos y columnas eran de marmol jaspeado, y las basas y chapiteles de alabastro, con muchos follages a la romana dorados en algunas partes, todas las paredes eran labradas de obra mosayca: las columnas estaban assentadas sobre Leones, Orças, Tigres de arambre, y tan al biuo, que parescia, que querian arremeter a los que alli entrauan: En medio del patio auia un padron ochauado de bronzo, tan alto como diez codos, ençima del qual estaua armado de todas armas a la manera antigua, el fiero Marte, a quien los gentiles llamauan el dios de las batallas. En este padron con gran artifiçio estauan figurados los superbos esquadrones romanos a una parte y a otra los Cartagineses, delante el vno estaua el brauo Hanibal, y del otro el valeroso Sçipion Africano, que primero que la edad y los años le acompañassen, naturaleza mostró en él gran exemplo de uirtud, y esfuerço. A la otra parte, estaua el gran Marco Furio Camillo conbatiendo en el alto Capitolio por poner en libertad a la patria, de donde él hauia sido desterrado. Alli estaua Horaçio, Muçio Sceuola, el venturoso Consul Marco Varron, César, Pompeyo, con el magno Alexandro, y todos aquellos que por las armas acabaron grandes hechos, con letreros en que se declarauan sus nombres, y las cosas en que cada vno más se auia señalado. Un poco más arriba destos estaua vn cauallero armado de todas armas, con vna espada desnuda en la mano, muchas cabeças de moros debaxo de sus pies, con vn letrero que dezia:
Soy el Cid honra de España,
si alguno pudo ser más,
en mis obras lo veras.
Al otra parte, estaua otro cauallero Español, armado de la misma manera, alçada la sobre vista y con este letrero:
El conde fuy primero de Castilla,
Fernan Gonzalez, alto y señalado,
soy honra y prez de la española silla
pues con mis hechos tanto la he ensalçado.
Mi gran virtud sabra muy bien dezilla
la fama que la vio, pues ha juzgado
mis altos hechos, dignos de memoria,
como os dira la Castellana historia.
Junto á este estaua otro cauallero de gran disposiçion y esfuerços, segun en su aspecto lo mostraua, armado en blanco, y por las armas sembrados muchos Leones y Castillos, en el rostro mostraua una çierta braueza, que casi ponia pauor en los que lo mirauan, y el letrero dezia ansi:
Bernardo del Carpio soy,
espanto de los paganos,
honra y prez de los christianos,
pues que de mi esfuerço doy
tal exemplo con mis manos:
fama, no es bien que las calles
mis hazañas singulares,
y si acaso las callares,
pregunten a Ronçesualles,
qué fue de los doze pares.
A la otra parte estava vn valeroso capitan, armado de vnas armas doradas, con seys vandas sangrientas por en medio del escudo, y por otra parte muchas vanderas, y vn rey preso con vna cadena, cuyo letrero dezia desta manera:
Mis grandes hechos veran
los que no los han sabido
en que solo he meresçido,
nombre de gran capitan,
y tuue tan gran renombre
en nuestras tierras y extrañas,
que se tienen mis hazañas
por mayores que mi nombre.
Iunto a este valeroso capitan, estaua vn cauallero armado en blanco, y por las armas sembradas muchas estrellas, y de la otra parte vn Rey con tres flordelises en su escudo, delante del qual él rasgaua ciertos papeles y vn letrero que dezia:
Soy Fonseca cuya historia
en Europa es tan sabida,
que aunque se acabó la uida,
no se acaba la memoria.
Fuy seruidor de my Rey,
a mi patria tuue amor,
jamas dexé por temor
de guardar aquella ley,
que el sieruo deue al señor.
En otro quadro del padron, estaua vn cauallero armado, y por las armas sembrados mucho escudos pequeños de oro, el qual en el ualor de su persona daua bien a entender el alta sangre de a do proçedia: los ojos puestos en otros muchos caualleros de su antiguo linaje, el letrero que a sus pies tenía dezia desta manera:
Don Luys de Vilanoua soy llamado
del gran marques de Trans he proçedido,
mi antiguedad, valor muy señalado,
en Françia, Italia, España es conosçido,
Bicorbe antigua casa es el estado,
que la fortuna aora ha conçedido
a un corazon tan alto, y sin segundo,
que poco es para él mandar el mundo.
Despues de auer particularmente mirado el padron, estos y otros muchos caualleros, que en él estauan esculpidos, entraron en vna rica sala, lo alto de la qual era todo de marfil, marauillosamente labrado: las paredes de alabastro, y en ellas esculpidas muchas historias antiguas, tan al natural, que verdaderamente paresçia que Lucreçia acabaua alli de darse la muerte, y que la cautelosa Medea deshazia su tela en la isla de Ithaca, y que la ilustre Romana se entregaua a la parca, por no ofender su honestidad, con la vista del horrible monstruo, y que la muger de Mauseolo estaua con grandissima agonia, entendiendo en que el sepulchro de su marido fuesse contado por vna de las siete marauillas del mundo. Y otras muchas historias y exemplos de mugeres castissimas, y dignas de ser su fama por todo el mundo esparzida, porque no tan solamente a alguna dellas paresçia auer con su uida dado muy claro exemplo de castidad, mas otras que con la muerte dieron muy grande testimonio de su limpieza: entre las quales estaua la grande española Coronel, que quiso mas entregarse al fuego, que dexarse vençer de un deshonesto apetito. Después de auer visto cada vna las figuras, y uarias historias, que por las paredes de la sala estauan, entraron en otra quadra más adentro, que segun su riqueza les paresçio que todo lo que auian visto era ayre en su comparaçion: porque todas las paredes eran cubiertas de oro fino, y el pauimiento de piedras preçiosas, entorno de la rica quadra estauan muchas figuras de damas españolas, y de otras naçiones, y en lo muy alto la diosa Diana, de la misma estatura que ella era, hecha de metal Corinthio, con ropas de caçadora, engastadas por ellas muchas piedras y perlas de grandissimo valor, con su arco en la mano, e su aljaua al cuello, rodeada de Nimphas más hermosas que el sol. En tan grande admiraçion puso a los pastores y pastoras, las cosas que alli veyan, que no sabian qué dezir: porque la riqueza de la casa era tan grande, las figuras que alli estauan tan naturales, el artifiçio de la quadra, y la orden que las damas que alli auia retratadas tenian, que no les paresçia poderse imaginar en el mundo cosa más perfecta. A una parte de la quadra estauan quatro laureles de oro esmaltados de uerde, tan naturales que los del campo no lo eran mas: y junto a ellos una pequeña fuente toda de fina plata: en medio de la qual estaua una Nimpha de oro, que por los hermosos pechos, vna agua muy clara echaua, y junto a la fuente sentado el çelebrado Orpheo, encantado de la edad que era al tiempo que su Euridiçe fué del importuno Aristeo requerida: tenía vestida vna cuera de tela de plata guarnesçida de perlas, las mangas le llegauan a medio braço solamente, y de alli adelante desnudos; tenia vnas calças hechas a la antigua, cortadas en la rodilla de tela de plata, sembradas en ellas vnas çitharas de oro, los cabellos eran largos y muy dorados sobre los quales tenía una muy hermosa guirnalda de laurel. En llegando a él las hermosas Nimphas, comenzó a tañer en una harpa que en las manos tenía, muy dulçemente, de manera que los que lo oyan, estauan tan agenos de si, que a nadie se le acordaua de cosa que por el uuiesse passado. Felismena se sento en un estrado, que en la hermosa quadra estaua todo cubierto de paños de brocado, y las Nimphas y pastoras entorno della, los pastores se arrimaron a la clara fuente. De la misma manera estauan todos oyendo al çelebrado Orpheo, que al tiempo que en la tierra de los Ciconios cantaua, quando Cipariso fue conuertido en Cipres y Atis en Pino. Luego començo el enamorado Orpheo al son de su harpa a cantar dulçemente, que no hay sabello dezir. Y boluiendo el rostro a la hermosa Felismena, dio prinçipio a los uersos siguientes:
CANTO DE ORPHEO
Escucha, o Felismena, el dulçe canto
de Orpheo, cuyo amor tan alto ha sido:
suspende tu dolor, Seluagia, en tanto
que canta tu amador de amor vençido;
oluida ya, Belisa, el triste llanto,
oyd a un triste (o Nimphas) que ha perdido
sus ojos por mirar, y vos pastores
dexad un poco estar el mal de amores.
No quiero yo cantar, ni Dios lo quiera,
aquel proçesso largo de mis males,
ni quando yo cantaua de manera,
que a mi traya las plantas y animales:
ni quando a Pluton ui, que no deuiera,
y suspendi las penas infernales,
ni como bolui el rostro á mi señora,
cuyo tormento aun biue hasta agora.
Mas cantaré con boz suaue y pura,
la grande perfeçion, la graçia estraña,
el ser, valor, beldad sobre natura,
de las que oy dan valor illustre a España:
mirad pues, Nimphas, ya la hermosura
de nuestra gran Diana y su compaña;
que alli está el fin, alli vereys la suma
de lo que contar puede lengua y pluma.
Los ojos leuantad, mirando aquella
que en la suprema silla está sentada,
el sçeptro, y la corona junto a ella,
y de otra parte la fortuna ayrada:
esta es la luz de España, y clara estrella,
con cuya absençia está tan eclipsada:
su nombre (o Nimphas) es doña Maria
gran Reyna, de Bohemia, de Austria Vngria.
La otra junta a ella es doña Ioana,
de Portugal Prinçesa, y de Castilla
infanta, a quien quitó fortuna insana,
el seçptro, la corona, y alta silla,
y a quien la muerte fue tan inhumana,
que aun ella assi se espanta y marauilla,
de ver quan presto ensagrento sus manos
en quien fue espejo y luz de Lusitanos.
Mirad, Nimphas, la gran doña Maria,
de Portugal infanta soberana,
cuya hermosura y graçia sube oy dia
a do llegar no puede vista humana:
mirad que aunque fortuna alli porfia
la vence el gran valor que della mana,
y no son parte el hado, tiempo, y muerte,
para vençer su grand bondad y suerte.
Aquellas dos que tiene alli a su lado,
y el resplandor del sol han suspendido,
las mangas de oro, sayas de brocado,
de perlas y esmeraldas guarnesçido:
cabellos de oro fino, crespo ondado,
sobre los hombros suelto y esparzido,
son hijas del infante Lusitano,
Duarte valeroso y gran Christiano.
Aquellas dos Duquesas señaladas
por luz de hermosura en nuestra España,
que alli veys tan al biuo debuxadas
con vna perfeçion, y graçia estraña,
de Najara y de Sessa son llamadas,
de quien la gran Diana se acompaña,
por su bondad, valor y hermosura,
saber, y discreçion sobre natura.
¿Ueys vn valor, no vista en otra alguna,
ueys vna perfeçion jamas oyda,
ueys una discreçion, qual fue ninguna,
de hermosura y graçia guarnescida?
¿ueys la que está domando a la fortuna
y a su pesar la tiene alli rendida?
la gran doña Leonor Manuel se llama,
de Lusitania luz que al orbe inflama.
Doña Luisa Carrillo, que en España
la sangre de Mendoça ha esclareçido:
de cuya hermosura y graçia extraña,
el mismo amor, de amor está uençido,
es la que a nuestra Dea ansi acompaña
que de la uista nunca la ha perdido:
de honestas y hermosas claro exemplo,
espejo y clara luz de nuestro templo.
¿Ueys una perfeçion tan acabada
de quien la misma fama está embidiosa?
¿ueys una hermosura más fundada
en graçia y discreçion que en otra cosa,
que con razon obliga a ser amada
porque es lo menos de ella el ser hermosa?
es doña Eufrasia de Guzman su nombre,
digna de inmortal fama y gran renombre.
Aquella hermosura peregrina
no uista en otra alguna sino en ella,
que a qualquier seso apremia y desatina,
y no hay poder de amor que apremie el della,
de carmesí uestida y muy más fina
de su rostro el color que no el de aquella,
doña Maria de Aragon se llama,
en quien se ocupará de oy más la fama.
¿Sabeys quién es aquella que señala
Diana, y nos la muestra con la mano,
que en graçia y discreçion a ella yguala,
y sobrepuja a todo ingenio humano,
y aun ygualarla en arte, en ser y en gala,
sería (segun es) trabajo en uano?
doña Ysabel Manrique y de Padilla,
que al fiero Marte uenze y marauilla.
Doña Maria Manuel y doña Ioana
Osorio, son las dos que estays mirando
cuya hermosura y graçia sobre humana,
al mismo Amor de amor está matando:
y esta nuestra gran Dea muy vfana,
de ueer a tales dos de nuestro uando,
loallas, segun son es escusado:
la fama y la razon ternan cuydado.
Aquellas dos hermanas tan nombradas
cada una es una sola y sin segundo,
su hermosura y graçias extremadas,
son oy en dia un sol que alumbra el mundo,
al biuo me paresçen trasladadas,
de la que a buscar fuy hasta el profundo:
doña Beatriz Sarmiento y Castro es una
con la hermosa hermana qual ninguna.
El claro sol que ueys resplandeçiendo
y acá, y allá sus rayos ya mostrando,
la que del mal de amor se está riendo,
del arco, aljaua y flechas no curando,
cuyo diurno rostro está diziendo,
muy más que yo sabré dezir loando,
doña Ioana es de Çarate, en quien vemos
de hermosura y graçia los extremos.
Doña Anna Osorio y Castro está cabe ella
de gran valor y graçia acompañada,
ni dexa entre las bellas de ser bella,
ni en toda perfeçion muy señalada,
mas su infelize hado vsó con ella
de una crueldad no vista ni pensada,
porque al ualor, linaje y hermosura
no fuesse ygual la suerte, y la uentura.
Aquella hermosura guarnecida
de honestidad, y graçia sobre humana,
que con razon y causa fue escogida
por honra y prez del templo de Diana,
contino uençedora, y no uençida
su nombre (o Nimphas) es doña Iuliana,
de aquel gran Duque nieta y Condestable,
de quien yo callaré, la fama hable[1256].
Mirad de la otra parte la hermosura
de las illustres damas de Valençia,
a quien mi pluma ya de oy mas procura
perpetuar su fama y su excelençia:
aqui, fuente Helicona, el agua pura
otorga, y tú, Minerua, enpresta sçiençia,
para saber dezir quién son aquellas
que no hay cosa que ver despues de vellas.
Las cuatro estrellas ved resplandesçientes
de quien la fama tal ualor pregona
de tres insignes reynos desçendientes,
y de la antigua casa de Cardona,
de la vna parte Duques exçelentes,
de otra el trono, el sçeptro, y la corona,
del de Segorbe hijas, cuya fama
del Borea al Austro, al Euro se derrama.
La luz del orbe con la flor de España,
el fin de la beldad y hermosura,
el coraçon real que le acompaña,
el ser, valor, bondad sobre natura,
aquel mirar que en verlo desengaña,
de no poder llegar alli criatura:
doña Anna de Aragon se nombra y llama,
a do por el amor, cansó la fama.
Doña Beatrix su hermana junto della
vereys, si tanta luz podeys miralla:
quien no podré alabar, es sola ella,
pues no ay podello hazer, sin agrauialla:
a aquel pintor que tanto hizo en ella,
le queda el cargo de poder loalla,
que a do no llega entendimiento humano
llegar mi flaco ingenio, es muy en vano.
Doña Françisca d'Aragon quisiera
mostraros, pero siempre está escondida:
su vista soberana es de manera,
que a nadie que la vee dexa con vida:
por esso no paresçe. ¡Oh quién pudiera
mostraros esta luz, que al mundo oluida,
porque el pintor que tanto hizo en ella,
los passos le atajó de meresçella.
A doña Madalena estays mirando
hermana de las tres que os he mostrado,
miralda bien, uereys que está robando
a quien la mira, y biue descuydado:
su grande hermosura amenazando
está, y el fiero amor el arco armado,
porque no pueda nadie, ni aun miralla,
que no le rinda o mate sin batalla.
Aquellos dos luzeros que a porfia
acá, y allá sus rayos uan mostrando,
y a la exçelente casa de Gandia,
por tan insigne y alta señalando,
su hermosura y suerte sube oy dia
muy más que nadie sube imaginando:
¿quién uee tal Margareta y Madalena,
que tema del amor la horrible pena?
Quereys, hermosas Nimphas, uer la cosa,
que el seso más admira y desatina?
mirá una Nimplia más que el sol hermosa,
pues quién es ella, o él jamas se atina:
el nombre desta fenix tán famosa,
es en Valençia doña Cathalina
Milan, y en todo el mundo es oy llamada
la más discreta, hermosa y señalada.
Alçad los ojos, y vereis de frente
del caudaloso rio y su ribera,
peynando sus cabellos, la exçelente
doña Maria Pexon y Çanoguera
cuya hermosura y gracia es euidente,
y en discreçion la prima y la primera:
mirad los ojos, rostro cristallino,
y aquí puede hazer fin uuestro camino.
Las dos mirad que están sobrepujando,
a toda discreçion y entendimiento,
y entre las más hermosas señalando
se uan, por solo vn par, sin par ni cuento,
los ojos que las miran sojuzgando:
pues nadie las miró que biua essento:
¡ued qué dira quien alabar promete
las dos Beatrizes, Vique y Fenollete!
Al tiempo que se puso alli Diana,
con su diuino rostro y excelente
salió un luzero, luego una mañana
de Mayo muy serena y refulgente:
sus ojos matan y su uista sana,
despunta alli el amor su flecha ardiente,
su hermosura hable, y testifique
ser sola y sin ygual doña Anna Vique.
Bolued, Nimphas, uereys doña Teodora
Carroz, que del valor y hermosura
la haze el tiempo reyna y gran señora
de toda discreçion y graçia pura:
qualquiera cosa suya os enamora,
ninguna cosa nuestra os assegura,
para tomar tan grande atreuimiento,
como es poner en ella el pensamiento.
Doña Angela de Borja contemplando
uereys que está (pastores) en Diana,
y en ella la gran dea está mirando
la graçia y hermosura soberana:
Cupido alli a sus pies está llorando,
y la hermosa Nimpha muy ufana,
en uer delante della estar rendido
aquel tyrano fuerte y tan temido.
De aquella illustre cepa Çanoguera,
salio una flor tan extremada y pura,
que siendo de su edad la primauera,
ninguna se le yguala en hermosura:
de su excelente madre es heredera,
en todo quanto pudo dar natura,
y assi doña Hieronyma ha llegado
en graçia y disceçion al sumo grado.
¿Quereys quedar (o Nimphas) admiradas,
y uer lo que a ninguna dió uentura:
quereys al puro extremo uer llegados
ualor, saber, bondad y hermosura?
mirad doña Veronica Marradas,
pues solo uerla os dize y assegura
que todo sobra, y nada falta en ella,
sino es quien pueda (o piense) meresçella.
Doña Luysa Penarroja uemos
en hermosura y graçia más que humana,
en toda cosa llega los estremos,
y a toda hermosura uençe y gana:
no quiere el crudo amor que la miremos
y quien la uió, si no la uee, no sana:
aunque despues de uista el crudo fuego
en su vigor y fuerça buelue luego.
Ya ueo, Nimphas, que mirays aquella
en quien estoy continuo contemplando,
los ojos se os yran por fuerça a ella,
que aun los del mismo amor está robando:
mirad la hermosura que ay en ella,
mas ued que no çegueys quiçá mirando
a doña Ioana de Cardona, estrella
que el mismo amor está rendido a ella.
Aquella hermosura no pensada
que ueys, si uerla cabe en nuestro uaso:
aquella cuya suerte fue estremada
pues no teme fortuna, tiempo o caso,
aquella discreçion tan leuantada,
aquella que es mi musa y mi parnaso:
Ioanna Anna, es Catalana, fin y cabo
de lo que en todas por estremo alabo.
Cabe ella está un estremo no uicioso,
mas en uirtud muy alto y estremado,
disposiçion gentil, rostro hermoso,
cabellos de oro, y cuello delicado,
mirar que alegra, mouimiento ayroso,
juyzio claro y nombre señalado,
doña Angela Fernando, aquien natura
conforme al nombre dio la hermosura.
Vereys cabe ella doña Mariana,
que de ygualalle nadie está segura;
miralda junto a la exçelente hermana,
uereys en poca edad gran hermosura,
uereys con ella nuestra edad ufana,
uereys en pocos años gran cordura,
uereys que son las dos el cabo y summa
de quanto dezir puede lengua y pluma.
Las dos hermanas Borjas escogidas,
Hippolita, Ysabel, que estays mirando,
de graçia y perfeçion tan guarnesçidas,
que al sol su resplandor está çegando,
miraldas y uereys de quantas uidas
su hermosura siempre ua triumphando:
mirá los ojos, rostro, y los cabellos,
que el oro queda atras y passan ellos.
Mirad doña Maria Çanoguera,
la qual de Catarroja es oy señora,
cuya hermosura y graçia es de manera,
que a toda cosa uençe y la enamora:
su fama resplandeçe por do quiera
y su uirtud la ensalça cada hora,
pues no ay qué dessear despues de uella,
¿quién la podrá loar sin offendella?
Doña Ysabel de Borja está defrente
y al fin y perfeçion de toda cosa,
mira la graçia, el ser, y la exçelente
color más biua que purpurea rosa,
mirad que es de uirtud y graçia fuente,
y nuestro siglo illustre en toda cosa:
al cabo está de todas su figura,
por cabo y fin de graçia y hermosura.
La que esparzidos tiene sus cabellos
con hilo de oro fino atras tomados,
y aquel diuino rostro, que él y ellos
a tantos coraçones trae domados,
el cuello de marfil, los ojos bellos,
honestos, baxos, uerdes, y rasgados,
doña Ioana Milan por nombre tiene,
en quien la uista pára y se mantiene,
Aquella que alli ueys, en quien natura
mostró su sçiençia ser marauillosa,
pues no ay pasar de alli en hermosura,
no ay más que dessear a una hermosa:
cuyo ualor, saber, y gran cordura
leuantarán su fama en toda cosa,
doña Mençia se nombra Fenollete,
a quien se rinde amor y se somete.
La cançion del çelebrado Orpheo, fue tan agradable a los oydos de Felismena, y de todos los que la oyan, que assi los tenia suspensos, como si por ninguno de ellos uuiera passado más de lo que presente tenian. Pues auiendo muy particularmente mirado el rico aposento, con todas las cosas que en él auia que uer, salieron las Nymphas por una puerta de la gran sala, y por otra de la sala a un hermoso jardin, cuya uista no menos admiraçion les causó que lo que hasta alli auian uisto, entre cuyos arboles y hermosas flores auia muchos sepulchros de nimphas y damas, las quales auian con gran limpieça conseruado la castidad deuida a la castissima diosa. Estauan todos los sepulchros coronados de enredosa yedra, otros de olorosos arrayhanes, otros de uerde laurel. De más desto auia en el hermoso jardin muchas fuentes de alabastro, otras de marmol jaspeado, y de metal, debaxo de parrales, que por ençima de artifiçiosos arcos estendian todas sus ramas, los myrthos hazian cuatro paredes almenadas, y por ençima de las almenas, paresçian muchas flores de jazmin, madreselua, y otras muy apazibles a la uista. En medio del jardin estaua una piedra negra, sobre quatro pilares de metal, y en medio de ella un sepulchro de jaspe, que quatro Nimphas de alabastro en las manos sostenian, entorno dél estauan muchos blandones, y candeleros de fina plata, muy bien labrados, y en ellos hachas blancas ardiendo. En torno de la capilla auia algunos bultos de caualleros, otros de marmol jaspeado, y de otras diferentes materias. Mostrauan estas figuras tan gran tristeza en el rostro, que la pusieron en el coraçon de la hermosa Felismena, y de todos los que el sepulchro veyan. Pues mirandolo muy particularmente, vieron que a los pies dél, en una tabla de metal que una muerte tenía en las manos, estaua este letrero:
Aqui reposa doña Catalina
de Aragon y Sarmiento cuya fama,
al alto çielo llega, y se auezina,
y desde el Borea al Austro se derrama:
matéla, siendo muerte, tan ayna,
por muchos que ella ha muerto, siendo dama,
acá está el cuerpo, el alma allá en el çielo,
que no la meresçio gozar el suelo.
Despues de leydo el Epigramma, vieron cómo en lo alto del sepulchro estaua vna aguda de marmol negro, con vna tabla de oro en las vñas, y en ella estos uersos.
Qual quedaria (o muerte) el alto çielo
sin el dorado Apollo y su Diana
sin hombre, ni animal el baxo suelo,
sin norte el marinero en mar insana,
sin flor, ni yerua el campo y sin consuelo,
sin el roçio d'aljofar la mañana,
assi quedó el ualor, la hermosura,
sin la que yaze en esta sepultura.
Quando estos dos letreros vuieron leydo, y Belisa entendido por ellos quién era la hermosa Nimpha que alli estaua sepultada, y lo mucho que nuestra España auia perdido en perdella, acordandosele de la temprana muerte del su Arsileo, no pudo dexar de dezir con muchas lagrimas: Ay muerte, quán fuera estoy de pensar, que me as de consolar con males agenos! Dueleme en estremo lo poco que se gozó tan gran ualor y hermosura como esta Nimpha me dizien que tenía, porque ni estaua presa de amor, ni nadie meresçio que ella lo estuuiesse. Que si otra cossa entendiera, por tan dichosa la tuuiera yo en morirse, como a mí por desdichada en uer, o cruda muerte, quan poco caso hazes de mi: pues lleuandome todo mi bien, me dexas, no para más, que para sentir esta falta. O mi Arsileo, o disçreçion jamás oyda, o el más claro ingenio que naturaleza pudo dar. ¿Qué ojos pudieron uerte, qué animo pudo suffrir tu desastrado fin? O Arsenio, Arsenio, Arsenio quan poco pudiste suffrir la muerte del desastrado hijo, teniendo más ocasion de suffrirla que yo? ¿Por qué (cruel Arsenio) no quesiste que yo partiçipasse de dos muertes, que por estoruar la que menos me dolia, diera yo çien mil vidas, si tantas tuuiera? A Dios, bienauenturada Nimpha, lustre y honrra de la real casa de Aragon, Dios dé gloria a tu anima, y saque la mia de entre tantas desuenturas. Despues Belisa vuo dicho estas palabras, y despues de auer uisto otras muchas sepulturas, muy riquissimamente labradas, salieron por una puerta falsa que en el jardin estaua, al verde prado: adonde hallaron a la sabia Feliçia, que sola se andaua recreando: la qual los reçibio con muy buen semblante. Y en quanto se hazia hora de çenar, se fueron a vna gran alameda, que çerca de alli estaua, lugar donde las Nimphas del sumptuoso templo, algunos dias salian a recrearse. Y sentados en un pradezillo, çercado de uerdes salzes, començaron a hablar vnos con otros: cada vno en la cosa que más contento le daua. La sábia Feliçia llamó junto a si al pastor Sireno, y a Felismena. La Nimpha Dorida, se puso con Syluano hazia vna parte del verde prado, y las dos pastoras, Seluagia, y Belisa, con las más[1257] hermosas Nimphas, Cinthia y Polydora, se apartaron haçia otra parte: de manera que aunque no estauan vnos muy lexos de los otros, podian muy bien hablar, sin que estoruasse vno lo que el otro dezia. Pues queriendo Sireno, que la platica, y conuersaçion se conformasse con el tiempo y lugar, y tambien con la persona a quien hablaua, començo a hablar desta manera: No me paresçe fuera de proposito, señora Feliçia, preguntar yo una cosa que jamás pude llegar al cabo del conosçimiento della: y es esta: Affirman todos los que algo entienden, que el uerdadero amor nasçe de la razon: y si esto es ansi, quál es la causa porque no hay cosa mas desenfrenada en el mundo, ni que menos se dexe gouernar por ella? Feliçia le respondió: Assi como essa pregunta es más que de pastor: assi era neçessario que fuesse más que muger la que a ella respondiesse, mas con lo poco que yo alcanço, no me paresçe que porque el amor tenga por madre a la razon, se ha de pensar que él se limite, ni gouierne por ella. Antes has de presuponer, que despues que la razon del conosçimiento lo ha engendrado las menos uezes quiere que lo[1258] gouierne. Y es de tal manera desenfrenado, que las más de las ueces uiene en daño y perjuyzio del amante, pues por la mayor parte, los que bien aman, se uienen a desamar a si mismos, que es contra razon, y derecho de naturaleza. Y esta es la causa, porque le pintan çiego, y falto de toda razon. Y como su madre Venus tiene los ojos hermosos, ansi él dessea siempre lo más hermoso. Pintanlo desnudo, porque el buen amor, ni puede dissimularse con la razon, ni encubrirse con la prudençia. Pintanle con alas, porque ueloçissimamente entra en el anima del amante: y quanto más perfecto es, con tanto mayor ueloçidad y enagenamiento de si mismo, va a buscar la persona amada: por lo qual dezia Euripides, que el amante biuia en el cuerpo del amado. Pintanlo ansi mismo flechando su arco, porque tira derecho al coraçon, como a proprio blanco, y tambien porque la llaga de amor, es como la que haze la saeta, o flecha en la entrada, y profunda en lo intrinseco del que ama. Es esta llaga difficil de uer, mala de curar, y muy tardia en el sanar. De manera, Sireno, que no deue admirarte, aunque el perfecto amor sea hijo de razon, que no se gouierne por ella, porque no hay cosa que despues de nasçida menos corresponda al origen de adonde nasçio. Algunos dizen, que no es otra la differençia entre el amor uiçioso, y el que no lo es, sino que el uno se gouierna por razon, y el otro no se dexa gouernar por ella, y engañanse: porque aquel exçesso, y impetu no es más propio del amor deshonesto, que del honesto: antes es vna propriedad de qualquier genero de amor: saluo que el uno haze la uirtud mayor y en el otro acresçienta mas el uiçio. Quién puede negar que en el amor que uerdaderamente se honesta, no se hallen marauillosos y exçessiuos effectos? Preguntenlo a muchos que por solo el amor de Dios no hizieron cuenta de sus personas, ni estimaron por él perder la uida (aunque sabido el premio que por ello se esperaua, no dauan mucho) pues quántos han procurado consumir sus personas, y acabar sus uidas, inflamados del amor de la uirtud, de alcançar fama gloriosa? Cosa que la razon ordinaria no permite, antes guia qualquiera effecto, de manera que la uida pueda honestamente conseruarse. Pues quántos exemplos te podria yo traer de muchos que por solo el amor de sus amigos, perdieron la uida, y todo lo más que con ella se pierde: Dexemos este amor, boluamos al amor del hombre con la muger. Has de saber, que si el amor que el amador tiene a su dama (aunque inflamado en desenfrenada affiçion) nasçe de la razon, y del uerdadero conosçimiento y juyzio: que por solas sus uirtudes la juyzgue digna de ser amada: que este tal amor (a mi paresçer, y no me engaño) no es illiçito, ni deshonesto, porque todo el amor desta manera, no tira a otro fin, sino a querer la persona por ella misma, sin esperar otro interesse ni galardon de sus amores. Ansi que esto es lo que me paresçe que se puede responder a lo que en este caso me has preguntado. Sireno entonces le respondio: Yo estoy, discreta señora, satisfecho de lo que desseaua entender, y ansi creo que lo estare (segun tu claro juyzio) de todo lo que quisiera saber de ti: aunque otro entendimiento era menester más abundante que el mio, para alcançar lo mucho que tus palabras comprehenden. Syluano, que con Polidora estaua hablando, dezia: Marauillosa cosa es (hermosa Nimpha) ver lo que sufre vn triste coraçon, que a los trançes de amor está subjecto, porque el menor mal que haze, es quitarnos el juyzio, perder la memoria de toda cosa, y henchir la de solo él: buelue ageno de si todo hombre, y proprio de la persona amada. Pues qué hará el desuenturado, que se vee enemigo de plazer, amigo de soledad, lleno de passiones, çercado de temores, turbado de spiritu, martyrizado del seso, sustentado de esperança, fatigado de pensamientos, affligido de molestias, traspassado de çelos, lleno perpetuamente de sospiros, enojos, y agrauios que jamás le faltan? Y lo que más me marauillo es que siendo este amor tan intolerable y estremado en crueldad, no quiera el spiritu apartarse dél ni lo procure: mas antes tenga por enemigo a quien se lo aconseja. Bien está todo (dixo Polidora) pero yo sé muy bien que por la mayor parte los que aman, tienen más de palabras que de passiones. Señal es essa (dixo Syluano) que no las sabes sentir, pues no las puedes creer, y bien paresçe que no has sido tocado deste mal, ni plega a Dios que lo seas: el qual ninguno lo puede creer, ni la calidad, y multitud de los males que dél proçeden, sino el que partiçipa dellos. ¿Cómo que piensas tú (hermosa Nimpha) que hallandose continuamente el amante confusa la razon, occupada la memoria, enagenada la fantasia y el sentido del exçessiuo amor fatigado, quedará la lengua tan libre que pueda fingir pasiones, ni mostrar otra cosa de lo que siente? Pues no te engañes en esso, que yo te digo que es muy al reues de lo que tú lo imaginas. Vesme aqui donde estoy que verdaderamente ninguna cosa ay en mi, que se pueda gouernar por razon, ni aun la podrá auer en quien tan ageno estuuiere de su libertad como yo: porque todas las subiectiones corporales dexan libre (a lo menos) la voluntad, mas la subjection de amor es tal, que la primera cosa que haze, es tomaros possesion della, y quieres tú, pastora, que forme quexas, y finja sospiros, el que desta manera se vee tratado? Bien paresçe en fin que estás libre de amor, como yo poco ha te dezia. Polidora le respondio: yo conozco, Syluano, que los que aman, reçiben muchos trabajos, y affliçiones, todo el tiempo que no alcançan lo que dessean: pero despues de conseguida la cosa desseada, se les buelue en descanso y contentamiento. De manera que todos los males que passan, más proceden del desseo, que de amor que tengan a lo que dessean. Bien paresçe que hablas en mal que no tienes experimentado (dixo Syluano) porque el amor de aquellos amantes cuyas penas çessan despues de auer alcançado lo que dessean, no proçede su amor de la razon, sino de un apetito baxo y deshonesto. Seluagia, Belisa y la hermosa Ciuthia, estauan tratando, quál era la razon, porque en absencia las más de las uezes se resfriaua el amor. Belisa no podia creer que por nadie passasse tan gran deslealtad, diziendo: que pues siendo muerto el su Arsileo, y estando bien segura de no uerle más, le tenía el mismo amor que quando biuia, que ¿cómo era possible, ni se podia suffrir, que nadie oluidasse en absençia los amores, que algun tiempo esperasse ver? La Nimpha Ciuthia le respondio: no podré, Belisa, responderte con tanta sufiçiençia como por uentura la materia lo requeria, por ser cosa que no se puede esperar del ingenio de vna Nimpha como yo. Mas lo que a mi me paresçe es que quando uno se parte de la presençia de quien quiere bien la memoria le queda por ojos: pues solamente con ella uee lo que dessea. Esta memoria tiene cargo de representar al entendimiento lo que contiene en sí, y del entenderse la persona que ama, uiene la uoluntad, que es la terçera potentia del ánima, a engendrar el desseo mediante el qual tiene el ausente pena por uer aquel que quiere bien. De manera que todos estos effectos se deriuan de la memoria, como de una fuente, donde nasçe el prinçipio del desseo. Pues aueys de saber aora, hermosas pastoras, que como la memoria sea una cosa, que cuanto más va, más pierde su fuerça y uigor oluidandose de lo que le entregaron los ojos: ansi tanbien lo pierden las otras potençias, cuyas obras en ella tenian su prinçipio, de la misma manera que a los rios se les acabaria su corriente, si dexassen de manar las fuentes adonde nasçen. Y si como esto se entiende en el que parte se entendiera tambien en el que queda. Y pensar tú, hermosa pastora, que el tiempo no curaria tu mal, si dexasses el remedio dél en manos de la sábia Feliçia, será muy gran engaño: porque ninguno ay, a quien ella no dé remedio, y en el de amores más que en todos los otros. La sábia Feliçia, que aunque estaua algo apartada, oyó lo que Cinthia dixo, le respondio: No seria pequeña crueldad poner yo el remedio, de quien tanto lo ha menester, en manos de medio tan espacioso, como es el tiempo. Que puesto caso que algunas uezes no lo sea, en fin, las enfermedades grandes, si otro remedio no tienen sino el suyo, se an de gastar tan despaçio que primero que se acaben, se acabe la uida de quien las tiene. Y porque mañana pienso entender en lo que toca al remedio de la hermosa Felismena, y de toda su compañia, y los rayos del dorado Apollo paresce que uan ya dando fin a su jornada, será bien que nosotros lo demos a nuestra platica, y nos uamos a mi aposento, que ya la çena pienso que nos está aguardando. Y ansi se fueron en casa de la gran sábia Feliçia, donde hallaron ya las mesas puestas, debaxo de unos uerdes parrales que estauan en un jardin que en la casa auia.[1259] Y acabando de çenar, la sábia Feliçia rogo a Felismena que contasse alguna cosa, ora fuesse hystoria, o algun acresçimiento, que en la prouinçia de Vandalia uuiesse sucçedido. Lo qual Felismena hizo, y con muy gentil graçia començo a contar lo presente:
En tiempo del ualeroso infante don Fernando, que despues fue Rey de Aragon, uuo un cauallero en España llamado Rodrigo de Naruaez: cuya uirtud y esfuerço fue tan grande, que ansi en la guerra, como en la paz alcançó nonbre muy prinçipal entre todos los de su tienpo, y señaladamente se mostró quando el dicho señor infante ganó de poder de los moros la çiudad de Antequera: dando a entender en muchas empresas y hechos de armas que en esta guerra sucçedieron, un animo muy entero, vn coraçon inuençible, y una liberalidad, mediante la qual el buen capitan no solo es estimado de su gente: mas aun la agena haze suya. A cuya causa meresçio que despues de ganada aquella tierra en recompensa (aunque desygual a sus exçelentes hechos) se le dio la alcaydia y defensa della. Y junto a esto, se le dió tambien la de Alora, donde estuuo lo más del tiempo, con çinquenta hidalgos escogidos a sueldo del rey, para defensa y seguridad de la fuerça. Los quales con el buen gouierno de su capitan emprendian muy ualerosas empresas en defençion de la fe christiana, saliendo con mucha honra dellas, y perpetuando su fama con los señalados hechos que en ellos hazian. Pues como sus animos fuessen tan enemigos de la oçiosidad, y el exerçiçio de las armas fuese tan acçepto al coraçon del ualeroso Alcayde, vna noche del uerano, cuya claridad y frescura de un blando viento combidaua a no dexar de gozalla, el Alcayde con nueue de sus caualleros, porque los demas quedassen en guarda de la fuerça armados a punto de guerra, se salieron de Alora, por uer si los moros sus fronteros se descuydauan, y confiados en ser de noche, passauan por algun camino, de los que çerca de la villa estauan. Pues yendo los nueue caualleros y su capitan ualeroso con todo el secreto possible, y con muy gran cuydado de no ser sentidos, llegaron a donde el camino por do yua se repartia en dos, y despues de tener su consejo, acordaron de repartirse çinco por cada uno, con tal orden que si los unos se uiessen en algun aprieto, tocando una corneta, serian socorridos de los otros. Y desta manera el Alcayde, y los quatro dellos echaron a la vna mano, y los otros çinco a la otra, los quales yendo por el camino, hablando en diuersas cosas y desseando cada vno dellos hallar en qué emplear su persona, y señalarse, como cada dia acostunbrauan hazer, oyeron no muy lexos de si vna boz de hombre que suauissimamente cantaua, y de quando en quando daua vn suspiro, que del alma le salia, en el qual daua muy bien a entender que alguna passion enamorada le occupaua el pensamiento. Los caualleros que esto oyeron, se meten entre un arboleda que cerca del camino auia, y como la luna fuesse tan clara que el dia no lo era más, uieron uenir por el camino donde ellos yuan un moro tan gentil hombre y bien tallado, que su persona daua bien a entender que deuia ser de gran linaje y esfuerço: uenia en un gran cauallo ruoçio rodado, uestida una marlota y albornoz de damasco carmesi, con rapaçejos de oro, y las labores dél çercadas de cordonçillos de plata. Traya en la cinta un hermoso alfanje con muchas borlas de seda y oro, en la cabeça una toca Tunezi de seda y algodon listada de oro y rapaçejos de lo mismo, la qual dandole muchas bueltas por la cabeça le seruia de ornamento y defensa de su persona. Traya una adarga en el braço yzquierdo muy grande, y en la derecha mano vna lança de dos hierros. Con tan gentil ayre, y continente uenia el enamorado moro, que no se podia más dessear, y aduertiendo a la cançion que dezia, oyeron que el romançe (aunque en arabigo le dixesse) era este:
En Cartama me he criado,
nasçi en Granada primero,
mas fuy de Alora frontero,
y en Coyn enamorado.
Aunque en Granada nasçi,
y en Cartama me crié,
en Coyn tengo mi fe,
con la libertad que di,
alli biuo adonde muero,
y estoy do está mi cuydado,
y de Alora soy frontero,
y en Coyn enamorado.
Los cinco caualleros que quiça de las passiones enamoradas tenian poca experiençia, o ya que la tuuiessen, tenian más ojo al interesse que tan buena presa les prometia, que a la enamorada cançion del moro, saliendo de la emboscada, dieron con gran impetu sobre él; mas el valiente moro que en semejantes cosas era esperimentado (aunque entonces el amor fuesse señor de sus pensamientos) no dexó de boluer sobre sí con mucho animo, y con la lança en la mano, comiença a escaramuçar con todos los çinco christianos, a los quales muy en breue dió a conosçer que no era menos ualiente que enamorado. Algunos dizen que uinieron a él uno a uno, pero los que han llegado al cabo con la uerdad desta historia, no dizen sino que fueron todos juntos, y es razonable cosa de creer que para prendelle yrian todos, y que quando uiessen que se defendia, se apartarian los quatro. Como quiera que sea, él los puso en tanta neçessidad que derribando los tres, los otros dos cometian con grandissimo animo, y no era menester poco segun el ualiente aduersario que tenían, porque puesto caso que anduuiesse herido en un muslo, aunque no de herida peligrosa, no era su esfuerço de manera que aun las heridas mortales le pudiessen espantar, pues auiendo perdido su lança, puso las piernas al cauallo, haziendo muestra de huyr: los dos caualleros lo seguian, y él buelue a passar entrellos como un rayo, y en llegando a donde estaua uno de los tres quél auia derribado, se dexó colgar del cauallo, y tomando la lança se boluio a endereçar con gran ligereza en la silla. A esta hora, vno de los dos escuderos tocó el cuerno, y él se vino a ellos, y los traya de manera que si aquella hora el ualeroso Alcayde no llegara, lleuaran el camino de los tres compañeros que en el campo estauan tendidos. Pues como el Alcayde llegó, y vido que ualerosamente el moro se combatia tuuolo en mucho, y desseó en extremo prouarse con él, y muy cortesemente le dixo: Por çierto, cauallero, no es vuestra valentia y esfuerço de manera que no se gane mucha honra en uenceros, y si esta la fortuna me otorgasse no ternia mas que pedille: mas aunque sé el peligro a que me pongo con quien tan bien se sabe defender, no dexaré de hazello, pues que ya en el acometello no puede dexar de ganarse mucho. Y diziendo esto, hizo apartar los suyos, poniendose el vençido por premio del uencedor. Apartados que fueron, la escaramuça entre los dos ualientes caualleros se començo. El ualeroso Naruaez desseaua la victoria, porque la valentia del Moro le acresçentaua la gloria que con ella esperaua. El esforçado Moro, no menos que el Alcayde la desseaua, y no con otro fin, sino de conseguir el de su esperança. Y ansi andauan los dos tan ligeros en el herirse y tan osados en acometerse, que si el cansancio passado y la herida que el Moro tenía no se lo estoruara, con dificultad uuiera el Alcayde victoria de aquel hecho. Mas esto, y el no poder menearse su cauallo, muy claramente se la prometian, y no porque en el Moro se conosçiesse punto de couardia, mas como uio que sola esta batalla le yua la vida, la qual él trocara por el contentamiento que la fortuna entonçes le negaua, se esforço quanto pudo, y poniendose sobre los estriuos, dió al Alcayde vna gran lançada por ençima del adarga. El qual reçebido aquel golpe, le respondio con otro en el braço derecho, y atreuiendose en sus fuerças si a braços uiniessen, arremetió con él, y con tanta fuerça le abraçó que sacandolo de la silla, dió con él en tierra diziendo: Cauallero, date por mí uençido, si más no estimas serlo, que la vida en mis manos tienes. Matarme (respondio el Moro) está en tu mano como dizes, pero no me hará tanto mal la fortuna que pueda ser vençido, sino de quien mucho ha que me he dexado vençer, y este solo contento me queda de la prision a que mi desdicha me ha traydo. No miró el Alcayde, tanto en las palabras del moro, que por entonçes le preguntasse a qué fin las dezia, mas vsando de aquella clemençia que el uençedor ualeroso suele usar con el desamparado de la fortuna, lo ayudó a leuantar, y el mismo le apretó las llagas, las quales no eran tan grandes que le estoruassen a subir en su cauallo, y assi todos juntos con la presa tomaron el camino de Alora. El Alcayde lleuaua siempre en el moro puestos los ojos, paresçiendole de gentil talle y disposiçion, acordauase de lo que le auia uisto hazer, paresçiale demasiada tristeza la que lleuaua para un animo tan grande, y porque tambien se iuntauan a esto algunos sospiros, que dauan a entender más pena de la que se podia pensar que cupiera en honbre tan ualiente, y queriendose informar mejor de la causa desto le dixo: Cauallero, mira que el prisionero que en la prision pierde el animo, auentura el derecho de la libertad, y que en las cosas de la guerra, se an de reçebir las aduersas con tan buen rostro, que se merezca por esta grandeza de animo gozar de las prosperas, y no me paresçe que estos sospiros corresponden al ualor y esfuerço que tu persona ha mostrado, ni las heridas son tan grandes, que se auentura la uida, la qual no has mostrado tener en tanto, que por la honra no dexasses de oluidalla. Pues si otra ocasion te da tristeza, dimela, que por la fe de cauallero te juro, que use contigo de tanta amistad que jamas te puedas quexar de auermelo dixo. El moro oyendo las palabras del Alcayde, las quales arguyan un animo grande y magnanimo, y la offerta que le auia hecho de ayudallo, paresciole discreçion muy grande no encubrille la causa de su mal, pues sus palabras le dauan tan grande esperança de remedio, y alçando el rostro que con el peso de la tristeza lo lleuaua inclinado, le dixo: ¿Cómo te llamas cauallero, que tanto esfuerço me pones y sentimiento muestras tener de mi mal? Esto no te negaré yo, dixo el Alcayde, a mi me llaman Rodrigo de Naruaez, soy Alcayde de Alora y Antequera: tengo aquellas dos fuerças por el Rey de Castilla mi señor. Quando el moro le oyó esto, con un semblante algo más alegre que hasta alli, le dixo: En extremo me huelgo, que mi mala fortuna traya un descuento tan bueno, como es auerme puesto en tus manos, de cuyo esfuerço y uirtud muchos dias ha que soy informado, y aunque más cara me costasse la experiençia, no me puedo agrauiar, pues como digo, me desagrauia uerme en poder de una persona tan prinçipal. Y porque ser uençido de ti me obliga a tenerme en mucho, y que de mí no se entienda flaqueza sin tan gran occasion que no sea en mi mano dexar de tenella, suplicote por quien eres que mandes apartar tus caualleros, para que entiendas que no el dolor de las heridas, ni la pena de uerme preso, es causa de mi tristeza. El Alcayde oyendo estas razones al moro tuuolo en mucho, y porque en extremo desseaua informarse de su sospecha, mandó a sus caualleros que fuessen algo delante, y quedando solos los dos, el moro sacando del alma un profundo sospiro, dixo desta manera: Valeroso Alcayde, si la experiençia de tu gran uirtud no me la uuiese el tienpo puesto delante los ojos, muy escusadas serian las palabras que tu uoluntad me fuerça a dezir, ni la cuenta que te pienso dar de mi uida, que cada hora es çercada de mil desassosiegos y sospechas; la menor de las quales te paresçera peor que mil muertes. Mas como de una parte me assegure lo que digo, y de la otra que eres cauallero y que o auras oydo, ó avrá passado por ti semeiante passion que la mia, quiero que sepas que a mi me llaman Abindarraez el moço, a differençia de un tio mio, hermano de mi padre, que tiene el mesmo apellido. Soy de los abençerrajes de Granada, en cuya desuentura aprendi a ser desdichado, y porque sepas quál fue la suya, y de ay uengas a entender lo que se puede esperar de la mia: sabras que uuo en Granada un linaje de caualleros llamados abençerrajes; sus hechos y sus personas ansi en esfuerço para la guerra, como en prudençia para la paz, y gouierno de nuestra republica eran el espejo de aquel reyno. Los uiejos eran del consejo del Rey, los moços exerçitauan sus personas en actos de caualleria siruiendo a las damas y mostrando en sí la gentileza y ualor de sus personas. Eran muy amados de la gente popular, y no mal quistos entre la prinçipal, aunque en todas las buenas partes que un cauallero deue tener se auentajassen a todos los otros. Eran muy estimados del Rey, nunca cometieron cosa en la guerra ni el consejo, que la experiençia no correspondiesse a lo que dellos se esperaua, en tanto grado era loada su ualentia, libertad y gentileza, que se trajo por exemplo, uo auer abençerraje couarde, escasso, ni de mala disposiçion. Eran maestros de los trajes, de las inuençiones, la cortesia y seruiçio de las damas andaua en ellos en su uerdadero punto, nunca abençerraje siruio dama de quien no fuesse fauoresçido, ni dama se tuuo por digna deste nombre que no tuuiesse abençerraje por seruidor. Pues estando ellos en esta prosperidad y honra y en la reputaçion que se puede dessear, uino la fortuna embidiosa del descanso y contentamiento de los hombres, a deriballos de aquel estado, en el más triste y desdichado que se puede imaginar, cuyo prinçipio fue auer el Rey hecho çierto agrauio a dos abençerrajes, por donde les leuantaron que ellos con otros diez caualleros de su linaje se auian conjurado de matar al Rey y diuidir el reyno entre si, por uengarse de la injuria alli reçibida. Esta conjuraçion, ora fuesse uerdadera, o que ya fuesse falsa, fue descubierta antes que se pusiesse en execuçion, y fueron presos y cortadas las cabeças a todos, antes que uiniesse a notiçia del pueblo, el qual sin duda se alçara, no consintiendo en esta justiçia. Lleuandolos pues a iustiçiar, era cosa estrañissima uer los llantos de los unos, las endechas de los otros, que de conpassion de estos caualleros por toda la çiudad se hazian. Todos corrian al Rey, comprauanle la misericordia con grandes summas de oro y plata, mas la seueridad fue tanta, que no dio lugar a la clemençia. Y como esto el pueblo uio, los començo a llorar de nueuo; llorauan los caualleros con quien solian acompañarse, llorauan las damas, a quien seruian; lloraua toda la çiudad la honra y autoridad que tales çiudadadanos le dauan. Las bozes y alaridos eran tantos que paresçian hundirse. El Rey que a todas estas lagrimas y sentimiento çerraua los oydos, mandó que se executasse la sentençia, y de todo aquel linaje no quedó hombre que no fuesse degollado aquel dia, saluo mi padre y un tio mio, los quales se halló que no auian sido en esta conjuraçion. Resultó más deste miserable caso, derriballes las casas, apregonallos el Rey por traydores, confiscalles sus heredades y tierras, y que ningun abençerraje más pudiesse biuir en Granada, saluo mi padre y mi tio, con condiçion que si tuuiessen hijos, a los uarones embiassen luego en nasçiendo a criar fuera de la çiudad, para que nunca boluiessen a ella; y que si fuessen henbras, que siendo de edad, las casassen fuera del reyno. Quando el Alcayde oyo el estraño cuento de Abindarraez y las palabras con que se quexaua de su desdicha, no pudo tener sus lagrimas, que con ellas no mostrasse el sentimiento que de tan desastrado caso deuia sentirse. Y boluiendose al moro, le dixo: Por çierto, Abindarraez, tú tienes grandissima occasion de sentir la gran cayda de tu linaje, del qual yo no puedo creer que se pusiesseen hazer tan grande trayçion, y quando otra prueua no tuuiesse, sino proçeder della un honbre tan señalado como tú, bastaria para yo creer que no podria caber en ellos maldad. Esta opinion que tienes de mí, respondio el moro, Alá te la pague, y él es testigo que la que generalmente se tiene de la bondad de mis passados, es essa misma. Pues como yo nasçiesse al mundo con la misma uentura de los mios, me embiaron (por no quebrar el edicto del Rey) a criar a una fortaleza que fue de christianos, llamada Cartama, encomendandome al Alcayde della, con quien mi padre tenía antigua amistad, hombre de gran calidad en el reyno, y de grandissima uerdad y riqueza: y la mayor que tenia era una hija, la qual es el mayor bien que yo en esta uida tengo. Y Alá me la quite si yo en algun tiempo tuuiere sin ella otra cosa que me dé contento. Con esta me crié desde niño, porque tambien ella lo era, debaxo de un engaño, el qual era pensar que eramos ambos hermanos, porque como tales nos tratauamos y por tales nos teniamos, y su padre como a sus hijos nos criaua. El amor que yo tenia a la hermosa Xarifa (que assi se llama esta señora que lo es de mi libertad) no sería muy grande si yo supiesse dezillo; basta auerme traydo a tienpo que mil uidas diera por gozar de su uista solo vn momento. Yua cresçiendo la edad, pero mucho más cresçia el amor, y tanto que ya paresçia de otro metal que no de parentesco. Acuerdome que un dia estando Xarifa en la huerta de los jazmines conponiendo su hermosa cabeça, mirela espantado de su gran hermosura, no sé cómo me peso de que fuesse mi hermana. Y no aguardando más, fueme a ella, y con los braços abiertos, ansi como me uio, me salió a reçebir, y sentandome en la fuente iunto a ella, me dixo: Hermano, ¿cómo me dexaste tanto tienpo sola? Yo le respondia: Señora mia, gran rato ha que os busco: y nunca hallé quien me dixesse do estauades hasta que mi coraçon me lo dixo: mas dezidme agora, ¿qué çertedad teneys uos de que somos hermanos? Yo no otra (dixo ella) más del grande amor que os tengo, y uer que hermanos nos llaman todos y que mi padre nos trata a los dos como a hijos. Y si no fueramos hermanos (dixe yo) quisierades me tanto? ¿No ueys (dixo ella) que a no lo ser, no nos dexarian andar siempre juntos y solos, como nos dexan? Pues si este bien nos auian de quitar (dixe yo) más uale el que me tengo. Entonces encendiosele el hermoso rostro, y me dixo: ¿Qué pierdes tu en que seamos hermanos? Pierdo a mi y a uos (dixe yo). No te entiendo (dixo ella), mas a mí paresçeme que ser hermanos nos obliga a amarnos naturalmente. A mí (dixe yo) sola uuestra hermosura me obliga á quereros, que esta hermandad antes me resfria algunas uezes; y con esto abaxando mis ojos de empacho de lo que dixe, uila en las aguas de la fuente tan al proprio como ella era, de suerte que a do quiera que boluia la cabeça, hallaua su ymagen y trasunto, y la uia uerdadera transladada en mis entrañas. Dezia yo entonçes entre mí: Si me ahogassen aora en esta fuente a do ueo a mi señora, quánto más desculpado moriria yo que Narciso; y si ella me amasse como yo la amo, qué dichoso sería yo. Y si la fortuna permitiesse biuir siempre juntos, qué sabrosa uida sería la mia! Estas palabras dezia yo a mi mesmo, y pesárame que otro me las oyera. Y diziendo esto lebanteme, y boluiendo las manos hazia vnos jazmines, de que aquella fuente estaua rodeada, mezclandolos con arrayanes hize vna hermosa guirnalda, y poniendomela sobre mi cabeça, me bolui coronado y vençido; entonçes ella puso los ojos en mí más dulçemente al pareçer, y quitandome la guirnalda la puso sobre su cabeça, pareçiendo en aquel punto más hermosa que Venus, y boluiendo el rostro hazia mí, me dixo: ¿Qué te pareçe de mí, Abindarraez? Yo la dixe: Pareçeme que acabays de vençer a todo el mundo, y que os coronan por reyna y señora dél. Leuantandose me tomó de la mano, diciendome: Si esso fuera, hermano, no perdierades uos nada. Yo sin la responder la segui hasta que salimos de la huerta. De ahi algunos dias, ya que al crudo amor le pareçio que tardaua mucho en acabar de darme el desengaño de lo que pensaua que auia de ser de mí, y el tiempo queriendo descubrir la çelada, venimos a saber que el parentesco entre nosotros era ninguno, y asi quedó la afiçion en su verdadero punto. Todo mi contentamiento estaua en ella: mi alma tan cortada a medida de la suya, que todo lo que en su rostro no auia, me pareçia feo, escusado y sin prouecho en el mundo. Ya a este tiempo, nuestros pasatiempos eran muy diferentes de los pasados: ya la mirava con reçelo de ser sentido: ya tenia zelo del sol que la tocaba, y aun mirandome con el mismo contento que hasta alli me auia mirado, a mí no me lo pareçia, porque la desconfianza propia es la cosa más çierta en vn coraçon enamorado. Suçedio que estando ella vn dia junto a la clara fuente de los jazmines, yo llegué, y comenzando a hablar con ella no me pareçio que su habla y contenencia se conformaua con lo pasado. Rogome que cantasse, porque era vna cosa que ella muchas vezes holgaua de oyr: y estaua yo aquella ora tan desconfiado de mí que no creí que me mandaua cantar porque holgase de oyrme, sino por entretenerme en aquello, de manera que me faltase tiempo para deçille mi mal. Yo que no estudiaua en otra cosa, sino en hazer lo que mi señora Xarifa mandaua, comenze en lengua arabiga a cantar esta cançion, en la qual la di a entender toda la crueldad que della sospechaua:
Si hebras de oro son vuestros cabellos,
a cuia sombra estan los claros ojos,
dos soles cuyo çielo es vuestra frente;
faltó rubí para hazer la boca,
faltó el christal para el hermoso cuello,
faltó diamante para el blanco pecho.
Bien es el coraçon qual es el pecho,
pues flecha de metal de los cabellos,
iamas os haze que boluays el cuello,
ni que deis contento con los ojos:
pues esperad vn sí de aquella boca
de quien miró jamas con leda frente.
¿Hay más hermosa y desabrida frente
para tan duro y tan hermoso pecho?
¿Hay tan diuina y tan airada boca?
¿tan ricos y auarientos ay cabellos?
¿quién vio crueles tan serenos ojos
y tan sin mouimiento el dulce cuello?
El crudo amor me tiene el lazo al cuello,
mudada y sin color la triste frente,
muy cerca de cerrarse estan mis ojos:
el coraçon se mueue acá en el pecho,
medroso y erizado está el cabello,
y nunca oyó palabra desa boca.
O más hermosa y más perfecta boca
que yo sabré dezir: o liso cuello,
o rayos de aquel sol que no cabellos,
o christalina cara, o bella frente,
o blanco ygual y diamantino pecho,
¿quando he de uer clemencia en esos ojos?
Ya siento el nó en el boluer los ojos,
oid si afirma pues la dulce boca,
mirad si está en su ser el duro pecho,
y cómo acá y allá menea el cuello,
sentid el ceño en la hermosa frente;
pues ¿qué podre esperar de los cabellos?
Si saben dezir no el cuello y pecho,
si niega ya la frente y los cabellos,
¿los ojos qué haran y hermosa boca?
Pudieron tanto estas palabras que siendo ayudadas del amor de aquella a quien se dezian, yo ui derramar vnas lagrimas que me enternecieron el alma, de manera que no sabre dezir si fue maior el contento de uer tan uerdadero testimonio del amor de mi señora o la pena que reçibi de la ocasion de derramallas. Y llamandome me hizo sentar junto a si, y me comenzo a hablar desta manera: Abindarraez, si el amor a que estoy obligada (despues que me satisfize de tu pensamiento) es pequeño o de manera que no pueda acauarse con la uida, yo espero que antes que dejemos solo el lugar donde estamos, mis palabras te lo den a entender. No te quiero poner culpa de lo que las desconfianzas te hazen sentir, porque sé que es tan çierta cosa tenellas que no ay en amor cosa que más lo sea. Mas para remedio de esto y de la tristeza, que yo tenía en uerme en algun tiempo apartada de tí; de oy más te puedes tener por tan Señor de mi libertad, como lo serás no queriendo rehusar el vinculo de matrimonio, lo qual ante todas cosas impide mi honestidad y el grande amor que tengo. Yo que estas palabras oi, haçiendomelas esperar amor muy de otra manera, fue tanta mi alegria que sino fue hincar los hinojos en tierra besandole sus hermosas manos, no supe hazer otra cosa. Debajo de esta palabra viví algunos dias con maior contentamiento del que yo aora sabre dezir: quiso la ventura envidiosa de nuestra alegre vida quitarnos este dulce y alegre contentamiento, y fue desta manera: que el Rey de Granada por mejorar en cargo al Alcayde de Cartama, embiole a mandar que luego dexasse la fortaleza, y se fuesse en Coyn, que es aquel lugar frontero del uuestro, y me dexasse a mí en Cartama en poder del Alcayde que alli viniesse. Sabida esta tan desastrada nueua por mi señora y por mí, juzgad vos si en algun tiempo fuesses enamorado, lo que podriamos sentir. Juntamonos en un lugar secreto a llorar nuestra perdida y apartamiento. Yo la llamaua señora mia, mi bien solo, y otros diuersos nombres quel amor me mostraua. Deziale llorando: apartandose nuestra hermosura de mi, ¿tendreys alguna uez memoria deste uuestro captiuo? Aqui las lagrimas y sospiros atajauan las palabras, y yo esforçandome para dezir más, dezia algunas razones turbadas, de que no me acuerdo: porque mi señora lleuó mi memoria tras si. ¿Pues quién podra dezir lo que mi señora sentía deste apartamiento, y lo que a mi hazian sentir las lagrimas que por esta causa derramaua? Palabras me dixo ella entonçes que la menor dellas bastaua para dar en qué entender al sentimiento toda la uida. Y no te las quiero dezir (ualeroso Alcayde), porque si tu pecho no ha sido tocado de amor, te paresçerían impossibles; y si lo ha sido, ueriades que quien las oyesse, no podra quedar con la uida. Baste que el fin dellas fue dezirme que en auiendo occasion, o por enfermedad de su padre, o ausençia, ella me embiaria a llamar para que vuiesse effecto lo que entre nos dos fue conçertado. Con esta promessa mi coraçon se assossego algo, y besé las manos por la merçed que me prometia. Ellos se partieron luego otro dia, yo me quedé como quien camina por vnas asperas y fragosas montañas, y passandosele el sol, queda en muy escuras tinieblas: començe a sentir su ausençia asperamente, buscando todos los falsos remedios contra ella. Miraua las uentanas donde se solia poner, la camara en que dormia, el jardin donde reposaua y tenía la siesta, las aguas donde se bañaua, andaua todas sus estancias, y en todas ellas hallaua vna cierta representaçion de mis fatigas. Verdad es que la esperança que ma dio de llamarme me sostenia, y con ella engañaua parte de mis trabajos. Y aunque algunas uezes de uer tanto dilatar mi desseo, me causaua más pena, y holgara de que me dexaran del todo desesperado, porque la desesperacion fatiga hasta que se tiene por cierta, mas la esperança hasta que se cumple, el desseo. Quiso mi buena suerte que oy por la mañana mi señora me cumplio su palabra, embiandome, a llamar, con vna criada suya, de quien como de sí fiaua, porque su padre era partido para Granada, llamado del Rey, para dar buelta luego. Yo resusçitado con esta improuisa y dichosa nueua, aperçibime luego para caminar. Y dexando venir la noche por salir más secreto y encubierto, puseme en el habito que me encontraste el más gallardo que pude, por mejor mostrar a mi señora la vfania y alegria de mi coraçon. Por çierto no creyera yo que bastaran dos caualleros juntos a tenerme campo, porque traya a mi señora comigo, y si tú me vençiste no fue por esfuerço, que no fue possible, sino que mi suerte tan corta o la determinaçion del çielo, quiso atajarme tan supremo bien. Pues considera agora en el fin de mis palabras el bien que perdi y el mal que posseo. Yo yua de Cartama a Coyn breue jornada, aunque el desseo la alargaua mucho, el más vfano abencerraje que nunca se uio, yua llamado de mi señora, a uer a mi señora, a gozar de mi señora. Veo me agora herido, captiuo y en poder de aquel que no sé lo que hará de mí: y lo que más siento es que el término y coyuntura de mi bien se acabó esta noche. Dexame pues, christiano, consolar entre mis sospiros. Dexame desahogar mi lastimado pecho, regando mis ojos con lagrimas, y no juzgues esto a flaqueza, que fuera harto mayor tener animo para poder suffrir (sin hazer lo que hago) en tan desastrado y riguroso trançe. Al alma le llegaron al ualeroso Naruaez las palabras del moro, y no poco espanto reçibio del estraño sucçesso de sus amores. Y paresçiendole que para su negoçio, ninguna cosa podia dañar más que la dilaçion, le dixo a Abindarraez: quiero que ueas que puede más mi uirtud que tu mala fortuna, y si me prometes de boluer a mi prision dentro del terçero dia, yo te dare libertad para que sigas tu començado camino, porque me pesaria atajarte tan buena empresa. El abençerraje que aquesto oyó quiso echarse a sus pies, y dixole: Alcayde de Alora, si vos hazeys esso, a mi dareys la vida, y uos aureys hecho la mayor gentileza de coraçon que nunca nadie hizo: de mí tomad la seguridad que quisieredes por lo que me pedis, que yo cumplire con uos lo que assentare. Entonces Rodrigo de Naruaez llamó a sus compañeros, y dixoles: Señores, fiad de mí este prisionero, que yo salgo por fiador de su rescate. Ellos dixeron que ordenasse a su noluntad de todo, que de lo que él hiziesse serian muy contentos. Luego el Alcayde tomando la mano derecha a Abençerraje, le dixo: Vos prometeys como cauallero de uenir a mi castillo de Alora, a ser mi prisionero dentro del terçero dia? El le dixo: sí prometo: pues yd con la buena uentura; y si para nuestro camino teneys neçessidad de mi persona, o de otra cosa alguna, tambien se hará. El moro se lo agradesçio mucho, y tomó vn cauallo quel Alcayde le dió, porque el suyo quedó de la refriega passada herido, y ya yua muy cansado y fatigado de la mucha sangre que con el trabajo del camino le salia. Y buelta la rienda se fue camino de Coyn a mucha priessa. Rodrigo de Naruaez y sus compañeros se boluieron a Alora, hablando en la valentia y buenas maneras del abençerraje. No tardó mucho el moro, segun la priessa que lleuaua, en llegar a la fortaleza de Coyn, donde yendose derecho como le era mandado, la rodeó toda, hasta que halló una puerta falsa que en ella auia: y con toda su priessa y gana de entrar por ella, se detuuo un poco alli hasta reconosçer todo el campo por uer si auia de qué guardarse: y ya que uio todo sossegado tocó con el cuento de la lança a la puerta, porque aquella era la señal que le auia dado la dueña que le fue a llamar; luego ella misma le abrio, y le dixo: Señor mio, uuestra tardança nos ha puesto en gran sobresalto, mi señora ha gran rato que os espera, apeaos y subid a donde ella está. El se apeó de su cauallo, y le puso en un lugar secreto que allí halló, y arrimando la lança a una pared con su adarga y çimitarra, lleuandole la dueña por la mano, lo mas passo que pudieron, por no ser conosçidos de la gente del castillo, se subieron por una escalera hasta el aposento de la hermosa Xarifa. Ella que auia sentido ya su uenida, con la mayor alegria del mundo lo salió a reçebir, y ambos con mucho regozijo y sobresalto se abraçaron sin hablarse palabra del sobrado contentamiento, hasta que ya tornaron en si. Y ella le dixo: ¿En qué os aueys detenido, señor mio, tanto que uuestra mucha tardança me ha puesto en grande fatiga y confusion? Señora mia (dixo él) uos sabeys bien que por mi negligencia no aurá sido, mas no siempre sucçeden las cosas como hombre dessea, assi que si me he tardado, bien podeys creer que no ha sido más en mi mano. Ella atajandole su platica, le tomó por la mano, y metiendole en un rico aposento se sentaron sobre una cama que en él auia, y le dixo: He querido, Abindarraez, que ueays en qué manera cumplen las captiuas de amor sus palabras, porque desde el dia que uos la di por prenda de mi coraçon, he buscado aparejos para quitarosla. Yo os mandé uenir a este castillo para que seays mi prisionero como yo lo soy uuestra. He os traydo aqui para hazeros señor de mi y de la hazienda de mi padre, debaxo de nombre de esposo, que de otra manera ni mi estado, ni uuestra lealtad lo consentiria. Bien sé yo que esto será contra la uoluntad de mi padre, que como no tiene conosçimiento de uuestro ualor tanto como yo, quisiera darme marido más rico, más yo uuestra persona y el conosçimiento que tendreys con ella tengo por la mayor riqueza del mundo. Y diziendo esto baxó la cabeça, mostrando vn çierto y nueuo empacho de auerse descubierto y declarado tanto. El moro la tomó en sus braços, y besandole muchas uezes las manos, por la merçed que le hazia, dixole: Señora de mi alma, en pago de tanto bien como me offreçeys no tengo qué daros de nueuo, porque todo soy uuestro, solo os doy esta prenda en señal, que os reçibo por mi señora y esposa: y con esto podeys perder el empacho y verguença que cobrastes quando uos me reçebistes a mi. Ella hizo lo mismo, y con esto se acostaron en su cama, donde con la nueua experiençia ençendieron el fuego de sus coraçones. En aquella empresa passaron muy amorosas palabras y obras que son más para contemplaçion que no para escriptura. Al moro estando en tan gran alegria, subitamente vino vn muy profundo pensamiento, y dexando lleuarse del, parose muy triste, tanto que la hermosa Xarifa lo sentio, y de uer tan subita nouedad, quedó muy turbada. Y estando attenta, sintiole dar vn muy profundo y aquexado sospiro, reboluiendo el cuerpo a todas partes. No podiendo la dama suffrir tan grande offensa de su hermosura y lealtad, paresçiendo que en aquello se offendia grandemente, leuantandose un poco sobre la cama, con voz alegre y sossegada, aunque algo turbada, le dixo: ¿Qué es esto, Abindarraez? paresçe que te has entristeçido con mi alegria, y yo te oy sospirar, y dar solloços reboluiendo el coraçon y cuerpo a muchas partes. Pues si yo soy todo tu bien y contentamiento, cómo no me has dicho por quién sospiras, y si no lo soy, porqué me engañaste? si as hallado en mi persona alguna falta de menor gusto que imaginauas, pon los ojos en mi uoluntad que basta encubrir muchas. Si sirues otra dama dime quien es para que yo la sirua, y si tienes otra fatiga de que yo no soy offendida, dimela, que yo morire o te sacaré della. Y trauando dél con un impetu y fuerça de amor le boluio. El entonces confuso y auergonçado de lo que auia hecho, paresçiendole que no declararse sería darle occasion de gran sospecha, con un apassionado sospiro le dixo: Esperança mía, si yo no os quisiera más que a mí, no uniera hecho semejante sentimiento, porque el pensar, que comigo traya, suffriera con buen animo, quando yua por mi solo, más aora que me obliga a apartarme de uos, no tengo fuerças para sufrillo, y porque no esteys más suspensa sin auer porqué, quiero deziros lo que passa. Y luego le conto todo su hecho, sin que la faltasse nada, y en fin de sus razones le dixo con hartas lagrimas: De suerte, señora, que uuestro captiuo lo es tambien del Alcayde de Alora; yo no siento la pena de la prision, que uos enseñastes a mi coraçon a suffrir, mas biuir sin uos tendria por la misma muerte. Y ansi uereys que mis sospiros se causan más de sobra de lealtad, que de falta della. Y con esto, se tornó a poner tan pensatiuo y triste, como ante que començasse a dezirlo. Ella entonçes con un semblante alegre le dixo: No os congoxeys, Abindarraez, que yo tomo a mi cargo el remedio de vuestra fatiga porque esto a mí me toca, quanto mas que pues es uerdad que qualquier prisionero que aya dado la palabra de boluer a la prision cumplira con embiar el rescate que se le puede pedir, ponelde uos mismo el nombre que quisieredes, que yo tengo las llaues de todos los cofres y riquezas que mi padre tiene, y yo las pondre todas en uuestro poder, embiad de todo ello lo que os paresçiere. Rodrigo de Naruaez es buen cavallero y os dió vna vez libertad, y le fiastes el presente negoçio, por lo qual le obliga aora a usar de mayor uirtud. Yo creo se contentará con esto, pues teniendoos en su poder ha de hazer por fuerça lo mismo de rescataros por lo que él pidiere. El abençerraje le respondio: Bien paresçe, señora, que el amor que me teneys no da lugar que me aconsejeys bien, que çierto no caere yo en tan gran yerro como éste, porque si quando me uenia a uerme solo con uos estaua obligado a cumplir mi palabra, agora que soy uuestro se entiende más obligaçion. Yo mismo boluere a Alora y me pondre en las manos del Alcayde della, y tras hazer yo lo que deuo, haga la fortuna lo que quisiere. Pues nunca Dios quiera, dixo Xarifa, que yendo uos a ser preso, yo quede libre, pues no lo soy: yo quiero acompañaros en esta jornada; que ni el amor que os tengo, ni el miedo que he cobrado a mi padre de auelle offendido, me consentiran hazer otra cosa. El moro llorando de contentamiento la abraço y le dixo: Siempre vays, alma mia, acresçentandome las merçedes, hagase lo que uos quereys, que assi lo quiero yo. Con este acuerdo antes que fuesse de dia se leuantaron, y proueydas algunas cosas al viaje neçessarias, partieron muy secretamente para Alora. Ya amenesçia, y por no ser conosçida, lleuaua el rostro cubierto. Con la gran priessa que lleuauan llegaron en muy breue tiempo a Alora, y yendose derechos al castillo, como a la puerta tocaron, fue luego abierta por las guardas, que ya tenian notiçia de lo passado. El ualeroso Alcayde los reçibio con mucha cortesia, y saliendo a la puerta Abindarraez, tomando a su esposa por la mano, se fue a él y le dixo: Mira, Rodrigo, de Naruaez, si te cumplo bien mi palabra, pues te prometi de boluer un preso, y te traygo dos, que uno bastaua para uençer muchos. Ves aqui mi señora: juzga si he padesçido con justa causa, reçibenos por tuyos, que yo fio mi persona y su honra de tus manos. El Alcayde holgo mucho, y dixo a la dama: Señora, yo no sé de uosotros quál uençio al otro: mas yo deuo mucho a entrambos. Venid y reposareys en nuestra casa, y tenedla de aqui adelante por tal, pues lo es su dueño. Con esto se fueron a su aposento, y de ay a poco comieron, porque uenian cansados. El Alcayde preguntó al moro qué tal uenia de sus llagas. Paresçe (dixo el) que con el camino las tengo harto enconadas y con dolor. La hermosa Xarifa muy alterada desto, dixo: ¿Qué es esto, señor, llagas teneys uos que yo no sepa? Dixo el: Quien escapó de las uuestras en poco tendra todas las otras. Verdad es que de la escaramuça de la noche saqué dos pequeñas heridas, y el trabajo del camino y el no auerme curado me ha hecho algun daño, pero todo es poco. Bueno sera que os acosteys (dixo el Alcayde) y vendra un cyrujano que yo tengo aqui en el castillo y curaros ha. Luego la hermosa Xarifa le hizo desnudar, todauia alterada, pero con harto sossiego y reposo en su rostro, por no le dar pena mostrando que la tenía. El cyrujano uino, y mirandole las heridas dixo: Que como auian sido en soslayo no eran peligrosas, ni tardarian en sanar mucho, y con çierto remedio que luego le hizo, le mitigó el dolor, y de ay a quatro dias como le curaua con tanto cuydado estuuo sano. Acabando un dia de comer, el abençerraje dixo al Alcayde estas palabras: Rodrigo de Naruaez (segun eres discreto) por la manera de nuestra uenida aurás entendido lo demas, yo tengo esperança que este negoçio que aora tan dañado está se ha de remediar por tus manos. Esta es la hermosa Xarifa de quien te dixe es mi señora y esposa, no quiso quedar en Coyn de miedo de su padre, porque aunque él no sabe lo que ha passado, todauia se temio que este caso auia de ser descubierto. Su padre está aora con el Rey de Granada, y yo sé que el Rey te ama por tu esfuerço y uirtud aunque eres christiano. Suplicote alcançes dél que nos perdone auerse hecho esto sin su liçençia y sin que él lo supiesse: pues ya la fortuna lo rodeó y traxo por este camino. El Alcayde le dixo: Consolaos, señores, que yo os prometo como hijo dalgo, de hazer quanto pudiere sobre este negoçio, y con esto mandó traer papel y tinta, y determinó de escreuir una carta al Rey de Granada, que en uerdaderas y pocas palabras le dixesse el caso, la qual dezia assi:
Muy poderoso Rey de Granada, el Alcayde de Alora Rodrigo de Naruaez tu servidor besa tus reales manos, y digo que Abindarraez Abençerraje, que se crió en Cartama auiendo nasçido en Granada, estando en poder del Alcayde de la dicha fortaleza, se enamoró de la hermosa Xarifa su hija. Despues tú por hazer merced al Alcayde, le passaste á Coyn. Los enamorados por assegurarse se desposaron entre sí; y llamado el Abençerraje por el ausençia del padre della que contigo tienes, fue a su fortaleza, yo le encontre en el camino, y en çierta escaramuça que con él tuue en que se mostró muy valiente, esforçado y animoso, le gané por mi prisionero, y contandome su caso, apiadado y conmouido de sus ruegos, le hize libre por dos dias, él fue y se vió con su esposa, de suerte que en la jornada cobró a su esposa y perdio la libertad. Pues uiendo ella que el Abençerraje boluio a mi prision, quiso uenir con él, y assi estan aora los dos en mi poder. Suplico te no te offenda el nombre de Abençerraje, pues éste y su padre fueron sin culpa de la coniuraçion contra tu Real persona hecha, y en testimonio dello biuen ellos agora. A tu Alteza humildemente suplico el remedio destos tristes amantes se reparta entre ti y mí, yo perdonare su rescate dél, y libremente le soltaré, y manda tú al padre della, pues es tu vassallo, que a ella la perdone, y a él reçiba por hijo, porque en ello allende de hazerme a mí singular merçed, harás aquello que de tu uirtud y grandeza se espera.
Con esta carta despachó vno de sus escuderos. El cual llegando hasta el Rey, se la dio, él la tomó, y sabiendo cuya era, holgo mucho, porque a este solo christiano amaua por su ualor y persona, y en leyendola, boluio el rostro, y uio al Alcayde de Coyn, y tomandole a parte, le dio la carta, diziendole: lee esta carta, y él la leyo, y en uer lo que passaua, reçibio gran alteraçion. El Rey dixo: No te congoxes, aunque tengas causa; que ninguna cosa me pedira el Alcayde de Alora, que pudiendo la hazer, no la haga, y ansi te mando uayas sin dilaçion a Alora, y perdones a tus hijos, y los lleues luego á tu casa, que en pago deste seruiçio yo te haré siempre merçedes. El Moro lo sintio en el alma, más uiendo que no podia passar del mandado de su Rey, boluiendo de buen continente, y sacando fuerças de flaqueza, como mejor pudo, dixo que ansi lo haria. Partiose lo más presto que pudo el Alcayde de Coyn, y llegó a Alora, a donde ya por el escudero se sabía lo que passaua, y fue muy bien reçebido. El Abençerraje y su hija paresçieron ante él con harta uerguença, y le besaron las manos, e los reçibio muy bien, y les dixo: No se trate de cosas passadas; el Rey me mandó hiziesse esto, yo os perdono el aueros casado, sin que lo supiesse yo; que en lo demás, hija, nos escogistes mejor marido que yo os lo supiera dar. Rodrigo de Naruaez holgo mucho de uer lo que passaua, y les hazia muchas fiestas y banquetes. Vn dia acabando de comer, les dixo: Yo tengo en tanto auer sido alguna parte para que este negoçio esté en tan buen estado, que ninguna cosa me pudiera hazer más alegre, y ansi digo que sola la honra de aueros tenido por mis prisioneros, quiero por el rescate desta prisión: vos, Abindarraez, sois libre, y para ello teneys liçençia de yros donde os pluguiere, cada y cuando que quisieredes. El se lo agradesçio mucho, y ansi se adereçaron para partir otro dia, acompañandolos Rodrigo de Naruaez, salieron de Alora, y llegaron a Coyn donde se hizieron grandes fiestas y regozijos a los desposados, las quales fiestas pasadas, tomando los un dia a parte el padre, les dixo estas palabras: Hijos, agora que sois señores de mi hazienda, y estais en sosiego, razon es que cumplays con lo que deueys al Alcayde de Alora, que no por auer usado con uosotros de tanta uirtud y gentileza, es razon pierda el derecho de vuestro rescate, antes se le deue (si bien se mira) muy mayor, yo os quiero dar quatro mil doblas zaenes, embiadselas, y tenedle desde aqui adelante, pues lo meresçe, por amigo, aunque entre él y uosotros sean las leyes diferentes. El Abençerraje se lo agradesçio mucho, y tomandolas, las embió a Rodrigo de Naruaez, metidas dentro de un mediano y rico coffre, y por no mostrarse de su parte corto y desagradecido, juntamente le embió seys muy hermosos y enjaezados cauallos, con seys adargas y lanças, cuyos hierros y recatones eran de fino oro. La hermosa Xarifa le escriuio una muy dulce y amorosa carta, agradesçiendole mucho lo que por ella auia hecho. Y no queriendo mostrarse menos liberal y agradesçida que los demas, le embió una caxa de açipres muy olorosa, y dentro en ella mucha y muy preçiosa ropa blanca para su persona. El Alcayde ualeroso tomó el presente, y agradesçiendolo mucho a quien se lo embiaua, repartio luego los cauallos y adargas y lanças por los hidalgos que le acompañaron la noche de la escaramuça, tomando uno para sí, el que más le contentó, y la caxa de açipres, con lo que la hermosa Xarifa le auia embiado, y boluiendo las quatro mil doblas al mensajero, le dixo: Deçid a la señora Xarifa, que yo recibo las doblas en rescate de su marido, y a ella le siruo con ellas para ayuda de los gastos de su boda, porque por sola su amistad trocaré todos los intereses del mundo, y que tenga esta casa por tan suya como lo es de su marido. El mensajero se boluio a Coyn, donde fue bien reçibido, y muy loada la liberalidad del magnanimo capitan, cuyo linaje dura hasta aora, en Antequera, correspondiendo con magnificos hechos al origen donde proçeden. Acabada la historia, la sábia Feliçia alabó mucho la graçia, y buenas palabras con que la hermosa Felismena la auia contado, y lo mismo hizieron las que estaban presentes, las cuales tomando liçençia de la sábia se fueron a reposar.
Fin del cuarto libro.
NOTAS:
[1254] V., angusta.
[1255] M., venir.
[1256] En la edición de Milán se intercalan aquí las cuatro octavas siguientes:
A Plania Lampuñana más hermosa
que l' hermosura misma, y más perfeta,
mirad, pastores, y vereis la cosa
que más animos rinde y los subjeta.
Mirad por una parte quán graçiosa,
por otra ved quán grave y quán discreta:
y vereis de las partes hecho un todo,
que a todas las del mundo exçede el modo.
Aquella clara luz que rresplandeçe
de modo que el sol huye y se le esconde,
doña Artemisa es sola, qu'engrandeçe
la insigne y alta cosa de Vizconde.
La flor de Italia es ella y quien mereçe
estar adonde está: que bien rresponde
linaje a hermosura y gentileza
y a quanto pudo dar naturaleza
Mirad Barbara Estanga, a quien s'inclina
no solo Amor, sino Minerva y Marte,
donde hay tanta beldad que s'imagina
que solo paró alli natura y arte:
su discreçion, su platica divina
para escreuilla soi muy poca parte:
ni bastan las çien lenguas de la fama
para saber loar tan alta dama.
¿Quién es aquella fénis do ha mostrado
su fuerza y su poder naturaleza?
¿Quién es la que hoy al mundo ha despojado
de gran valor, virtud, bondad, grandeza?
¿Quién es esta, dezid, do se han sumido
la hermosura, graçia y gentileza?
Doña Luisa de Lugo y de Mendoza
a quien la poca edad no haze moza.
[1257] Falta el más en la edición de Milán.
[1258] Le en la edición de Milán.
[1259] En la edición de Milán termina aquí el libro 4.º con estas palabras: «Y acabando de çenar, y tomando liçençia de la sabia Feliçia, se fué cada uno al aposento que aparejado le estaba».
Falta, por consiguiente, toda la historia de Abindarráez, que es adición, hecha en ediciones posteriores á la muerte de Jorge de Montemayor.
LIBRO QUINTO
DE LA DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
Otro dia por la mañana, la sábia Felicia leuantó, y se fue al aposento de Felismena, la cual halló acabandose de vestir, no con pocas lagrimas, paresçiendole cada hora de las que alli estaua mil años. Y tomandola por la mano, se salieron a vn corredor que estaua sobre el jardin, adonde la noche antes hauian çenado, y hauiendole preguntado la causa de sus lagrimas, y consolandola con dalle esperança que sus trabajos aurian el fin que ella deseaua, le dixo: Ninguna cosa hay oy en la vida más aparejada para quitalla a quien quiere bien, que quitalle con esperanças inçiertas el remedio de su mal: porque no ay hora, en quanto desta manera biue, que no le parezca tan espaçiosa quanto las de la vida son apressuradas. Y porque mi desseo es, que el nuestro se cumpla, y despues de algunos trabajos, consigays el descanso que la fortuna os tiene prometido, uos partireys desta uuestra casa, en el mismo habito en que veniades, quando a mis Nimphas defendistes de la fuerça que los fieros saluages les querian hazer. Y tened entendido, que todas las vezes que mi aiuda y fauor os fuera neçessario, lo hallareys sin que ayays menester embiarmelo a pedir: assi que (hermosa Felismena) vuestra partida sea luego, y confiad en Dios que vuestro desseo aurá buen fin: porque si yo de otra suerte lo entendiera, bien podeys creer, que no me faltarán otros remedios para hazeros mudar el pensamiento, como a algunas personas lo he hecho. Muy grande alegria reçibio Felismena, de las palabras, que la sábia Feliçia le dixo, a las quales respondio: No puedo alcançar (discreta señora) con qué palabras podria encaresçer, ni con qué obras podria seruir la merçed que de vos reçibo. Dios me llegue a tiempo en que la experiençia os dé a entender mi desseo. Lo que mandays pondre yo luego por obra, lo cual no puede dexar de suçederme muy bien: siguiendo el consejo de quien para todas las cosas sabe dallo tan bueno. La sabia Feliçia la abraçó, diziendo: yo espero en Dios, hermosa Felismena, de veros en esta casa con más alegria de la que lleuais. Y porque los dos pastores y pastoras nos estan esperando, razon será que vaya a dalles el remedio que tanto an menester. Y saliendose ambas a dos a vna sala hallaron a Syluano, y a Sireno, y a Belisa, y a Seluagia, que esperandolos estauan, y la sábia Feliçia dixo a Felismena: Entretened (hermosa señora) nuestra compañia entre tanto que yo uengo: y entrandole en un aposento, no tardó mucho en salir, con dos uasos en las manos de fino cristal con los pies de oro esmaltados, y llegandose a Sireno, le dixo: Oluidado pastor, si en tus males uuiera otro remedio, si no este, yo te lo[1260] buscara con toda diligençia possible, pero ya que no puedes gozar de aquella que tanto te quiso, sin muerte agena, y está este en mano de solo Dios, es menester que reçibas otro remedio para no dessear cosa que es imposible alcançalla. Y tú, hermosa Seluagia, y desamado Syluano, tomad esse uaso, en el qual hallareys grandissimo remedio para el mal passado, y prinçipio para grandissimo contento: del qual uosotros estays bien descuydados. Y tomando el uaso, que tenía en la mano yzquierda, le puso en la mano a Sireno, y mandó que lo beuiesse, y Sireno lo hizo luego, y Seluagia y Syluano beuieron ambos el otro: y en este punto cayeron todos tres en el suelo adormidos, de que no poco se espantó Felismena, y la hermosa Belisa, que alli estaua, a la qual dixo la sábia Feliçia: no te desconsueles (o Belisa) que aun yo espero de uerte tan consolada como la que más lo estouiere. Y hasta que la uentura se canse de negarte el remedio que para tan graue mal as menester, yo quiero que quedes en mi conpañia. La pastora le quiso besar las manos por ello, Feliçia no lo consintio: mas antes la abraçó, mostrandole mucho amor. Felismena estaua espantada del sueño de los pastores, y dixo a Feliçia: paresçe me, señora, que si el descanso destos pastores está en dormir, ellos lo hazen de manera, que biuiran los más descansados del mundo. Feliçia le respondio: No os espanteys desso: porque el agua que ellos beuieron, tiene tal fuerça ansi la una, como la otra, que todo el tiempo que yo quisiere, dormiran, sin que baste ninguna persona a despertallos. Y para que ueays si esto es ansi, prouá a llamarlo. Felismena llegó entonces a Syluano, y tirándole por vn braço, le començo a dar grandes bozes, las quales aprouecharon tanto, como si las diera a un muerto: y lo mismo le auino con Sireno y Seluagia, de lo que Felismena quedó assaz marauillada. Feliçia le dixo: pues más os marauillareys despues que se despierten, porque uereys una cosa la más estraña que nunca imaginastes; y porque me paresçe que el agua deue auer obrado lo que es menester, yo quiero despertar, y estad atenta, porque oyreys marauillas. Y sacando un libro de la manga, se llegó a Sireno: y en tocandole con él sobre la cabeça, el pastor se leuantó luego en pie con todo su juyzio, y Feliçia le dixo: Dime, Sireno, si acaso uiesses la hermosa Diana con su esposo, y estar los dos con todo el contentamiento del mundo riendose de los amores que tú con ella auias tenido, qué harias? Sireno respondio: Por çierto señora, ninguna pena me darian, antes les ayudaria a reyr de mis locuras passadas. Feliçia le replicó: ¿y si acaso ella fuera ahora soltera y se quisiera casar con Syluano y no contigo, qué hiziera? Sireno le respondio: yo mismo fuera el que tratara de conçertallo. ¿Qué os parece (dixo Feliçia contra Felismena) si el agua sabe desatar los nudos, que este peruerso de amor haze? Felismena respondio: jamas, pudiera creer yo, que la sçiençia de una persona humana pudiera llegar a tanto como esto. Y boluiendo á Sireno, le dixo: ¿qué es esto, Sireno? Pues las lagrimas y sospiros con que manifestauas tu mal, tan presto se an acabado? Sireno le respondio: pues que los amores se acabaron, no es mucho que se acabase lo que ellos me hazian hazer. Felismena le boluio a dezir: ¿y que es possible, Sireno, que ya no quieres bien más a Diana? El mismo bien le quiero (dixo Sireno) que os quiero a uos, y a otra qualquiera persona, que no me aya offendido. Y viendo Feliçia quán espantada estaua Felismena de la subita mudança de Sireno, le dixo: Con esta mediçina curara yo, hermosa Felismena, vuestro mal, y el vuestro, pastora Belisa, si la fortuna, no os tuuiera guardadas para muy mayor contentamiento de lo que fuera ueros en nuestra libertad. Y para que ueays quán differentemente ha obrado en Syluano y en Seluagia la mediçina bien será despertarlos, pues basta lo que han dormido. Y poniendo el libro sobre la cabeça a Siluano se leuantó, diziendo: ¡O hermosa Seluagia, quán gran locura ha sido, auer empleado en otra parte el pensamiento despues que mis ojos te uieron! ¿Qué es esso Syluano, dixo Feliçia, teniendo tan presto el pensamiento en tu pastora Diana, tan subitamente le pones ahora en Seluagia? Syluano le respondio: Discreta señora, como el nauio anda perdido por la mar sin poder tomar puerto seguro, ansi anduuo mi pensamiento en los amores de Diana todo el tiempo que la quise bien, mas agora he llegado a un puerto, donde plega a Dios que sea tan bien recebido, como el amor que yo le tengo lo meresçe. Felismena quedó tan espantada del segundo genero de mudança que uio en Syluano, como del primero que en Sireno auia uisto, y dixole riendo: pues qué hazes, que no despiertas a Seluagia, que mal podra oyr tu pena una pastora que duerme? Siluano entonces tirandole del braço le començo a dezir a grandes bozes: Despierta, hermosa Seluagia, pues despertaste mi pensamiento del sueño de las ignorancias passadas. Dichoso yo, pues la fortuna me ha puesto en el mayor estado que se podia dessear: ¿qué es esto, no me oyes, o no quieres responderme? Cata que no suffre el amor que te tengo, no ser oydo. O Seluagia, no duermas tanto, ni permitas que tu sueño sea causa que el de la muerte dé fin á mis dias. Y viendo que no aprouechaua nada llamarla, començo a derramar lagrimas en tan gran abundançia, que los presentes no pudieron dexar de ayudalle, mas Feliçia dixo: Syluano amigo, no te afflijas, que yo haré que responda Seluagia, y que la respuesta sea tal, como tú desseas; y tomandole por la mano, le metio en un aposento, y le dixo: No salgas de ay, hasta que te llame. Y luego boluio a do Seluagia estaua, y tocandola con el libro despertó, como los demas auian hecho. Feliçia le dixo: Pastora, muy descuydada duermes. Seluagia respondio: Señora, qué es del mi Syluano? no estaua él junto conmigo? Ay Dios, quién me lo lleuó de aqui? Si boluiera? Y Feliçia le dixo. Escucha, Seluagia, que paresçe que desatinas: as de saber que el tu querido Alanio está a la puerta, y dize que ha andado por muchas partes perdido, en busca tuya, y trae liçençia de su padre para casarse contigo. Essa liçençia (dixo Seluagia) le aprouechará a él muy poco, pues no la tiene de mi pensamiento. Syluano qué es dél? Adonde está? Pues como el pastor Syluano oyó hablar a Seluagia, no pudo suffrir sin salir luego á la sala donde estaua, y mirandose los dos con mucho amor, lo confirmaron tan grande entre sí, que sola la muerte bastó para acaballo, de que no poco contentamiento reçibio Sireno, y Felismena, y aun la pastora Belisa. Feliçia les dixo: Razon será, pastores y hermosa pastora, que os boluays a vuestros ganados, y tened entendido que mi fauor jamas os podra faltar, y el fin de vuestros amores será quando por matrimonio cada uno se ayunte con quien dessea. Yo terné cuydado de auisaros, quando sea tiempo, y vos (hermosa Felismena) aparejaos para la partida, porque mañana cumple que partays de aqui. En esto entraron todas las Nimphas por la puerta de la sala, las cuales ya sabian el remedio que la sábia Feliçia auia puesto en el mal de los pastores: de lo cual reçibieron grandissimo plazer, mayormente Dorida, Cinthia, y Polidora: por auer sido ellas la principal ocasion de su contentamiento. Los dos nueuos enamorados no entendian en otra cosa, sino en mirarse uno a otro, con tanta afecçion y blandura como si uuiera mil años que vuieran dado prinçipio a sus amores. Y aquel dia estuuieron alli todos, con grandissimo contentamiento, hasta que otro dia de mañana, despidiendose los dos pastores, y pastora, de la sábia Feliçia, y de Felismena, y de Belisa, y assi mismo de todas aquellas Nimphas, se boluieron con grandissima alegria a su aldea, donde aquel mismo dia llegaron. Y la hermosa Felismena que ya aquel dia se auia uestido en trage de pastora, despidiendose de la sábia Feliçia, y siendo muy particularmente auisada de lo que auia de hazer, con muchas lagrimas la abraçó, y acompañada de todas aquellas Nimphas, se salieron al gran patio, que delante de la puerta estaua, y abraçando a cada vna por si, se partio por el camino donde la guiaron. No yua sola Felismena este camino, ni aun sus imaginaciones la dauan lugar a que lo fuesse, pensando yua en lo que la sábia Feliçia le auia dicho, y por otra parte considerando la poca ventura que hasta alli auia tenido en sus amores, le hazia dudar de su descanso. Con esta contrariedad de pensamientos yua lidiando, los quales aun que por vna parte la cansauan, por otra la entretenian, de manera que no sentia la soledad del camino. No vuo andado mucho por en medio de vn hermoso valle, quando a la cayda del Sol, vio de lexos vna choça de pastores, que entre vnas enzinas estaua a la entrada de vn bosque, y persuadida de la hambre, se fue hazia ella, y tambien porque la fiesta començaua de manera que le seria forçado passalla debaxo de aquellos arboles. Llegado a la choça, oyó que vn pastor dezia a vna pastora que cerca dél estaua assentada: No me mandes, Amarilida, que cante, pues entiendes la rayon que tengo de llorar todos los dias que el alma no desampare estos cansados miembros; que puesto caso que la musica es tanta parte para hacer acresçentar la tristeza del triste, como la alegria del que más contento biue, no es mi mal de suerte, que pueda ser disminuydo, ni accresçentado, con ninguna industria humana. Aqui tienes tu çampoña, tañe, canta, pastora, que muy bien lo puedes hazer: pues que[1261] tienes el coraçon libre y la voluntad essenta de las subiecçiones de amor. La pastora le respondio: no seas, Arsileo, auariento de lo que la naturaleza con tan larga mano te ha conçedido: pues quien te lo pide sabra complazerte en lo que tú quisieres pedille. Canta si es possible aquella cançion que a petiçion de Argasto heziste, en nombre de tu padre Arsenio, quando ambos seruiades a la hermosa pastora Belisa. El pastor le respondio: Estraña condiçion es la tuya (o Amarilida) que siempre me pides que haga lo que menos contento me da. ¿Qué haré que por fuerça he de complazerte, y no por fuerça, que assaz de mal aconsejado seria quien de su voluntad no te siruiesse? Mas ya sabes cómo mi fortuna me va a la mano, todas las vezes que algun aliuio quiero tomar: o Amarilida, viendo la razon que tengo de estar contino llorando me mandas cantar? Por qué quieres ofender a las ocasiones de mi tristeza? Plega a Dios que nunca mi mal vengas a sentillo en causa tuya propia, porque tan a tu costa no te informe la fortuna de mi pena. Ya sabes que perdi a Belisa, ya sabes que biuo sin esperanza de cobralla: por qué me mandas cantar? Mas no quiero que me tengas por descomedido, que no es de mi condiçion serlo con las pastoras á quien todos estamos obligados a complazer. Y tomando un rabel, que çerca de sí tenía, le començo a templar, para hazer lo que la pastora le mandaua. Felismena que açechando estaua oyó muy bien lo que el pastor y pastora passauan: quando vio que hablauan en Arsenio y Arsileo, seruidores de la pastora Belisa, a los cuales tenía por muertos, segun lo que Belisa auia contado a ella, y a las Nimphas y pastores, quando en la cabaña de la isleta la hallaron, uerdaderamente penso lo que veya ser alguna vision, o cosa de sueño. Y estando atenta, uio como el pastor començo a tocar el rabel tan diuinamente, que paresçia cosa del cielo: y auiendo tañido vn poco, con vna boz más angelica, que de hombre humano, dio prinçipio a esta cançion:
¡Ay vanas esperanças, quantos dias
anduue hecho sieruo de vn engaño,
y quán en vano mis cansados ojos
con lagrimas regaron este valle!
pagado me an amor y la fortuna,
pagado me an, no sé de qué me quexo.
Gran mal deuo passar, pues yo me quexo,
que hechos á sufrir estan mis ojos
los trances del amor, y la fortuna:
¿sabeys de quien me agrauio? de un engaño
de una cruel pastora deste valle,
do puse por mi mal mis tristes ojos.
Con todo mucho deuo yo a mis ojos,
aunque con el dolor dellos me quexo,
pues ui por causa suya en este valle,
la cosa más hermosa que en mis dias,
jamas pense mirar, y no me engaño:
preguntenlo al amor y la fortuna.
Aunque por otra parte la fortuna,
el tiempo, la ocasion, los tristes ojos,
el no estar reçeloso del engaño,
causaron todo el mal de que me quexo:
y ansi pienso acabar mis tristes dias,
contando mis passiones a este valle.
Si el rio, el soto, el monte, el prado, el valle,
la tierra, el cielo, el hado, la fortuna,
las horas, los momentos, años, dias,
el alma, el coraçon, tambien los ojos,
agrauian mi dolor, quando me quexo,
¿por qué dizes pastora que me engaño?
Bien sé que me engañé, más no es engaño,
porque de auer yo uisto en este ualle
tu estraña perfecçion, jamas me quexo,
sino de ver que quiso la fortuna
dar a entender a mis cansados ojos,
que allá uernia el remedio tras los dias.
Y son pasados años, meses, dias,
sobre esta confiança y claro engaño:
cansados de llorar mis tristes ojos,
cansado de escucharme el soto, el valle,
y al cabo me responde la fortuna,
burlandose del mal de que me quexo.
¿Mas o triste pastor, de qué me quexo,
si no es de no acabarse ya mis dias?
¿por dicha era mi esclaua la fortuna?
¿halo ella do pagar, si yo me engaño?
¿no anduuo libre, essento en este ualle?
¿quién me mandaua a mi alçar los ojos?
¿Mas quién podra tambien domar sus ojos
o cómo biuire si no me quexo,
del mal que amor me hizo en este ualle?
mal aya un mal que dura tantos dias,
mas no podra tardar, si no me engaño,
que muerte no dé fin a mi fortuna.
Venir suele bonanças tras fortuna,
mas ya nunca veran jamas mis ojos:
ni aun pienso caer en este engaño,
bien basta ya el primero de quien quexo,
y quexaré, pastora, quantos dias
durare la memoria deste ualle.
Si el mismo dia, pastora, que en el ualle
dio causa que te uiesse mi fortuna,
llegara el fin de mis cansados dias,
o al menos uiera esquiuos essos ojos:
çessara la razon con que me quexo,
y no pudiera yo llamarme a engaño.
Mas tú determinando hazerme engaño
quando me uiste luego en este ualle,
mostrauaste benigna, ved si quexo
contra razon de amor, y de fortuna;
despues no sé por qué buelues tus ojos,
cansarte deuen ya mis tristes dias.
Cançion de amor, y de fortuna quexo:
y pues duró vn engaño tantos dias,
regad ojos, regad el soto, el ualle.
Esto cantó el pastor con muchas lagrimas, y la pastora lo oyó con grande contentamiento de uer la graçia con que tañia y cantaua: mas el pastor despues que dio fin a su cançion, soltando el rabel de las manos, dixo contra la pastora: ¿Estás contenta, Amarilida, que por solo tu contentamiento, me hagas hazer cosa que tan fuera del mio es? Plega a Dios (o Alteo) la fortuna te trayga al punto a que yo por tu causa he uenido: para que sientas el cargo en que te soy por el mal que me hiziste. O Belisa, quién ay en el mundo, que más te deua que yo? Dios me trayga a tiempo que mis ojos gozen de ver tu hermosura, y los tuyos vean si soy en conosçimiento de lo que les deuo. Esto dezia el pastor con tantas lagrimas que no vuiera coraçon por duro que fuera, que no se ablandara. Oyendole la pastora, le dixo: Pues que ya (Arsileo) me has contado el prinçipio de tus amores, y cómo Arsenio tu padre fue la prinçipal causa de que tu quisiesses bien á Belisa, porque siruiendola él, se aprouechaua de tus cartas y cançiones, y aun de tu musica (cosa que él pudiera muy bien escusar) te ruego me cuentes cómo la perdiste. Cosa es essa (le respondio el pastor) que yo querria pocas vezes contar, mas ya que es tu condiçion mandar me hazer y dezir aquello en que más pena recibo, escucha, que en breues palabras te lo dire. Auia en mi lugar vn hombre llamado Alfeo, que entre nosotros tuuo siempre fama de grandissimo nigromante, el qual quería bien a Belisa primero que mi padre la començasse a seruir, y ella no tan solamente no podia velle, mas aun si le hablauan en él, no auia cosa que más pena le diesse. Pues como éste supiesse un conçierto que entre mí y Belisa auia, de ylla a hablar desde ençima de vn moral, que en una huerta suya estaua, el diabolico Alfeo hizo a dos espiritus que tomasse el uno la forma de mi padre Arsenio, y el otro la mia, y que fuesse el que tomó mi forma al conçierto, y el que tomó la de mi padre uiniesse alli, y le tirasse con una ballesta, fingiendo que era otro, y que uiniesse él luego, como que lo auia conosçido, y se matase de pena de auer muerto a su hijo, a fin de que la pastora Belisa se diesse la muerte, uiendo muerto a mi padre y a mí, o a lo menos hiziesse lo que hizo. Esto hazia el traydor de Alfeo, por lo mucho que le pesaua de saber lo que Belisa me queria, y lo poco que se le daua por él. Pues como esto ansi fue hecho, y a Belisa le paresçiese que mi padre y yo fuessemos muertos, de la forma que he contado, desesperada se salio de casa, y se fue donde hasta agora no se ha sabido della. Esto me conto la pastora Armida, y yo uerdaderamente lo creo, por lo que despues acá ha suçedido. Felismena que entendio lo que el pastor auia dicho, quedó en extremo marauillada, paresçiendole que lo que dezia lleuaua camino de ser assí, y por las señales que en él vio vino en conosçimiento de ser aquel Arsileo, seruidor de Belisa, al qual ella tenía por muerto, y dixo entre si: No sería razon que la fortuna diesse contento ninguno a la persona, que lo negasse a vn pastor que tambien lo mereçe, y lo ha menester. A lo menos, no partiré yo deste lugar, sin darsele tan grande, como lo reçebira con las nueuas de su pastora. Y llegandose a la puerta de la choça, dixo contra Amarilida: Hermosa pastora, a vna sin ventura que ha perdido el camino, y aun la esperança de cobralle, no le dierades licencia para que passasse la fiesta en este vuestro aposento? La pastora quando la vio, quedó tan espantada de ver su hermosura, y gentil disposiçion, que no supo respondelle: empero Arsileo le dixo: por çierto, pastora, no falta otra cosa para hazer lo que por vos es pedido, sino la posada no ser tal como vos la meresceys, pero si desta manera soys seruida, entrá que no aura cosa que por seruiros no se haga. Felismena le respondió: Esas palabras (Arsileo) bien paresçen tuyas, mas el contento que yo en pago dellas te dexaré, me dé Dios a mí en lo que tanto ha que desseo. Y diziendo esto, se entró en la choça, y el pastor y la pastora se leuantaron, haziendole mucha cortesia, y boluiendose a sentar todos, Arsileo le dixo: por ventura, pastora, ha os ha dicho alguno mi nombre, o aueys me uisto en alguna parte antes de aora? Felismena le respondió: Arsileo, más sé de ti de lo que piensas, aunque estés en trage de pastor, muy fuera de como yo te ui, quando en la academia Salamantina estudiauas. Si alguna cosa ay que comer, mandamela dar, porque despues te dire vna cosa que tú muchos dias ha que desseas saber. Esso haré yo de muy buena gana (dixo Arsileo) porque ningun seruiçio se os puede hazer, que no quepa en vuestro meresçimiento. Y descolgando Amarilida y Arsileo sendos çurrones, dieron de comer a Felismena, de aquello que para sí tenian. Y despues que vuo acabado, deseando Felismena de alegrar a aquel que con tanta tristeza biuia, le empeço a hablar desta manera: No ay en la vida (o Arsileo) cosa que en más se deua tener, que la firmeza, y más en coraçon de muger adonde las menos vezes suele hallarse, mas tambien hallo otra cosa, que las más vezes son los hombres causa de la poca constançia que con ellos se tiene. Digo esto, por lo mucho que tú deues a vna pastora que yo conozco, la qual si agora supiesse que eres biuo, no creo que auria cosa en la uida que mayor contento le diesse. Y entonçes, le començo a contar por orden todo lo que auia passado, desde que mató los tres saluages, hasta que uino en casa de la sábia Felicia. En la qual cuenta, Arsileo oyo nueuas de la cosa que más queria, con todo lo que con ella auian passado las Nimphas, al tiempo que la hallaron durmiendo en la isleta del estanque, como atras aueys oydo, y lo que sintio de saber que la fe que su pastora le tenía jamas su coraçon auia desamparado, y el lugar cierto donde la auia de hallar, fue su contentamiento tan fuera de medida, que estuuo en poco de ponelle a peligro la vida. Y dixo contra Felismena: ¿qué palabras bastarian (hermosa pastora) para encaresçer la gran merçed que de vos he reçebido, o qué obras para poderos la seruir? Plega a Dios que el contentamiento, que vos me aueys dado, os dé él en todas las cosas que vuestro coraçon dessea. O mi señora Belisa, que es posible, que tan presto he yo de ver aquellos ojos, que tan gran poder en mí tuuieron? Y que despues de tantos trabajos me auia de sucçeder tan soberano descanso? Y diziendo esto con muchas lagrimas tomaua las manos de Felismena, y se las besana. Y la pastora Amarilida hazia lo mesmo, diziendo: verdaderamente (hermosa pastora) vos aueys alegrado vn coraçon el más triste que yo he pensado ver, y el que menos meresçia estarlo. Seys meses ha, que Arsileo biue en esta cabaña la más triste vida que nadie puede pensar. Y vnas pastoras que por estos prados repastan sus ganados (de cuya compañía yo soy) algunas uezes le entrauamos a ver y a consolar, si su mal sufriera consuelo. Felismena le respondio: no es el mal de que está doliente, de manera que pueda reçebir consuelo de otro, sino es de la causa dél o de quien le dé las nueuas que yo aora le he dado. Tan buenas son para mí, hermosa pastora (le dixo Arsileo) que me han renouado un coraçon enuegeçido en pesares. A Felismena se le entrenesçio el coraçon tanto de uer las palabras que el pastor dezia, y de las lagrimas, que de contento lloraua, quanto con las suyas dió testimonio, y desta manera estuuieron alli toda la tarde, hasta que la fiesta fue toda passada, que despidiendose Arsileo de las dos pastoras, se partio con mucho contento, para el templo de Diana, por donde Felismena le auia guiado.
Syluano y Seluagia con aquel contento que suelen tener los que gozan despues de larga ausençia de la vista de sus amores, caminauan hazia el deleytoso prado, donde sus ganados andauan pasçiendo, en compañia del pastor Sireno; el qual aunque yua ageno del contentamiento que en ellos ueya, tambien lo yua de la pena que la falta dél suele causar. Porque ni él pensaua en querer bien ni se le daua nada en no ser querido. Syluano le dezia: Todas las uezes que te miro (amigo Sireno) me paresçe que ya no eres el que solias: mas antes creo que te has mudado, juntamente con los pensamientos. Por una parte casi tengo piedad de ti, y por otra, no me pesa de verte tan descuydado de las desuenturas de amor. ¿Por qué parte (dixo Sireno) tienes de mí manzilla? Syluano le respondio. Porque me paresçe, que estar vn hombre sin querer, ni ser querido, es el más enfadoso estado, que puede ser en la vida. No ha muchos dias (dixo Sireno) que tú entendias esto muy al reues, plega a Dios que en este mal estado me sustente a mí la fortuna, y a ti en el contento que reçibes con la vista de Seluagia. Que puesto caso, que se puede auer embidia de amar, y ser amado de tan hermosa pastora: yo te aseguro que la fortuna no se descuyde de templaros el contento que reçebis con vuestros amores. Seluagia dixo entonces: no será tanto el mal que ella con sus desuariados sucçesos nos puede hazer, quanto es el bien de verme tan bien empleada. Sireno le respondió: Ah Seluagia, que yo me he visto tambien querido quanto nadie puede verse, y tan sin pensamiento de ver fin a mis amores, como vosotros lo estays aora: Mas nadie haga cuenta sin la fortuna, ni fundamento sin considerar las mudanças de los tiempos. Mucho deuo a la sábia Feliçia, Dios se lo pague, que nunca yo pense poder contar mi mal en tiempo que tan poco lo sintiesse. En mayor deuda le soy yo (dixo Seluagia) pues fue causa que quisiesse bien a quien yo jamas dexe de uer delante mis ojos. Syluano dixo boluiendo los suyos hazia ella: essa deuda, esperança mia, yo soy el que con más razon la deuia pagar, a ser cosa que con la vida pagar se pudiera. Essa os dé Dios, mi bien (dixo Seluagia) porque sin ella la mia sería muy escusada. Sireno viendo las amorosas palabras que se dezian, medio riendo les dixo: No me paresçe mal que cada uno se sepa pagar tan bien que ni quiera quedar en deuda, ni que le deuan, y aun lo que me paresçe, es que segun las palabras que unos a otros dezis, sin yo ser el terçero, sabriades tratar nuestros amores. En estas y otras razones passauan los nueuos enamorados y el descuydado Sireno el trabajo de su camino, al qual dieron fin al tiempo que el sol se queria poner, y antes que llegassen a la fuente de los Alisos, oyeron vna boz de una pastora, que dulçemente cantaua: la qual fue luego conosçida, porque Syluano en oyendola, les dixo: Sin duda es Diana, la que junto a la fuente de los Alisos canta. Seluagia respondio: Verdaderamente aquella es, metamonos entre los myrthos, junto a ella, porque mejor podamos oylla. Sireno les dixo: Sea como nosotros ordenaredes, aunque tiempo fue que me diera mayor contento su musica, y aun su vista que no agora. Y entrandose todos tres por entre los espesos myrthos, ya que el sol se queria poner, vieron junto a la fuente a la hermosa Diana, con tan grande hermosura, que como si nunca la vuieran visto, ansi quedaron admirados: tenía sueltos sus hermosos cabellos, y tomadas atras con una çinta encarnada, que por medio de la cabeça los repartia. Los ojos puestos en el suelo y otras vezes en la clara fuente, y limpiando algunas lagrimas, que de quando en quando le corrian, cantaua este romançe.
Quando yo triste nasçi,
luego nasçi desdichada:
luego los hados monstraron
mi suerte desuenturada,
el sol escondió sus rayos,
la luna quedó eclipsada,
murio mi madre en pariendo,
moça hermosa, y mal lograda:
el ama que me dio leche,
jamas tuuo dicha en nada,
ni menos la tune yo,
soltera ni desposada.
Quise bien, y fuy querida:
oluidé, y fuy oluydada:
esto causó vn casamiento,
que a mí me tiene cansada.
Casara yo con la tierra,
no me viera sepultada
entre tanta desuentura
que no puede ser contada.
Moça me casó mi padre,
de su obediençia forçada:
puse a Sireno en oluido
que la fe me tenía dada,
pago tan bien mi descuydo
qual no fue cosa pagada.
Celos me hazen la guerra,
sin ser en ellos culpada:
con çelos uoy al ganado,
con çelos a la majada,
y con çelos me leuanto
contino a la madrugada:
con çelos como a su mesa,
y en su cama só acostada,
si le pido de que ha çelos,
no sabe responder nada;
jamas tiene el rostro alegre,
siempre la cara inclinada,
los ojos por los rincones,
la habla triste y turbada,
¡cómo biuira la triste
que se uee tan mal casada!
A tiempo pudiera tomar a Sireno el triste canto de Diana, con las lagrimas que derramaua cantando y la tristeza de que su rostro daua testimonio, que al pastor pusieran en riesgo de perder la uida, sin ser nadie parte para remedialle, mas como ya su coraçon estaua libre de tan peligrosa prision, ningun contento reçibio con la uista de Diana, ni pena con sus tristes lamentaçiones. Pues el pastor Syluano, no tenía a su paresçer porque pesalle de ningun mal que a Diana sucçediesse; visto como ella jamas se auia dolido de lo que a su causa auia passado. Sola Seluagia le ayudó con lagrimas, temerosa de su fortuna. Y dixo contra Sireno. Ninguna perfecçion, ni hermosura puede dar la naturaleza, que con Diana largamente no la aya repartido: porque su hermosura no creo yo que tiene par, su graçia, su discreçion, con todas las otras partes que una pastora deue tener. Nadie le haze uentaja, sola una cosa le faltó, de que yo siempre le vue miedo, y esto es la ventura: pues no quiso dalle compañia con que pudiesse passar la uida, con el descanso que ella meresçe. Sireno respondio: quien a tantos le ha quitado, justa cosa es que no le tenga. Y no digo esto, porque no me pese del mal desta pastora, sino por la grandissima causa que tengo de dessearsele. No digas esso (dixo Seluagia) que yo no puedo creer que Diana te aya ofendido en cosa alguna. ¿Qué offensa te hizo ella en casarse, siendo cosa que estaua en la uoluntad de su padre, y deudos, más quen la tuya? Y despues de casada, qué pudo hazer por lo que tocaua a su honra, sino oluidarte? cierto, Sireno, para quexarte de Diana más legitimas causas auia de auer que las que hasta aora emos uisto, Siluano dixo: Por cierto, Sireno, Seluagia tiene tanta razon en lo que dize que nadie con ella se lo puede contradizir. Y si alguno con causa se puede quexar de su ingratitud, yo soy: que la quise todo lo que se puede querer, y tuuo tan mal conosçimiento, como fue el tratamiento que vistes que siempre me hazia. Seluagia respondio, poniendo en él unos amorosos ojos, y dixo: Pues no erades uos mi pastor para ser mal tratado, que ninguna pastora ay en el mundo, que no gane mucho en que uos la querays. A este tiempo Diana sintio que çerca della hablauan, porque los pastores se auian descuydado algo de hablar, de manera que ella no les oyesse: y leuantandose en pie miró entre los myrthos y conosçio los pastores y pastora que entre ellos estaba asentada. Los quales uiendo que auian sido uistos, se unieron a ella, y la resçibieron con mucha cortesia, y ella a ellos, con muy gran comedimiento, preguntandoles adonde auian estado. A lo qual, ellos respondieron con otras palabras, y otros mouimientos de rostro, de lo que respondian a lo que ella solia preguntalles: cosa tan nueua para Diana, que puesto caso que los amores de ninguno dellos le diessen pena, en fin le pesó de uerlos tan otros de lo que solian; y más quando entendio en los ojos de Syluano el contentamiento que los de Seluagia le dauan, y porque era ya hora de recogerse, y el ganado tomaua su acostumbrado camino hazia el aldea, ellos se fueron tras él: y la hermosa Diana dixo contra Sireno: muchos dias ha (pastor) que por este valle no te he visto: más ha (dixo Sireno) que a mí me yua la vida que no me viesse quien tan mala me la ha dado, mas en fin no da poco contento hablar en la fortuna passada el que ya se halla en seguro puerto. En seguro te paresçe, dixo Diana, el estado en que agora biues? No deue ser muy peligroso (dixo Sireno), pues yo oso hablar delante de ti desta manera. Diana respondio: nunca yo me acuerdo verte por mí tan perdido, que tu lengua no tuuiesse la libertad que aora tiene. Sireno le respondio: tan discreta eres en imaginar esso, como en todas las otras cosas. Por qué causa? (dixo Diana) Porque no ay otro remedio, dixo Sireno, para que tú no sientas lo que perdiste en mí, sino pensar que no te quería yo tanto que mi lengua dexasse de tener la libertad que dizes. Mas con todo esso plega a Dios (hermosa Diana) que siempre te dé tanto contento quanto en algun tiempo me quesiste, que puesto caso que ya nuestros amores sean passados, las reliquias que en el alma me han quedado bastan para dessearte yo todo el contentamiento posible. Cada palabra dessas para Diana era arrojalle vna lança, que Dios sabe si quisiera ella más yr oyendo quexas, que creyendo libertades, y aunque ella respondia a todas las cosas, que los pastores le dezian, con çierto descuydo, y se aprouechaua de toda su discreçion para no dalles á entender que le pesaua de uer los tan libres, todavia se entendia muy bien el descontento que sus palabras le dauan. Y hablando en estas y otras cosas, llegaron al aldea, a tiempo que de todo punto el sol auia escondido sus rayos, y despidiendose unos de otros, se fueron a sus posadas.
Pues boluiendo a Arsileo, el qual con grandissimo contentamiento, y desseo de uer a[1262] su pastora, caminaua hazia el bosque donde el templo de la diosa Diana estaua, llegó junto a vn arroyo, que çerca del sumptuoso templo por entre unos uerdes alisos corria, a la sonbra de los quales se asento, esperando que uiniesse por alli alguna persona, con quien hiziesse saber a Belisa de su uenida, porque le paresçia peligroso dalle algun sobresalto, teniendolo ella por muerto. Por otra parte el ardiente desseo que tenía de uerla no le daba lugar a ningun reposo. Estando el pastor consultando consigo mismo el consejo que tomaria, uio uenir hazia si una Nimpha de admirable hermosura, con un arco en la mano, y una aljaua al cuello: mirando a una y a otra parte, si auia alguna caça en qué emplear una aguda saeta, que en el arco traya puesta. Y quando uio al pastor se fue derecha a él, y él se leuantó, y le hizo el acatamiento que a tan hermosa Nimpha deuia hazerse. Y de la misma manera fue della reçibido, porque ésta era la hermosa Polidora, una de las tres que Felismena, y los pastores libraron del poder de los saluages, y muy affiçionada a la pastora Belisa. Pues boluiendose ambos assentar sobre la uerde yerua, Polidora le preguntó de qué tierra era, y la causa de su uenida. A lo qual Arsileo respondio: Hermosa Nimpha, la tierra donde yo nasçi me ha tratado de manera, que paresçe que me hago agrauio en llamarla mía, aunque por otra parte le deuo más de lo que yo sabria encaresçer. Y para que yo te diga la causa que tuuo la fortuna de traerme a este lugar, sería menester que primero me dixesses, si eres de la compañia de la sábia Feliçia, en cuya casa me dizen que está la hermosa pastora Belisa (causa de mi destierro) y de toda la tristeza que la ausençia me ha hecho suffrir. Polidora respondio: de la compañia de la sábia Feliçia soy y la mayor amiga dessa pastora que has nombrado que ella en la uida puede tener, y para que tambien me tengas en la misma posession, si aprouechasse algo, aconsejarte hya, que siendo posible oluidalla, que lo hiziesses. Porque tan imposible es remedio de tu mal, como del que ella padesçe, pues la dura tierra come ya aquel de quien con tanta razon lo esperaua. Arsileo le respondio: Será por uentura esse que dizes que la tierra come, su seruidor Arsileo? Si por çierto, dixo Polidora, esse mismo es el que ella quiso más que a sí, el que con más razon podemos llamar desdichado, despues de ti, pues tienes puesto el pensamiento en lugar donde el remedio es imposible. Que puesto caso que jamas fuy enamorada, yo tengo por aueriguado, que no es tan grande mal la muerte, como el que deue padesçer la persona que ama a quien tiene la uoluntad empleada en otra parte. Arsileo le respondio: Bien creo, hermosa Nimpha, que segun la constançia y bondad de Belisa, no será parte la muerte para que ella ponga el pensamiento en otra cosa, y que no aurá nadie en el mundo que de su pensamiento le quitasse. Y en ser esto ansi, consiste toda mi bienauenturança. ¿Cómo, pastor (le dixo Polidora) queriendola tú de la manera que dizes, está tu feliçidad en que ella tenga en otra parte tan firme el pensamiento? Essa es nueua manera de amor, que yo hasta agora no he oydo. Arsileo le respondio: para que no te marauilles, hermosa Nimpha, de mis palabras, ni de la suerte del amor que a mi señora Belisa tengo, está un poco atenta, y contarte he lo que tú jamas pensaste oyr, aunque el prinçipio dello te deue auer contado essa tu amiga y señora de mi coraçon. Y luego le conto desdel prinçipio de sus amores, hasta el engaño de Alfeo con los encantamientos que hizo, y todo lo demas que destos amores hasta entonçes auia sucçedido, de la manera que atras lo he contado, lo qual contaua el pastor, aora con lagrimas cansadas de traer a la memoria sus desuenturas pasadas, aora con sospiros que del alma le salian, imaginando lo que en aquellos passos su señora Belisa podia sentir. Y con las palabras y mouimientos del rostro, daua tan grande spirito a lo que dezia, que a la Nimpha Polidora puso en grande admiraçion, mas quando entendio que aquel era uerdaderamente Arsileo, el contento que desto reçibio, no se atreuia dallo a entender con palabras, ni aun le paresçia que podria hazer más que sentillo. Ved qué se podia esperar de la desconsolada Belisa, quando lo supiesse! Pues poniendo los ojos en Arsileo, no sin lagrimas de grandissimo contentamiento le dixo: Quisiera yo (Arsileo) tener tu discreçion y claridad de ingenio para darte a entender lo que siento del allegre sucçesso que a mi Belisa le ha soliçitado la fortuna, porque de otra manera sería escusado pensar yo que tan baxo ingenio como el mio, podria dallo a entender. Siempre yo tuue creydo que en algun tiempo la tristeza de mi Belisa se auia de boluer en grandissima alegria, porque su hermosura y discreçion, juntamente con la grandissima fe que siempre te ha tenido, no meresçia menos. Mas por otra parte tuue temor que la fortuna no tuuiesse cuenta con dalle lo que yo tanto le desseaua. Porque su condiçion es, las más de las uezes, traer los sucçessos muy al reues del desseo de los que quieren bien. Dichoso te puedes llamar, Arsileo, pues mereçiste ser querido en la vida, de manera que en la muerte no pudiesses ser oluidado. Y porque no se sufre dilatar mucho tan gran contentamiento a vn coraçon que tan neçessitado dél está, dame liçençia para que yo vaya a dar tan buenas nueuas a tu pastora, como son las de tu vida y su desengaño. Y no te vayas deste lugar, hasta que yo buelua con la persona que tú más deseas ver, y con más razon te lo meresçe. Arsileo le respondio: hermosa Nimpha, de tan gran discreçion y hermosura como la tuya, no se puede esperar sino todo el contento del mundo. Y pues tanto desseas darmele, haz en ello tu voluntad, que por ella me pienso regir, ansi en esto, como en lo de más que sucçediere. Y despidiendose vno de otro, Polidora se partio a dar la nueua a Belisa, y Arsileo la quedó esperando a la sombra de aquellos alisos; el qual por entretener el tiempo en algo, como suelen hazer las personas que esperan alguna cosa que gran contento les dé, sacó su rabel, y començo a cantar desta manera.
Ya dan buelta el amor y la fortuna,
y vna esperança muerta, o desmayada
la esfuerça cada vno,[1263] y la assegura.
Ya dexan infortunios la posada
de vn coraçon en fuego consumido,
y una alegria viene no pensada.
Ya quita el alma al luto, y el sentido
la posada apareja a la alegria,
poniendo en el pesar eterno oluido.
Qualquiera mal de aquellos que solia
passar quando reynaua mi tormento,
y en fuego del ausençia me ençendia.
A todos da fortuna tal descuento,
que no fue tanto mal del mal passado,
quanto es el bien, del bien que agora siento.
Bolued, mi coraçon sobresaltado
de mil desassosiegos, mil enojos:
sabed gozar si quiera un buen estado.
Dexad vuestro llorar, cansados ojos,
que presto gozareys de uer aquella,
por quien gozó el amor de mis despojos.
Sentidos que buscays mi clara estrella,
embiando acá y allá los pensamientos,
a uer lo que sentis delante della?
A fuera soledad y los tormentos,
sentidos a su causa, y dexen desto
mis fatigados miembros muy essentos.
O tiempo no te pares, passa presto,
fortuna, no le estorues su uenida:
ay Dios? que aun me quedó por passar esto?
Ven mi pastora dulçe, que la uida
que tú pensaste que era ya acabada,
está para seruirte aperçebida.
No uienes, mi pastora desseada?
ay Dios, si la ha topado, o se ha perdido
en esta selua de arboles poblada?
O si esta Nimpha que de aqui se ha ydo
quiça que se oluidó de yr a buscalla:
más no, tal voluntad no suffre oluido.
Tú sola eres pastora adonde halla
mi alma su descanso y su alegria,
por qué no vienes presto a asseguralla?
¿No vees como se ua passando el dia,
y si se passa acaso sin yo verte,
yo boluere al tormento que solia,
y tú de veras llorarás mi suerte?
Quando Polidora se partió de Arsileo, no muy lexos de alli topó a la pastora Belisa, que en compañia de las dos Nimphas, Cinthia y Polidora, se andaua recreando por el espesso bosque; y como ellas la viessen venir con grande priesa, no dexaron de alborotarse paresçiendoles que yua huyendo de alguna cosa de que ellas tambien les cumpliesse de[1264] huyr. Ya que uuo llegado vn poco más cerca, la alegria que en su hermoso rostro uieron las asseguró, y llegando a ellas, se fue derecha a la pastora Belisa, y abraçandola, con grandissimo gozo y contentamiento le dixo: Este abraço (hermosa pastora) si uos supiessedes de qué parte uiene, con mayor contento le reçibiriades del que aora teneys. Belisa le respondio: de ninguna parte (hermosa Nimpha) él puede uenir, que yo en tanto le tenga, como es de la vuestra, que la parte de que yo lo pudiera tener en más, ya no es en el mundo, ni aun yo deuria querer biuir, faltandome todo el contento que la uida me podia dar. Essa uida espero yo en Dios, dixo Polidora, que uos de aqui adelante terneys con más alegria de la que podeys pensar. Y sentemonos a la sombra deste uerde aliso, que grandes cosas traygo que deçiros. Belisa y las Nimphas se assentaron, tomando en medio a Polidora, la qual dixo a Belisa: Dime, hermosa pastora, tienes tú por çierta la muerte de Arsenio y Arsileo? Belisa le respondio, sin poder tener las lagrimas: Tengola por tan çierta, como quien con sus mismos ojos la uio, uno atrauessado con una saeta, y al otro matarse con su misma espada. Y qué dirias (dixo Polidora) a quien te dixesse, que estos dos que tú uiste muertos, son biuos, y sanos, como tú lo eres? Respondiera yo a quien esso me dixesse (dixo Belisa) que ternía desseo de renouar mis lagrimas, trayendomelos a la memoria, o que gustaua de burlarse de mis trabajos. Bien segura estoy (dixo Polidora) que tú esso pienses de mí pues sabes que me han dolido más que a ninguna persona que tú lo ayas contado. Mas dime, quién es un pastor de tu tierra, que se llama Alfeo? Belisa respondio: El mayor hechizero y encantador que ay en nuestra Europa: y aun algun tiempo, se preçiaua él de seruirme. Es hombre (hermosa Nimpha) que todo su trato y conuersaçion es con los demonios a los quales él haze tomar la forma que quiere. De tal manera que muchas uezes pensays que con vna persona a quien conosçeys, estays hablando, y vos hablays con el demonio a que él haze tomar aquella figura. Pues has de saber, hermosa pastora, dixo Polidora, que esse mismo Alfeo con sus hechizerias, ha dado causa al engaño en que hasta agora has biuido, y a las infinitas lagrimas que por esta causa has llorado porque sabiendo él que Arsileo te auia de hablar aquella noche que entre uosotros estaua conçertado, hizo que dos spiritus tomassen las figuras de Arsileo y de su padre, y queriendote Arsileo hablar, passasse delante de ti lo que uiste. Porque paresçiendote que eran muertos, desesperasses, o a lo menos, hiziesses lo que heziste. Quando Belisa oyo lo que la hermosa Polidora le auia dicho, quedó tan fuera de sí, que por vn rato no supo respondelle; pero boluiendo en si, le dixo, Grandes cosas, hermosa Nimpha, me has contado, si mi tristeza no me estoruasse creellas. Por lo que dizes que me quieres, te suplico que me digas de quién has sabido, que los dos que yo vi delante de mis ojos muertos, no eran Arsenio y Arsileo? De quién? (dixo Polidora) del mismo Arsileo. Cómo Arsileo? Respondió Belisa. Que es posible que el mi Arsileo está biuo? y en parte que te lo pudiesse contar? Yo te diré quán posible es, dixo Polidora, que si uienes comigo, antes que lleguemos a aquellas tres hayas, que delante de los ojos tienes, te lo mostraré. Ay Dios, dixo Belisa, qué es esto que oyo? Que es verdad, que está alli todo mi bien? Pues qué hazes (hermosa Nimpha) que no me lleuas a uerle? No cumples con el amor que dizes siempre me as tenido. Esto dezia la hermosa pastora, con vna mal segura alegria, con vna dudosa esperança de lo que tanto deseaua, mas leuantandose Polidora, y tomandola por la mano, juntamente con las Nimphas Cinthia, y Dorida, que de plazer no cabian en ver el buen suçesso de Belisa, se fueron hazia el arrroyo, donde Arsileo estaua. Y antes que allá llegassen, vn templado ayre, que de la parte de donde estaua Arsileo venia, les hirio con la dulçe boz del enamorado pastor en los oydos, el qual aun a este tiempo no auia dexado la musica: mas antes començó de nueuo a cantar esta mote antiguo, con la glosa que el mismo alli a su proposito hizo.
VENTURA, UEN Y DURA
Glosa.
Qué tiempos, que mouimientos,
qué caminos tan estraños,
qué engaños, qué desengaños,
qué grandes contentamientos
nasçieron de tantos daños:
todo lo sufre vna fe
y un buen amor lo assegura,
y pues que mi desuentura,
ya de enfadada se fue,
ven, ventura, uen y dura.
Sueles, ventura, mouerte
con ligero mouimiento,
y si en darme este contento
no ymaginas tener fuerte,
más me uale mi tormento;
que si te vas al partir,
falta el seso y la cordura:
mas si para estar segura
te determinas venir,
ven, ventura, uen y dura.
Si es en uano mi uenida,
si acaso biuo engañado,
que todo teme vn cuytado,
no fuera perder la uida
consejo más açertado?
o temor, eres estraño,
siempre el mal se te figura,
mas ya que en tal hermosura
no puede caber engaño,
ven, ventura, uen y dura[1265].
Qvando Belisa oyó la musica de su Arsileo, tan gran alegría llegó a su coraçon, que sería imposible sabello dezir, y acabando de todo punto de dexar la tristeza que el alma le tenía occupada, de adonde procedia su hermoso rostro no mostrar aquella hermosura de que la naturaleza tanta parte le auia dado, ni aquel ayre y graçia, causa prinçipal de los sospiros del su Arsileo, dixo con vna tan nueua graçia y hermosura que las Nimphas dexó admiradas: Esta sin duda es la boz del mi Arsileo, si es verdad, que no me engaño en llamarle mío. Quando el pastor vio delante de sus ojos la causa de todos sus males passados, fue tan grande el contentamiento que reçibió, que los sentidos, no siendo parte para conprehendelle en aquel punto, se le turbaron de manera que por entonçes no pudo hablar. Las Nimphas sintiendo lo que en Arsileo auio causado la vista de su pastora, se llegaron a él a tiempo que suspendiendo el pastor por vn poco lo que el contentamiento presente le causaua, con muchas lagrimas dezia: O pastora Belisa, con qué palabras podré yo encaresçer la satisfacçion que la fortuna me ha hecho de tantos y tan desusados trabajos, como a causa tuya, he passado? O quién me dara un coraçon nueuo, y no tan hecho a pesares como el mío, para reçebir vn gozo tan estremado, como el que tu uista me causa? O fortuna, ni yo tengo más que te pedir, ni tú tienes más que darme. Sola una cosa te pido. Ya que tienes por costumbre, no dar a nadie ningun contento estremado, sin dalle algun disgusto en cuenta dél, que con pequeña tristeza, y de cosa que duela poco, me sea templada la gran fuerça de la alegria, que en este dia me diste: O hermosas Nimphas, ¿en cuyo poder auia de estar tan gran thesoro, sino en el vuestro, adonde pudiera él estar mejor empleado? Alegrense vuestros coraçones con el gran contentamiento, que el mio resçibe: que si algun tiempo quesistes bien, no os paresçerá demasiado. O hermosa pastora, por qué no me hablas? ha te pesado por ventura de ver al tu Arsileo? ha turbado tu lengua, el pesar de auello uisto, o el contentamiento de velle? Respondeme, porque no sufre lo que te quiero yo estar dudoso de cosa tuya? La pastora entonçes le respondio: muy poco sería el contento de verte (o Arsileo) si yo con palabras pudiesse dezillo. Contentate con saber el extremo en que tu fingida muerte me puso, y por él verás la gran alegria en que tu vida me pone. Y viniendole a la pastora, al postrero punto destas palabras, las lagrimas a los ojos, calló lo mas que dezir quisiera: a las quales las Nimphas enternesçidas de las blandas palabras que los dos amantes se dezian, les ayudaron. Y porque la noche se les açercaua, se fueron todos juntos hazia la casa de Feliçia, contandose vno a otro lo que hasta alli auian passado. Belisa preguntó a Arsileo por su padre Arsenio: y el respondio que en sabiendo que ella era desaparesçida, se auia recogido en una heredad suya, que está en el camino, a do biue con toda la quietud posible, por auer puesto todas las cosas del mundo en oluido, de que Belisa en extremo se holgó, y assi llegaron en casa de la sábia Feliçia donde fueron muy bien reçebidos. Y Belisa le besó muchas vezes las manos, diziendo que ella auia sido causa de su buen suçesso, y lo mismo hizo Arsileo, a quien Feliçia mostro gran voluntad de hazer siempre por él lo que en ella fuesse.
Fin del quinto libro.
NOTAS:
[1260] Le en la edición de Milán.
[1261] Falta el que en la edición de Milán.
[1262] Falta el á en la edición de Milán.
[1263] Cada cual, en la edición de Milán.
[1264] Falta el de en la edición de Milán.
[1265] En la edición de Milán, siempre tura en vez de dura.
LIBRO SEXTO
DE LA DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
Despues que Arsileo se partio, quedó Felismena con Amarilida la pastora que con él estaua, pidiendose vna a otra cuenta de sus vidas, cosa muy natural de las que en semejantes partes se hallan. Y estando Felismena contando a la pastora la causa de su venida, llegó a la choça vn pastor de muy gentil disposiçion y arte: aunque la tristeza paresçia que le traya encubierta gran parte della. Quando Amarilida le vio, con la mayor presteza que pudo se leuantó para yrse, mas Felismena la trauó de la saya, sospechando lo que podia ser, y le dixo: No sería justo (hermosa pastora) que esse agrauio reçebiesse de ti, quien tanto desseo tiene de seruirte, como yo. Mas como ella porfiasse de yrse de alli, el pastor con muchas lagrimas dezia: Amarilida, no quiero que teniendo respecto a lo que me haze suffrir, te duelas deste desuenturado pastor, sino que tengas cuenta con tu gran valor y hermosura, y con que no ay cosa en la uida que peor esté a una pastora de tu qualidad, que tratar mal a quien tanto la[1266] quiere. Mira, Amarilida mia, estos cansados ojos, que tantas lagrimas han derramado, y uerás la razon que los tuyos tienen de no mostrarse ayrados contra este sin uentura pastor. ¡Ay que me huyes por no uer la razon que tienes de aguardarme! Espera, Amarilida, oyeme lo que digo, y siquiera no me respondas. ¿Qué te cuesta oyr a quien tanto le ha costado uerte? Y boluiendose a Felismena con muchas lagrimas le pedia que no le dexasse yr: la qual importunaua con muy blandas palabras a la pastora, que no tratasse tan mal a quien mostraua quererla más que a sí: y que le escuchasse pues en ello auenturaua tan poco. Mas Amarilida respondio: Hermosa pastora, no me mandeys oyr a quien dé más credito a sus pensamientos que a mis palabras. Cata que este que delante de ti está, es uno de los desconfiados pastores, que se sabe, y de los que mayor trabajo dan a las pastoras que quieren bien. Filemon dixo contra Felismena: Yo quiero (hermosa pastora) que seas el juez entre mi y Amarilida, y si yo tengo culpa del enojo que comigo tiene, quiero perder la vida. E si ella la tuuiera, no quiero otra cosa, sino que en paga desto, conozca lo que me deue. De perder tú la vida (dixo Amarilida) yo estoy bien segura, porque ni a ti te quieres tanto mal, que lo hagas, ni a mí tanto bien, que por mi causa te pongas en auentura de perder la vida. Mas yo agora quiero, que esta hermosa pastora juzgue, vista mi razon y la tuya, quál es más digno de culpa entre los dos. Sea assi (diso Felismena) y sentemonos al pie desta verde haya, junto al prado florido que delante los ojos tenemos, porque quiero ver la razon, que cada vno tiene, de quexarse del otro. Despues que todos se vuieron assentado sobre la uerde yerua, Filemon començo a hablar desta manera: Hermosa pastora, confiado estoy, que si acaso has sido tocada de amores, conoçeras la poca razon que Amarilida tiene de quexarse de mí y de sentir tan mal de la fe que le tengo, que venga a ymaginar lo que nadie de su pastor imaginó. Has de saber, hermosa pastora, que quando yo nasçi, y aun ante mucho que nasçiesse, los hados me destinaron para que amasse esta hermosa pastora que delante mis tristes y tus hermosos ojos está, y a esta causa he respondido con el effecto de tal manera, que no creo que ay amor como el mio, ni ingratitud como la suya. Sucçedio, pues, que seruiendola desde mi niñez, lo mejor que yo he sabido, aurá como çinco o seis meses, que mi desuentura aportó por aqui a vn pastor llamado Arsileo, el qual buscaua vna pastora, que se llama Belisa, que por çierto mal suçesso, anda por estos bosques desterrada. Y como fuesse tanta su tristeza, sucçedio que esta cruel pastora que aqui veys, o por mançilla que tuuo dél, o por la poca que tiene de mí, o por lo que ella se sabe, jamas la he podido apartar de su compañia. Y si acaso le hablaua en ello paresçia que me queria matar, porque aquellos ojos que alli veys, no causan menos espanto, quando miran, estando ayrados, que alegria, quando estan serenos. Pues como yo estuuiesse tan occupado, el coraçon de grandissimo amor, el alma de vna affeçion[1267] jamas oyda, el entendimiento de los mayores çelos, que nunca nadie tuuo, quexauame a Arsileo con sospiros, y a la tierra con amargo llanto: mostrando la sin razon que Amarilida me hazia. Ha le causado tan grande aborresçimiento auer yo imaginado cosa contra su honestidad que por vengarse de mi, ha perseuerado en ello hasta aora, y no tan solamente haze esto, mas en viendome delante sus ojos, se va huyendo como la medrosa çierua de los hambrientos lebreles. Ansi que por lo que deues a ti misma, te pido que juzgues, si es bastante la causa que tiene de aborresçerme y si mi culpa es tan graue, que merezca por ella ser aborresçido. Acabado Filemon de dar cuenta de su mal, y de la sin razon que su Amarilida le hazia, la pastora Amarilida començo a hablar desta manera: Hermosa pastora, auerme Filemon, que ahi está, querido bien (a lo menos auerlo mostrado) sus seruicios an sido tales, que me sería mal contado dezir otra cosa; pero si yo tambien he desechado, por causa suya, el seruiçio de otros muchos pastores, que por estos valles repastan sus ganados, y zagales a quien naturaleza no ha dotado de menos graçia que a otros, el mismo puede dezillo. Porque las muchas uezes que yo he sido requestada, y las que he tenido la firmeza que a su fe deuia, no creo que ha sido muy lexos de su presençia, mas no auia de ser esto parte para que él me tuuiesse tan en poco que ymaginasse de mí cosa contra lo que a mí misma soy obligada; porque si es ansi, y él lo sabe, que a muchos que por mí se perdian, yo he desechado por amor dél, ¿cómo auia yo de desechar a él por otro? ¿O pensaua en él, o en mis amores? Cien mil uezes me ha Filemon açechado, no perdiendo pisada, de las que el pastor Arsileo y yo dauamos por este hermoso ualle, mas él mismo diga si algun dia oyó que Arsileo me dixesse cosa que supiesse a amores, o si yo le respondia alguna que lo paresçiesse ¿Qué dia me vio hablar Filemon con Arsileo, que entendiesse de mis palabras otra cosa, que consolalle de tan graue mal como padesçia? Pues si esto auia de ser causa que sospechasse mal de su pastora, ¿quién mejor puede juzgarlo que él mismo? Mira, hermosa Nimpha, quan entregado estaua a sospechas falsas y dudosas ymaginaçiones, que jamas mis palabras pudieron satisfazelle, ni acabar con él que dexasse de ausentarse deste ualle, pensando él que con ausençia daria fin a mis dias, y engañose, porque antes me paresçe que lo dio al contentamiento de los suyos. Y lo bueno es que aun no se contentaua Filemon de tener çelos de mí, que tan libre estaua como tú, hermosa pastora, aurás entendido, más aun lo publicaua en todas las fiestas, bayles, luchas, que entre los pastores desta sierra se hazian. Y esto ya tú conosçes, si uenia en mayor daño de mi honra que de su contentamiento. En fin, él se ausentó de mi presençia, y pues tomó por mediçina de su mal cosa que más se lo ha acresçentado, no me culpe si me he sabido mejor aprouechar del remedio de lo que él ha sabido tomalle. Y pues tú, hermosa pastora, as uisto el contento que yo reçebi, en que dixesses al desconsolado Arsileo nueuas de su pastora, y que yo misma fuy la que le importuné que luego fuesse a buscalla, claro está que no podia auer entre los dos cosa de que pudiessemos ser tan mal juzgados, como este pastor inconsideradamente nos ha juzgado. Ansi que esta es la causa de yo me auer resfriado del amor que a Filemon tenía, y de no me querer más poner a peligro de sus falsas sospechas, pues me ha traydo mi buena dicha a tiempo, que sin forçarme a mí misma, pudiesse muy bien hazello. Despues que Amarilida vuo mostrado la poca razon que el pastor auia tenido de dar credito a sus ymaginaçiones y la libertad en que el tienpo le auia puesto (cosa muy natural de coraçones essentos), el pastor le respondio desta manera: No niego yo (Amarilida) que tu bondad y discreçion no basta para desculparte de qualquiera sospecha. ¿Mas quieres tú por uentura hazer nouedades en amores, y ser inuentora de otros nueuos effectos de los que hasta agora auemos uisto? ¿Quándo quiso bien vn amador, que qualquiera occasion de çelos, por pequeña que fuesse, no le atormentasse el alma, quanto más siendo tan grande como la que tú con larga conuersaçion y amistad de Arsileo me ha dado? ¿Piensas tú, Amarilida, que para los çelos son menester çertidumbres? Pues engañaste, que las sospechas son las prinçipales causas de tenellos. Creer yo que querias bien a Arsileo por via de amores, no era mucho, pues el publicallo yo, tan poco era de manera que tu honra quedasse offendida: quanto más que la fuerça de amor era tan grande, que me hazia publicar el mal de que me temia. Y puesto caso que tu bondad me assegurasse, quando a hurto de mis sospechas la consideraua, todavia tenía temor de lo que me podia suçeder, si la conuersaçion yua delante. Quanto a lo que dizes que yo me ausenté, no lo hize por darte pena, sino por uer si en la mia podria auer algun remedio, no uiendo delante mis ojos a quien tan grande me la daua, y tambien porque mis importunidades no te la causassen. Pues si en buscar remedio para tan graue mal, fuy contra lo que te deuia: ¿qué más pena que la que tu ausençia me hizo sentir? ¿O qué más muestra de amor que no ser ella causa de oluidarte? ¿Y qué mayor señal del poco que comigo tenias, que auelle tú perdido de todo punto con mi ausençia? Si dizes que jamas quisiste bien a Arsileo, aun esso me da a mi mayor causa de quexarme, pues por cosa en que tan poco te yua, dexauas a quien tanto te desseaua seruir. Ansi que tanto mayor quexa tengo de ti, quanto menos fue el amor que a Arsileo has tenido. Estas son (Amarilida) las razones, y otras muchas que no digo, que en mi fauor puedo traer: las quales no quiero que me ualgan, pues en caso de amores suelen ualer tan poco. Solamente te pido que tu çlemençia y la fe que sienpre te he tenido, esten, pastora, de mi parte, porque si ésta me falta, ni en mis males podra auer fin, ni medio en tu condiçion. Y con esto el pastor dio fin a sus palabras, y prinçipio a tantas lagrimas, que bastaron juntamente con los ruegos, y sentençia que en este caso Felismena dio, para que el duro coraçon de Amarilida se ablandasse, y el enamorado pastor boluiesse en graçia de su pastora: de lo qual quedó tan contento, como nunca jamas lo estuuo, y aun Amarilida no poco gozosa de auer mostrado quán engañado estaua Filemon en las sospechas que della tenía. Y despues de auer passado alli aquel dia con muy gran contentamiento de los dos confederados amadores, y con mayor desassosiego de la hermosa Felismena, ella otro dia por la mañana se partio dellos, despues de muy grandes abraços, y prometimientos de procurar siempre la una de saber del buen sucçesso de la otra.
Pues Sireno muy libre del amor, y Seluagia y Syluano muy más enamorados que nunca, la hermosa Diana muy descontenta del triste sucçesso de su camino, passaua la uida apasçentando su ganado por la ribera del caudaloso Ezla: adonde muchas uezes, topandose unos a otros, hablauan en lo que mayor contento les daua. Y estando un dia la discreta Seluagia con el su Syluano junto a la fuente de los alisos, llegó acaso la pastora Diana, que uenia en busca de un cordero que de la manada se le auia huydo, el qual Syluano tenía atado a un myrtho, porque quando alli llegaron, le halló beuiendo en la clara fuente, y por la marca conosçio ser de la hermosa Diana. Pues siendo, como digo, llegada y resçebida de los dos nueuos amantes, con gran cortesia se assento entre la uerde yerua, arrimada a uno de los alisos que la fuente rodeauan, y despues de auer hablado en muchas cosas, le dixo Syluano: ¿Cómo (hermosa Diana) no nos preguntas por Sireno? Diana entonces le respondio: Como no querria tratar de cosas passadas, por lo mucho que me fatigan las presentes: tienpo fue que preguntar yo por él le diera más contento, y aun a mí el hablalle, de lo que a ninguno de los dos aora nos dara, mas el tienpo cura infinitas cosas que a la persona le paresçen sin remedio. Y si esto assi no entendiesse, ya no auria Diana en el mundo, segun los desgustos y pesadumbres que cada dia se me offreçen. No querra Dios tanto mal al mundo (respondio Seluagia), que le quite tan grande hermosura como la tuya. Essa no le faltará en quanto tú biuieres (dixo Diana) y adonde está tu graçia y gentileza muy poco se perderia en mí. Sino miralo por el tu Syluano, que jamas pensé yo que él me oluidara por otra pastora alguna, y en fin me ha dado de mano por amor de ti. Esto dezia Diana, con una risa muy graçiosa, aunque no se reya destas cosas tanto, ni tan de gana, como ellos pensauan. Que puesto caso que ella uuiesse querido a Sireno más que a su uida, y a Syluano le uuiesse aborresçido, más le pesaua del oluido de Syluano, por ser causado de otra, de cuya vista estaua cada dia gozando con gran contentamiento de sus amores, que del oluido de Sireno, a quien no mouia ningun pensamiento nueuo. Quando Syluano oyó lo que Diana auia dicho, le respondio: Oluidarte yo, Diana, seria escusado, porque no es tu hermosura y ualor de los que oluidarse pueden. Verdad es que yo soy de la mi Seluagia: porque de más de auer en ella muchas partes, que hazello me obligan, no tuuo en menos su suerte, por ser amada de aquél a quien tú en tan poco tuuiste. Dexemos esso (dixo Diana) que tú estás muy bien empleado, y yo no lo miré bien, en no quererte como tu amor me lo meresçia. Si algun contento en algun tienpo desseaste darme, ruegote todo quanto puedo que tú y la hermosa Seluagia canteys alguna cançion por entretener la fiesta: que me paresçe que comiença de manera que será forçado passalla debaxo de estos alisos, gustando del ruydo de la clara fuente, el qual no ayudará poco a la suavidad de vuestro canto. No se hizieron de rogar los nueuos amadores, aunque la hermosa Seluagia no gustó mucho de la platica que Diana con Syluano auia tenido. Mas porque en la cançion pensó satisfazer al son de la çampoña que Diana tañía, començaron los dos a cantar desta manera:
Zagal alegre te ueo,
y tu fe firme y segura.
—Cortome amor la uentura
a medida del desseo.
¿Qué desseaste alcançar,
que tal contento te diesse?
—Querer a quien me quisiesse,
que no hay más que dessear.
Essa gloria en que te ueo,
tienes la por muy segura.
—No me la ha dado uentura
para burlar al desseo.
¿En quanto estuuiese firme[1268],
moririas sospirando?
—De oyllo dezir burlando
estoy ya para morirme.
¿Mudarias (aunque feo)
viendo mayor hermosura?
—No porque sería locura
pedirme más el desseo.
¿Tienesme tan grande amor,
como en tus palabras siento?
—Esso a tu meresçimiento
lo preguntarás mejor.
Algunas uezes lo creo,
y otras no estoy muy segura.
—Solo en eso la uentura
haze offensa a mi desseo.
Finge que de otra zagala
te enamoras más hermosa.
—No me mandes hazer cosa,
que aun para fingida es mala.
Muy más firmeza te ueo,
pastor, que a mi hermosura.
—Y a mí muy mayor uentura
que jamas cupo en desseo.
A este tiempo baxaua Sireno del aldea, á la fuente de los alisos, con grandissimo desseo de topar a Seluagia, o a Syluano. Porque ninguna cosa por entonçes le daua más contento que la conuersaçion de los dos nueuos enamorados. Y paseando por la memoria los amores de Diana, no dexaua de causalle soledad el tiempo que la auia querido, no porque entonçes le diesse pena su amor, mas porque en todo tienpo la memoria de un buen estado causa soledad al que le ha perdido. Y antes que llegasse a la fuente, en medio del uerde prado, que de myrthos y laureles rodeado estaua, halló las ouejas de Diana, que solas por entre los arboles andauan pasçiendo, so el amparo de los brauos mastines. Y como el pastor se parasse a mirallas, ymaginando el tienpo en que le auian dado más en que entender que las suyas proprias; los mastines con gran furia se uinieron a él, mas como llegassen y dellos fuesse conosçido, meneando las colas y baxando los pescueços que de agudas puntas de azero estauan rodeados, se le echaron a los pies, y otros se empinauan con el mayor regozijo del mundo. Pues las ouejas no menos sentimiento hizieron, porque la borrega mayor, con su rustico çençerro, se uino al pastor, y todas las otras guiadas por ella, o por el conosçimiento de Sireno, le çercaron alrededor, cosa que él no pudo uer sin lagrimas, acordandosele que en compañía de la hermosa pastora Diana auia repastado aquel rebaño. Y uiendo que en los animales sobraua el conosçimiento que en su señora auia faltado, cosa fue ésta, que si la fuerça del agua que la sabia Feliçia le auia dado, no le uuiera hecho oluidar los amores, quiça no uuiera cosa en el mundo que le estoruara boluer a ellos. Mas uiendose çercado de las ouejas de Diana, y de los pensamientos que la memoria della ante los ojos le ponia, començo a cantar esta cançion al son de su loçano rabel.
Passados contentamientos
¿qué quereys?
dexadme, no me canseys.
Memoria, ¿quereys oyrme?
los dias, las noches buenas,
paguelos con las setenas,
no teneys más que pedirme,
todo se acabó en partirme,
como ueys,
dexadme, no me canseys.
Campo uerde, ualle vmbroso,
donde algun tiempo gozé,
ved lo que despues passé,
y dexadme en mi reposo:
si estoy con razon medroso,
ya lo ueys,
dexadme, no me canseys.
Vi mudado un coraçon,
cansado de assegurarme,
fue forçado aprouecharme,
del tiempo, y de la occasion;
memoria do no ay passion,
¿qué quereys?
dexadme, no me canseys.
Corderos y ouejas mias,
pues algun tiempo lo fuistes,
las horas lentas o tristes
passaronse con los dias,
no hagays las alegrias
que soleys,
pues ya no me engañareys.
Si uenis por me turbar,
si uenis por consolar,
ya no hay mal que consolar:
si uenis por me matar,
bien podeys,
matadme y acabareys.
Despues que Sireno vuo cantado, en la boz fue conosçido de la hermosa pastora Diana y de los dos enamorados, Seluagia y Syluano. Ellos le dieron bozes, diziendo que si pensaua passar la fiesta en el campo, que alli estaua la sabrosa fuente de los alisos, y la hermosa pastora Diana, que no seria mal entretenimiento para passalla. Sireno le respondio que por fuerça auia de esperar todo el dia en el campo, hasta que fuesse hora de boluer con el ganado a su aldea, y viniendose adonde el pastor y pastoras estauan, se sentaron en torno de la clara fuente, como otras uezes solian. Diana, cuya uida era tan triste qual puede ymaginar quien uiesse una pastora la más hermosa y discreta que entonces se sabia, tan fuera de su gusto casada, siempre andaua buscando entretenimientos para passar la uida hurtando el cuerpo a sus imaginaçiones. Pues estando los dos pastores hablando en algunas cosas tocantes al pasto de los ganados y al aprouechamiento dellos, Diana les rompio el hilo de su platica, diziendo contra Syluano: Buena cosa es, pastor, que estando delante la hermosa Seluagia trates de otra cosa, sino de encaresçer su hermosura y el gran amor que te tiene: dexa el campo, y los corderos, los malos, o buenos sucçessos del tiempo y fortuna, y goza, pastor, de la buena que has tenido, en ser amado de tan hermosa pastora, que adonde el contentamiento del spirito es razon que sea tan grande, poco al caso hazen los bienes de fortuna. Siluano entonces le respondio: Lo mucho que yo, Diana, te deuo, nadie lo sabría encaresçer, como ello es, sino quien huuiese entendido la razon que tengo de conoçer esta deuda, pues no tan solo me enseñaste a querer bien, mas aun aora me guyas y muestras vsar del contentamiento que mis amores me dan. Infinita es la razon que tienes de mandarme que no trate de otra cosa, estando mi señora delante, sino del contento que su vista me causa, y assi prometo de hacello, en quanto el alma no se despidiere destos cansados miembros. Mas de una cosa estoy espantado, y es de ver como el tu Sireno buelue a otra parte los ojos, quando hablas; paresçe, que no le agradan tus palabras, ni se satisfaçe de lo que respondes. No le pongas culpa (dixo Diana) que hombres descuydados y enemigos de lo que a si mismos deuen, esso y más harán. ¿Enemigo de lo que a mí mismo deuo? (respondia Sireno). Si yo jamas lo fuy, la muerte me dé la pena de mi yerro. Buena manera es essa de desculparte. ¡Desculparme yo, Sireno (dixo Diana) si la primera culpa contra ti no tengo por cometer, jamas me vea con más contento, que el que agora tengo! Bueno es que me pongas tú culpa por auerme casado, teniendo padres. Mas bueno es (dixo Sireno) que casasses teniendo amor. ¿Y qué parte (dixo Diana) era el amor, adonde estaua la obediencia que a los padres se deuia? ¿Mas qué parte (respondio Sireno) eran los padres, la obediençia, los tiempos, ni los malos ó fauorables sucçessos de la fortuna, para sobrepujar vn amor tan verdadero, como antes de mi partida me mostraste? Ah Diana, Diana, que nunca yo pense que vuiera cosa en la uida que vna fe tan grande pudiera quebrar: quanto más, Diana, que bien te pudieras casar, y no olvidar a quien tanto te queria. Mas mirandolo desapassionadamente, muy mejor fue para mí ya que te casauas, el oluidarme. ¿Por qué razon (dixo Diana?) Porque no ay (respondio Sireno) peor estado que es querer vn pastor á una pastora casada: ni cosa que más haga perder el seso, al que uerdadero amor le tiene. Y la razon dello es, que como todos sabemos, la principal passion, que a un amador atormenta, despues del desseo de su dama son los çelos. Pues qué te paresçe, que será para un desdichado que quiere bien, saber que su pastora está en braços de su uelado, y él llorando en la calle su desuentura: Y no para aqui el trabajo, mas en ser un mal que no os podeys quexar dél, porque en la hora que os quexaredes, os ternan por loco, o desatinado. Cosa la más contraria al descanso que puede ser: que ya cuando los çelos son de otro pastor que la sirua, en quexar de los fauores que le haze y en oyr desculpas, passays la vida, mas este otro mal es de manera que en un punto la perdereys, sino teneys cuenta con uuestro desseo. Diana entonçes respondio: Dexa essas razones, Sireno, que ninguna neçesidad tienes de querer, ni ser querido. A trueque de no tenella de querer (dixo Sireno) me alegro en no tenella de ser querido. Estraña libertad es la tuya (dixo Diana). Mas lo fue tu oluido (respondio Sireno), si miras bien en las palabras que a la partida me dixiste, mas como dizes, dexemos de hablar en cosas passadas, y agradezcamos al tiempo y a la sábia Feliçia las presentes, y tú, Syluano, toma tu flauta y templemos mi rabel con ella, y cantaremos algunos versos: aunque coraçon tan libre como el mio, ¿qué podra cantar, que dé contento a quien no le tiene? Para esto yo te dare buen remedio, dixo Syluano. Hagamos cuenta que estamos los dos de la manera que esta pastora nos traya al tiempo que por este prado esparzimos nuestras quexas. A todos paresçio bien lo que Syluano dezia, aunque Seluagia no estaua muy bien en ello, mas por no dar a entender çelos donde tan gran amor amor conosçia, calló por entonçes y los pastores començaron a cantar desta manera:
SYLUANO Y SIRENO
Si lagrimas no pueden ablandarte,
(cruel pastora) ¿qué hara mi canto,
pues nunca cosa mia vi agradarte?
¿Qué coraçon aurá que suffra tanto,
que vengas a tomar en burla y risa,
vn mal que al mundo admira y causa espanto?
¡Ay çiego entendimiento, que te auisa
amor, el tiempo y tantos desengaños,
y siempre el pensamiento de una guisa!
Ah pastora cruel, ¿en tantos daños,
en tantas cuytas, tantas sin razones
me quieres ver gastar mis tristes años?
De vn coraçon que es tuyo, ¿ansi dispones?
vn alma que te di, ¿ansi la tratas,
que sea el menor mal suffrir passiones?
SIRENO
Vn ñudo ataste amor, que no desatas,
es çiego, y çiego tú, y yo más çiego,
y çiega aquella por quien tú me matas.
Ni yo me vi perder vida y sossiego:
ni ella vee que muero a causa suya,
ni tú, que estó abrasado en biuo fuego.
¿Qué quieres crudo amor, que me destruya
Diana con ausençia? pues concluye
con que la vida y suerte se concluya.
El alegria tarda, el tiempo huye,
muere esperança, biue el pensamiento,
amor lo abreuia, alarga y lo destruye.
Verguença me es hablar en un tormento
que aunque me aflija, canse y duela tanto,
ya no podria sin él biuir contento.
SYLUANO
O alma, no dexeys el triste llanto,
y vos cansados ojos,
no os canse derramar lagrimas tristes:
llorad pues uer supistes
la causa prinçipal de mis enojos.
SIRENO
La causa prinçipal de mis enojos,
cruel pastora mia,
algun tiempo lo fue de mi contento:
ay triste pensamiento,
quan poco tiempo dura vna alegria.
SYLUANO
Quan poco tiempo dura vna alegria
y aquella dulce risa,
con que fortuna acaso os ha mirado:
todo es bien empleado
en quien auisa el tiempo y no se auisa.
SIRENO
En quien auisa el tiempo y no se auisa,
haze el amor su hecho,
mas ¿quién podra en sus casos auisarse,
o quién desengañarse?
ay pastora cruel, ay duro pecho.
SYLUANO
Ay pastora cruel, ay duro pecho,
cuya dureza estraña
no es menos que la graçia y hermosura,
y que mi desuentura,
¡quán a mi costa el mal me desengaña!
SYLUANO
Pastora mia, más blanca y colorada
que blancas[1269] rosas por abril cogidas,
y más resplandesçiente,
que el sol, que de oriente
por la mañana assoma a tu majada
¿cómo podré biuir si tú me oluidas?
no seas mi pastora rigurosa,
que no está bien crueldad a vna hermosa.
SIRENO
Diana mia, más resplandesçiente,
que esmeralda, y diamante a la vislumbre,
cuyos hermosos ojos
son fin de mis enojos,
si a dicha los rebuelues mansamente,
assi con tu ganado llegues a la cumbre
de mi majada gordo y mejorado,
que no trates tan mal a vn desdichado.
SYLUANO
Pastora mia, quando tus cabellos
a los rayos del sol estás peynando,
no vees que lo escuresçes,
y a mi me ensoberuesçes
que desde acá me estoy mirando en ellos,
perdiendo ora esperança, ora ganando?
assi gozes, pastora, esa hermosura,
que des vn medio en tanta desuentura.
SIRENO
Diana cuyo nombre en esta sierra
los fieros animales trae domados,
y cuya hermosura,
sojuzga a la ventura,
y al crudo amor no teme y haze guerra
sin temor de occasiones, tiempo, hados,
assi gozes tú tu hato y tu majada,
que de mi mal no biuas descuydada.
SYLUANO
La fiesta, mi Sireno, es ya passada,
los pastores se uan a su manida,
y la cigarra calla de cansada.
No tardará la noche, que escondida
está, mientra que Phebo en nuestro cielo
su lumbre acá y allá trae esparzida.
Pues antes que tendida por el suelo
veas la escura sombra, y que cantando
de ençima deste aliso está el mochuelo,
Nuestro ganado vamos allegando,
y todo junto alli lo lleuaremos,
a do Diana nos está esperando.
SIRENO
Syluano mio, vn poco aqui esperemos,
pues aun del todo el sol no es acabado
y todo el dia por nuestro le tenemos.
Tiempo ay para nosotros, y el ganado
tiempo ay para lleualle al claro rio,
pues oy ha de dormir por este prado;
y aqui cesse, pastor, el cantar mio.
En quanto los pastores cantauan, estaua la pastora Diana con el rostro sobre la mano, cuya manga cayendose un poco, descubria la blancura de un braço, que a la de la nieue escuresçia, tenía los ojos inclinados hacia el suelo, derramando por ellos vnas espaçiosas lagrimas, las quales dauan a entender de su pena más de lo que ella quisiera dezir: y en acabando los pastores de cantar con vn sospiro, en compañia del qual paresçia auersele salido el alma se leuantó, y sin despedirse dellos, se fue por el valle abaxo, entrançando sus dorados cabellos, cuyo tocado se le quedó preso en vn ramo al tiempo que se leuantó. Y si con la poca manzilla que Diana de los pastores auia tenido, ellos no templaran la mucha que della tuuieron, no bastara el coraçon de ninguno de los dos a podello suffrir. Y ansi, unos con otros, se fueron a recoger sus ouejas, que desmandadas andauan, saltando por el verde prado.
Fin del sexto libro.
NOTAS:
[1266] Le en la edición de Milán.
[1267] Afición en la edición de Milán.
[1268] M., Si yo no estuviese firme.
[1269] Ambas, por errata patente, en la edición de Milán y en otras.
LIBRO SEPTIMO
DE LA DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
Despues que Felismena vuo puesto fin en las differençias de la pastora Amarilida y el pastor Filemon, y lo dexó con proposito de jamas hazer el vno cosa de que otro tuuiese occasion de quexarse, despedida dellos, se fue por el valle abaxo por el qual anduuo muchos dias, sin hallar nueua que algun contento le diesse, y como todauia lleuaua esperança en las palabras de la sábia Feliçia, no dexaua de passalle por el pensamiento, que despues de tantos trabajos se auia de cansar la fortuna de perseguilla. Y estas ymaginaçiones la sustentauan en la grauissima pena de su desseo. Pues yendo vna mañana por en medio de vn bosque, al salir de vna assomada que por ençima de vna alta sierra paresçia, vio delante si vn verde y amenissimo campo, de tanta grandeza, que con la vista no se le podia alcançar el cabo, el qual doze millas adelante, yua a fenesçer en la falda de vnas montañas, que quasi no se paresçian: por medio del deleytoso campo corria vn caudaloso rio, el qual hazia vna muy graçiosa ribera, en muchas partes poblada de salzes, y verdes alisos, y otros diuersos arboles: y en otras dexaua descubiertas las cristalinas aguas recogiendose a vna parte vn grande y espaçioso arenal que de lexos más adornaua la hermosa ribera. Las mieses que por todo el campo paresçian sembradas, muy çerca estauan de dar el desseado fruto, y a esta causa con la fertilidad de la tierra estauan muy cresçidos, y meneados de vn templado viento hazian vnos verdes, claros, y obscuros, cosa que a los ojos daua muy gran contento. De ancho tenía bien el deleytoso y apazible prado tres millas en partes, y en otras poco más, y en ninguna auia menos desto. Pues baxando la hermosa pastora por su camino abaxo, vino a dar en vn bosque muy grande de verdes alisos, y azebuches assaz poblado, por enmedio muchas casas tan sumptuosamente labradas, que en gran admiraçion le pusieron. Y de subito fue a dar con los ojos en vna muy hermosa çiudad, que desde lo alto de vna sierra que de frente estaua, con sus hermosos edifiçios, venia hasta tocar con el muro en el caudaloso rio que por medio del campo passaua. Por ençima del qual estaua la más sumptuosa y admirable puente, que en el vniuerso se podia hallar. Las casas y edifiçios de aquella çiudad insigne eran tan altos, y con tan gran artifiçio labrados, que paresçia auer la industria humana mostrado su poder. Entre ellos auia muchas torres y piramides, que de altos se leuantauan a las nuues. Los tenplos eran muchos, y muy sumptuosos, las casas fuertes, los superbos muros, los brauos baluartes, dauan gran lustre a la grande y antigua poblaçion, la qual desde alli se diuisaba toda. La pastora quedó admirada de ver lo que delante los ojos tenía, y de hallarse tan çerca de poblado, que era la cosa que con gran cuydado huya[1270]. Y con todo esso se assento vn poco a la sombra de vn oliuo, y mirando muy particularmente, lo que aueys oydo, viendo aquella populosa çiudad, le vino a la memoria la gran Soldina su patria y naturaleza, de adonde los amores de don Felis la trayan desterrada: lo qual fue ocasion para no poder passar sin lagrimas, porque la memoria del bien perdido, pocas vezes dexa de dar ocasion a ellas. Dexado pues la hermosa pastora aquel lugar, y la çiudad a mano derecha, se fue su passo a passo por vna senda que junto al río yua, hazia la parte, donde sus cristallinas aguas con vn manso y agradable ruydo, se yban a meter en el mar Oçeano. Y auiendo caminado seys millas por la graçiosa ribera adelante, vio dos pastoras, que al pie de vn roble a la orilla del rio passauan la fiesta: las quales aunque en la hermosura tuuiessen vna razonable mediania, en la graçia y donayre auia vn estremo grandissimo: el color del rostro moreno, y graçioso: los cabellos no muy ruuios, los ojos negros: gentil ayre y graçioso en el mirar: sobre las cabeças tenian sendas guirnaldas de verde yedra, por entre las hojas entretexidas muchas rosas y flores. La manera del vestido le paresçio differente del que hasta entonçes auia visto. Pues leuantandose la vna con grande priessa a echar vna manada de ouejas, de vn linar adonde se auian entrado, y la otra llegado a dar a beuer a vn rebaño de cabras al claro rio se boluieron a la sombra del vmbroso fresno. Felismena que entre vnos juncales muy altos se auia metido, tan çerca de las pastoras, que pudiesse oyr lo que entre ellas passaua, sintio que la lengua era Portuguesa, y entendio que el reyno en que estaua, era Lusitania, porque la una de las pastoras dezia con graçia muy estremada en su misma lengua a la otra, tomandose de las manos: Ay Duarda, quan poca razon tienes de no querer a quien te quiere más que a si: quánto mejor te estaria, no traer mal a vn pensamiento tan occupado en tus cosas. Pesame que a tan hermosa pastora la falte piedad, para quien en tanta neçesidad está della. La otra, que algo más libre paresçia, con çierto desden, y vn dar de mano, (cosa muy natural de personas libres), respondia: ¿quieres que te diga, Armia? si yo me fiare otra uez de quien tan mal me pagó el amor que le tuue, no terná él la culpa del mal que a mi desseo me sucçediere. No me pongas delante los ojos seruiçios que esse pastor algun tiempo me aya hecho, ni me digas ninguna razon de las que él se da para mouerme, porque ya passó el tiempo en que sus razones le ualian. Él me prometio de casarse comigo, y se casó con otra. ¿Qué quiere aora? ¿o qué me pide esse enemigo de mi descanso? ¿dize que pues su muger es finada, que me case con él? No querra Dios que yo a mí misma me haga tan gran engaño: dexalo estar, Armia, dexalo: que si él a mi me dessea tanto como dize, esse desseo me dara uengança dél. La otra le explicaua con palabras muy blandas, juntando su rostro con el de la essenta Duarda, con muy estrechos abrazos: ay pastora, y cómo te está bien todo quanto dizes; nunca desseé ser hombre, sino aora para quererte más que a mí. Mas dime, Duarda ¿porqué has tú de querer, que Danteo biua tan triste vida? El dize que la razon con que dél te quexas, essa misma tiene para su disculpa. Porque antes de que se casasse, estando contigo vn dia junto al soto de Fremoselle te dixo: Duarda, mi padre quiere casarme, ¿qué te paresçe que haga? y que tú respondiste muy sacudidamente: ¿Cómo, Danteo, tan vieja soy yo o tan grande poder tengo en ti, que me pidas paresçer y liçençia para tus casamientos? Bien puedes hazer lo que tu voluntad y la de tu padre te obligare, porque lo mismo haré yo: y que esto fue dicho con vna manera tan estraña de lo que solia como si nunca te vuiera passado por el pensamiento quererle bien. Duarda le respondio: ¿Armia, eso le llamas tú disculpa? Si no te tuuiera tan conosçida, en este punto perdia tu discreçion grandissimo credito comigo. ¿Qué auia yo de responder a vn pastor que publicaua que no auia cosa en el mundo, en quien sus ojos pussiese sino en mí?, quanto más, que no es Danteo tan ignorante que no entendiesse en el rostro y arte con que yo esso lo respondi, que no era aquello lo que yo quesiera respondelle. ¡Qué donayre tan grande fue toparme el vn dia antes que esso passasse junto a la fuente, y dezirme con muchas lagrimas: porqué, Duarda, eres tan ingrata a lo que te desseo, que no te quieres casar comigo, a hurto de tus padres: pues sabes que el tiempo les ha de curar el enojo que desso reçibieren? Yo entonçes le respondi: contentate, Danteo, con que yo soy tuya, y jamas podré ser de otro, por cosa que me sucçeda. Y pues yo me contento con la palabra que de ser mi esposo me as dado, no quieras que a trueque de esperar un poco de tiempo más, haga vna cosa que tan mal nos está; y despedirse él de mi con estas palabras, y al otro dia dezirme que su padre le queria casar, y que le diesse liçençia: y no contento con esto, casarse dentro de tres dias. Paresçe te pues, Armia, que es ésta algo suffiçiente causa, para yo vsar de la libertad, que con tanto trabajo de mi pensamiento tengo ganada? Estas cosas (respondio la otra) façilmente se dizen y se passan entre personas que se quieren bien, mas no se han de lleuar por esto tan a cabo, como las lleuas. Las que se dizen (Armia) tienes razon, mas las que se hazen, ya tú lo vees, si llegan al alma de las que queremos bien. En fin, Danteo se casó, pesame mucho que se le lograsse poco tan hermosaa pastora: y mucho más de ver que no ha vn mes que la enterró, y ya començan a dar bueltas sobre él pensamientos nueuos. Armia le respondia: Matóla Dios: porque en fin Danteo era tuyo, y no podria ser de otra. Pues si esso es ansi (respondio Duarda) que quien es de vna persona, no puede ser de otra, yo la hora de aora me hallo mia, y no puedo ser de Danteo. Y dexemos cosa tan escusada como gastar el tiempo en esto. Mejor será que se gaste en cantar vna cançion, y luego las dos en su misma lengua, con mucha gracia, començaron a cantar lo siguiente:
Os tempos se mudarão
a vida se acabará:
mas a fe sempre estara,
onde meus olhos estão.
Os dias, y os momentos,
as horas, con suas mudanças,
inmigas son desperanças,
y amigas de pensamentos:
os pensamentos estão
a esperança acabará,
a fe, me não deixará
por honrra do coraçon.
He causa de muytos danos
duuidosa confiança
que a vida sen esperança
ja não teme desenganos,
os tempos se vem e vão,
a vida se acabará,
mas a fe não quererá,
hazer me esta semrazão.
Acabada esta cançion, Felismena salio del lugar a donde estaua escondida y se llegó adonde las pastoras estauan, las quales espantadas de su graçia y hermosura, se llegaron a ella, y la reçibieron con muy estrechos abraços, preguntandole de que tierra era y de adonde uenia. A lo qual la hermosa Felismena no sabia responder, mas antes con muchas lagrimas les preguntaua, qué tierra era aquella en que morauan. Porque de la suya la lengua daua testimonio ser de la prouinçia de Vandalia, y que por çierta desdicha uenia desterrada de su tierra. Las pastoras portuguesas con muchas lagrimas la consolauan, doliendose de su destierro, cosa muy natural de aquella naçion, y mucho más de los habitadores de aquella prouinçia. Y preguntandoles Felismena, qué çiudad era aquella que auia dexado hazia la parte donde el rio, con sus cristallinas aguas apressurando su camino, con gran impetu uenia, y que tambien desseaua saber, qué castillo era aquel que sobre aquel monte mayor que todos estaua edificado y otras cosas semejantes. Y una de aquellas, que Duarda se llamaua, le respondio, que la çiudad se llamaua Coymbra, vna de las más insignes y prinçipales de aquel reyno, y aun de toda la Europa, ansi por la tierra comarcana a ella, la qual aquel caudaloso rio, que Mondego tenía por nombre, con sus cristalinas aguas regaua. Y que todos aquellos campos que con gran impetu yua discurriendo, se llamauan el campo de Mondego, y el castillo que delante los ojos tenian, era la luz de nuestra España. Y que este nombre le conuenia más que el suyo proprio, pues en medio de la infidelidad del Mahometico Rey Marsilio, que tantos años le auia tenido çercado, se auia sustentado, de manera que siempre auia salido uençedor, y jamas uençido, y que el nombre que tenía en lengua Portuguesa era Montemor o uelho, adonde la uirtud, el ingenio, ualor, y esfuerço, auian quedado por tropheo de las hazañas, que los habitadores dél, en aquel tiempo auian hecho; y que las damas que en él auia, y los caualleros que lo habitauan, floresçian oy en todas las uirtudes que ymaginar se podian. Y assi le conto la pastora otras muchas cosas de la fertilidad de la tierra, de la antiguedad de los edifiçios, de la riqueza de los moradores, de la hermosura y discreçion de los Nimphas y pastores, que por la comarca del inexpunable castillo habitauan, cosas que a Felismena pusieron en gran admiraçion, y rogandole las pastoras que comiesse (porque no deuia uenir con poca necessidad dello) tuuo por bien de acçeptallo. Y en quanto Felismena comia de lo que las pastoras le dieron, la vian derramar algunas lagrimas, de que ellas en estremo se dolian. Y queriendole pedir la causa, se lo estoruó la boz de un pastor, que muy dulçemente al son de un rabel cantaua, el qual fue luego conosçido de las dos pastoras, porque aquel era el pastor Danteo, por quien Armia terçiaua con la graçiosa Duarda. La qual con muchas lagrimas, dixo a Felismena: Hermosa pastora, aunque el manjar es de pastoras, la comida es de Prinçesa: qué mal pensaste tú, quando aqui uenias, que auias de comer con musica! Felismena entonçes le respondio: No auria en el mundo (graçiosa pastora) musica más agradable para mí, que vuestra uista y conuersaçion, y esto me daria a mí mayor ocasion para tenerme por Prinçesa, que no la musica que dezis. Duarda respondio: Más auia de ualer que yo quien esso meresçiesse, y más subido de quilate auia de ser su entendimiento para entendello, mas lo que fuere parte del desseo, hallarse ha en mí cumplidamente. Armia dixo contra Duarda: Ay Duarda, cómo eres discreta, y quanto más lo serias si no fuesses cruel. ¿Hay cosa en el mundo como esta que por no oyr a aquel pastor que está cantando sus desuenturas, está metiendo palabras en medio, y occupando en otra cosa el entendimiento? Felismena entendiendo quién podia ser el pastor en las palabras de Armia, las hizo estar atentas, y oylle, el qual cantaua al son de su instrumento esta cançion, en su misma lengua.
Sospiros, minha lembrança
não quer, porque uos não uades
que o mal que fazem saudades
se cure com esperança.
A esperança não me ual,
polla causa en que se tem,
nem promete tanto bem,
quanto a saudade faz mal;
mas amor, desconfiança,
me deron tal qualidade,
que nem me mata saudade,
nem me da uida esperança.
Errarão se se queyxarem
os olhos con que eu olhey,
porque eu não me queyxarey,
en quanto os seus me lembraren,
nem poderá auer mudança,
jamas en minha uontade,
ora me mate saudade,
ora me deyxe esperança.
A la pastora Felismena supieron mejor las palabras del pastor, que el combite de las pastoras, por que más le pareçia que la cançion se auia hecho para quexarse de su mal, que para lamentar el ageno. Y dixo, quando le acabó de oyr. ¡Ay, pastor, que uerdaderamente paresçe que aprendiste en mis males, a quexarte de los tuyos! Desdichada de mí, que no ueo ni oyo cosa, que no ponga delante la razon que tengo, de no dessear la uida, mas no quiera Dios que yo la pierda, hasta que mis ojos vean la causa de sus ardientes lagrimas. Armia dixo a Felismena: Paresçeos (hermosa pastora) que aquellas palabras meresçen ser oydas, y que el coraçon de adonde ellas salen se deue tener en más de lo que esta pastora lo tiene? No trates, Armia (dixo Duarda) de sus palabras, trata de sus obras, que por ellas se ha de juzgar el pensamiento del que las haze. Si tú te enamoras de cançiones, y te paresçen bien sonetos hechos con cuydado de dezir buenas razones, desengañate que son la cosa de que yo menos gusto reçibo, y por la que menos me çertifico, del amor que se me tiene. Felismena dixo entonçes fauoresçiendo la razon de Duarda: Mira, Armia, muchos males se escusarian, y muy grandes desdichas no uernian en effecto, si nosotras dexassemos de dar credito a palabras bien ordenadas, y razones compuestas de coraçones libres, porque en ninguna cosa ellos muestran tanto serlo, como en saber dezir por orden un mal, que quando es uerdadero, no ay cosa más fuera della. Desdichada de mí, que no supe yo aprouecharme deste consejo. A este tiempo, llegó el pastor Portugues, donde las pastoras estauan, y dixo contra Duarda, en su misma lengua: A pastora, se as lagrimas destes olhos, y as magoas deste coração, são pouca parte para abrandar a dureza, com que sou tratado, não quero de ti mays, senão que minha conpanhia por estos campos te não o seja importuna, ne os tristes uersos que meu mal junto a esta hermosa ribeira me faz cantar, te den occasião denfadamento. Passa, hermosa pastora, a sesta a sombra destes salguyeros, que ho teu pastor te leuará as cabras a o rio, y estará a o terreyro do sol, en quanto ellas nas cristalinas agoas se banharen. Pentea, hermosa pastora, os teus cabellos douro iunto a aquella clara fonte donde uen ho ribeyro que çerca este fremoso prado, que eu irey en tanto em tanto a repastar teu gado, y ter y conta com que as ouelhas não o entren nas searas que ao longo desta ribeyra estão. Desejo que não tomes traballho en cousa nenhua, nen eu descanso em quanto em cousas tuas não trabalhar. Si isto te paresçe pouco amor, dize tú en que te poderey mostrar ho bem que te quero: que nao ha amor final da pessoa dizer uerdade, en qualquer cousa que diz, que offreçerse ha esperiençia dela. La pastora Duarda entonçes respondio: Danteo, se he uerdade que ay amor no mundo, eu ho tiue contigo, e tan grande como tú sabes, jamays nenhun pastor de quantos apascentão seus gados pollos campos de Mondego, e beben as suas claras agoas, alcançou de mí nem hua so palabra conque tiuesses occasião de queyxarte de Duarda, nem do amor que te ella sempre mostrou, a ninguen tuas lagrimas, e ardentes sospiros mays magoarão que a mi, ho dia que te meus olhos não uiam, jamays se leuantauan a covsa que lhes desse gosto. As uacas que tú guardauas erão mays que minhas, muytas mays uezes (reçeosa que as guardas deste deleytoso campo lhes nam impedissem ho pasto) me punha eu desde aquelle outeyro, por uer se pareçião do que minhas ouelhas erão por mi apasçentadas, nem postas em parte onde sem sobresalto pasçessen as eruas desta fermosa ribeyra: isto me danaua a mí tanto en mostrarme sojeyta, como a ti em haçerte comfiado. Bem sey que de minha sogeicão naçeu tua confiança y de tua confiança hazer o que fizeste. Tu te casaste con Andresa, cuja alma este en gloria, ¿qué cousa he esta, que algum tempo não pidi a Deos, antes lhe pidi uingança dela, y de ti? eu passe y despoys de uosso casamento, o que tú e outros muytos saben, quis minha fortuna que a tua me não desse pena. Deyxa me goxar de minha liberdade, y não esperes que comigo poderas ganhar o que por culpa tua perdeste. Acabando la pastora la terrible respuesta que aueys oydo, y queriendo Felismena meterse en medio de la differençia de los dos, oyeron a una parte del prado muy gran ruydo, y golpes como de caualleros que se conbatian: y todos con muy gran priessa se fueron a la parte donde se oyan, por uer qué cosa fuesse. Y uieron en una isleta que el rio con una buelta hazia, tres caualleros que con uno solo se combatían: y aunque se defendia ualientemente, dando a entender su esfuerço y ualentia, con todo esso los tres le dauan tanto qué hazer, que la ponian en neçessidad de aprouecharse de toda su fuerça. La batalla se hazia a pie, y los cauallos estauan arrendados a unos pequeños arboles que alli auia. Y a este tiempo ya el cauallero solo tenía uno de los tres tendido en el suelo, de un golpe de espada, con el qual le acabó la uida: pero los otros dos, que muy ualientes eran, le trayan ya tal, que no se esperaua otra cosa sino la muerte. La pastora Felismena, que uio aquel cauallero en tan gran peligro, y que si no le socorriesse, no podria escapar con la uida, quiso poner la suya a riesgo de perdella, por hazer lo que en aquel caso era obligada, y poniendo una aguda saeta en su arco, dixo contra uno dellos: Teneos afuera, caualleros, que no es de personas que deste nombre se preçian, aprouecharse de sus enemigos con uentaja tan conosçida. Y apuntandole a la uista de la çelada, le acertó con tanta fuerça, que entrandole por los ojos passó de la otra parte, de manera que aquel uino muerto al suelo. Quando el caualllero solo uio muerto a uno de sus contrarios, arremetio al terçero con tanto esfuerço, como si entonçes començara su batalla, pero Felismena le quitó de trabajo, poniendo otra flecha en su arco, con la qual, no parando en las armas, le entró por debaxo de la tetilla yzquierda, y le atrauesso el coraçon de manera que el cauallero lleuó el camino de sus compañeros. Quando los pastores vieron lo que Felismena auia hecho, y el cauallero vio de dos tiros matar dos caualleros tan valientes, ansi vnos como otros quedaron en extremo admirados. Pues quitandose el cauallero el yelmo, y llegandose a ella, le dixo: Hermosa pastora, con qué podre yo pagaros tan grande merced, como la que de vos he reçibido en este dia, si no en tener conosçida esta deuda para nunca jamas perdella del pensamiento? Quando Felismena vio el rostro del cauallero, y lo conosçio, quedó tan fuera de si, que de turbada casi no le supo hablar: mas boluiendo en si, le respondio: Ay don Felis, que no es ésta la primera deuda en que tú me estás, y no puedo yo creer, que ternás della el conosçimiento que dizes, sino el que de otras muy majores has tenido. Mira a qué tiempo me ha traydo mi fortuna y tu desamor, que quien solia en la çiudad ser seruida de ti con torneos y iustas, y otras cosas con que me engañauas (o con que yo me dexaua engañar) anda aora desterrada de su tierra y de su libertad, por auer tú querido vsar de la tuya.
Si esto no te trae a conosçimiento de lo que me deues, acuerdate que vn año te estuue siruiendo de page, en la corte de la prinçesa Çesarina: y aun de terçero contra mí misma, sin jamas descubrirte mi pensamiento, por solo dar remedio al mal que el tuyo te hazia sentir. O quantas vezes te alcançé los fauores de Celia tu señora, a gran costa de mis lagrimas! Y no lo tengas en mucho, que quando estas no bastaran, la vida diera yo a trueque de remediar la mala que tus amores te dauan. Si no estás saneado de lo mucho que te he querido, mira las cosas que la fuerza del amor me ha hecho hazer. Yo me sali de mi tierra, yo te vine a seruir, y a dolerme del mal que suffrias, y a suffrir el agrauio que yo en esto reçebia: y a trueque de darte contento, no tenía en nada biuir la más triste vida que nadie vivio. En trage de dama te he querido, como nunca nadie quiso, en habito de page te serui, en la cosa más contraria a mi descanso, que se puede ymaginar: y aun aora en trage de pastora vine a hazerte este pequeño seruiçio. Ya no me queda más que hazer, sino es sacrificar la vida a tu desamor, si te pareçe que deuo hacello, y que tú no te has de acordar de lo mucho que te he querido, y quiero: la espada tienes en la mano, no quieras que otro tome en mí la vengança de lo que te merezco. Quando el cauallero oyó las palabras de Felismena, y conoçio todo lo que dixo, auer sido ansi: el coraçon se le cubrio, de ver las sin razones que con ella auia vsado: de manera, que esto y la mucha sangre que de las heridas se le yua, fueron causa de vn subito desmayo cayendo a los pies de la hermosa Felismena, como muerto. La qual con la mayor pena que ymaginarse puede, tomandole la cabeça en su regaço, con muchas lagrimas que sobre el rostro de su cauallero destilaua, començo a dezir: ¿qué es esto, fortuna? ¿es llegado el fin de mi uida, junto con la del mi don Felis? Ay don Felis, causa de todo mi mal, si no bastan las muchas lagrimas que por tu causa he derramado, y las que sobre tu rostro derramo, para que bueluas en ti: qué remedio terna esta desdichada, para que el gozo de uerte no se le buelua en ocasion de desesperarse? Ay mi don Felis, despierta si es sueño el que tienes, aunque no me espantaria si no lo hiziesses, pues jamas cosas mias te le hizieron perder. Y en estas y otras lamentaçiones estaua la hermosa Felismena, y las otras pastoras Portuguesas le ayudauan quando por las piedras que pasauan a la isla, vieron uenir una hermosa Ninpha, con un uaso de oro, y otro de plata en las manos, la qual luego de Felismena fue conosçida, y le dixo: Ay Dorida, quién auia de ser, la que a tal tiempo socorriesse a esta desdichada, sino tú? Llegate acá, hermosa Nimpha, y uerás puesta la causa de todos mis trabajos en el mayor que es possible tenerse. Dorida entonçes le respondio: Para estos tiempos es el animo, y no te fatigues, hermosa Felismena, que el fin de tus trabajos es llegado, y el prinçipio de tu contentamiento; y diziendo esto, le echó sobre el rostro de una odorifera agua, que en el uaso de plata traya, la qual le hizo boluer en todo su acuerdo, y le dixo: Cauallero, si quereys cobrar la vida, y dalla a quien tan mala, a causa vuestra, la ha passado, beued del agua deste uaso. Y tomando don Felis el uaso de oro entre las manos, beuio gran parte del agua que en él venía. Y como vuo un poco reposado con ella, se sintio tan sano de las heridas que los tres caualleros le auian hecho, y de la que amor, a causa de la señora Çelia, le auia dado, que no sentia más la pena que cada uno dellas le podian causar que si nunca las uuiera tenido. Y de tal manera se boluio a renouar el amor de Felismena, que en ningun tiempo le paresçio auer estado tan biuo como entonçes: y sentandose ençima de la verde yerua, tomó las manos a su pastora, y besandoselas muchas uezes, dezia: Ay, Felismena, quán poco haria yo en dar la uida a trueque de lo que te deuo: que pues por ti la tengo, muy poco hago en darte lo que es tuyo. Con qué ojos podra mirar tu hermosura, el que faltandole el conosçimiento, de lo que te deuia, osó ponellos en otra parte? Qué palabras bastarian para disculparme, de lo que contra ti he cometido? Desdichado de mí, si tu condiçion no es en mi fauor, porque ni bastara satisfaçion, para tan gran yerro, ni razon, para disculparme de la grande que tienes de oluidarme? Verdad es, que yo quise bien a Çelia y te oluidé: mas no de manera, que de la memoria se me passasse tu valor y hermosura. Y lo bueno es, que no sé a quién ponga á parte de la culpa que se me puede attribuyr, porque si quiero ponella a la poca edad que entonçes tenía, pues la tuue para quererte, no me auia de faltar para estar firme en la fe que te deuia. Si a la hermosura de Çelia, muy clara está la ventaja que a ella, y a todas las del mundo tienes. Si a la mudança de los tiempos, esse auia de ser el toque donde mi firmeza auia de mostrar su valor. Si a la traydora de ausencia, tan poco paresçe bastante disculpa, pues el desseo de verte, auia estado ausente de sustentar tu imagen en mi memoria. Mira, Felismena, quán confiado estoy en tu bondad y clemençia, que sin miedo te oso poner delante las causas que tienes de no perdonarme. Mas qué haré para que me perdones, o para que despues de perdonado, crea que estás satisfecha? Vna cosa me duele más que quantas en el mundo me pueden dar pena, y es, ver que puesto caso que el amor que me has tenido, y tienes, te haga perdonar tantos yerros, ninguna vez alçaré los ojos a mirarte que no me lleguen al alma los agrauios que de mí has recibido. La pastora Felismena que uio a don Felis tan arrepentido, y tan buelto a su primero pensamiento, con muchas lagrimas le dezia, que ella le perdonaua, pues no suffria menos el amor que siempre le auia tenido: y que ansi pensara no perdonalle, no se vuiera por su causa puesto a tantos trabajos, y otras cosas muchas con que don Felis quedó confirmado en el primer amor. La hermosa Nimpha Dorida, se llegó al cauallero, y despues de auer passado entre los dos muchas palabras y grandes offresçimientos de parte de la sábia Feliçia, le suplicó, que él, y la hermosa Felismena se fuessen con ella al tenplo de la Diana, donde los quedaua esperando con grandissimo desseo de verlos. Don Felis lo conçedio: y despedido de las pastoras Portuguesas (que en extremo estauan espantadas, de lo que auian visto) y del affligido pastor Danteo, tomando los cauallos de los caualleros muertos, las quales sobre tomar a Danteo el suyo, le auian puesto en tanto aprieto, se fueron por su camino adelante, contando Felismena a don Felis con muy gran contento lo que auia passado, despues que no le auia visto, de lo qual él se espantó estrañamente, y espeçialmente de la muerte de los tres saluages, y de la casa de la sábia Feliçia y suçesso de los pastores y pastoras, y todo lo más que en este libro se ha contado. Y no poco espanto lleuaua don Felis, en ver que su señora Felismena le vuiesse seruido tantos dias de page, y que de puro diuertido en el entendimiento, no la auia conosçido, y por otra parte, era tanta su alegria, de verse de su señora bien amado, que no podia encubrillo. Pues caminando por sus jornadas, llegaron al templo de Diana, donde la sábia Feliçia los esperaua, y ansi mismo los pastores Arsileo, y Belisa, y Syluano, y Seluagia, que pocos dias auia que eran alli venidos. Fueron reçebidos con muy gran contento de todos, espeçialmente la hermosa Felismena, que por su bondad, y hermosura de todos era tenida en gran possession. Alli fueron todos desposados con las que bien querian, con gran regoçijo, y fiesta de todas las Nimphas, y de la sábia Feliçia, a la qual no ayudó poco Sireno en su venida, aunque della se le siguio lo que en la segunda parte deste libro se contará, juntamente con el sucçesso del pastor, y pastora Portuguesa, Danteo y Duarda.
FIN DE LOS SIETE LIBROS DE LA DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
NOTAS:
[1270] M., de que con mayor cuidado andaua huyendo.
LA DIANA ENAMORADA
CINCO LIBROS QUE PROSIGUEN LOS VII DE
MONTEMAYOR
POR
GASPAR GIL POLO
A la muy ilustre señora doña hieronyma de castro y bolea, &. gaspar gil polo.
Tanto le importa á este libro tener de su parte el nombre y favor de V. S., que de otra manera no me atreviera á publicarle, ni aun á escribirle. Porque según es poco mi caudal, y mucha la malicia de los detractores, sin el amparo de V. S. no me tuviera por seguro. Suplico á V. S. reciba y tenga por suya esta obra, que aunque es servicio de poca importancia, habido respecto al buen ánimo con que se le ofresce y á la voluntad con que libros semejantes por Reyes y grandes señores fueron recebidos, no se ha de tener por grande mi atrevimiento en hacer presente desta miseria, mayormente dándome esfuerzo para ello la esperanza que tengo en la nobleza, benignidad y perfecciones de V. S. que para ser contadas requieren mayor espíritu y más oportuno lugar. El cual, si por algún tiempo me fuese concedido, en cosa ninguna tan justamente habría de emplearse como en la alabanza y servicio de V. S. Cuya muy ilustre persona y casa nuestro Señor guarde y prospere con mucho aumento. De Valencia á nueve de Hebrero M. D. LXIV.
A la ilustrissima y excelentissima señora mia luisa de lorena, princesa de conti.
En un siglo tal como el que agora posseemos, en el cual el trato es tan doblado, y tan lleno de todas miserias, ¿quién se podrá escapar de las mordaces y perniciosas lenguas, que todo su ejercicio es buscar tachas en lo más apurado; sirviéndose de las colores más falsas y engañosas, sin acordarse de los ya passados, á los cuales la virtud les dió el nombre de dorados, porque se admitía en ellos cualquiera trabajo, recibiendo las intenciones, y perdonando á los talentos, como dones que Dios reparte á su voluntad? De manera, señora mia, que yo como persona tan necessitada dellos, y en este siglo, buscando amparo, me subí en el teatro deste mundo, y queriéndome arrojar en él, me determiné entregarme en unas manos que me defendiessen de las injurias del tiempo. Y assi volviendo los ojos por una y otra parte, por ver á quien me encomendaría para que me librasse de las lenguas murmuradoras de los mal intencionados espíritus, y no viendo alma ni cuerpo más propio que el de V. E. para este efecto, siendo persona que á todo el mundo enamora, con justa y debida razón se le debe la más enamorada Diana encomendar, echándome en el abrigo dessas tan ilustríssimas partes, con la confianza de que recibirá la voluntad de la mano del curioso que ha tomado el trabajo de tornarme á poner á luz, por mandamiento de personas que hallaron la traza y el estilo muy curioso, y que se iba á escurecer del todo, por no se hallar ya este tratado en el mundo. Ea, señora mía, abra esos brazos, y enciérreme en esse pecho, como tan insigne y inexpugnable fortaleza, en la qual vivirá mi alma de todos los ya dichos espíritus malinos descuidada y defendida con solo el saber que V. E. es su protectora; y con tal confianza vivirá rogando á Dios por la conservación de la persona Ilustrissima de V. E. que viva un millón de años, amparando á las que se le encomiendan, y particularmente á los del sexo que tiene aún su particular consideración.
La muy humilde servidora de V. E. que le besa los pies,
Diana Enamorada.
DE DON ALONSO GIRÓN Y DE REBOLLEDO
Soneto.
Lector. Diana.
Buen libro, Diana. En todo extremo es bueno.
¿Qué sientes dél? Placer de andar penada.
¿Y qué es la pena? Amar cosa olvidada.
¿Y el gozo? Ver por cuya industria peno.
¿Es Jorge ó Perez? No, que es muy terreno
amarme á mí. ¿Qué cosa hay más alzada?
Hacerme Gaspar Gil enamorada,
que lo estoy ya más dél que de Syreno.
¿En qué tuvo primor? En verso y prosa.
¿Quién juzga eso? Ingenios delicados.
¿Tanta luz da? Alumbra todo el suelo.
¿Cuál quedará su patria? Muy dichosa.
¿Y los poetas todos? Afrentados.
¿Y él cómo se dirá? Polo del cielo.
SONETO DE HIERONYMO SAMPER
De fieras armas la inmortal historia
cessa por celebrar simples pastores;
canta Gaspar Gil Polo sus amores,
y en ello no consigue menos gloria.
A Marte da querellas la victoria,
por ver que calla Polo sus loores,
fama y honor á Palas dan clamores,
viendo que da á Diana tal memoria.
Dejad, númenes sacros, tal querella;
que Apolo ha prometido á su Diana
poeta el más famoso é importante:
Y dióle al gran Gil Polo, que por ella
con grave estilo y gracia soberana
dulce canción en las veredas cante.
DE MIGUEL JUAN TÁRREGA
Soneto.
Con la tuba Meonia y Mantuana
su canto Gaspar Gil había acordado
con tal furor, que el son ya era llegado
desde el Indico Gange hasta la Tana.
Mandóle en esto Apolo que á Diana,
dejando el canto de Mavorte airado,
cantasse al son que Píndaro ha cantado:
tanto le es dulce el nombre de su hermana.
Y ansi le dió la lira, en que él tañía
siendo pastor de Admeto, y alegrando
los prados y aguas del dichoso Amphryso.
Y el sacro nombre Apolo á Polo dando,
con usado favor dar honra quiso
al que mayor renombre merescía.
HERNANDO BONAVIDA, CIUDADANO
VALENCIANO
Al lector.
Ovidio á su Corynna celebraba
con los sabrosos versos que escribía,
dos mil hermosos cantos componía
Propercio que á su Cynthia sublimaba.
Con las dulces canciones que cantaba,
á su Laura Petrarca engrandescía,
y destos cada cual con lo que hacía
al famoso laurel al fin llegaba.
A lauro el Lusitano ha ya llegado
á Diana pintando muy ufana,
mas Polo de otra suerte os la ha pintado:
Aquí veréis una obra sobrehumana,
y cuán bien el laurel Polo ha ganado,
pues Proserpina es la otra, ésta Diana.
LIBRO PRIMERO
DE DIANA ENAMORADA
Después que el apassionado Syreno con la virtud del poderoso liquor fué de las manos de Cupido por la sabia Felicia libertado, obrando Amor sus acostumbradas hazañas, hirió de nuevo el corazón de la descuidada Diana, despertando en ella los olvidados amores, para que de un libre estuviesse captiva, y por un essento viviesse atormentada. Y lo que mayor pena le dió fué pensar que el descuido que tuvo de Syreno había sido ocasión de tal olvido, y era causa del aborrescimiento. Deste dolor y de otros muchos estaba tan combatida, que ni el yugo del matrimonio, ni el freno de la vergüenza fueron bastantes á detener la furia de su amor, ni remediar la aspereza de su tormento, sino que sus lamentables voces esparciendo, y dolorosas lágrimas derramando, las duras peñas y fieras alimañas enternescía. Pues hallándose un día acaso en la fuente de los alisos, en el tiempo del estío, á la hora que el sol se acercaba al medio día, y acordándose del contento que allí en compañía del amado Syreno muchas veces había recebido, cotejando los deleites del tiempo passado con las fatigas del presente; y conosciendo la culpa que ella en su tormento tenía, concibió su corazón tan angustiada tristeza, y vino su alma en tan peligroso desmayo, que pensó que entonces la deseada muerte diera fin á sus trabajos. Pero después que el ánimo cobró algún tanto su vigor, fué tan grande la fuerza de su passión, y el ímpetu, con que amor reinaba en sus entrañas, que le forzó publicar su tormento á las simples avecillas, que de los floridos ramos la escuchaban, á los verdes árboles, que de su congoja paresce que se dolían, y á la clara fuente, que el ruido de sus cristalinas aguas con el son de sus cantares acordaba. Y assí con una suave zampoña cantó desta manera:
Mi sufrimiento cansado
del mal importuno y fiero,
á tal extremo ha llegado,
que publicar mi cuidado
me es el remedio postrero.
Siéntase el bravo dolor,
y trabajosa agonía
de la que muere de amor,
y olvidada de un pastor
que de olvidado moría.
¡Ay, que el mal que ha consumido
la alma que apenas sostengo,
nasce del passado olvido,
y la culpa que he tenido
causó la pena que tengo!
Y de gran dolor reviento,
viendo que al que agora quiero,
le di entonces tal tormento,
que sintió lo que yo siento
y murió como yo muero.
Y cuando de mi crüeza
se acuerda mi corazón,
le causa mayor tristeza
el pesar de mi tibieza,
que el dolor de mi passión.
Porque si mi desamor
no tuviera culpa alguna
en el presente dolor,
diera quejas del Amor
é inculpara la Fortuna.
Mas mi corazón esquivo
tiene culpa más notable,
pues no vió de muy altivo,
que Amor era vengativo
y la Fortuna mudable.
Pero nunca hizo venganza
Amor, que de tantas suertes
deshiciese una esperanza,
ni Fortuna hizo mudanza
de una vida á tantas muertes.
¡Ay, Syreno, cuán vengado
estás en mi desventura,
pues después que me has dejado,
no hay remedio á mi cuidado,
ni consuelo á mi tristura!
Que según solías verme
desdeñosa en solo verte,
tanto huelgas de ofenderme,
que ni tú podrás quererme,
ni yo dejar de quererte.
Véote andar tan essento,
que no te ruego, pastor,
remedies el mal que siento,
mas que engañes mi tormento
con un fingido favor.
Y aunque mis males pensando,
no pretendas remediallos,
vuelve tus ojos, mirando
los míos, que están llorando,
pues tú no quieres mirallos.
Mira mi mucho quebranto,
y mi poca confianza
para tener entre tanto
no compassión de mi llanto,
mas placer de tu venganza.
Que aunque no podré ablandarte,
ni para excusar mi muerte
serán mis lágrimas parte,
quiero morir por amarte
y no vivir sin quererte.
No diera fin tan presto la enamorada Diana á su deleitosa música, si de una pastora, que tras unos jarales la había escuchado, no fuera de improviso estorbada. Porque viendo la pastora, detuvo la suave voz, rompiendo el hilo de su canto, y haciendo obra en ella la natural vergüenza, le pesó muy de veras que su canción fuesse escuchada, ni su pena conoscida, mayormente viendo aquella pastora ser extranjera, y por aquellas partes nunca vista. Mas ella, que de lejos la suavissima voz oyendo, á escuchar tan delicada melodía secretamente se había llegado, entendiendo la causa del doloroso canto, hizo de su extremadíssima hermosura tan improvisa y alegre muestra, como suele hacer la nocturna luna, que con sus lumbrosos rayos vence y traspassa la espessura de los escuros ñublados. Y viendo que Diana había quedado algo turbada con su vista, con gesto muy alegre le dijo estas palabras:—Hermosa pastora, grande perjuicio hice al contento que tenía con oirte, en venir tan sin propósito á estorbarte. Pero la culpa desto la tiene el deseo que tengo de conoscerte, y voluntad de dar algún alivio al mal de que tan dolorosamente te lamentas; al cual, aunque dicen que es excusado buscalle consuelo, con voluntad libre y razón desapassionada se le puede dar suficientemente remedio. No dissimules conmigo tu pena, ni te pese que sepa tu nombre y tu tormento, que no haré por esso menos cuenta de tu perfición, ni juzgaré por menor tu merescimiento.
Oyendo Diana estas palabras estuvo un rato sin responder, teniendo los ojos empleados en la hermosura de aquella pastora, y el entendimiento dudoso sobre qué respondería á sus grandes ofrescimientos y amorosas palabras; y al fin respondió de esta manera: Pastora de nueva y aventajada gentileza, si el gran contento que de tu vista recibo, y el descanso que me ofrescen tus palabras, hallara en mi corazón algún aparejo de confianza, creo que fueras bastante á dar algún remedio á mi fatiga, y no dudara yo de publicarte mi pena. Mas es mi mal de tal calidad, que en comenzar á fatigarme, tomo las llaves de mi corazón y cierro las puertas al remedio. Sabe que yo me llamo Diana, por estos campos harto conoscida; conténtate con saber mi nombre, y no te cures de saber mi pena: pues no aprovechará para más de lastimarte, viendo mi tierna juventud en tanta fatiga y trabajo. Este es el engaño, dijo la pastora, de los que se hacen esclavos del Amor, que en comenzalle á servir, son tan suyos, que ni quieren ser libres, ni les paresce possible tener libertad. Tu mal bien sé que es amar, según de tu canción entendí, en la cual enfermedad yo tengo grande experiencia. He sido muchos años captiva, y agora me veo libre; anduve ciega, y agora atino al camino de la verdad; passé en el mar de amor peligrosas agonías y tormentos, y agora estoy gozando del seguro y sosegado puerto; y aunque más grande sea tu pena, era tan grande la mía. Y pues para ella tuve remedio, no despidas de tu casa la esperanza, no cierres los ojos á la verdad ni los oídos á mis palabras. Palabras serán, dijo Diana, las que gastarán en remediar el Amor, cuyas obras no tienen remedio con palabras. Mas con todo querría saber tu nombre, y la ocasión que hacia nuestros campos te ha encaminado, y holgaré tanto en sabello, que suspenderé por un rato mi comenzado llanto, cosa que importa tanto para el alivio de mi pena. Mi nombre es Alcida, dijo la pastora, pero lo demás que me preguntas no me sufre contallo la compassión que tengo de tu voluntaria dolencia, sin que primero recibas mis provechosos, aunque para ti desabridos remedios. Cualquier consuelo, dijo Diana, me será agradable, por venir de tu mano, con que no sea quitar el amor de mi corazón: porque no saldrá de allí, sin llevar consigo á pedazos mis entrañas. Y aunque pudiesse, no quedaría sin él, por no dejar de querer al que siendo olvidado, tomó de mi crueldad tan presta y sobrada venganza. Dijo entonces Alcida: Mayor confianza me das agora de tu salud, pues dices que lo que agora quieres, en otro tiempo lo has aborrescido, porque ya sabrás el camino del olvido, y ternás la voluntad vezada al aborrescimiento. Cuánto más que entre los dos extremos de amar y aborrescer está el medio, el cual tú debes elegir. Diana á esto replicó: Bien me contenta tu consejo, pastora, pero no me paresce muy seguro. Porque si yo de aborrescer he venido á amar, más fácilmente lo hiciera si mi voluntad estuviera en medio del amor y aborrescimiento, pues teniéndome más cerca, con mayor fuerza me venciera el poderoso Cupido. A esto respondió Alcida: No hagas tan gran honra á quien tan poco la meresce, nombrando poderoso al que tan fácilmente queda vencido, especialmente de los que eligen el medio que tengo dicho: porque en él consiste la virtud, y donde ella está, quedan los corazones contra el Amor fuertes y constantes. Dijo entonces Diana: Crueles, duros, ásperos y rebeldes dirás mejor, pues pretenden contradecir á su naturaleza, y resistir á la invencible fuerza de Cupido. Mas séanlo cuanto quisieren, que á la fin no se van alabando de la rebeldía, ni les aprovecha defenderse con la dureza. Porque el poder del amor vence la más segura defensa, y traspassa el más fuerte impedimento. De cuyas hazañas y maravillas en este mesmo lugar cantó un día mi querido Syreno, en el tiempo que fué para mí tan dulce, como me es agora amarga su memoria. Y bien me acuerdo de su canción, y aun de cuantas entonces cantaba, porque he procurado que no se me olvidassen, por lo que me importa tener en la memoria las cosas de Syreno. Mas esta que trata de las proezas del Amor, dice:
Soneto.
Que el poderoso Amor sin vista acierte
del corazón la más interna parte;
que siendo niño venza al fiero Marte,
haciendo que enredado se despierte.
Que sus llamas me hielen de tal suerte,
que un vil temor del alma no se aparte,
que vuele hasta la aérea y summa parte,
y por la tierra y mar se muestre fuerte.
Que esté el que el bravo Amor hiere ó captiva
vivo en el mal, y en la prisión contento,
proezas son que causan grande espanto.
Y el alma, que en mayores penas viva,
si piensa estas hazañas, entretanto
no sentirá el rigor de su tormento.
Bien encarescidas están, dijo Alcida, las fuerzas del amor; pero más creyera yo á Syreno, si después de haber publicado por tan grandes las furias de las flechas de Cupido, él no hubiesse hallado reparo contra ellas, y después de haber encarescido la estrechura de sus cadenas, él no hubiesse tenido forma para tener libertad. Y ansí me maravillo que creas tan de ligero al que con las obras contradice á las palabras. Porque harto claro está que semejantes canciones son maneras de hablar, y sobrados encarescimientos, con que los enamorados venden por muy peligrosos sus males, pues tan ligeramente se vuelven de captivos libres y vienen de un amor ardiente á un olvido descuidado. Y si sienten passiones los enamorados, provienen de su mesma voluntad, y no del amor: el cual no es sino una cosa imaginada por los hombres, que ni está en cielo, ni en tierra, sino en el corazón del que la quiere. Y si algún poder tiene, es porque los hombres mesmos dejan vencerse voluntariamente, ofresciéndole sus corazones, y poniendo en sus manos la propia libertad. Mas porque el Soneto de Syreno no quede sin respuesta, oye otro que paresce que se hizo en competencia dél, y oíle yo mucho tiempo ha en los campos de Sebetho á un pastor nombrado Aurelio; y si bien me acuerdo decía así:
Soneto.
No es ciego Amor, mas yo lo soy, que guío
mi voluntad camino del tormento;
no es niño Amor, mas yo que en un momento
espero y tengo miedo, lloro y río.
Nombrar llamas de Amor es desvarío,
su fuego es el ardiente y vivo intento,
sus alas son mi altivo pensamiento
y la esperanza vana en que me fío.
No tiene Amor cadenas, ni saëtas,
para prender y herir libres y sanos,
que en él no hay más poder del que le damos.
Porque es Amor mentira de poetas,
sueño de locos, ídolo de vanos:
mirad qué negro Dios el que adoramos.
¿Parescete, Diana, que debe fiarse un entendimiento como el tuyo en cosas de aire, y que hay razón para adorar tan de veras á cosa tan de burlas como el Dios de Amor? El cual es fingido por vanos entendimientos, seguido de deshonestas voluntades, y conservado en las memorias de los hombres ociosos y desocupados. Estos son los que le dieron al Amor el nombre tan celebrado que por el mundo tiene. Porque viendo que los hombres por querer bien padescían tantos males, sobresaltos, temores, cuidados, recelos, mudanzas y otras infinitas passiones, acordaron de buscar alguna causa principal y universal, de la cual como de una fuente nasciessen todos estos efectos. Y assí inventaron el nombre de Amor, llamándole Dios, porque era de las gentes tan temido y reverenciado. Y pintáronle de manera que cuando veen su figura tienen razón de aborrescer sus obras. Pintáronle muchacho, porque los hombres en él no se fíen; ciego, porque no le sigan; armado, porque le teman; con llamas, porque no se le lleguen, y con alas, para que por vano le conozcan. No has de entender, pastora, que la fuerza que al Amor los hombres conceden, y el poderío que le atribuyen, sea ni pueda ser suyo: antes has de pensar que cuanto más su poder y valor encarescen, más nuestras flaquezas y poquedades manifiestan. Porque decir que el Amor es fuerte, es decir que nuestra voluntad es floja, pues permite ser por él tan fácilmente vencida; decir que el Amor tira con poderosa furia venenosas y mortales saetas, es decir que nuestro corazón es descuidado, pues se ofresce tan voluntariamente á recebirlas; decir que el Amor nuestras almas tan estrechamente captiva, es decir que en nosotras hay falta de juicio, pues al primer combate nos rendimos, y aun á veces sin ser combatidos, damos á nuestro enemigo la libertad. Y en fin, todas las hazañas que se cuentan del Amor no son otra cosa sino nuestras miserias y flojedades. Y puesto caso que las tales proezas fuesen suyas, ellas son de tal calidad que no merescen alabanza. ¿Qué grandeza es captivar los que no se defienden, qué braveza acometer los flacos, qué valentía herir los descuidados, qué fortaleza matar los rendidos, qué honra desasossegar los alegres, qué hazaña perseguir los malaventurados? Por cierto, hermosa pastora, los que quieren tanto engrandescer este Cupido, y los que tan á su costa le sirven, debieran por su honra dalle otras alabanzas; porque con todas estas el mejor nombre que gana es de cobarde en los acometimientos, cruel en las obras, vano en las intenciones, liberal de trabajos y escaso de gualardones. Y aunque todos estos nombres son infames, peores son los que le dan sus mesmos aficionados, nombrándole fuego, furor y muerte; y al amar llamando arder, destruirse, consumirse y enloquecerse; y á sí mesmos nombrándose ciegos, míseros, captivos, furiosos, consumidos y inflamados. De aquí viene que todos generalmente dan quejas del Amor, nombrándole tirano, traidor, duro, fiero y despiadado. Todos los versos de los amadores están llenos de dolor, compuestos con suspiros, borrados con lágrimas y cantados con agonía. Allí veréis las sospechas, allí los temores, allí las desconfianzas, allí los recelos, allí los cuidados y allí mil géneros de penas. No se habla allí sino de muertes, cadenas, flechas, venenos, llamas, y otras cosas que no sirven sino para dar tormento, cuando se emplean, y temor, cuando se nombran. Mal estaba con estos nombres Herbanio, pastor señalado en la Andalucía, cuando en la corteza de un álamo, sirviéndole de pluma un agudo punzón, delante de mí escribió este
Soneto.
Quien libre está, no viva descuidado,
que en un instante puede estar captivo,
y el corazón helado y más esquivo
tema de estar en llamas abrasado.
Con la alma del soberbio y elevado
tan áspero es Amor y vengativo,
que quien sin él presume de estar vivo,
por él con muerte queda atormentado.
Amor, que á ser captivo me condenas,
Amor que enciendes fuegos tan mortales,
tú que mi vida afliges y maltratas:
Maldigo dende agora tus cadenas,
tus llamas y tus flechas, con las cuales
me prendes, me consumes y me matas.
Pues venga agora al soneto de tu Syreno á darme á entender que la imaginación de las hazañas del Amor basta á vencer la furia del tormento: porque si las hazañas son matar, herir, cegar, abrasar, consumir, captivar y atormentar, no me hará creer que imaginar cosas de pena alivie la fatiga, antes ha de dar mayores fuerzas á la passión, para que siendo más imaginada, dure más en el corazón, y con mayor aspereza le atormente. Y si es verdad lo que cantó Syreno, mucho me maravillo que él, recibiendo, según dice, en este pensamiento tan aventajado gusto, tan fácilmente le haya trocado con tan cruel olvido como agora tiene, no sólo de las hazañas de Cupido, pero de tu hermosura, que no debiera por cosa del mundo ser olvidada.
Apenas había dicho Alcida de su razón las últimas palabras, que Diana, alzando los ojos, porque estaba con algún recelo, vió de lejos á su esposo Delio, que bajaba por la halda de un montecillo, encaminándose para la fuente de los alisos, donde ellas estaban. Y ansi, atajando las razones de Alcida, le dijo: No más, no más, pastora, que tiempo habrá después para escuchar lo restante y para responder á tus flojos y aparentes argumentos. Cata allá que mi esposo Delio desciende por aquel collado, y se viene para nosotras; menester será que, por dissimular lo que aquí se trataba, al son de nuestros instrumentos comencemos á cantar, porque cuando llegue se contente de nuestro ejercicio. Y ansí, tomando Alcida su cítara y Diana su zampoña, cantaron desta manera:
Rimas provenzales.
ALCIDA
Mientras el sol sus rayos muy ardientes
con tal furia y rigor al mundo envía,
que de Nymphas la casta compañía
por los sombríos mora y por las fuentes.
Y la cigarra el canto replicando,
se está quejando,
pastora canta,
con gracia tanta,
que enternescido
de haberte oído,
el poderoso cielo de su grado
fresco licor envíe al seco prado.
DIANA
Mientras está el mayor de los planetas
en medio del oriente y del ocaso,
y al labrador en descubierto raso
más rigurosas tira sus saetas.
Al dulce murmurar de la corriente
de aquesta fuente,
mueve tal canto,
que cause espanto,
y de contentos
los bravos vientos,
el ímpetu furioso refrenando,
vengan con manso espíritu soplando.
ALCIDA
Corrientes aguas, puras, cristalinas,
que haciendo todo el año primavera,
hermoseáis la próspera ribera
con lirios y trepadas clavellinas,
el bravo ardor de Phebo no escaliente
tan fresca fuente,
ni de ganado
sea enturbiado
licor tan claro,
sabroso y raro,
ni del amante triste el lloro infame
sobre tan lindas aguas se derrame.
DIANA
Verde y florido prado, en do natura
mostró la variedad de sus colores
con los matices de árboles y flores,
que hacen en ti hermosíssima pintura.
En ti los verdes ramos sean essentos
de bravos vientos;
medres, crezcas
en hierbas frescas,
nunca abrasadas
con las heladas,
ni dañe á tan hermoso y fértil suelo
el gran furor del iracundo cielo.
ALCIDA
Aquí de los bullicios y tempesta
de las soberbias cortes apartados,
los corazones viven reposados,
en sosegada paz y alegre fiesta,
á veces recostados al sombrío
á par del río,
do dan las aves
cantos suaves,
las tiernas flores
finos olores,
y siempre con un orden soberano
se ríe el prado, el bosque, el monte, el llano.
DIANA
Aquí el ruido que hace el manso viento,
en los floridos ramos sacudiendo,
deleita más que el popular estruendo
de un numeroso y grande ayuntamiento,
adonde las superbas majestades
son vanidades:
las grandes fiestas,
grandes tempestas;
los pundonores,
ciegos errores,
y es el hablar contrario y diferente
de lo que el corazón y el alma siente.
ALCIDA
No tiende aquí ambición lazos y redes,
ni la avaricia va tras los ducados,
no aspira aquí la gente á los estados,
ni hambrea las privanzas y mercedes:
libres están de trampas y passiones
los corazones;
todo es llaneza,
bondad, simpleza,
poca malicia,
cierta justicia;
y hacer vivir la gente en alegría
concorde paz y honesta medianía.
DIANA
No va por nuevo mundo y nuevos mares
el simple pastorcillo navegando,
ni en apartadas Indias va contando
de leguas y monedas mil millares.
El pobre tan contento al campo viene
con lo que tiene,
como el que cuenta
sobrada renta,
y en vida escasa
alegre passa,
como el que en montes ha gruesas manadas,
y ara de fértil campo mil yugadas.
Sintió de lejos Delio la voz de su esposa Diana, y como oyó que otra voz lo respondía, tuvo mucho cuidado de llegar presto, por ver quién estaba en compañía de Diana. Y ansi, corca de la fuente, puesto detrás un grande arrayán, escuchó lo que cantaban, buscando adrede ocasiones para sus acostumbrados celos. Mas cuando entendió que las canciones eran diferentes de lo que él con su sospecha presumía, estuvo muy contento. Pero todavía la ansia que tenía de conoscer la que estaba con su esposa le hizo que llegasse á las pastoras, de las cuales fué cortésmente saludado, y de su esposa con un angélico semblante recebido. Y sentado cabe ellas, Alcida le dijo: Delio, en gran cargo soy á la fortuna, pues no sólo me hizo ver la belleza de Diana, mas conoscer al que ella tuvo por merescedor de tanto bien, y al que entregó la libertad: que según es ella sabia, se ha de tener por extremado lo que escoge. Mas espántome de ver que tengas tan poca cuenta con la mucha que contigo tuvo Diana en elegirte por marido, que sufras que vaya tan sólo un passo sin tu compañía, y dejes que un solo momento se aparte de tus ojos. Bien sé que ella mora siempre en tu corazón; mas el amor que tú le debes á Diana no ha de ser tan poco que te contentes con tener en el alma su figura, pudiendo también tener ante los ojos su gentileza. Entonces Diana, porque Delio respondiendo no se pusiesse en peligro de publicar el poco aviso y cordura que tenía, tomó la mano por él y dijo: No tiene Delio razón de estar tan contento de tenerme por esposa, como tú muestras estar por haberme conoscido, ni de tenerme tan presente que se olvide de sus granjas y ganados, pues importan más que el deleite que de ver la belleza que falsamente me atribuyes se pudiera tomar. Dijo entonces Alcida: No perjudiques, Diana, tan adrede á tu gentileza, ni hagas tan grande agravio al parescer que el mundo tiene de ti, qué no paresce mal en una hermosa el estimarse, ni le da el nombre de altiva moderadamente conoscerse. Y tú, Delio, tente por el más dichoso del mundo, y goza bien el favor que la Fortuna te hizo, pues ni dió ni tiene que dar cosa que iguale con ser esposo de Diana. Atentamente escuchó Delio las palabras de Alcida, y en tanto que habló, la estuvo siempre mirando, tanto que á la fin de sus dulces y avisadas razones se halló tan preso de sus amores, que de atónito y pasmado no tuvo palabras con qué respondelle, sino que con un ardiente suspiro dió señal de la nueva herida que Cupido había hecho en sus entrañas. A este tiempo sintieron una voz, cuya suavidad los deleitó maravillosamente. Paráronse atentos á escuchalla, y volviendo los ojos hacia donde resonaba, vieron un pastor que muy fatigado venía hacia la fuente á guisa de congojado caminante, cantando desta manera:
Soneto.
No puede darme Amor mayor tormento,
ni la Fortuna hacer mayor mudanza;
no hay alma con tan poca confianza,
ni corazón en penas tan contento.
Hácelo Amor, que esfuerza el flaco aliento,
porque baste á sufrir mi malandanza,
y no deja morir con la esperanza
la vida, la aflicción ni el sufrimiento.
¡Ay, vano corazón! ¡Ay, ojos tristes!
¿por qué en tan largo tiempo y tanta pena
nunca se acaba el llanto ni la vida?
¡Ay, lástimas! ¿no os basta lo que hecistes?
Amor ¿por qué no aflojas mi cadena,
si en tanta libertad dejaste Alcida?.
Apenas acabó Alcida de oir la canción del pastor, que conosciendo quién era, toda temblando, con grande priessa se levantó, antes que él llegasse, rogándoles á Delio y Diana que no dijessen que ella había estado allí, porque le importaba la vida no ser hallada ni conoscida por aquel pastor, que como la misma muerte aborrescía. Ellos le ofrescieron hacello ansi, pesándoles en extremo de su presta y no pensada partida. Alcida, á más andar, metiéndose por un bosque muy espesso que junto á la fuente estaba, caminó con tanta presteza y recelo como si de una cruel y hambrienta tigre fuera perseguida. Poco después llegó el pastor tan cansado y afligido, que pareció la Fortuna, doliéndose dél, habelle ofrescido aquella clara fuente y la compañía de Diana para algún alivio de su pena. Porque como en tan calorosa siesta, tras el cansancio del fatigoso camino, vido la amenidad del lugar, el sombrío de los árboles, la verdura de las hierbas, la lindeza de la fuente y la hermosura de Diana, le paresció reposar un rato aunque la importancia de lo que buscaba y el deseo con que tras ello se perdía no daban lugar á descanso ni entretenimiento. Diana entonces le hizo las gracias y cortesías que conforme á los celos de Delio, que presente estaba, se podían hacer, y tuvo grande cuenta con el extranjero pastor, assí porque en su manera le paresció tener merescimiento, como porque le vido lastimado del mal que ella tenía. El pastor hizo grande caso de los favores de Diana, teniéndose por muy dichoso de haber hallado tan buena aventura. Estando en esto, mirando Diana en torno de sí, no vió á su esposo Delio, porque enamorado, como dijimos, de Alcida, en tanto que Diana estaba descuidada, empleándose en acariciar el nuevo pastor, se fué tras la fugitiva pastora, metiéndose por el mesmo camino con intención determinada de seguilla, aunque fuesse á la otra parte del mundo. Atónita quedó Diana de ver que faltasse tan improvisamente su esposo, y assi dió muchas voces repitiendo el nombre de Delio. Mas no aprovechó para que él desde el bosque respondiesse, ni dejasse de proseguir su camino, sino que con grandíssima priessa caminando, entendía en alcanzar la amada Alcida. De manera que Diana, viendo que Delio no parescía, mostró estar muy afligida por ello, haciendo tales sentimientos, que el pastor por consolarla le dijo: No te vea yo, hermosa pastora, tan sin razón afligida, ni des crédito á tu sospecha en tan gran perjuicio de tu descanso. Porque el pastor que tú buscas no ha tanto que falta que debas tenerte por desamparada. Sosiégate un poco, que podrá ser que estando tú divertida, convidado del sombrío de los amenos alisos y de la frescura del viento, que los está blandamente meneando, haya querido mudar asiento, sin que nosotros lo viéssemos, porque temía quizá no le contradijéssemos; ó por ventura le ha tanto pesado de mi venida, y tuviera por tan enojosa mi compañía, que ha escogido otro lugar donde sin ella pueda pasar alegremente la siesta.
A esto respondió Diana: Gracioso pastor, para conoscer el mal que maltrata tu vida, basta oir las palabras que publica tu lengua. Bien muestras estar del Amor atormentado, y vezado á engañar las amorosas sospechas con vanas imaginaciones. Porque costumbre es de los amadores dar á entender á sus pensamientos cosas falsas é impossibles, para hacer que no dén crédito á las ciertas y verdaderas. Semejantes consuelos, pastor, aprovechan más para señalar en ti el pesar de mi congoja que para remediar mi pena. Porque yo sé muy bien que mi esposo Delio va siguiendo una hermosíssima pastora, que de aquí se partió, y según la afición con que estando aquí la miraba y los suspiros que del alma le salían, yo que sé cuán determinadamente suele emprender cuanto le passa por el pensamiento, tengo por cierto que no dejará de seguir la pastora, aunque piense en toda su vida no volver ante mis ojos. Y lo que más me atormenta es conoscer la dura y desamorada condición de aquella pastora, porque tiene un alma tan enemiga del amor, que desprecia la más extremada beldad y no hace caso del valor más aventajado. Al triste pastor en este punto paresció que una mortal saeta le travesó el corazón, y dijo: ¡Ay de mí, desdichado amante! ¿con cuánta más razón se han de doler de mí las almas que no fueren de piedra, pues por el mundo busco la más cruel, la más áspera y despiadada doncella que se puede hallar? Duélete de veras, pastora, de tu esposo, que si la que él busca tiene tal condición como ésta, corre gran peligro su vida de perderse. Oyendo Diana estas palabras, acabó de conoscer su mal, y vió claramente que la pastora, que en ver este pastor tan prestamente huyó, era la que él por todas las partes del mundo había buscado. Y era ansí, porque ella huyendo dél, por no ser descubierta ni conoscida, había tomado hábito de pastora. Mas dissimuló por entonces con el pastor, y no quiso decille nada de esto, por cumplir con la palabra que á Alcida había dado al tiempo de partirse. Y también porque vió que ella gran rato había que era partida, corriendo con tanta presteza por aquel bosque espessíssimo, que fuera impossible alcanzalla. Y publicar al pastor esto, no sirviera para más de dalle mayor pena. Porque aquello fatiga más, cuando no se alcanza, que dió alguna esperanza de ser habido. Pero como Diana deseasse conoscellos y saber la causa de los amores dél y del aborrescimiento della, le dijo: Consuela, pastor, tu llanto, y cuéntame la causa dél; que por alivio desta congoja holgaré de saber quién eres y oir el processo de tus males; porque por la conmemoración dellos te ha de ser agradable, si eres verdadero amante, como creo. El entonces no se hizo mucho de rogar, antes, sentándose entrambos junto á la fuente, habló de esta manera:
No es mi mal de tal calidad que á toda suerte de gentes se pueda contar; mas la opinión que tengo de tu merescimiento y el valor que tu hermosura me publica me fuerzan á contarte abiertamente mi vida, si vida se puede llamar la que de grado trocaría con la muerte.
Sabe, pastora, que mi nombre es Marcelio, y mi estado muy diferente de lo que mi hábito señala. Porque fuí nascido en la ciudad Soldina, principal en la provincia Vandalia, de padres esclarecidos en linaje y abundantes de riquezas. En mi tierna edad fuí llevado á la corte del rey de lusitanos, y allí criado y querido, no sólo de los señores principales della, mas aun del mismo rey, tanto que nunca consintió que me partiesse de su corte, hasta que me encargó la gente de guerra que tenía en la costa de Africa. Allí estuve mucho tiempo capitán de las villas y fortalezas que él tiene en aquella costa, teniendo mi proprio assiento en la villa de Ceuta, donde fué el principio de mi desventura. Allí, por mi mal, había un noble y señalado caballero, nombrado Eugerio, que tenía cargo por el rey del gobierno de la villa, al cual Dios, allende de dalle nobleza y bienes de fortuna, le hizo merced de un hijo nombrado Polydoro, valeroso en todo extremo, y dos hijas llamadas Alcida y Clenarda, aventajadas en hermosura. Clenarda en tirar arco era diestríssima, pero Alcida, que era la mayor, en belleza la sobrepujaba. Esta de tal manera enamoró mi corazón, que ha podido causarme la desesperada vida que passo y la cruda muerte que cada día llamo y espero. Su padre tenía tanta cuenta con ella, que pocas veces consentía que se partiesse delante sus ojos. Y esto impedía que yo no le pudiesse hacer saber lo mucho que la quería. Sino que las veces que tenía ventura de vella, con un mirar apassionado y suspiros que salían de mi pecho sin licencia de mi voluntad, le publicaba mi pena. Tuve manera de escrebille una carta, y no perdiendo la ocasión que me concedió la fortuna, le hice una letra que decía ansí:
CARTA DE MARCELIO PARA ALCIDA
La honesta majestad y el grave tiento,
modestia vergonzosa, y la cordura,
el sossegado y gran recogimiento,
Y otras virtudes mil, que la hermosura,
que en todo el mundo os da nombre famoso,
encumbran á la más suprema altura,
En passo tan estrecho y peligroso
mi corazón han puesto, hermosa Alcida,
que en nada puedo hallar cierto reposo.
Lo mesmo que á quereros me convida,
el alma ansí refrena, que quisiera
callar, aunque es á costa de la vida.
¿Cuál hombre duro vido la manera
conque mirando echáis rayos ardientes,
que no enmudezca allí y callando muera?
¿Quién las bellezas raras y excelentes
vido de más quilate y mayor cuenta
que todas las passadas y presentes,
Que en la alma un nuevo amor luego no sienta,
tal que la causa dél le atierre tanto
que solamente hablar no le consienta?
Tanto callando sufro, que me espanto
que no esté de congoja el pecho abierto
y el corazón deshecho en triste llanto.
Esme impossible el gozo, el dolor cierto,
la pena firme, vana la esperanza:
vivo sin bien, y el mal me tiene muerto.
En mí mesmo de mí tomo venganza,
y lo que más deseo, menos viene,
y aquello que más huyo, más me alcanza.
Aguardo lo que menos me conviene,
y no admito consuelo á mi tristura,
gozando del dolor que el alma tiene.
Mi vida y mi deleite tanto dura
cuanto dura el pensar la gran distancia
que hay de mí á tal gracia y hermosura.
Porque concibo en la alma una arrogancia
de ver que en tal lugar supe emplealla,
que el corazón esfuerzo y doy constancia.
Pero contra mí mueve tal batalla
vuestro gentil y angélico semblante,
que no podrán mil vidas esperalla.
Mas no hay tan gran peligro que me espante,
ni tan fragoso y áspero camino,
que me estorbe de andar siempre adelante.
Siguiendo voy mi proprio desatino,
voy tras la pena y busco lo que daña,
y ofrezco al llanto el ánimo mezquino.
Perpetuo gozo alegra y acompaña
mi vida, que penando está en sossiego,
y siente en los dolores gloria extraña.
La pena me es deleite, el llanto juego,
descanso el suspirar, gloria la muerte,
las llagas sanidad, reposo el fuego.
Cosa no veo jamás que no despierte
y avive en mí la furia del tormento,
pero recibo en él dichosa suerte.
Estos males, señora, por vos siento,
destas passiones vivo atormentado
con la fatiga igual al sufrimiento.
Pues muévaos á piedad un desdichado,
que ofresce á vuestro amor la propia vida,
pues no pide su mal ser remediado,
mas sólo ser su pena conoscida.
Esta fué la carta que le escribí, y si ella fuera tan bien hecha como fué venturosa, no trocara mi habilidad por la de Homero. Llegó á las manos de Alcida, y aunque de mis razones quedó alterada, y de mi atrevimiento ofendida; pero al fin, tener noticia de mi pena hizo, según después entendí, en su corazón mayor efecto de lo que yo de mi desdicha confiaba. Comencé á señalarme su amante, haciendo justas, torneos, libreas, galas, invenciones, versos y motes por su servicio, durando en esta pena por espacio de algunos años. Al fin de los cuales Eugerio me tuvo por merescedor de ser su yerno, y por intercessión de algunos principales hombres de la tierra me ofresció su hija Alcida por mujer. Tratamos que los desposorios se hiciesen en la ciudad de Lisbona, porque el rey de lusitanos en ellos estuviesse presente; y assí, despachando un correo con toda diligencia, dimos cuenta al rey de este casamiento, y le suplicamos que nos diesse licencia para que, encomendando nuestros cargos á personas de confianza, fuéssemos allá á solemnizarlo. Luego por toda la ciudad y lugares apartados y vecinos se extendió la fama de mi casamiento, y causó tan general placer, como á tan hermosa dama como Alcida y a tan fiel amante como yo se debía. Hasta aquí llegó mi bienaventuranza, hasta aquí me encumbró la fortuna, para después abatirme en la profundidad de miserias en que me hallo. ¡Oh, transitorio bien, mudable contento; oh, deleite variable; oh, inconstante firmeza de las cosas mundanas! ¿Qué más pude recibir de lo que recibí y qué más puedo padescer de lo que padezco? No me mandes, pastora, que importune tus oídos con más larga historia, ni que lastime tus entrañas con mis desastres. Conténtate agora con saber mi passado contentamiento, y no quieras saber mi presente dolor, porque está cierta que ha de enfadarte mi prolijidad y de alterarte mi desgracia. A lo cual respondió Diana: Deja, Marcelio, semejantes excusas, que no quise yo saber los sucessos de tu vida para gozar sólo de tus placeres, sin entristecerme de tus pesares, antes quiero dellos toda la parte que cabrá en mi congojado corazón. ¡Ay, hermosa pastora, dijo Marcelio, cuán contento quedaría si la voluntad que te tengo no me forzasse á complacerte en cosa de tanto dolor! Y lo que más me pesa es que mis desgracias son tales que han de lastimar tu corazón cuando las sepas, que la pena que he de recebir en contallas no la tengo en tanto que no la sufriesse de grado á trueco de contentarte. Pero yo te veo tan deseosa de sabellas, que me será forzado causarte tristeza, por no agraviar tu voluntad. Pues has de saber, pastora, que después que fué concertado mi desventurado casamiento, venida ya la licencia del rey, el padre Eugerio, que viudo era, el hijo Polydoro, las dos hijas Alcida y Clenarda y el desdichado Marcelio, que su dolor te está contando, encomendados los cargos que por el rey teníamos á personas de confianza, nos embarcamos en el puerto de Ceuta, para ir por mar á la noble Lisbona á celebrar, como dije, en presencia del rey el matrimonio.
El contento que todos llevábamos nos hizo tan ciegos, que en el más peligroso tiempo del año no tuvimos miedo á las tempestuosas ondas que entonces suelen hincharse, ni á los furiosos vientos, que en tales meses acostumbran embravecerse; sino que, encomendando la frágil nave á la inconstante fortuna, nos metimos en el peligroso mar, descuidados de sus continuas mudanzas é innumerables infortunios. Mas poco tiempo passó que la fortuna castigó nuestro atrevimiento, porque antes que la noche llegasse, el piloto descubrió manifiestas señales de la venidera tempestad. Comenzaron los espessos ñublados á cubrir el cielo, empezaron á murmurar las airadas ondas, los vientos á soplar por contrarias y diferentes partes. ¡Ay, tristes y peligrosas señales! dijo el turbado y temeroso piloto; ¡ay, desdichada nave, qué desgracia se te apareja, si Dios por su bondad no te socorre! Diciendo esto vino un ímpetu y furia tan grande de viento, que en las extendidas velas y en todo el cuerpo de la nave sacudiendo, la puso en tan gran peligro, que no fué bastante el gobernalle para regirla, sino que, siguiendo el poderoso furor, iba donde la fuerza de las ondas y vientos la impelía. Acabó poco á poco á descararse la tempestad, las furiosas ondas cubiertas de blanca espuma comienzan á ensoberbecerse. Estaba el cielo abundante lluvia derramando, furibundos rayos arrojando y con espantosos truenos el mundo estremesciendo. Sentíase un espantable ruido de las sacudidas maromas, y movían gran terror las lamentables voces de los navegantes y marineros. Los vientos por todas partes la nave combatían, las ondas con terribles golpes en ella sacudiendo, las más enteras y mejor clavadas tablas hendían y desbarataban. A veces el soberbio mar hasta el cielo nos levantaba y luego hasta los abismos nos despeñaba, y á veces espantosamente abriéndose, las más profundas arenas nos descubría. Los hombres y mujeres á una y otra parte corriendo, su desventurada muerte dilatando, unos entrañables suspiros esparcían, otros piadosos votos ofrescían y otros dolorosas lágrimas derramaban. El piloto con tan brava fortuna atemorizado, vencido su saber de la perseverancia y braveza de la tempestad, no sabía ni podía regir el gobernalle. Ignoraba la naturaleza y origen de los vientos, y en un mesmo punto mil cosas diferentes ordenaba. Los marineros, con la agonía de la cercana muerte turbados, no sabían ejecutar lo mandado, ni con tantas voces y ruido podían oir el mandamiento y orden del ronco y congojado piloto. Unos amainan la vela, otros vuelven la antena, otros añudan las rompidas cuerdas, otros remiendan las despedazadas tablas, otros el mar en el mar vacian, otros al timón socorren, y en fin todos procuran defender la miserable nave del inevitable perdimiento. Mas no valió la diligencia, ni aprovecharon los votos y lágrimas para ablandar el bravo Neptuno. Antes cuanto más se iba acercando la noche, más cargaron los vientos y más se ensañaron las tempestades.
Venida ya la tenebrosa noche, y no amansándose la fortuna, el padre Eugerio, desconfiado de remedio, con el rostro temeroso y alterado, á sus hijos y yerno mirando, tenía tanta agonía de la muerte que habíamos de passar, que tanto nos dolía su congoja como nuestra desventura. Mas el lloroso viejo, rodeado de trabajos, con lamentable voz y tristes lágrimas decía de esta manera: ¡Ay, mudable Fortuna, enemiga del humano contento, tan gran desdicha le tenías guardada á mi triste vejez! ¡Oh, bienaventurados los que en juveniles años mueren, lidiando en las sangrientas batallas, pues no llegando á la cansada edad no vienen á peligro de llorar los desastres y muertes de sus amados hijos! ¡Oh, fuerte mal; oh, triste sucesso! ¿Quién jamás murió tan dolorosamente como yo, que esperando consolar mi muerte con dejar en el mundo quien conserve mi memoria y mi linaje, he de morir en compañía de los que habían de solemnizar mis obsequias? Oh, queridos hijos, ¿quién me dijera á mí, que mi vida y la vuestra se habían de acabar á un mesmo tiempo y habían de tener fin con una misma desventura? Querría, hijos míos, consolaros; mas ¿qué puede deciros un triste padre, en cuyo corazon hay tanta abundancia de dolor y tan grande falta de consuelo? Mas consolaos, hijos; armad vuestras almas de sufrimiento, y dejad á mi cuenta toda la tristeza, pues allende de morir una vez por mí, he de sufrir tantas muertes cuantas vosotros habéis de passar. Esto decía el congojado padre con tantas lágrimas y sollozos, que apenas podía hablar, abrazando los unos y los otros por despedida, antes que llegasse la hora del perdimiento. Pues contarte yo agora las lágrimas de Alcida, y el dolor que por ella yo tenía, sería una empresa grande y de mucha dificultad. Sólo una cosa quiero decirte: que lo que más me atormentaba, era pensar que la vida que yo tenía ofrescida á su servicio hubiesse de perderse juntamente con la suya. En tanto la perdida y maltratada nave con el ímpetu y furia de los bravos ponientes, que por el estrecho passo que de Gibraltar se nombra rabiosamente soplaban, corriendo con más ligereza de la que á nuestra salud convenía, conbatida por la poderosa Fortuna por espacio de toda la noche y en el siguiente día, sin poder ser regida con la destreza de los marineros, anduvo muchas leguas por el espacioso mar Mediterráneo, por donde la fuerza de los vientos la encaminaba.
El otro día después paresció la Fortuna querer amansarse; pero volviendo luego á la acostumbrada braveza, nos puso en tanta necessidad que no esperábamos una hora de vida. En fin, nos combatió tan brava tempestad, que la nave, compelida de un fuerte torbellino, que le dió por el izquierdo lado, estuvo en tan gran peligro de trastornarse, que tuvo ya el bordo metido en el agua. Yo que vi el peligro manifiesto, desciñéndome la espada, porque no fuesse embarazo, y abrazándome con Alcida, salté con ella en el batel de la nave. Clenarda, que era doncella muy suelta, siguiéndonos, hizo lo mesmo, no dejando en la nave su arco y aljaba, que más que cualesquier tesoros estimaba. Polydoro abrazándose con su padre, quiso con él saltar en el batel como nosotros; mas el piloto de la nave y un otro marinero fueron los primeros á saltar, y al tiempo que Polydoro con el viejo Eugerio quiso salir de la nave, viniendo por la parte diestra una borrasca, apartó tanto el batel de la nave, que los tristes hubieron de quedar en ella, y de allí á poco rato no la vimos, ni sabemos della, sino que tengo por cierto que por las crueles ondas fué tragada, ó dando al través en la costa de España, miserablemente fué perdida. Quedando, pues, Alcida, Clenarda y yo en el pequeño esquife, guiados con la industria del piloto y de otro marinero, anduvimos errando por espacio de un día y de una noche, aguardando de punto en punto la muerte, sin esperanza de remedio y sin saber la parte donde estábamos. Pero en la mañana siguiente nos hallamos muy cerca de la tierra, y dimos al través en ella. Los dos marineros, que muy diestros eran en nadar, no sólo salieron á nado á la deseada tierra, pero nos sacaron á todos, llevándonos á seguro salvamiento. Después que estuvimos fuera de las aguas, amarraron los marineros el batel á la ribera, y reconosciendo la tierra donde habiamos llegado, hallaron que era la isla Formentera, y quedaron muy espantados de las muchas millas que en tan poco tiempo habiamos corrido. Mas ellos tenían tan larga y cierta experiencia de las maravillas que suelen hacer las bravas tempestades, que no se espantaron mucho del discurso de nuestra navegación. Hallámonos seguros de la Fortuna, pero tan tristes de la pérdida de Eugerio y Polydoro, tan mal tratados del trabajo y tan fatigados de hambre, que no teníamos forma de alegrarnos de la cobrada vida.
Dejo agora de contarte los llantos y extremos de Alcida y Clenarda por haber perdido el padre y hermano, por passar adelante la historia del desdichado sucesso que me acontesció en esta solitaria isla; porque después que en ella fuí librado de la crueldad de la Fortuna, me fué el Amor tan enemigo, que paresció pesarle de ver mi vida libre de la tempestad, y quiso que al tiempo que por más seguro me tuviesse, entonces con nueva y más grave pena fuesse atormentado. Hirió el maligno Amor el corazón del piloto, que Bartofano se decía, y le hizo tan enamorado de la hermosura de Clenarda, su hermana de Alcida, que por salir con su intento olvidó la ley de amicicia y fidelidad, imaginando y efectuando una extraña traición. Y fué assí, que después de las lágrimas y lamentos que las dos hermanas hicieron, acontesció que Alcida, cansada de la passada fatiga, se recostó sobre la arena, y vencida del importuno sueño se durmió. Estando en esto le dije yo al piloto: Bartofano amigo, si no buscamos qué comer, ó por nuestra desdicha no lo hallamos, podemos hacer cuenta que no habernos salvado la vida, sino que habernos mudado manera de muerte. Por esso querría, si te place, que tú y tu compañero fuéssedes al primer lugar que en la isla se os ofresciere para buscar qué comer. Respondió Bartofano: Harto hizo la Fortuna, señor Marcelio, en llevarnos á tierra, aunque sea despoblada. Desengáñate de hallar qué comer aquí, porque la tierra es desierta y de gentes no habitada. Mas yo diré un remedio para que no perezcamos de hambre. ¿Ves aquella isleta que está de frente, cerca de donde estamos? Allí hay gran abundancia de venados, conejos, liebres y otra caza, tanto que van por ella grandes rebaños de silvestres animales. Allí también hay una ermita, cuyo ermitaño tiene ordinariamente harina y pan. Mi parescer es que Clenarda, cuya destreza en tirar arco te es manifiesta, passe con el batel á la isla para matar alguna caza, pues el arco y flechas no le faltan, que mi compañero y yo la llevaremos allá; y tú, Marcelio, queda en compañía de Alcida, que será posible que antes que se despierte volvamos con abundancia de fresca y sabrosa provisión.
Muy bien nos paresció á Clenarda y á mí el consejo de Bartofano, no cayendo en la alevosía que tenía fabricada. Mas nunca quiso Clenarda passar á la isleta sin mi compañía, porque no osaba fiarse en los marineros. Y aunque yo me excusé de ir con ella, diciendo que no era bien dejar á Alcida sola y durmiendo en tan solitaria tierra, me respondió que, pues el espacio de mar era muy poco, la caza de la isla mucha y el mar algún tanto tranquilo, porque en estar nosotros en tierra había mostrado amansarse, podíamos ir, cazar y volver antes que Alcida, que muchas noches había que no había dormido, se despertasse. En fin; tantas razones me hizo que, olvidado de lo que más me convenía, sin más pensar en ello, determiné acompañada, de lo cual le pesó harto á Bartofano, porque no quería sino á Clenarda sola, para mejor efectuar su engaño. Mas no le faltó al traidor forma para poner por obra la alevosía: porque dejada Alcida durmiendo, metidos todos en el esquife, nos echamos á la mar, y antes de llegar á la isleta, estando yo descuidado y sin armas, porque todas las había dejado en la nave, cuando salté de ella por salvar la vida, fuí de los dos marineros assaltado, y sin poderme valer, preso y maniatado.
Clenarda, viendo la traición, quiso de dolor echarse en el mar; mas por el piloto fué detenida antes; apartándola á una parte del esquife, en secreto le dijo: No tomes pena de lo hecho, hermosa dama, y sossiega tu corazón, que todo se hace por tu servicio. Has de saber, señora, que éste Marcelio, cuando llegamos á la isla desierta, me habló secretamente y me rogó que te aconsejase que passasses para cazar á la isla, y cuando estuviéssemos en mar, encaminasse la proa hacia Levante, señalándome que estaba enamorado de ti y quería dejar en la isla á tu hermana, por gozar de ti á su placer y sin impedimento. Y aquel no querer acompañarte era por dissimulación y por encubrir su maldad. Mas yo, que veo el valor de tu hermosura, por no perjudicar á tu merescimiento, en el punto que había de hacerte la traición, he determinado serte leal y he atado á Marcelio, como has visto, con determinación de dejarle ansí á la ribera de una isla que cerca de aquí está y volver después contigo adonde dejamos á Alcida. Esta razón te doy de lo hecho; mira tú agora lo que determinas.
Oyendo esto Clenarda, creyó muy de veras la mentira del traidor, y túvome una ira mortal, y fué contenta que yo fuesse llevado donde Bartofano dijo. Mirábame con un gesto airado, y de rabia no podía hablarme palabra, sino que en lo íntimo de su corazón se gozaba de la venganza que de mí se había de tomar, sin nunca advertir el engaño que se le hacía. Conoscí yo en Clenarda que no le pesaba de mi prisión, y ansí le dije: ¿Qué es esto, hermana? ¿tan poca pena te paresce la mía y la tuya que tan presto hicieron fin tus llantos? ¿Quizá tienes confianza de verme presto libre para tomar venganza de estos traidores? Ella entonces, brava como leona, me dijo que mi prisión era porque había pretendido dejar á Alcida y llevarme á ella, y lo demás que el otro le había falsamente recitado. Oyendo esto sentí más dolor que nunca, y ya que no pude poner las manos en aquellos malvados, los traté con injuriosas palabras; y á ella le di tal razón, que conosció ser aquella una grande traición, nascida del amor de Bartofano. Hizo Clenarda tan gran lamento, cuando cayó en la cuenta del engaño, que las duras piedras ablandara; mas no enternesció aquellos duros corazones.
Considera tú agora que el pequeño batel por las espaciosas ondas caminando largo trecho con gran velocidad habría corrido, cuando la desdichada Alcida despertándose sola se vido, y desamparada volvió los ojos al mar y no vido el esquife; buscó gran parte de la ribera, y no halló persona. Puedes pensar, pastora, lo que debió sentir en este punto. Imagina las lágrimas que derramó, piensa agora los extremos que hizo, considera las veces que quiso echarse en el mar y contempla las veces que repitió mi nombre. Mas ya estábamos tan lejos, que no oíamos sus voces, sino que vimos que con una toca blanca, dando vueltas en el aire con ella, nos incitaba para la vuelta. Mas no lo consintió la traición de Bartofano. Antes con gran presteza caminando, llegamos á la isla de Ibiza, donde desembarcamos, y á mí me dejaron en la ribera amarrado á una anchora que en tierra estaba. Acudieron allí algunos marineros conoscidos de Bartofano, y tales como él, y por más que Clenarda les encomendó su honestidad, no aprovechó para que mirassen por ella, sino que dieron al traidor suficiente provisión, y con ella se volvió á embarcar en compañía de Clenarda, que á su pesar hubo de seguille, y después acá nunca más los he visto, ni sabido dellos.
Quedé yo allí hambriento y atado de pies y manos. Pero lo que más me atormentaba, era la necessidad y pena de Alcida, que en la Formentera sola quedaba, que la mía luego fué remediada. Porque á mis voces vinieron muchos marineros, que siendo más piadosos y hombres de bien que los otros, me dieron qué comiesse. E importunados por mí, armaron un bergantín, donde puestas algunas viandas y armas se embarcaron en mi compañía, y no passó mucho tiempo que el velocíssimo navío llegó á la Formentera, donde Alcida había quedado. Mas por mucho que en ella busqué y di voces, no la pude hallar ni descubrir. Pensé que se había echado en el mar desesperada ó de las silvestres fieras había sido comida. Mas buscando y escudriñando los llanos, riberas, peñas, cuevas y los más secretos rincones de la isla, en un pedazo de peña hecho á manera de padrón hallé unas letras escriptas con punta de acerado cuchillo, que decían:
Soneto.
Arenoso, desierto y seco prado,
tú, que escuchaste el son de mi lamento,
hinchado mar, mudable y fiero viento,
con mis suspiros tristes alterado.
Duro peñasco, en do escripto y pintado
perpetuamente queda mi tormento,
dad cierta relación de lo que siento,
pues que Marcelio sola me ha dejado.
Llevó mi hermana, á mí puso en olvido,
y pues su fe, su vela y mi esperanza
al viento encomendó, sedme testigos,
Que más no quiero amar hombre nascido,
por no entrar en un mar do no hay bonanza,
ni pelear con tantos enemigos.
No quiero encarescerte, pastora, la herida que yo sentí en el alma cuando leí las letras, conosciendo por ellas que por ajena alevosía y por los malos sucessos de Fortuna quedaba desamado, porque quiero dejarla á tu discreción. Pero no queriendo vida rodeada de tantos trabajos, quise con una espada traspassar el miserable pecho, y assí lo hiciera si de aquellos marineros con obras y palabras no fuera estorbado. Volviéronme casi muerto en el bergantín, y condescendiendo con mis importunaciones, me llevaron por sus jornadas camino de Italia, hasta que me desembarcaron en el puerto de Gayeta, del reino de Nápoles, donde preguntando á cuantos hallaba por Alcida, y dando las señas della, vine á ser informado por unos pastores que había llegado allí con una nave española, que passando por la Formentera, hallándola sola, la recogió, y que por esconderse de mí se había puesto en hábito de pastora. Entonces yo, por mejor buscarla, me vestí también como pastor, rodeando y escudriñando todo aquel reino, y nunca hallé rastro della hasta que me dijeron que huyendo de mí, y sabiendo que tenía della información, con una nave genovesa había passado en España. Embarquéme luego en su seguimiento, y llegué acá á España, y he buscado la mayor parte della, sin hallar persona que me diesse nuevas desta cruel, que con tanta congoja busco. Esta es, hermosa pastora, la tragedia de mi vida, esta es la causa de mi muerte, este es el processo de mis males. Y si en tan pesado cuento hay alguna prolijidad, la culpa es tuya, pues para contarle por ti fuí importunado. Lo que te ruego agora es que no quieras dar remedio á mi mal, ni consuelo á mi fatiga, ni estorbar las lágrimas que con tan justa razón á mi pena son debidas.
Acabando estas razones comenzó Marcelio á hacer tan doloroso llanto y suspirar tan amargamente, que era gran lástima de vello. Quiso Diana darle nuevas de su Alcida, porque poco había que en su compañía estaba, pero por cumplir con la palabra que había dado de no decillo, y también porque vió que le había de atormentar más, dándole noticia de la que en tal extremo le aborrescía, por esso no curó de decille más de que se consolasse y tuviesse mucha confianza, porque ella esperaba velle antes de mucho muy contento con la vista de su dama. Porque si era verdad, como creía, que iba Alcida entre los pastores y pastoras de España, no se le podía esconder, y que ella la haría buscar por las más extrañas y escondidas partes della. Mucho le agradesció Marcelio á Diana tales ofrescimientos, y encargándole mucho mirasse por su vida, haciendo lo que ofrescido le había, quiso despedirse della, diciendo que passados algunos días pensaba volver allí, para informarse de lo que habría sabido de Alcida; pero Diana le detuvo, y le dijo: No seré yo tan enemiga de mi contento que consienta que te apartes de mi compañía. Antes, pues de mi esposo Delio me veo desamparada, como tú de tu Alcida, querría, si te place, que comiesses algunos bocados, porque muestras haberlo menester, y después desto, pues las sombras de los árboles se van haciendo mayores, nos fuéssemos á mi aldea, donde con el descanso que el continuo dolor nos permitirá, passaremos la noche, y luego en la mañana iremos al templo de la casta Diana, do tiene su assiento la sabia Felicia, cuya sabiduría dará algun remedio á nuestra passión. Y porque mejor puedas gozar de los rústicos tratos y simples llanezas de los pastores y pastoras de nuestros campos, será bien que no mudes el hábito de pastor que traes, ni des á nadie á entender quién eres, sino que te nombres, vistas y trates como pastor.
Marcelio, contento de hacer lo que Diana dijo, comió alguna vianda que ella sacó de su zurrón, y mató la sed con el agua de la fuente, lo que le era muy necessario, por no haber en todo el día comido ni reposado, y luego tomaron el camino de la aldea. Mas poco trecho habían andado, cuando en un espesso bosquecillo, que algún tanto apartado estaba del camino, oyeron resonar voces de pastores, que al son de sus zampoñas suavemente cantaban; y como Diana era muy amiga de música, rogó á Marcelio que se llegassen allá. Estando ya junto al bosquecillo, conosció Diana que los pastores eran Tauriso y Berardo, que por ella penados andaban, y tenían costumbre de andar siempre de compañía y cantar en competencia. Y ansí Diana y Marcelio, no entrando donde los pastores estaban, sino puestos tras unos robledales, en parte donde podían oir la suavidad de la música, sin ser vistos de los pastores, escucharon sus cantares. Y ellos, aunque no sabían que estaba tan cerca la que era causa de su canto, adevinando cuasi con los ánimos que su enemiga les estaba oyendo, requebrando las pastoriles voces, y haciendo con ellas delicados passos y diferencias, cantaban desta manera:
TAURISO
Pues ya se esconde el sol tras las montañas,
dejad el pasto, ovejas, escuchando
las voces roncas, ásperas y extrañas
que estoy sin tiento ni orden derramando.
Oid cómo las míseras entrañas
se están en vivas llamas abrasando
con el ardor que enciende en la alma insana
la angélica hermosura de Diana.
BERARDO
Antes que el sol, dejando el hemisphero,
caer permita en hierbas el rocío,
tú, simple oveja, y tú, manso cordero,
prestad grata atención al canto mío.
No cantaré el ardor terrible y fiero,
mas el mortal temor helado y frío,
con que enfrena y corrige el alma insana
la angélica hermosura de Diana.
TAURISO
Cuando imagina el triste pensamiento
la perfección tan rara y escogida,
la alma se enciende assí, que claro siento
ir siempre deshaciéndose la vida.
Amor esfuerza el débil sufrimiento,
y aviva la esperanza consumida,
para que dure en mí el ardiente fuego,
que no me otorga un hora de sossiego.
BERARDO
Cuando me paro á ver mi bajo estado
y el alta perfección de mi pastora,
se arriedra el corazón amedrentado
y un frío hielo en la alma triste mora.
Amor quiere que viva confiado,
y estoilo alguna vez, pero á deshora
al vil temor me vuelvo tan sujeto,
que un hora de salud no me prometo.
TAURISO
Tan mala vez la luz ardiente veo
de aquellas dos claríssimas estrellas,
la gracia, el continente y el asseo,
con que Diana es reina entre las bellas,
que en un solo momento mi deseo
se enciende en estos rayos y centellas,
sin esperar remedio al fuego extraño
que me consume y causa extremo daño.
BERARDO
Tan mala vez las delicadas manos
de aquel marfil para mil muertes hechas,
y aquellos ojos claros soberanos
tiran al corazón mortales flechas,
que quedan de los golpes inhumanos
mis fuerzas pocas, flacas y deshechas,
y tan pasmado, flojo y débil quedo,
que vence á mi deseo el triste miedo.
TAURISO
¿Viste jamás un rayo poderoso,
cuyo furor el roble antiguo hiende?
Tan fuerte, tan terrible y riguroso
es el ardor que la alma triste enciende.
¿Viste el poder de un río pressuroso,
que de un peñasco altíssimo desciende?
Tan brava, tan soberbia y alterada
Diana me paresce estando airada.
Mas no aprovecha nada
para que el vil temor me dé tristeza,
pues cuanto más peligros, más firmeza.
BERARDO
¿Viste la nieve en haldas de una sierra
con los solares rayos derretida?
Ansí deshecha y puesta por la tierra
al rayo de mi estrella está mi vida.
¿Viste en alguna fiera y cruda guerra
algún simple pastor puesto en huida?
Con no menos temor vivo cuitado,
de mis ovejas proprias olvidado.
Y en este miedo helado
merezco más, y vivo más contento,
que en el ardiente y loco atrevimiento.
TAURISO
Berardo, el mal que siento es de tal arte,
que en todo tiempo y parte me consume,
el alma no presume ni se atreve;
mas como puede y debe comedida
le da la propria vida al niño ciego,
y en encendido fuego alegre vive,
y como allí recibe gran consuelo,
no hay cosa de que pueda haber recelo.
BERARDO
Tauriso, el alto cielo hizo tan bella
esta Diana estrella, que en la tierra
con luz clara destierra mis tinieblas,
las más escuras nieblas apartando;
que si la estoy mirando embelesado,
vencido y espantado, triste y ciego
los ojos bajo luego, de manera
que no puedo, aunque quiera, aventurarme
á ver, pedir, dolerme ni quejarme.
TAURISO
Jamás quiso escucharme
esta pastora mía,
mas persevera siempre en la dureza,
y en siempre maltratarme
continua su porfía.
¡Ay, cruda pena; ay, fiera gentileza!
Mas es tal la firmeza
que esfuerza mi cuidado,
que vivo más seguro
que está un peñasco duro
contra el rabioso viento y mar airado,
y cuanto más vencido,
doy más ardor al ánimo encendido.
BERARDO
No tiene el ancho suelo
lobos tan poderosos
cuya braveza miedo pueda hacerme,
y de un simple recelo,
en casos amorosos,
como cobarde vil vengo á perderme.
No puedo defenderme
de un miedo que en mi pecho
gobierna, manda y rige;
que el alma mucho aflige
y el cuerpo tiene ya medio deshecho.
¡Ay, crudo amor; ay, fiero!
¿con pena tan mortal cómo no muero?
TAURISO
Junto á la clara fuente,
sentada con su esposo
la pérfida Diana estaba un día,
y yo á mi mal presente
tras un jaral umbroso,
muriendo de dolor de lo que vía:
él nada le decía,
mas con mano grossera
trabó la delicada
á torno fabricada,
y estuvo un rato assí, que no debiera;
y yo tal cosa viendo,
de ira mortal y fiera envidia ardiendo.
BERARDO
Un día al campo vino
aserenando al cielo
la luz de perfectíssimas mujeres,
las hebras de oro fino
cubiertas con un velo,
prendido con dorados alfileres;
mil juegos y placeres
passaba con su esposo;
yo tras un mirto estaba,
y vi que él alargaba
la mano al blanco velo, y el hermoso
cabello quedó suelto,
y yo de vello en triste miedo envuelto.
En acabando los pastores de cantar, comenzaron á recoger su ganado, que por el bosque derramado andaba. Y viniendo hacia donde Marcelio y Diana estaban, fué forzado habellos de ver, porque no tuvieron forma de esconderse aunque mucho lo trabajaron. Gran contento recibieron de tan alegre y no pensada vista. Y aunque Berardo quedó con ella atemorizado, el ardiente Tauriso con ver la causa de su pena encendió más su deseo. Saludaron cortésmente las pastoras, rogándoles que, pues la Fortuna allí los había encaminado, se fuessen todos de compañía hacia la aldea. Diana no quiso ser descortés, porque no lo acostumbraba, más fué contenta de hacello ansí. De modo que Tauriso y Berardo encargaron á otros pastores que con ellos estaban que los recogidos ganados hacia la aldea poco á poco llevassen, y ellos, en compañía de Marcelio y Diana, adelantándose, tomaron el camino. Rogóle Tauriso á Diana que á la canción que él diría respondiesse; ella dijo que era contenta, y ansí cantaron esta canción:
Tauriso. Zagala, ¿por qué razón
no me miras, di, enemiga?
Diana. Porque los ojos fatiga
lo que ofende al corazón.
Tauriso. ¿Qué pastora hay en la vida
que se ofenda de mirar?
Diana. La que pretende passar
sin querer ni ser querida.
Tauriso. No hay tan duro corazón
que un alma tanto persiga.
Diana. Ni hay pastor que contradiga
tan adrede á la razón.
Tauriso. ¿Cómo es esto que no tuerza
el amor tu crueldad?
Diana. Porque amor es voluntad,
y en la voluntad no hay fuerza.
Tauriso. Mira que tienes razón
de remediar mi fatiga.
Diana. Esa mesma á mí me obliga
á guardar mi corazón.
Tauriso. ¿Por qué me das tal tormento
y qué guardas tu hermosura?
Diana. Porque tú el seso y cordura
llamas aborrescimiento.
Tauriso. Será porque sin razón
tu braveza me castiga.
Diana. Antes porque de fatiga
defiendo mi corazón.
Tauriso. Cata que no soy tan feo
como te cuidas, pastora.
Diana. Conténtate por agora
con que digo que te creo.
Tauriso. ¿Después de darme passión
me escarnesces, di, enemiga?
Diana. Si otro quieres que te diga,
pides más de la razón.
En extremo contentó la canción de Tauriso y Diana, y aunque Tauriso por ella sintió las crudas respuestas de su pastora, y con ellas grande pena, quedó tan alegre con que ella le había respondido, que olvidó el dolor que de la crueldad de sus palabras pudiera rescebir. A este tiempo el temeroso Berardo, esforzando el corazón, hincando sus ojos en los de Diana á guisa de congojado cisne, que cercano á su postrimería, junto á las claras fuentes va suavemente cantando, levantó la debil y medrosa voz, que con gran pena del sobresaltado pecho le salía, y al son de su zampoña cantó ansí:
Tenga fin mi triste vida,
pues, por mucho que lloré,
no es mi pena agradescida
ni dan crédito á mi fe.
Estoy en tan triste estado,
que tomara por partido
de ser mal galardonado
solo que fuera creído.
Mas aunque pene mi vida,
y en mi mal constante esté,
no es mi pena agradescida
ni dan crédito á mi fe.
Después de haber dicho Berardo su canción, pusieron los dos pastores los ojos en Marcelio, y como era hombre no conoscido, no osaban decille que cantasse. Pero, en fin, el atrevido Tauriso le rogó les dijesse su nombre, y si era possible dijesse alguna canción, porque lo uno y lo otro les sería muy agradable. Y él, sin dalles otra respuesta, volviéndose á Diana, y señalándole que su zampoña tocasse, quiso con una canción contentallos de entrambas las cosas. Y después de dado un suspiro, dijo ansí:
Tal estoy después que vi
la crueldad de mi pastora,
que ni sé quién soy agora
ni lo que será de mí.
Sé muy bien que, si hombre fuera,
el dolor me hubiera muerto,
y si piedra, está muy cierto
que el llorar me deshiciera.
Llámanme Marcelio á mi,
pero soy de una pastora,
que ni sé quién soy agora
ni lo que será de mí.
Ya la luz del sol comenzaba á dar lugar á las tinieblas, y estaban las aldeas con los domésticos fuegos humeando, cuando los pastores y pastoras, estando muy cerca de su lugar, dieron fin á sus cantares. Llegaron todos á sus casas contentos de la passada conversación, pero Diana no hallaba sossiego, mayormente cuando supo que no estaba en la aldea su querido Syreno. Dejó á Marcelio aposentado en casa de Melibeo, primo de Delio, donde fué hospedado con mucha cortesía, y ella, viniendo á su casa, convocados sus parientes y los de su esposo, les dió razón de cómo Delio la había dejado en la fuente de los alisos, yendo tras una extranjera pastora. Sobre ello mostró hacer grandes llantos y sentimientos, y al cabo de todos ellos les dijo que su determinación era ir luego por la mañana al templo de Diana, por saber de la sabia Felicia nuevas de su esposo. Todos fueron muy contentos de su voluntad, y para el cumplimiento della le ofrescieron su favor; y ella, pues supo que en el templo de Diana hallaría su Syreno, quedó muy alegre del concierto, y con la esperanza del venidero placer dió aquella noche á su cuerpo algún reposo, y tuvo en el corazón un no acostumbrado sossiego.
Fin del libro primero.
LIBRO SEGUNDO
DE DIANA ENAMORADA
Es el injusto Amor tan bravo y poderoso, que de cuanto hay en el mundo se aprovecha para su crueldad, y las cosas de más valor le favorescen en sus empresas. Especialmente la Fortuna le da tanto favor con sus mudanzas, cuanto él ha menester para dar graves tormentos. Claro está lo que digo en el desastre de Marcelio, pues la Fortuna ordenó tal acontescimiento, que de su esposa Alcida forzado hubo de dar crédito á una sospecha tal que, aunque falsa, tenía muy cierto ó á lo menos aparente fundamento; y dello se siguió aborrescer á su esposo, que más que á su vida la quería, y en nada le había ofendido. De aquí se puede colegir cuán cierta ha de ser una presunción, para que un hombre sabio le deba dar entera fe: pues ésta, que tenía muestras de certidumbre, era tan ajena de verdad. Pero ya que el Amor y Fortuna trataron tan mal á Marcelio, una cosa tuvo que agradescelles, y fué que el Amor hirió el corazón de Diana, y Fortuna hizo que Marcelio en la fuente la hallasse, para que entrambos fuessen á la casa de Felicia y el triste passasse sus penas en agradable compañía. Pues llegado el tiempo qué la rubicunda Aurora con su dorado gesto ahuyentaba las nocturnas estrellas, y las aves con suave canto anunciaban el cercano día, la enamorada Diana, fatigada ya de la prolija noche, se levantó para emprender el camino deseado. Y encargadas ya sus ovejas á la pastora Polyntia, salió de su aldea acompañada de su rústica zampoña, engañadora de trabajos, y proveído el zurrón de algunos mantenimientos, bajó por una cuesta, que de la aldea á un espesso bosque descendía, y á la fin della se paró sentada debajo unos alisos, esperando que Marcelio, su compañero, viniesse, según que con él la noche antes lo había concertado. Mas en tanto que no venía, se puso á tañer su zampoña y cantar esta
Canción.
Madruga un poco, luz del claro día,
con apacible y blanda mansedumbre,
para engañar un alma entristescida.
Extiende, hermoso Apolo, aquella lumbre,
que á los desiertos campos da alegría,
y á las muy secas plantas fuerza y vida.
En ésta amena silva, que convida
á muy dulce reposo,
verás de un congojoso
dolor mi corazón atormentado,
por verse ansí olvidado
de quien mil quejas daba de mi olvido:
la culpa es de Cupido,
que aposta quita y da aborrescimiento,
do ve que ha de causar mayor tormento.
¿Qué fiera no enternesce un triste canto?
¿y qué piedra no ablandan los gemidos
que suele dar un fatigado pecho?
¿Qué tigres ó leones conducidos
no fueran á piedad oyendo el llanto
que quasi tiene mi ánimo deshecho?
Sólo á Syreno cuento sin provecho
mi triste desventura,
que della tanto cura
como el furioso viento en mar insano
las lágrimas que en vano
derrama el congojado marinero,
pues cuanto más le ruega, más es fiero.
No ha sido fino amor, Syreno mío,
el que por estos campos me mostrabas,
pues un descuido mío ansí le ofende.
¿Acuérdaste, traidor, lo que jurabas
sentado en este bosque y junto al río?
¿pues tu dureza agora qué pretende?
¿No bastará que el simple olvido emiende
con un amor sobrado,
y tal, que si al passado
olvido no aventaja de gran parte
(pues más no puedo amarte,
ni con mayor ardor satisfacerte)
por remedio tomar quiero la muerte?
Mas viva yo en tal pena, pues la siento
por ti, que haces menor toda tristura,
aunque más dañe el ánima mezquina.
Porque tener presente tu figura
da gusto aventajado al pensamiento
de quien por ti penando en ti imagina.
Mas tú á mi ruego ardiente un poco inclina
el corazón altivo,
pues ves que en penas vivo
con un solo deseo sostenida,
de oir de ti en mi vida
siquiera un no en aquello que más quiero.
¿Mas qué se ha de esperar de hombre tan fiero?
¿Cómo agradesces, dime, los favores
de aquel tiempo passado que tenías
mas blando el corazón, duro Syreno,
cuando, traidor, por causa mía hacías
morir de pura envidia mil pastores.
¡Ay, tiempo de alegría! ¡Ay, tiempo bueno!
Será testigo el valle y prado ameno,
á do de blancas rosas
y flores olorosas
guirnalda á tu cabeza componía,
do á veces añadía
por sólo contentarte algún cabello:
que muero de dolor pensando en ello.
Agora andas essento aborresciendo
la que por ti en tal pena se consume:
pues guarte de las mañas de Cupido.
Que el corazón soberbio, que presume
del bravo amor estarse defendiendo,
cuanto más armas hace, es más vencido.
Yo ruego que tan preso y tan herido
estés como me veo.
Mas siempre á mi deseo
no desear el bien le es buen aviso,
pues cuantas cosas quiso,
por más que tierra y cielos importuna,
se las negó el Amor y la Fortuna.
Canción, en algún pino ó dura encina
no quise señalarte,
mas antes entregarte
al sordo campo y al mudable viento:
porque de mi tormento
se pierda la noticia y la memoria,
pues ya perdida está mi vida y gloria.
La delicada voz y gentil gracia de la hermosa Diana hacía muy clara ventaja á las habilidades de su tiempo: pero más espanto daba ver las agudezas con que matizaba sus cantares, porque eran tales, que parescían salidas de la avisada corte. Mas esto no ha de maravillar tanto los hombres que lo tengan por impossible: pues está claro que es bastante el Amor para hacer hablar á los más simples pastores avisos más encumbrados, mayormente si halla aparejo de entendimiento vivo é ingenio despierto, que en las pastoriles cabañas nunca faltan. Pues estando ya la enamorada pastora al fin de su canción, al tiempo que el claro sol ya comenzaba á dorar las cumbres de los más altos collados, el desamado Marcelio, de la pastoril posada despedido para venir al lugar que con Diana tenía concertado, descendió la cuesta á cuyo pie ella sentada estaba. Vióle ella de lejos, y calló su voz, porque no entendiesse la causa de su mal. Cuando Marcelio llegó donde Diana le esperaba, le dijo: Hermosa pastora, el claro día de hoy, que con la luz de tu gesto amaneció más resplandeciente, sea tan alegre para ti como fuera triste para mí si no le hubiesse de passar en tu compañía. Corrido estoy en verdad de ver que mi tardanza haya sido causa que recibiesses pesadumbre con esperarme; pero no será este el primer yerro que le has de perdonar á mi descuido, en tanto que tratarás conmigo. Sobrado sería el perdón, dijo Diana, donde el yerro falta: la culpa no la tiene tu descuido, sino mi cuidado, pues me hizo levantar antes de hora y venir acá, donde hasta agora he passado el tiempo, á veces cantando y á veces imaginando, y en fin entendiendo en los tratos que á un angustiado espíritu pertenescen. Mas no hace tiempo de deternos aquí, que aunque el camino hasta el templo de Diana es poco, el deseo que tenemos de llegar allá es mucho. Y allende de esto me paresce que conviene, en tanto que el sol envía más mitigados los rayos y no son tan fuertes sus ardores, adelantar el camino, para después, á la hora de la siesta, en algún lugar fresco y sombrío tener buen rato de sossiego. Dicho esto, tomaron entrambos el camino, travesando aquel espesso bosque, y por alivio del camino cantaban deste modo:
MARCELIO
Mudable y fiero Amor, que mi ventura
pusiste en la alta cumbre,
do no llega mortal merescimiento.
Mostraste bien tu natural costumbre,
quitando mi tristura,
para doblarla y dar mayor tormento.
Dejaras descontento
el corazón: que menos daño fuera
vivir en pena fiera
que recebir un gozo no pensado,
con tan penosas lástimas borrado.
DIANA
No te debe espantar que de tal suerte
el niño poderoso
tras un deleite envíe dos mil penas.
Que á nadie prometió firme reposo,
sino terrible muerte,
llantos, congojas, lágrimas, cadenas.
En Libya las arenas,
ni en el hermoso Abril las tierras flores
no igualan los dolores
con que rompe el Amor un blando pecho,
y aun no queda con ello satisfecho.
MARCELIO
Antes del amoroso pensamiento
ya tuve conoscidas
las mañas con que Amor captiva y mata.
Mas él no sólo aflige nuestras vidas,
mas el conoscimiento
de los vivos juicios arrebata.
Y el alma ansí maltrata,
que tarde y mal y por incierta vía
allega una alegría,
y por dos mil caminos los pesares
sobre el perdido cargan á millares.
DIANA
Si son tan manifiestos los engaños
con que el Amor nos prende,
¿por qué á ser presa el alma se presenta?
Si el blando corazón no se defiende
de los terribles daños,
¿por qué después se queja y se lamenta?
Razón es que consienta
y sufra los dolores de Cupido
aquel que ha consentido
al corazón la flecha y la cadena:
que el mal no puede darnos sino pena.
Esta canción y otras cantaron, al cabo de las cuales estuvieron ya fuera del bosque, y comenzaron á caminar por un florido y deleitoso prado. Entonces dijo Diana estas palabras: Cosas son maravillosas las que la industria de los hombres en las pobladas ciudades ha inventado, pero más espauto dan las que la naturaleza en los solitarios campos ha producido. ¿A quién no admira la frescura deste sombroso bosque? ¿quién no se espanta de la lindeza de este espacioso prado? Pues ver los matices de las libreadas flores, y oir el concierto de las cantadoras aves, es cosa de tanto contento que no iguala con ello de gran parte la pompa y abundancia de la más celebrada corte. Ciertamente, dijo Marcelio, en esta alegre soledad hay gran aparejo de contentamiento, mayormente para los libres, pues les es licito gozar á su voluntad de tan admirables dulzuras y entretenimientos. Y tengo por muy cierto que si el Amor, que agora, morando en estos desiertos, me es tan enemigo, me diera en la villa donde yo estaba la mitad del dolor que agora siento, mi vida no osara esperado, pues no pudiera con semejantes deleites amansar la braveza del tormento. A esto no respondió Diana palabra, sino que, puesta la blanca mano delante sus ojos, sosteniendo con ella la dorada cabeza, estuvo gran rato pensosa, dando de cuando en cuando muy angustiados suspiros, y á cabo de gran pieza dijo ansí: ¡Ay de mí, pastora desdichada! ¿qué remedio será bastante á consolar mi mal, si los que quitan á los otros gran parte del tormento acarrean más ardiente dolor? No tengo ya sufrimiento para encubrir mi pena, Marcelio; mas ya que la fuerza del dolor me constriñe á publicarla, una cosa le agradezco, que me fuerza á decirla en tiempo y en parte en que tú solo estés presente, pues por tus generosas costumbres y por la experiencia que tienes de semejante mal, no tendrás por sobrada mi locura, principalmente sabiendo la causa della. Yo estoy maltratada del mal que te atormenta, y no olvidada como tú de un pastor llamado Syreno, del cual que en otro tiempo fuí querida. Mas la Fortuna, que pervierte los humanos intentos, quiso que, obedesciendo más á mi padre que á mi voluntad, dejasse de casarme con él, y á mi pesar me hiciesse esclava de un marido que, cuando otro mal no tuviera con él sino el que causan sus continuos é importunados celos, bastaba para matarme. Mas yo me tuviera por contenta de sufrir las sospechas de Delio con que viera la preferencia de Syreno, el cual creo que por no verme, tomando de mi forzado casamiento ocasión para olvidarme, se apartó de nuestra aldea, y está, según he sabido, en el templo de Diana, donde nosotros imos. De aquí puedes imaginar cuál puedo estar, fatigada de los celos del marido y atormentada con la ausencia del amado. Dijo entonces Marcelio: Graciosa pastora, lastimado quedo de saber tu dolor y corrido de no haberle hasta agora sabido. Nunca yo me vea con el deseado contento sino querría verle tanto en tu alma como en la mía. Mas, pues sabes cuán generales son las flechas del Amor, y cuán poca cuenta tienen con los más fuertes, libres y más honestos corazones, no tengas afrenta de publicar sus llagas, pues no quedará por ellas tu nombre denostado, sino en mucho más tenido. Lo que á mí me consuela es saber que el tormento que de los celos del marido recibías, el cual suele dar á veces mayor pena que la ausencia de la cosa amada, te dejará algún rato descansar, en tanto que Delio, siguiendo la fugitiva pastora, estará apartado de tu compañía. Goza, pues, del tiempo y acasión que te concede la fortuna, y alégrate, que no será poco alivio para ti passar la ausencia de Syreno libre de la importunidad del celoso marido. No tengo yo, dijo Diana, por tan dañosos los celos, que si como son de Delio fueran de Syreno, no los sufriera con sólo imaginar que tenían fundamento en amor. Porque cierto está que quien ama huelga de ser amado, y ha de tener los celos de la cosa amada por muy buenos, pues son claras señales de amor, nascen dél y siempre van con él acompañados. De mí á lo menos te puedo decir que nunca me tuve por tan enamorada como cuando me vi celosa, y nunca me vi celosa sino estando enamorada. A lo cual replicó Marcelio: Nunca pensé que la pastoril llaneza fuesse bastante á formar tan avisadas razones como las tuyas en cuestión tan dificultosa como es ésta. Y de aquí vengo á condenar por yerro muy reprobado decir, como muchos afirman, que en solas las ciudades y cortes está la viveza de los ingenios, pues la hallé también entre las espessuras de los bosques, y en las rústicas é inartificiosas cabañas. Pero con todo, quiero contradecir á tu parescer, con el cual heciste los celos tan ciertos mensajeros y compañeros del amor, como si no pudiesse estar en parte donde ellos no estén. Porque puesto que hay pocos enamorados que no sean celosos, no por eso se ha de decir que el enamorado que no lo fuere no sea más perfecto y verdadero amador. Antes muestra en ello el valor, fuerza y quilate de su deseo, pues está limpio y sin la escoria de frenéticas sospechas. Tal estaba yo en el tiempo venturoso, y me preciaba tanto dello, que con mis versos lo iba publicando, y una vez entre las otras, que mostró Alcida maravillarse de verme enamorado y libre de celos, le escribí sobre ello este
Soneto.
Dicen que Amor juró que no estaria
sin los mortales celos un momento,
y la Belleza nunca hacer assiento,
do no tenga Soberbia en compañía.
Dos furias son, que el bravo infierno envía,
bastantes á enturbiar todo contento:
la una el bien de amor vuelve en tormento,
la otra de piedad la alma desvía.
Perjuro fué el Amor y la Hermosura
en mí y en vos, haciendo venturosa
y singular la suerte de mi estado.
Porque después que vi vuestra figura,
ni vos fuistes altiva, siendo hermosa,
ni yo celoso, siendo enamorado.
Fué tal el contento que tuvo mi Alcida cuando le dije este soneto, entendiendo por él la fineza de mi voluntad, que mil veces se le cantaba, sabiendo que con ello le era muy agradable. Y verdaderamente, pastora, tengo por muy grande engaño, que un monstruo tan horrendo como los celos se tenga por cosa buena, con decir que son señales de amor y que no están sino en el corazón enamorado. Porque á essa cuenta podremos decir que la calentura es buena, pues es señal de vida y nunca está sino en el cuerpo vivo. Pero lo uno y lo otro son manifiestos errores, pues no dan menor pesadumbre los celos que la fiebre. Porque son pestilencia de las almas, frenesía de los pensamientos, rabia que los cuerpos debilita, ira que el espíritu consume, temor que los ánimos acobarda y furia que las voluntades enloquesce. Mas para que juzgues ser los celos cosa abominable, imagina la causa dellos, y hallarás que no es otra sino un apocado temor de lo que no es ni será, un vil menosprecio del propio merescimiento y una sospecha mortal, que pone en duda la fe y la bondad de la cosa querida. No pueden, pastora, con palabras encarescerse las penas de los celos, porque son tales, que sobrepujan de gran parte los tormentos que acompañan el amor. Porque en fin, todos, sino él, pueden y suelen parar en admirables dulzuras y contentos, que ansí como la fatigosa sed en el tiempo caloroso hace parescer más sabrosas las frescas aguas, y el trabajo y sobresalto de la guerra hace que tengamos en mucho el sossiego de la paz, ansí los dolores de Cupido sirven para mayor placer en la hora que se rescibe un pequeño favor, y cuando quiera que se goze de un simple contentamiento. Mas estos rabiosos celos esparcen tal veneno en los corazones, que corrompe y gasta cuantos deleites se le llegan. A este propósito, me acuerdo que yo oí contar un día á un excelente músico en Lisbona delante del Rey de Portugal un soneto que decía ansi:
Quando la brava ausencia un alma hiere,
se ceba, imaginando el pensamiento,
que el bien, que está más lejos, más contento
el corazón hará cuando viniere.
Remedio hay al dolor de quien tuviere
en esperanza puesto el fundamento;
que al fin tiene algún premio del tormento,
o al menos en su amor contento muere.
Mil penas con un gozo se descuentan,
y mil reproches ásperos se vengan
con sólo ver la angélica hermosura.
Mas cuando celos la ánima atormentan,
aunque después mil bienes sobrevengan,
se tornan rabia, pena y amargura.
¡Oh, cuán verdadero parescer! ¡Oh, cuán cierta opinión es ésta! Porque á la verdad, esta pestilencia de los celos no deja en el alma parte sana donde pueda recogerse una alegría. No hay en amor contento, cuando no hay esperanza, y no la habrá, en tanto que los celos están de por medio. No hay placer que dellos esté seguro, no hay deleite que con ellos no se gaste y no hay dolor que con ellos no nos fatigue. Y llega á tanto la rabia y furor de los venenosos celos, que el corazón, donde ellos están, recibe pesadumbre en escuchar alabanzas de la cosa amada, y no querría que las perfecciones que él estima fuessen de nadie vistas ni conocidas, haciendo en ello gran perjuicio al valor de la gentileza que le tiene captivo. Y no sólo el celoso vive en este dolor, mas á la que bien quiere le da tan continua y trabajosa pena, que no le diera tanta, si fuera su capital enemigo. Porque claro está que un marido celoso como el tuyo, antes querria que su mujer fuesse la mas fea y abominable del mundo, que no que fuesse vista ni alabada por los hombres, aunque sean honestos y moderados. ¿Qué fatiga es para la mujer ver su honestidad agraviada con una vana sospecha? ¿qué pena le es estar sin razón en los más secretos rincones encerrada? ¿qué dolor ser ordinariamente con palabras pesadas, y aun á veces con obras combatida? Si ella está alegre, el marido la tiene por deshonesta; si está triste, imagina que se enoja de verle; si está pensando, la tiene por sospechosa; si le mira, paresce que le engaña; si no le mira, piensa que le aborresce; si le hace caricias, piensa que las finge; si está grave y honesta, cree que le desecha; si rie, la tiene por desenvuelta; si suspira, la tiene por mala, y en fin, en cuántas cosas se meten estos celos, las convierten en dolor, aunque de suyo sean agradables. Por donde está muy claro que no tiene el mundo pena que iguale con esta, ni salieron del infierno Harpías que más ensucien y corrompan los sabrosos manjares del alma enamorada. Pues no tengas en poco, Diana, tener ausente el celoso Delio, que no importa poco para passar más ligeramente las penas del Amor. A esto Diana respondió: Yo vengo á conoscer que esta passión, que has tan al vivo dibujado, es disforme y espantosa, y que no meresce estar en los amorosos ánimos, y creo que esta pena era la que Delio tenía. Mas quiero que sepas que semejante dolencia no pretendí yo defenderla, ni jamás estuvo en mí: pues nunca tuve pesar del valor de Syreno, ni fuí atormentada de semejantes passiones y locuras, como las que tú me has contado, mas sólo tuve miedo de ser por otra desechada. Y no me engañó de mucho este recelo, pues he probado tan á costa mía el olvido de Syreno. Esse miedo, dijo Marcelio, no tiene nombre de celos, antes es ordinario en los buenos amadores. Porque averiguado está que lo que yo amo, lo estimo y tengo por bueno y merescedor de tal amor, y siendo ello tal, he de tener miedo que otro no conozca su bondad y merescimiento, y no lo ame como yo. Y ansí el amador está metido en medio del temor y la esperanza. Lo que el uno le niega, la otra se lo promete; cuando el uno le acobarda, la otra le esfuerza; y en fin las llagas que hace el temor se curan con la esperanza, durando esta reñida pelea hasta que la una parte de las dos queda vencida, y si acontesce vencer el temor á la esperanza, queda el amador celoso, y si la esperanza vence al temor, queda alegre y bien afortunado. Mas yo en el tiempo de mi ventura tuve siempre una esperanza tan fuerte, que no sólo el temor no la venció, pero nunca osó acometella, y ansi recibía con ella tan grandes gustos, que á trueque dellos no me pesaba recebir los continuos dolores; y fuí tan agradescida á la que mi esperanza en tanta firmeza sostenía, que no había pena que viniesse de su mano que no la tuviesse por alegría. Sus reproches tenía por favores, sus desdenes por caricias y sus airadas respuestas por corteses prometimientos.
Estas y otras razones passaron Diana y Marcelio prosiguiendo su camino. Acabado de travessar aquel prado en muy dulce conversación, y subiendo una pequeña cuesta, entraron por un ameno bosquecillo, donde los espessos alisos hacían muy apacible sombrío. Allí sintieron una suave voz que de una dulce lira acompañada resonaba con extraña melodía, y parándose á escuchar, conocieron que era voz de una pastora que cantaba ansí:
Soneto.
Cuantas estrellas tieue el alto cielo
fueron en ordenar mi desventura,
y en la tierra no hay prado ni verdura
que pueda en mi dolor darme consuelo.
Amor subjecto al miedo, en puro hielo
convierte el alma triste ¡ay, pena dura!
que á quien fué tan contraria la ventura,
vivir no puede un hora sin recelo.
La culpa de mi pena es justo darte
á ti, Montano, á ti mis quejas digo,
alma cruel, do no hay piedad alguna.
Porque si tú estuvieras de mi parte,
no me espantara á mí serme enemigo
el cielo, tierra, Amor y la Fortuna.
Después de haber la pastora suavemente cantado, soltando la rienda al amargo y doloroso llanto, derramó tanta abundancia de lágrimas y dió tan tristes gemidos, que por ellos y por las palabras que dijo, conoscíeron ser la causa de su dolor un engaño cruel de su sospechoso marido. Pero por certificarse mejor de quién era y de la causa de su passión, entraron donde ella estaba y la hallaron metida en un sombrío que la espessura de los ramos había compuesto, assentada sobre la menuda hierba junto á una alegre fuentecilla, que de entre unas matas graciosamente saliendo por gran parte del bosquecillo, por diversos caminos iba corriendo. Saludáronla con mucha cortesía, y ella aunque tuvo pesar que impidiessen su llanto, pero juzgando por la vista ser pastores de merescimiento, no recibió mucha pena, esperando con ellos tener agradable compañía, y ansí les dijo: Después que de mi cruel esposo fuí sin razón desamparada, no me acuerdo, pastores, haber recebido contento que de gran parte iguale con el que tuve de veros. Tanto que, aunque el continuo dolor me obliga á hacer perpetuo llanto, lo dejaré por agora un rato, para gozar de vuestra apacible y discreta conversación. A esto respondió Marcelio: Nunca yo vea consolado mi tormento, si no me pesa tanto del tuyo, como se puede encarescer, y lo mesmo puedes creer de la hermosa Diana, que ves en mi compañía. Oyendo entonces la pastora el nombre de Diana, corriendo con grande alegría la abrazó, haciéndole mil caricias y fiestas, porque mucho tiempo había que deseaba conoscella, por la relación que tenía de su hermosura y discreción. Diana estuvo espantada de verse acariciada de una pastora no conoscida; mas todavía le respondía con iguales cortesías, y deseando saber quién era, le dijo: Los aventajados favores que me heciste, juntamente con la lástima que tengo de tu mal, hacen que desee conoscerte; por esso decláranos, pastora, tu nombre, y cuéntanos tu pena, que después de contada verás nuestros corazones ayudarte á pasalla y nuestros ojos á lamentar por ella. La pastora entonces se escusó con sus graciosas palabras de emprender el cuento de su desdicha; pero en fin, importunada se volvió á sentar sobre la hierba, y comenzó assí:
Por relación de la pastora Selvagia, que era natural de mi aldea, y en la tuya, hermosa Diana, está casada con el pastor Sylvano, creo que serás informada del nombre de la desdichada Ismenia, que su desventura te está contando. Yo tengo por cierto que ella en tu aldea contó largamente cómo yo en el templo de Minerva, en el reyno de Lusitanos, arrebozada la engañé, y cómo con mi proprio engaño quedé burlada. Habrá contado también cómo por vengarme del traydor Alanio, que enamorado della á mí me había puesto en olvido, fingí querer bien á Montano, su mortal enemigo, y cómo este fingido amor, con el conoscimiento que tuve de su perfección, salió tan verdadero, que á causa dél estoy en las fatigas de que me quejo. Pues passando adelante en la historia de mi vida, sabréis que como el padre de Montano, nombrado Fileno, viniesse algunas veces á casa de mi padre, á causa de ciertos negocios que tenía con él sobre una compañía de ganados, y me viesse allí, aunque era algo viejo, se enamoró de mí de tal suerte, que andaba hecho loco. Mil veces me importunaba, cada día sus dolores me decía; mas nada le aprovechó para que le quisiesse escuchar, ni tener cuenta con sus palabras. Porque aunque tuviera más perfección y menos años de los que tenía, no olvidara yo por él á su hijo Montano, cuyo amor me tenía captiva. No sabía el viejo el amor que Montano me tenía, porque le era hijo tan obediente y temeroso, que escusó todo lo possible que no tuviesse noticia dello, temiendo ser por él con ásperas palabras castigado. Ni tampoco sabía Montano la locura de su padre, porque él por mejor castigar y reprender los errores del hijo se guardaba mucho de mostrar que tenía semejantes y aun mayores faltas. Pero nunca dejaba el enamorado viejo de fatigarme con sus importunaciones que le quisiesse tomar por marido. Decíame dos mil requiebros, hacíame grandes ofrescimientos, prometíame muchos vestidos y joyas y enviábame muchas cartas, pretendiendo con ello vencer mi propósito y ablandar mi condición. Era pastor que en su tiempo había sido señalado en todas las habilidades pastoriles, muy bien hablado, avisado y entendido. Y porque mejor lo creáis, quiero deciros una carta que una vez me escribió, la cual, aunque no mudó mi intención, me contentó en estremo, y decía ansí:
CARTA DE FILENO Á ISMENIA
Pastora, el amor fué parte
que por su pena decirte,
tenga culpa en escrebirte
quien no la tiene en amarte.
Mas si á ti fuere molesta
mi carta, ten por muy cierto
que á mí me tiene ya muerto
el temor de la respuesta.
Mil veces cuenta te di
del tormento que me das,
y no me pagas con más
de con burlarte de mí.
Te ríes á boca llena
de verme amando morir,
yo alegre en verte reir,
aunque ríes de mi pena.
Y ansí el mal, en que me hallo,
pienso, quando miro en ello,
que porque huelgas de vello,
no has querido remediallo.
Pero mal remedio veo,
y esperarle será en vano,
pues mi vida está en tu mano
y mi muerte en tu deseo.
Vite estar, pastora, un día
cabe el Duero caudaloso,
dando con el gesto hermoso
á todo el campo alegría.
Sobre el cayado inclinada
en la campaña desierta,
con la cerviz descubierta
y hasta el codo remangada.
Pues decir que un corazón,
puesto que de mármol fuera,
no te amara, si te viera,
es simpleza y sinrazón.
Por esso en ver tu valor,
sin tener descanso un poco,
vine á ser de amores loco
y á ser muerto de dolor.
Si dices que ando perdido,
siendo enamorado y viejo,
deja de darme consejo,
que yo remedio te pido.
Porque tanto en bien quererte
no pretendo haber errado,
como en haberme tardado
tanto tiempo á conoscerte.
Muy bien sé que viejo estó,
pero á más mal me condena
ver que no tenga mi pena
tantos años como yo.
Porque quisiera quererte
dende el día que nascí,
como después que te vi
he de amarte hasta la muerte.
No te espante verme cano,
que á nadie es justo quitar
el merescido lugar,
por ser venido temprano.
Y aunque mi valor excedes,
no paresce buen consejo
que por ser soldado viejo
pierda un hombre las mercedes.
Los edificios humanos,
cuantos más modernos son,
no tienen comparación
con los antiguos Romanos.
Y en las cosas de primor,
gala, asseo y valentía,
suelen decir cada día:
lo passado es lo mejor.
No me dió amor su tristeza
hasta agora, porque vió
que en un viejo, como yo,
suele haber mayor firmeza.
Firme estoy, desconocida,
para siempre te querer,
y viejo para no ser
querido en toda mi vida.
Los mancebos que más quieren,
falsos y doblados van,
porque más vivos están,
cuando más dicen que mueren.
Y su mudable afición,
es segura libertad,
es gala, y no voluntad,
es costumbre, y no passión.
No hayas miedo que yo sea
como el mancebo amador,
que en recebir un favor
lo sabe toda la aldea.
Que aunque reciba trescientos
he de ser en los amores
tan piedra en callar favores
como en padescer tormentos.
Mas según te veo estar
puesta en hacerme morir,
mucho habrá para sufrir
y poco para callar.
Que el mayor favor que aquí,
pastora, pretendo hacer,
es morir por no tener
mayores quejas de ti.
Tiempo, amigo de dolores,
sólo á ti quiero inculparte,
pues quien tiene en ti más parte
menos vale en los amores.
Tarde amé cosa tan bella,
y es muy justo que pues yo
no nascí, cuando nasció,
en dolor muera por ella.
Si yo en tu tiempo viniera,
pastora, no me faltara
conque á ti te contentara
y aun favores recibiera.
Que en apacible tañer,
y en el gracioso bailar
los mejores del lugar
tomaban mi parescer.
Pues en cantar no me espanto
de Amphion el escogido,
pues mejores que él han sido
confundidos con mi canto.
Aro muy grande comarca,
y en montes proprios y extraños
pascen muy grandes rebaños
almagrados de mi marca.
¿Mas qué vale, ¡ay, cruda suerte!
lo que es, ni lo que ha sido
al sepultado en olvido
y entregado á dura muerte?
Pero valga para hacer
más blanda tu condición,
viendo que tu perfección
al fin dejará de ser.
Dura estás como las peñas,
mas quizá en la vieja edad
no tendrás la libertad
conque agora me desdeñas.
Porque, toma tal venganza
de vosotras el Amor,
que entonces os da dolor
cuando os falta la esperanza.
Estas y otras muchas cartas y canciones me envió, las cuales, si tanto me movieran como me contentaban, él se tuuiera por dichoso y yo quedara mal casada. Mas ninguna cosa era bastante á borrar de mi corazón la imagen del amado Montano, el cual, según mostraba, respondió á mi voluntad con iguales obras y palabras. En esta alegre vida passamos algunos años, hasta que nos paresció dar cumplimiento á nuestro descanso con honesto y casto matrimonio. Y aunque quiso Montano antes de casar conmigo dar razón dello á su padre, por lo que como buen hijo tenía obligación de hacer; pero como yo le dije que su padre no venía bien en ello, á causa de la locura que tenía de casarse conmigo, por esso, teniendo más cuenta con el contento de su vida que con la obediencia de su padre, sin dalle razón, cerró mi desdichado matrimonio. Esto se hizo con voluntad de mi padre, en cuya casa se hicieron por ello grandes fiestas, bailes, juegos y tan grandes regocijos, que fueron nombrados por todas las aldeas vecinas y apartadas. Cuando el enamorado viejo supo que su propio hijo le había salteado sus amores, se volvió tan frenético contra él y contra mí, que á entrambos aborresció como la misma muerte, y nunca más nos quiso ver. Por otra parte, una pastora de aquella aldea, nombrada Felisarda, que moría de amores de Montano, la cual él, por quererme bien á mí, y por ser ella no muy joven ni bien acondicionada, la había desechado, cuando vido á Montano casado conmigo, vino á perderse de dolor. De manera que con nuestro casamiento nos ganamos dos mortales enemigos. El maldito viejo, por tener ocasión de desheredar el hijo, determinó casarse con mujer hermosa y joven á fin de haber hijos en ella. Mas aunque era muy rico, de todas las pastoras de mi lugar fué desdeñado, si no fué de Felisarda, que por tener oportunidad y manera de gozar deshonestamente de mi Montano, cuyos amores tenía frescos en la memoria, se casó con el viejo Fileno. Casada ya con él, entendió luego por muchas formas en requerir mi esposo Montano por medio de una criada nombrada Silveria, enviándole á decir que si condescendía á su voluntad le alcanzaría perdón de su padre, y haciéndole otros muchos y muy grandes ofrescimientos. Mas nada pudo bastar á corromper su ánimo ni á pervertir su intención. Pues como Felisarda se viese tan menospreciada, vino á tenerle á Montano una ira mortal, y trabajó luego en indignar más á su padre contra él, y no contenta con esto, imaginó una traición muy grande. Con promessas, fiestas, dádivas y grandes caricias, pervirtió de tal manera el ánimo de Silveria, que fué contenta de hacer cuanto ella le mandasse, aunque fuesse contra Montano, con quien ella tenía mucha cuenta, por el tiempo que había servido en casa de su padre. Las dos secretamente concertaron lo que se había de hacer y el punto que había de ejecutarse; y luego salió un día Silveria de la aldea, y viniendo á una floresta orilla de Duero, donde Montano apascentaba sus ovejas, le habló muy secretamente, y muy turbada, como quien trata un caso muy importante, le dijo: ¡Ay, Montano amigo! cuán sabio fuiste en despreciar los amores de tu maligna madrastra, que aunque yo á ellos te movía, era por pura importunación. Mas agora que sé lo que passa, no será ella bastante para hacerme mensajera de sus deshonestidades. Yo he sabido della algunas cosas que tocan en lo vivo, y tales que si tú las supiesses, aunque tu padre es contigo tan cruel, no dejarías de poner la vida por su honra. No te digo más en esto, porque sé que eres tan discreto y avisado, que no son menester contigo muchas palabras ni razones. Montano á esto quedó atónito y tuvo sospecha de alguna deshonestidad de su madrastra. Pero por ser claramente informado, rogó á Silveria le contasse abiertamente lo que sabía. Ella se hizo de rogar, mostrando no querer descubrir cosa tan secreta, pero al fin, declarando lo que Montano le preguntaba, y lo que ella mesma decirle quería, le explicó una fabricada y bien compuesta mentira, diciendo deste modo: Por ser cosa que tanto importa á tu honra y á la de Fileno, mi amo, saber lo que yo sé, te lo diré muy claramente, confiando que á nadie dirás que yo he descubierto este secreto. Has de saber que Felisarda tu madrastra hace traición á tu padre con un pastor, cuyo nombre no te diré, pues está en tu mano conoscerle. Porque si quisieres venir esta noche, y entrar por donde yo te guiare, hallarás la traidora con el adúltero en casa del mesmo Fileno. Ansí lo tienen concertado, porque Fileno ha de ir esta tarde á dormir en su majada por negocios que allí se le ofrescen, y no ha de volver hasta mañana á medio día. Por esso apercíbete muy bien, y ven á las once de la noche conmigo, que yo te entraré en parte donde podrás fácilmente hacer lo que conviene á la honra de tu padre, y aun por medio desto alcanzar que te perdone. Esto dijo Silveria tan encarescidamente y con tanta dissimulación, que Montano determinó de ponerse en cualquier peligro, por tomar venganza de quien tal deshonra hacía á Fileno, su padre. Y ansí la traidora Silveria contenta del engaño que de consejo de Felisarda había urdido, se volvió á su casa, donde dió razón á Felisarda, su señora, de lo que dejaba concertado. Ya la escura noche había extendido su tenebroso velo, cuando venido Montano á la aldea tomó un puñal, que heredó del pastor Palemón, su tío, y al punto de las once se fué á casa de Fileno, su padre, donde Silveria ya le estaba esperando, como estaba ordenado. ¡Oh, traición nunca vista! ¡Oh, maldad nunca pensada! Tomóle ella por la mano, y subiendo muy queda una escalera, le llevó á una puerta de una cámara, donde Fileno, su padre, y su madrastra Felisarda estaban acostados, y cuando le tuvo allí, le dijo: Agora estás, Montano, en el lugar donde has de señalar el ánimo y esfuerzo que semejante caso requiere; entra en essa cámara, que en ella hallarás tu madrastra acostada con el adúltero. Dicho esto, se fue de allí huyendo á más andar. Montano engañado de la alevosia de Silveria, dando crédito á sus palabras, esforzando el ánimo y sacando el puñal de la vaina, con un empujón abriendo la puerta de la cámara, mostrando una furia extraña, entró en ella diciendo á grandes voces: ¡Aquí has de morir, traidor, á mis manos, aquí te han de hacer mal provecho los amores de Felisarda! Y diciendo esto furioso y turbado, sin conoscer quién era el hombre que estaba en la cama, pensando herir al adúltero, alzó el brazo para dar de puñaladas á su padre. Mas quiso la ventura que el viejo con la lumbre que allí tenía, conosciendo su hijo, y pensando que por habelle con palabra y obras tan mal tratado, le quería matar, alzándose presto de la cama, con las manos plegadas le dijo: ¡Oh, hijo mío! ¿qué crueldad te mueve á ser verdugo de tu padre? vuelve en tu seso, por Dios, y no derrames agora mi sangre, ni des fin á mi vida; que si yo contigo usé de algunas asperezas, aquí de rodillas te pido perdón por todas ellas, con propósito de ser para contigo de hoy adelante el más blando y benigno padre de todo el mundo. Montano entonces, cuando conosció el engaño que se le había hecho y el peligro en que había venido de dar muerte á su mesmo padre, se quedó allí tan pasmado, que el ánimo y los brazos se le cayeron y el puñal se le salió de las manos sin sentirlo. De atónito no pudo ni supo hablar palabra, sino que corrido y confuso se salió de la cámara; íbase también de la casa aterrado de la traición que Silveria le había hecho y de la que él hiciera, si no fuera tan venturoso. Felisarda, como estaba advertida de lo que había de suceder, en ver entrar á Montano, saltó de la cama y se metió en otra cámara que estaba más adentro, y cerrando tras sí la puerta, se asseguró de la furia de su alnado. Mas cuando se vió fuera del peligro, por estar Montano fuera de la casa, volviendo donde Fileno temblando aún del pasado peligro estaba, incitando el padre contra el hijo, y levantándome á mí falso testimonio, á grandes voces decía ansí: Bien conoscerás agora, Fileno, el hijo que tienes, y sabrás si es verdad lo que yo de sus malas inclinaciones muchas veces te dije. ¡Oh, cruel, oh traidor Montano! ¿cómo el cielo no te confunde? ¿cómo la tierra no te traga? ¿cómo las fieras no te despedazan? ¿cómo los hombres no te persiguen? Maldito sea tu casamiento, maldita tu desobediencia, malditos tus amores, maldita tu Ismenia, pues te ha traido á usar de tan bestial crueza y á cometer tan horrendo pecado. ¿No castigaste, traidor, al pastor Alanio, que con tu mujer Ismenia á pesar y deshonra tuya deshonestamente trata, y á quien ella quiere más que á ti, y has querido dar muerte á tu padre, que con tu vida y honra ha tenido tanta cuenta? ¿Por haberte aconsejado le has querido matar? ¡Ay, triste padre! ¡ay, desdichadas canas! ¡ay, angustiada senectud! ¿qué yerro tan grande cometiste, para que quisiesse matarte tu proprio hijo? ¿aquel que tú engendraste, aquel que tú regalaste, aquel por quien mil trabajos padesciste? Esfuerza agora tu corazón, cesse agora el amor paternal, dése lugar á la justicia, hágase el debido castigo; que si quien hizo tan nefanda crueldad no recibe la merescida pena, los desobedientes hijos no quedarán atemorizados, y el tuyo, con efecto, vendrá después de pocos días á darte de su mano cumplida muerte. El congojado Fileno, con el pecho sobresaltado y temeroso, oyendo las voces de su mujer y considerando la traición del hijo, rescibió tan grande enojo, que, tomando el puñal que á Montano, como dije, se le había caído, luego en la mañana saliendo á la plaza, convocó la justicia y los principales hombres de la aldea, y cuando fueron todos juntos, con muchas lágrimas y sollozos les dijo desta manera: A Dios pongo por testigo, señalados pastores, que me lastima y aflige tanto lo que quiero deciros, que tengo miedo que el alma no se me salga tras habello dicho. No me tenga nadie por cruel, porque saco á la plaza las maldades de mi hijo; que por ser ellas tan extrañas y no tener remedio para castigarlas, os quiero dar razón dellas, porque veáis lo que conviene hacer para darle á él la justa pena y á los otros hijos provechoso ejemplo. Muy bien sabéis con qué regalos le crié, con qué amor le traté, qué habilidades le enseñé, qué trabajos por él padescí, qué consejos le di, con cuánta blandura le castigué. Casóse á mi pesar con la pastora Ismenia, y porque dello le reprendí, en lugar de vengarse del pastor Alanio, que con la dicha Ismenia, su mujer, como toda la aldea sabe, trata deshonestamente, volvió su furia contra mí y me ha querido dar la muerte. La noche passada tuvo maneras para entrar en la cámara, donde yo con mi Felisarda dormía, y con este puñal desnudo quiso matarme, y lo hiciera, sino que Dios le cortó las fuerzas y le atajó el poder de tal manera, que medio tonto y pasmado se fué de allí sin efectuar su dañado intento, dejando el puñal en mi cámara. Esto es lo que verdaderamente passa, como mejor de mi querida mujer podréis ser informados. Mas porque tengo por muy cierto que Montano, mi hijo, no hubiera cometido tal traición contra su padre, si de su mujer Ismenia no fuera aconsejado, os ruego que miréis lo que en esto so debe hacer, para que mi hijo de su atrevimiento quede castigado, y la falsa Ismenia, ansí por el consejo que dió á su marido, como por la deshonestidad y amores que tiene con Alanio, resciba digna pena. Aún no había Fileno acabado su razón, cuando se movió entre la gente tan gran alboroto, que paresció hundirse toda la aldea. Alteráronse los ánimos de todos los pastores y pastoras, y concibieron ira mortal contra Montano. Unos decían que fuesse apedreado, otros que en la mayor profundidad de Duero fuesse echado, otros que á las hambrientas fieras fuesse entregado, y en fin, no hubo allí persona que contra él no se embravesciesse. Moviólos también mucho á todos lo que Fileno de mi vida falsamente les había dicho; pero tanta ira tenían por el negocio de Montano, que no pensaron mucho en el mío. Cuando Montano supo la relación que su padre públicamente había hecho y el alboroto y conjuración que contra él había movido, cayó en grande desesperación. Y allende desto sabiendo lo que su padre delante de todos contra mí había dicho, rescibió tanto dolor, que más grave no se puede imaginar. De aquí nasció todo mi mal, esta fué la causa de mi perdición y aquí tuvieron principio mis dolores. Porque mi querido Montano, como sabía que yo en otro tienpo había amado y sido querida de Alanio, sabiendo que muchas veces reviven y se renuevan los muertos y olvidados amores, y viendo que Alanio, á quien yo por él había aborrescido, andaba siempre enamorado de mí, haciéndome importunas fiestas, sospechó por todo esto que lo que su padre Fileno había dicho era verdad, y cuanto más imaginó en ello, más lo tuvo por cierto. Tanto que bravo y desesperado, ansí por el engaño que de Silveria había recebido como por el que sospechaba que yo le había hecho, se fué de la aldea y nunca más ha parescido. Yo que supe de su partida y la causa della por relación de algunos pastores amigos suyos, á quien él había dado larga cuenta de todo, me salí del aldea por buscarle, y mientras viva no pararé hasta hallar mi dulce esposo, para darle mi disculpa, aunque sepa después morir á sus manos. Mucho ha que ando peregrinando en esta demanda, y por más que en todas las principales aldeas y cabañas de pastores he buscado, jamás la fortuna me ha dado noticia de mi Montano. La mayor ventura que en este viaje he tenido fué, que dos días después que partí de mi aldea hallé en un valle la traidora Silveria, que sabiendo el voluntario destierro de Montano, iba siguiéndole, por descubrirle la traición que le había hecho y pedirle perdón por ella, arrepentida de haber cometido tan horrenda alevosía. Pero hasta entonces no le había hallado, y como á mí me vido, me contó abiertamente cómo había passado el negocio, y fué para mí gran descanso saber la manera con que se nos había hecho la traición. Quise dalle la muerte con mis manos, aunque flaca mujer, pero dejé de hacerlo, porque sólo ella podía remediar mi mal declarando su misma maldad. Roguéle con gran priessa fuesse á buscar á mi amado Montano para dalle noticia de todo el hecho, y despedíme della para buscarle yo por otro camino. Llegué hoy á este bosque, donde convidada de la amenidad y frescura del lugar, hice assiento para tener la siesta; y pues la fortuna acá por mi consuelo os ha guiado, yo le agradezco mucho este favor, y á vosotros os ruego, que pues es ya casi medio día, si possible es, me hagáis parte de vuestra graciosa compañía, mientras durare el ardor del sol, que en semejante tiempo se muestra riguroso. Diana y Marcelio holgaron en extremo de escuchar la historia de Ismenia y saber la causa de su pena. Agradesciéronle mucho la cuenta que les había dado de su vida, y diéronle algunas razones para consuelo de su mal, prometiéndole el possible favor para su remedio. Rogáronle también que fuesse con ellos á la casa de la sabia Felicia, porque allí sería possible hallar alguna suerte de consolación. Fueron assí mesmo de parescer de reposar allí, en tanto que durarían los calores de la siesta, como Ismenia había dicho. Pero como Diana era muy plática en aquella tierra, y sabía los bosques, fuentes, florestas, lugares amenos y sombríos della, les dijo que otro lugar había más ameno y deleitoso que aquel, que no estaba muy lejos, y que fuessen allá, pues aún no era llegado el medio día. De manera que levantándose todos, caminaron un poco espacio, y luego llegaron á una floresta donde Diana los guió; y era la más deleitosa, la más sombría y agradable que en los más celebrados montes y campañas de la pastoral Arcadia puede haber. Había en ella muy hermosos alisos, sauces y otros árboles, que por las orillas de las cristalinas fuentes, y por todas partes con el fresco y suave airecillo blandamente movidas, deleitosamente murmuraban. Allí de la concertada harmonía de las aves, que por los verdes ramos bulliciosamente saltaban, el aire, tan dulcemente resonaba, que los ánimos, con un suave regalo, enternescia. Estaba sembrada toda de una verde y menuda hierba, entre la cual se levantaban hermosas y variadas flores, que con diversos matices el campo dibujando, con suave olor el más congojado espíritu recreaban. Allí solían los cazadores hallar manadas enteras de temerosos ciervos, de cabras montesinas y de otros animales, con cuya prisión y muerte se toma alegre pasatiempo. Entraron en esta floresta siguiendo todos á Diana, que iba primera y se adelantó un poco para buscar una espessura de árboles, que ella para su esposo en aquel lugar tenía señalada, donde muchas veces solía recrearse. No habían andado mucho, cuando Diana llegando cerca del lugar que ella tenía por el más ameno de todos, y donde quería que tuviessen la siesta, puesto el dedo sobre los labios, señaló á Marcelio y á Ismenia que viniessen á espacio y sin hacer ruido. La causa era, porque había oído dentro aquella espessura cantos de pastores. En la voz le parescieron Tauriso y Berardo, que por ella entrambos penados andaban, como está dicho. Pero por sabello más cierto, llegándose más cerca un poco por entre unos acebos y lantiscos, estuvo acechando por conoscellos, y vido que eran ellos y que tenían allí en su compañía una muy hermosa dama, y un preciado caballero, los cuales, aunque parescían estar algo congojados y mal tratados del camino, pero todavía en el gesto y disposición descubrían su valor. Después de haber visto los que allí estaban, se apartó, por no ser vista. En esto llegaron Marcelio é Ismenia, y todos juntos se sentaron tras unos jarales, donde no podían ser vistos y podían oir distincta y claramente el cantar de los pastores, cuyas voces, por toda la floresta resonando, movían concertada melodía, como oiréis en el siguiente libro.
Fin del libro segundo.
LIBRO TERCERO
DE DIANA ENAMORADA
La traición y maldad de una ofendida y maliciosa mujer suele emprender cosas tan crueles y abominables, que no hay ánimo del más bravo y arriscado varón que no dudasse de hacerlas y no temblase de solo pensarlas. Y lo peor es que la Fortuna es tan amiga de mudar los buenos estados, que les da á ellas cumplido favor en sus empresas; pues sabe que todas se encaminan á mover extrañas novedades y revueltas, y vienen á ser causa de mil tristezas y tormentos. Gran crueldad fue la de Felisarda en ser causa que un padre con tan justa, aunque engañosa causa, aborresciesse su propio hijo, y que un marido con tan vana y aparente sospecha desechasse su querida mujer, pero mayor fue la ventura que tuvo en salir con su fiero y malicioso intento. No sirva esto para que nadie tenga de las mujeres mal parescer, si no para que viva cada cual recatado, guardándose de las semejantes á Felisarda, que serán muy pocas; pues muchas dellas son dechado del mundo y luz de vida, cuya fe, discreción y honestidad meresce ser con los más celebrados uersos alabada. De lo cual da claríssima prueba Diana y Ismenia, pastoras de señalada hermosura y discreción, cuya historia publica manifiestamente sus alabanzas. Pues prosiguiendo en el discurso della, sabréis que cuando Marcelio y ellas estuvieron tras los jarales assentadas, oyeron que Tauriso y Berardo cantaban desta manera:
Terços esdruccioles.
BERARDO
Tauriso, el fresco viento, que alegrándonos
murmura entre los árboles altíssimos,
la vista y los oídos deleitándonos;
Las chozas y sombríos ameníssimos;
las cristalinas fuentes, que abundancia
derraman de licores sabrosíssimos;
La colorada flor, cuya fragrancia
á despedir bastara la tristicia,
que hace al corazón más fiera instancia:
No vencen la braveza y la malicia
del crudo rey, tan áspero y mortífero,
cuyo castigo es pura sin justicia.
Ningún remedio ha sido salutífero
á mi dolor, pues siempre enbraveciéndose
está el veneno y tóxico pestífero.
TAURISO
Al que en amores anda consumiéndose,
nada le alegrará: porque fatígale
tal mal, que en el dolor vive muriéndose.
Amor le da más penas, y castígale,
cuando en deleites anda recreándose,
porque él á suspirar contino oblígale.
Las veces que está un ánima alegrándose,
le ofresce allí un dolor, cuya memoria
hace que luego vuelva á estar quejándose.
Amor quiere gozar de su victoria,
y al hombre que venció, mátale ó préndele,
pensando en ello haber famosa gloria.
El preso á la fortuna entrega, y véndele
al gran dolor, que siempre está matándole,
y al que arde en más ardiente llama enciéndele.
BERARDO
El sano vuelve enfermo, maltratándole,
y el corazón alegre hace tristíssimo,
matando el vivo, el libre captivándole.
Pues, alma, ya que sabes cuán bravíssimo
es este niño Amor, sufre y conténtate
con verte puesta en un lugar altíssimo.
Rescibe los dolores, y preséntate
al daño que estuviere amenazándote,
goza del mal y en el dolor susténtate.
Porque cuanto más fueres procurándote
medio para salir de tu miseria,
irás más en los lazos enredándote.
TAURISO
En mí halla Cupido más materia
para su honor, que en cuantos lamentándose
guardan ganado en una y otra Hesperia.
Siempre mis males andan aumentándose,
de lágrimas derramo mayor copia
que Biblis cuando en fuente iba tornándose.
Extraño me es el bien, la pena propia,
Diana, quiero ver, y en vella muérome,
junto al tesoro estó, y muero de inopia.
Si estoy delante della, peno y quiérome
morir de sobresalto y de cuidado,
y cuando estoy ausente, desespérome.
BERARDO
Murmura el bosque y ríe el verde prado,
y cantan los parleros ruiseñores;
mas yo en dos mil tristezas sepultado.
TAURISO
Espiran suave olor las tiernas flores,
la hierba reverdesce al campo ameno;
mas yo viviendo en ásperos dolores.
BERARDO
El grave mal de mí me tiene ajeno,
tanto que no soy bueno
para tener diez versos de cabeza.
TAURISO
Mi lengua en el cantar siempre tropieza,
por esso, amigo, empieza,
algún cantar de aquellos escogidos,
los cuales estorbados con gemidos,
con lloro entrerompidos,
te hicieron de pastores alabado.
BERARDO
En el cantar contigo acompañado,
iré muy descansado;
respóndeme. Mas no sé qué me cante.
TAURISO
Di la que dice: Estrella radiante,
ó la de: O triste amante,
ó aquella: No sé como se decía,
que la cantaste un día
bailando con Diana en el aldea.
BERARDO
No hay tigre ni leona que no sea
á compassión movida
de mi fatiga extraña y peligrosa;
mas no la fiera hermosa,
fiera devoradora de mi vida.
TAURISO
Fiera devoradora de mi vida,
¿quién si no tú estuviera
con la dureza igual á la hermosura?
y en tanta desventura
¿cómo es possible, ay triste, que no muera?
BERARDO
¿Cómo es possible, ay triste, que no muera?
dos mil veces muriendo;
¿mas cómo he de morir viendo á Diana?
El alma tengo insana:
cuanto más trato Amor, menos le entiendo.
TAURISO
Cuanto más trato Amor, menos le entiendo,
que al que le sirve mata,
y al que huyendo va de su cadena,
con redoblada pena
las míseras entrañas le maltrata.
BERARDO
Pastora, á quien el alto cielo ha dado
beldad más que á las rosas coloradas,
más linda que en Abril el verde prado,
do están las florecidas matizadas,
ansí prospere el cielo tu ganado,
y tus ovejas crezcan á manadas,
que á mí, que á causa tuya gimo y muero,
no me muestres el gesto airado y fiero.
TAURISO
Pastora soberana, que mirando
los campos y florestas asserenas,
la nieve en la blancura aventajando
y en la beldad las frescas azucenas,
ansí tus campos vayan mejorando,
y dellos cojan fruto á manos llenas,
que mires á un pastor, que en solo verte
piensa alcanzar muy venturosa suerte.
A este tiempo el caballero y la dama, que los cantares de los pastores escuchaban, con gran cortesía atajaron su canto, y les hicieron muchas gracias por el deleite y recreación que con tan suave y deleitoso música les habían dado. Y después desto el caballero vuelto á la dama le dijo: ¿Oiste jamás, hermana, en las soberbias ciudades música que tanto contente al oído y tanto deleite el ánimo como la destos pastores? Verdaderamente, dijo ella, más me satisfacen esos rústicos y pastoriles cantos de una simple llaneza acompañados, que en los palacios de reyes y señores las delicadas voces con arte curiosa compuestas y con nuevas invenciones y variedades requebradas. Y cuando yo tengo por mejor esta melodía que aquélla, se puede creer que lo es, porque tengo el oido hecho á las mejores músicas que en ciudad del mundo ni corte de rey pudiessen hacerse. Que en aquel buen tiempo que Marcelio servía á nuestra hermana Alcida, cantaba algunas noches en la calle al son de una vihuela tan dulcemente, que si Orpheo hacía tan apacible música, no me espanto que las fieras conmoviesse, y que la cara Eurydice de averno escurissimo sacasse. ¡Ay! Marcelio, ¿dónde estás agora? ¡Ay! ¿dónde estás, Alcida? Ay desdichada de mí, que siempre la fortuna me trae á la memoria cosas de dolor, en el tiempo que me ve gozar de un simple passatiempo! Oyó Marcelio, que con las dos pastoras tras las matas estaba, las razones del caballero y de la dama, y como entendió que le nombraron á él y á Alcida, se alteró. No se fió de sus mesmos oídos, y estuvo imaginando si era quizá otro Marcelio y Alcida los que nombraban. Levantóse presto de donde assentado estaba, y por salir de duda, llegándose más, y acechando por entre las matas, conosció que el caballero y la dama eran Polydoro y Clenarda, hermanos de Alcida. Corrió súbitamente á ellos, y con los brazos abiertos y lágrimas en los ojos, agora á Polydoro, agora á Clenarda abrazando, estuvo gran rato, que el interno dolor no le dejaba hablar palabra. Los dos hermanos, espantados desta novedad, no sabían qué les había acontescido. Y como Marcelio iba en hábito de pastor, nunca le conoscieron, hasta que, dándole lugar los sollozos, y habida licencia de las lágrimas, les dijo: ¡Oh, hermanos de mi corazón, no tengo en nada mi desventura, pues he sido dichoso en veros! ¿Cómo Alcida no está en vuestra compañía? ¿Está por ventura escondida en alguna espesura deste bosque? Sepa yo nuevas della, si vosotros las sabéis; remediad por Dios esta mi pena, y satisfaced á mi deseo. En esto lo dos hermanos conoscieron á Marcelio, y abrazados con él, llorando de placer y dolor, le decían: ¡Oh venturoso día! ¡oh bien nunca pensado! ¡oh hermano de nuestra alma! ¿qué desastre tan bravo ha sido causa que tú no goces de la compañía de Alcida ni nosotros de su vista? ¿por qué con tan nuevo traje te dissimulas? ¡Ay áspera fortuna! en fin no hay en ningún bien cumplido contentamiento. Por otra parte, Diana é Ismenia, visto que tan arrebatadamente Marcelio había entrado donde cantaban los pastores, fueron allá tras él, y halláronle passando con Polydoro y Clenarda la plática que habeis oído. Cuando Tauriso y Berardo vieron á Diana, no se puede encarescer el gozo que recibieron de tan improvisa vista. Y ansi Tauriso, señalando con el gesto y palabras la alegría del corazón, le dijo: Grande favor es este de la Fortuna, hermosa Diana, que la que huye siempre de nuestra compañía, por casos y succesos nunca imaginados venga tantas veces donde nosotros estamos. No es causa dello la Fortuna, señalados pastores, dijo Diana, sino ser vosotros en el cantar y tañer tan ejercitados, que no hay lugar de recreación donde no os hagáis sentir vuestras canciones. Pero pues aquí llegué sin saber de vosotros, y el sol toca ya la raya del medio día, me holgaré de tener en este deleitoso lugar la siesta en vuestra compañía, que aunque me importa llegar con tiempo á la casa de Felicia, tendré por bien de detenerme aquí con vosotros, por gozar de la fresca vereda y escuchar vuestra deleitosa música. Por esso aparejaos á cantar y tañer, y á toda suerte de regocijo, que no será bien que falte semejante placer en tan principal ajuntamiento. Y vosotros, generosos caballeros y dama, poned fin por agora á vuestras lágrimas, que tiempo ternéis para contaros las vidas los unos á los otros y para doleros ó alegraros de los malos ó buenos sucessos de fortuna. A todos paresció muy bien lo dicho por Diana, y ansí en torno de una clara fuente sobre la menuda hierba se assentaron. Era el lugar el más apacible de aquel bosque y aun de cuantos en el famoso Parthenio, celebrado con la clara zampoña del Neapolitano Syncero pueden hallarse. Había en él un espacio casi que cuadrado, que tuviera como hasta cuarenta passos por cada parte, rodeado de muchedumbre de espessíssimos árboles, tanto que, á la manera de un cercado castillo, á los que allá iban á recrearse no se les concedía la entrada sino por sola una parte. Estaba sembrado este lugar de verdes hierbas y olorosas flores, de los pies de ganados no pisadas ni con sus dientes descomedidamente tocadas. En medio estaba una limpia y claríssima fuente, que del pie de un antiquíssimo roble saliendo, en un lugar hondo y cuadrado, no con maestra mano fabricado, mas por la provida naturaleza allí para tal efecto puesto, se recogía: haciendo allí la abundancia de las aguas un gracioso ajuntamiento, que los pastores le nombraban la fuente bella. Eran las orillas desta fuente de una piedra blanca tan igual, que no creyera nadie que con artificiosa mano no estuviesse fabricada, si no desengañaran la vista las naturales piedras allí nascidas, y tan fijas en el suelo como en los ásperos montes de fragosas peñas y duríssimos pedernales. El agua que de aquella abundantíssima fuente sobresalía, por dos estrechas canales derramándose, las hierbas vecinas y árboles cercanos regaba, dándoles continua fertilidad y vida y sosteniéndolas en muy apacible y graciosíssima verdura. Por estas lindezas que tenía esta hermosa fuente, era de los pastores y pastoras tan visitada, que nunca en ella faltaban pastoriles regocijos. Pero teníanla los pastores en tanta veneración y cuenta, que viniendo á ella dejaban fuera sus ganados, por no consentir que las claras y sabrosas aguas fuessen enturbiadas, ni el ameno pradecillo de las mal miradas ovejas hollado ni apascentado. En torno desta fuente, como dije, todos se asentaron, y sacando de los zurrones la necessaria provissión, comieron con más sabor que los grandes señores la muchedumbre y variedad de curiosos manjares. Al fin de la cual comida, como Marcelio por una parte y Polydoro por otra deseaban por extremo darse y tomarse cuenta de sus vidas, Marcelio fue primero á hablar, y dijo: Razón será, hermanos, que yo sepa algo de lo que os ha sucedido después que no me vistes, que como os veo del padre Eugerio y de la hermana Alcida desacompañados, tengo el corazón alterado, por no saber la causa dello. A lo cual respondió Polydoro:
Porque me parece que este lugar queda muy perjudicado con que se traten en él cosas de dolor, y no es razón que estos pastores con oir nuestras desdichas queden ofendidos, te contaré con las menos palabras que será possible las muchas y muy malas obras que de la fortuna habemos recebido. Después que por sacar al fatigado Eugerio de la peligrosa nave, esperando buena ocasión para saltar en el batel, de los marineros fuí estorbado, y juntamente con el temeroso padre á mi pesar hube de quedar en ella, estaba el triste viejo con tanta angustia, como se puede esperar de un amoroso padre, que al fin de su vejez ve en tal peligro su vida y la de sus amados hijos. No tenía cuenta con los golpes que las bravas ondas daban en la nave, ni con la furia que los iracundos vientos por todas partes le combatían, sino que, mirando el pequeño batel donde tú, Marcelio, con Alcida y Clenarda estabas, que á cada movimiento de las inconstantes aguas en la mayor profundidad dellas parescía trastornarse, cuanto más lo vía de la nave alejándose, le desapegaba el corazón de las entrañas. Y cuando os perdió de vista, estuvo en peligro de perder la vida. La nave siguiendo la braveza de la Fortuna, fué errando por el mar por espacio de cinco días, después que nos despartimos; al cabo de los cuales, al tiempo que el sol estaba cerca del occaso, nos vimos cerca de tierra. Con cuya vista se regocijaron mucho los marineros, tanto por haber cobrado la perdida confianza, como por conoscer la parte donde iba la nave encaminada. Porque era la más deleitosa tierra, y más abundante de todas maneras de placer, de cuantas el sol con sus rayos escalienta, tanto que uno de los marineros sacando de una arca un rabel, con que solía en la pesadumbre de los prolijos y peligrosos viajes deleitarse, se puso á tañer y cantar ansi:
Soneto.
Recoge á los que aflige el mar airado,
oh, Valentino, oh, venturoso suelo
donde jamás se cuaja el duro hielo
ni de Febo el trabajo acostumbrado.
Dichoso el que seguro y sin recelo
de ser en fieras ondas anegado,
goza de la belleza de tu prado
y del favor de tu benigno cielo.
Con más fatiga el mar surca la nave
que el labrador cansado tus barbechos:
¡oh tierra¡, antes que el mar se ensoberbezca,
Recoge á los perdidos y deshechos,
para que cuando en Turia yo me lave
estas malditas aguas aborrezca.
Por este cantar del marinero entendimos que la ribera que íbamos á tomar era del reino de Valencia, tierra por todas las partes del mundo celebrada. Pero en tanto que este canto se dijo, la nave, impelida de un poderoso viento, se llegó tanto á la tierra que si el esquife no nos faltara pudiéramos saltar en ella. Mas de lejos por unos pescadores fuímos devisados, los cuales viendo nuestras velas perdidas, el árbol caído á la una parte, las cuerdas destrozadas y los castillos hechos pedazos, conoscieron nuestra necessidad. Por lo cual algunos dellos, metiéndose en un barco de los que para su ordinario ejercicio en la ribera tenían amarrados, se vinieron para nosotros, y con grande amor y no poco trabajo nos sacaron de la nave á todos los que en ella veníamos. Fué tanto el gozo que recebimos, cuanto se puede y debe imaginar. A los marineros que en su barco tan amorosamente y sin ser rogados nos habían recogido, Eugerio y yo les dimos las gracias, y hecimos los ofrescimientos que á tan singular beneficio se debían. Mas ellos, como hombres de su natural piadosos y de entrañas simples y benignas, no curaban de nuestros agradescimientos, antes no queriendo recebirlos, nos dijo el uno dellos: No nos agradezcáis, señores, esta obra á nosotros, sino á la obligación que tenemos á socorrer necessidades y al buen ánimo y voluntad que nos fuerza á tales hechos. Y tened por cierto que toda hora que se nos ofresciere semejante ocasión como ésta haremos lo mesmo, aunque peligren nuestras vidas. Porque esta mañana nos sucedió un caso, que á no haber hecho otro tal como agora hecimos, nos pesara después hasta la muerte. El caso fué que al despuntar del día salimos de nuestras chozas con nuestras redes y ordinarios aparejos para entrar á pescar, y antes que llegassemos á la ribera vimos el cielo escurescido; sentimos el mar alterado y el viento embravescido, y dos veces nos quisimos volver del camino desconfiados de podernos encomendar á las peligrosas ondas en tan malicioso tiempo. Pero paresció á algunos de nosotros que era conveniente llegar á la ribera para ver en qué pararía la braveza del mar, y para esperar si tras la rigurosa fortuna sucedería, como suele, alguna súbita bonanza. Al tiempo que llegamos allá vimos un batel lidiando con las bravas ondas, sin vela, árbol ni remos, y puesto en el peligro en que vosotros os habéis visto. Movidos á compassión, metimos en el mar uno de aquellos barcos muy bien apercebido, y saltando de presto en él, sin temor de la fortuna, fuímos hacia el batel que en tal peligro estaba, y á cabo de poco rato llegamos á él. Cuando estuvimos tan cerca dél que pudimos conoscer los que en él estaban, vimos una doncella, cuyo nombre no sabré decirte, que con lágrimas en los ojos se dolía, con los brazos abiertos nos esperaba y con palabras dolorosas nos decía: Ay hermanos, ruégoos que me libréis del peligro de la Fortuna; pero más os suplico que me saquéis de poder deste traydor, que conmigo viene, que contra toda razón me tiene captiva, y á pura fuerza quiere maltratar mi honestidad. Oyendo esto, con toda la possible diligencia, y no sin mucho peligro, los sacamos de su batel, y metidos en nuestro barco los llevamos á tierra. Contónos ella la traición que á ella y una hermana y cuñado suyo se les había hecho, que seria larga de contar. Tenémosla en compañía de nuestras mujeres, libre de la malicia y deshonestidad de los dos marineros que con ella venían, y á ellos los metimos en una cárcel de un lugar que está vecino, donde antes de muchos días serán debidamente castigados. Pues habiéndonos acontescido esto, ¿quién de nosotros dejará de aventurarse á semejantes peligros por recobrar los perdidos y hacer bien á los maltratados? Cuando Eugerio oyó decir esto al marinero le dió un salto el corazón, y pensó si era esta doncella alguna de sus hijas. Lo mesmo me passó á mí por el pensamiento; pero á entrambos nos consolaba pensar que presto habíamos de saber si era verdadera nuestra presunción. En tanto el pescador nos contó este sucesso, el barco, movido con la fuerza de los remos, caminó de manera que llegamos á poder desembarcar. Saltaron aquellos pescadores con los pies descalzos en el agua, y sobre sus hombros nos sacaron á la deseada tierra. Cuando estuvimos en tierra, conosciendo que teníamos necessidad de reposo, uno dellos, que más anciano parescía, travando á mi padre por la mano, y haciendo señal á mí y á los otros que le siguiéssemos, tomó el camino de su choza, que no muy lejos estaba, para darnos en ella el refresco y sossiego necessario. Siendo llegados allá, sentimos dentro cantos de mujeres, y no entráramos allá antes de oir y entender dende afuera sus canciones si el trabajo que llevábamos nos consintiera detenernos para escucharlas. Pero Eugerio y yo no vimos la hora de entrar allá por ver quién era la doncella que libre de la tempestad y de las manos del traidor allí tenían. Entramos en la casa de improviso, y en vernos luego dejaron sus cantares las turbadas mujeres; y eran ellas la mujer del pescador y dos hermosas hijas que cantando suavemente hacían las ñudosas redes con que los descuidados peces se cautivan, y en medio dellas estaba la doncella, que luego fué conoscida, porque era mi hermana Clenarda, que está presente. Lo que en esta ventura sentimos, y lo que ella sintió, querría que ella mesma lo dijesse, porque yo no me atrevo á tan gran empresa. Allí fueron las lágrimas, allí los gemidos, allí los placeres revueltos con las penas, allí los dulzores mezclados con las amarguras y allí las obras y palabras que puede juzgar una persona de discreción. Al fin de lo cual mi padre, vuelto á las hijas del pescador les dijo: Hermosas doncellas, siendo verdad que yo vine aquí para descansar de mis trabajos, no es razón que mi venida estorbe vuestros regocijos y canciones, pues ellas solas serían bastantes para darme consolación. Essa no te faltará, dijo el pescador, en tanto que estuvieres en mi casa: á lo menos yo procuraré de dártela por las maneras possibles. Piensa agora en tomar refresco, que la música no faltará á su tiempo. Su mujer en esto nos sacó para comer algunas viandas, y mientras en ello estábamos ocupados, la una de aquellas doncellas, que se nombraba Nerea, cantó esta canción:
Canción de Nerea.
En el campo venturoso,
donde con clara corriente
Guadalavïar hermoso,
dejando el suelo abundoso,
da tributo al mar potente,
Galatea desdeñosa,
del dolor que á Lycio daña
iba alegre y bulliciosa
por la ribera arenosa,
que el mar con sus ondas baña.
Entre la arena cogiendo
conchas y piedras pintadas,
muchos cantares diciendo,
con el son del ronco estruendo
de las ondas alteradas,
Junto al agua se ponía,
y las ondas aguardaba,
y en verlas llegar huía,
pero á veces no podía
y el blanco pie se mojaba.
Lycio, al cual en sufrimiento
amador ninguno iguala,
suspendió allí su tormento
mientras miraba el contento
de su polida zagala.
Mas cotejando su mal
con el gozo que ella había,
el fatigado zagal
con voz amarga y mortal
desta manera decía:
Nympha hermosa, no te vea
jugar con el mar horrendo,
y aunque más placer te sea,
huye del mar, Galatea,
como estás de Lycio huyendo.
Deja agora de jugar,
que me es dolor importuno;
no me hagas más penar,
que en verte cerca del mar
tengo celos de Neptuno.
Causa mi triste cuidado,
que á mi pensamiento crea,
porque ya está averiguado
que si no es tu enamorado
lo será cuando te vea.
Y está cierto, porque Amor
sabe desde que me hirió
que para pena mayor
me falta un competidor
más poderoso que yo.
Deja la seca ribera
do está el agua infructuosa,
guarda que no salga afuera
alguna marina fiera
enroscada y escamosa.
Huye ya, y mira que siento
por ti dolores sobrados,
porque con doble tormento
celos me da tu contento
y tu peligro cuidados.
En verte regocijada
celos me hacen acordar
de Europa Nympha preciada,
del toro blanco engañada
en la ribera del mar.
Y el ordinario cuidado
hace que piense contino
de aquel desdeñoso alnado
orilla el mar arrastrado,
visto aquel monstruo marino.
Mas no veo en tí temor
de congoja y pena tanta;
que bien sé por mi dolor,
que á quien no teme el Amor,
ningún peligro le espanta.
Guarte, pues, de un gran cuidado;
que el vengativo Cupido
viéndose menospreciado,
lo que no hace de grado
suele hacerlo de ofendido.
Ven conmigo al bosque ameno,
y al apacible sombrío
de olorosas flores lleno,
do en el día más sereno
no es enojoso el Estío.
Si el agua te es placentera,
hay allí fuente tan bella,
que para ser la primera
entre todas, sólo espera
que tú te laves en ella.
En aqueste raso suelo
á guardar tu hermosa cara
no basta sombrero, ó velo;
que estando al abierto cielo,
el sol morena te para.
No encuentras dulces contentos,
sino el espantoso estruendo,
con que los bravosos vientos
con soberbios movimientos
van las aguas revolviendo.
Y tras la fortuna fiera
son las vistas más suaves
ver llegar á la ribera
la destrozada madera
de las anegadas naves.
Ven á la dulce floresta,
do natura no fué escasa,
donde haciendo alegre fiesta,
la más calurosa siesta
con más deleite se passa.
Huye los soberbios mares,
ven, verás como cantamos
tan deleitosos cantares,
que los más duros pesares
suspendemos y engañamos.
Y aunque quien passa dolores,
Amor le fuerza á cantarlos,
yo haré que los pastores
no digan cantos de amores,
porque huelgues de escucharlos.
Allí por bosques y prados
podrás leer todas horas
en mil robles señalados
los nombres más celebrados
de las Nymphas y pastoras.
Mas seráte cosa triste
ver tu nombre allí pintado,
en saber que escrita fuiste
por el que siempre tuviste
de tu memoria borrado.
Y aunque mucho estás airada,
no creo yo que te assombre
tanto el verte allí pintada,
como el ver que eres amada
del que allí escribió tu nombre.
No ser querida y amar
fuera triste desplacer,
más ¿qué tormento ó pesar
te puede, Nympha, causar
ser querida y no querer?
Mas desprecia cuanto quieras
á tu pastor, Galatea,
sólo que en essas riberas
cerca de las ondas fieras
con mis ojos no te vea.
¿Qué passatiempo mejor
orilla el mar puede hallarse
que escuchar el ruiseñor,
coger la olorosa flor
y en clara fuente lavarse?
Pluguiera á Dios que gozaras
de nuestro campo y ribera,
y porque más lo preciaras,
ojala tú lo probaras,
antes que yo lo dijera.
Porque cuanto alabo aquí,
de su crédito le quito,
pues el contentarme á mí,
bastará para que á tí
no te venga en apetito.
Lycio mucho más le hablara,
y tenía más que hablalle,
si ella no se lo estorbara,
que con desdeñosa cara
al triste dice que calle.
Volvió á sus juegos la fiera,
y á sus llantos el pastor,
y de la misma manera
ella queda en la ribera
y él en su mismo dolor.
El canto de la hermosa doncella y nuestra cena se acabó á un mesmo tiempo; la cual fenescida, preguntamos á Clenarda de lo que le había sucedido después que nos departimos, y ella nos contó la maldad de Bartofano, la necessidad de Alcida, su prisión y su cautividad, y en fin, todo lo que tú muy largamente sabes. Lloramos amargamente nuestras desventuras; oídas las cuales, nos dijo el pescador muchas palabras de consuelo, y especialmente nos dijo cómo en esta parte estaba la sabia Felicia, cuya sabiduría bastaba á remediar nuestra desgracia, dándonos noticia de Alcida y de ti, que en esto venía á parar nuestro deseo. Y ansí passando allí aquella noche lo mejor que pudimos, luego por la mañana, dejados allí los marineros que en la nave con nosotros habían venido, nos partimos solos los tres, y por nuestras jornadas llegamos al templo de Diana, donde la sapientíssima Felicia tiene su morada. Vimos su maravilloso templo, los ameníssimos jardines, el sumptuoso palacio, conoscimos la sabiduría de la prudentísima dueña y otras cosas que nos han dado tal admiración, que aun agora no tenemos aliento para contallas. Allí vimos las hermosíssimas Nymphas, que son ejemplo de castidad; allí muchos caballeros y damas, pastores y pastoras, y particularmente un pastor nombrado Syreno, al cual todos tenían en mucha cuenta. A éste y á los demás la sabia había dado diversos remedios en sus amores y necessidades. Mas á nosotros en la nuestra hasta agora el que nos ha dado es hacer quedar á nuestro padre Eugerio en su compañía y á nosotros mandarnos venir hacia estas partes, y que no volviéssemos hasta hallarnos más contentos. Y según el gozo que de tu vista recebimos, me paresce que ya habrá ocasión para la vuelta, mayormente dejando allí nuestro padre solo y desconsolado. Bien sé que buscarle su Alcida importa mucho para su descanso: pero ya que la fortuna en tantos días no nos ha dado noticia della, será bien que no le hagamos á nuestro padre carescer tanto tiempo de nuestra compañía. Después que Polydoro dió fin á sus razones, quedaron todos admirados de tan tristes desventuras, y Marcelio después de haber llorado por Alcida, brevíssimamente contó á Polydoro y Clenarda lo que después que no había visto, le había acontescido. Diana é Ismenia, cuando acabaron de oir á Polydoro, desearon llegar más presto á la casa de Felicia: la una porque supo cierto que Syreno estaba allí, y la otra porque, oyendo tales alabanzas de la sabia, concibió esperanza de haber de su mano algún remedio. Con este deseo que tenían, aunque fué la intención de Diana recrearse en aquel deleitoso lugar algunas horas, mudó de parescer, estimando más la vista de Syreno que la lindeza y frescura del bosque. Y por esso, levantada en pie, dijo á Tauriso y Berardo: Gozad, pastores, de la suavidad y deleite desta ameníssima vereda, porque el cuidado que tenemos de ir al templo de Diana no nos consiente detenernos aquí más. Harto nos pesa dejar un aposento tan agradable y una tan buena compañía; pero somos forzados á seguir nuestra ventura. ¿Tan cruda serás pastora, dijo Tauriso, que tan presto te ausentes de nuestros ojos y tan poco nos dejes gozar de tus palabras? Marcelio entonces dijo á Diana: Razón los acompaña á estos pastores, hermosa zagala; razón es que tan justa demanda se les conceda: que su fe constante y amor verdadero merece que les otorgues un rato de tu conversación en este apacible lugar, mayormente habiendo bastantíssimo tiempo para llegar al templo antes que el sol esconda su lumbre. Todos fueron deste parescer, y por esso Diana no quiso más contradecirles, sino que, sentándose donde antes estaba, mostró querer complacer en todo á tan principal ajuntamiento. Ismenia entonces dijo á Berardo y Tauriso: Pastores, pues la hermosa Diana no os niega su vista, no es justo que vosotros nos neguéis vuestras canciones. Cantad, enamorados zagales, pues en ello mostráis tan señalada destreza y tan verdadero amor, que por lo uno sois en todas partes alabados y con lo otro movéis á piedad los corazones. Todos sino el de Diana, dijo Berardo; y comenzó á llorar, y Diana á sonreír. Lo cual visto por el pastor, al son de su zampoña, con lágrimas en sus ojos, cantó glossando una canción que dice:
Las tristes lágrimas mías
en piedras hacen señal
y en vos nunca, por mi mal.
Glossa.
Vuestra rara gentileza
no se ofende con serviros,
pues mi mal no os da tristeza
ni jamás vuestra dureza
dió lugar á mis suspiros.
No fueron con mis porfías
vuestras entrañas mudadas,
aunque veis noches y días
con gran dolor derramadas
las tristes lágrimas mías.
Fuerte es vuestra condición,
que en acabarme porfía,
y más fuerte el corazón,
que viviendo en tal passión
no le mata la agonía.
Que si un rato afloja un mal,
aunque sea de los mayores,
no da pena tan mortal;
mas los continos dolores
en piedras hacen señal.
Amor es un sentimiento
blando, dulce y regalado;
vos causáis el mal que siento,
que Amor sólo da tormento
al que vive desamado.
Y ésta es mi pena mortal,
que el Amor, después que os ví,
como cosa natural,
por mi bien siempre está en mí,
y en vos nunca, por mi mal.
Contentó mucho á Diana la canción de Berardo; pero viendo que en ella hacía más duro su corazón que las piedras, quiso volver por su honra, y dijo: Donosa cosa es, por mi vida, nombrar dura recogida y tratar de cruel la que guarda su honestidad. Ojala, pastor, no tuviera más tristeza mi alma que dureza mi corazón. ¡Mas, ay dolor, que la fortuna me cautivó con tan celoso marido, que fuí forzada muchas veces en los montes y campos ser descortés con los pastores, por no tener en mi casa amarga vida! Y con todo esto el ñudo del matrimonio y la razón me obligan á buscar el rústico y mal acondicionado marido, aunque espere innumerables trabajos de su enojosa compañía. A este tiempo, Tauriso, con la ocasión de las quejas que Diana daba de su casamiento, comenzó á tocar su zampoña y á cantar hablando con el Amor, y glossando la canción que dice:
Canción.
La bella mal maridada,
de las más lindas que ví,
si has de tomar amores,
vida no dejes á mí.
Glossa.
Amor, cata que es locura
padescer, que en las mujeres
de aventajada hermosura
pueda hacer la desventura
más que tú siendo quien eres.
Porque estando á tu poder
la belleza encomendada,
te deshonras, á mi ver,
en sufrir que venga á ser
la bella mal maridada.
Haces mal, pues se mostró
beldad ser tu amiga entera,
porque siempre al que la vió,
á causa tuya le dió
el dolor que no le diera.
Y ansí mi constancia y fe
y la pena que está en mí,
por haber visto no fué,
mas por ser la que miré
de las más lindas que ví.
Amor, das á tantos muerte,
que pues matar es tu bien,
algún día espero verte,
que á ti mismo has de ofenderte,
porque no tendrás á quién.
¡Oh qué bien parescerás
herido de tus dolores!
cautivo tuyo serás,
que á ti mismo tomarás,
si has de tomar amores.
Entonces dolor doblado
podrás dar á las personas,
y quedarás excusado
de haberme á mí maltratado,
pues á ti no te perdonas.
Y si quiero reprehenderte,
dirás, volviendo por ti,
razón forzarte y moverte,
que á ti mismo dando muerte,
vida no dejes á mi.
El cantar de Tauriso paresció muy bien á todos, y en particular á Ismenia. Que aunque la canción, por hablar de mal casadas, era de Diana, la glossa della, por tener quejas del Amor, era común á cuantos dél estaban atormentados. Y por esso Ismenia, como aquélla que daba alguna culpa á Cupido de su pena, no sólo le contentaron las quejas que dél hizo Tauriso; mas ella, al mesmo propósito, al son de la lira, dijo este soneto, que le solía cantar Montano en el tiempo que por ella penaba:
Soneto.
Sin que ninguna cosa te levante,
Amor, que de perderme has sido parte,
haré que tu crueldad en toda parte
se suene de Poniente hasta Levante.
Aunque más sople el Abrego ó Levante,
mi nave de aquel golfo no se parte,
do tu poder furioso le abre y parte,
sin que en ella un suspiro se levante.
Si vuelvo el rostro estando en el tormento,
tu furia allí enflaquesce mi deseo,
y tu fuerza mis fuerzas cansa y corta;
Jamás al puerto iré, ni lo deseo,
y ha tanto que esta pena me atormenta,
que un mal tan largo hará mi vida corta.
No tardó mucho Marcelio á respondelle con otro soneto hecho al mismo propósito y de la misma suerte, salvo que las quejas que daba no eran sólo del Amor, pero de la Fortuna y de sí mismo.
Soneto.
Voy tras la muerte sorda passo á passo,
siguiéndola por campo, valle y sierra,
y al bien ansi el camino se me cierra,
que no hay por donde guíe un sólo passo.
Pensando el mal que de contino passo,
una navaja aguda, y cruda sierra
de modo el corazón me parte y sierra,
que de la vida dudo en este passo.
La Diosa, cuyo ser contino rueda,
y Amor que ora consuela, ora fatiga,
son contra mí, y aun yo mismo me daño.
Fortuna en no mudar su varia rueda,
y Amor y yo, cresciendo mi fatiga,
sin darme tiempo á lamentar mi daño.
El deseo que tenía Diana de ir á la casa de Felicia no le sufría detenerse allí más, ni esperar otros cantares, sino que acabando Marcelio su canción se levantó. Lo mismo hicieron Ismenia, Clenarda y Marcelio, conosciendo ser aquella la voluntad de Diana, aunque sabían que la casa de Felicia estaba muy cerca, y había sobrado tiempo para llegar á ella antes de la noche. Despedidos de Tauriso y Berardo, salieron de la fuente bella por la misma parte por donde habían entrado, y caminando por el bosque su passo á passo, gozando de las gentilezas y deleites que en él había, á cabo de rato salieron dél, y comenzaron á andar por un ancho y espacioso llano, alegre para la vista. Pensaron entonces con qué darían regocijo á sus ánimos, en tanto que duraba aquel camino, y cada uno dijo sobre ello su parescer. Pero Marcelio, como estaba siempre con la imagen de su Alcida en el pensamiento, de ninguna cosa más holgaba que de mirar los gestos y escuchar las palabras de Polydoro y Clenarda. Y ansí por gozar á su placer deste contento, dijo: No creo yo, pastoras, que todos vuestros regocijos igualen con el que podéis haber si Clenarda os cuenta alguna cosa de las que en los campos y riberas de Guadalaviar ha visto. Yo passé por allí andando en mi peregrinación, pero no pude á mi voluntad gozar de aquellos deleites, por no tenerle yo en mi corazón. Pero, pues para llegar á donde imos tenemos de tiempo largas dos horas, y el camino es de media, podremos ir á espacio, y ella nos dirá algo de lo mucho que de aquella ameníssima tierra se puede contar. Diana y Ismenia á esto mostraron alegres gestos, señalando tener contento de oirlo, y aunque Diana moría por llegar temprano al templo, por no mostrar en ello sobrada passión hubo de acomodarse á la voluntad de todos. Clenarda entonces, rogada por Marcelio, prosiguiendo su camino, desta manera comenzó á hablar:
Aunque decir yo con mal orden y rústicas palabras las extrañezas y beldades de la Valentina tierra será agraviar sus merescimientos y ofender vuestros oídos, quiero deciros algo della, por no perjudicar á vuestras voluntades. No contaré particularmente la fertilidad del abundoso suelo, la amenidad de la siempre florida campaña, la belleza de los más encumbrados montes, los sombríos de las verdes silvas, la suavidad de las claras fuentes, la melodía de las cantadoras aves, la frescura de los suaves vientos, la riqueza de los provechosos ganados, la hermosura de los poblados lugares, la blandura de las amigables gentes, la extrañeza de los sumptuosos templos, ni otras muchas cosas con que es aquella tierra celebrada, pues para ello es menester más largo tiempo y más esforzado aliento. Pero porque de la cosa más importante de aquella tierra seáis informados, os contaré lo que al famoso Turia, río principal en aquellos campos le oí cantar. Venimos un día Polydoro y yo á su ribera para preguntar á los pastores della el camino del templo de Diana y casa de Felicia, porque ellos son los que en aquella tierra le saben, y llegando á una cabaña de vaqueros, los hallamos que deleitosamente cantaban. Preguntámosles lo que deseábamos saber, y ellos con mucho amor nos informaron largamente de todo, y después nos dijeron que, pues á tan buena sazón habíamos llegado, no dejássemos de gozar de un suavíssimo canto que el famoso Turia había de hacer no muy lejos de allí antes de media hora. Contentos fuimos de ser presentes á tan deleitoso regocijo, y nos aguardamos para ir con ellos. Passado un rato en su compañía, partimos caminando riberas del río arriba, hasta que llegamos á una espaciosa campaña, donde vimos un grande ajuntamiento de Nymphas, pastores y pastoras, que todos aguardaban que el famoso Turia comenzasse su canto. No mucho después vimos al viejo Turia salir de una profundíssima cueva, en su mano una urna, ó vaso muy grande y bien labrado, su cabeza coronada con hojas de roble de laurel, los brazos vellosos, la barba limosa y encanescida. Y sentándose en el suelo, reclinado sobre la urna, y derramando della abundancia de claríssimas aguas, levantando la ronca y congojada voz, cantó desta manera:
Canto de Turia.
Regad el venturoso y fértil suelo,
corrientes aguas, puras y abundosas,
dad á las hierbas y árboles consuelo,
y frescas sostened flores y rosas;
y ansí con el favor del alto cielo
tendré yo mis riberas tan hermosas,
que grande envidia habrán de mi corona
el Pado, el Mincio, el Rhódano y Garona.
Mientras andáis el curso apressurando,
torciendo acá y allá vuestro camino,
el Valentino suelo hermoseando
con el licor sabroso y cristalino,
mi flaco aliento y débil esforzando,
quiero con el espíritu adevino
cantar la alegre y próspera ventura
que el cielo á vuestros campos assegura.
Oidme, claras Nimphas y pastores,
que sois hasta la Arcadia celebrados:
no cantaré las coloradas flores,
la deleitosa fuente y verdes prados,
bosques sombríos, dulces ruiseñores,
valles amenos, montes encumbrados,
mas los varones célebres y extraños
que aquí serán después de largos años.
De aquí los dos pastores estoy viendo
Calixto y Alexandre, cuya fama,
la de los grandes Césares venciendo,
desde el Atlante al Mauro se derrama:
á cuya vida el cielo respondiendo,
con una suerte altíssima los llama,
para guardar del báratro profundo
cuanto ganado pasce en todo el mundo.
De cuya ilustre cepa veo nascido
aquél varón de pecho adamantino,
por valerosas armas conoscido,
Cesar romano y Duque valentino,
valiente corazón, nunca vencido,
al cual le aguarda un hado tan malino,
que aquél raro valor y ánimo fuerte
tendrá fin con sangrienta y cruda muerte.
La mesma ha de acabar en un momento
al Hugo, resplandor de los Moncadas,
dejando ya con fuerte atrevimiento
las mauritanas gentes subjectadas:
ha de morir por Carlos muy contento,
después de haber vencido mil jornadas,
y pelear con poderosa mano
con el francés y bárbaro africano.
Mas no miréis la gente embravescida
con el furor del iracundo Marte:
mirad la luz que aquí veréis nascida,
luz de saber, prudencia, genio y arte;
tanto en el mundo todo esclarescida,
que ilustrará la más oscura parte:
Vives, qué vivirá, mientras al suelo
lumbre ha de dar el gran señor de Delo.
Cuyo saber altíssímo heredando
el Honorato Juan, subirá tanto,
que á un alto rey las letras enseñando,
dará á las sacras Musas grande espanto;
parésceme que ya le está adornando
el obispal cayado y sacro manto:
ojalá un mayoral tan excelente
sus greyes en mis campos apasciente.
Cuasi en el mesmo tiempo ha de mostrarse
Núñez, que en la doctrina en tiernos años
al grande Stagyrita ha de igualarse,
y ha de ser luz de patrios y de extraños:
no sentiréis Demósthenes loarse
orando él. ¡Más, ay, ciegos engaños!
¡ay, patria ingrata, á causa tuya siento
que orillas de Ebro ha de mudar su assiento!
¿Quién os dirá la excelsa melodía,
con que las dulces voces levantando,
resonarán por la ribera mía
poëtas mil? Ya estoy de aquí mirando
que Apolo sus favores les envía,
porque con alto espíritu cantando,
hagan que el nombre de este fértil suelo
del uno al otro polo extienda el vuelo.
Ya veo al gran varón que celebrado
será con clara fama en toda parte,
que en verso al rojo Apolo está igualado
y en armas está al par del fiero Marte:
Ausías March, que á tí, florido Prado,
Amor, Virtud y Muerte ha de cantarte,
llevando por honrosa y justa empresa
dar fama á la honestíssima Teresa.
Bien mostrará ser hijo del famoso
y grande Pedro March, que en paz y en guerra,
docto en el verso, en armas poderoso,
dilatará la fama de su tierra;
cuyo linaje ilustre y valeroso,
donde valor claríssimo se encierra,
dará un Jáime y Arnau, grandes poëtas,
á quien son favorables los planetas.
Jorge del Rey con verso aventajado
ha de dar honra á toda mi ribera,
y siendo por mis Nimphas coronado
resonará su nombre por do quiera;
el revolver del cielo apressurado
propicio le será de tal manera,
que Italia de su verso terná espanto
y ha de morir de envidia de su canto.
Ya veo, Franci Oliver, que el cielo hieres
con voz que hasta las nubes te levanta,
y á ti también, claríssimo Figueres,
en cuyo verso habrá lindeza tanta;
y á tí, Martín García, que no mueres,
por más que tu hilo Lachesis quebranta;
Innocent de Cubells, también te veo
que en versos satisfaces mi deseo.
Aquí tendréis un gran varón, pastores,
que con virtud de hierbas escondidas
presto remediará vuestros dolores
y enmendará con versos vuestras vidas:
pues, Nimphas, esparcid hierbas y flores
al grande Jaime Roig agradescidas,
coronad con laurel, serpillo y apio
el gran siervo de Apolo y de Esculapio.
Y al gran Narcis Viñoles, que pregona
su gran valor con levantada rima,
tejed de verde lauro una corona,
haciendo al mundo pública su estima;
tejed otra á la altíssima persona,
que el verso subirá á la excelsa cima,
y ha de igualar al amador de Laura,
Crespi celebradíssimo Valldaura.
Parésceme que veo un excelente
Conde, que el claro nombre de su Oliva
hará que entre la extraña y patria gente,
mientras que mundo habrá, florezca y viva;
su hermoso verso irá resplandesciente
con la perfecta lumbre, que deriva
del encendido ardor de sus Centellas,
que en luz competirán con las estrellas.
Nimphas, haced del resto, cuando el cielo
con Juan Fernández os hará dichosas,
lugar no quede en todo aqueste suelo,
do no sembréis los lirios y las rosas;
y tú, ligera Fama, alarga el vuelo,
emplea aquí tus fuerzas poderosas,
y dale aquel renombre soberano
que diste al celebrado Mantuano.
Mirando estoy aquel poëta raro
Jaime Gazull, que en rima valentina
muestra el valor del vivo ingenio y claro
que á las más altas nubes se avecina;
y el Fenollar que á Tityro acomparo,
mi consagrado espíritu adevina,
que resonando aquí su dulce verso
se escuchará par todo el universo.
Con abundosos cantos del Pineda
resonarán también estas riberas,
con cuyos versos Pan vencido queda,
y amansan su rigor las tigres fieras;
hará que su famoso nombre pueda
subir á las altíssimas espheras:
por éste mayor honra haber espero,
que la soberbia Smyrna por Homero.
La suavidad, la gracia y el assiento
mirad con que el gravíssimo Vicente
Ferrandis mostrará el supremo aliento,
siendo en sus claros tiempos excelente:
pondrá freno á su furia el bravo viento,
y detendrán mis aguas su corriente
oyendo al son armónico y suave
de su gracioso verso, excelso y grave.
El cielo y la razón no han consentido,
que hable con mi estilo humilde y llano
del escuadrón intacto y elegido
para tener oficio sobrehumano,
Fernan, Sans, Valdellos y el escogido
Cordero, y Blasco ingenio soberano,
Gacet, lumbres más claras que la Aurora,
de quien mi canto calla por agora.
Cuando en el grande Borja, de Montesa
Maestre tan magnánimo imagino,
que en versos y en cualquier excelsa empresa
ha de mostrar valor alto y divino,
parésceme que más importa y pesa
mi buena suerte y próspero destino,
que cuanta fama el Tíber ha tenido,
por ser allí el gran Rómulo nascido.
A ti del mismo padre y mismo nombre
y misma sangre altíssima engendrado,
claríssimo Don Juan, cuyo renombre
será en Parnasso y Pindo celebrado,
pues ánimo no habrá que no se assombre
de ver tu verso al cielo levantado;
las Musas de su mano en Helicona
te están aparejando la corona.
Con sus héroes el gran pueblo Romano
no estuvo tan soberbio y poderoso,
cuanto ha de estar mi fértil suelo ufano,
cuando el magno Aguilón me hará dichoso,
que en guerra y paz consejo soberano,
verso subtil, y esfuerzo valeroso,
le han de encumbrar en el supremo estado
donde Maron ni Fabio no han llegado.
Al Seraphin centellas voy mirando,
que el canto altivo y militar destreza
á la región etérea sublimando,
al verso añadirá la fortaleza,
y en un extremo tal se irá mostrando
su habilidad, su esfuerzo y su nobleza,
que ya comienza en mí el dulce contento
de su valor y gran merescimiento.
A Don Luis Millán recelo y temo
que no podré alabar como deseo,
que en música estará en tan alto extremo,
que el mundo le dirá segundo Orpheo;
tendrá estado famoso, y tan supremo,
en las heroicas rimas, que no creo
que han de poder nombrársele delante
Cino Pistoya y Guido Cavalcante.
A tí, que alcanzarás tan larga parte
del agua poderosa de Pegaso,
á quien de poesía el estandarte
darán las moradoras de Parnasso,
noble Falcón, no quiero aquí alabarte,
porque de ti la fama hará tal caso,
que ha de tener particular cuidado
que desde el Indo al Mauro estés nombrado.
Semper loando el ínclito imperante
Carlos, gran rey, tan grave canto mueve,
que aunque la fama al cielo le levante,
será poco á lo mucho que le debe;
veréis que ha de passar tan adelante
con el favor de las hermanas nueve,
que hará con famosíssimo renombre
que Hesiodo en sus tiempos no se nombre.
Al que romanas leyes declarando,
y delicados versos componiendo,
irá al sabio Licurgo aventajando
y al veronés poeta antecediendo,
ya desde aquí le estoy pronosticando
gran fama en todo el mundo, porque entiendo
que cuando de Oliver se hará memoria
ha de callar antigua y nueva historia.
Nymphas, vuestra ventura conosciendo,
haced de interno gozo mil señales,
que casi ya mi espíritu está viendo
que aquí están dos varones principales:
el uno militar, y el otro haciendo
cobrar salud á míseros mortales,
Siurana y el Ardévol, que levantan
al cielo el verso altíssimo que cantan.
¿Queréis ver un juicio agudo y cierto
un general saber, un grave tiento?
¿queréis mirar un ánimo despierto,
un sossegado y claro entendimiento?
¿queréis ver un poético concierto,
que en fieras mueve blando sentimiento?
Phelippe Catalán mirad, que tiene
posessión de la fuente de Hipocrene.
Veréis aquí un ingenio levantado,
que gran fama ha de dar al campo nuestro,
de soberano espíritu dotado,
y en toda habilidad experto y diestro,
el Pellicer, doctísimo letrado,
y en los poemas único maestro,
en quien han de tener grado excessivo
grave saber y entendimiento vivo.
Mirad aquel, en quien pondrá su assiento
la rara y general sabiduría;
con este Orpheo muestra estar contento,
y Apolo influjo altíssimo le envía;
dale Minerva grave entendimiento,
Marte nobleza, esfuerzo y gallardía:
hablo del Romaní, que ornado viene
de todo lo mejor que el mundo tiene.
Dos soles nascerán en mis riberas
mostrando tanta luz como el del cielo;
habrá en un año muchas primaveras,
dando atavío hermoso el fértil suelo,
no se verán mis sotos y praderas
cubiertos de intractable y duro hielo,
oyéndose en mi selva ó mi vereda
los versos de Vadillo y de Pineda.
Los metros de Artieda y de Clemente
tales serán en años juveniles,
que los de quien presume de excelente,
vendrán á parescer bajos y viles:
ambos tendrán entre la sabia gente
ingenios sossegados y subtiles,
y prometernos han sus tiernas flores
fructos entre los buenos los mejores.
La fuente que á Parnasso hace famoso
será á Juan Pérez tanto favorable,
que de la Tana al Gange caudaloso
por siglos mil tendrá nombre admirable;
ha de enfrenarse el viento pressuroso,
y detenerse ha el agua deleznable,
mostrando allí maravilloso espanto
la vez que escucharán su grave canto.
Aquel, á quien de drecho le es debido
por su destreza un nombre señalado,
de mis sagradas Nymphas conoscido,
de todos mis pastores alabado,
hará un metro sublime y escogido,
entre los más perfectos estimado:
este será Almudévar, cuyo vuelo
ha de llegar hasta el supremo cielo.
En lengua patria hará clara la historia
de Nápoles el célebre Espinosa,
después de eternizada la memoria
de los Centellas, casa generosa,
con tan excelso estilo, que la gloria,
que le dará la fama poderosa,
hará que este poeta sin segundo
se ha de nombrar allá en el nuevo mundo.
Recibo un regalado sentimiento
en la alma de alegría enternescida,
tan sólo imaginando el gran contento
que me ha de dar el sabio Bonavida:
tan gran saber, tan grave entendimiento
tendrá la gente atónita y vencida,
y el verso tan sentido y elegante
se oirá desde Poniente hasta Levante.
Tendréis un Don Alfonso, que el renombre
de ilustres Rebolledos dilatando,
en todo el universo irá su nombre
sobre Maron famoso levantando;
mostrará no tener ingenio de hombre,
antes con verso altíssimo cantando,
parescerá del cielo haber robado
la arte subtil y espíritu elevado.
Por fin deste apacible y dulce canto,
y extremo fin de general destreza,
os doy aquel, con quien extraño espanto
al mundo ha de causar naturaleza;
nunca podrá alabarse un valor tanto,
tan rara habilidad, gracia, nobleza,
bondad, disposición, sabiduría,
fe, discreción, modestia y valentía.
Este es Aldana, el único Monarca,
que junto ordena versos y soldados,
que en cuanto el ancho mar ciñe y abarca,
con gran razón los hombres señalados
en gran duda pondrán, si él es Petrarca
ó si Petrarcha es él, maravillados
de ver que donde reina el fiero Marte,
tenga el facundo Apolo tanta parte.
Tras éste no hay persona á quien yo pueda
con mis versos dar honra esclarescida,
que estando junto á Phebo, luego queda
la más lumbrosa estrella escurecida,
y allende desto el corto tiempo veda
á todos dar la gloria merescida.
Adiós, adiós, que todo lo restante
os lo diré la otra vez que cante.
Este fué el canto del río Turia, al cual estuvieron muy atentos los pastores y Nymphas, ansí por su dulzura y suavidad, como por los señalados hombres que en él á la tierra de Valencia se prometían. Muchas otras cosas os podría contar, que en aquellos dichosos campos he visto; pero la pesadumbre que de mi prolijidad habéis recibido, no me da lugar á ello. Quedaron Marcelio y las pastoras con gran maravilla de lo que Clenarda les había contado, pero cuando llegó á la fin de su razón, vieron que estaban muy cerca del templo de Diana y comenzaron á descubrir sus altos chapiteles, que por encima de los árboles sobrepujaban. Mas antes que al gran palacio llegassen, vieron por aquel llano cogiendo flores una hermosa Nympha, cuyo nombre, y lo que de su vista sucedió, sabréis en el libro que se sigue.
Fin del libro tercero.
LIBRO CUARTO
DE DIANA ENAMORADA
Grandes son las quejas que los hombres dan ordinariamente de la Fortuna; pero no serían tantas ni tan ásperas si se tuviesse cuenta con los bienes que muchas veces nos vienen de sus mudanzas. El que estando en ruin estado huelga que la fortuna se mude, no tiene mucha razón de increparla y afrentarla con el nombre de mudable cuando algún contrario sucesso le acontesce. Mas pues ella en el bien y en el mal tiene por tan natural la inconstancia, lo que toca al hombre prudente es no vivir confiado en la possessión de los bienes ni desesperado en el sufrimiento de los males: antes vivir con tanta prudencia que se passen los deleites como cosa que no ha de durar, y los tormentos como cosa que puede ser fenescida. De semejantes hombres tiene Dios particular cuidado, como del triste y congojado Marcelio, librándole de su necessidad por medio de la sapientíssima Felicia, la cual, como con su espíritu adevinasse que Marcelio, Diana y los otros venían á su casa, hizo de manera que aquella hermosa Nympha saliesse en aquel llano para que les diesse ciertas nuevas y sucediessen cosas que con su extraña sabiduría vió que mucho convenían. Pues como Marcelio y los demás llegassen donde la Nympha estaba, saludáronla con mucha cortesía, y ella les respondió con la misma. Preguntóles para dónde caminaban, y dijéronle que para el templo de Diana. Entonces Arethea, que este era el nombre de la Nympha, les dijo: Según en vuestra manera mostráis tener mucho valor, no podrá dejar Felicia, cuya Nympha soy, de holgar con vuestra compañía. Y pues ya el sol está cercano del occaso, volveré con vosotros allá, donde seréis recebidos con la fiesta possible. Ellos le agradescieron mucho las amorosas ofertas, y juntamente con ella caminaron hacia el templo. Grande esperanza recibieron de las palabras desta Nympha, y aunque Polydoro y Clenarda habían estado en la casa de Felicia, no la conoscían ni se acordaban habella visto. Esto era por la muchedumbre de Nymphas que tenía la sabia, las cuales obedesciendo su mandado entendían en diversos hechos en diferentes partes. Por esso le preguntaron su nombre, y ella dijo que se llamaba Arethea. Diana le preguntó qué había de nuevo en aquellas partes, y ella respondió: Lo que más nuevo hay por acá es que habrá dos horas que llegó á la casa de Felicia una dama en hábito de pastora, que vista por un hombre anciano que allí hay fué conoscida por su hija, y como había mucho tiempo que andaba perdida por el mundo, fué tanto el gozo que recibió, que ha redundado en cuantos están en aquella casa. El nombre del viejo, si bien me acuerdo, es Eugerio, y el de la hija Alcida. Marcelio oyendo esto quedó tal como un discreto puede presumir, y dijo: ¡Oh venturosos trabajos los que alcanzan fin con tan próspera ventura! ¡Ay, ay! y queriendo passar adelante se le añudó el corazón y se le travó la lengua, cayendo en el suelo desmayado. Diana, Ismenia y Clenarda, sentándose cabe él, le esforzaron y le dijeron palabras para dalle ánimo. Y ansí tornando luego en sí, se levantó. No se holgaron poco Polydoro y Clenarda con semejante nueva, viendo que sus desventuras con la venida de su hermana Alcida habían de acabarse; y Diana y Ismenia también recibieron grande alegría, assí por la que sus compañeros tenían, como por la que ellas esperaban de mano de la que sabía hacer tales maravillas. Diana, por saber algo de Syreno, á la Nympha preguntó assí: Nympha hermosa, gran confianza me distes de contento con decirme el que hay en el palacio de Felicia por la venida de Alcida, pero más cumplido le recibiré si me contáis los pastores más señalados que en ella están. Respondió entonces Arethea: Muchos pastores hallaréis allí de singular merescimiento; pero los que agora se me acuerdan son Sylvano y Selvagia, Arsileo y Belisa, y un pastor, el más principal de todos, llamado Syreno, de cuyas habilidades hace Felicia mucho caso; mas tiene un ánimo tan enemigo de Amor, que á cuantos están allí tiene maravillados. De la mesma condición es Alcida, tanto que después que ella ha llegado, los dos no se han partido, tratando del olvido y platicando cosas de desamor. Y ansí tengo por muy cierto que Felicia los hizo venir á su casa para casallos, pues son entrambos de un mesmo parescer, y están sus ánimos en las condiciones tan avenidos, que aunque él es pastor y ella dama, puede Felicia añadirle á él más valor del que tiene, dándole muchíssima riqueza y sabiduría, que es la verdadera nobleza. Y prosiguiendo su razon Arethea, vuelta á Marcelio dijo: Por esso tú, pastor, pues ves tu bien en peligro de venir á manos ajenas, no te detengas un punto, que si llegas á tiempo podrás hurtarle la ventura á Syreno. Diana, después de haber oído estas palabras, sintió bravíssima pena, y la señalara con voces y lágrimas si la vergüenza y la honestidad no se lo impidieran. El mesmo dolor, y por la mesma causa, sintió Marcelio, y quedó dél tan atormentado que pensó morirse, haciendo grandíssimos extremos: de manera que un mesmo cuchillo travessó los corazones de Marcelio y Diana, y un mesmo recelo les fatigó las almas. Marcelio temía el casamiento de Alcida con Syreno y Diana el de Syreno con Alcida. La hermosa Nympha bien conocía á Marcelio y Diana y todos los demás; pero por orden sapientíssima, que Felicia les había dado, había dissimulado con ellos y había dicho una verdad, para darle á Marcelio una no pensada alegría, y una mentira para más avivar su deseo y el de Diana, y para que con esta amargura después les fuessen más dulces los placeres que allí habían de recebir. Llegados ya á una plaza ancha y hermosíssima, que está delante la puerta de aquel palacio, vieron salir por ella una venerable dueña con una saya de terciopelo negro, tocada con unos largos y blancos velos, acompañada de tres hermosíssimas Nymphas, representando una honestíssima Sibila. Esta era la sabia Felicia, y las Nymphas eran Dorida, Cynthia y Polydora. Llegando Arethea delante su señora, avisada primero su compañía cómo aquélla era Felicia, se le arrodilló á sus pies y le besó las manos, y lo mesmo hicieron todos. Mostró Felicia tener gran contento de su venida, y con gesto muy alegre les dijo: Preciados caballeros, dama y pastoras señaladas, aunque es muy grande el placer que tengo de vuestra llegada, no será menor el que recibiréis de mi vista. Mas porque venís algo fatigados id á tomar descanso y olvidad vuestro tormento, pues lo primero no podrá faltaros en mi casa y lo segundo con mi poderoso saber será presto remediado. Mostraron todos allí muchas señales y palabras de agradescimiento, y al fin dellas se despidieron de Felicia. Hizo la sabia que Polydoro y Clenarda quedassen allí diciendo tener que hablar con ellos; y los demás, guiados por Arethea, se fueron á un aposento del rico palacio, donde fueron aquella noche festejados y proveídos de lo que convenía para su descanso. Era esta casa tan sumptuosa y magnífica, tenía tanta riqueza, era poblada de tantos jardines, que no hay cosa que de gran parte se le pueda comparar. Mas no quiero detenerme en contar particularmente su hermosura y riqueza, pues largamente fué contada en la primera parte. Sólo quiero decir que Marcelio, Diana y Ismenia fueron aposentados en dos piezas del palacio entapizadas con paños de oro y seda ricamente labrados, cosa no acostumbrada para las simples pastoras. Fueron allí proveídos de una abundante y delicada cena, servidos con vasos de oro y de cristal, y al tiempo de dormir se acostaron en tales camas, que aunque los cuerpos de sus penas y cansancios venían fatigados, la blandura y limpiezas dellas y la esperanza que Felicia les había dado les convidó á dulce y reposado sueño. Por otra parte, Felicia en compañía de sus tres Nymphas, y de Polydoro y Clenarda; y avisándoles que no dijessen nada de la venida de Marcelio, Diana é Ismenia, fué á un ameníssimo jardín, donde vieron que en un corredor Eugerio con su hija Alcida estaba passeando. Don Félix y Felismena, Syreno, Sylvano y Selvagia, Arsileo y Belisa y otro pastor estaban más apartados sentados en torno de una fuente. Estaba aún Alcida con los mismos vestidos de pastora con que aquel día había llegado, pero luego por sus hermanos fué conoscida. La alegría que todos tres hermanos recibieron de verse juntos, y la que el padre tuvo de ver á sí y á ellos con tanto contento, el gozo con que se abrazaron, las lágrimas que vertieron, las razones que passaron y las preguntas que se hicieron, no se pueden con palabras declarar. Grandes fiestas hizo Alcida á los hermanos, pero muchas más á Polydoro que á Clenarda, por la presumpción que tenía que con Marcelio se había ido, dejándola en la desierta isla, como habéis oído. Pero queriendo Felicia aclarar estos errores y dar fin á tantas desdichas, habló ansí: Hermosa Alcida, por más que la fortuna con desventuras muy grandes se ha mostrado tu enemiga, no negarás que con el contento que agora tienes, de todas sus injurias no estés cumplidamente vengada. Y porque el engaño, que hasta agora tuviste, aborresciendo sin razón á tu Marcelio, si vives más en él, es bastante para alterar tu corazón y darle mucho desabrimiento, será menester que de tu error y sospecha quedes desengañada. Lo que de Marcelio presumes es al revés de lo que piensas: porque dejarte allí en la isla no fué culpa suya, sino de un traidor y de la fortuna. La cual, por satisfacer el daño que te hizo, te ha encaminado á mí, en cuya boca no hallarás cosa ajena de verdad. Todo lo que acerca desto passa, tu hermana Clenarda largamente lo dirá; oye su razón y da crédito á sus palabras, que por mí te juro que cuantas cosas sobre ello te contará serán certíssimas y verdaderas. Comenzó entonces Clenarda á contar el caso como había passado, desculpando á Marcelio y á sí, recitando largamente la grande traición y maldad de Bartofano y todo lo demás que está contado. Oído lo cual, Alcida quedó muy satisfecha, y junto con el engaño salió de su corazón el aborrescimiento. Y tanto por estar fuera del error passado como por la obra que las poderosas palabras de Felicia hacían en su alma, comenzó á despertarse en ella el adormido amor y avivarse el sepultado fuego, y como tal le dijo á Felicia: Sabia señora, bien conozco el yerro mío y la merced que me heciste en librarme dél, pero si yo desengañada amo á Marcelio, estando él ausente como está, no tendré el cumplimiento de alegría que de tu mano espero, antes recibiré tan extremada pena, que para el remedio della será menester que me hagas nuevos favores. Respondió á esto Felicia: Buena señal es de amor tener miedo de la ausencia; pero ésta no tardará mucho, pues yo tomé á cargo tu salud. El sol ya sus rayos ha escondido, y es hora de recogerse; vete con tu padre y hermanos á reposar, que mañana hablaremos en lo demás. Dicho esto se salió del jardín, y lo mesmo hicieron Eugerio y sus hijas, yendo á los aposentos del palacio que Felicia les tenía señalados, que estaban apartados de los de Marcelio y sus compañeras. Quedaron un rato Don Félix y Felismena, los otros pastores y pastoras en torno de la fuente; pero luego se fueron á cenar dejando concertado de volver allí al día siguiente, una hora antes del día, para gozar de la frescura de la mañana. Pues como la esperanza del placer les hiciesse passar la noche con cuidado, todos madrugaron tanto que antes de la hora concertada acudieron con sus instrumentos á la fuente. Eugerio, con el hijo y hijas, avisado de la música, madrugó, y fué también allá. Comenzaron á tañer, cantar y mover grandes juegos y bullicios á la lumbre de la Luna, que con lleno y resplandeciente gesto los alumbraba como si fuera día. Marcelio, Diana y Ismenia dormían en dos aposentos, el uno al lado del otro, cuyas ventanas daban en el jardín. Y aunque por ellas no podían ver la fuente, á causa de unos espessos y altos álamos que lo estorbaban, pero podían oir lo que en torno della se hablaba. Pues como al bullicio, regocijo y cantares de los pastores Ismenia recordasse, despertó á Diana, y luego Diana dando golpes en la pared que los dos aposentos dividía, despertó á Marcelio, y todos se asomaron á las ventanas, donde estuvieron sin ser vistos ni conoscidos. Marcelio se paró á escuchar si por ventura sentiría la voz de Alcida. Diana estaba muy atenta por oir la de Syreno. Sola Ismenia no tenía confianza de oir á Montano, pues no sabía que allí estuviesse. Pero ella tuvo más ventura, porque á la sazón un pastor al son de su zampoña cantaba deste modo:
Sextina.
La hermosa, rubicunda y fresca Aurora
ha de venir tras la importuna noche;
sucede á la tiniebla el claro día,
las Nymphas salirán al verde prado,
y el aire sonará el suave canto,
y dulce son de cantadoras aves.
Yo soy menos dichoso que las aves
que saludando están la alegre Aurora,
mostrando allí regocijado canto;
que al alba triste estoy como la noche,
ó esté desierto ó muy florido el prado,
ó esté ñubloso ó muy sereno el día.
En hora desdichada y triste día
tan muerto fuí, que no podrán las aves,
que en la mañana alegran monte y prado,
ni el rutilante gesto de la Aurora
de mi alma desterrar la escura noche,
ni de mi pecho el lamentable canto.
Mi voz no mudará su triste canto,
ni para mí jamás será de día;
antes me perderé en perpetua noche,
aunque más canten las parleras aves
y más madrugue la purpúrea Aurora
para alumbrar y hacer fecundo el prado.
¡Ay, enfadosa huerta! ¡Ay, triste prado!
pues la que oir no puede este mi canto,
y con rara beldad vence la Aurora,
no alumbra con su gesto vuestro día;
no me canséis ¡ay! importunas aves,
porque sin ella vuestra Aurora es noche.
En la quieta y sossegada noche,
cuando en poblado, monte, valle y prado
reposan los mortales y las aves,
esfuerzo más el congojoso canto,
haciendo lloro igual la noche y día,
en la tarde, en la siesta y en la Aurora.
Sola una Aurora ha de vencer mi noche,
y si algún día ilustrará este prado,
darme ha contento el canto de las aves.
Luego Ismenia, que por la ventana estuvo escuchando, conosció que el que cantaba era su esposo Montano, y recibió tanto gozo de oirle, como dolor en sentir lo que cantaba. Porque presumió que la pena de que en su canción decía estar atormentado era por otra y no por ella. Pero luego quedó desengañada, porque oyó que en acabando de cantar Montano dió un suspiro, y dijo: ¡Ay, fatigado corazón, cuán mal te fué en dar crédito á tu sospecha y cuán justamente padesces los males que tu misma liviandad te ha procurado! ¡Ay, mi querida Ismenia, cuánto mejor fuera para mí que tu sobrado amor no te forzara á buscarme por el mundo, para que cuando yo, conoscido mi error, á la aldea volviera, en ella te hallara! ¡Ay, engañosa Sylveria, cuán mala obra heciste al que de su niñez te las hizo tan buenas! Mas yo te agradesciera el desengaño que después me diste declarándome la verdad, si no llegara tan tarde, que no aprovecha sino para mayor pena. Ismenia, oído esto, se tuvo por bienaventurada, y recibió tanto gozo que no se puede imaginar. Las lágrimas le salieron por los ojos de placer, y como aquélla que vió cercana la fin de sus fatigas, dijo: Ciertamente ha llegado el tiempo de mi ventura, verdaderamente esta casa es hecha para remedio de penados. Marcelio y Diana se holgaron en extremo de la alegría de Ismenia, y tuvieron esperanza de la suya. Quería Ismenia en todo caso salir de su aposento y bajar al jardín, y al tiempo que Marcelio y Diana la detenían, paresciéndoles que debía esperar la voluntad de Felicia, oyeron nuevos cantos en la fuente, y conosció Diana que eran de Syreno; Ismenia y todos se sosegaron, por no estorbar á Diana el oir la voz de su amado, y sintieron que decía ansí:
SYRENO
Goce el amador contento
de verse favorescido;
yo con libre pensamiento
de ver ya puesto en olvido
todo el passado tormento.
Que tras mucho padescer,
los favores de mujer
tan tarde solemos vellos,
que el mayor de todos ellos
es no haberlos menester.
A Diana regraciad,
ojos, todo el bien que os vino;
vida os dió su crueldad,
su desdén abrió el camino
para vuestra libertad.
Que si penando por ella
fuera tres veces más bella,
y en todo extremo me amara,
tan contento no quedara
como estoy de no querella.
Vea yo, Diana, en tí
un dolor sin esperanza,
hiérate el Amor ansí,
que yo en ti tenga venganza
de la que tomaste en mí.
Porque sería tan fiero
á tu dolor lastimero,
que si allí á mis pies tendida
me demandasses la vida,
te diría que no quiero.
Dios ordene que, pastora,
tú me busques, yo me asconda
tú digas: «Mírame agora»,
y que yo entonces responda:
«Zagala, vete en buena hora».
Tú digas: «Yo estoy penando
y tú me vas desechando,
¿qué novedad es aquesta?»
y yo te dé por respuesta
irme y dejarte llorando.
Si lo dudas, yo te ofrezco
que esto y aún peor haré
que por ti ya no padezco,
porque tanto no te amé
cuanto agora te aborrezco.
Y es bien que te eche en olvido
quien por ti tan loco ha sido,
que de haberte tanto amado,
estuvo entonces penado
y agora queda corrido.
Porque los casos de amores
tienen tan triste ventura,
que es mejor á los pastores
gozar libertad segura
que aguardar vanos favores.
¡Oh Diana, si me oyesses
para que claro entendiesses
lo que siente el alma mía!
que mejor te lo diría,
cuando presente estuviesses.
Pero mejor será estarte
en lugar de mí apartado,
porque perderé gran parte
del placer de estar vengado
con el pesar de mirarte.
No te vea yo en mis días,
porque á las entrañas mías
les será dolor más fiero
verte cuando no te quiero
que cuando no me querías.
Acontecióle á Diana como á los que acechan su mesmo mal, pues de oir los reproches y determinaciones de Syreno sintió tanto dolor, que no me hallo bastante para contarle, y tengo por mejor dejarle al juicio de los discretos. Basta saber que pensó perder la vida y fué menester que Ismenia y Marcelio la consolassen y esforzassen con las razones que á tan encarecida pena eran suficientes; y una dellas fué decirle que no era tan poca la sabiduría de Felicia, en cuya casa estaban, que á mayores males no hubiesen dado remedio, según en Ismenia desdeñada de Montano poco antes se había mostrado. Con lo cual Diana un tanto se consoló. Estando en estas pláticas, comenzando ya la dorada Aurora á descubrirse, entró por aquella cámara la Nympha Arethea, y con gesto muy apacible les dijo: Preciados caballeros y hermosas pastoras, tan buenos y venturosos días tengáis como á vuestro merescimiento son debidos. La sabia Felicia me envía acá para que sepa si os hallasteis esta noche con más contento del acostumbrado y para que vengáis comigo al ameno jardín, donde tiene que hablaros. Mas conviene que tú, Marcelio, dejes el hábito de pastor, y te vistas estas ropas que aquí te traigo, á tu estado pertenecientes. No esperó Ismenia que Marcelio respondiesse de placer de la buena nueva, sino que dijo: Los buenos y alegres días, venturosa Nympha, que con tu vista nos diste, Dios por nosotros te lo pague, pues nosotros no bastamos á satisfacer por tanta deuda. El contento que de nosotros quieres saber, con sólo estar en esta casa sería muy grande, cuanto más que habernos sido esta mañana en ella tan dichosos, que yo he cobrado vida y Marcelio y Diana esperanza de tenella. Mas porque á la voluntad de tan sabia señora como Felicia en todo se obedezca, vamos al jardín donde dices, y ordene Felicia de nosotros á su contento. Tomó entonces Arethea de las manos de otra Nimpha que con ella venía las ropas que Marcelio había de ponerse, y de su mano le ayudó á vestirlas, y eran tan ricas y tan guarnecidas de oro y piedras preciosas, que tenían infinito valor. Salieron de aquella cuadra, y siguiendo todos á Arethea, por una puerta del palacio entraron al jardín. Estaba este vergel por la una parte cerrado con la corriente de un caudaloso rio; tenía á la otra parte los sumptuosos edificios de la casa de Felicia, y las otras dos partes unas paredes almenadas cubiertas de jazmín, madreselva y otras hierbas y flores agradables á la vista. Pero de la amenidad deste lugar se trató abundantemente en el cuarto libro de la primera parte. Pues como entrassen en él, vieron que Sylvano y Selvagia, apartados de los otros pastores, estaban en un pradecillo que junto á la puerta estaba. Allí Arethea se despidió de ellos, diciéndoles que aguardassen allí á Felicia, porque ella había de volver al palacio para dalle razón de lo que por su mandado había hecho. Sylvano y Selvagia, que allí estaban, conoscieron luego á Diana y se maravillaron de vella. Conosció también Selvagia á Ismenia, que era de su mismo lugar, y ansí se hicieron grandes fiestas y se dieron muchos abrazos, alegres de verse en tan venturoso lugar, después de tan largo tiempo. Selvagia entonces con faz regocijada les dijo: Bien venida sea la bella Diana, cuyo desamor dió ocasión para que Sylvano fuesse mío, y bien llegada la hermosa Ismenia, que con su engaño me causó tanta pena, que por remedio della vine aquí, donde la troqué con un feliz estado. ¿Qué buena ventura aquí os ha encaminado? La que recebimos, dijo Diana, de tu vista, y la que esperamos de la mano de Felicia. ¡Oh, dichosa pastora, cuán alegre estoy del contento que ganaste! Hágate Dios de tan próspera fortuna, que goces de él por muchíssimos años. Marcelio en estas razones no se travesó porque á Sylvano y Selvagia no conoscía. Pero en tanto que los pastores estaban entendiendo en sus pláticas y cortesías, estuvo mirando un caballero y una dama que, travados de las manos, con mucho regocijo por un corredor del jardín iban passeando. Contentóse de la dama, y le dió el espíritu que otras veces la había visto. Pero por salir de duda, llegándose á Sylvano le dijo: Aunque sea descomedimiento estorbar vuestra alegre conversación, querría, pastor, que me dijesses, quién son el caballero y dama que por allí passean. Aquellos son, dijo Sylvano, Don Felix y Felixmena, marido y mujer. A la hora Marcelio, oído el nombre de Felixmena, se alteró y dijo: Dime, ¿cúya hija es Felixmena? ¿y dónde nasció? si acaso lo sabes, porque de Don Felix no tengo mucho cuidado. Muchas veces le oí contar, respondió Sylvano, que su tierra era Soldina, ciudad de la provincia Vandalia, su padre Andronio y su madre Delia. Mas haced placer de decirme quién sois y por qué causa me haceis semejante pregunta. Mi nombre, respondió Marcelio, y todo lo demás lo sabrás después. Pero por me hacer merced, que, pues tienes conoscencia con esse Felix y Felixmena, les digas que me den licencia para hablarles, porque quiero preguntarles una cosa de que pueda resultar mucho bien y alegría para todos. Pláceme, dijo Sylvano, y luego se fué para Don Felix y Felixmena, y les dijo que aquél caballero que allí estaba quería, si no les era enojoso, tratar con ellos ciertas cosas. No se detuvieron un punto, sino que vinieron donde Marcelio estaba. Después de hechas las debidas cortesías, dijo Marcelio, hablando contra Felixmena: Hermosa dama, á este pastor pregunté si sabía tu tierra y tus padres, y me dijo lo que acerca dello por tu relación sabe; y porque conozco un hombre que es natural de la misma ciudad, que, si no me engaño, es hijo de un caballero cuyo nombre se paresce al de tu padre, te suplico me digas si tienes algún hermano y cómo se nombra, porque quizás es éste que yo conozco. A esto Felixmena dió un suspiro y dijo: ¡Ay, preciado caballero, cómo me tocó en el alma tu pregunta! Has de saber que yo tuve un hermano, que él y yo nascimos de un mesmo parto. Siendo de edad de doce años, le envió mi padre Andronio á la corte del rey de lusitanos, donde estuvo muchos años. Esto es lo que yo sé dél, y lo que una vez conté á Sylvano y Selvagia, que son presentes en la fuente de los alisos, después que libré unas Nymphas y maté ciertos salvajes en el prado de los laureles. Después acá no he sabido otra cosa dél sino que el rey le envió por capitán en la costa de Africa, y como yo tanto tiempo ha que ando por el mundo, siguiendo mis desventuras, no sé si es muerto ni vivo. Marcelio entonces no pudo detenerse más, sino que dijo: Muerto he sido hasta agora, hermana Felixmena, por haber carescido de tu vista, y vivo de hoy en adelante, pues he sido venturoso de verte. Y diciendo esto, estrecha y amorosamente la abrazó. Felixmena, reconosciendo el gesto de Marcelio, vió que era aquel mesmo que ella desde su niñez tenía pintado en la memoria, y cayó luego en la cuenta que era su proprio hermano. Fué grande el regocijo que passó entre los hermanos y cuñado, y grande el placer que sintieron Sylvano y las pastoras de verlos tan contentos. Allí se dijeron amorosas palabras, allí se derramaron tristes lágrimas, allí se hicieron muchas preguntas, allí se prometieron esperanzas, allí se hicieron determinaciones, y se hablaron y hicieron cosas de mucho descanso. Gastaron en esto larga una hora, y aun era poco, según lo mucho que después de tan larga ausencia tenían que tratar. Mas para mejor y con más sossiego entender en ello, se assentaron en aquel pradecillo, bajo de unos sauces, cuyos entretejidos ramos hacían estanza sombría y deleitosa, defendiéndolos del radiante sol, que ya con algún ardor assomaba por el hemispherio.
En tanto que Marcelio, Don Felix, Felixmena, Sylvano y las pastoras entendían en lo que tengo dicho, al otro cabo del jardín, junto á la fuente estaban, como tengo dicho, Eugerio, Polydoro, Alcida y Clenarda. Alcida aquél día había dejado las ropas de pastora por mandato de Felicia, vistiéndose adrezándose ricamente con los vestidos y joyeles que para ello le mandó dar. Pues como allí estuviessen también Syreno, Montano, Arsileo y Belisa cantando y regocijándose, holgaban mucho Eugerio y sus hijos de escucharlos. Y lo que más les contentó fué una canción que Syreno y Arsileo cantaron el uno contra y el otro en favor de Cupido. Porque cantaron con más voluntad, con esperanza de una copa de cristal que Eugerio al que mejor paresciese había prometido. Y ansí Syreno al son de su zampoña, y Arsileo de un rabel, comenzaron deste modo:
SYRENO
Ojos, que estáis ya libres del tormento,
con que mi estrella pudo enbelesaros,
¡oh, alegre! ¡oh, sossegado pensamiento!
¡oh, esquivo corazón!, quiero avisaros,
que pues le dió á Diana descontento
veros, pensar en vos y bien amaros,
vuestro consejo tengo por muy sano
de no mirar, pensar ni amar en vano.
ARSILEO
Ojos, que mayor lumbre habéis ganado
mirando el sol que alumbra en vuestro día,
pensamiento en mil bienes ocupado,
corazón, aposento de alegría:
sino quisiera verme, ni pensado
hubiera en me querer, Belisa mía,
tuviera por dichosa y alta suerte
mirar, pensar y amar hasta la muerte.
Ya quería Syreno replicar á la respuesta de Arsileo, cuando Eugerio le atajó y dijo: Pastores, pues habéis de recebir el premio de mi mano, razón será que el cantar sea de la suerte que á mi más me contenta. Canta tú primero, Syreno, todos los versos que tu Musa te dictare, y luego tú, Arsileo, dirás otros tantos ó los que te paresciere. Plácenos, dijeron, y Syreno comenzó assí:
SYRENO
Alégrenos la hermosa primavera,
vístase el campo de olorosas flores,
y reverdezca el valle, el bosque y el prado.
Las reses enriquezcan los pastores,
el lobo hambriento crudamente muera,
y medre y multiplíquese el ganado.
El río apressurado
lleve abundancia siempre de agua clara;
y tú, Fortuna avara,
vuelve el rostro de crudo y variable
muy firme y favorable;
y tú, que los espíritus engañas,
maligno Amor, no aquejes mis entrañas.
Deja vivir la pastoril llaneza
en la quietud de los desiertos prados,
y en el placer de la silvestre vida.
Descansen los pastores descuidados,
y no pruebes tu furia y fortaleza
en la alma simple, flaca y desvalida.
Tu llama esté encendida
en las soberbias cortes, y entre gentes
bravosas y valientes;
y para que gozando un dulce olvido,
descanso muy cumplido
me den los valles, montes y campañas,
maligno Amor, no aquejes mis entrañas.
¿En que ley hallas tú que esté sujeto
á tu cadena un libre entendimiento
y á tu crueldad una alma descansada?
¿En quien más huye tu áspero tormento,
haces, inicuo Amor, más crudo efecto?
¡oh, sinrazón jamás acostumbrada!
¡Oh, crüeldad sobrada!
¿No bastaría, Amor, ser poderoso,
sin ser tan riguroso?
¿no basta ser señor, sino tirano?
¡Oh, niño ciego y vano!
¿por qué bravo te muestras y te ensañas,
con quien te da su vida y sus entrañas.
Recibe engaño y torpemente yerra
quien Dios te nombra, siendo cruda llama,
ardiente, embravescida y furiosa.
Y tengo por más simple el que te llama
hijo de aquella Venus, que en la tierra
fue blanda, regalada y amorosa.
Y á ser probada cosa
que ella pariesse un hijo tan malino,
yo digo y determino
que en la ocasión y causa de los males
entrambos sois iguales:
ella, pues te parió con tales mañas,
y tú, pues tanto aquejas las entrañas.
Las mansas ovejuelas van huyendo
los carniceros lobos, que pretenden
sus carnes engordar con pasto ajeno.
Las benignas palomas se defienden
y se recogen todas en oyendo
el bravo son del espantoso trueno.
El bosque y prado ameno,
si el cielo el agua clara no le envía,
la pide á gran porfía,
y á su contrario cada cual resiste;
sólo el amante triste
sufre su furia y ásperas hazañas,
y deja que deshagas sus entrañas.
Una passión que no puede encubrirse,
ni puede con palabras declararse,
y un alma entre temor y amor metida.
Un siempre lamentar sin consolarse,
un siempre arder, y nunca consumirse,
y estar muriendo, y no acabar la vida.
Una passión crescida,
que passa el que bien ama estando ausente,
y aquel dolor ardiente,
que dan los tristes celos y temores,
estos son los favores,
Amor, con que las vidas acompañas,
perdiendo y consumiendo las entrañas.
Arsileo, acabada la canción de Syreno, comenzó á tañer su rabel, y después de haber tañido un rato, respondiendo particularmente á cada estanza de su competidor, cantó desta suerte:
ARSILEO
Mil meses dure el tiempo que colora,
matiza y pinta el seco y triste mundo,
renazcan hierbas, hojas, frutas, flores.
El suelo estéril hágase fecundo.
Ecco, que en las espessas sylvas mora,
responda á mil cantares de pastores.
Revivan los amores,
que el enojoso hibierno ha sepultado;
y porque en tal estado
mi alma tenga toda cumplimiento
de gozo y de contento,
pues las fatigas ásperas engañas,
benigno Amor, no dejes mis entrañas.
No presumáis, pastores, de gozaros
con cantos, flores, ríos, primaveras,
si no está el pecho blando y amoroso.
¿A quién cantáis canciones placenteras?
¿á qué sirve de flores coronaros?
¿cómo os agrada el río caudaloso
ni el tiempo deleitoso?
Yo á mi pastora canto mis amores,
y le presento flores,
y assentando par della en la ribera
gozo la primavera,
y pues son tus dulzuras tan extrañas,
benigno Amor, no dejes mis entrañas.
La sabia antigüedad Dios te ha nombrado,
viendo que con supremo poderío
siempre ejecutas hechos milagrosos.
Por ti está un corazón ardiente y frío,
por ti se muda el torpe en avisado,
por ti los flacos tornan animosos.
Los dioses poderosos
en aves y alimañas convertidos,
y reyes sometidos
á la fueza de un gesto y de unos ojos,
han sido los despojos
de tus proezas é ínclitas hazañas,
con que conquistas todas las entrañas.
Vivía en otro tiempo en gran torpeza
con simple y adormido entendimiento,
en codiciosos tratos ocupado.
Del dulce amor no tuve sentimiento
ni en gracia, habilidad y gentileza,
era de las pastoras alabado.
Agora coronado
estoy de mil victorias alcanzadas
en luchas esforzadas,
en tiros de la honda muy certeros,
y en cantos placenteros,
después que tú ennoblesces y acompañas,
benigno Amor, mi vida y mis entrañas.
¿Qué mayor gozo puede recebirse,
que estar la voluntad de amor cautiva
y á él los corazones sometidos?
Que aunque algunos ratos se reciba
algún simple disgusto, ha de sufrirse
á vueltas de mil bienes escogidos.
Si viven afligidos
los tristes sin ventura enamorados
de estar atormentados,
echen la culpa al Tiempo y la Fortuna,
y no den queja alguna
contra ti, Amor, que con benignas mañas
tiernas y blandas haces las entrañas.
Mirad un gesto hermoso, y lindos ojos,
que imitan dos claríssimas estrellas:
que al alma envían lumbre esclarescida.
El contemplar la perfección de aquellas
manos, que dan destierro á los enojos,
de quien en ellas puso gloria y vida.
Y la alegría crescida,
que siente el que bien ama y es amado,
y aquel gozo sobrado
de tener mi pastora muy contenta,
lo tengo en tanta cuenta,
que aunque á veces te arrecias y te ensañas,
Amor, huelgo que estés en mis entrañas.
A todos generalmente fueron muy agradables las canciones de los pastores. Pero viniendo Eugerio á dar el prez al que mejor había cantado, no supo tan presto determinarse. Apartó á una parte á Montano para tomar su voto, y lo que á Montano le paresció fué, que tan bien había cantado el uno como el otro. Vuelto entonces Eugerio á Syreno y Arsileo, les dijo: Habilíssimos pastores, mi parescer es que fuisteis iguales en la destreza y sin igual en todas estas partes, y aunque el antiguo Palemón resuscitasse, no hallaría mejoría entre vuestras habilidades. Tú, Syreno, eres digno de la copa de cristal, y tú también, Arsileo, la meresces. De manera que sería haceros agravio, señalar á nadie vencedor ni vencido. Pues resolviéndome con el parescer de Montano, digo que tú, Syreno, tomes la copa cristalina, y á tí, Arsileo, te doy esta otra de Calcedonia, que no vale menos. A entrambos os doy copas de un mesmo valor, entrambas de la vajilla de Felicia, y á mí por su liberalidad presentadas. Los pastores quedaron muy satisfechos del prudente juicio y de los ricos premios del liberal Eugerio, y por ello le hicieron muchas gracias. A esta sazón Alcida, acordándose del tiempo passado, dijo: Si el error, que tanto tiempo me ha engañado, hasta agora durara, no consintiera yo que Arsileo llevara premio igual con el de Syreno. Mas agora que estoy libre dél, y captiva del amor de Marcelio mi esposo, por la pena que me da su ausencia, estoy bien con lo que cantó Syreno, y por el deleite que espero alabo la canción de Arsileo. ¡Mas ay, descuidado Syreno! guarda no sean las quejas que tienes de Diana semejantes á las que tuve yo de Marcelio, porque no te pese, como á mí, del aborrescimiento. Sonrióse á esto Syreno, y dijo: ¿Qué más justas quejas se pueden tener de una pastora que después de haberme dejado tomar un desastrado por marido? Respondió entonces Alcida: Harto desastrado ha sido él, después que á mí me vido, y porque viene á propósito, quiero contarte lo que ayer, estorbada por Felicia, no pude decirte, cuando hablábamos en las cosas de Diana. Y esto á fin que deseches el olvido, sabiendo la desventura que mi desamor le causó al malaventurado Delio. Ya te dije cómo estuve hablando y cantando con Diana en la fuente de los alisos, y cómo llegó allí el celoso Delio, y luego tras él, en hábito de pastor, el congojado Marcelio, de cuya vista quedé tan alterada, que di á huir por una selva. Lo que después me acontesció fué, que cuando llegué á la otra parte del bosque, sentí de muy lejos una voz que decía muchas veces: Alcida, Alcida, espera, espera. Pensé yo que era Marcelio, que me seguía, y por no ser alcanzada, con más ligera corrida iba huyendo. Pero por lo que después sucedió, supe que era Delio, marido de Diana, que tras mi corriendo venía. Porque, como yo de haber corrido mucho, viniesse á cansarme, hube de ir tan á espacio, que llegó en vista de mí. Conoscíle y paréme, para ver lo que quería, no pensando la causa de su venida, y él, cuando me estuvo delante, fatigado del camino y turbado de su congoja, no pudo hablarme palabra. Al fin, con torpes y desbaratadas razones me dijo que estaba enamorado de mí, y que le quisiesse bien, y no sé qué otras cosas me dijo, que mostraron su poco caudal. Yo reíme dél, á decir la verdad, y con las razones que supe decirle, procuré de consolarle, y hacerle olvidar su locura, pero nada aprovechó, porque cuanto más le dije, más loco estaba. Por mi fe te juro, pastor, que no vi hombre tan perdido de amores en toda mi vida. Pues como yo prosiguiesse mi camino, y él siempre me siguiesse, llegamos juntos á una aldea que una legua de la suya estaba, y como allí viesse mi aspereza, y le desamparasse del todo la esperanza, de puro enojo adolesció. Fué hospedado allí por un pastor que le conoscía, el cual luego en la mañana dió aviso á su madre de su enfermedad. Vino la madre de Delio con gran congoja y mucha presteza, y halló su hijo que estaba abrasándose con una ardentíssima calentura. Hizo muchos llantos, y le importunó le dijesse la causa de su dolencia; pero nunca quiso dar otra respuesta, sino llorar y suspirar. La amorosa madre con muchas lágrimas le decia: ¡Oh, hijo mío! ¿qué desdicha es ésta? no me encubras tus secretos, mira que soy tu madre, y aun podrá ser que sepa de ellos algo. Tu esposa me contó anoche que en la fuente de los alisos la dejaste, yendo tras no sé qué pastora: dime si nasce de aquí tu mal, no tengas empacho de decirlo; mira que no puede bien curarse la enfermedad, si no se sabe la causa della. ¡O triste Diana! tú partiste hoy para el templo de Felicia por saber nuevas de tu marido y él estaba más cerca de tu lugar, y aun más enfermo de lo que pensabas. Cuando Delio oyó las palabras de su madre, no respondió palabra, sino que dió un gran suspiro, y de entonces se dobló su dolor; porque antes sólo el amor le aquejaba, y entonces fué de amor y celos atormentado. Porque como él supiesse que tú, Syreno, estabas aquí en casa de Felicia, oyendo que Diana era venida acá, temiendo que no reviviessen los amores passados, vino en tanta phrenesía, y se le arreció el mal de tal manera, que combatido de dos bravíssimos tormentos, con un desmayo acabó la vida, con mucho dolor de su triste madre, parientes y amigos. Yo cierto me dolí dél, por haber sido causa de su muerte, pero no pude hacer más, por lo que á mi contento y honra convenía. Sola una cosa mucho me pesa, y es que, ya que no le hice buenas obras, no le di á lo menos buenas palabras, porque por ventura no viniera en tal extremo. En fin yo me vine acá, dejando muerto al triste, y á sus parientes llorando, sin saber la causa de su dolencia. Esto te dije á propósito del daño que hace un bravo olvido, y también para que sepas la viudez de tu Diana, y pienses si te conviene mudar intento, pues ella mudó el estado. Pero espantóme que, según la madre de Delio dixo, Diana partió ayer para acá, y no veo que haya llegado. Atento estuvo Syreno á las palabras de Alcida, y como supo la muerte de Delio, se le alteró el corazón. Allí hizo gran obra el poder de la sabia Felicia, que aunque allí no estaba, con poderosas hierbas y palabras, y por muchos otros medios procuró que Syreno comenzasse á tener afición á Diana. Y no fué gran maravilla, porque los influjos de las celestes estrellas tanto á ello le inclinaban, que paresció no ser nascido Syreno sino para Diana ni Diana sino para Syreno.
Estaba la sapientíssima Felicia en su riquíssimo palacio, rodeada de sus castas Nymphas obrando con poderosos versos lo que á la salud y remedio de todos estos amantes convenía. Y como vió desde allí con su sabiduría que ya los engañados Montano y Alcida habían conoscido su error, y el esquivo Syreno se había ablandado, conosció ser ya tiempo de rematar los largos errores y trabajos de sus huéspedes con alegres y no pensados regocijos. Saliendo de la sumptuosa casa en compañía de Dorida, Cyntia, Polydora y otras muchas Nymphas, vino al ameníssimo jardín, donde los caballeros, damas, pastores y pastoras estaban. Los primeros que allí vió fueron Marcelio, Don Felix, Felixmena, Sylvano, Selvagia, Diana é Ismenia, que á la una parte del vergel en el pradecillo, como dije, junto á la puerta principal estaban assentados. En ver llegar á la venerable dueña todos se levantaron y le besaron las manos, donde tenían puesta su esperanza. Hízoles ella benigno recogimiento, y señalóles que la siguiessen, y ellos lo hicieron de voluntad. Felicia, seguida de la amorosa compañía, travesado todo el jardín, que grandíssimo era, vino á la otra parte dél, á la fuente donde Eugerio, Polydoro, Alcida, Clenarda, Syreno, Arsileo, Belisa y Montano estaban. Alzáronse todos en pie por honra de la sabia matrona; y cuando Alcida vió á Marcelio, Syreno á Diana y Montano á Ismenia, se quedaron atónitos, y les paresció sueño ó encantamiento, no dando crédito á sus mesmos ojos. La sabia, mandando á todos que se assentassen, mostrando querer hablar cosas importantes, sentada en medio de todos ellos en un escaño de marfil habló desta manera: Señalado y hermoso ajuntamiento, llegada es la hora que determino daros á todos de mi mano el deseado contentamiento, pues á esse fin por diferentes medios y caminos os hice venir á mi casa. Todos estáis aquí juntos, donde mejor podré tratar lo que á vuestra vida satisface. Por esso, yo os ruego que os contentéis de mi voluntad y obedezcáis á mis palabras. Tú, Alcida, quedaste de tu sospecha desengañada por relación de tu hermana Clenarda. Conoscido tenía que, después que desechaste aquel cruel aborrescimiento, sentías mucho estar ausente de Marcelio. Ofrescite que esta ausencia no sería larga, y ha sido tan corta, que al tiempo que della te me quejabas, estaba ya Marcelio en mi casa. Agora le tienes delante tan firme en su primera voluntad, que si á ti placerá, y á tu padre y hermanos les estará bien, se tendrá por dichoso de efectuar contigo el prometido casamiento; el cual, allende que por ser de tan principales personas ha de dar grande regocijo, le dará más cumplido á causa de la hermana Felixmena, que Marcelio después de tantos años halló en mi casa. Tú, Montano, de la mesma Sylveria, que te engañó, quedaste avisado de tu error. Llorabas por haber perdido tu mujer Ismenia; agora viene á vivir en tu compañía, y á dar consuelo á tu congoja, después que por toda España con grandes peligros y trabajos te ha buscado. Falta agora que te dé remedio, hermosa Diana. Mas para ello quiero primero avisarte de lo que Syreno y algunos destos pastores por relación de Alcida saben, aunque sea cuento que ha de lastimar tu corazón. Tu marido Delio, hermosa pastora, como plugo á las inexorables Parcas, acabó sus días. Bien conozco que tienes alguna razón de lamentar por él, pero en fin todos los hombres están obligados á pagar ese tributo, y lo que es tan común no debe á nadie notablemente fatigar. No llores, hermosa Diana, que me rompes las entrañas en verte derramar essas dolorosas lágrimas: enjuga agora tus ojos, y consuela agora tu dolor. No vistas ropas de luto ni hagas sobrado sentimiento, porque en esta casa no se sufre largo ni demasiado llanto, y también porque mejor ventura de la que tenías te tiene el cielo guardada. Y pues á lo hecho no se puede dar remedio, á tu prudencia toca agora olvidar lo passado y á mi poder conviene dar orden en lo presente. Aquí está tu amador antiguo Syreno, cuyo corazón por arte mía, y por la razón que á ello le obliga, está tan blando y mudado de la passada rebeldía como es menester para que sea contento de casarse contigo. Lo que te ruego es que obedezcas á mi voluntad, en cosa que tanto te conviene: porque, aunque parezca hacer agravio al marido muerto casarse tan prestamente, por ser cosa de mi decreto y autoridad, no será tenida por mala. Y tú, Syreno, pues comenzaste á dar lugar en tu corazón al loable y honesto amor, acaba ya de entregarle tus entrañas, y efectúese este alegre y bien afortunado casamiento, al cumplimiento del cual son todas las estrellas favorables. Todos los restantes que en este deleitoso jardín tenéis aparejo de contentamiento, alegrad vuestros ánimos, moved regocijados juegos, tañed los concertados instrumentos, entonad apacibles cantares y entended en agradables conversaciones, por honra y memoria destos alegres desengaños y venturosos casamientos. Acabada la razón de la sabia Felicia, todos fueron muy contentos de hacer su mandado, paresciéndoles bien su voluntad y maravillándose de su sabiduría. Montano tomó por la mano á su mujer Ismenia, juzgándose entrambos dichosos y bienaventurados; y entre Marcelio y Alcida y Syreno y Diana fué al instante solemnizado el honesto y casto matrimonio, con la firmeza y ceremonia debida.
Los demás, alegres de los felices acontescimientos, movieron grandes cantos. Entre los cuales Arsileo, por la voluntad que á Syreno tenía, y por la amistad que había entre los dos, al son de su rabel cantó en memoria del nuevo casamiento de Syreno lo siguiente:
Versos franceses.
De flores matizadas se vista el verde prado,
retumbe el hueco bosque de voces deleitosas,
olor tengan más fino las coloradas rosas,
floridos ramos mueva el viento sossegado.
El río apressurado
sus aguas acresciente,
y pues tan libre queda la fatigada gente
del congojoso llanto,
moved, hermosas Nymphas, regocijado canto.
Destierre los ñublados el prefulgente día,
despida el alma triste los ásperos dolores,
esfuercen más sus voces los dulces ruiseñores,
Y pues por nueva vía
con firme casamiento,
de un desamor muy crudo se saca un gran contento,
vosotras entre tanto
moved, hermosas Nymphas, regocijado canto.
¿Quién puede hacer mudarnos la voluntad constante,
y hacer que la alma trueque su firme presupuesto?
¿quién puede hacer que amemos aborrescido gesto
y el corazón esquivo hacer dichoso amante?
¿Quién puede á su talante
mandar nuestras entrañas,
sino la gran Felicia, que obrado ha más hazañas,
que la Thebana Manto?
moved, hermosas Nymphas, regocijado canto.
Casados venturosos, el poderoso cielo
derrame en vuestros campos influjo favorable,
y con dobladas crías en número admirable
vuestros ganados crezcan cubriendo su ancho suelo.
No os dañe el crudo hielo
los tiernos chivaticos,
y tal cantidad de oro os haga entrambos ricos,
que no sepáis el cuánto;
moved, hermosas Nymphas, regozijado canto.
Tengáis de dulce gozo bastante cumplimiento
con la progenie hermosa que os salga parecida,
más que el antiguo Néstor tengáis larga la vida,
y en ella nunca os pueda faltar contentamiento;
Moviendo tal concento
por campos encinales,
que ablande duras peñas y á fieros animales
cause crescido espanto:
moved, hermosas Nymphas, regocijado canto.
Remeden vuestras voces las aves amorosas,
los ventecicos suaves os hagan dulce fiesta,
alégrese con veros el campo y la floresta,
y os vengan á las manos las flores olorosas.
Los lirios y las rosas,
jazmín y flor de Gnido,
la madreselva hermosa y el arrayán florido,
narcisso y amaranto;
moved, hermosas Nymphas, regocijado canto.
Concorde paz os tenga contentos muchos años,
sin ser de la rabiosa sospecha atormentados,
y en el estado alegre viváis tan reposados,
que no os cause recelo Fortuna y sus engaños.
En montes más extraños
tengáis nombre famoso;
mas porque el ronco pecho tan flaco y temeroso
repose agora un cuanto,
dad fin, hermosas Nymphas, al deleitoso canto.
Al tiempo que Arsileo acabó su canción se movió tan general regocijo, que los más angustiados corazones alegrara. Comenzaron las deleitosas canciones á resonar por toda la huerta, los concertados instrumentos levantaron suave armonía, y aun parescía que los floridos árboles, el caudaloso río, la amena fuente y las cantadoras aves, de aquella fiesta se alegraban. Después que buen rato se hubieron empleado en esto, paresciéndole á Felicia ser hora de comer, mandó que allí á la fuente, donde estaban, se trajesse la comida. Luego las ninfas obedesciéndole proveyeron lo necesario, y puestas las mesas y aparadores á la sombra de aquellos árboles, sentados todos conforme al orden de Felicia, comieron, servidos de sabrosas y delicadas viandas en vasos de muchíssimo valor. Acabada la comida, tornando al comenzado placer, hicieron las fiestas y juegos que en el siguiente libro se dirán.
Fin del libro cuarto.
LIBRO QUINTO
DE DIANA ENAMORADA
Tan contentos estaban estos amantes en el dichoso estado, viéndose cada cual con la deseada compañía, que los trabajos del tiempo passado tenían olvidados. Mas los que desde aparte miramos las penas que les costó su contentamiento, los peligros en que se vieron y los desatinos que hicieron y dijeron antes de llegar á él, es razón que vamos advertidos de no meternos en semejantes penas, aunque más cierto fuesse tras ellas el descanso, cuanto más siendo tan incierto y dudoso, que por uno que tuvo tal ventura se hallan mil cuyos cargos y fatigosos trabajos con desesperada muerte fueron galardonados. Pero dejado esto aparte, vengamos á tratar de las fiestas que por los cosamientos y desengaños en el jardín de Felicia se hicieron, aunque no será possible contarlas todas en particular. Felicia, á cuyo mandamiento estaban todos obedientes, y en cuya voluntad estaba el orden y concierto de la fiesta, quiso que el primer regocijo fuesse bailar los pastores y pastoras al son de las canciones por ellos mesmos cantadas. Y ansí, sentada con Eugenio, Polydoro, Clenarda, Marcelio, Alcida, D. Felix y Felixmena, declaró á los pastores su voluntad. Levantáronse á la hora todos, y tomando Syreno a Diana por la mano, Sylvano á Selvagia, Montano á Ismenia y Arsileo á Belisa, concertaron un baile más gracioso que cuantos las hermosas Dryadas ó Napeas, sueltas al viento las rubias madejas del oro finísimo de Arabia, en las ameníssimas florestas suelen hacer. No se detuvieron mucho en cortesías sobre quién cantaría primero, porque como Syreno, que era principal en aquella fiesta, estuviesse algo corrido del descuido que hasta entonces tuvo de Diana, y el empacho dello le hubiesse impedido el desculparse, quiso cantando decirle á Diana lo que la vergüenza le había consentido razonar. Por esso sin más aguardar, respondiéndole los otros, según la costumbre, cantó ansí:
Canción.
Morir debiera sin verte,
hermosíssima pastora,
pues que osé tan sola un hora
estar vivo y no quererte.
De un dichoso amor gozara,
dejado el tormento aparte,
si en acordarme de amarte
de mi olvido me olvidara.
Que de morirme y perderte
tengo recelo, pastora,
pues que osé tan sola un hora
estar vivo y no quererte.
En diferente parescer estaba Diana. Porque como aquel antiguo olvido que tuvo de Syreno con un ardentíssimo amor le había cumplidamente satisfecho, y de sus passadas fatigas se vió sobradamente pagada, no tenía ya por qué de sus descuidos se lamentasse; antes hallando su corazón abastado del possible contentamiento y libre de toda pena, mostrando su alegría é increpando el cuidado de Syreno, le respondió con esta canción:
Canción.
La alma de alegría salte;
que en tener mi bien presente
no hay descanso que me falte,
ni dolor que me atormente.
No pienso en viejos cuidados;
que agravia nuestros amores
tener presentes dolores
por los olvidos passados.
Alma, de tu dicha valte;
que con bien tan excelente
no hay descanso que te falte,
ni dolor que te atormente.
En tanto que Diana dijo su canción, llegó á la fuente una pastora de extremadíssima hermosura, que en aquella hora á la casa de Felicia había venido, é informada que la sabia estaba en el jardín, por verla y hablarla, allí había venido. Llegada donde Felicia estaba, arrodillada delante della, le pidió la mano para se la besar, y después le dijo: Perdonar se me debe, sabia señora, el atrevimiento de entrar aquí sin tu licencia, considerando el deseo que tenía de verte y la necesidad que tengo de tu sabiduría. Traigo una fatiga en el corazón, cuyo remedio está en tu mano; mas el darte cuenta della lo guardo para mejor ocasión, porque en semejante tiempo y lugar es descomedimiento tratar cosas de tristeza. Estaba aún Melisea, que este era el nombre de la pastora, delante Felicia arrodillada, cuando vido por un corredor de la huerta venir un pastor hacia la fuente, y en verle dijo: Esta es otra pesadumbre, señora, tan molesta y enojosa, que para librarme della no menos he menester vuestros favores. En esto el pastor, que Narcisso se decía, llegó en presencia de Felicia y de aquellos caballeros y damas, y hecho el debido acatamiento, comenzó á dar quejas á Felicia de la pastora Melisea, que presente tenía, diciendo cómo por ella estaba atormentado, sin haber de su boca tan solamente una benigna respuesta. Tanto que de muy lejos hasta allí había venido en su seguimiento, sin poder ablandar su rebelde y desdeñoso corazón. Hizo Felicia levantar á Melisea, y atajando semejantes contenciones: No es tiempo, dijo, de escuchar largas historias; por agora, tú, Melisea, da á Narcisso la mano, y entrad entrambos en aquella danza, que en lo demás á su tiempo se pondrá remedio. No quiso la pastora contradecir al mandamiento de la sabia, sino que en compañía de Narcisso se puso á bailar juntamente con las otras pastoras. A este tiempo la venturosa Ismenia, que para cantar estaba apercebida, dando con el gesto señal del interno contentamiento que tenía después de tan largos cuidados, cantó desta suerte:
Canción.
Tan alegres sentimientos
recibo, que no me espanto,
si cuesta dos mil tormentos
un placer que vale tanto.
Yo aguardé, y el bien tardó,
mas cuando el alma le alcanza,
con su deleite pagó
mi aguardar y su tardanza.
Vengan las penas á cuentos,
no hago caso del llanto,
si me dan por mil tormentos
un placer que vale tanto.
Ismenia, al tiempo que cantaba, y aun antes y después, cuasi nunca partió los ojos de su querido Montano. Pero él como estaba algo afrentado del engaño en que tanto tiempo, con tal agravio de su esposa había vivido, no osaba mirarla sino á hurto al dar de la vuelta en la danza, estando ella de manera que no podía mirarle, y esto porque algunas veces, que había probado mirarla en el gesto, confundido con la vergüenza que le tenía y vencido de la luz de aquellos radiantes ojos, que con afición de contino le miraban, le era forzoso bajar los suyos al suelo. Y como en ello vió que tanto perdía, dejando de ver á la que tenía por su descanso, tomando esto por ocasión, encaminando su cantar á la querida Ismenia, desta manera dijo:
Canción.
Vuelve agora en otra parte,
zagala, tus ojos bellos;
que si me miras con ellos
es excusado mirarte.
Con tus dos soles me tiras
rayos claros de tal suerte,
que, aunque vivo en solo verte,
me matas cuando me miras.
Ojos, que son de tal arte,
guardados has de tenellos:
que si me miras con ellos,
es excusado mirarte.
Como nieve al sol caliente,
como á flechas el terrero,
como niebla al viento fiero,
como cera al fuego ardiente:
Ansi se consume y parte
la alma en ver tus ojos bellos:
pues si me miras con ellos,
es excusado mirarte.
¡Ved qué sabe hacer amor,
y la Fortuna qué ordena!
que un galardón de mi pena
acresciente mi dolor.
A darme vida son parte
essos ojos sólo en vellos:
mas si me miras con ellos,
es excusado mirarte.
Melisea, que harto contra su voluntad con el desamado Narciso hasta entonces había bailado, quiso de tal pesadumbre vengarse con una desamorada canción, y á propósito de las penas y muertes en que el pastor decía cada día estar á causa suya, burlándose de todo ello, cantó ansí:
Canción.
Zagal, vuelve sobre ti;
que por excusar dolor
no quiero matar de amor,
ni que Amor me mate á mí.
Pues yo viviré sin verte,
tú por amarme no mueras,
que ni quiero que me quieras
ni determino quererte.
Que pues tú dices que ansi
se muere el triste amador,
ni quiero matar de amor
ni que Amor me mate á mi.
No mediana pena recibió Narcisso con el crudo cantar de su querida, pero esforzándose con la esperanza que Felicia le había dado de su bien, y animándose con la constancia y fortaleza del enamorado corazón, le respondió añadiendo dos coplas á una canción antigua que decía:
Si os pesa de ser querida,
yo no puedo no os querer,
pesar habréis de tener,
mientras yo tuviere vida.
Sufrid que pueda quejarme,
pues que sufro un tal tormento,
ó cumplid vuestro contento
con acabar de matarme.
Que según sois descreída,
y os ofende mi querer,
pesar habréis de tener,
mientras yo tuviere vida.
Si pudiendo conosceros,
pudiera dejar de amaros,
quisiera, por no enojaros,
poder dejar de quereros.
Mas pues vos seréis querida,
mientras yo podré querer,
pesar habréis de tener,
mientras yo tuviere vida.
Tan puesta estaba Melisea en su crueldad, que apenas había Narcisso dicho las postreras palabras de su canción, cuando antes que otro cantasse, desta manera replicó:
Canción.
Mal consejo me parescs,
enamorado zagal,
que á ti mismo quieres mal,
por amar quien te aborresce.
Para ti debes guardar
esse corazón tan triste,
pues aquella á quien le diste,
jamás le quiso tomar.
A quien no te favoresce,
no la sigas, piensa en ál,
y á ti no te quieras mal,
por querer quien te aborresce.
No consintió Narcisso que la canción de Melisea quedasse sin respuesta, y ansí con gentil gracia cantó, haciendo nuevas coplas á un viejo cantar que dice:
Después que mal me quesistes
nunca más me quise bien,
por no querer bien á quien
vos, señora, aborrescistes.
Si cuando os miré no os viera,
ó cuando os vi no os amara,
ni yo muriendo viviera,
ni viviendo os enojara.
Mas bien es que angustias tristes
penosa vida me den,
que cualquier mal le está bien
al que vos mal le quesistes.
Sepultado en vuestro olvido
tengo la muerte presente,
de mí mesmo aborrescido
y de vos y de la gente.
Siempre contento me vistes
con vuestro airado desdén,
aunque nunca tuve bien
después que mal me quesistes.
Tanto contento dió á todos la porfía de Narcisso y Melisea, que aumentara mucho en el regocijo de la boda si no quedara templado con el pesar que tuvieron de la crueldad que ella mostraba y con la lástima que les causó la pena que él padescía. Después que Narcisso dió fin á su cantar, todos volvieron los ojos á Melisea, esperando si replicaría. Pero calló, no porque le faltassen canciones crueles y ásperas con que lastimar el miserable enamorado, ni porque dejasse de tener voluntad para decirlas; más, según creo, por no ser enojosa á toda aquella compañía. Selvagia y Belisa fueron rogadas que cantassen, pero excusáronse, diciendo que no estaban para ello. Bueno sería, dijo Diana, que saliéssedes de la fiesta sin pagar el escote. Esso, dijo Felixmena, no se debe consentir, por lo que nos importa escuchar tan delicadas voces. No queremos, dijeron ellas, dejar de serviros en esta solemnidad con lo que supiéremos hacer, que será harto poco; pero perdonadnos el cantar, que en lo demás haremos lo possible. Por mi parte, dijo Alcida, no permitiré que dejéis de cantar ó que otros por vosotras lo hagan. ¿Quién mejor, dijeron ellas, que Sylvano y Arsileo, nuestros maridos? Bien dicen las pastoras, respondió Marcelio, y aun sería mejor que ambos cantassen una sola canción, el uno cantando y el otro respondiendo, porque á ellos les será menos trabajoso y á nosotros muy agradable. Mostraron todos que holgarían mucho de semejante manera de canción, por saber que en ella se mostraba la viveza de los ingenios en preguntar y responder. Y ansí Sylvano y Arsileo, haciendo señal de ser contentos, volviendo á proseguir la danza, cantaron desta suerte:
Canción.
Sylvano. Pastor, mal te está el callar:
canta y dinos tu alegría.
Arsileo. Mi placer poco sería
si se pudiesse contar.
Sylvano. Aunque tu ventura es tanta,
dinos de ella alguna parte.
Arsileo. En empresas de tal arte
comenzar es lo que espanta.
Sylvano. Acaba ya de contar
la causa de tu alegría.
Arsileo. ¿De que modo acabaría
quien no basta á comenzar?
Sylvano. No es razón que se consienta
tu deleite estar callado.
Arsileo. La alma, que sola ha penado,
ella sola el gozo sienta.
Sylvano. Si no se viene á tratar
no se goza una alegría.
Arsileo. Si ella es tal como la mía
no se dejará contar.
Sylvano. ¿Cómo en esse corazón
cabe un gozo tan crescido?
Arsileo. Téngole donde he tenido
mi tan sobrada passión.
Sylvano. Donde hay bien no puede estar
escondido todavía.
Arsileo. Cuando es mayor la alegría
menos se deja contar.
Sylvano. Ya yo he visto que tu canto
tu alegría publicaba.
Arsileo. Decía que alegre estaba,
pero no cómo ni cuánto.
Sylvano. Ella se hace publicar,
cuando es mucha una alegría.
Arsileo. Antes muy poca sería
si se pudiesse contar.
Otra copla querían decir los pastores en esta canción, cuando una compañía de Nymphas, por orden de Felicia, llegó á la fuente, y cada cual con su instrumento tañendo movían un extraño y deleitoso estruendo. Una tañía su laúd, otra un harpa, otra con una flauta hacía maravilloso contrapunto, otra con la delicada pluma las cuerdas de la cítara hacía retiñir, otras las de la lira con las resinosas cerdas hacía resonar, otras con los albogues y chapas hacían en el aire delicadas mudanzas, levantando allí tan alegre música que dejó los que presentes estaban atónitos y maravillados. Iban estas Nymphas vestidas á maravilla, cada cual de su color, las madejas de los dorados cabellos encomendadas al viento, sobre sus cabezas puestas hermosas coronas de rosas y flores atadas y envueltas con hilo de oro y plata. Los pastores, en ver este hermosíssimo coro, dejando la danza comenzada, se sentaron, atentos á la admirable melodía y concierto de los varios y suaves instrumentos. Los cuales algunas veces de dulces y delicadas voces acompañados causaban extraño deleite. Salieron luego de través seis Nymphas vestidas de raso carmesí, guarnecido de follajes de oro y plata, puestos sus cabellos en torno de la cabeza, cogidos con unas redes anchas de hilo de oro de Arabia, llevando ricos prendedores de rubines y esmeraldas, de los cuales sobre sus frentes caían unos diamantes de extremadíssimo valor. Calzaban colorados borzeguines, subtilmente sobredorados, con sus arcos en las manos, colgando de sus hombros las aljabas. Desta manera hicieron una danza al son que los instrumentos hacían, con tan gentil orden que era cosa de espantar. Estando ellas en esto, salió un hermosíssimo ciervo blanco, variado con unas manchas negras puestas á cierto espacio, haciendo una graciosa pintura. Los cuernos parescían de oro, muy altos y partidos en muchos ramos. En fin, era tal como Felicia le supo fingir para darles regocijo. A la hora, visto el ciervo, las Nymphas le tomaron en medio, y danzando continuamente, sin perder el son de los instrumentos, con gran concierto comenzaron á tirarle, y él con el mesmo orden, después de salidas las flechas de los arcos, á una y otra parte moviéndose, con muy diestros y graciosos saltos se apartaba. Pero después que buen rato passaron en este juego, el ciervo dió á huir por aquellos corredores. Las Nymphas yendo tras él, y siguiéndole hasta salir con él de la huerta, movieron un regocijado alarido, al cual ayudaron las otras Nymphas y pastoras con sus voces, tomando desta danza un singular contentamiento. Y en esto las Nymphas dieron fin á su música. La sabia Felicia, porque en aquellos placeres no faltasse lición provechosa para el orden de la vida, probando si habían entendido lo que aquella danza había querido significar, dijo Diana: Graciosa pastora, ¿sabrásme decir lo que por aquella caza del hermoso ciervo se ha de entender? No soy tan sabia, respondió ella, que sepa atinar tu subtilidades ni declarar tus enigmas. Pues yo quiero, dijo Felicia, publicarte lo que debajo de aquella invención se contiene. El ciervo es el humano corazón, hermoso con los delicados pensamientos y rico con el sossegado contentamiento. Ofréscese á las humanas inclinaciones, que le tiran mortales saetas; pero con la discreción, apartándose á diversas partes y entendiendo en honestos ejercicios, ha de procurar de defenderse de tan dañosos tiros. Y cuando dellos es muy perseguido ha de huir á más andar y podrá desta manera salvarse; aunque las humanas inclinaciones, que tales flechas le tiraban, irán tras él y nunca dejarán de acompañarle hasta salir de la huerta desta vida. ¿Cómo había yo, dijo Diana, de entender tan dificultoso y moral enigma si las preguntas en que las pastoras nos ejercitamos, aunque fuessen muy llanas y fáciles, nunca las supe adevinar? No te amengues tanto, dijo Selvagia, que lo contrario he visto en ti, pues ninguna vi qne te fuesse dificultosa. A tiempo estamos, dijo Felicia, que lo podremos probar, y no será de menos deleite esta fiesta que las otras. Diga cada cual de vosotros una pregunta, que yo sé que Diana las sabrá todas declarar. A todos les paresció muy bien, sino á Diana, que no estaba tan confiada de sí que se atreviesse á cosa de tanta dificultad; pero por obedescer á Felicia y complacer á Syreno, que mostró haber de tomar dello placer, fué contenta de emprender el cargo que se le había impuesto. Sylvano, que en decir preguntas tenía mucha destreza, fué el que hizo la primera, diciendo: Bien sé, pastora, que las cosas escondidas tu viveza las descubre, y las cosas encumbradas tu habilidad las alcanza; pero no dejaré de preguntarte, porque tu respuesta ha de manifestar tu ingenio delicado. Por esso dime qué quiere decir esto:
Pregunta.
Junto á un pastor estaba una doncella,
tan flaca como un palo al sol secado,
su cuerpo de ojos muchos rodeado,
con lengua que jamás pudo movella.
A lo alto y bajo el viento vi traella,
mas de una parte nunca se ha mudado,
vino á besarla el triste enamorado
y ella movió tristíssima querella.
Cuanto más le atapó el pastor la boca,
más voces da porque la gente acuda,
y abriendo está sus ojos y cerrando.
Ved qué costó forzar zagala muda,
que al punto que el pastor la besa ó toca,
él queda enmudecido y ella hablando.
Esta pregunta, dijo Diana, aunque es buena, no me dará mucho trabajo, porque á ti mesmo te la oí decir un día en la fuente de los alisos, y no sabiendo ninguna de las pastoras que allí estábamos adevinar lo que ella quería decir, nos la declaraste diciendo que la doncella era la zampoña ó flauta tañida por un pastor. Y aplicaste todas las partes de la pregunta á los efectos que en tal música comúnmente acontescen. Riéronse todos de la poca memoria de Sylvano y de la mucha de Diana; pero Sylvano, por desculparse y vengarse del corrimiento, sonriéndose dijo: No os maravilléis de mi desacuerdo, pues este olvido no paresce tan mal como el de Diana ni es tan dañoso como el de Syreno. Vengado estás, dijo Syreno, pero más lo estuvieras si nuestros olvidos no hubiessen parado en tan perfecto amor y en tan venturoso estado. No haya más, dijo Selvagia, que todo está bien hecho. Y tú, Diana, respóndeme á lo que quiero preguntar, que yo quiero probar á ver si hablaré más escuro lenguaje que Sylvano. La pregunta que quiero hacerte dice:
Pregunta.
Vide un soto levantado
sobre los aires un día,
el cual, con sangre regado,
con gran ansia cultivado
muchas hierbas producía.
De allí un manojo arrancando,
y sólo con él tocando
una sabia y cuerda gente,
la dejé cabe una puente
sin dolores lamentando.
Vuelta á la hora Diana, á su esposo dijo: ¿No te acuerdas, Syreno, haber oído esta pregunta la noche que estuvimos en casa de Iranio mi tío? ¿no tienes memoria cómo la dijo allí Maroncio, hijo de Fernaso? Bien me acuerdo que la dijo, respondio Syreno, pero no de lo que significaba. Pues yo, dijo Diana, tengo dello memoria: decía que el soto es la cola del caballo, de donde se sacan las cerdas, con que las cuerdas del rabel tocadas dan voces, aunque ningunos dolores padescen. Selvagia dijo que era ansí y que el mesmo Maroncio, autor de la pregunta, se la había dado como muy señalada aunque había de mejores. Muchas hay más delicadas, dijo Belisa, y una dellas es la que yo diré agora. Por esso apercíbete, Diana, que desta vez no escapas de vencida. Ella dice deste modo:
Pregunta.
¿Cuál es el ave ligera
que está siempre en un lugar,
y anda siempre caminando,
penetra y entra do quiera,
de un vuelo passa la mar,
las nubes sobrepujando?
Ansi vella no podemos,
y quien la está descubriendo,
sabio queda en sola un hora;
mas tal vez la conoscemos,
las paredes solas viendo
de la casa donde mora.
Más desdichada, dijo Diana, ha sido tu pregunta que las passadas, Belisa, pues no declarara ninguna dellas si no las hubiera otras veces oído, y la que dijiste, en ser por mí escuchada luego fué entendida. Hácelo, creo yo, ser ella tan clara, que á cualquier ingenio se manifestará. Porque harto es evidente que por el ave, que tú dices, se entiende el pensamiento, que vuela con tanta ligereza y no es visto de nadie, sino conoscido y conjeturado por las señales del gesto y cuerpo donde habita. Yo me doy por vencida, dijo Belisa, y no tengo más que decir sino que me rindo á tu discreción y me someto á tu voluntad. Yo te vengaré, dijo Ismenia, que sé un enigma que á los más avisados pastores ha puesto en trabajo; yo quiero decirle, y verás cómo haré que no sea Diana tan venturosa con él como con los otros; y vuelta á Diana dijo:
Pregunta.
Decí, ¿cuál es el maestro
que su dueño le es criado,
está como loco atado,
sin habilidades diestro
y sin doctrina letrado?
Cuando cerca le tenía,
sin oille le entendía,
y tan sabio se mostraba,
que palabra no me hablaba
y mil cosas me decía.
Yo me tuviera por dichosa, dijo Diana, de quedar vencida de ti, amada Ismenia; mas pues lo soy en la hermosura y en las demás perfeciones, no me dará agora mucha alabanza vencer el propósito que tuviste de enlazarme con tu pregunta. Dos años habrá que un médico de la ciudad de León vino á curar á mi padre de cierta enfermedad, y como un día tuviesse en las manos un libro, tomésele yo y púseme á leerle. Y viniéndome á la memoria los provechos que se sacan de los libros, le dije que me parescían maestros mudos, que sin hablar eran entendidos. Y él á este propósito me dijo esta pregunta, donde algunas extrañezas y excelencias de los libros están particularmente notadas. Con toda verdad, dijo Ismenia, no hay quien pueda vencerte, á lo menos las pastoras no tendremos ánimo para passar más adelante en la pelea; no sé yo estas damas si tendrán armas que puedan derribarte. Alcida, que hasta entonces había callado, gozando de oir y ver las músicas, danzas y juegos, y de mirar y hablar á su querido Marcelio, quiso también travessar en aquel juego, y dijo: Pues las pastoras has rendido, Diana, no es razón que nosotras quedemos en salvo. Bien sé que no menos adivinarás mi pregunta que las otras, pero quiero decirla porque será possible que contente. Díjomela un patrón de una nave, cuando yo navegaba de Nápoles á España, y la encomendé á la memoria, por parescerme no muy mala, y dice desta suerte:
Pregunta.
¿Quién jamás caballo vido
que, por extraña manera,
sin jamás haber comido,
con el viento sostenido,
se le iguale en la carrera?
Obra muy grandes hazañas,
y en sus corridas extrañas
va arrastrando el duro pecho,
sus riendas, por más provecho,
metidas en sus entrañas.
Un rato estuvo Diana pensando, oída esta pregunta y hecho el discurso que para declararla era menester, y consideradas las partes della, al fin resolviéndose, dijo: Razón era, hermosa dama, que de tu mano quedasse yo vencida, y que quien se rinde á tu gentileza se rindiesse á tu discreción, y por ella se tuviesse por dichosa. Si por el caballo de tu enigma no se entiende la nave, yo confiesso que no la sé declarar. Harto más vencida quedo yo, dijo Alcida, de tu respuesta que tú de mi pregunta, pues confessando no saber entendella subtilmente la declaraste. De ventura he acertado, dijo Diana, y no de saber, que á buen tino dije aquello, y no por pensar que en ello acertaba. Cualquier acertamiento, dijo Alcida, se ha de esperar de tan buen juicio; pero yo quiero que adevines á mi hermana Clenarda un enigma que sabe, que no me paresce malo: no sé si agora se le acordará. Y luego vuelta á Clenarda le dijo: Hazle, hermana, á esta avisada pastora aquella demanda que en nuestra ciudad heciste un día, si te acuerdas, á Berintio y Clomenio, nuestros primos, estando en casa de Elisonia en conversación. Soy contenta, dijo Clenarda, que memoria tengo della, y tenía intención de decilla, y dice deste modo:
Pregunta.
Decidme, señores, ¿cuál ave volando
tres codos en alto jamás se levanta,
con pies más de treinta subiendo y bajando,
con alas sin plumas el aire azotando,
ni come, ni bebe, ni grita, ni canta;
Del áspera muerte vecina allegada,
con piedras que arroja, nos hiere y maltrata,
amiga es de gente captiva y malvada,
y á muertes y robos contino vezada,
esconde en las aguas la gente que mata?
Diana entonces dijo: Esta pregunta no la adivinara yo si no hubiera oído la declaración della á un pastor de mi aldea que había navegado. No sé si tengo dello memoria, mas parésceme que dijo que por ella se entendía la galera, que estando en medio de las peligrosas aguas, está vecina de la muerte, y á ella y robos está vezada, echando los muertos en el mar. Por los pies me dijo que se entendían los remos, por las alas las velas y por las piedras que tira las pelotas de artillería. En fin, dijo Clenarda, que todas habíamos de decir por un igual, porque nadie se fuesse alabando. Con toda verdad, Diana, que tu extremado saber me tiene extrañamente maravillada, y no veo premio que á tan gran merescimiento sea bastante, sino el que tienes en ser mujer de Syreno. Estas y otras pláticas y cortesías passaron, cuando Felicia, que de ver el aviso, la gala, la crianza y comedimiento de Diana espantada había quedado, sacó de su dedo un riquíssimo anillo con una piedra de gran valor, que ordinariamente traía, y dándosele en premio de su destreza, le dijo: Este servirá por señal de lo que por ti entiendo hacer: guárdale muy bien, que á su tiempo hará notable provecho. Muchas gracias hizo Diana á Felicia por la merced, y por ella le besó las manos, y lo mesmo hizo Syreno. El cual acabadas las cortesías y agradescimientos dijo: Una cosa he notado en las preguntas que aquí se han propuesto, que la mayor parte dellas han dicho las pastoras y damas, y los hombres se han tanto enmudescido, que claramente han mostrado que en cosas delicadas no tienen tanto voto como las mujeres. D. Felix entonces burlando dijo: No te maravilles que en agudeza nos lleven ventaja, pues en las demás perfecciones las excedemos. No pudo sufrir Belisa la burla de Don Felix, pensando por ventura que lo decía de veras, y volviendo por las mujeres dijo: Queremos nosotras, Don Felix, ser aventajadas, y en ello mostramos nuestro valor, subjetándonos de grado á la voluntad y saber de los hombres. Pero no faltan mujeres que puedan estar á parangón con los más señalados varones: que aunque el oro esté escondido ó no conoscido, no deja de tener su valor. Pero la verdad tiene tanta fuerza, que nuestras alabanzas os las hace publicar á vosotros, que mostráis ser nuestros enemigos. No estaba en tu opinión Florisia, pastora de grande sabiduría y habilidad, que un día en mi aldea, en unas bodas, donde había muchedumbre de pastores y pastoras, que de los vecinos y apartados lugares para la fiesta se habían allegado, al son de un rabel y unas chapas, que dos pastores diestramente tañían, cantó una canción en defensión y alabanza de las mujeres, que no sólo á ellas, pero á los hombres, de los cuales allí decía harto mal, sobradamente contentó. Y si mucho porfías en tu parescer, no será mucho decírtela, por derribarte de tu falsa opinión. Rieron todos del enojo que Belisa había mostrado, y en ello passaron algunos donaires. Al fin el viejo Eugerio y el hijo Polydoro, porque no se perdiesse la ocasión de gozar de tan buena música, como de Belisa se esperaba, le dixeron: Pastora, la alabanza y defensa á las mujeres les es justamente debida, y á nosotros el oilla con tu delicada voz suavemente recitada. Pláceme, dijo Belisa, aunque hay cosas ásperas contra los hombres, pero quiera Dios que de todas las coplas me acuerde; mas comenzaré á decir que yo confío que, cantándolas, el mesmo verso me las reducirá á la memoria. Luego Arsileo, viendo su Belisa apercibida para cantar, comenzó á tañer el rabel, á cuyo son ella recitó el cantar oído á Florisia, que decía desta manera:
Canto de Florisia.
Salga fuera el verso airado
con una furia espantosa,
muéstrese el pecho esforzado,
el espíritu indignado
y la lengua rigurosa.
Porque la gente bestial,
que, parlando á su sabor,
de mujeres dice mal,
á escuchar venga otro tal
y, si es possible, peor.
Tú, que el vano pressumir
tienes ya de tu cosecha,
hombre vezado á mentir,
¿qué mal puedes tú decir
de bien que tanto aprovecha?
Mas de mal harto crescido
la mujer ocasión fué,
dando al mundo el descreído,
que tras de habelle parido
se rebela sin por qué.
Que si á luz no la sacara,
tuviera menos enojos,
porque ansí no la infamara,
y en fin cuervo no criara
que le sacasse los ojos.
¿Qué varón ha padescido,
aunque sea un tierno padre,
las passiones que ha sentido
la mujer por el marido
y por el hijo la madre?
¡Ved las madres con qué amores,
qué regalos, qué blanduras
tratan los hijos traidores,
que les pagan sus dolores
con dobladas amarguras!
¡Qué recelos, qué cuidados
tienen por los crudos hijos;
qué pena en verlos penados,
y en ver sus buenos estados,
qué cumplidos regocijos!
¡Qué gran congoja les da
si el marido un daño tiene,
y si en irse puesto está,
qué dolor cuando se va,
qué pesar cuando no viene!
Mas los hombres engañosos
no agradescen nuestros duelos:
antes son tan maliciosos,
que á cuidados amorosos
les ponen nombre de celos.
Y es que como los malvados
al falso amor de costumbre
están contino vezados,
ser muy de veras amados
les paresce pesadumbre.
Y cierto, pues por amarlos
denostadas nos sentimos,
mejor nos fuera olvidarlos,
ó en dejarlos de mirarlos,
no acordarnos si los vimos.
Pero donoso es de ver
que el de más mala manera,
en no estar una mujer
toda hecha á su placer,
le dice traidora y fiera.
Luego veréis ser nombradas
desdeñosas las modestas
y las castas mal criadas,
soberbias las recatadas
y crueles las honestas.
Ojalá á todas cuadraran
essos deshonrados nombres,
que si ningunas amaran,
tantas dellas no quedaran
engañadas de los hombres.
Que muestran perder la vida,
si algo no pueden haber,
pero luego en ser habida
la cosa vista ó querida,
no hay memoria de querer.
Fíngense tristes cansados
de estar tanto tiempo vivos,
encarescen sus cuidados,
nómbranse desventurados,
ciegos, heridos, captivos.
Hacen de sus ojos mares,
nombran llamas sus tormentos,
cuentan largos sus pesares,
los suspiros á millares
y las lágrimas á cuentos.
Ya se figuran rendidos,
ya se fingen valerosos,
ya señores, ya vencidos,
alegres estando heridos
y en la cárcel venturosos.
Maldicen sus buenas suertes,
menosprecian el vivir;
y en fin, ellos son tan fuertes,
que passan doscientas muertes
y no acaban de morir.
Dan y cobran, sanan, hieren
la alma, el cuerpo, el corazón,
gozan, penan, viven, mueren,
y en cuanto dicen y quieren
hay extraña confusión.
Y por esso cuando amor
me mostraba Melibeo,
contábame su dolor,
yo respondía: Pastor,
ni te entiendo ni te creo.
Hombres, ved cuán justamente
el quereros se difiere,
pues consejo es de prudente
no dar crédito al que miente
ni querer al que no quiere.
Pues de hoy más no nos digáis
fieras, crudas y homicidas;
que no es bien que alegres vais,
ni que ricos os hagáis
con nuestras honras y vidas.
Porque si acaso os miró
la más honesta doncella,
ó afablemente os habló,
dice el hombre que la vió:
Desvergonzada es aquélla.
Y ansí la pastora y dama
de cualquier modo padesce,
pues vuestra lengua la llama
desvergonzada, si os ama,
y cruel, si os aborresce.
Peor es que nos tenéis
por tan malditas y fuertes,
que en cuantos males habéis,
culpa á nosotras ponéis
de los desastres y muertes.
Vienen por vuestra simpleza
y no por nuestra hermosura,
que á Troya causó tristeza,
no de Helena la belleza,
mas de Paris la locura.
¿Pues por qué de deshonestas
fieramente nos tratáis,
si vosotros con las fiestas
importunas y molestas
reposar no nos dejáis?
Que á nuestras honras y estados
no habéis respetos algunos,
dissolutos, mal mirados,
cuando más desengañados,
entonces más importunos.
Y venís todos á ser
pesados de tal manera,
que queréis que la mujer
por vos se venga á perder
y que os quiera aunque no quiera.
Ansí conquistáis las vidas
de las mujeres que fueron
más buenas y recogidas:
de modo que las perdidas
por vosotros se perdieron.
¿Mas con qué versos diré
las extrañas perfecciones?
de qué modo alabaré
la constancia, amor y fe
que está en nuestros corazones?
Muestran quilates subidos
las que amor tan fino tratan,
que los llantos y gemidos
por los difuntos maridos
con propria muerte rematan.
Y si Hippólyto en bondad
fué persona soberana,
por otra parte mirad
muerta por la castidad
Lucrecia, noble romana.
Es valor cual fué ninguno
que aquel mancebo gentil
desprecie el ruego importuno,
mas Hippólyto fué uno
y Lucrecias hay dos mil.
Puesta aparte la belleza
en las cosas de doctrina,
á probar nuestra viveza
basta y sobra la destreza
de aquella Sapho y Corina.
Y ansí los hombres letrados
con engañosa cautela,
soberbios en sus estados,
por no ser aventajados
nos destierran de la escuela.
Y si autores han contado
de mujeres algún mal,
no descresce nuestro estado,
pues los mesmos han hablado
de los hombres otro tal.
Y esto poca alteración
causa en nuestros meresceres,
que forzado es de razon
que en lo que escribe un varón
se diga mal de mujeres.
Pero allí mesmo hallaréis
mujeres muy excelentes,
y si mirar lo queréis,
muchas honestas veréis
fieles, sabias y valientes.
Ellas el mundo hermosean
con discreción y belleza,
ellas los ojos recrean,
ellas el gozo acarrean
y destierran la tristeza.
Por ellas honra tenéis,
hombres de malas entrañas,
por ellas versos hacéis
y por ellas entendéis
en las valientes hazañas.
Luego los que os empleáis
en buscar vidas ajenas,
si de mujeres tratáis,
por una mala que halláis
no infaméis á tantas buenas.
Y si no os pueden vencer
tantas que hay castas y bellas,
mirad una que ha de ser
tal que sola ha de tener
cuanto alcanzan todas ellas.
Los más perfectos varones
sobrepujados los veo
de las muchas perfecciones
que della en pocas razones
un día Proteo.
Diciendo: En el suelo ibero,
en una edad fortunada
ha de nascer un lucero,
por quien Cynthia ver espero
en la lumbre aventajada.
Y será una dama tal,
que volverá el mundo ufano,
su casta ilustre y real
haciendo más principal
que la suya el africano.
Alégrese el mundo ya,
y esté advertido todo hombre
que de aquesta que vendrá
Castro el linaje será,
Doña Hieronyma el nombre.
Con Bolea ha de tener
acabada perfección,
siendo encumbrada mujer
del gran vicecanciller
de los reinos de Aragón.
Viendo estos dos, no presuma
Roma igualar con Iberia,
mas de envidia se consuma
de ver que él excede á Numa
y ella vale más que Egeria.
Vencerá á Porcia en bondad,
á Cornelia en discreción,
á Livia en la dignidad,
á Sulpicia en castidad
y en belleza á cuantas son.
Esto Proteo decía
y Eco á su voz replicaba;
la tierra y mar parecía
recebir nueva alegría
de la dicha que esperaba.
Pues de hoy más la gente fiera
deje vanos pareceres,
pues cuando tantas no hubiera,
ésta sola engrandesciera
el valor de las mujeres.
Parescieron muy bien las alabanzas y defensas de las mujeres y la gracia con que por Belisa fueron cantadas, de lo cual Don Felix quedó convencido, Belisa contenta y Arsileo muy ufano. Todos los hombres que allí estaban confessaron que era verdad cuanto en la canción estaba dicho en favor de las mujeres, no otorgando lo que en ella había contra los varones, especialmente lo que apuntaba de los engaños, cautelas y fingidas penas: antes dijeron ser ordinariamente más firme su fe y más encarescido su dolor de lo que publicaban. Lo que más á Arsileo contentó fué lo de la respuesta de Florisia á Melibeo, tanto por ser ella muy donosa y avisada, como porque algunas veces había oído á Belisa una canción hecha sobre ella, de la cual mucho se agradaba. Por lo cual le rogó que en tan alegre día, para contento de tan noble gente, la cantasse, y ella, como no sabía contradecir á su querido Arsileo, aunque cansada del passado cantar, al mesmo son la dijo, y era esta:
Canción.
Contando está Melibeo
á Florisia su dolor,
y ella responde: Pastor,
ni te entiendo ni te creo.
El dice: Pastora mía,
mira con qué pena muero,
que de grado sufro y quiero
el dolor que no querría.
Arde y muérese el deseo,
tengo esperanza y temor.
Ella responde: Pastor,
ni te entiendo ni te creo.
El dice: El triste cuidado
tan agradable me ha sido,
que cuanto más padescido,
entonces más deseado.
Premio ninguno deseo,
y estoy sirviendo al Amor.
Ella responde: Pastor,
ni te entiendo ni te creo.
El dice: La dura muerte
deseara si no fuera
por la pena que me diera
dejar, pastora, de verte.
Pero triste, si te veo,
padezco muerte mayor.
Ella responde: Pastor,
ni te entiendo ni te creo.
El dice: Muero en mirarte
y en no verte estoy penando;
cuando más te voy buscando
más temor tengo de hallarte.
Como el antiguo Proteo
mudo figura y color.
Ella responde: Pastor,
ni te entiendo ni te creo.
El dice: Haber no pretendo
más bien del que la alma alcanza,
porque aun con la esperanza
me paresce que te ofendo.
Que mil deleites posseo
en tener por ti un dolor.
Ella responde: Pastor,
ni te entiendo ni te creo.
En tanto que Belisa cantó sus dos cantares, Felicia había mandado á una Nympha lo que había de hacer para que allí se moviesse una alegre fiesta, y ella lo supo tan bien ejecutar, que al punto que acababa la pastora de cantar se sintieron en el río grandes voces y alaridos, mezclados con el ruido de las aguas. Vueltos todos hacia allá, y llegándose á la ribera, vieron venir río abajo doce barcas en dos escuadras, pintadas de muchos colores y muy ricamente aderezadas: las seis traían las velas de tornasol blanco carmesí, y en las popas sus estandartes de lo mesmo, y las otras seis velas y banderas de damasco morado, con bandas amarillas. Traían los remos hermosamente sobredorados y venían de rosas y flores cubiertas y adornadas. En cada una dellas había seis Nymphas vestidas con aljubas, es á saber: las de la una escuadra de terciopelo carmesí con franjas de plata, y las de la otra de terciopelo morado, con guarniciones de oro; sus brazos arregazados, mostrando una manga justa de tela de oro y plata, sus escudos embrazados á manera de valientes Amazonas. Los remeros eran unos salvajes coronados de rosas, amarrados á los bancos con cadenas de plata. Levantóse en ellos un gran estruendo de clarines, chirimías, cornetas y otras suertes de música, á cuyo son entraron dos á dos río abajo con un concierto que causaba grande admiración. Después desto se partieron en dos escuadrones, y salió de cada uno dellos un barco, quedando los otros á una parte. En cada cual de estos dos barcos venía un salvaje vestido de los colores de su parte, puestos los pies sobre la proa, llevando un escudo que le cubría de los pies á la cabeza, y en la mano derecha una lanza pintada de colores. Amainaron entrambos las velas, y á fuerza de remos arremetieron el uno contra el otro con furia muy grande. Movióse grande alarido de las Nymphas y salvajes, y de los que con sus voces los favorescían. Los remeros emplearon allí todas sus fuerzas, procurando los unos y los otros llevar mayor ímpetu y hacer más poderoso encuentro. Y viniéndose á encontrar los salvajes con las lanzas en los escudos, era cosa de gran deleite lo que les acaescía. Porque no tenían tantas fuerzas ni destreza, que con la furia con que los barcos corrían y con los golpes de las lanzas quedassen en pie, sino que unas veces caían dentro de los bajeles y otras en el río. Con esto allí se movía la risa, el regocijo y la música, que nunca cessaba. Los justadores la vez que caían en el agua iban nadando, y siendo de las Nymphas de su parcialidad recogidos, volvían otra vez á justar, y cayendo de nuevo, multiplicaron el regocijo. Al fin el barco de carmesí vino con tanta furia y su justador tuvo tanta destreza, que quedó en pie, derribando en el río á su contrario. A lo cual las Nymphas de su escuadrón levantaron tal vocería y dispararon tan extraña música, que las adversarias quedaron algo corridas, y señaladamente un SALVAJE robusto y soberbio, que afrentado y muy feroz dijo: ¿Es possible que en nuestra compañía haya hombre de tan poca habilidad y fuerza que no pueda resistir á golpes tan ligeros? Quitadme, Nymphas, esta cadena, y sirva en mi lugar por remero quien ha sido tan flojo justador, veréis cómo os dejaré á vosotras vencedoras y á las contrarias muy corridas. Dicho esto, librado por una hermosa Nympha de la cadena, con un bravo denuedo tomó la lanza y el escudo, y púsose en pie sobre la proa. A la hora los salvajes con valerosos ánimos comenzaron á remar, y las Nymphas á mover grande vocería. El contrario barco vino con el mesmo ímpetu, pero su salvaje no hubo menester emplear la lanza para quedar vencedor, porque el justador, que tanto había braveado, antes que se encontrassen, con la furia que su barco llevaba, no pudo ni supo tenerse en pie, sino que con su lanza y escudo cayó en el agua, dando claro ejemplo de que los más soberbios y presumptuosos caen en mayores faltas. Las Nympas le recogieron, que iba nadando, aunque no lo merescía. Pero los cinco barcos de morado que aparte estaban, viendo su compañero vencido, á manera de afrentados todos arremetieron. Los otros cinco de carmesí hicieron lo mesmo, y comenzaron las Nymphas á tirar muchedumbre de pelotas de cera blanca y colorada, huecas y llenas de aguas olorosas, levantando tal grita y peleando con tal orden y concierto, que figuraron allí una reñida batalla, como si verdaderamente lo fuera. Al fin de la cual los barcos de la devisa morada mostraron quedar rendidos, y las contrarias Nymphas saltaron en ellos á manera de vencedoras, y luego con la mesma música vinieron á la ribera, y desembarcaron las vencedoras y vencidas con los captivos salvajes, haciendo de su beldad muy alegre muestra. Passado esto, Felicia se volvió á la fuente donde antes estaba, y Eugerio y la otra compañía, siguiéndola, hicieron lo mesmo. Al tiempo que vinieron á ella, hallaron un pastor que en tanto que había durado la justa había entrado en la huerta y se había sentado junto al agua. Parescióles á todos muy gracioso, y especialmente á Felicia, que ya le conoscía, y ansí le dijo: A mejor tiempo no pudieras venir, Turiano, para remedio de tu pena y para augmento desta alegría. En lo que toca á tu dolor, después se tratará, mas para lo demás conviene que publiques cuanto aproveche tu cantar. Ya veo que tienes el rabel fuera del zurrón, paresciendo querer complacer á esta hermosa compañía; canta algo de tu Elvinia, que dello quedarás bien satisfecho. Espantado quedó el pastor que Felicia le nombrasse á él y á su zagala, y que á su pena alivio prometiesse; pero pensando pagarle más tales ofrescimientos con hacer su mandado que con gratificarlos de palabras, estando todos assentados y atentos, se puso á tañer su rabel y á cantar lo siguiente:
Rimas provenzales.
Cuando con mil colores devisado
viene el verano en el ameno suelo,
el campo hermoso está, sereno el cielo,
rico el pastor y próspero el ganado.
Philomena por árboles floridos
da sus gemidos:
hay fuentes bellas,
y en torno dellas,
cantos suaves
de Nymphas y aves.
Mas si Elvinia de allí sus ojos parte,
habrá contino hibierno en toda parte.
Cuando el helado Cierzo de hermosura
despoja hierbas, árboles y flores,
el canto dejan ya los ruiseñores
y queda el yermo campo sin verdura.
Mil horas son más largas que los días
las noches frías,
espessa niebla
con la tiniebla
escura y triste
el aire viste.
Mas salga Elvinia al campo, y por doquiera
renovará la alegre primavera.
Si alguna vez envía el cielo airado
el temeroso rayo ó bravo trueno,
está el pastor de todo amparo ajeno,
triste, medroso, atónito y turbado.
Y si granizo ó dura piedra arroja,
la fruta y hoja
gasta y destruye,
el pastor huye
á passo largo,
triste y amargo.
Mas salga Elvinia al campo, y su belleza
desterrará el recelo y la tristeza.
Y si acaso tañendo estó ó cantando
á sombra de olmos ó altos valladares,
y están con dulce acento á mis cantares
la mirla y la calandria replicando;
Cuando suave expira el fresco viento,
cuando el contento
más soberano
me tiene ufano,
libre de miedo,
lozano y ledo:
si assoma Elvinia airada, assí me espanto,
que el rayo ardiente no me atierra tanto.
Si Delia en perseguir silvestres fieras,
con muy castos cuidados ocupada
va de su hermosa escuadra acompañada,
buscando sotos, campos y riberas;
Napeas y Hamadriadas hermosas
con frescas rosas
le van delante,
está triunfante
con lo que tiene;
pero si viene
al bosque donde caza Elvinia mía,
parecerá menor su lozanía.
Y cuando aquellos miembros delicados
se lavan en la fuente esclarescida,
si allí Cyntia estuviera, de corrida
los ojos abajara avergonzados.
Porque en la agua de aquella transparente
y clara fuente
el mármol fino
y peregrino
con beldad rara
se figurara,
y al atrevido Acteon, si la viera,
no en ciervo, pero en mármol convertiera.
Canción, quiero mil veces replicarte
en toda parte,
por ver si el canto
amansa un tanto
mi clara estrella,
tan cruda y bella.
Dichoso yo si tal ventura hubiesse
que Elvinia se ablandasse ó yo muriesse.
No se puede encarescer lo que les agradó la voz y gracia del zagal, porque él cantó de manera, y era tan hermoso, que paresció ser Apolo, que otra vez había venido á ser pastor, porque otro ninguno juzgaron suficiente á tanta belleza y habilidad. Montano, maravillado desto, le dijo: Grande obligación tiene, zagal, la pastora Elvinia, de quien tan subtilmente has cantado, no sólo por lo que gana en ser querida de tan gracioso pastor como tú eres, pero en ser sus bellezas y habilidades con tan delicadas comparaciones en tus versos encarescidas. Pero siendo ella amada de ti, se ha de imaginar que ha de tener última y extremada perfección, y una de las cosas que más para ello la ayudarán, será la destreza y ejercicio de la caza, en la cual con Diana la igualaste, porque es una de las cosas que más belleza y gracia añaden á las Nymphas y pastoras. Un zagal conoscí yo en mi aldea, y aun Ismenia y Selvagio también le conoscen, que, enamorado de una pastora nombrada Argía, de ninguna gentileza suya más captivo estaba que de una singular destreza que tenía en tirar un arco, con que las fieras y aves con agudas y ciertas flechas enclavaba. Por lo cual el pastor, nombrado Olympio, cantaba algunas veces un soneto sobre la destreza, la hermosura y crueldad de aquella zagala, formando entre ella y la Diosa Diana y Cupido un desafío de tirar arco, cosa harto graciosa y delicada, y por contentarme mucho le tomé de cabeza. A esto salio Clenarda diciendo: Razón será, pues, que tengamos parte de esse contento con oirle. A lo menos á mí no me puede ser cosa más agradable que oirtele cantar, siquiera por la devoción que tengo al ejercicio de tirar arco. Pláceme, dijo Montano, si con ello no he de ser enojoso. No puede, dijo Polydoro, causar enojo lo que con tan gran contento será escuchado. Tocando entonces Montano un rabel, cantó el soneto de Olympio, que decía:
Soneto.
Probaron en el campo su destreza
Diana, Amor y la pastora mía,
flechas tirando á un árbol, que tenía
pintado un corazón en la corteza.
Allí apostó Diana su belleza,
su arco Amor, su libertad Argía,
la cual mostró en tirar más gallardía,
mejor tino, denuedo y gentileza.
Y ansí ganó á Diana la hermosura,
las armas á Cupido, y ha quedado
tan bella y tan cruel desta victoria,
Que á mis cansados ojos su figura,
y el arco fiero al corazon cuitado
quitó la libertad, la vida y gloria.
Fué muy agradable á todos este soneto, y más la suavidad con que por Montano fué cantado. Después de consideradas en particular todas sus partes, y passadas algunas pláticas sobre la materia dél, Felicia, viendo que la noche se acercaba, paresciéndole que para aquel día sus huéspedes quedaban asaz regocijados, haciendo señal de querer hablar, hizo que la gente, dejado el bullicio y fiesta, con ánimo atento se sossegasse, y estando todos en reposado silencio, con su acostumbrada gravedad habló ansí:
Por muy averiguado tengo, caballeros y damas, pastores y pastoras de gran merescimiento, que después que á mi casa venísteis, no podréis de mis favores ni de los servicios de mis Nymphas en ninguna manera quejaros. Pero fué tanto el deseo que tuve de complaceros y el contento que recibo en que semejantes personas le tengan por mi causa, que me paresce que, aunque más hiciera, no igualara de gran parte lo mucho que merescéis. Solos quedan entre vosotros descontentos Narcisso con la aspereza de Melisea y Turiano con la de Elvinia. A los cuales por agora les bastará consolarse con la esperanza; pues mi palabra, que no suele mentir, por la forma que más les conviene, presta y cumplida salud ciertamente les promete. A Eugerio veo alegre con el hijo, hijas y yerno, y tiene razón de estallo, despues que á causa dellos se ha visto en tantos peligros y ha sufrido tan fatigosas penas y cuidados.
Acabadas las razones de Felicia, el viejo Eugerio quedó espantado de tal sabiduría, y los demás satisfechos de tan saludable reprensión, sacando della provechoso fruto para vivir de allí adelante muy recatados. Y levantándose todos de entorno la fuente, siguiendo á la sabia, salieron del jardín, yendo al palacio á retirarse en sus aposentos, aparejando los ánimos á las fiestas del venidero día. Las cuales y lo que de Narcisso, Turiano, Tauriso y Berardo acontesció, juntamente con la historia de Danteo y Duardo, portugueses, que aquí por algunos respetos no se escribe, y otras cosas de gusto y de provecho, están tratadas en la otra parte deste libro, que antes de muchos días, placiendo á Dios, será impressa.
FIN DE LA DIANA ENAMORADA DE GASPAR GIL POLO
EL PASTOR DE FILIDA
COMPUESTO POR
LUIS GÁLVEZ DE MONTALVO
GENTIL-HOMBRE CORTESANO
CARTA DEDICATORIA DEL AUTOR AL MUY ILUSTRE SEÑOR DON ENRIQUE DE MENDOZA Y ARAGÓN
Considerando que desde el tiempo que U. S. se criaba en casa de sus excelentíssimos abuelos, aquel gran Duque del Infantado, tan digno deste nombre, y aquella gran señora, digna hija del Infante Fortuna, siempre U. S. fué amador de la virtud; y siempre, desde aquella edad tierna, ha ido resplandeciendo en su pecho la gloriosa llama de su sangre, hasta ser el mayor testimonio della, de dó nace ser U. S. entre los suyos el más virtuoso de los ricos y el más rico de los virtuosos, con aquel don del cielo que por mayor premio el mundo puede dar: amado de grandes y menores, y de todos conocidas las excelencias con que fué criado, sin que rabia de tiempo ni rigor de envidia lo puedan negar ni deshacer. Entre los venturosos que á U. S. conocen y tratan, he sido yo uno, y estimo que de los más, porque deseando servir á U. S. se cumplió mi deseo, y assi dejé mi casa y otras muy señaladas, dó fui rogado que viviesse, y vine á ésta, donde holgaré de morir, y donde mi mayor trabajo es estar ocioso, contento y honrado, como criado de U. S. Y assi, á ratos entretenido en mi antiguo ejercicio de la divina alteza de la Poesía, donde son tantos los llamados y tan pocos los escogidos, he compuesto El Pastor de Filida, libro humilde y pequeño, digníssimo de su nombre, de aquel favor con que U. S. suele amparar á los necessitados dél, en lo cual fiado se le ofrezco, rudo y mal ataviado, como viene de las Selvas, para que U. S. le despierte y componga de su mano, que cuanto es soberbio en pensamientos, es humilde en voluntad; y sabrá conocer la merced que se le hiciere, sin miedo de que nadie le ose enojar; y yo que le envío, me atreveré á trocar su zampoña en trompeta heroica, que cante el bien que el mundo de U. S. tiene y espera: cuya muy ilustre persona y estado nuestro Señor guarde y acreciente, como todo el mundo desea. De Madrid, y Febrero 20 de 1582.
Las muy ilustres manos de U. S. besa su criado
Gálvez de Montalvo.
EL AUTOR AL LIBRO
Pastor de mis pensamientos,
guardador de mis cuidados,
si quieres trocar los prados
por soberbios aposentos,
seráte fuerza volar
sin alas con que subir,
y habréme de lastimar,
de mí, por verte partir;
de ti, por verte quedar.
Dejarás la gravedad;
no me parezcas en esto;
también será deshonesto
que pierdas mi autoridad.
Si te vieres en aprieto,
mostraréte á ser bastante
para quedar sin defeto,
sei con el necio arrogante
y humilde con el discreto.
Cuando entre damas te vieres,
honestas, sabias, hermosas,
encubrirás cuantas cosas
contra su opinion tuvieres;
mas si te catan los senos
y en sus orejas dissuenas,
diles, con ojos serenos,
que si todas fueran buenas
las buenas valdrían menos.
No llevas capas, ni ornatos
de Parnassos, ni Helicones,
que por mis pobres rincones
apenas tenías zapatos.
Y si los Faunos acaso
por los montes te encontraren,
passa quedo, habla passo;
que donde ellos agradaren
harán de ti poco caso.
No te quiero yo obligar
á hablar de mí por tassa;
que lo que passa ó no passa,
ya sé que lo has de contar;
y si causares porfía
con lo que te enseño yo,
bajarás la fantasía,
y di que el que te enseñó
quizá menos lo entendía.
Si te aprobaren los más,
no te mueva hichazón,
que la perfeta eleción
en los menos la verás;
pero si los pocos ves
contar tus hechos por vanos,
no pretendas tu interés,
ni te cures de las manos,
que más te valdrán los pies.
Para derramar tus obras,
no tomes larga carrera:
si agradas, vas tras do quiera,
si enfadas, do quiera sobras.
Donde tus prendas están
no temas los enemigos,
y si te ves en afán
acógete á mis amigos,
que éstos no te faltarán.
No quiero negarte aquí,
que otro gallo me cantara
si á mí se me aconsejara
lo que te aconsejo á ti;
lo que sé te significo,
haz lo que será cordura,
no puedo dejarte rico;
mas si tuvieres ventura,
podrás valer por tu pico.
Bien conviene que recuerden
los Hados á te ayudar,
si te tienes de ganar
por lo que tantos se pierden,
podría ser que muriesses
como han hecho más de dos;
ó tantos siglos viviesses,
que hoy pidiesses por Dios,
y tú mañana lo diesses.
Si se rompiere la hebra
de mi nombre y de tu vida,
la hechura irá perdida,
como vidrio que se quiebra.
Y pues de vivir honrado
te partes tan sospechoso,
no debes juzgar tu estado
por larga vida dichoso,
ni por corta desdichado.
Mas ¡ay! que me llevas cuanto
me tenía enriquecido,
que como lo he padecido
por fuerza lo estimo en tanto,
y otras prendas que no cuento,
que parece poco seso
mezclarlas en este intento;
mas van para contrapeso,
porque no te lleve el viento.
Ora cantes, ora llores,
ora provoques á risa,
siempre será tu devisa:
LA CAUSA DE MIS DOLORES.
Este es el blasón que quiero,
y dél quiero que presumas;
y en lo demás te requiero,
que te faltarán las plumas
si te picas de altanero.
CENSURA
Por comissión de los Señores del Consejo de su Majestad, he visto este libro, cuyo título es El Pastor de Filida, compuesto por Luis Gálvez de Montalvo, en prosa y verso castellano; y habiéndole passado con atención, me parece no sólo digno de salir á luz, en conformidad de la pretensión de su autor, más aun que me parece, por su pureza, propiedad, facilidad y dulzura, por la novedad de las invenciones, por la orden y disposición con que las trata, ser estimado por uno de los más aceptos que hasta ahora en este género han salido á juicio del mundo; y aunque la materia, siendo pastoril y amorosa, parece que de suyo requiere humildad y llaneza, no le ha costado tan poco guardar el decoro que en ella se pide, que no haya hecho por igual el estilo y acomodarle al propósito que se sigue, guardando las partes á él necessarias, todo lo que, con mucho estudio, de un aventajado ingenio se puede esperar: y assí, libre de pasión, me parece que se le debe conceder la licencia que pide. En Madrid á dos de Junio de 1581.
Pedro Laínez.
PRIMERA PARTE
DEL PASTOR DE FILIDA
Cuando de más apuestos y lucidos pastores florecía el Tajo, morada antigua de las sagradas Musas, vino á su celebrada ribera el caudaloso Mendino, nieto del gran rabadán Mendiano, con cuya llegada el claro río ensoberbeció sus corrientes: los altos montes de luz y gloria se vistieron; el fértil campo renovó su casi perdida hermosura, pues los pastores dél, incitados de aquella sobrenatural virtud, de manera siguieron sus pisadas que, envidioso Ebro, confuso Tormes, Pisuerga y Guadalquivir admirados, inclinaron sus cabezas, y las hinchadas urnas manaron con un silencio admirable: sólo el felice Tajo resonaba, y lo mejor de su son era Mendino, cuya ausencia sintió de suerte Henares, su nativo río, que con sus ojos acrecentó tributo á las arenas de oro. Bien le fué menester al gallardo pastor, para no sentir la ausencia de su caríssimo hermano, hallar en esta ribera al gentil Castalio, su primo, al caudaloso Cardenio, al galán Coridón, con otros muchos valerosos pastores y rabadanes, deudos y amigos de los suyos, con quien passaba dulce y agradable vida Mendino, en quien todos hallaban tan cumplida satisfación, que como olvidados de sus propias cabañas, sitios y albergues, los de Mendino estaban siempre acompañados de la mayor nobleza de la pastoría: de allí salían á los continuos juegos, y allí volvían por los debidos premios; allí se componían las perdidas amistades y por allí pasaban los bienes y males de Amor, cuáles pesada y cuáles ligeramente: sólo Mendino entre todos era tan señor de sí en sus tratos, que si todos no le amaran, todos le fueran envidiosos; mas ¿quién gozará perseverancia en tanto bien contra las fuerzas del tiempo, si donde unas no bastan otras sobran? Curiosamente Mendino, guiado de los pastores de la nueva ribera, vido las más hermosas pastoras y ninfas de ella: la gracia y gallardía de Filena y Nise, la gran hermosura de Pradelia y Clori, la sin igual discreción de Nerea, acostumbrada á vencer en versos á los más celebrados poetas del Tajo; el dulcíssimo canto de Belisa, acompañado de igual valor, y otras muchas, que no quedaban atrás, no bastaron á que la libertad de Mendino no passase por muchos días adelante, hasta llegar el plazo de su deuda, que fué en un día del florido Abril, entre los salces del río, donde, retirados de los silvestres juegos los más validos pastores y las pastoras de más beldad, Elisa entre ellas fué señalada para venganza de Amor, á quien Mendino rindió las fuerzas y la voluntad á un punto. Era Elisa de antigua y clara generación, de hermosura y gracia sin igual, de edad tierna y de maduro juicio, amada de muchos, mas de ninguno pagada, y aun el saber esto fué causa en Mendino de detenerse en descubrir su fuego, que, como las plantas con los años, iba con las horas creciendo, hasta que el sufrimiento rompió, y las secretas llamas resplandecieron por mil diversas partes, ora en placer, ora en tristeza; cuándo concertando fiestas públicas, donde á todos los pastores se aventajaba, y cuándo en profundas melancolías retirándose, aunque lo más ordinario era, olvidado del hato y los amigos, buscar los lugares donde Elisa estaba, no inocente, aunque dissimulada, de la afición de Mendino, el cual, entre temor y esperanza, determinó decirle su mal, y faltándole aliento en la presencia, tomó por medio escribirle, no en versos propios ni ajenos, ni con palabras de artificio y cuidado, sino con pura llaneza del corazón, en razones humildes como éstas:
MENDINO
«Elisa: Si el conoceros ha sido causa para desconocerme, podrálo ser también de mi disculpa en esta osadía, que os certifico que no lo es decir mis males, sino un dolor, de que debéis doleros como causa dél, y no le tuviera por tal si le mereciera; pero verme indigno del daño me quita la esperanza del remedio y me acobarda de suerte al descubrirle, que holgaría que este papel perdiesse el camino, por que no nos perdamos los dos: que esto es muy cierto, si vos, como sola señora mía, no volvéis en todo por mí, revolviendo á vuestro valor y hermosura, de cuya fuerza fuera impossible resistirme, cuanto más librarme. En fin; peno, y no hay para mí lugar de alivio, sino vuestra voluntad, que, como yo la sepa, será la medida de mi deseo, del cual, pues antes que á vos he hecho testigos á las piedras y á las plantas, no es razón que también antes que vos se duelan de quien ama la muerte por amaros».
Este papel llegó á las manos de Elisa por las de un zagal de Mendino, que en la cabaña de la hermosa pastora tenía entrada. No fué Sirio (que assí el zagal se llamaba) mal recibido, antes, passando Elisa muchas veces los ojos por la carta, passaron por su pecho mil consideraciones tiernas, que con cada una iba perdiendo de la entereza de su corazón, que siempre fué desdeñoso y grave, y vuelta á Sirio, le dixo: Dile, zagal, á Mendino, que si éstas son verdades, el tiempo lo dirá por él. Con esto el zagalejo volvió á Mendino, y Mendino tan en sí, como de muerte á vida. Primero alabó su pensamiento y la hora de su determinación, y ofreció de nuevo la libertad á Elisa, y luego estudió los passos de su jornada con más cuidado y menos demostraciones, que es muy de buen enamorado, más recatado á más favor. No dejó la compañía de los amigos y deudos, ni se apartó de los ratos de exercicio público, aunque todos eran pesados para él, pero con una templada dissimulación buscaba los de su contento, y acompañaba al viejo Sileno, venerable padre de la hermosa pastora; y muchas veces en su compañía, y en la de Galafrón y Barcino, Mireno y Liardo, los tres deudos y el uno apasionado de Elisa, passaban los días por la espessura del monte ó por las sombras del llano, á gran placer de todos, que sin más industria de su natural condición, de buenos y malos era amado, y en cualquier lugar se le daba el primero; mas en el pecho de Elisa no había segundo, ni el pastor quería otro bien sino éste, ni ya ella podía detenerse en allanarse, ni Amor en favorecer sus intentos, y assí todo era verdad, todo amor y todo llaneza sin estorbo, que los mismos deudos y aficionados de Elisa entretenían á Mendino y le llevaban á las cabañas de Sileno; y el mismo Sileno, sin esquivarse de que acompañasse á la cara hija por la soledad de los campos y las fuentes; y todo se podía fiar de la bondad de Mendino y del valor de Elisa, aunque no en la opinión de Filis, hermosa ninfa del Tajo, que, amando secretamente á Mendino, sin osar descubrirle su intención, combatida de amor y celos, muchas veces los buscaba, y con fingida amistad acompañándolos, escudriñaba sus pechos, sin entender el pastor que Filis le amaba ni Elisa que le aborrecía. Pues como un dia, entre otros, Elisa, Filis y Clori, Mendino, Galafrón y Castalio, se hallasen juntos á la sombra y frescura de un manso arroyo, habiendo passado gran rato en dulces pláticas y razones, ya que el sol iba igualando los campos y los sotos, Galafrón, incitado de los demás pastores, sacó la lira y la acompañó cantando:
GALAFRÓN
Pastora, tus ojos bellos,
mi cielo puedo llamallos,
pues en llegando á mirallos
se me passa el alma á ellos.
Ojos cuya perfección
desprecia humanos despojos,
los ojos los llamen ojos,
que el alma sabe quién son.
Pastora, la fuerza dellos
por espejo hace estimallos,
pues viene junto el mirallos
y el passarse el alma á ellos.
Muchas cosas dan señal
desta verdad sin recelo,
que tus ojos son del cielo
y su poder celestial.
Pastora, pues sólo vellos
fuerza el corazón á amallos,
y la gloria de mirallos
á passarse el alma á ellos.
Elisa fué en quien menos Galafrón puso los ojos mientras duró su canto, y aun ella la que menos estuvo en él: pero todos conocieron el recato del pastor y el desdén de la pastora, y no osando alabarle á él por ella ni hablarle á ella en él, todos callaban, hasta que Mendino, al son de un rabel, con esta canción rompió el silencio:
MENDINO
Si tanto gana, pastora,
quien mira tus ojos bellos,
¿qué hará el mirado dellos?
Entre mirarse y mirar,
la ventaja es conocida,
como de buscar la vida
á venir ella á buscar.
No le queda qué hallar
á aquel que merece vellos,
sino ser mirado dellos.
Aunque en su luz sin igual
no puede haber competencia,
por oficio hay diferencia
de más y menos caudal;
que si el medio principal
del deseo es conocellos,
el fin ser mirado dellos.
Este breve cantar, dilatado con dulce son y agradable harmonía, escuchó Elisa con rostro alegre y grave, y los demás con mucha atención y gusto: y ya que el gentil Castalio, las manos en el rabel y los ojos en la bella Clori, acrecentarle quería, vieron venir al arroyo los dos apuestos pastores Bruno y Turino, éste nuevamente cautivo y aquél escapado del Amor, siendo verdad que poco antes fué Bruno el amante y Turino el descuidado; pero á todo bastó la hermosura y aspereza de Filis, esta misma Filis que á Mendino secretamente amaba. Pues como agora los dos pastores llegaron, y vieron la causa, uno de su presente y otro de su passado daño, ambos destos pastores admitidos, y ambos dellos mismos rogados, ambos las manos en las liras, desta arte Bruno y assí Turino cantaron:
BRUNO
Id, mis cuidados, de rigor vestidos
por los peñascos de dureza llenos,
que allí aun seréis por ásperos tenidos.
TURINO
Veníos á mí, llenad entrambos senos
de cuerpo y alma, que el que os busca y llama,
cuando sois más, os tiene por más buenos.
BRUNO
Bien gana gloria, bien consigue fama,
quien por amar á solo su enemigo
de sí se olvida y su salud desama.
TURINO
Al cielo, Filis, quiero por testigo,
Filis hermosa, que me importa amarte
cuando procuro no estar mal conmigo.
BRUNO
Miedos á una, celos á otra parte;
vayan y vengan fáciles antojos,
en cuyo gusto el alma tenga parte.
TURINO
Si para mí nacieron los enojos,
¿cómo podré no sujetar el cuello
al yugo amado sobre entrambos ojos?
BRUNO
Ya que te ves colgado de un cabello
y tu esperanza encomendada al viento,
¿qué piensas ver en recompensa dello?
TURINO
Cuando no vea más de mi tormento
y aquel valor que es ocasión del daño,
es paga justa de mi perdimiento.
BRUNO
Mira y verás tu engaño,
que tu garganta con placer desnuda;
y el presto desengaño
el duro lazo al tierno cuello añuda,
la leña pone luego,
y tu fe misma está soplando el fuego.
TURINO
Los claros ojos miro
de quien el alma, vida ó muerte quiere;
que allí sólo respiro,
donde el dolor con más rigor me hiere,
y aquella hermosura
es el Abril de mi mayor frescura.
BRUNO
¡Oh desdén de perfeción,
hágate el mundo un soberano templo,
y el fiel corazón
se ponga allí en mi muerte por ejemplo;
y con él sean colgadas
estas cadenas, rotas de apretadas!
TURINO
A ti va mi destino,
Amor; por tuyas todas mis prisiones,
que en el agro camino,
en que á tu gusto mis pisadas pones,
más aliviado ando
cuando las llevo por tu honor rastrando.
BRUNO
Vive penando entre cuidados tristes.
TURINO
Cuenta tus chistes entre los pastores.
BRUNO
Bebe dolores, sudarás fatigas.
TURINO
Come tus migas, vivirás contento.
BRUNO
Haz en el viento muros y castillos.
TURINO
Haz tú á los grillos jaulas de la avena.
BRUNO
Siembra en la arena, perderás cuidado.
TURINO
Y sin perderle quedaré pagado.
Si la hermosa Filis no fuera tan graciosa y tan discreta, no pudiérase cansar destas canciones, porque igualmente el cautivo y el exento la enfadaban; mas viendo que los demás con tanto deleite los oían, la pastora hizo lo mismo hasta el fin, que como los pastores se metieron en cuestión de firmezas y mudanzas, ella se volvió á Elisa, y á poco rato, despedidas de los pastores, se entraron por la espessura de los árboles con poco gusto de todos, y menos de Mendino, que las quisiera seguir, pero no pudo, que Galafrón por diversa parte le llevó hablando, y cuando le vido en soledad favorable á su intención, primero alabó la hermosura y discreción de Filis, el caudal y suerte, y sobre todo el trato tan lleno de bondad y llaneza; después le aconsejó que pussiesse en ella el pensamiento, pues en otra ninguna estaría tan bien ocupado. Ni le pareció al cortés Mendino despreciar alguna destas cosas, pero menos le salió al empleo, y como no era esto lo que Galafrón buscaba, declaróse más, y dijo que él sabía que le amaba Filis. Mendino hizo la estimación debida, y tras largas razones, á más ver se despidieron los dos y guiaron á sus ganados, que en el amparo de nobles mayorales y pastores los tenían. Graciosa cosa que Filis hizo el mismo oficio con Elisa, pidiéndole que amasse á Galafrón, pues su valor y su fe lo merecían; de dó se deja entender que Galafrón y Filis estaban de concierto, y aunque Galafrón á Mendino y Filis á Elisa se encargaron el secreto, no por esso Mendino y Elisa le guardaron; y bueno fuera que los dos se celaran ningun propio acaecimiento, ésta fuera la falta, que si en essotro la hubo quedóse en quien entendió que entre Mendino y Elisa podía, habiendo sola una alma, haber más de un corazón. Discreta era Elisa, y viendo que Filis, enamorada y celosa, los podría dañar, aconsejó á Mendino que con aparencias la entretuviesse, y serviría de más seguridad y secreto en sus veras. Lo mismo quiso Mendino que Elisa hiciesse con Galafrón, y el ponerse assí por obra fué causa en ellos de mayor deleite, porque las horas que los dos verdaderos amantes se hurtaban de todos para solos verse y conversarse, con toda aquella bondad que dos almas desnudas lo pudieran hacer, no era la peor parte el contarse lo que á él con Filis y á ella con Galafrón les sucedía. Ved si Mendino y Elisa vivirían contentos: pues Galafrón y Filis también lo estaban, hasta que no faltó quien lo viniesse á turbar en todos. Murió Padelio, noble y próspero rabadán, y vino al Tajo á heredar sus rebaños Palideo, su hermano, mancebo sabio y galán, y quitando los ojos de la herencia, los puso en la belleza de Elisa, con tanta solicitud y ardimiento, que de día en sus cabañas, con el viejo Sileno, que su grande amigo era, y de noche cercándolas con sus propios pastores, jamás faltaba: esto á gran costa y pesar de Mendino, y no menos de Elisa, porque, estorbadas las horas de su contento, los dos andaban tan sin él, que fácilmente se les echaba de ver, y lo peor fué que Sileno, con sospecha ó aviso, se receló de entrambos. Creció el cuidado en Mendino, y perdiendo el respeto á su recato, los días velaba y las noches no dormía. Y no es possible menos á quien ama en competencia, aunque verdaderamente se vea triunfando de su enemigo. Desta diligencia, Padileo, celoso, acrecentó la suya, y Galafrón y Filis vieron su perdición: que en los tiempos adversos nadie sabe fingir. Nublados fueron éstos que en Padileo tronaron, en Mendino y Elisa turbaron la luz, y en los ojos de Galafrón y Filis llovieron, y no por esso cesaron: pues viéndose Elisa en tanto dolor y á su querido amante, confusa y triste y imposibilitada de poderle consolar, quiso hacerlo por escrito, y con el zagal Sirio le envió una letra que decía:
ELISA
Es el papel en que escribo
el corazón que os he dado;
y el estilo mal limado,
el mismo mal en que vivo;
el agotado licor
de mis entrañas la tinta;
y la pluma que le pinta,
es con la que vuela Amor.
Recebid esta embajada,
á vos sola dirigida,
de una libertad perdida
y una voluntad ganada,
aunque por aqueste modo
pagados vamos los dos,
pues que hallo en solo vos
todo lo que pierdo en todo.
Viviendo sola y ausente
de mi propia compañía,
agravio al alma sería
preguntarle lo que siente.
Si á descubrirlo me ofrezco,
en vano me cansaré,
pues se ha de entender por fe
ó por mí que lo padezco.
Estas montañas á una
testigos firmes me son
que lo es más mi corazón
á los golpes de Fortuna.
Y este noble humilde techo,
que de albergaros fué dino,
sabe que sólo Mendino
puede caber en mi pecho.
Moradas de hombres y fieras
conocen esta verdad,
que mi mucha voluntad
no se extiende á menos veras.
Y si vos de aqueste intento
lo cierto queréis sentir,
sin alma podré vivir
con vuestro conocimiento.
Si no escucháis el dolor,
tenelde de verme así,
con tal que me deis á mí
el vuestro todo, pastor;
mas no me contenta, no,
haceros tal demasía,
más á cuento nos vendría
pagar por entrambos yo.
Si por ventura estimáis
más mi fe que vuestro gusto,
á tiempo estamos, que es justo
que mostréis lo que me amáis:
pues puedo y quiero juraros,
así me vala el quereros,
que cuanto pierdo de veros
lo voy cobrando en amaros.
El que dañarnos pretende,
aqueste cargo nos echa,
si en estorbar se aprovecha,
que en aprovechar se ofende:
y no me juzguéis culpada
en su vana pretensión,
pues sola vuestra opinión
me hace á mí deseada.
El vela noches y días,
con enojo suyo y nuestro,
mas yo os ofrezco por vuestro
el fruto de sus porfías:
él verá, por más que haga,
el poco rastro que deja,
y siendo suya la queja,
veréis vos vuestra la paga.
Imposible me es quererle,
y aun no dexar él de amarme,
que cansarále el cansarme
más que á mí el aborrecerle.
Su bien y su mal igualo,
y por ponerle más freno,
ni le encenderé con bueno,
ni le indignaré con malo.
Si estos medios no son tales,
dadme vos otros mejores,
que aunque me los deis peores,
me serán los más cabales.
Esto es lo que Amor me enseña,
y lo que compro barato,
siendo de cera en el trato
y en la firmeza de peña.
Ausencias, muertes, debates,
adversidades y antojos,
son el toque en que á los ojos
muestra la fe sus quilates.
Los suyos os mostrará
la mía con tal excesso,
que la tomaréis sin peso
y después no os pesará.
Y pues tan claro veréis
que es mi fe tan viva y cierta,
porque no parezca muerta,
mandadla obrar y veréis
cómo atropella al momento
honra y vida sin temor,
porque no hay vida ni honor
fuera de vuestro contento.
Andando á solas un poco
ayer, sin vos y sin mí,
en un álamo leí:
nunca mucho costó poco;
mas yo, que sé cómo lucho,
con deseo y con trabajo
borrélo y puse debajo:
nunca mucho costó mucho.
En el mar seguro y manso
se anega el desconfiado;
y al que espera ser premiado
cualquier trabajo es descanso;
con la esperanza de gloria
no puede haber mucha pena,
que el que vence en la cadena,
mayor hace la victoria.
Hay un muro en mi vergel,
á la parte de la fuente,
y un resquicio suficiente,
para hablarnos por él,
dó podrás venir seguro,
entre el norte y el lucero,
que allí, pastor, os espero,
y en Dios, de veros sin muro.
Aunque no fuera deseado, fuera de mucho contento en Mendino el papel de Elisa, pues viniendo á tan buen tiempo, fácil es de entender cómo sería recebido y cómo celebrado. Quisiera el pastor poder mostrar su alegría sin que fuera tan á costa suya; pero cerrándola dentro de su corazón, se dispuso á la siguiente noche que apenas vido el silencio della, cuando mudado el vestido, con un grueso bastón de encina con que acostumbrado estaba Mendino á despartir los toros en la pelea y á derribar los ossos en los montes, se salió de su cabaña, y rodeando la de Elisa, con atento oído y pies sordos llegó al muro señalado, donde ya la pastora le esperaba y le avisó que aun no era tiempo para hablarle de espacio, que entretanto se fuese y tornase acompañado, porque Padileo no pudiese como á solo ofenderle ni como á ocupado hallarle. A esto Mendino obedeció, y aunque pudiera buscar á su buen primo Castalio, ó al galán Coridón, su leal amigo, que con mucho gusto de Elisa era consabidor deste caso, no quiso más compañía que á Siralvo, uno de sus mayorales, de quien fiaba mucho y más podía. Juntos se fueron á aquel secreto lugar, y quedando Siralvo á la entrada dél, de donde todas las del campo descubría, Mendiano por entre el muro y las peñas, lugar estrecho y sombrío, llegó al resquicio, y sentado sobre la húmida hierba esperó, y no mucho, que presto vino la hermosa Elisa, que con su luz esclareció la noche y con su habla puso el día en el alma de Mendino. Allí hubo razones tiernas y turbadas; allí lágrimas y risas, ruegos y promesas, y sobre todo Amor que lo sazonaba. No fué sola esta vez la que Mendino y Elisa por aquella parte se hablaron; pero no todas Mendino llevó á Siralvo que le acompañasse, porque sabía que el humilde pastor no lo era en pensamientos. Andaba furiosamente herido de los amores de Filida, Filida que por lo menos en hermosura era llamada sin par y en suerte no la tenía; y como los días con la ocupación del ganado y el recelo de Vandalio y sus pastores (á donde Filida estaba) no le daban lugar á procurar verla ni oirla, iba las noches y descansaba á vista de sus cabañas, y algunas veces veía á la misma Filida, que en compañía de sus pastoras salía á buscar la frescura de las fuentes, y entre los árboles cantaba, y haciéndose encontrado con ellas, no se esquivaba Filida de oirle ni de entender que le amaba, que bien sabía de Florela, pastora suya, con quien Siralvo comunicaba su mal, y de cuantos más al pastor conocían, que cabía en su virtud su deseo. Esto entendía Mendino, y lastimoso de estorbarle, muchas noches se iba solo á hablar á la hermosa Elisa, entre las cuales una el sospechoso Padileo le acechó y le vido, y fué por mejor que, celoso y desconfiado, sin decir la causa de su movimiento, pidió luego por mujer á la hermosa y discreta Albanisa, viuda del próspero Mendineo, hija del generoso rabadán Coriano, que en la ribera del Henares vivía, y allí desde las antiguas cabañas de su padre apacentaba en la fértil ribera 1.000 vacas, 10.000 ovejas criaderas y otras tantas cabras en el monte al gobierno de su mayoral Montano, padre de Siralvo, pastor de Mendino. Esta famosa empresa consiguió Padileo, y en conformidad de los deudos de una y otra parte, partió del Tajo, acompañado de los mejores rabadanes dél, y el mismo Mendino, que muy deudo y amigo era de la gentil Albanisa, y desposado y contento, con el mayor gassajo y fiesta que jamás se vido entre pastores, volvió del Henares con la cara esposa, enriqueciendo de beldad y valor el Tajo y su ribera; desta suerte quedó contento Mendino y pagado Padileo, y Elisa, pagada y contenta; y como de nuevo comenzó Mendino en sus amores, y forzosamente á fingir con Filis y Elisa con Galafrón, que no les importaba menos que el sossiego, y sin más industria dellos, el viejo Sileno asseguró su pecho, y el trato como primero y con más deleite tornó en todos y los placeres y fiestas lo mismo, porque para cualquier género de ejercicio había en la ribera bastantíssima compañía: en fuerza y maña, Mendino, Castalio, Cardenio y Coridón; en la divina alteza de la poesía, Arciolo, Tirsi, Campiano y Siralvo; en la música y canto, con la hermosa Belisa, Salio, Matunto, Filardo y Arsiano, aunque á la sazón Filardo, enamorado de la pastora Filena y celoso de Pradelio, andaba retirado, con mucho disgusto de todos, que nadie probaba su amistad que no le amasse por su nobleza y trato; pero de muchas bellas pastoras favorecido, amaba á sola Filena y sola ella le aborrecía, siendo verdad que otro tiempo le estimaba; pero cansóse el Amor, como otras veces suele, y con todo esso Filardo, tan cortés y leal que se escondía á aquejarse, y en la mayor soledad encubría sus celos; solos estaban Coridon y Mendino junto á una fuente, que al pie de una vieja noguera manaba, cubierta por la parte del Oriente de una alta roca, que alargando la mañana gozaban de más frescura y secreto, cuando por un estrecho sendero vieron venir á Filardo, buscando la soledad para sus quejas, y al mismo tiempo fueron dél sentidos; y viendo ocupado el lugar que él buscaba, quiso volverse, pero los dos no lo consintieron, antes Mendino le rogó que llegasse, y llegado, Coridón le pidió que tañesse, y tañendo ambos le incitaron al canto, que, comedido y afable, no se pudo excusar, ni aquí su canción, que fué ésta:
FILARDO
Vuestra beldad, vuestro valor, pastora,
contrarios son al que su fuerza trata,
que si la hermosura le enamora,
la gravedad de la ocasión le mata;
los contentos del alma que os adora,
el temor los persigue y desbarata,
lucha mi amor y mi desconfianza,
crece el deseo y mengua la esperanza.
Los venturosos ojos del que os mira,
os juzgan por regalo del tormento,
y el alma triste que por vos suspira,
por rabia y perdición del pensamiento;
essa beldad que al corazón admira,
esse rigor que atierra el sufrimiento,
poniéndonos el seso en su balanza,
sube el deseo y baja la esperanza.
Aunque me vi llegado al fin de amaros,
ningún medio hallé de enterneceros,
que como fué forzoso el desearos,
lo fué el desconfiar de mereceros;
el que goza la gloria de miraros
y padece el dolor de conoceros,
conocerá cuán poco bien se alcanza,
rey el deseo, esclava la esperanza.
Si propia obligación de hermosura
es mansedumbre al alma que la estima,
y al fuerte do razón más assegura,
tantos peligros voluntad arrima,
vaya para menguada mi ventura,
pues lo más sano della me lastima;
mas si holgáis de ver mi mala andanza,
viva el deseo y muera la esperanza.
Bien muestra Amor su mano poderosa,
pero no justiciera en mi cuidado,
atando una esperanza tan medrosa
al yugo de un deseo tan osado,
que en cuanto aquél pretende, puede y osa,
ella desmedra, teme y cae al lado,
que mal podrán hacer buena alianza
fuerte el deseo y débil la esperanza.
La tierna planta que, de flores llena,
el bravo viento coge sin abrigo,
bate sus ramas y en su seno suena,
llévala y torna, y vuélvela consigo,
siembra la flor ó al hielo la condena,
piérdese el fruto, triunfa el enemigo;
sin más reparo y con mayor pujanza
persigue mi deseo á mi esperanza.
Cantó Filardo, y Mendino quedó de su canción muy lastimoso. Coridón no, que estaba ausente de su bien, y cuantos males no eran de ausencia le parecían fáciles de sufrir. Cada uno siente su dolor, y el de Filardo no era de olvidar que era de olvido, y ahora, después de haber alabado su cantar tan igual en la voz y el arte, los tres pastores se metieron en largas pláticas de diversas cosas, y la última fué la ciencia de la Astrología, que grandes maestros della había en el Tajo; allí estaba el grave Erión, de quien después trataremos; el antiguo Salcino, el templado Micanio, con otros muchos de igual prueba; mas entre todos, Filardo alabó el gran saber de Sincero, y la llaneza y claridad con que oía y daba sus respuestas: por esto le dió gran gana á Mendino de verse con Sincero, que muchos días había deseado saber á dónde llegaba el arte destos magos; y como Filardo dijo que sabía su morada, los tres se concertaron de buscarle el día siguiente, antes que el Sol estorbasse su camino, con lo cual tomaron el de sus cabañas, donde cada uno á su modo passó el día y la noche, y ya que el alba y el cuidado del concierto desterraron el sueño, Coridón y Filardo buscaron á Mendino, cuando él salía de sus cabañas á buscarlos, y escogiendo la vía más breve y menos agra passaron el monte, y á dos millas que por selvas y valles anduvieron, en lo más secreto de un espesso soto hallaron un edificio de natura, á manera de roca, en una peña viva, cercado de dos brazas de fosso de agua clara hasta la mitad de la hondura; aquí quiso Filardo merecer la entrada, y sentado sobre la hierba sacó la lira, á cuyo son con este soneto despertó á Sincero:
FILARDO
Si me hallasse en Indias de contento,
y descubriesse su mayor tesoro
en el lugar donde tristeza ó lloro
jamás hubiessen destemplado el viento;
Donde la voluntad y el pensamiento
guardassen siempre al gusto su decoro,
sin ti estaría, sin ti que sola adoro,
pobre, encogido, amargo y descontento.
¿Pues qué haré donde contino suenan
agüeros tristes de presente daño,
propio lugar de miserable suerte;
Y adonde mis amigos me condenan,
y es el cuchillo falsedad y engaño,
y tú el verdugo que me das la muerte?
Con el postrero acento de Filardo abrió el mago una pequeña puerta, y con aspecto grave y afables razones los saludó y convidó á su cueva. Pues como fuesse aquello á lo que venían, fácilmente acetaron, y por una tabla que el mago tenía en el fosso, que sería de quince pies en largo, hecha á la propia medida, passaron allá y entraron en aquel lugar inculto, donde lo que hay menos que ver es el dueño. Aquí en estas peñas cavadas solo vivo y solo valgo, y aunque no á todos comunico mi pecho, bien sé, nobles pastores, que sois dignos de amor y reverencia; mas vos, Coridón ausente, y vos, Filardo olvidado, perdonaréis por ahora, y vos, Mendino, oid quién sois y lo que de vos ha sido y será, que dichoso es el hombre que sabe sus daños para hacerles reparo y sus bienes para alegrarse en ellos; y viendo que Mendino le prestaba atención, en estas palabras soltó su voz el mago:
SINCERO
Cuando natura con atenta mano,
viendo el Sér soberano de do viene,
el ser que el hombre tiene y es dechado,
dó está representado, y junto todo,
quiso con nuevo modo hacer prueba
maravillosa y nueva, no del pecho,
cuyo poder y hecho á todo excede,
pero de cuánto puede y cuánto es buena
capacidad terrena en fortaleza,
en gracia, en gentileza, en cortesía,
en gala, en gallardía, en arte, en ciencia,
en ingenio, en prudencia y en conceto,
en virtud y respeto, y finalmente,
en cuanto propiamente acá en el suelo
una muestra del cielo sea possible,
con la voz apacible, el rostro grave,
como aquella que sabe cuanto muestra
su poderosa diestra y sola abarca,
invocando á la Parca cuidadosa,
«Obra tan generosa se te ofrece,
le dice, que parece menosprecio
hacer caudal y precio de otra alguna
de cuantas con la luna se renuevan,
ó con el sol se ceban y fatigan,
ó á la sombra mitigan su trabajo;
tus hombros pon debajo de mi manto,
obrador sacrosanto de tu ciencia,
y con tal diligencia luego busca
aquel copo que ofusca lo más dino,
que después del Austrino al mundo es solo;
de los rayos de Apolo está vestido
de beldad, guarnecido de limpieza,
allí acaba y empieza lo infinito,
es Ave el sobrescrito sin segundo,
á cuyo nombre el mundo se alboroza,
de Mendoza, y Mendoza sólo suena
donde la luz serena nos alegra,
y á do la sombra negra nos espanta;
agora te adelanta en el estilo,
y del copo tal hilo saca y tuerce,
que por más que se esfuerce en obra y pueda,
mi mano nunca exceda en otra á ésta».
Dijo Natura, y presta al mandamiento,
Lachesis, con contento y regocijo,
sacó del escondrijo de Natura
aquella estambre pura, aquel tesoro,
ciñó la rueca de oro, de oro el huso,
y como se dispuso al exercicio,
la mano en el oficio, assí á la hora
la voz clara sonora á los loores:
«Oid los moradores de la tierra
cuánta gloria se encierra en esta vida,
que hilo por medida más que humana;
aquí se cobra y gana el bien passado,
que del siglo dorado fué perdido
este bien, escogido por amparo
de bondad y reparo de los daños
que el tiempo en sus engaños nos ofrezca;
porque aquí resplandezca la luz muerta,
la verdad halla puerta y la mentira
cuchillo que la admira y nos consuela,
y la virtud espuela, el vicio freno,
en quien lo menos bueno al mundo espante:
crece, gentil Infante, Enrique crece,
que Fortuna te ofrece tanta parte,
no que pueda pagarte con sus dones,
pero con ocasiones, de tal suerte,
que el que quiera ofenderte ó lo intentare,
si á tu ojo apuntare el suyo saque
y su cólera aplaque con su daño;
del propio y del extraño serás visto,
y de todos bien quisto, Infante mío;
mas ¡ay! que el desvarío del tirano
mundo cruel, temprano te amenaza,
tan áspero fin traza á tus contentos,
que tendrás los tormentos por consuelo;
cuando el Amor del suelo lo más raro
te diere menos caro, hará trato
que tendrás por barato desta fiesta
lo que la vida cuesta; mas entiende
que si el Hado pretende darte asalto,
y que te halles falto de la gloria,
do estará tu memoria, el cielo mismo
te infundirá un abismo de cordura,
con que la desventura se mitigue,
que aunque muerte te obligue, cuando á hecho
rompa el ínclito pecho de tu padre,
de claro aguelo y madre á sentimiento,
y el duro acaecimiento que te espera
de que á tus ojos muera la luz bella,
de aquella, digo, aquella que nacida
será tu misma vida muertos ellos,
serás la Fénix dellos; crece ahora,
que ya la tierra llora por tenerte,
por tratarte y por verte y será presto».
Dijo Lachesis esto, y yo te digo,
que tú eres buen testigo en lo que ha sido,
y si en lo no venido no reposas,
esfuérzate en las cosas que te ofenden,
que en el tiempo se entienden las verdades
y el franco pecho en las adversidades.
Ganoso anduvo Mendino de oir á Sincero, y valiérale más no haberlo hecho, porque una vez le oyó y mil se arrepintió de haberle oído. Imprimióse una imagen de muerte en su corazón, que si juntamente en él no estuviera la de Elisa, cayera sin duda en el postrer desmayo. Cruel fué Sincero con Mendino en afirmarle lo que fuera possible ser tan falso como verdadero, mas pocos hay que encubran su saber, aunque el mostrarlo sea á costa del amigo. Tal quedó el pastor, que no fué poco poderse despedir del mago, que con ofertas y abrazos salió con ellos hasta passar el soto, donde se quedó, y ellos volvieron á la ribera, que al parecer de Mendino ya no era lugar de contento, sino de profundo dolor, con quien anduvo luchando muchos días por no poderle excusar y por hacerlo de que Elisa lo sintiesse. ¡Oh cuántas veces el leal amador mostró placer en el rostro, que en el alma era rabia y ponzoña, y cuántas veces su risa fué rayo, que penetraba su pecho y aun los mismos ratos de la presencia de Elisa, que en muerte y afrenta le fueran consuelo, le eran allí desesperación, y así no tenía gusto sin acibar ni trabajo con alivio! «¿Es possible, decía, que la celestial belleza de Elisa ha de faltar á mis ojos, y que muerta Elisa yo podré vivir, y mis esperanzas juntas con Elisa se harán polvo que lleve el viento? Primero ruego á la deidad donde todo se termina que mude en mí la sentencia, y si no, yo me la doy, Elisa, que ya que no sea poderoso para que no mueras, serélo á lo monos para no vivir». Estas y tales razones decía Mendino á solas con la boca, y acompañado con el corazón, y Elisa, inocente destos daños, siempre se ocupaba en agradarle y engañar á Galafrón, como Mendino á Filis. Tres veces se vistió el Tajo de verdura, y otras tantas se despojó della, en tanto que Elisa sin sobresalto, y Mendino siempre con él, gozaron de la mayor fe y amor que jamás cupo en dos corazones humanos, y al principio del tercero invierno, cuando el fresno de hoja y el campo de hermosura, juntamente se despojó de vida el corazón de Mendino no olvidado, no celoso ni ausente menos que del alma, porque adoleció Elisa de grave enfermedad é inútiles los remedios de la tierra, aquella alma pura, buscando los celestiales, desamparó aquel velo de tan soberana natural belleza, dejando un dolor universal sobre la haz del mundo y una ventaja de todo en el pecho del sin ventura pastor, que aun para quejarse no le quedó licencia, solo por la soledad de los montes buscaba á Elisa, y en lágrimas sacaba su corazón por los ojos; allí, con aquellas peñas endurecidas, comunicaba su terneza, y en ellas mismas ponía sentimiento. Con él lloraron Siralvo, Castalio y Coridón. Con él lloraron los montes y los ríos; con él las ninfas y pastoras, mas nadie sentía que él lloraba. Gran pérdida fué aquélla, y grande el dolor de ser perdida, y muchos los que perdieron. Esto se pudo ver por las majadas de Sileno, donde no quedó pastor que no llorasse y gimiese, y desamparando las cubiertas cabañas, passaban la nieve y el granizo por los montes las noches, y por los yermos los días, mayormente en el lugar do fué Elisa sepultada, en una gran piedra coronada de una alta pirámide, á la sombra de algunos árboles, y á la frescura de algunas fuentes, todos los rabadanes, pastoras y ninfas de más estima cubrieron sus frentes con dolor y bañaron con lágrimas sus mejillas en compañía del anciano padre, donde Mendino, que más sentía, era quien menos lo mostraba, por el decoro de Elisa y el estorbo de Filis, y así apartado, donde de nadie podía ser visto ni oído, satisfacía á su voluntad en lágrimas sin medida y en quexas sin consuelo; y cuando el bravo dolor le daba alguna licencia, cantaba en vez de llorar, y peor era su canto que si llorara, que cuando el triste canta, más llora, y más Mendino, que desta suerte cantaba:
MENDINO
Yéndote, señora mía,
queda en tu lugar la muerte,
que mal vivirá sin verte
el que por verte vivía;
pero viendo
que renaciste muriendo,
muero yo con alegría.
En la temprana partida
vieja Fénix pareciste,
pues tu vida escarneciste
por escoger nueva vida:
sentiste la mejoría,
y en sintiéndola volaste,
mas ay de aquel que dejaste
triste, perdido y sin guía;
y entendiendo
que te cobraste muriendo,
se pierde con alegría.
El árbol fértil y bueno
no da su fruto con brío
hasta que es de su natío
mudado en mejor terreno;
por esto, señora mía,
en el jardín soberano
te traspuso aquella mano
que acá sembrado te había;
y entendiendo
que allí se goza viviendo,
muero aquí con alegría.
Bien sé, Elisa, que convino,
y te fué forzoso y llano
quitarte el vestido humano
para ponerte el divino;
mas quien contigo vestía
su alma, di, ¿qué hará,
ó qué consuelo tendrá
quien sólo en ti le tenía,
si no es viendo
que tú te vistes muriendo
de celestial alegría?
En esta ausencia mortal
tiene el consuelo desdén,
no porque te fuiste al bien,
mas porque quedé en el mal;
y es tan fiera la osadía
de mi rabiosa memoria,
que con el bien de tu gloria
el mal de ausencia porfía;
pero viendo
que el mal venciste muriendo,
al fin vence el alegría.
Es la gloria de tu suerte
la fuerza de mi cadena,
porque no cesse mi pena
con la presurosa muerte,
que ésta no me convenía;
mas entonces lo hiciera
cuando mil vidas tuviera
que derramar cada día;
pues sabiendo
la que ganaste muriendo,
las diera con alegría.
Vi tu muerte tan perdido,
que no sentí pena della,
porque de sólo temella
quedé fuera de sentido;
ya mi mal, pastora mía,
da la rienda al sentimiento;
siempre crece tu contento
y el rigor de mi agonía;
pero viendo
que estás gozosa viviendo,
mi tristeza es alegría.
Así pasaba Mendino su congojosa vida, huyendo de los lugares donde de Elisa se trataba, honrándola ó llorándola, porque para ella y para él era este recato de grande importancia, y así se entretenía en sus cabañas con el vaquero Coridón ó con Castalio su primo lo más del tiempo, y esto porque en amor no falte su costumbre, que es haber siempre quien de nuevo llore; Cardenio, enamorado de Clori, perdió el respeto á Castalio, que más que á sí la quería, y la pidió en casamiento, y el generoso padre de ella, viendo la igualdad de los dos ricos pastores en edad y suerte, y que ambos le pedían y ambos eran dignos, y á Castalio heredero y á Cardenio heredado, dió la palabra á Cardenio y dejó á Castalio, de manera que estuvo mil veces por darse la muerte. En estos trances tan dolorosos se pasó lo restante del invierno. No os he dicho nada de Galafrón, siendo mucho lo que hay que decir; mas presto celebraremos el sepulcro de Elisa, donde serán sus lágrimas las mejores, porque allí faltarán las de Mendino; y ahora veréis que llega á la ribera un galán cortesano en hábito de pastor; Alfeo se llama, y con dolor viene: tratemos dél, en tanto que de Mendino y Castalio sus recientes daños no nos dan lugar: que tal vendrá, que los hallemos más tratables, pues
El mal que el tiempo hace,
el tiempo le suele curar.
SEGUNDA PARTE
DEL PASTOR DE FILIDA
En tanto que el generoso Alfeo siguió las pomposas Cortes tan satisfecho de su habitación, que le parecía tiempo perdido el que en otra parte se gastaba, mayormente el de aquellos que de las ciudades y villas, retirados á las humildes aldeas, vivían entre aquella soledad acompañada de murmuración, y aquella compañía desierta de consejo, no es de maravillar que así amasse el trato cortesano: porque criado en él y aficionado á las artes, hallaba allí del mundo lo mejor; ayudábale á gozarlo ser rico y liberal, gentil, cortés, discreto y bien nacido, amado de todos, y sobre todo, señor de su voluntad. Pero después que vió la hermosura de Andria, que era sin igual, y probó su condición, tan fácil al mal y al bien, que en breves días, enamorado y creído, sintió el favor de su parte, medida de su deseo, y en más breves la ponzoña secreta de su dulzor, juzgó enemigos al cielo y á la tierra, llamó la muerte, aborreció la vida, estragó su pecho hasta quedar tan trocado de sí, que á sí mismo no se conocía, y tan enemigo del lugar, que á otra cosa que infierno no le comparaba. Huyó dél, corrido de sus amigos, desesperado de su contento y atónito de su perdición; buscó la ausencia, con deseo de que en ella le viniese la muerte sin que la despiadada Andria supiese de su muerte ni de su vida. Así como iba trocada su fortuna, así lo iba su traje: camisa cruda llevaba y sayo pardo vaquero, caperuza de faldas y calzón de lienzo, polaina tosca y zapato gruesso, é intencionado de encubrir su suerte y guardar cabras y ovejas en la ribera del Tajo, donde al silencio de la noche enderezó sus pasos, sin más compañía que su dolor y cuidado, que casi con alas del viento apresuraban su jornada, llegó á su verde ribera al punto que el sol con la primera lumbre ahuyentaba las postreras sombras de la noche. Era el tiempo que la deleitosa primavera, desechando las flores de sus plantas, casi apenas el deseado fruto entre las tiernas hojas descubría. Y á las aves de la noche por las cavernas encerrándose, las del día (desamparados los nidos) dulcíssimos cantares acordaban. Ya el rústico Arsindo, desde un alto peñasco que sobre el Tajo pendía, tocaba una sonora bocina, á que de todas partes de la ribera le comenzaron á responder con flautas, chapas, adufres y otros instrumentos pastorales, donde Alfeo entendió ser día entre ellos de gran solemnidad y fiesta, y acrecentando su pena, se entró por la espesura de unos tarayes, y recostado en la tierra junto á un pequeño arroyo que del Tajo salía, los ojos en él y el pensamiento en Andria, al son del agua y al compás de sus suspiros comenzó á decir:
ALFEO
Apartado de la vida
pago, viniendo á morir,
con la pena del partir
la culpa de la partida;
culpa que (si bien se apura)
procede en tal ocasión,
no por falta de razón,
mas por mengua de ventura.
Húyome de vos agora,
aunque decirlo es afrenta,
mas si vos quedáis contenta,
iré pagado, señora;
sin derramar más querellas,
que en su mayor fundamento
las ha de llevar el viento
y á mí la vida tras ellas.
Partíme de vos sin veros,
porque no puedan decirme
que fué possible partirme
y no lo fué enterneceros;
excusaré, mal mi grado,
el juzgar en la partida
á vos por desconocida
y á mí por desesperado.
No hay fortuna que assegure
aquel que de vos se parte,
ni tiempo, razón ni arte
que por su salud procure;
y así á tan amarga suerte
no buscaré resistencia,
pues vos disteis la sentencia,
yo ejecutaré mi muerte.
No crece en esta jornada
la pena como el quereros,
que no es mayor mal no veros
que veros contino airada;
y pues iguala á la ausencia
lo que padezco presente,
no podrá llamarme ausente
quien no me lloró en presencia.
Yo me huyo, y no me quejo,
porque no vengo conmigo,
perdonadme que os lo digo
por galardón de que os dejo;
y si os mostráredes servida
en partirme desta suerte,
podré decir que la muerte
me valió más que la vida.
Coged el fruto que ofrece
mi partida en mis enojos,
pues quita de vuestros ojos
lo que vuestra alma aborrece;
quedad satisfecha así,
que aunque soy el agraviado,
triunfaré como vengado
si sé vengaros de mí.
De este bien desconfiando,
mis males agradeciendo,
vuestro desdén conociendo,
de la vida no curando,
tal me voy á tierra extraña
á volverme en tierra poca
con vuestro nombre en la boca
y en el alma vuestra saña.
Bien pensó Alfeo que se quexaba á solas, ignorando que á su siniestro lado, á la caída del río, al fin de la espesura, estaba la cabaña de la pastora Finea, discreta y bella serrana, la cual, recordando á la bocina de Arsindo, fué herida de las palabras del afligido amante; mientras las cuales duraron, dejó el humilde lecho, calzó abarcas de limpio cuero con cordones de fina lana, vistió su cuerpo gentil de saya parda oscura con saino baxo y camisa blanca gayada, cogió sus cabellos, y cubriéndolos con un ancho y alto tocado á fuer de la serranía, salió al lugar donde Alfeo estaba con más semejanza de muerto que de vivo. Y aunque la graciosa Finea había bien entendido de sus palabras la causa de su dolor, dissimulando le dijo: ¿Duermes, pastor? No duermo, dixo Alfeo. ¿Pues por qué, dixo Finea, dejas passar el río tu manada, que cuando della no cures, del daño que puede hacer deberías tener cuidado? No tengo cosa, dixo Alfeo, que á nadie pueda dañar, sin haberla en el mundo que á mí no me dañe. Según esso, dixo Finea, tú eres el más desdichado de los hombres, pues ninguno lo es tanto que no halle quien dél se duela. Y sin duda ya yo lo hago de ti, porque me pareces enamorado y forastero. En lo uno y lo otro, dixo Alfeo, has acertado; sólo yerras en tener compassión de mí, y así te ruego no la tengas si no eres amiga de tiempo muy perdido. ¿Qué sabes, dixo Finea, si puedes pagarme en mi moneda? ¿Eres acaso, dixo Alfeo, enamorada y forastera? Esso, dixo Finea, puedes tú ver, sin preguntarlo, en mi traje por una parte y en mi piedad por otra. Pero dime, pastor, así triunfes de tus enojos, ¿quién eres, de dónde y á qué eres venido, que tu hábito me dice uno y tu persona me descubre otro? No creas nada, dixo Alfeo, que aquí estoy yo que te desengañaré de todo, pues no puedo ser ingrato al cargo que en tan breves razones me has echado: suplícote primero me digas qué es la causa del ruido que esta mañana (al parecer del sol) sonó en la ribera. La causa, dixo Finea, de las voces é instrumentos que has oído es una junta casi general de los pastores desta ribera que hoy se hace en lugar señalado, por recordación de la difunta Elisa, hija del caudaloso rabadán Sileno, cuyas cenizas serán cada año en este mismo día celebradas. Por esto subió el rústico Arsindo á avisar con su ronca bocina desde las altas peñas, y toda la pastoral compañía desde sus moradas le respondieron, á cuyo son recordé yo y oí tus quexas, y estimo en lo que es razón la voluntad con que te ofreces á darme cuenta de ti; pero el detenimiento en este lugar podría ser peligroso, porque el sitio de Elisa es más de una milla distante de donde estamos, y la obligación de entrar yo á tiempo, forzosa, y sin duda no hay pastor ni pastora que no vaya caminando, así que en el camino podré saber lo que tanto deseo, y tú mandar lo que ya quisieres de tu gusto, que responderé á él con toda la obligación que me has hecho. Pastora, dixo Alfeo, yo no debo hacer essa jornada si no es porque tú lo quieras, y así te acompañaré hasta donde fueres contenta, que para mí no tiene más un lugar que otro, salvo los de la soledad á que mi mala fortuna me tiene tan obligado. Sígueme, pastor, dixo Finea, y saliendo de entre los tarayes se entraron por una senda estrecha y deleitosa, entre olmos y salces, y á poco espacio, antes que nada pudiessen tratar, sobrevino á la parte del río una banda de apuestos pastores y hermosas pastoras, y entre ellos Licio, pastor de mucha estima, desfavorecido y celoso de Silvia, una de las pastoras que allí iban. Fuéles forzoso á los dos, Alfeo y Finea, seguir su compañía, que sin esquivarse del nuevo pastor, iban en dulces pláticas entreteniéndose, y á la mitad del camino Finea pidió á Ergasto que tañese y á Licio que cantasse, á cuyo ruego Ergasto sacó la flauta, y á su son Licio comenzó á cantar de aquesta suerte:
LICIO
¿De qué sirve, ojos serenos,
que no me miréis jamás?
De que yo padezca más,
mas no de que os quiera menos.
Si el que con gusto moría,
queréis que rabiando muera,
aunque mudéis la manera,
firme está la fantasía:
de ira y gracia llenos
dais por un mismo compás
el mal de menos á más
y el favor de más á menos.
Si imagináis que dexarme
tan sin ley y sin razón
en mí ha de ser ocasión
para desaficionarme;
pues no bastan ser ajenos,
industrias son por demás,
antes el deseo es más
cuando la esperanza es menos.
Podéis con desabrimiento
quitarme el verme y el veros,
mas no que por conoceros
no me agrade mi tormento;
ser tan hermosos y buenos
que lo dexáis todo atrás,
esto en mí siempre fué más
y lo demás todo menos.
Si por matar al amigo
no podéis ser alabados,
y os queréis ver disculpados
con todo el mundo y conmigo;
cuando huya de sus senos
el alma triste además,
miradme, y no pido más,
mas tampoco pido menos.
Todos, sino Silvia, oyeron atentamente la tierna canción del angustiado Licio; pero ella, que de costumbre tenía esquivarse con él en todo, mientras duró se entretuvo con Dinarda en plática de poca importancia, según pareció por lo que Dinarda hizo, que pidiendo á Ergasto que no cessase y á Licio que le respondiesse, Ergasto empezó á tañer, y ella á cantar, y Licio á responder desta manera:
DINARDA Y LICIO
—¿Si Silvia se te desvía,
más la sigues?—Hago bien.
—Morirás por ello.—Amén;
quizá la contentaría.
—Pon más consideración
en tan confusa aspereza,
que te lleva tu firmeza
carrera de perdición;
¿cuando más males te envía
más te humillas?—Hago bien.
—Tú te destruyes.—Amén;
que esso es lo que yo querría.
—No abras con tal error
tu mal soldada herida,
que si es mala la caída,
la recaída es peor;
mira que es gran niñería,
no escarmentar.—Hago bien.
—¿Y si te pierdes?—Amén;
que poco se perdería.
—De tantos males y enojos
¿qué nuevas esperas buenas,
si tu afición y tus penas
son culpas ante sus ojos?
¿A la que te desafía
te avassallas?—Hago bien.
—Veráse vengada.—Amén;
que entonces yo triunfaría.
—Eres juez tan cruel
en sentenciar tu processo
que, ó se te ha enjugado el seso
ó no naciste con él;
lo que en tu frente se cría,
¿es locura?—Hago bien.
—¿Y si te atassen?—Amén;
que por cuerdo quedaría.
O por oir Silvia á Dinarda, ó porque el cantar la movió á más atención que el primero, mientras duró estuvo puestos los ojos en los pastores que cantaban. Mas ya que vió que era acabado, con rostro grave y hermoso, vuelta á la pastora le dixo: Volvamos, Dinarda, á nuestro cuento, que aunque el día es largo, para esso faltará lugar y para essotro no, que llegados al valle todos cantaremos. Esso creo yo, dixo Uranio (pastor de pocas palabras, pero de mucho aviso), mas será la diferencia que cantaréis en la rama y Licio en la red. Si yo la hice, dixo Silvia, en ella muera. ¿Pues quién la hizo? dixo Licio. Tú, pastor, dixo Silvia; si alguna hay, aunque tu desassossiego no es prisión, sin duda, sino temor de venganza de las más conocidas sinrazones que jamás contra mujer se han hecho. ¿Quién las hizo? dixo Licio. Tú, dixo Silvia, que en medio de una tierníssima voluntad mía, donde eras solo señor, moviste en pago tus pies y tu lengua contra mí. Si tú primero, dixo Licio, me quitaste el seso, no fué mucho que yo hiciesse locuras. ¿Pues tengo yo culpa, dixo Silvia, á tus desvariadas sospechas? Desso, dixo Licio, tú eres testigo, pero sey juez, que yo huelgo de ser el condenado. Sola una cosa, dixo Silvia, quiero preguntarte: ¿Qué te movió á desterrar á Celio de la ribera? Esso, dixo el pastor, fué concierto de nuestra contienda que el que quedasse vencido no pudiesse, por término de un año, apacentar en la ribera del Tajo: condición fué sacada por su boca y desafío hecho por su mano, y pena por que yo passara (aunque á mi pesar) si él me venciera. Y oxalá Licio fuera el vencido, con que el cielo me ayudara con la más mínima parte del sentimiento que por Celio tienes. Mira, pastor, dixo Silvia con rostro más altivo y tierno; vuelve á Celio á su cabaña, y de mí y de la mía no te acuerdes jamás, y agradece mucho que me humillo á enseñarte cómo podrás tenerme menos agraviada. Sí, agradezco á ti y al cielo, dixo Licio; y llamando á Ergasto, á passo largo se entraron por una senda que á mano derecha estaba, quedando los demás pastores muy agradecidos del noble respeto del pastor y del buen proceder de la pastora. Pero viéndola casi forzada á llorar, no quisieron enternecerla; antes, vuelto Uranio al nuevo pastor Alfeo, con gran cortesía le preguntó su nombre y su venida. Mi nombre, dixo el pastor, es Alfeo; mi venida, de passo, y serlo ha más si os soy inconveniente. Esso estuviera á mi cargo, dixo la serrana Finea. Y volviendo á los demás les asseguró que Alfeo era muy digno de su compañía y trato. Y en estos agradables razonamientos llegaron á una hermosa y gran floresta que á la entrada del valle de Elisa estaba, y donde había orden de irse aguardando los pastores hasta que juntos entrassen al sagrado valle. Y assí agora hallaron muchos, divididos por los arroyos y fuentes, tejiendo guirnaldas, juntando ramos de diversas flores y algunos tañendo y cantando con gran harmonía y arte, que allí estaban Sasio, Filardo y Arsiano, y la pastora Belisa, hija del doctíssimo lusitanio Coelio, los cuatro más aventajados en música y canto que en las españolas riberas se hallaban. Ayudábales el mucho estudio, suaves voces v discreción y donaire, aunque en suavidad y harmonía Belisa los dejaba atrás. Cantando estaba Arsiano cuando nuestros pastores llegaron; pero á poco rato, Belisa, ayudada de Sasio, al son de la lira con gran dulzura comenzó á cantar aquestos versos:
BELISA
Entre hierbas fresquíssimas floridas,
un cendal por los ojos rodeado,
juntos los pies, las alas escondidas,
Suelta la aljava, el arco floxo al lado,
durmiendo estaba con descuido y gana
el pequeñuelo dios de Amor echado.
Llevaba en el frescor de la mañana
Filida sus ovejas, que las flores
iban barriendo con la blanca lana.
No sonaban zampoñas de pastores,
iba cantando (cuando vió dormido
al mismo Amor) qué cosa es mal de amores.
No conoció quién era, aunque le vido,
porque nunca sintió su pena grave,
mas llegó á conocerle sin ruido.
Miróle y dixo con su voz suave:
¿Hombre y ciego y con alas? No eres hombre.
¿Ave con solas alas? No eres ave.
Si te pusiste aquí porque me assombre
con tu nueva facción, por no hacello
quiero saber de ti cuál es tu nombre.
Una trenza texió de su cabello
y atóle, y recordando el Amor luego,
se vió cautiva della y preso en ello.
Filida dixo: Dime, alado ciego,
cómo te llamas. Respondió riendo:
Furor causado de tu gran sossiego.
Filida le responde: No te entiendo.
Y dice Amor: Mi nombre es tu belleza,
con cuya luz la misma nieve enciendo.
Yo soy Amor, si quieres más certeza,
ves allí el arco, ves allí la aljaba,
tiéntalos y verás su fortaleza.
Filida dice: El tiempo que me amaba
el que solo obligada me tenía
al yugo que atajó la muerte brava,
Cuatro coronas el Amor traía,
no era arquero, no era amor alado,
ni ciego como tú, que bien veía.
Tú vienes con dos jaras adornado,
una ligera y otra muy pesada,
y el efeto por dicha más pesado.
Dícele humilde Amor: Essa dorada,
de sólo bien querer está sangrienta,
y essa de plomo, en desamor bañada.
Sin quebrar la pesada te contenta
puedes, pues para el hombre que te viere
es imposible que su fuerza sienta;
Mas cuanto tu beldad acá viviere,
por fuerza essotra vivirá segura,
que cuando de mi aljaba se perdiere,
la hallaré en tu gracia y hermosura.
La mucha arte, la gran harmonía del vario son que la pastora Belisa á sus versos iba dando, fué de manera que no quedó pastor ni pastora que por una y otra parte no la rodeassen. Y al fin de su cantar, como maravillados de oirla y no menos satisfechos de mirarla, no se movían de aquel lugar, deseosos que tornasse á su agradable canto. Pero á esta hora ya la floresta estaba llena de la más noble y lucida gente que jamás se ha visto entre pastores. Y el viejo Sileno, con largo sayo y retorcido bastón, la barba al cinto, cana como la limpia nieve, y sobre su arrugada frente una corona de funeral ciprés, salió del valle acompañado de los cuatro escogidos y gallardos pastores Mireno y Liardo, Galafrón y Barcino, en discreción y gentileza iguales, y en caudal y estimación lo mismo. Traían de varios pellicos sus vestiduras, con dardos gruessos de fresno de puntas de luciente acero en sus manos, sus cabellos limpios y peinados, cubiertos con guirnaldas de verde yedra, á cuya entrada todo el pastoral concurso prestó un atento silencio. Y después que Sileno con sus cuatro pastores hubo pasado y visto por todas partes la floresta, vuelto al encerrado valle mandó que Arsindo tocasse en él su bocina, cuyo son apenas fué oído cuando por una sola entrada que el valle tenía se trasladó en él toda la gente que en la floresta estaba. Dispuesto era el lugar para la gran fiesta que se ordenaba. Tenía de ancho media milla y una en largo. Guardábale de ambos lados un espesso y alto monte de gruessos robles y viejas encinas, por entre los cuales baxaban muchos arroyos de agua clara, que unos hacían estanques en el fresco valle y otros por las cavernas sumiéndose, acrecentaban su deleite y hermosura. No faltaban en el llano fuentes puríssimas que, como de cristal, bañaban los troncos á las diversas y hermosas plantas. Estaba entre ellas una alta pirámide de rico mármol, casi toda cubierta de nativa yedra y de compuestos ramos; aquí con gran reverencia fueron llegando pastoras y pastores sin quedar ninguno que no dejasse en el devoto sepulcro verde ramo ó florida guirnalda. Y apartados por orden, sentándose sobre la menuda hierba, Alfesibeo, caudaloso rabadán, de edad madura y de presencia gentil, subiendo con el viejo Sileno, Galafrón y Barcino, Mireno y Liardo á un ramoso y alto assiento que á un lado de la pira estaba, tomó la templada lira, y no impedido de las aves del cielo, pero ayudado de los suaves vientos y oído de los atentos pastores, comenzó á cantar esta piadosa elegía.
ALFESIBEO
Pues el suave sentido y dulce canto
perdió la causa, en testimonio desto
comenzad, Musas, vuestro amargo llanto.
Presentes sean al dolor funesto
Beldad, Fortuna, Amor, Gracia y Prudencia,
en veste negra y dolorido gesto.
Llore Beldad la sin igual violencia
de la muerte cruel, acerba y dura
de quien le daba vida y excelencia.
Fortuna ofrezca suma desventura,
pues quien la pudo dar al mundo buena
guarda su luz en esta pira oscura.
Amor derrame en abundante vena
su sentimiento, pues la cruda muerte
á fin eterno su poder condena.
La Gracia, viuda de mezquina suerte,
pues la fuente perdió de do manaba,
la de sus ojos crezca en mal tan fuerte.
Prudencia llore su deidad, esclava
de la Parca cruel, pues juntamente
con las demás su breve curso acaba.
Y todos ellos mi cantar doliente
acompañen con lágrimas, en tanto
que diere luz al mundo el rojo Oriente.
Sin igual es la causa del quebranto,
débelo ser también en sentimiento;
proseguid, Musas, vuestro amargo llanto.
Yace á la sombra deste encerramiento,
oscuro y negro, reverente y pío,
la misma Idea de merecimiento.
Mi voz cansada, en monte, en valle, en río
Elisa, Elisa en triste son resuena
y acoge el cielo el tierno acento mío.
General es la pérdida y la pena,
general es el afligido lloro,
general la sentencia que condena.
En lo más alto del Castalio coro,
las nueve Hermanas con estrecho luto
cubren la luz de sus cabellos de oro.
Allánanse á pagar este tributo
los que en mil lastimosas ocasiones
han conservado siempre el rostro enjuto.
Dolopes fieros, duros Mirmidones,
los soldados de Ulises inclementes
ablandaran aquí sus corazones.
No es maravilla que unas y otras gentes
tomen el triste oficio por costumbre,
haciendo agora de sus ojos fuentes.
Que el Sol, subido en la más alta cumbre,
envuelto en nubes de mortal tristeza,
tiene eclipsada su serena lumbre.
Y el fértil suelo lleno de aspereza,
de seco invierno con estéril manto,
llora también la celestial belleza.
Y que llore ó no llore, el duro canto
que sus miembros bellíssimos encierra,
bañadle, oh Musas, con amargo llanto.
Fría piedra, estrecha pira, poca tierra,
que encerráis juntamente cuanta gloria
de nuestras almas el dolor destierra.
De la Muerte cruel fué la vitoria;
vuestros son los raríssimos despojos,
nuestro será el dolor y la memoria.
La clara luz de los serenos ojos,
el semblante gentil, el aire digno
de producir y refrenar antojos,
La blanca mano, el rostro cristalino,
la boca de rubín, ebúrneo cuello,
frente de nieve, trenzas de oro fino,
Beldad que puso á la beldad el sello;
¿dónde está, pira oscura, piedra fría,
tu poca tierra? Danos cuenta dello.
Tierra dichosa en cuanto el cielo cría,
dichoso en cuanto tú, Neptuno, bañas,
y en cuanto mira el portador del día.
De Atlante en las altíssimas montañas,
en lo hondo del Gange sólo suenes
y bañen venas de oro sus entrañas.
Que las perlas y el oro no son bienes
que con gran parte deban igualarse
á la menor que en tu custodia tienes.
Montes y mares vengan á humillarse
á ti, Pira; á ti, Piedra; á ti, Tirrheno,
en quien tanta beldad quiso encerrarse.
Guarda, sepulcro, en tu dichoso seno
la que guardó en el suyo todo cuanto
se conoce en el mundo amable y bueno.
Y si oprimidas de piedad ó espanto
el dolor os suspende, al mismo punto
volved, oh Musas, al amargo llanto.
Si debe ser en todos tan á punto
el dolor, la tristeza, el descontento,
¿qué hará en quien lo paga todo junto?
Padre Sileno, el alto entendimiento
socorra en tan justíssima querella
y en ocasión de tanto sentimiento.
Limpiad los ojos y veréis aquélla
libre de nuestras graves ligaduras,
alma pura, gentil, beata y bella,
Entre las almas gloriosas puras
que, escarneciendo nuestros desatinos,
van de esperanza y de temor seguras;
Y si gozaba acá con los más dignos
pareceres humanos tanta estima,
lo mismo hace allá con los divinos.
Nadie, Pastor, se espantará que oprima
vuestro sentido tan pesada carga
y esse dolor que en general lastima.
Pero por esso os dió, con mano larga,
juicio el cielo, con que la vitoria
dulce gocéis de la contienda amarga;
Y cuando os diere assalto la memoria
de la ocasión de vuestro bien passado,
volvedla luego á su presente gloria.
Yo sé que su provecho, ponderado
con vuestro daño, y aunque no os lo quite,
comportable hará vuestro cuidado.
En el dolor que la razón permite,
si no tomáis por vuestra su ganancia,
pérdida fué que no terná desquite.
En público lugar, en sola estancia,
el tiempo aplicaréis con celo santo
á consideración tan de importancia.
Y después que digáis al mundo cuanto
supierdes de dolor y de consuelo,
dexen las Musas el amargo llanto,
Suba el incienso al cristalino cielo;
los versos píos, las ofrendas santas
hinchan de honor y de socorro el suelo;
Júntense ahora en esta pira cuantas
nobles, piadosas y diversas gentes
hoy tienes á la sombra de tus plantas.
Cercanos deudos, próximos parientes,
que desto fuiste tan enriquecida
como de otros bienes excelentes,
Y junta la progenie esclarecida,
templos se hagan á tu nombre ilustre,
que pueda Fama eternizar su vida.
De siglo en siglo irán, de lustre en lustre,
contigo allí mil ínclitos varones,
sin que fortuna ó tiempo los deslustre.
Y entre sus gloriossísimos blasones,
otro se les añada por su parte
de tus virtudes y admirables dones.
Las venas cessarán de ingenio y arte,
mas no podrá jamás faltar, yo fío,
la voluntad perpetua de alabarte.
Los hombres con respeto y señorío,
á tu nombre pondrán de tiempo en tiempo
mil epitafios, y primero el mío:
Aquí se hace tierra; aquí contemplo
la más perfecta y singular criatura
que fué en su muerte de bondad ejemplo,
siendo en su vida sol de hermosura.
Fué escuchado Alfesibeo de toda la agradable compañía con un grave silencio, interrumpido á ratos con terníssimos suspiros. Pero ya que hubo dado fin á sus versos, el venerable Sileno le tomó la lira con que los tañía, y colgándola de la ancha rama que de una gran encina sobre ellos pendía, mandó que Arsindo tocasse nueva señal, á cuya bocina los pastores y pastoras se fueron dividiendo por el ameno valle, y sobre humildes mesas, cuál del cortado tronco y cuál de la fresca y menuda hierba, gustaron las rústicas viandas que traían. Lo mismo hicieron el viejo Sileno y los gallardos cuatro pastores que le acompañaban con el rabadán Alfesibeo, y todos seis al cabo de su breve comida, que fué al pie de una fuente que salía de una viva peña poco distante de la alta pira, enderezaron á la parte que la pastora Belisa de los más hábiles y nobles pastores de nuestro Tajo estaba acompañada, y con gran cortesía les pidieron que mudassen lugar, porque la fuente de la peña estaba más fresca y el sitio más acomodado. No gastaron mucho tiempo en ruegos, que al punto Sileno fué obedecido, y tras los llamados fueron otros muchos, deseosos de gozar tan buen entretenimiento, y entre ellos Alfeo y Finea, que, vistos de Sileno, por el conocimiento de la gentil serrana y la pastora del nuevo pastor, particularmente les hizo lugar entre sí y la pastora Belisa. A esta hora Pradelio, pastor mozo, robusto, de más bondad que hacienda, llegó cansado y solo por la parte que Sileno estaba, y disculpando su tardanza fué de todos bien recebido, pero más de la pastora Filena, cuya hermosura y gracia traía robadas mil secretas intenciones, sin poderse guardar en esto la cara amigos á amigos. Bien conoció Belisa el contento de Filena en la llegada del pastor, porque sabía que con gran bondad y ternura le amaba, y porque la vido mezclar de fina rosa el cristal de su cara con una alegría conocida y honesta, y volviéndose á ella, por ayudarla á dissimular, le dijo: Cantemos juntas, pastora. Canta tú, dijo Filena, que es lo que Sileno y los demás aguardan. Como mis cantares, dixo Belisa, no nacen de propia ocasión, siempre he menester quien me los acuerde. Esso haré yo, dixo Arsindo: canta, pastora, aquel que ayer dijiste en la ribera, que si no fuere á tu propósito será al de todos, que esso tiene lo que por sí es tan bueno. Con lo cual Belisa, templando el rabel de seis cuerdas, dixo con gran dulzura aquesta letra:
BELISA
Ojos que cuesta el reposo
volver á mirar con ellos,
más valiera no tenellos.
Ojos que saben prenderme,
pero nunca rescatarme,
osados á aventurarme,
cobardes á socorrerme;
pues no estiman el perderme
en el menor gusto dellos,
más valiera no tenellos.
Ojos de tan malas mañas
que, estando por veladores,
dan passo como traidores
á las banderas extrañas,
hasta las mismas entrañas
que en llanto salen por ellos,
más valiera no tenellos.
Ojos con quien miro y veo
que aquí consiste mi daño,
y si dicen que me engaño
muero, y digo que lo creo;
pues llevan tras el deseo
la razón por los cabellos,
más valiera no tenellos.
Ojos que, cuanto se piensa
en los males que se ofrecen,
por su deleite escarnecen,
sin dar otra recompensa;
pues recibe el alma ofensa
si quiero vengarme dellos,
más valiera no tenellos.
No pudo tanto la pastora Finea, mientras duró el suave cantar de Belisa, que no volviesse sus muy suaves ojos muchas veces á los de Pradelio, que atentamente la miraban. Pero Filardo, que cada vez que la pastora lo hacía, como de agudo hierro sentia traspassar su corazón con la rabia de los celos y la fuerza del amor, turbó su rostro y cubrióse de sudor su frente, y sin aguardar á que le rogassen, pidió á Sasio que tocasse la lira, y acompañole, desta arte lamentándose:
FILARDO
Los que consiguen favores
por sus servicios fieles,
busquen alegres vergeles
para gozar sus dulzores;
yo por los sepulcros feos
buscaré los infernales,
que éstos fueran mis iguales
si sintieran mis deseos.
Quien, mirando mi dolor,
burlare de mi cuidado,
de mí será perdonado
si no sabe que es Amor;
y porque mi parecer
no tenga de hoy más por juego,
meta la mano en mi fuego,
mudará de parecer.
Hay mil montes de passión
delante de mi consuelo,
y ha cerrado el passo el cielo
con un mar de confusión.
En navegación tan fuerte
descanso no le procuro,
que en el puerto más seguro
está escondida la muerte.
A veces, por me acabar,
vienen á mis sentimientos
tan á tropel los tormentos,
que se estorban al entrar;
y en batalla tan reñida
por mi mano les es dada,
con tal condición la entrada
que no pidan la salida.
Lo que pudiera ayudarme,
esso viene á combatirme,
por ver si me halla firme,
para más y más dañarme:
mi cadena, es mi vitoria;
mi fe, mi condenación;
mi cuchillo, mi razón;
mi verdugo, mi memoria.
Más cantara Filardo si pudiera, mas la passión que le forzó á hacerlo le forzó á dexarlo: bañando los ojos y passando á priesa la mano por su rostro, se levantó de donde estaba, dando con su ida á todos ocasión de mucho pesar, que asaz amigos de estima tenía Filardo. Pradelio desto no hizo sentimiento; pero la pastora Filena, por dissimular el suyo, vuelta al nuevo pastor Alfeo, le pidió que no gastasse más tiempo en escuchar, antes pagasse lo que había oído. Á este ruego acudió Belisa y ayudó Finea, y aunque Alfeo, poco ganoso de obedecer, no quiso parecer menos cortés á las primeras vistas, antes pidió á Finea que tocasse la zampoña, y ella á Sasio la lira; y assí, al pastoral son de los dos acordes instrumentos, cantó con gran dulzura estas querellas:
ALFEO
Si el dessabrido y rústico aldeano,
en quien Amor no luce ni parece,
por ajena ocasión hace jornada
Y por un solo acogimiento humano
suele cobrar amor á la posada,
y al despedirse della se enternece;
Con razón se entristece
el alma sola amarga,
que con mano tan larga
Regalada se vió en su pensamiento,
al inhumano, y triste apartamiento,
de su sombra, y abrigo:
y no es razón que esté sin ti conmigo.
Sale de Oriente con ligero passo
Febo, vistiendo el cielo de alegría,
comunicando al mundo su grandeza;
Mas apenas le alberga el frío Ocaso,
cuando se ve una sombra, una tristeza
de negra noche temerosa y fria.
Desta arte el alma mía
del Sol de hermosura,
gozó la luz más pura
Que se puede mirar con vista humana,
y desta arte es ya noche su mañana,
y desta arte, en su ausencia,
es de tiniebla y muerte la sentencia.
La verde hierba que el arroyo baña,
la tierra, el aire, el sol, la favorecen;
mas si le falta el agua, assí se muda,
Que el viento fresco la inficiona y daña,
quémala el Sol, la tierra no le ayuda,
y su verdor y su virtud fenecen.
Desta suerte perecen
gracia, salud y vida,
estando despedida
De tu presencia el alma que te adora;
porque sin este solo bien, señora,
cualquiera que se ofrezca
es mal y daño, con que más padezca.
Levanta el diestro artífice seguro
sobre muro y colunas su artificio,
que quiere competir con las estrellas;
Mas si quebranta el tiempo el fuerte muro
ó rompe el peso las colunas bellas,
también ha de faltar el edificio.
Yo, que de tu servicio,
y de mi bien y gloria
máquinas de vitoria
Sobre tu voluntad iba subiendo,
esta ilustre coluna falleciendo,
tu servicio y mi suerte
cairán por tierra en manos de la Muerte.
En tanto que el favor, y la privanza
siente el siervo leal del Rey benino,
su lozanía y su contento suena;
Mas si después en esto ve mudanza,
por su mal hado ó por industria ajena,
corrido y triste le veréis contino:
Oh menguado destino,
mira cual he quedado,
solo, desamparado
De aquel favor y tiempo venturoso,
que entre las gentes ando vergonzoso,
cabizbajo y con miedo
que me señalen todos con el dedo.
Canción de mi despecho,
si llanto y no canción quieres llamarte,
aquí podrás por mi amistad quedarte,
que en desventura tanta
bien se puede llamar loco el que canta.
Los tiernos afectos, la mucha harmonía, las amorosas palabras del afligido Alfeo se hicieron sentir generalmente, de suerte que, acabado el dulce canto, por gran rato unos con otros encarecieron, cuál los afectos, cuál la harmonía y cuál las palabras. Pero Belisa, que de todo quedó pagada, todo lo encareció mientras duraba, y después de acabado, primero con el semblante y después con mil discretas razones, que ayudaron á confirmar en todos la buena opinión de Alfeo. Pero él, agradecido á sus favores, no podía en lo interior tomar contentamiento. A esta hora Sileno ordenó que la música cessase y se diesse lugar á otro entretenimiento de los usados entre pastores, porque no solamente las almas se recreasen en aquel exercicio, que en efecto no era para todos; y assí, señalando premios para la lucha, ofreció al más fuerte un cayado de acebo guarnecido de estaño, tallado de buril de despojos de caza, y por la una parte un gran cuchillo secreto, que tocando á una llave salía y tocando á otra se tornaba á esconder, obra ingeniosa del valiente Alcimedonte; y si este dón era para el más fuerte, para el más mañoso había otro tal, un arco era de palo indio, con la empuñadura de luciente plata y esmalte fino, cuerda de seda, aljaba labrada y seis ligeros tiros de diversas puntas, con plumas variadas, blancas, encarnadas y verdes; premios que movieron, por ser tales, los ánimos más exentos de amor, que los enamorados no han menester quien los mueva. Hízose á la hora una ancha plaza de toda la general compañía, con gran concierto y orden, y á poco rato que esperaron, en medio dellos se puso Colín, pastor de cabras, más robusto que bien proporcionado, en el cuello y brazos desnudo, camisa muy justa y zarefuelle estrecho y medias de lienzo sin zapatos. No le dexó mucho sossegar Barcino, rico ovejero y competidor suyo en amores, que con el mismo hábito le salió delante, y sin aguardar más señal, se fueron el uno para el otro, cada cual intencionado de hurtar el cuerpo al contrario, y assí sucedió que casi desta vez no se tocaron. Pero queriéndolo ambos enmendar la segunda, con tal maña se acometieron, y con tal fuerza se hicieron presa, que ambos arrodillaron. Era el perder ó el ganar á la primera caída, y el conocimiento del vencido estar en tierra y su contrario ambas rodillas sin tocar al suelo; y como agora assí se vieron, cada cual procurando que el otro no se levantasse, anduvieron gran rato volteando por la hierba, sin conocerse ventaja, hasta que Colín, inadvertido, se cogió la una pierna debajo de la otra, y al revolver el cuerpo se torció la rodilla de manera que, olvidado del premio y de Dinarda que le miraba, quexándose se dejó tender en tierra, y Barcino sobre él comenzó á pedir vitoria. La grita de los pastores, unos con gusto y otros con pesar, hicieron mayor la honra del uno y el corrimiento del otro.
Luego salió Damón, mozo membrudo, aunque de poca edad, gran amigo de Colín, pero presto le hizo compañía y alguna parte de consuelo.
Los dos vencidos pastores tenían á Barcino más animoso y á los circunstantes menos determinados. Y assí de la segunda lucha le dexaron algún tanto de lugar para que descansasse; pero Pradelio, que, ardido en amores, los ojos en la pastora Filena, con gran atención veía mirar á los otros que luchaban, pareciéndole que le hurtaba á su corazón cualquier vuelta que con sus ojos daba en otra parte, á la hora, sin más prevención de quitarse el gabán y el cinto, se presentó con gentil cuerpo y donaire al vitorioso Barcino, que ya le esperaba. Asiéronse por los brazos igualmente, y aunque la fuerza de Barcino era aventajada, la maña de Pradelio no era menos, y cuanto el uno de la fuerza del uno, el otro de la maña del otro se debían recelar. Y assí, andando en torno gran espacio, sin dar el uno lugar al otro para sus fuerzas ni el otro al otro para sus mañas, ya sus venas estaban tan gruesas que parecían querer reventar, y el sudor de sus frentes les quitaba la vista; pisaban sobre la verde hierba, inconveniente grande para Barcino por no poder restribar en ella como quisiera, pero no para Pradelio, que tenía en esso la confianza. Y assí, viendo á Barcino que con gran furia venía sobre él, hurtándole el cuerpo, tuvo muy cerca la vitoria; mas el fuerte pastor, proveyendo al daño, tan fuertemente tuvo á Pradelio por los brazos, que juntos llegaron á tierra y juntos se levantaron, juntos se tornaron á apercibir y juntos gimieron como dos bravos toros en pelea. Ya la gente estaba admirada de la terrible y peligrosa lucha, y lastimosos los dos pastores; pero ellos, más animosos que al principio, iban buscando sus presas, cuando Sileno, puesto en medio, les atajó su porfía, con aprobación de toda la compañía, mayormente de las pastoras Dinarda y Filena. Y á Barcino le fué dado el cayado gentil, y á Pradelio el galán arco, y á Colín y á Damón licencia para tenerles envidia.
Quedó Sileno nuevamente deseoso de ver á los demás ejercitarse en saltar ó correr ó tirar á la barra. Gran turba de pastores se levantó para estos ejercicios, pero con diferentes intentos: porque Uranio y Folco, Frónimo y Tirseo, se apercibieron para la carrera; Elpino, Bruno y Silveo para la barra; Delio, Lidonio y Florino para el salto. Cupo la primera suerte de ejercicio á los cuatro corredores, que sin ningún detenimiento se despojaron de sus vestidos, salvo de las camisas y zarafuelles, sin medias ni zapatos. Puso Sileno al cabo de la carrera, que era en una parte del valle, sin tropiezo ni hierba, cuatro premios. El primero, y menos bueno, un rabel de tres cuerdas, de oloroso ciprés de Candía; el segundo, y mejor, un zurrón de seda y lana, labrado con gran arte; el tercero, y mejor que el segundo, un espejo de acero, guarnecido en palo de serval; el cuarto, y mejor que todos, un puñal de monte, por la una parte de corte vivo y por la otra sierra muy fuerte, con vaina verde y empuñadura de cuerno de ciervo, trabado con correas blancas de venado. En esta forma: el rabel colgaba de un olmo; y adelante ocho pasos, el zurrón, de un salce; y otros ocho adelante, el espejo, de un mirto; y doce más el puñal, de un enebro. Y hecha calle vistosíssima de todos los pastores y pastoras, ya que los cuatro corredores estaban los pies izquierdos adelante y los derechos casi en las puntas, haciendo Arsindo señal, el son de su bocina fué como el de la cuerda de sacudido arco, y los pastores no otra cosa parecieron que ligeras saetas por el aire. Fáltame por decir lo más gustoso: como Sildeo, pastor de claro entendimiento, aunque de pies perezosos, vido el orden con que los premios estaban, barruntó luego lo que había de suceder, y alzó al viento las luengas haldas del sayo y púsose con los cuatro, que en ligereza excedían al viento, y juntamente con ellos empezó á medir sus passos por la carrera, y toda la gente que lo miraba á reirse de su osadía; pero como los cuatro passaron tan adelante, y los ojos de todos iban tras ellos, Sildeo pudo correr á sus anchuras sin ser más mirado ni reído. Que cosa fué ver á Folco del primer vuelo tan aventajado, que á la mitad de la carrera todos juzgaron el puñal por suyo; pero Fronimo, corrido, criando alas de su afrenta, con dos cuerpos se le puso delante. Uranio iba tras Folco, y Tirseo tras Uranio, cuando Fronimo, vanaglorioso de su ventaja y codicioso de la vitoria, ó tropezó en la tierra ó en sus piernas, que súbito pareció tendido en la carrera, y Folco sobre él, que no pudo apartase sin caer. Uranio y Tirseo se vieron señores del campo, y la grita y ruido de la gente, que les debiera animar, parece que los desalentó, de modo que los dos caídos, levantándose, y ellos dos entorpeciéndose, todos cuatro llegaron casi juntos á los premios, y todos cuatro, despreciándose del rabel, passaron al zurrón, y desde allí al espejo, y adelante al puñal, que en un instante alargaron los brazos á tomarle. Bien se contentara Sildeo (que tras ellos iba) con el rabel, pero viéndolos que, asidos del puñal, reciamente porfiaban, passó hasta el espejo y tomóle, y baxó al zurrón y púsosele al cuello y desde allí al rabel, y pudo hacerlo porque el concierto era que, comenzando de premio mayor, pudiessen de allí tomar los menores que hallasen. Sildeo, risueño y gritado de la gente, enderezó los passos á Sileno, y los cuatro pastores asidos de su puñal, cuál por la vaina, cuál por el puño y cuáles por los correas, hicieron lo mismo. No pudo Uranio (aunque quisiera) desnudar el cuchillo, porque tenía un secreto que le cerraba; pero Sileno, presto en atajar su contienda, tomó á su cargo el puñal y dióle á Sildeo para que él le diesse á quien le agradasse. Discreto y gracioso era Sildeo, y como se vió hecho juez de todo, les dixo desta manera: Estos premios se pusieron para el corredor que primero los viesse en su poder; yo los veo en el mío sin que nadie me tocasse á los tres en la carrera, y sin que ninguno de vosotros haya tenido el cuarto libremente como yo, y assí, por derecho y condición son todos los cuatro míos, y así lo juzgo. No solos los amigos de Sildeo rieron de la graciosa sentencia, pero á los mismos pretensores hizo mucho donaire, y Sileno la confirmó como bien dada, y mandó á Valleto, zagal suyo, que diesse á los cuatro pastores, el siguiente día, cada dos gruesos carneros de los mejores del rebaño, con que quedaron los circunstantes muy contentos y los pastores muy pagados.
Y mientras muchos se estaban culpando de no haber tenido el aviso de Sildeo, Delio, Lidonio y Florino pidieron lugar para los saltos, y Elpino, Bruno y Silveo para la barra, y aunque quisiera Sileno dársele, viendo que del día estaba gastada la mayor parte, y aquellos ejercicios (aunque de mucha estima) no eran de tanta recreación, acordó que se ingeniasen en pruebas de fuerza y ligereza, cada cual como supiesse ó bastasse, prometiendo á todos dignos premios de su exercicio. Prueba haré yo, dixo Bruno, que no la hará otro pastor de la ribera. Hazla, dixo Elpino; veamos dónde llega tu soberbia. Agora lo veréis, dixo Bruno, y haciéndose atar por las muñecas con dos cuerdas de torcido cáñamo dió el un cabo á Elpino y el otro á Silveo, y tomando en cada mano una manzana, tirad, les dixo, cada uno por su parte, veréis si salgo con mi intención. Con tanta fuerza tiraban los dos pastores, que parecía quererle abrir por los pechos; pero Bruno, recogiendo sus fuerzas, haciendo piernas, apretando los dientes, á pesar de entrambos puso las manzanas en la boca. No hubo entre todos quien á otro tanto se atreviesse. Pero Lidonio, que deseaba mostrarse en algo aquel día, viendo presente á la hermosa Silvia (digo aquélla que á la ida del valle toparon Alfeo y Finea con la pastora Dinarda), alegre de verla sin los dos competidores Licio y Celio, le pidió licencia para ejercitarse en su nombre, y ella, que de nada tenia gusto, le dixo que hiciese el suyo; esto tuvo Lidonio por gran favor, y animado con él, mientras que Delio y Florino, haciendo vueltas galanas y dificultosas por el suelo y por el aire, entretenían la gente, envió por perchas altas y delgadas á un huerto suyo, que cerca del valle estaba, y puesto en medio de la gente, las afirmó en tierra derechas sin hincarlas, y con ambas manos, sin otra ayuda, comenzó á subir por ellas con grande facilidad, hasta poner los brazos sobre lo alto, y arrimándolas al cuerpo sin otra ligadura, ni afirmar los pies en nada, se comenzó á pasear por entre los que le miraban, y después de ser bien visto, se dexó deslizar por ellas hasta el suelo. Prueba fué que agradó y admiró á todos en general.
Mas viendo que el luchador Pradelio tomaba el puesto para hacer nueva prueba, todos volvieron á él atentamente, y el mancebo gentil, tendiéndose en tierra de espaldas, los brazos abiertos, sobre la una mano se puso un pastor de pies y sobre la otra otro, asiéndose los dos de las manos para afirmarse. Pradelio levantó en alto los brazos con ellos y estuvo assí un rato, y luego se sentó en tierra con la misma carga, tras lo cual se levantó en pie, y trayendo á los pastores tres ó cuatro vueltas en el aire, se fué sentando y tendiendo y baxando los brazos hasta dexarlos donde los había tomado. ¡Oh, cómo fué prueba esta del esfuezo y maña de Pradelio y cómo contentó á todos los pastores y pastoras que la vieron! El gusto de Filena para después se quede, y aun las pruebas por ahora, porque Sileno bien siente que no es razón de exercitarse tanto con tanta fatiga, y así, premiando á todos con mucha voluntad y franqueza, mandó tornar á componer las rústicas mesas con regaladas viandas, de donde brevemente todos se levantaron, y siguiendo á Sileno, Galafrón y Barcino, Mireno y Liardo y el rabadán Alfesibeo enderezaron á la devota pirámide; y allí Galafrón, tierno y verdadero amante de la difunta Elisa, la una rodilla en tierra, al son de la flauta de Barcino, que de la misma arte la tocaba, cantó estos versos tristes y amorosos:
GALAFRÓN
Elisa, que un tiempo fuiste
descanso de los enojos
con sólo volver los ojos
á los que en llanto volviste,
la furia perpetua y triste
de nuestras continuas quexas
no es tanto porque nos dexas
como por ver que te fuiste.
Porque, Elisa, aunque dexarnos
sea lo mismo que irte,
sintiendo el mal de partirte
no se entiende el de quedarnos;
y sólo en representarnos
la memoria que te has ido,
no queda libre el sentido
para de otro mal quexarnos.
Mas, dime: ¿en prisión tan grave
por qué nos dexas con ceño,
como cautivos sin dueño,
donde esperanza no cabe?
¿qué nueva vendrá suave
á nuestra prisión y pena,
si, cerrada la cadena,
el cielo rompe la llave?
Algún alivio tenemos
en ausencia tan amarga,
y es que no puede ser larga,
aunque ya larga la vemos;
otra rienda hallaremos
que más enfrene al tormento,
y es que vives en contento
ya que nosotros penemos.
Tengo aquí, pastora cara,
una canción que decías,
con cuyos versos cubrías
de mis lágrimas mi cara,
y aunque de dulzura avara
y más que la muerte fiera,
si yo agora te la oyera
bien piadosa la juzgara.
De suerte nos igualaste,
que contra el competidor
nuestra venganza mayor
era ver que le miraste:
bien seguros nos dexaste
de memorias de contento,
porque aun de darnos tormento,
señora, no te preciaste.
Por nuestra afición abrojos
nos diste, en lugar de palma,
y nunca sintió tu alma
lo que hicieron tus ojos;
nuestros más ricos despojos
llevaste sin pretendellos,
y este es el mal, que, á querellos,
gloria fueran los enojos.
Baxe ya tu luz preciosa
del alto cielo á la tierra,
y venga á hacernos guerra
si no quisiere piadosa,
por el mármol do reposa
tu ceniza sepultada,
que de mi diestra cuitada
fué pruebecilla amorosa.
Vaya lexos la alegría
de nuestro monte y ribera,
cuanto se teme y se espera
pare en la ventura mía;
fálteme el postrero día
una común sepultura,
que si yo busqué ventura,
por ti sola la quería.
Húyame el contentamiento,
nada me preste favor,
conviértaseme en dolor
cualquier causa de contento,
déme el cielo sólo aliento
para conocer mi mengua,
no quiera llegar la lengua
do no alcanza el sentimiento.
Bien puede, Elisa, subir
atrás el corriente río,
y el más importuno frío
nuevas flores producir;
mas no podrán permitir
tiempo, fortuna ó estrella
que cesse nuestra querella
hasta que cesse el vivir.
En tanto que Galafrón cantaba desta suerte, muchas de las pastoras habían traído blancos tabaques de hierbas y rosas de la florestas y en un punto, sobre sus luengos cabellos poniendo artificiosas guirnaldas, alrededor de la alta pira, presas por las manos sus anchas mangas, de blanco lienzo colgando, mientras cantaban, iban en sossegado corro, y acabado el cantar, vueltas las unas á las otras con gran donaire bailaban. Ya en esto, el gran planeta parecía, que, agradecido de la solene fiesta, quería dejar libre sombra para que los pastores buscassen sus moradas, y al trasponer del monte, su rostro alegre y bello (recogiendo la lumbre de sus rayos) desde el Ocaso arrojó una viva y templada claridad, que, bordando de fina plata y luciente oro las varias nubes, dejó nuestro cielo hermosíssimo. Y luego las pastoras, trocando las guirnaldas de sus frentes con las que en el sepulcro estaban, y los pastores ramos con ramos, todos juntos comenzaron á seguir al viejo Sileno hasta la salida del valle, que allí con alegre rostro y dulces abrazos se despidió (uno por uno) de todos, y dejando con él sus cuatro pastores y el rabadán Alfesibeo, se comenzaron por las sendas y caminos á dividir desde la verde floresta.
TERCERA PARTE
DEL PASTOR DE FILIDA
Alegremente vinieron nuestros pastores al fresco valle de la celebrada Elisa, y no menos se dividieron al salir dél, porque no quedó senda, atajo ni camino donde no sonassen voces acordadas, liras, rabeles, flautas y otros alegres instrumentos; solos Finea y Alfeo, como solos entraron por la vereda de los salces, camino poco usado, por ser áspero y estrecho, al principio dél dixo Finea: ¿Qué te ha parecido, Alfeo, de los pastores del Tajo? Tan bien, dixo Alfeo, que no te lo sabré decir: su gala es mucha; discreción y cortesía, grande, y lo que es habilidad y mesura, aventajado á cuanto he visto. Paréceme que de España lo mejor se recoge en estas selvas. Esso puedes creer, dixo Finea, que aunque lo natural dellas es bueno, todos essos ricos pastores que hoy has visto y essas pastoras de tanta gracia y hermosura, cuál es del Ebro, cuál del Tormes, Pisuerga, Henares, Guadiana, y algunos de donde, mudando nuestro Tajo el nombre, se llama Tejo; pero como el sitio es tan acomodado á la crianza de los ganados, á la labor de la tierra y á la recreación de la gente, muchos que aquí vienen por poco, se quedan por mucho, como á mí me ha sucedido y á ti creo que será otro tanto. No hará, pastora, dixo Alfeo, que aunque entiendo que no me estaba mal, véome impossibilitado para ello. ¿Qué podría yo hacer aquí, ó en qué entretendría el tiempo que no pareciesse feo á todos? Yo te lo diré, dixo Finea: lo que yo hago, ó lo que hace Siralvo, forastero pastor que aqui habita. Yo compré ovejas y cabras conforme á mi poco caudal, y con pocos zagales las apaciento. Siralvo, aunque pudo hacer otro tanto, gustó de entrar á soldada con el rabadán Mendino, por poder mudar lugar cuando gusto ó comodidad le viniesse, sin tener cosa que se lo estorbasse. ¿Quién es esse Siralvo? dixo Alfeo. Es un noble pastor, dixo Finea, de tu misma edad, honesto y de llaníssimo trato: amado generalmente de los pastores y pastoras de más y menos suerte, aunque hasta agora no se sabe de las suya más de lo que muestran sus respetos, que son buenos, y sus exercicios, de mucha virtud. ¿Cómo vería yo á Siralvo? dixo Alfeo. Bien fácilmente, dixo Finea; porque las cabañas de Mendino están muy cerca de aquí, y Siralvo por maravilla sale dellas, y más agora que está su radabán ausente y él no podrá apartarse del ganado. Assí hayas ventura, dixo Alfeo, que vamos allá. Vamos, pastor, dixo Finea; y volviendo el camino sobre la mano derecha, mientras Alfeo, agradeciendo á la serrana su voluntad y trabajo, ella nuevamente con amor se le ofrecia, llegaron á la fuente de Mendino, que poca distancia de las cabañas estaba, y á un lado della, cerca del arroyo, oyeron una flauta, que al son del agua y de los inquietos árboles acordadamente sonaba. Aquella flauta, dixo Finea, es de Siralvo, y si él canta, á buen tiempo hemos venido, que no es menos músico el pastor que enamorado, aunque él, no preciado desto, siempre busca la soledad para cantar sus versos. Oyámosle, dixo Alfeo, que no es possible que el aparejo tan conforme á su condición no le incite. Y con esto, sentándose los dos junto á la fuente casi á un punto, Siralvo, dejando la zampoña, comenzó á cantar aquestas rimas:
SIRALVO
Ojos á gloria de mis ojos hechos,
beldad inmensa en ojos abreviada,
rayos que heláis los más ardientes pechos,
hielos que derretís la nieve helada,
mares mansos de amor, bravos estrechos,
amigos, enemigos en celada,
volveos á mí, pues sólo con mirarme
podéis verme y oirme y ayudarme.
Si me miráis, veréis en mí, primero,
cuanto con Vos Amor hace y deshace;
si me escucháis, oiréis decir que muero,
y que es la vida que me satisface;
si me ayudáis, lo que pretendo y quiero,
que es alabaros, fácil se me hace;
en tan altas empressas alumbradme,
mis ojos, vedme, oídme y ayudadme.
Siendo verdad que el alma que me ampara
es sólo un rayo dessa luz pendiente,
cuando no me miráis, es cosa clara
que estoy del alma con que vivo ausente;
mas no tan presto á la marchita cara
vuelve la vuestra, soles de mi oriente,
cuando, el espíritu mío renovado,
quedo vivo, contento y mejorado.
La causa fuistes de mi devaneo,
y podéis serlo de mi buena andanza,
que si á vuestra beldad cansa el deseo,
vuestra color ofrece la esperanza,
esmeraldas preciosas, donde veo
más perfeción que el ser humano alcanza,
viva mi alma entre essas dos serenas
lumbres divinas, de vitorias llenas.
¡Cuánto mejor en vuestra compañía
que con la lira ó con el tierno canto,
pudiera Orfeo, el malhadado día,
robar la esposa al reino del quebranto!
pues la amorosa ardiente ánima mía,
al resplandor de vuestro viso santo
suspende tantas penas infernales,
Ojos verdes, rasgados, celestiales.
¿Sois celestiales, soberanos ojos?
Si que lo sois, aunque os alberga el suelo,
pues solas almas son vuestros despojos,
almas que os buscan como á propio cielo;
fundó el Amor sus gustos, sus enojos,
estableció su pena y su consuelo,
dejó las armas frágiles de tierra,
y escogió vuestra luz en paz y en guerra.
Estrellas, nortes, soles, que á la diestra
del Sol salís, por soles verdaderos,
si en cuanto el lugar cielo al mundo muestra,
no hay cosa que merezca pareceros,
¿quién verá sola una pestaña vuestra
que presuma, aun con muerte, mereceros?
Bástale á aquel que os ve, si os conociere,
morir, y ver que por miraros muere.
Pues los que os miran quedan condenados
á arder de amores si miráis piadosos
y á rabia eterna si volvéis airados,
ved si los que abrasáis son venturosos;
yo que con pensamientos inflamados,
Ojos, os miro, y con deseos rabiosos,
ó rabie, ó arda, ó muera, ó viva, al menos
no dejéis de mirarme, Ojos serenos.
Al revolver de vuestra luz serena,
se alegran monte y valle, llano y cumbre;
la triste noche de tinieblas llena,
halla su día en vuestra clara lumbre,
sois, Ojos, vida y muerte, gloria y pena;
el bien es natural; el mal, costumbre:
no más, Ojos, no más, que es agraviaros,
sola el alma os alabe, con amaros.
No tocó Siralvo al fin de la postrera estancia la flauta, como á las demás había hecho, pero rematóla con un terníssimo suspiro, y Alfeo y Finea, que con mucho gusto le habían escuchado, dexando la fuente se llegaron á él, saludándole con muy corteses palabras. ¿Qué caso, dixo Siralvo, te trae, Finea, por esta parte tan á deshora? Buscarte, Siralvo, dixo la graciosa serrana. Aquí me hallarás muy á tu voluntad, dixo Siralvo, y levantándose del suelo, echando al hombro el zurrón, todos tres se fueron llegando á la fresca fuente, y allí sentados, preguntó quién era el pastor que con ella venía. No dió lugar Finea á que Alfeo respondiesse; mas ella lo hizo de arte que Siralvo, muy contento de su venida y deseoso de saber su suerte, se le ofreció en lazo estrecho de amistad, á que Alfeo bastantemente correspondió en voluntad y razones. No se contentó Finea con esto, pero pidió á Siralvo que diesse orden en acomodar á Alfeo. Aquí estaban, dixo Siralvo, mil ovejas del gran rabadán Paciolo, que las guardaba Liardo, y ahora está con Sileno; este rebaño tiene cuatro zagales diligentes, cabaña nueva, instrumentos muy cumplidos, dehesa propia en que se apacienta y abrevaderos y corrales para él solo; estaba á mi cargo buscar un mayoral que le gobierne, y si Alfeo le quiere tomar al suyo, en cuanto yo le pudiere descuidar lo haré, con las mismas veras que lo ofrezco. Finea y Alfeo acetaron con grande agradecimiento la voluntad y obra de Siralvo; y contentíssima desto, le pareció á la serrana irse á su cabaña, y á los dos pastores hacerle compañía, y sin valer excusas, que ella dió para desviarles aquel cuidado, los tres comenzaron á caminar por la espessura, y la pastora á contar á Siralvo lo que en el valle de Elisa había passado, cuando Filardo, competidor de Pradelio, hacia ella venía cantando, con una voz llena de melodía y tristeza, y por no ser causa de que lo dexasse, apartándose entre los árboles con gran silencio, oyeron esta canción que no con menos espacio iba diciendo:
FILARDO
No por sospiros que deis,
corazón, descanso espero;
pero dé el alma el postrero,
y ella y Vos descansaréis.
Estando la vida tal
de su tiempo bueno ausente,
que ser vida es acidente,
y cansarme es natural,
corazón, no alcanzaréis
con sospiros lo que quiero;
pero dé el alma el postrero,
y ella y Vos descansaréis.
El rato que sospiráis,
descansárades siquiera,
cuando la vida no fuera
el fuego en que os abrasáis;
dad sospiros, y veréis
que el mejor es más ligero;
pero dé el alma el postrero,
y ella y Vos descansaréis.
Un solo rayo os abrasa,
mas sus lugares son dos:
las llamas tocan en vos,
y en el alma está la brasa;
con sospiros la encendéis,
y el sospiro verdadero
es dar al alma el postrero,
y ella y Vos descansaréis.
No quiero yo, corazón,
quitaros el sospirar,
que sospiro podéis dar
que os valga por galardón;
si con sospiros movéis
la voluntad por quien muero,
sin dar el alma el postrero,
ella y Vos descansaréis.
No estaba muy confiado de merecer Filardo tanto bien (como sus versos decían), se ablandasse por tiempo la causa de su dolor, y assí el presente fué tanto, que, sin poder animarse, con los postreros acentos cayó en tierra. Siralvo con gran lástima y amor se le presentó, diciendo: ¿Qué es esto, Filardo mío, qué congoxa te mueve á tanto extremo? ¿Qué ha de ser, dixo Filardo, sino lo que siempre suele? ¿ó qué fatiga me puede descomponer, sino la que Filena me quisiere dar? ¿ó qué rato podré vivir sin que ella guste de atormentarme? ¡Maldita sea la hora en que nací para amalla, y maldito sea el hombre que nace para amar! Puesto estoy, Siralvo, en el profundo de las miserias de Amor, sin haber cosa de donde espere consuelo. Levántate amigo, dixo Siralvo, que aunque yo creo que tendrás razón, de tu propio humor eres congojoso; vente con nosotros, y dime tu pena, quizá no será tanta la causa como te parece. Como tú quizá, dijo Filardo, estás favorecido, parécete poco el mal ajeno. En cada jornada, dixo Siralvo, hay su legua de mal camino; pero menester es resistencia, si ha de haber perseverancia. Si Filena se descuidó en algo contigo, ya pensarás que el mundo es acabado: no la fatigues con quejas continuas, aunque la razón te sobre; no la pidas celos, aunque te arranquen el corazón, que la mujer apretada siempre desliza por donde peor nos está. Haz lo mismo que Pradelio, que donde quiera que la ve llega risueño y regocijado, y pone en fiesta á cuantos allí están, inventando juegos y danzas, y cualquier cosa que la pastorcilla haga alaba por buena. Créeme, que la primera fuerza que con mujeres se ha de probar es bien parecer, y un hombre marchito y trashojado viene á ofendellas, hasta ser demonio en su presencia. Basta pastor, dijo Filardo, hablas como sano en fin, y tus medicinas no son para el doliente: haga Filena conmigo lo que hace con Pradelio, verás cuál ando yo y cuál anda él. Mas, si desde que entró en el valle de Elisa hasta la salida, jamás dél partió los ojos ni los volvió á mirarme: ¿qué quieres que sienta? ¿ó qué sintieras tú si como yo la amaras? Doliérame, dixo Siralvo, mas á las veces una sinrazón notable suele desapassionar al más enamorado. Y aun indignar, dixo Filardo mas pássase essa ira en un momento y queda el triste que ama hecho un centro de dolores, donde creo que nunca la muerte viene por fuerza de los males, sino por contradición del que la teme, que á mí que la deseo, tan necessitado de su favor, niégamele; y niéguemele si quiere, que si nací para esto, yo no lo puedo excusar. ¿Qué ves, ingrata, en Pradelio más que en mí, sino lo que tú le das? ¿ó qué en mí menos que en él, sino lo que tú me quitas? Ayer pagada de mis servicios, y hoy de mi muerte, buen galardón lleva el que desea servir; tómate cuenta de lo que haces, y volverás por tí misma, si no olvidas del todo, á lo que te obliga tu propio valor. Passó Filardo, y dixo Finea: Assí veas á Filena tan de tu parte como deseas, que no te aflijas; mas saca la lira y canta un poco, y entretendrás tu dolor y nuestro camino. Gracia tienes, serrana, dixo el pastor: ¿cantar me mandas de gusto, viéndome morir? Pues haz como el cisne, dixo Finea, y lo que has de lamentar sea cantando, que no enternecerán menos tus querellas. Por castigarte de lo que pides, dixo Filardo, quiero cantar, serrana; y sacando la lira, con tres mil sospiros, en son triste, pero artificioso y suave, comenzó á decir Filardo:
FILARDO
Si á tanto llega el dolor
de sospechas y recelos,
no le llame nadie celos,
sino rabia del amor.
Dolor, que siempre está verde,
aunque vos más os sequéis,
y á donde quiera que estéis,
veis presente á quien os muerde;
mal que para su rigor
se conjuran hoy los cielos,
no le llame nadie celos,
sino rabia del amor.
Pues derriba una sospecha
la vida más poderosa,
y una presunción celosa
deja una gloria deshecha,
y á fuerza de su furor
se aborrecen los consuelos,
no la llame nadie celos,
sino rabia del amor.
No valen fuerzas ni mañas
contra mal tan inhumano,
porque el hambriento gusano
que se ceba en las entrañas,
allí vierte á su sabor
sus centellas y sus hielos;
no le llame nadie celos,
sino rabia del amor.
Si deste diente tocado
debe un corazón rabiar,
nadie lo podrá juzgar
sino aquél que lo ha probado;
yo que en medio del favor
gusté tan enormes duelos,
no puedo llamarlos celos,
sino rabia del amor.
Quien tal pide que tal pague, dixo Filardo al fin de su canción. Veis aquí, pastora, cuál estoy, y cuál está la lira, y cuál el canto. Assí estuviera tu corazón, dixo Finea, que, como cantas sin gusto, no te satisfaces á tí como á nosotros. Pues assí te ha parecido el pastor, págamelo en otro tanto, y di alguna canción de las que suele decir Filena, que, aunque poco ganoso de hacerlo ni excusarlo, quiero ver si hay en el mundo orejas que se muevan á mi ruego. Las mías, dixo Finea, prestas estarán á oirte y á obedecerte: toca la lira, que á tu son quiero cantar. No andaba tras esso, dixo Filardo; mas hágase lo que quieres. Tocando el instrumento, la serrana le acompañó diciendo assí:
FINEA
Del Amor y sus favores,
lo mejor
es no tratar con Amor.
Esme el cielo buen testigo,
del cual voy tras mi deseo,
do con mil muertes peleo,
teniendo un solo enemigo,
no durarán lo que digo,
y aún peor
los que tratan con Amor.
Verán su fé y su razón
escrita en letras de fuego,
y verán que su sossiego
es campo de altercación;
verán que su galardón,
el mejor
no tiene señal de Amor.
Juntamente llegó Finea al fin de su canción y á la puerta de su cabaña, donde halló á Dinarda y á Silvia que la esperaba, y allí despidiéndose los pastores con gran cortesía. Filardo, á ruego de Silvia, se quedó con ellas, y Alfeo y Siralvo tornaron por su camino. No querría, dixo Siralvo, cansarte con preguntas ni congojarte con mi deseo; pero no dexaré de decirte que holgara en extremo de saber quién y de dónde eres. Las alabanzas que de ti me dió la serrana, tu persona las confirma todas, y lo que tengo visto, bien basta para procurar tu amistad; pero ya sabes que entre amigos no es justo haber nada encubierto: préndote mi fe, que no te arrepientas jamás de lo que conmigo comunicares. Esso creo yo muy bien, dixo Alfeo, pero sabe que es mucho lo que hay que saber de mí, y si más hubiera, más supieras, que tu bondad, Siralvo, á esto y más me obliga. Tú sabrás que este hábito no es mío: pluguiera al cielo que desde mi nacimiento lo fuera, excusara las mayores desventuras que jamás han passado por hombre de mi suerte. Caballero soy, natural desta vecina Mantua, que por toda ella se ve el blasón de mi verdadero apellido, y más sabrás que pago en breves días con las setenas lo que muchos gocé de libertad y contento. No renuevas mi mal con tu pregunta, que siempre se está presente, ni me aflige tu voluntad, que bien enseñado estoy á no seguir la mía; mas porque temo cansarte con mi cuento largo y pesado, te suplico cuando lo estés me avises, que llevándolo en dos veces, quizá te bastará la fuerza y á mí el ánimo. Ser tú quien dices, dixo Siralvo, bien claro lo muestras, y conocer yo la merced que me haces, no lo dudes; y menos que es imposible cansarme de oir tus casos; mas yo sé, Alfeo, que el día ha sido hoy largo para tí, y será razón dar á la noche su parte hasta el alba, y entonces, habiendo tú reposado, podrás cumplir la promessa y oirme un rato, quizá seré ocasión de alivio á tu mal. No espero menos de ti, dixo Alfeo; y en estas y en otras agradables pláticas llegaron á las cabañas de Mendino, donde Alfeo fué albergado, y Siralvo, sin que él ni nadie lo sintiesse, tomó el camino de las huertas del rabadán Vandalio, donde Filida estaba, y á esta hora Siralvo con seguridad podía buscarla para oirla ó verla desde aparte. Poco tardó en llegar el enamorado pastor, pero rato había que la hermosíssima Filida reposaba. Triste y despechado se halló Siralvo por su tardanza, y sentándose al pie de un olmo, junto al ancho y rico albergo, se dejó transportar en un profundo pensamiento, de manera que, sin sentirlo él, fué sentido, recordando con sus sospiros á Florela, hermosa y discreta pastora de la casa de Vandalio, y tan amada de Filida, que en su mismo aposento se albergaba; bien conocía los sospiros de Siralvo, y muchas veces deseó que Filida los sintiesse y admitiesse la voluntad del pastor, allí donde infinitas y de grande estima eran despreciadas. Dexó el lecho Florela, y mal vestida salió donde halló á Siralvo, que vuelto en sí se levantaba para irse. ¿Qué venida es ésta? dixo Florela. La mía no sé, dixo Siralvo; pero la tuya mi remedio será, porque te certifico que estaba á punto de acabarme. Consuélame, pues siempre lo haces, y no hay quien pueda hacerlo sino tú. Deja el pesar, dixo Florela, que si esta noche vinieras á la hora que sueles, pudieras ver y oir á Filida en el lugar que estamos. Buena manera, dixo Siralvo, es essa de consuelo. ¡Maldita sea mi tardanza, que soy el más desazonado de los hombres! Bien le bastaría al que ama una pequeña sepultura donde passasse el tiempo que resta de sus contentos, para que cuidados ajenos no le estorbassen los suyos. Vinieron á mi cabaña Filardo y Finea, y otro pastor forastero, y cuando dellos me pude librar, hallo la pérdida que ves. Descongójate, dixo la pastora, que por lo menos sabrá Filida tu sentimiento, y vente conmigo, que tengo grandes cosas que contarte, y este lugar no me parece muy seguro, que poco ha andaban por aquí pastores de Vandalio buscando unos mastines. Vamos donde quisieres, dixo Siralvo, y siguiendo á Florela entraron por un camino estrecho que dividía dos huertos, y entre las ramas que de ellos salían, que casi el camino cegaban, los dos se sentaron, y la pastora comenzó diciendo: ¿Qué tanto amas á Filida, Siralvo? Á esse grado, dixo el pastor, no llegó mi propio sentimiento. ¿De manera, dixo la pastora, que te parece mucho lo que la amas? Sí, mientras no la veo, dixo Siralvo; que llegado á miralla no me parece possible amarla lo que se le debe. ¿Pues quién te ataja la voluntad, dixo Florela, para no pagar essa obligación? Un corazón de hombre, dixo Siralvo, con que la amo, impossibilitado á pagar deuda tan superior. Mucho me agrada tu fe, dixo Florela, y ten cierto que toda la debes como la pagas, que aunque te parezca que Filida guarda su punto más que las otras mujeres, pues es la mejor de todas, no hay exceso en esto, y al fin sólo has bastado en lo que nadie ha sido parte: no se desgusta de que la veas, y allánase á leer tus versos y oir tus querellas cuando tú se las das, á yo por ti. Ves aquí una carta de Carpino que le envió con Silvia, y no la quiso leer ni recebir, y yo por mostrártela se la tomé á Silvia. No me encarezcas, dixo Siralvo, mi buena fortuna, que para conocer el bien que tengo no es menester que le pierda: yo lo sé en más cosas de las que tú me dices. Pésame que hayas tomado esse papel, que no pensará Carpino que le quieres para tu gusto, sino para el de Filida. En esta respuesta lo verá, dixo Florela, y sacando la carta, fácilmente á la luna vió Siralvo que decía:
CARTA
Vive Amor, dulce señora,
y vivirá en mi cuidado,
al natural retratado,
del que en nuestros ojos mora,
que holgara de callar
si pudiera, mas no puedo;
con Amor sin culpa quedo,
con vos lo querría quedar.
Vuestra hermosura vi,
y luego mi muerte en ella,
que cualquiera parte della
tocó al arma contra mí;
ojos, frente, manos, boca,
que al ser humano excedéis,
tate, dije, no os juntéis
tantos á empresa tan poca.
Prendiéronme juntamente,
sin mostrar desto desdén:
vuestra voluntad también
se quiso hallar presente;
viendo que merecimiento
faltaba de parte mía,
puse yo lo que tenía,
que fué mi consentimiento.
Á la sazón que el Amor
me prendió desta manera,
la montaña y la ribera
sin hoja estaba y sin flor,
y cuando os llegué á mirar,
mostróme Amor de su mano
el más felice verano
que el cielo puede mostrar.
Mas apenas fué llegada
vuestra ausencia fiera y cruda,
cuando mi verano muda
su fuerza en sazón helada;
y assí será hasta ver
la luz dessos claros ojos,
que entonces estos abrojos
flores tornarán á ser.
Pues, esmeraldas divinas,
lumbre generosa y alma,
desterrad ya de mi alma
tan rigurosas espinas,
que aunque ella siempre os adora,
y veros en sí merece,
sabed que se compadece
deste cuerpo donde mora.
Llevó mis passos ventura,
pensándome despeñar,
y heme venido á hallar
en minas de hermosura;
tan soberana riqueza,
tesoros tan extremados,
no permitáis que, hallados,
se me tornen en pobreza.
Por ventura á mis razones,
aunque ciertas desmandadas,
vuestras orejas, usadas
á más agradables sones,
tomarán alteración,
y la púrpura y la nieve
que en nuestras mejillas llueve,
crecerán por mi ocasión.
Señora, no lo hagáis,
reid y burlad de mí;
haced cuenta que nací
para que vos os riáis;
mas no, pastora, no sea
tomada en burla la fe
que en vuestra beldad juré
y en mi alma se recrea.
No hay en mí cosa valida
que os ponga en obligación
de estimar esta afición
que estimo en más que la vida:
loaros es ofenderos;
serviros, ¿quién llega allí?
y si os quiero más que á mí,
ya voy pagado en quereros.
Ninguna cosa he hallado
que merecer pueda dar
de desearos mirar,
si no es haberos mirado;
porque aquel conocimiento
de vuestro sumo valor,
es la dignidad mayor
que cabe en merecimiento.
Ya veis que fuistes nacida
por milagro de natura;
sedlo también de ventura,
y hacelde en mi humilde vida,
y vénganse luego á mí
los más bien afortunados;
volverán desconsolados,
muertos de envidia de mí.
¿Qué nos enseña en la tierra
el cielo por sobrescrito
de aquel poder que, infinito,
todo lo abarca y encierra?
¿qué pinta imaginación?
¿qué descubre ingenio ó arte
que llegue á la menor parte
de vuestra gran perfeción?
Juntáronse tierra y cielo
á poneros sus señales;
con las dotes celestiales
y las mejores del suelo
hizoos tan perfeta Dios,
que lo que es menos espanta,
y á mí dé ventura tanta,
que venga á morir por vos.
Yo sé que, si lo que os quiero
acertara á encarecer,
os pudiera enternecer
aunque fuérades de acero;
mas de lo poco que muestro
podéis ver mi mucho amor,
y que con ira ó favor
me firmaré: Siempre vuestro.
Enamorado está Carpino dixo Siralvo al fin de la carta, y, para decir verdad, no me hace muy buen gusto. Siempre vosotros, dixo Filena, querríades que la que amáis no pareciesse bien á nadie. Mal recado tendría yo, dixo Siralvo, si esso quisiesse; que á la belleza de Filida los cielos se enamoran, los hombres se admiran y pienso que las fieras se amansan. ¡Oh, Florela, qué excesivas ventajas puso Dios en ella sobre cuantas viven! Pues la condición, Siralvo, dixo Florela, yo te prometo que no es menos buena que su hermosura; tiene una falta, que no es discreta, á lo menos como las otras mujeres, porque su entendimiento es de varón muy maduro y muy probado, aquella profundidad en las virtudes y en las artes, aquella constancia de pecho á las dos caras de fortuna. ¿Y la gracia, pastora? dixo Siralvo. No me hables en esso, dixo Florela, que con ser yo mujer, me veo con ella mil veces alcanzada de amores; su limpieza y aseo, liberalidad y trato, ¿dónde se hallará? Amala, Siralvo, y ámela el mundo, que no hay en él cosa tan puesta en razón. Mas dime, ¿qué papel era el que le emviastes anoche, que no me acordé de pedirsele? Florela, dixo Siralvo, era un retrato en versos que yo le hice. Dímele, pastor, dixo Florela, que aun podría yo pagártele en otro de pintura suyo, que hizo el lusitano Coelio, padre de Belisa: mira si será extremado. También lo será la paga, dixo Siralvo, y por que no la excuses, oye el que yo hice, que el uno y el otro sé yo que cuando á Filida no se parezca, menos habrá quién se parezca á ellos, pues de tan rico dechado no saldrá labor que en otra pueda hallarse.
SIRALVO
Ya que me faltan para dibuxaros
pincel divino y mano soberana,
y no la presunción de retrataros,
con mal cortada péñola liviana,
de mis entrañas quiero trasladaros,
donde os pintó el Amor, con tanta gana,
que, por no ser á su primor ingrato,
se quedó por alcaide del retrato.
Ricas madexas de inmortal tesoro,
cadenas vivas, cuyos lazos bellos
no se preciaron de imitar al oro,
porque apenas el oro es sombra dellos:
luz y alegría que en tinieblas lloro,
ébano fino, tales sois, cabellos,
que aunque mil muertes muera quien os mira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Campo agradable, cielo milagroso,
hermosa frente, en cuyo señorío
goza la vista un Mayo deleitoso
y el corazón un riguroso Estío;
nieve, blanco jazmín, marfil precioso,
fuego, espina cruel, espejo mío,
pues la beldad en vos de sí se admira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Ojos, de aquella eterna luz maestra
de donde mana estotra luz visible,
que la noche y el día, el cielo muestra,
de aquélla fuistes hechos, y es possible
ser verde el rayo de la lumbre vuestra:
para hacer vuestro poder sufrible,
ora miréis con mansedumbre ó ira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Si distinto elemento el primor fuera
de la tierra, del agua, el aire, el fuego,
bella nariz, vos fuérades su esfera,
pues doquiera que estéis se halla luego
centro de la belleza verdadera,
donde la perfeción goza sossiego
y en quien naturaleza se remira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Sale la esposa de Titón bordando
de leche y sangre el ancho y limpio cielo;
van por monte y por sierra matizando
oro y aljófar, rosa y lirio el suelo,
vuestra labor, mejillas, imitando,
que, llenas de beldal y de consuelo,
dicen las Gracias puestas á la mira:
dichosa el alma que por vos sospira.
Puede humana invención, en breve y poca
materia, dibujar parte por parte
el cielo todo, soberano boca;
mas no de vos la más pequeña parte,
ámbar, perlas, rubí, cristal de roca,
que confudido habeis ingenio y arte;
espíritu que por tal gloria respira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Cuello gentil, coluna limpia y pura
por quien Amor un Hércules tornado,
por fin del Mundo y de la hermosura
sobre esse monte ilustre os ha plantado
pues en vos se remata la ventura,
y en vos sólo el deseo está amarrado,
aunque esperanza á vuelo se retira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Jardín nevado, cuyo tierno fruto
dos pomas son de plata no tocada,
do las almas golosas á pie enjuto
para nunca salir hallan entrada,
que el crudo Amor, como hortelano astuto,
allí se acoge y prende allí en celada;
si á tal prisión de vuestro grado aspira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Hermosa mano, rigurosa y dina
de atar las del Amor en lazo estrecho,
á cuya fuerza la mayor se inclina
y el más exento y libre paga pecho:
pues veros es bastante medicina
del corazón, por vos mil partes hecho,
siendo la mano con que Amor nos tira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Donaire, gala, discreción, sujeto,
secretos solo al alma revelados,
quién fuera tan dichoso y tan discreto
que os viera encarecidos gozados;
ya que tan alto don no me prometo,
ni me conceden tanto bien los Hados,
pues todo el ser del mundo en vos espira,
dichosa el alma que por vos sospira.
¡Oh, cómo está el retrato boníssimo!, dixo Florela; y sacando de la manga una cajuela de marfil, aquí está, prosiguio, el que hizo el lusitano: una ventaja hace el tuyo á éste, que se puede oir sin verse; más otra hace éste al tuyo, que se puede conocer sin oirse. Tómale, pastor; que en nadie del mundo estará más seguro que en ti, y yo sé que Filida holgará de que tú le tengas. A la fe, Florela, dixo Siralvo, como ella sabe que tengo el original en el alma, no se recelará de que traya el traslado en el seno. Essa es la verdadera, dixo Florela; mas ya ves, si alguno te lo viesse, cómo sería caso peligroso. Descuida, pastora, dixo Siralvo, y abriendo la caja, vido á la luna su sol. Por gran rato estuvo elevado en él, y cuando su turbación le dió lugar, assí dixo, puestos en él los ojos:
SIRALVO
Divino rostro, en quien está sellado
el postrer punto del primor del suelo,
pues de aquel, en quien tanto puso el cielo,
tanto el pincel humano ha trasladado.
Rostro divino, fuiste retratado
del que Natura fabricó de hielo,
ó del que amor, passando el mortal velo,
con vivo fuego en mí dejó estampado.
Divino rostro, el alma que encendiste,
y los ojos que helaste en tu figura,
por ti responden y por ellos creo;
Rostro divino, que de entrambos fuiste
sacado, en condición y en hermosura,
pues tiemblo y ardo el punto que te veo.
Lo que hace un buen sujeto, dixo Florela; no me ha contentado menos el Soneto que las Estancias; escríbemele, Siralvo, en estas memorias que son de Filida y quiero que le vea. Assí lo hizo el pastor, y pareciéndoles que ya la noche tenía muy vecina la mañana, con gran amor se despidieron. La pastora volvió al aposento de Filida, y el pastor á la cabaña donde quedó Alfeo, y hallándole dormido, se puso junto á él á esperar que recordasse, donde el Sueño, parece que agraviado de lo poco que dél curaba, llegó con gran silencio y le bañó el rostro de un licor suavíssimo, con que Siralvo quedó por gran espacio trasportado, hasta que Alfeo recordó, y á su movimiento Siralvo dexó el sueño y el lugar, y saliendo á la puerta del albergue halló el Sol extendido por el monte y su ganado por la dehesa, y antes que la calor se lo impidiesse, dió vuelta á las demás cabañas, y dexando orden en todas, para todo, volvió á la suya, donde ya Alfeo levantado le esperaba; allí passaron dulces y agradables pláticas, y después de haber visitado los zurrones, se bajaron á la fuente, acomodado y fresco lugar para su propósito, donde sin dar lugar Alfeo á que Siralvo le preguntasse, desta manera comenzó su Cuento:
ALFEO
Sabe el cielo, Andria, que cuantas señales doy de vivo son para mí nueva muerte, después que de mi vida y de tu fe tan mala cuenta diste: pues mira si el quexarme de ti será mi gusto, ó cómo lo excusaré contra el poder de tu crueldad. Yo soy el mismo que levantaste y desvaneciste, y tú eres sola quien me pudo hacer bien ó mal, sin haber en la tierra otra parte de dó venir me pudiesse; ya tu bien no le quiero, que sé cuán poco dura; tu mal me basta para que hartes en mí tu condición terrible. Yo fuí, Siralvo mío, el primero de los dichosos, y soy de los desdichados el postrero, porque jamás vendrá desdicha como la mía. Vime hasta la edad de veinte años tan señor de mí, que jamás mis cuidados salían de mi contento, no porque viviesse tan sencillamente que no procurasse parecer bien y ser querido, pero con una libertad sobre todo, que jamás Amor ni Fortuna me dieron mala comida. Era mi estancia en la Corte, y mis entretenimientos, amigos, caballos y caza, música y libros, á que principalmente era inclinado: las liviandades del mundo passaban por mí sin dejar señal ninguna; pero cansado Amor de mis burlas y Fortuna de mis veras, armáronme un poderoso lazo en la hermosura de Andria, por lo menos, donde tropecé y caí de manera que nunca me he levantado. Es Andria de clara generación y caudalosos parientes, de hermosura sin igual, de habilidad raríssima, moza de dieciocho años y de más ligero corazón que la hoja al viento. ¡Oh qué mal viene, Andria, lo uno con lo otro! Ya que era forzoso tener algo para mostrarnos que eres del suelo, no fuera tan contra nuestras almas y vidas; quitara el cielo del fino oro de tu cabeza, del cristal puro de tu frente, de la inmensa luz de tus ojos, del vivo rubín de tus labios; hiciera menos buenas las perlas de tu boca; descompusiera la rosa y el jazmín de tus mexillas; de essa gracia y habilidad tan altas cercenara un poco y un mucho pudiera, y quedar tú bastante á prender y nunca soltar; mas no quiso, pastor, sino que probasse yo lo que pruebo. No se mostró esquiva Andria á mis deseos, ni gasté mucho tiempo en procurar sus favores, ni cuando vinieron los sentí como solía otros muchos de que sin trabajo había triunfado. Vime en un punto cautivo, de manera que contento ni gusto, si de Andria no venía, me podía recrear. Retiréme de mis amigos y deudos, dejé la caza y los libros, fundé todo mi deleite en los papeles de Andria y en visitar su calle y en verla las horas hurtadas que ella me concedía. No fué menos lo que Andria sentía por mí ni lo que menos me dañó; porque retirada de cuanto le solía dar contento, fué notada en su casa y más en las ajenas, y muchos, prendados de su amor (hombres de suerte y caudal), procuraron saber la causa de su novedad, y á pocos lances la hallaron en mí. Luego comenzaron las assechanzas, los chismes y las mentiras, cartas falsas contra Andria, amenazas contra mí. Día me amaneció en que mil veces deseé la muerte, porque Andria, apretada de amigos y parientes, se enfriaba conmigo en verme y escribirme, y yo á cada cosa más encendido por ella, viendo levantarse montes de estorbos contra mi contento, no hallaba remedio de valerme; ya las horas de verla y de oirla estaban impossibilitadas; sus Letras, pocas y de estilo caído; forzado deste dolor, con su licencia me ausenté de mi casa, y caminando por los passos de la muerte, Andria me hizo buscar y me volvió á la passada vida, atropellando cuantos estorbos é inconvenientes se ofrecían; pero todo esto para más mal, porque en medio desta felicidad comenzaron de uno y otro lado á combatirme celos y sospechas. ¡Oh crueles enemigos del alma y de la vida! ¿de qué servían aquí mis quejas? De indignarla conmigo y de sufrir mil agravios para volver en su gracia, de no dormir assechando, de no hablar viendo y de no ver llorando mis desventuras. ¡Oh, cuántas veces me despedí del cielo, y vuelto á los abismos invoqué los infernales! y en medio deste furor llamaba á Andria y con un breve papel de su mano quedaba sossegado mi corazón, hasta que ocasión nueva tornaba á verter en mis venas la cruel ponzoña de los celos. Día hubo que, después de haberme jurado con gran ternura y amor que solo en la tierra me amaba y todo lo demás que hacía era fingido y de ningún efeto, estando yo alentándome en mi casa y contradiciendo lo que veían mis ojos y oían mis oídos, me envió á pedir cuantos papeles tenía suyos y otras prendecillas de su mano que yo estimaba más que á mi corazón, y partiéndoseme en mil partes, le obedecí sin réplica, y á la noche, cuando me disponía al sueño de la muerte, me tornó mis caras prendas, culpándose de su ímpetu. Mil veces la indigné con lo que le solía agradar, y otras mil la injurié honrándola; y no es, Siralvo, esto lo peor que por mí ha passado: mis trabajos y mis celos con verme en su memoria se aliviaban; pero cansóse de todo y olvidóse de su honra y de mi fe, y juntó en mi pecho todas las penas del infierno, dolor, espanto y desesperación; halléme sin ella y sin mí, porque lo procuré remediar y no pude: busqué medios lícitos, no me bastaron; hice supersticiones, no me valieron; llamé la muerte, no me oyó; dolíme del alma, y por esso no me privé de la vida; determinéme á mudar lugar; mira, Siralvo, qué huésped te ha venido, para tu recreación, tan importante. Ereslo tanto, dixo Siralvo, que no te lo sabré encarecer. Lastimado me ha mucho tu mal, mas no es possible que la sinrazón de Andria no pare en gran consuelo tuyo. Afrenta es amar á tan varia mujer. ¿De qué sirve ahí la hermosura y discreción, alto linaje y los favores colmados, si todo es sin proporción de bondad? Yo sé de mi corazón que sabe amar á veces más de lo que le está bien, pero en tu causa mejor supiera valerse que el tuyo. No te quiero aconsejar que la olvides, que esto no será en tu mano; ni que te alegres, porque nadie es tan señor de sus tristezas que, cuando vienen, las pueda tomar ó dexar: sólo encargo que no se aparten de tu memoria los agravios que Andria te hubiere hecho y la fe con que siempre la amaste, y cuando su hermosura te salteare, acuérdate que della procedió el mal que has passado y pasas. Si quieres proseguir con tu disfraz y tomar el rebaño del gran Paciolo, no te será contrario el ejercicio para tu mal, y si quieres estarte en mi cabaña, della y de mí podrás hacer á tu gusto. Todo cuanto dices me le da muy grande, dixo Alfeo, y por ahora contigo me quiero estar, que entiendo que has de ser el solo consuelo de mis daños; mas no se gaste toda nuestra plática en tristeza y desventura, alégrala con algo de tu parte, debajo de fé, que te será guardada con la mayor del mundo. Gran cosa me pides, dixo Siralvo; pero, pues en essas se han de ver los amigos, óyeme, Alfeo:
SIRALVO
Tú sabes que yo no soy natural desta ribera; mis bisabuelos en la de Adaja apacentaron, y allí hallaron y dejaron claras y antiquísimas insignias de su nombre, son las alas de un águila de plata sobre color de cielo, que de inmemorial es blasón suyo. Mis abuelos y padres, trasladados al Henares, me criaron en su ribera, y de allí yo, por favorable estrella, bebo las aguas del Tajo. Bien habrás oído nombrar á Filida, aquella en cuya hermosura y bondad, como en claríssimo espejo, resplandece la virtud de sus mayores, y sabrás que dexó las aguas de su pequeño río, anchas y felicíssimas por su nacimiento, y engrandeció con su presencia las del dorado Tajo en los ricos albergues de Vandalio, donde por deudo vive la sola señora de mi voluntad; que á lugar tan alto volaron mis pensamientos, y en él permanecen sin despeñarse. ¿Quién hay, dixo Alfeo, que la ignore? ¿en qué Corte ó Ciudad, en qué montaña ó camino no se celebra la sin par Filida? ¿Pero dime, pastor, ella sabe que la amas? Sí sabe, dixo Siralvo, que pues he comenzado á descubrirme contigo (cosa que jamás pensé), no quiero dejar nada para otro día. ¿Y dime, dixo Alfeo, estima tu voluntad? No soy, dixo Siralvo, tan desvanecido que quiera tanto como eso: basta que no se ofenda de que la ame, para morir contento por su amor. Alguno ha tenido fuerza en la tierra para espantarla toda, y no ventura para que allí se admita su voluntad; pues ¿quién presumirá ganar aquella plaza? Sola podría mi fe, por su grandeza; yo la amo sobre todas las riquezas que Dios ha criado, y ella sabe dónde llega mi amor, y no fuera Filida quien es si despreciara esta obra fabricada de su mismo poder. No es locura mi intención, aunque en mil cosas lo parezca, ni fuera desvalor suyo valerla, pues sola se puede ser digna de esta gloria, y como la mía no la puede haber en lo terreno, digo que no le pido á Filida que me ame, pero que vivo contentíssimo con que no se desguste de mi amor. No pienses, Alfeo, que por vivir en los campos donde, en buena razón, la malicia debería ser menos, lo debe ser el recato. Grandes son mis inconvenientes, grandes mis peligros y grandes mis enemigos, de los que, en competencia, miran la beldad de Filida; no me peno mucho, aunque ellos lo son en caudal y en suerte, sin haber en el mundo otros mejores; pero yo sé cómo vuelven desta empresa los pastores de Vandalio; éstos son grandes contrarios á mis contentos, pues por ellos pierdo el verla muchas veces, siendo su dulcíssima presencia principio y fin de mis deseos. Ves aquí mi suerte, y ves aquí mi vida, y ves aquí la voluntad que te tengo, pues tan abiertamente te he manifestado lo más íntimo de mi pecho. Plega al cielo, dixo Alfeo, de conservar tu vida sin que la sin par Filida de tu bien se canse. El mismo, dixo Siralvo, alegre la tuya, de suerte que de la ingrata Andria te veas con entera satisfacción; y ahora, por mi contento, cantemos un poco, Alfeo, que por el tuyo se hará luego lo que ordenares. Y sacando la lira, Siralvo comenzó á cantar y Alfeo á responder:
SIRALVO
¡Oh, más hermosa á mis ojos
que el florido mes de Abril;
más agradable y gentil,
que la rosa en los abrojos;
más lozana
que parra fértil temprana;
más clara y resplandeciente
que al parecer del Oriente
la mañana!
ALFEO
¡Oh, más contraria á mi vida
que el pedrisco á las espigas;
más que las viejas ortigas
intratable y dessabrida;
más pujante
que herida penetrante;
más soberbia que el pavón;
más dura de corazón
que el diamante!
SIRALVO
¡Más dulce y apetitosa
que la manzana primera;
más graciosa y placentera
que la fuente bulliciosa;
más serena
que la luna clara y llena;
más blanca y más colorada
que clavelina esmaltada
de azucena!
ALFEO
¡Más fuerte que envejecida
montaña, al mar contrapuesta;
más fiera que en la floresta
la brava ossa herida;
más exenta
que fortuna; más violenta
que rayo del cielo airado;
más sorda que el mar turbado
con tormenta!
SIRALVO
¡Más alegre sobre grave
que sol tras la tempestad;
y de mayor suavidad
que el viento fresco y suave;
más que goma
tierna y blanda; cuando assoma,
más vigilante y artera
que la grulla, y más sincera
que paloma!
ALFEO
¡Más fugaz que la corriente
entre la menuda hierba,
y más veloz que la cierva
que los cazadores siente;
más helada
que la nieve soterrada
en los senos de la tierra;
más áspera que la sierra
no labrada!
SIRALVO
¡Filida, tu gran beldad,
porque agraviada no quede,
ser comparada no puede
sino sola á tu beldad;
ser tan buena,
por ley y razón se ordena,
y en razón ni ley no siento
quien tenga merecimiento
de tu pena!
ALFEO
¡Andria, contra mí se esmalta
cuanta virtud hay en tí,
donde sólo para mí
lo que sobra es lo que falta,
y porfías;
si te sigo, te desvías,
persíguesme si me guardo,
y cuando yo más me ardo
más te enfrías!
Prosiguiendo en su canción, los dos pastores quedaron tendidos sobre la menuda hierba, suspensos, oyendo la diversidad de aves que cantaban junto á sus oídos, el manso arroyo que de la fuente salía, á cuyo son, las manos en las mejillas, se adurmieron. Duerman, dejémoslos, que en siendo hora, no les faltarán amigos que los recuerden, y cuando no lo hagan, cuidados tienen ellos que lo sabrán hacer.
CUARTA PARTE
DEL PASTOR DE FILIDA
Possible será que una sola beldad rija y dispense en los amores, pero dificultoso me parece, porque no sólo sus efetos en nosotros son contrarios, sino también en sí mismo; poder diviso es sin duda, y sí lo es, ¿cómo permanece? ¿hay por ventura quien haya determinado esta contienda? Quiza sí; pero cada uno aprobará conforme á su voluntad, de do se deja entender que en cada pecho nace y gobierna quien le condena ó le absuelve, y este señor allí mengua ó crece, como le viene la gana ó halla nuestro sujeto. Grande es Amor, grande sobre el poder humano; mas no se entienda que este grande Amor es aquel crimen del mundo injusto; que desde que la malicia tocó en su materia baja y vil el cendrado oro de la edad dichosa, juntamente Amor se desterró del concurso de las gentes, y buscó la soledad de las selvas, contento de habitar con los sencillos pastores, dejando en los anchos poblados (desde los más humildes techos hasta los resplandecientes de oro y plata) una ponzoña incurable, vengadora de sus injurias, que hasta hoy permanece; luego ya se determina que en las selvas vive Amor, y en los poblados su ira y saña. Yo sin ninguna duda lo creo, que puesto caso que de las incultas plantas apenas la esperanza y el miedo se desvían, cualquier efeto suyo puede fundarse en razón, que menos ó más se contradice su fuerza allí donde el Amor se sigue con vanagloria, y es la beldad estimada en menos que el arreo, y la voluntad se hace precio, los celos son invidias y pundonores, la perseverancia tema y los servicios engaños. Imaginario es el Amor, venganza justa del cielo, triste del que con él mora y infinito el número de los tristes, porque los más moran con él. Allá se avengan y no permita el cielo que llegue su infición y daño á las silvestres cabañas, donde al menos nadie finge, el celoso no es traidor, ni el olvidado enemigo, el querido no es engañado, ni el cohecho hace bien ni mal. No dudo yo que en la mayor Babilonia permita Amor algún pecho lleno de fe y lealtad, y entre la soledad de los campos alguna intención dañada, para confusión de aquéllos y ventaja de estotros; mas pocos son, y tan pocos que por milagro se puede topar con ellos. Bien probarán los pastores del Tajo con su intención la mía, y bien me acuerdo que el enamorado Filardo, la noche antes quedó en la cabaña de Fidea, con Silvia y Dinarda; pues agora sabed que, recogidas las tres pastoras después de largas y dulces pláticas, el celoso amante, vencido del dolor que le atormentaba, buscó á Pradelio y con palabras graves y corteses le llevó á la falda de un collado, lugar solo y propio para su intención. No se receló Pradelio de Filardo porque sabía que era noble de corazón y de trato llano y seguro, ni Filardo jamás pensó ofenderle, porque de nada le tenía culpa, y junto con esso le conocía por bastante para su defensa. Golpeándole iba á Filardo el corazón, y mil veces en el camino escogiera no haberse determinado, pero ya que no se vino en tiempo de volver atrás, lo más sereno que pudo soltó la voz y díxole: ¿Qué has entendido siempre de mi amistad, pastor? Hasta ahora, dijo Pradelio, no la he probado, pero entiendo que á mí ni á nadie la puedes hacer mala. No cierto, dixo Filardo, pero si esso es assí, ¿por qué me haces tanto daño? ¿Daño? dixo Pradelio; no sé cómo. Yo te lo diré, dixo Filardo. ¿No sabes, Pastor, que yo amo á Filena más que á mí, y que fuí la causa de que tú la conociesses, y después que ella te conoce nunca más ha vuelto los ojos á mirarme, y yo muero sin remedio, porque sin ella me es imposible vivir? Pues yo, pastor, dixo Pradelio, ¿qué puedo hacer que bien te esté? Mucho, dixo Filardo; con no verla, quitarás la ocasión de mi tormento. ¿Qué es la causa, dixo Pradelio, que huelgas de verla tú? Amarla como la amo, dixo Filardo. Pues si esso te obliga, dixo Pradelio, la misma obligación tengo yo; y si te parece que tú me la diste á conocer, quiérote desengañar, que antes que tú la conociesses la amaba yo. Basta decirlo tú, dixo Filardo, para que yo lo crea, Y aun para ser verdad, dixo Pradelio, y esto nadie mejor que Filena lo puede saber; si tienes tanta parte con ella, que te lo diga. Por gran amiga la tengo de aclarar dudas, y si no estás tan adelante, no te penes, Filardo, que es la vida breve y inhumanidad gastarla en pesadumbres. Pastor, dixo Filardo, yo no vengo por consejos, que valen baratos y cómpranse muy caros. Tú te resumes en no hacerme el gusto que te pido: Filena haga el suyo, que quizá pararás en lo que yo pararé. Sin duda, dixo Pradelio, tú fuiste muy favorecido de Filena. Como tú lo eres, dixo Filardo. ¿Pues qué se puede hacer? dixo Pradelio. A las mujeres, y más á las que tanto valen, amarlas es lo más justo, y el tiempo del favor estimarle con el alma: y si esto faltare, como el buen labrador cultivar de nuevo, que tierras son que tras los cardos suelen dar el fruto. Mientras tú la gozas, dixo Filardo, poca esperanza dél me puede á mí quedar. Y á mí poco miedo, dixo Pradelio, mientras que tú la deseas. Filena, aunque moza y poco cursada en esto, es de tan claro entendimiento y de bondad tan natural, que lo que contigo hizo y contigo hace, sólo le sale de una condición afable y llana, con que generalmente trata sus amigos, sino que los hombres burlados de aquella llaneza, aficionados á su hermosura, al punto armamos torres de viento y arrojamos la presunción por donde jamás ha passado su pensamiento. Yo asseguro que si te entendió que no era tu trato con ella tan llano como el suyo contigo, essa fué la causa de sus desdenes, y lo mismo haría conmigo si me desviasse del camino que ella lleva. Gracias te doy, pastor, dixo Filardo, con la buena conclusión de tus bienes y mis males. Si yo no hubiera arado con Filena, maestro quedaba para saberlo hacer. Yo nací antes que tú, Pradelio, y moriré primero; vive en paz con tus favores, que eres digno y muy digno de gozarlos. En estas pláticas se les passó la noche á los pastores, y ya que el alba rompía, Finea y las dos pastoras, desamparando el lecho, guiaron á la cabaña de Filena, por complacer á Silvia que iba intencionada de valer con ella á Filardo en todo lo que pudiesse. Pues como toparon á los dos pastores, Dinarda les pidió compañía y todos cinco caminaron; pero no le parecio á Finea que fuessen ociosos, y vuelta á Filardo encarecidamente le pidió que cantasse y á Pradelio que tañesse. El lo hará todo, dixo Pradelio. Si haré, dixo Filardo, que quien consigo discorda, con ninguno se podrá templar.
FILARDO
Cuando el Amor, con poderosa mano,
prendió mi pensamiento,
prometióme salud, paz y alegria;
fiéme del tirano,
y si ve mi contento,
por diverso camino se desvía;
no espere más, Amor, quien de ti fía.
¡Oh, mala rabia te atraviesse el pecho,
porque sientas un poco
de lo que siente el que por tí se huía,
tu voluntad despecho,
tu entendimiento loco,
y tu memoria como está la mía,
y vengárase, Amor, quien de ti fía!
¿Qué ley del cielo ó tierra puedes darnos,
que obliguen nuestras penas
á más de padecer en su porfía?
mas quieres obligarnos;
nuevos fueros ordenas,
que llamemos reposo la agonía.
¡Oh, desdichado, Amor, quien de ti fía!
¿Hemos por dicha visto de tu casa
salir algún pagado,
como salen quexosos cada día?
¡Oh, mano al bien escassa!
¡oh, mal aconsejado
el que se alegra con tu compañía,
y más, Amor, aquel que de ti fía!
Pone en sulcar las ondas confianza,
en seca arena siembra,
coger el viento en ancha red confía,
quien funda su esperanza,
en corazón de hembra,
qué es tu templo, tu cetro y monarquía.
¿Qué fruto espera, Amor, quien de ti fía?
El que de libre se te hace esclavo,
en tus leyes professo,
morir mejor partido le sería,
pues queda al cabo, al cabo,
pobre, enfermo, sin seso,
y arrepentidos los de su valía;
en esto para, Amor, quien de ti fía.
Buena ha estado la lisonja, dixo Silvia; si dessa manera sobornas á todos los que has menester, yo los doy por desapassionados de tu gusto. Pastora, dixo Filardo, quien me hiciesse á mí mudar estas canciones, bien poderosa sería. Yo sé que cualquiera entiende cuán digno es de perdón el forzado. Cante Pradelio, que como le hacen otro son, podrá llevar otros tenores. Esso no se excusa, dixo Dinarda, y tomando á Filardo la lira la dió á Pradelio, el cual ansí obedeció á la pastora, sin poner excusa:
PRADELIO
El tiempo que holgares,
Filena, en ver mis ojos de agua llenos,
ó los tuyos alzares
en mi favor serenos,
el ganado y la vida tendré en menos.
Viendo de dónde viene
el bien ó el mal que tu beldad me ha hecho,
obligado me tiene
con un constante pecho
á agradecer el daño y provecho.
Tu alta gentileza,
tu valor, tu saber, amé primero,
subíme á más alteza
de un querer verdadero,
ámote mucho y mucho más te quiero.
El quererte y amarte
proceden de mirarte y conocerte,
cada cual por su parte;
el amarte es por suerte,
pero por albedrío el bien quererte.
Mis llamas, mis prisiones,
son los jardines donde me recreo;
tus gustos, tus razones,
espejo en que me veo,
y en tu contento vive mi deseo.
Á ser sólo dotada,
como otras, de caduca hermosura,
quizá fueras amada
de la misma hechura;
mas tu beldad de todo me asegura.
Ansí ciega y assombra
mi gran amor, que á todos escurece,
y el mundo es una sombra,
y cuanto en él parece
del sol que en mis entrañas resplandece.
Págame en mi moneda
mi amor (si tanto amor puede pagarse),
ó á lo menos no pueda
con pesares aguarse
la fe más pura que podrá hallarse.
No son estos recelos
por no entender mi hado venturoso,
y tampoco son celos
de indicio sospechoso:
sólo mi valor me trae medroso.
Tú, mi dulce señora,
primera causa de mi buena andanza,
por la fe que en mí mora,
si en la tuya hay mudanza,
haz que socorra engaño á mi esperanza.
Entre otras cosas que los hombres tienen malas, dixo Dinarda, ésta es una: que desde la hora que comienzan á amar, desde essa misma comienzan á temer. Yo te asseguro, dixo Filardo, que si es agravio temellas, también lo es amallas, porque verdaderamente el que no teme no ama, que bien lo dice aquel soneto de Siralvo, ¿hasle oido, Silvia? No, Filardo, dixo la pastora. Pues yo te lo quiero decir, dixo Filardo. Y yo oirle, dixo Silvia, que aunque me tienes enojada, no tanto que no te quiera escuchar. Tú sabes, dixo Filardo, la obligación que tienes á mi voluntad, y ahora óyeme el soneto.
FILARDO
Poco precia el caudal de sus intentos
el que no piensa en el contrario estado;
el capitán que duerme descuidado
poco estima su vida y sus intentos.
El que no teme á los contrarios vientos,
pocos tesoros ha del mar fiado;
pocos rastros y bueyes fatigado
el que no mira al cielo por momentos.
Poco ha probado á la fortuna el loco
que en su privanza no temiere un hora
que se atraviesse invidia en la carrera;
Finalmente de mí y por mí, señora,
creed que el amador que teme poco,
poco ama, poco goza y poco espera.
En cuanto dixo Silvia: será para Filida el soneto. Sólo esto me descontenta de Siralvo, ser tan demasiado altanero: en el Henares á Albana, en el Tajo á Filida; á otra vez que se enamore será de Juno ó Venus. Amigo es de mejorarse, dixo Dinarda, que aunque Albana no es de menos suerte y de más hacienda, Filida es muy aventajada en hermosura y discreción. Pues yo sé quién la pide en casamiento, dixo Finea; y si se ha de casar no tomará otra cosa que mejor le esté. Filida, dixo Dinarda, no lo hará de su voluntad; y si la apremia, dejará los deudos y se consagrará á Diana, y si considera lo que con tanta razón puede, que es no haber hombre que la merezca, hará muy discretamente. Unas coplas sé yo, dixo Pradelio, que hizo Siralvo á su DESEO, aprobadas por dos claríssimos ingenios: uno el culto Tirsi, que de Engaños y Desengaños de Amor va alumbrando nuestra nación española, como singular maestro dellos, y otro el celebrado Arciolo, que con tan heroica vena canta del Arauco los famosos hechos y vitorias. Esso tienen las coplas, dixo Silvia, que por parecer de uno aplacen á muchos; pero si a mí no me agradan, poco me mueve que grandes poetas las alaben, que por la mayor parte gustan de cosas que no son buenas para nada. ¿Qué poesía ó ficción puede llegar á una copla de la Propaladia, de Alecio y Fileno, de las Audiencias de Amor, que todos son verdaderamente ingenios de mucha estima, y los demás, ni ellos se entienden ni quien se la da? ¿Y los dos de un nombre, dijo Pradelio, el Cordobés y el Toledano, y el claro espejo de la poesía que cantó Tiempo turbado y perdido? No falta, dixo Filardo, quien los murmure, y aun al que por mayoría es llamado el Poeta Castellano, porque hasta ahí llega la ciencia de los que á sola su opinión lo entienden. Esta es la mía, dixo Silvia; dínos las coplas, Pradelio, que para mí no quiero mejor Tirsi ni Arciolo que mi gusto; con lo cual, sacándolas el pastor del seno, las leyó, y decían:
PRADELIO
Si no te he dicho, Deseo,
en la estimación que estás,
sabe que te tengo en más
que á los ojos con que veo;
y no es demasiada fiesta,
que una prenda tan valida,
no es mucho que sea tenida
en lo menos que me cuesta.
Aunque tú quedaste en calma
sin viento que te contraste,
bien sabes que me anegaste
la luz del cuerpo y del alma,
y visto parte por parte,
pues solo suples la falta,
de todo lo que me falta,
por todo debo estimarte.
Yo voy ciego, y voy sin guía,
por la mar de mis enojos,
y tú das lumbre á mis ojos
más que el sol á medio día;
no puede imaginación
engastar perla de Oriente
que esté tan resplandeciente
como tú en mi corazón.
Voy á remo navegando,
es la imán mi voluntad,
y sola tu claridad
el norte que va mirando
el débil barquillo abierto,
sin merecimiento en él,
y en el naufragio cruel
eres mi seguro puerto.
No espero jamás bonanza
en la vida ni en la muerte,
mas bástame á mí tenerte
en lugar de la esperanza;
bien sé que en ti se turbó
el sossiego más sereno,
mas no hay ninguno tan bueno
por quien te trocase yo.
Vengan penas desiguales,
y por caudillo desdén,
que sola serás mi bien,
aunque les pese á mis males.
Tú, en la esperanza más dura,
tú sola, en el día malo,
tienes de ser mi regalo,
mi consuelo y mi blandura.
¿No fuiste engendrado, dime,
de aquellos ojos beninos
por quien quedarán indinos
los que el mundo en más estime?
Y en mi pecho concebido,
y en la vida alimentado,
hijo que tanto ha costado,
¿no es razón que sea querido?
Juzguen el justo caudal
que hago de ti por vicio;
digan que en este edificio
eres arena sin cal;
llamen tu hecho arrogancia,
sin esperanza á do fueres,
que yo que entiendo quién eres
confessaré tu importancia.
¡Oh, cuánto me has de costar
en cuanto no me acabares!
mas cuanto más me costares,
tanto más te he de estimar;
los daños de aquesta historia,
bravos son considerados;
vistos no, que van mezclados
contigo, que eres mi gloria.
El rato que considero
la gracia, la gentileza,
la discreción, la belleza,
por quien á tus manos muero,
no sólo el dolor terrible
passo sin dificultad,
pero con facilidad
te sufro en ser impossible.
Quizá dirán devaneas
muchos que saben de Amor.
¿Qué es cosa y cosa, amador,
deseas ó no deseas?
Responderles he que sí
y que el mal que Amor me hace,
de mi desventura nace,
y el bien y el honor, de ti.
Pues, ilustre Deseo mío,
¿quién te torcerá el camino,
si veniste por destino,
y vences por albedrío?
Eres una dulce pena,
eres un contento esquivo,
eres la ley en que vivo,
y en la que Amor me condena.
Las coplas me han contentado, dixo Silvia, porque son del arte que yo las quiero; tienen llaneza y juntamente gravedad. En mil obras de poetas he leído á Caribdis y Scila y Atlante y el humido Neptuno, cosa bien poco importante en amores, y que se dexa entender que no le sobran conceptos al que se acoge á los ajenos. Mas ahora, ¿qué hará Siralvo? ¿Es su cabaña aquélla? Sí, dixo Pradelio, vamos por allí, que él holgará de hacernos compañía. Qué fresca es, dixo Finea, esta Fuente de Mendino; pues allí me parece que duermen dos pastores y, sin duda, son Alfeo y Siralvo. Sí son, dixo Finea; y llegando más cerca, al ruido los dos pastores recordaron, y saludándose alegremente determinaron de seguir á Silvia, y ella, que en extremo era graciosa y discreta, los fué entreteniendo hasta llegar á la cabaña de Filena, donde la hallaron vestida de una grana fina, con pellico azul de palmilla, pespuntado de pardo y lazadas verdes; camisa labrada de blanco y negro, y el cabello, en cinta leonada, trenzado con ella; estaba Florela vestida de verde claro, saya y pellico; el cabello cogido en una redecilla de oro, y un cayado en la mano. Con la llegada de los pastores creció su hermosura y gentileza, y tras breves pláticas supieron que la sin par Filida iba al templo de Pan, Dios de los pastores, y enviaba por Filena, y tendría mucho gusto de que todos fuessen allá, porque estaría sola con Belisa, la vieja Celia, Campiano y Mandronio, doctíssimos maestros del ganado. Con esta seguridad tomaron el camino del templo, donde en breve espacio passaron grandes cosas. Siralvo supo de Florela cómo trataban de casar á Filida, y Filida estaba tan congojada de ver á sus deudos determinados, que se pensaba ir con Diana sin ninguna duda, y porque la tenían la noche antes no se lo había dicho, mas ya estaba declarado por la una parte y por la otra. Este fué agudo puñal para el corazón de Siralvo, y mucho más holgara de verla casada que con Diana en los montes, donde el verla y oirla sería con mayor dificultad; pero certificado de que era su gusto hacerlo, se consoló con Florela cuanto pudo. Por otra parte, Silvia y Filena trataron de la causa de Filardo y Pradelio, y sin valerle á Silvia sus ruegos ni razones, Filardo quedó excluído y Silvia corrida y triste; llamó al pastor y á Dinarda, y despidiéndose los tres se volvieron, á gran pesar de Filardo y á mayor placer de Pradelio, porque tuvo lugar de irse con la pastora Filena solo á su voluntad platicando. Finea y Alfeo no se hicieron mala compañía; porque si él se desterró enamorado y desfavorecido, ella hizo otro tanto; un mismo dolor los afligía, y una misma razón los debiera consolar; mas agora, de todos seis sólo Pradelio y Finea, contentos, llegaron al templo del semicabro Pan, donde fueron de la sin par Filida y los que con ella estaban favorablemente recebidos, y sacando la anciana Celia preciosas conservas, por ruego de Filida, los pastores comieron del desusado manjar y bebieron del agua fresca que en el jardín del templo había; luego anduvieron por él mirando y, entre otras cosas, hallaron, de sutil mano y pincel, la bella Siringa convertida en caña, y el silvestre amante juntando con cera los nuevos cañutos. Adelante, en una gran tabla, estaban, por letras y números, las leyes pastorales, el tiempo de desquilar, el modo de untar la roña, el talle del mastín, la forma del cayado, el arte de hacer el queso, manteca y otras muchas menudencias más y menos importantes; y por si alguno se acordasse que el silvestre Dios fué de Hércules, por amores de Deyanira, despeñado, quiso el pintor que se viesse la fuerza de su despeñador, y assi puso alrededor del templo sus espantosas hazañas.
Primero, en su concepción, Júpiter, su padre, trasformado en Amphitrión, marido de su madre Alcumena.
Después, en su nacimiento, la madrastra Juno hecha pobre vejezuela y con hechizos estorbando el peligroso parto; pero después, con la astucia de Agalante, está nacido el poderoso Hércules en compañía del no menos valeroso hermano, hijo de su padrasto Amphitrión.
Después desto se veían los muchachos solos, en sendas cunas; el de Amphitrión llorando, de dos culebras enviadas, de la venenosa Juno; pero Hércules, que de soberano poder era ayudado, asiendo con sus tiernas manecillas las fieras culebras, las tenía ahogadas.
Tras esto estaba, cuando llevó vivo á Euristheo el fiero puerco de Arcadia del monte Erimantho, donde estaba (por maldición de Diana) destruyendo los campos y labores, y matando cuanta gente hallaba ó le buscaba por la fama de su fuerza.
Luego se veía la Selva Nemea, y el gentil mancebo por ella, siguiendo al fiero León, al cual, alcanzado, rompía con sus manos las fuertes quijadas, y después desollándole se cubría de su duríssima piel.
Assí vestido, estaba más adelante en la Laguna Lernea, llena por sus anchas islas de juncos y cañaverales, peleando con la fiera Sierpe Hidra; más viendo que si le cortaba una cabeza, por sola aquella le nacían siete, después que con la espada la tajaba el duro cuello, sobre la misma herida ligeramente le pegaba un hacha de vivo fuego.
Aunque esto se veía vivamente retratado, no parecía menos bien la lucha suya y del gran Anteo, al cual, como Hércules vido que dejándose caer sobre la Tierra (cuyo hijo era), cobraba dobladas fuerzas en sus brazos, con los suyos le apretaba de manera que, quitándole el alma, le hacía extender el cuerpo, desasido de su bravo y fuerte vencedor.
Adelante estaba, en el Occeano de Africa, matando el fiero Dragón de la Huerta de Atlante. Y después victorioso con las Manzanas de oro. Tras esto, en el monte Aventino, viendo que el ladrón Caco, hijo de Vulcano y Venus, le había hurtado sus vacas, le estaba poniendo fuego á su fuerte cueva, donde con lumbre y humo le procuraba dar la muerte: y al fin salido della, echando por su boca y oídos grandes llamas, procuraba en vano defenderse; pero el valeroso Alcides, teniéndole en el suelo, sin ninguna piedad le ahogaba.
Luego sustentando el Cielo con sus hombros.
Después, amarrando al Can Cerbero y sacándole á él y á Proserpina robados, dejaba herido á Plutón, Dios de los Infiernos. No con menos agonía peleaba con el de las Aguas Acheloo, al cual habiendo vencido en su propia figura de gigante, y después de Dragón, cuando le ve hecho Toro, con risa le abate, y quita el Cuerno de su frente.
Tras esta lucha estaba la Cierva en Menalo, con sus pies de metal y cuernos de oro, á quien con gran trabajo Hércules mataba triunfante con los ricos despojos de su empresa.
Assimismo desterraba las Harpías, por voluntad del Rey Fineo.
Luego, más trabajosamente, dividía los altos montes de Calpe y Abila, por donde el fiero mar estrechamente passasse.
Más allí se mostraba con las pesadas colunas en sus hombros.
Tras esto, en la ribera del mar, libraba á Hesiona, hija de Laomedón, matando la fiera que para su comida la buscaba.
Después, á aquel que, por voluntad de los Dioses, en el monte Cáucaso, viendo comer sus hígados de una cruel águila, brevemente criaba otros donde el mismo tormento se le diesse.
Más adelante estaba cuando la gente Pigmea, al pie del monte, le quiso matar viéndole dormido.
Y cuándo llevó los pueblos franceses atados á su lengua.
Y cuándo al que con sangre humana engordaba sus caballos dió el mismo castigo, haciéndole manjar dellos.
Y cuándo en las bodas mató los Sagitarios: veíase el Centauro Nesso muerto con sus saetas, al tiempo que al passar el río Eveno le llevaba á Deyanira.
Llegado, pues, al fin desta historia, se veía lastimosamente, casi en venganza de la quebrantada pierna del Dios Pan, cuándo la celosa mujer, con la engañosa camisa que el Centauro le dió, pensando remediar su mal, fué causa de mayor daño, porque, vistiéndosela el ausente marido, con la furia del pestífero veneno que en sí tenía se le pegó á las carnes, y abrasándole los tuétanos y entrañas, el sinventura Hércules, fuera de su sentido, vertía los humildes sacrificios, derribaba los templos y arrancaba los duros troncos, y procurando desnudarse, despedazaba sus mismas carnes, descubriendo los propios huessos y nervios por donde, como de gran hoguera, salía un espesso humo, y él, mirando á los cielos con amargo rostro, á ratos de su crueldad parecía que se quexaba, y otros pedía socorro á tan insufrible y dolorosa muerte, á veces que, sin sentido, destruyendo sus carnes, se tendía en tierra y callaba.
Estaba sobre un altar, en medio del templo, el vestido, el cayado y la lira de Apolo, aquel mismo apero con que moró en las selvas, y por las altas colunas sembrados infinitos despojos de pastores y fieras, cayados y zampoñas, cabezas de los lobos y pies de águilas, versos y prosas que no poca hermosura acrecentaban al grandioso templo. Pero Siralvo, que en Filida veía el de su alma, pocas señas pudiera dar de lo que aquél tenía; y ella, que no dudaba los efectos de su valor, no lo hacía en volver la luz de sus hermosos ojos al enamorado pastor, robándole nuevamente, á cada vuelta, el alma, y dejándole cada vez nueva vida con que viviesse. En tanto que esto passaba, Sasio y Arsiano vinieron allí por orden de Mandronio, y viendo junto cuanto en la música podía desearse, amén de Filardo y Matunto, que si no eran más no eran menos, acordaron de entrarse en el jardín del templo, que, aunque pequeño, era lleno de frescura y deleite. Nunca Vertuno tuvo los suyos compuestos con tanta destreza como éste lo estaba sin arte; las flores y hierbas, las aguas y las aves que en él moraban, todo era extremadamente bueno. Pues como dentro se vieron, Florela, que tiernamente á su señora amaba, mirando su hermosura y la habilidad de los pastores con la comodidad del tiempo y del lugar, pidió encarecidamente que, tomando el sujeto de la beldad de Filida, cantassen; deseo fué el de Florela que todos le tenían, y tocando el principio de la empresa á la gentil Belisa, desta manera comenzó su canto, y desta fueron por su orden prosiguiendo:
BELISA
Las ondas quiere sulcar,
el agua en red oprimir,
el fuego quiere medir
y el viento quiere pesar
el que pretende loar,
Filida, vuestra figura,
siendo el comenzar locura
é impossible el acabar.
ARSIANO
Lazos de amor son aquellos
do Amor tiene su prisión,
pues sin dar en corazón
nunca hace tiro dellos;
hablo de vuestros cabellos,
por cuya gran excelencia
el sol no tiene licencia
sin deslumbrarse de vellos.
FINEA
El lugar esclarecido
sobre los dos claros ojos,
de mil sangrientos despojos
á costa ajena teñido,
es duro campo corrido
de la Muerte y del Amor,
donde él es el vencedor
y ella el premio del vencido.
ALFEO
Soles sois con que alumbráis,
rayos con que derretís,
saetas con que herís,
licor con que remediáis
los ojos con que miráis,
en quien se mira el Amor,
ó para hablar mejor,
los ojos con que matáis.
FLORELA
Vuestras mejillas, sembradas
de las insignias del dia,
florestas son de alegría
de la eterna trasladadas,
donde no por las heladas
ni por las muchas calores
faltan de contino flores
divinamente mezcladas.
SASIO
El alinde que divide
las dos florestas reales,
con frescuras celestiales
los rayos del sol despide;
á la misma invidia impide
su proporción aguileña,
y aunque es medida pequeña,
al Amor inmenso mide.
FILENA
Vuestra boca no es coral
ni vuestros dientes aljófar,
que el aljófar es azófar
y el coral bajo metal;
mas es puerta principal
fabricada dal primor,
archivo do tiene Amor
todo su bien ó su mal.
PRADELIO
La coluna generosa
deste edificio tan claro,
más que del mármol de Paro,
más que blanca poderosa
es la garganta graciosa,
fuente rica de dulzor,
donde la fuerza de Amor
segura y libre reposa.
CELIA
Vuestro pecho no hay braveza
que no se amanse con él,
ni hay quien pensando en él
no esforzasse su flaqueza,
á quien dió naturaleza,
por mezclar gracia y rigor,
de la leche la color
y del hierro la dureza.
CAMPIANO
Lo que falta por contar,
después de la blanca mano,
á quien el sentido humano
es imposible loar,
no quiero en ello hablar;
que aunque la fe, como diestra,
tan altos bienes nos muestra,
son más para contemplar.
MANDRONIO
Vuestra discreción loara,
á no haber considerado,
que como quedo agraviado
el cuerpo, al alma agraviara;
á Vos sola es cosa clara
que concede la razón,
que hiráis al corazón
cuando amaguéis á la cara.
SIRALVO
Yo no me hallo bastante
á proseguir este intento
bien, hasta que el pensamiento
se pierda por arrogante,
Razón diga y Amor cante
y lleve la Fe el compás,
donde queda más atrás
quien passa más adelante.
No acabaran tan presto los pastores si la bella Filida, que, con una gravedad suavíssima, estuvo escuchando sus loores, y acrecentando la causa dellos en su soberano semblante, no los atajara, tomando á Belisa la lira, y obligada de su liberal condición, vuelta á Siralvo le dixo: Pastor, yo quiero cantar una glossa tuya, de una canción ajena á que soy muy aficionada, porque me la dió Florela y porque la glosa lo merece. Bien basta tu afición, dixo Siralvo, para su merecimiento, y la merced que nos haces para que todo el mundo quede invidioso de nuestra ventura; y con esto Filida, alegrando tierra y cielo, comenzó á tañer y cantar, y los pastores á suspenderse oyéndola.
FILIDA
Canción.
Mi alma tenéisla vos,
y yo á vos en lugar della,
¿á quién da más gloria Dios?
á ella sin mí con vos
ó á ella con vos y sin ella?
Glossa.
Aquel venturoso día
que Amor, con industria y arte,
me robó cuanto tenía,
fué tanta su cortesía,
que os dió la más noble parte,
y como solo mi oficio
es contentar á los dos,
por principal ejercicio
mi cuerpo está en su servicio,
mi alma tenéisla vos.
Bien galardonado voy
si sirvo como cautivo,
pues cuando en la cuenta estoy,
hallo que es lo que recibo
mucho más que lo que doy;
en gran deuda me dejáis,
no quedaréis sin querella,
pues por favor ordenáis
que vos mi alma tengáis
y yo á vos en lugar della.
En la gloria que se ven,
han movido gran cuestión
cuerpo y alma sobre quién
consigue más alto bien,
y entrambos tienen razón.
El alma dice que allá
está contino con vos;
el cuerpo que os tiene acá:
¿quién, señora, juzgará
á quién da más gloria Dios?
Firmes en su diferencia,
cada cual lleva victoria,
sin que se dé la sentencia,
porque es tal la competencia,
que acrecienta más la gloria,
y como se ven en calma
en este pleito los dos,
que no importa, dice el alma,
que ya se le dió la palma
á ella sin mí con vos.
Aquí comienza á juraros
el cuerpo que la dejó
por poder mejor gozaros,
y concluyendo en amaros,
la duda en pie se quedó.
Mas dixo Amor que él saldría,
cerrados los ojos della,
porque en vuestra compañía,
á mi alma escogería,
ó á mí con vos y sin ella.
Callaron las aves, cessó el viento, paró la fuente, y pienso que el sol se olvidó de su camino, mientras la sin par Filida cantó estos versos, y acabados, con un donaire igual á su hermosura, volvió la lira á Belisa, como corrida de haber cantado; pero los pastores, que de su llaneza como de su beldad estaban cautivos, vueltos unos á otros alabaron la hora en que el cielo había juntado en Filida cuanto bien por el mundo repartía. Esso no, dixo Florela, que lo que en Filida hay no se halla en el mundo junto ni repartido. Passo, pastores, dixo Filida, que me afrento mucho de oirme loar, y no quiero que en mí cesse la música: gusto tanto de canciones viejas bien glossadas, que esso me hizo cantar, y cierto es la cosa en que el poeta muestra mayor ingenio. Una muy nueva sé yo, dixo Siralvo, y diréla con tu licencia. Para esso, pastor, dixo Filida, tú la tienes, y más si es tuya. Primero, dixo Siralvo, que te diga el dueño, quiero decirla y saber lo que te parece.
SIRALVO
En mi pensamiento crecen
mis esperanzas y viven;
en el alma se conciben
y en ella misma fenecen.
Glossa.
Porque en el mal que me hiere
perpetua pena reciba,
el Amor ordena y quiere
que en mi pensamiento viva
lo que en mi ventura muere;
pues si alguna vez se ofrecen,
ó de lejos aparecen
esperanzas de mi bando,
en vuestra gracia menguando,
en mi pensamiento crecen.
¿Do llegará mi tormento?
Pues por caminos tan agros
do no llegó entendimiento,
suben á hacer milagros.
Ventura y mi pensamiento,
en ello gloria reciben,
y en libertad se aperciben
á morir desesperadas
y en él están sepultadas
mis esperanzas y viven.
Aunque falsas, lisonjeras,
mil veces vengo á pensar
que deben ser verdaderas,
viéndolas en el lugar
do suelen estar las veras,
y aunque por milagro aviven,
en parte inmortal se escriben;
que como su vanidad
se engendra en la voluntad,
en el alma se conciben.
En noble parte nacidas,
en noble parte criadas,
nobles aunque van perdidas,
noblemente comenzadas
y en nobleza concluídas;
al pensamiento obedecen,
y en su prisión resplandecen
y su natural guardaron,
que en el alma comenzaron
y en ella misma fenecen.
A todos contentó la glossa de Siralvo, y más á Filida, que vió en sí la causa della, y pareciéndole hora de que los pastores descansassen, mandó á Florela por señas lo que había de hacer, y al punto se puso en medio de todos una mesa ancha, limpia y abundante de dulces y regaladas viandas, que del albergue de Vandalio habían traído, y sin esquivarse Filida de comer con los pastores, todos juntos lo hicieron, salvo Finea y Alfeo, que de secreta mano se habían sentido trabar los corazones, y entre el viejo dolor y el nuevo, estaban con una suspensión en los espíritus, que sin poderse ellos entender, fácilmente los entendieron todos. ¡Oh grande y poderoso Amor! ¿será possible que Alfeo, muriendo ayer por Andria, bellísima cortesana, hoy se enamore de la serrana Finea? Verlo he menester para creerlo, que Finea de Alfeo, menos maravilla me hace, porque, aunque rústica y criada en aspereza, es muy discreta y hermosa, y Alfeo excessivamente aventajado al pastor de quien ella era despreciada. Si nuevamente estos dos se aman, cosa es que no se podrá encubrir: alcemos las mesas, levántense los pastores y queden solas Filida y Celia en el fresco jardín; que los demás en el templo podrán passar la siesta, donde hallarán á Filardo, que, á excusa de Silvia, se volvió tras ellos, y aunque había gran rato que allí estaba, no quiso entrar al jardín, antes, saliendo á la ribera, por un pequeño resquicio del muro estuvo mirando y oyendo lo que passaba, y cuando sintió que los pastores al templo salían, adelantóse y entró primero. Filena y Pradelio holgaron poco de verle, pero Campiano íntimo amigo suyo, con gran caricia le recibió y assí luego los dos se apartaron, y por otra parte Florela y Siralvo, Pradelio y Filena, Belisa y Mandronio, Sasio y Arsiano, á un lado del templo se pusieron á concertar alguna fiesta, para entretener aquella tarde á la hermosa Filida, y la mejor les pareció representarle la Egloga de Delio y Liria y Fanio, pastores de aquesta ribera, que con sus casos habían dado mil veces materia á los poetas. Belisa tomó la persona de Liria; Sasio, la de Delio, y la de Fanio, Arsiano, y mientras en baja voz estaban ensayándose, Alfeo y Finea en algo se ocuparon: sentados los vió Siralvo á una parte del templo, hablando menos palabras que solían, demudados de su color natural. No pudo tanto consigo que no se llegasse á ellos, y antes que nada les preguntasse, Alfeo le dixo, cuanto los pudiera preguntar: Siralvo mío, por tres partes me siento combatir y por todas tres vencer: las sinrazones de Andria contrastan mi afición, tus consejos me mudan la voluntad, la beldad de Finea me cautiva. A mí me enamora todo, dixo Siralvo; ¿pero á ti, serrana, qué te parece? ¿Qué estás hablando por mí? dixo Finea. ¿Pues qué haremos, dixo Siralvo, de Andria y Orindo? Lo que ellos hicieron de nosotros, dixo Alfeo, y con esto se dieron las manos de no faltarse jamás, tomando al Dios de los pastores por testigo; y llenos de contento y placer se fueron con los que ensayando se estaban. Campiano y Filardo siempre se estuvieron apartados, y bien se le echó de ver al pastor el mal que por Filena sufria, pues sin bastar su dolor ni el menosprecio con que le dejaba, se iba tras ella, sin poderse refrenar en sus deseos. No tomó la sin par Filida mucho tiempo de reposo, antes, sintiendo que los pastores en el templo esperaban que los llamasse, mandó á Celia que lo hiciesse, y assí fueron todos al jardín, salvo Belisa, Sasio y Arsiano, que se quedaron para entrar representando, y después que todos se sentaron, por orden de Filida, los tres que habían quedado, entraron por la suya, como aquí veremos.
EGLOGA
Fanio.—Delio.—Liria.
LIRIA
Floridos campos, llenos de belleza,
en cuya hermosura, sitio y traza,
gran estudio mostró Naturaleza.
En vosotros se halla espessa caza
de aves, bestias y animales fieras,
y tanta flor y fruto, que embaraza.
En vosotros, majadas y praderas,
donde se ven ganados abundosos
y en medio los inviernos, primaveras.
No faltan los pastores querellosos,
que forman al Amor quexas sin cuento,
y otros, regocijados, venturosos.
Unos, al ejercicio dan su intento,
cuál corre, salta, tira, lucha ó canta,
cuál en los huertos pone su contento.
Aquél enxiere, siembra, poda ó planta,
otros con su ganado se recrean,
viendo desde las sombras copia tanta.
Mira los cabritillos que pelean,
y después á sus madres van buscando,
que con ubres pesadas los desean.
Allí ve sus zagales ordeñando;
allí las cabras que la nueva hoja
no con poca codicia van buscando.
Una al agua parece que se arroja,
otra en lo mas espesso está mordiendo,
que el rigor de la zarza no la enoja.
Luego ve la ovejuela, que paciendo,
apoca simplemente lo que halla,
lo más dificultoso no queriendo.
Y si Orión se mueve á dar batalla,
permite que el pastor pueda avisarse
y con flacos ingenios mitigalla.
Veréis á los carneros alegrarse;
veréis las hormiguillas polvorosas,
ciegas, unas con otras encontrarse.
Las ánades bañarse presurosas,
y lamerse al revés el buey el pelo,
y pacer las becerras más golosas.
Cuervos, grajas, cornejas para el cielo
suben y bajan luego con ruido,
y tornan para arriba con su vuelo.
Oyese en las lagunas el sonido
de las cantoras ranas en más grado
que en el sereno tiempo le han tenido.
Vese de blancas aves ayuntado
más número que suele en valle ó sierra,
y el cabrío dormir más apretado.
Escarba la ovejuela por la tierra,
y la golondrinilla á la corriente,
con pobres alas hace flaca guerra.
Al fin esto se passa brevemente,
y en tanto, en la abrigada cabañuela,
arropado el pastor poco lo siente.
Después que nieva, que ventisca y hiela,
el nuevo sol su claridad extiende,
con que el mundo afligido se consuela.
Después, cuando á bañarse al mar deciende,
hallándose en la noche escura y fiera,
con las anchas hogueras se defiende.
Todo se acaba en dulce primavera
después que, fenecida esta contienda,
llena de paz el cielo la ribera.
Y contra el sol, en monte, en valle, en senda,
los árboles, ó en selva ó bosque ameno,
no sufren que su lumbre al suelo ofenda.
Con el frescor de su confuso seno,
la altiva haya y el ciprés frisado,
con cuerpo assaz de duro fruto lleno;
El laurel siempre verde, preservado
de la ira del cielo, y el espino
de más puntas que hojas adornado.
Con su rebelde fruto ayuda el pino,
aguda hoja y enredado saco,
del pacífico olivo de contino.
No se precia, entre todos, de más flaco,
ni el olmo que á las nubes se avecina,
con la planta gentil del libre Baco.
Allí se extiende la robusta encina,
con sus antiguos brazos y el precioso
cidro, que á todos su cabeza inclina.
Y el pobo y el castaño, alto, ñudoso,
con las soberbias frentes acopadas,
uno en corteza feo, otro hermoso.
Las ricas palmas de hojas espinadas,
triunfante premio de gloriosa estima,
con los racimos de oro coronadas.
La que defiende con la espessa cima
que no caliente Febo el agua clara,
en pago, el agua al tronco se le arrima.
No se podrá decir que le es avara,
que si el agua no pierde, el tronco gana,
ella le da frescor cuando él la ampara.
Siembra el manzano la postrer manzana,
siembra el racimo la noguera fría,
el jazmín nieve y el madroño grana.
¿Hay mas beldad que ver la pradería
estrellada con flores de las plantas,
que van mostrando el fruto y la alegría?
Donde, con profundíssimas gargantas,
las tiernas avecillas estudiosas
están de señalar cuales y cuántas.
Allí veréis pastoras más hermosas
(no con maestra mano ataviadas),
que las damas en Cortes populosas.
Allí veréis las fuentes no tocadas
distilando, no agua al viso humano,
mas el cristal de piedras variadas.
Allí veréis el prado abierto y llano,
donde los pastorcillos su centella
descubren al Amor, furioso, insano.
Este, de su pastora se querella;
aquél de sí, por que miró la suya;
el otro, más grossero, se loa della.
No hay quien por defeto se lo arguya,
ni quien de rico ponga sobrecejo,
ni quien á los menores dexe y huya.
En el prado se oye el rabelejo,
la zampoña resuena en la floresta,
en la majada juegan chueca ó rejo.
Pues qué ¿venido el día de la fiesta,
hay gusto igual que ver á los pastores
haciendo á las pastoras su requesta?
Uno presenta el ramo de las flores,
y cuando llega, el rostro demudado,
otro dice suavíssimos amores.
Uno llora, y se muestra desamado;
otro ríe, y se muestra bien querido;
otro calla, y se muestra descuidado.
El uno baila, el otro está tendido;
el uno lucha, el otro corre y salta,
el otro motejado va corrido.
En esta dulce vida, ¿qué nos falta?
y más á mí que trato los pastores,
y cazo el bosque hondo y la sierra alta,
Con arco, perchas, redes y ventores,
ni basta al ave el vuelo presuroso,
ni se me van los ciervos corredores.
Este sabuesso era un perezoso,
y ya es mejor que todos: halo hecho
que, como mal usado, era medroso.
Tiene buen espinazo y muy buen pecho
y mejor boca: ¡oh pan bien empleado!
toma, Melampo, y éntrete en provecho.
Quiérome ya sentar, que estoy cansado;
¡oh seco tronco, que otro tiempo fuiste
fresno umbroso, de Ninfas visitado!
Aquí verás el galardón que hubiste,
pues te faltó la tierra, el agua, el cielo,
después que este lugar ennobleciste.
Assí passan los hombres en el suelo;
después que han dado al mundo hermosura,
viene la muerte con escuro velo.
Ya me acuerdo de ver una figura
que estaba en tu cogollo dibujada,
de la que un tiempo me causó tristura.
Estaba un día sola aquí sentada;
¡cuán descuidado iba yo de ella,
cuando la vi, no menos descuidada!
Puse los ojos y la vida en ella,
y queriendo decirla mis dolores,
huyó de mí, como yo ahora della.
Por cierto grande mal son los amores,
pues al que en ellos es más venturoso,
no le faltan sospechas y temores.
Igual es vivir hombre en su reposo.
¿Quién es aquel pastor tan fatigado?
Debe de ser Florelo ó Vulneroso.
La barba y el cabello rebuxado,
la frente baxa, la color torcida.
¡Qué claras señas trae de enamorado!
¿Es por ventura Fanio? ¡Qué perdida
tengo la vista! Fanio me parece.
¡Oh Fanio, buena sea tu venida!
FANIO
Amado Delio, el cielo que te ofrece
tanta paz y sossiego, no se canse,
que solo es bien aquel que permanece.
DELIO
Aquesse mismo, Fanio mío, amanse
el cuidado cruel que te atormenta,
de suerte que tu corazón descanse.
He desseado que me diesses cuenta,
pues que la debes dar de tus pesares
á quien contigo, como tú, lo sienta.
Y quiero, Fanio, por lo que tratares
perder la fe y el crédito contigo,
cuando en poder ajeno lo hallares.
Sabe que al que me ofrezco por amigo,
la hacienda pospuesta y aun la vida,
hasta el altar me hallará consigo.
FANIO
Delio, tu voluntad no merecida
no es menester mostrarla con palabras,
pues en obras está tan conocida.
Pero después que tus orejas abras,
más lastimosas á escuchar mi duelo
en un lenguaje de pastor de cabras,
Ni á ti podrá servirte de recelo,
pues ya tienes sobradas prevenciones,
ni á mí de altivo en tanto desconsuelo.
Y no son de manera mis passiones
que se puedan contar tan de camino,
que aunque sobra razón, faltan razones.
DELIO
Conmigo te han sobrado de contino,
entendiendo que la hay para encubrirme
lo que por más que calles adivino.
Y aunque me ves en porfiar tan firme,
sabe que poco más que yo barrunto
de tu importancia puedes descubrirme.
Y pues me ves en todo tan á punto
para mostrarme amigo verdadero,
no me dilates lo que te pregunto.
Cuéntame tus passiones, compañero,
cata que un fuego fácil encubierto
suele romper por el templado acero.
FANIO
Oh, caro amigo mío, y cuán más cierto
será hacer mis llagas muy mayores,
queriéndote contar mi desconcierto.
Porque siendo mis daños por amores,
tú pretendes saber, contra derecho,
más que la que ha causado mis dolores.
Salga el nombre de Liria de mí pecho
y toque á tus orejas con mi daño,
ya que no puede ser por mí provecho.
No me quexo de engaño ó desengaño,
de ingratitud, de celos ni de olvido,
quéxome de otro mal nuevo y extraño.
Quéxome del Amor, que me ha herido;
abrióme el corazón, cerró la boca,
ató la lengua, desató el sentido.
Y cuanto más la rabia al alma toca,
la paciencia y firmeza van creciendo
y la virtud de espíritu se apoca.
De tal manera, que me veo muriendo,
sin osarlo decir á quien podría
sola dar el remedio que pretendo.
DELIO
Amigo Fanio, aquessa tu porfía
tiene de desvarío una gran parte,
aunque perdones mi descortesía.
Díme, ¿por qué razón debes guardarte
de descubrir tu llaga á quien la hace?
¿ó cómo sin saberla ha de curarte?
FANIO
Porque de Liria más me satisface
que me mate su amor que su ira y saña,
y en esta duda el buen callar me aplace.
DELIO
No tengo á Liria yo por tan extraña,
ni entiendo que hay mujer que el ser querida
le pudiesse causar ira tamaña.
Cierto desdeño ó cierta despedida,
cuál que torcer de rostro ó cuál que enfado,
y cada cosa de éstas muy fingida.
Aquesto yo lo creo, Fanio amado;
empero el ser amada, no hay ninguna
que no lo tenga por dichoso hado.
Y si, como me cuentas, te importuna
aquesse mal y tienes aparejo,
no calles más pesar de tu fortuna.
Tú no te acuerdas del proverbio viejo:
que no oye Dios al que se hace mudo,
ni da ventura al que no ha consejo.
FANIO
Pues dame tú la industria, que soy rudo,
grossero y corto, y en un mismo grado
mi razonar y mi remedio dudo.
Bien que llevando Liria su ganado
por mi dehesa, junto con el mío,
me preguntó si soy enamorado.
Y el otro día estando junto al río
llorando solo, en medio de la siesta,
Liria llevaba al monte su cabrío.
Y díxome: Pastor, ¿qué cosa es ésta?
y yo turbado, sin osar miralla,
volvíle en un suspiro la respuesta.
Mas ya estoy resumido de buscalla,
y decirle por cifra lo que siento,
al menos matárame el enojalla.
De cualquier suerte acaba mi tormento,
con muerte, si la enojo, ó con la vida,
si mi amor y mi fe le dan contento.
Veremos esta empresa concluída,
venceré mi temor con mi deseo,
la vitoria, ó ganada ó bien perdida.
¿Oyes cantar? D. Si oyo. F. A lo que creo,
Liria es aquélla. D. Eslo, F. Al valle viene.
¡Ay, que te busco y tiemblo si te veo!
Ascóndete de mí, que no conviene,
si tengo de hablarle, que te vea.
DELIO
Ascóndeme, pastor; Amor ordene
que tu mal sienta y tus cuidados crea.
LIRIA
El pecho generoso,
que tiene por incierto
serle possible, al más enamorado
ser pagado, y quejoso
vivir estando muerto,
y verse en medio de la llama helado;
cuán bienaventurado
le llamará el extraño,
y en cuánta desventura
juzgará al que procura
hacerse con sus manos este daño,
y por su devaneo
á la razón esclava del Deseo.
Memoria clara y pura,
voluntad concertada,
consiente al alma el corazón exento;
no viene su dulzura
con acíbar mezclada,
ni en medio del placer ama el tormento
sano el entendimiento,
que deja el Amor luego
más que la nieve frío,
pero el franco albedrío
y el acuerdo enemigo, á sangre y fuego;
y en tan dañosa guerra,
sin fe, sin ley, sin luz de cielo ó tierra.
Promessas mentirosas,
mercedes mal libradas
son tu tesoro, Amor, aunque no quieras;
las veras, peligrosas;
las burlas, muy pesadas;
huyan de mí tus burlas y tus veras,
que sanes ó que hieras,
que des gloria ó tormento,
seas cruel ó humano,
eres al fin tirano,
y el mal es mal y el bien sin fundamento;
no sepa á mi morada
yugo tan duro, carga tan pesada.
Corran vientos suaves,
suene la fuente pura,
píntese el campo de diversas flores,
canten las diestras aves,
nazca nueva verdura,
que estos son mis dulcíssimos amores;
mis cuidados mayores
el ganadillo manso,
sin varios pensamientos
ó vanos cumplimientos
que me turben las horas del descanso,
ni me place ni duele
que ajeno corazón se abrase ó hiele.
FANIO
Por essa culpa, Fanio, ¿qué merece
Liria? L. Lo que padece; pues, penando,
quiere morir callando. F. Gran engaño
recibes en mi daño. ¿Tú no sientes
que las flechas ardientes amorosas
vienen siempre forzosas? Si de grado
tomara yo el cuidado, bien hicieras
si me reprendieras y culparas.
LIRIA
Déxame, que á las claras te condenas:
pudo Amor darte penas y matarte,
y no debes quexarte, pues que pudo;
de ti, que has sido mudo y vergonzoso,
debes estar quexoso. ¿De qué suerte
remediará tu suerte y pena grave
quien no la ve ni sabe? F. ¡Ay, Liria mía!
que yo bien lo diría, pero temo
que el fuego en que me quemo se acreciente.
LIRIA
Pues, ¿tan poquito siente de piadosa
quien tu pena furiosa ensoberbece?
FANIO
Mas antes me parece, y aun lo creo,
que tan divino arreo no es posible
en condición terrible estar fundado;
pero considerado aunque esto sea,
no es justo que yo vea mi bajeza,
y aquella gentileza soberana,
y que sufra de gana mis dolores
sin pretender favores. L. Grande parte
ha de ser humillarte, á lo que creo,
para que tu deseo se mitigue,
porque Amor más persigue al más hinchado,
que está muy confiado que merece,
que al otro que padece, y de contino
se cuenta por indino; pero cierto,
tú no guardas concierto en lo que haces:
¿no se sabe que paces las dehessas,
con mil ovejas gruessas abundosas
y mil cabras golosas y cien vacas?
¿No se sabe que aplacas los estíos
y refrenas los fríos con tu apero,
y tienes un vaquero y diez zagales?
Todos estos parrales muy podados,
que tienes olvidados, ¿no son tuyos?
Pues estos huertos, ¿cuyos te parecen?
Todo el fruto te ofrecen; pues si digo
del cielo, ¿cuán amigo se te muestra,
tecuánto la maestra alma Natura
y dió de hermosura, fuerza y maña?
¿Hay ave ó alimaña que no matas?
¿Hay pastor que no abatas en el prado?
¿Hate alguno dejado en la carrera?
Pues en la lucha fiero ó en el canto,
¿hay quién con otro tanto se te iguale?
Pues esso todo vale en los amores,
porque de los dolores no se sabe
si es su accidente grave ó si es liviano.
Todo lo tienes llano. F. ¿Qué aprovecha
tener la casa hecha y abastada,
si en la ánima cuitada no hay reposo?
LIRIA
Vivir tú doloroso, ¿qué te vale,
si aquella de quien sale no lo entiende?
Tu cortedad defiende tu remedio.
FANIO
¿Parécete buen medio que lo diga?
LIRIA
Antes es ya fatiga amonestarte.
FANIO
Pues, ¿tienes de enojarte si lo digo?
LIRIA
Fanio, ¿hablas conmigo ó desvarías?
¿Pensabas que tenías y mirabas
presente á quien amabas? F. Sí pensaba
y en nada me engañaba. L. No te entiendo,
aunque bien comprehendo que el amante
tiene siempre delante á la que ama,
y allí le habla y llama en sus passiones.
FANIO
No glosses mis razones. L. Pues, ¿qué quieres?
FANIO
Hacer lo que quisieres, aunque quiero
preguntarte primero: ¿si mis males
y congojas mortales me vinieran
por ti y de ti nacieran, y el cuidado
te fuera declarado, ¿te enojaras?
LIRIA
Si no lo preguntaras, te prometo
que fueras más discreto. Tú bien sientes
los rostros diferentes de natura
en una compostura de facciones;
pues, en las condiciones, es al tanto,
aunque no debe tanto ser piadosa,
á mi ver, la hermosa que la fea,
que en serlo hermosea su fiereza.
FANIO
¡Ay, cuánta es tu belleza! L. Assí que digo,
que no debes conmigo assegurarte,
pues sé certificarte que en tal caso,
aquello que yo passo por contento
puede ser descontento á tu pastora,
y no imagino agora por qué vía
con la voluntad mía quiés regirte.
FANIO
Porque puedo decirte que, en belleza,
en gracia y gentileza, eres trassunto,
sin discrepar un punto, á quien me pena.
LIRIA
¿Es por dicha Silena tu parienta?
Si es ella, no se sienta entre la gente,
que eres tan su pariente como mío;
pueda más tu albedrío que tu estrella.
FANIO
¡Ay, Liria, que no es ella! ¿Y aún te excusas
y de decir rehusas el sujeto
que en semejante aprieto mostrarías?
LIRIA
Horas me tomarías si lo digo,
que como fiel amigo te tratasse;
y horas que me enojasse, que aun no siento
mi propio movimiento. F. Dessa suerte
más me vale la muerte y encubrillo,
que al tiempo de decillo verla airada.
LIRIA
Bien puede ser quitada tu congoxa,
si aquella que te enoja me mostrasses
y en mis manos fiasses tu remedio.
FANIO
Dessas espero el medio que conviene.
LIRIA
¿Es mi amiga quien tiene tu alegría?
FANIO
Si tanto fuera mía, en tal fortuna,
poca quexa ó ninguna se tuviera.
LIRIA
Pues di dessa manera mal tan duro,
que, por mi fe, te juro de hablalla
y á tu amor incitada. F. Que me place;
á mí me satisface tu promessa,
aunque en la alma me pesa de probarte;
y antes quiero mostrarte aquesta carta,
que con angustia harta tengo escrita,
para aquella que quita mi contento;
jamás mi pensamiento fué adivino,
que fueras, papel, dino de hallarte
donde pudo llegarte mi osadía:
leedle, Liria mía, parte á parte.
CARTA
La libertad ganada,
porque en tan buena empresa va perdida;
la voluntad prendada,
el alma enriquecida,
viéndose en su servicio de partida,
Indignas de llamarte,
sin tu licencia, el nombre de señora,
vienen á suplicarte
que se la des ahora,
y cada cual se llamará deudora.
Recibe por cautivas
las que este nombre en su sepulcro escriben;
verás, si no te esquivas
y tal merced reciben,
cómo en mí solo mueren, en ti viven.
Inclina á mis cansadas
razones tus orejas, por ventura;
no sean despreciadas
en afición tan pura
las mismas obras de tu hermosura.
Al fin mi fe y mi pena,
pues de ti nacen, tuyo será el cargo,
y aquí cesse la vena
de estilo tan amargo,
corto en hablarte y en pedirte largo.
LIRIA
La carta está tan buena que, aunque pruebe
de mil maneras, no sabré loalla,
porque es, en fin, compendiosa y breve.
FANIO
¿Parécete que puedo aventuralla?
LIRIA
Paréceme que pierdes de ventura
lo que te detuvieres en cerralla.
FANIO
¿Parécete que llegará segura
de que puedan culparme de arrogante?
LIRIA
Paréceme un retrato de mesura.
FANIO
¿Al fin me juzgas verdadero amante?
LIRIA
Y que mereces ser galardonado.
FANIO
Quiera Dios que assí digas adelante.
LIRIA
Pero ya que la carta me has mostrado,
dime, ¿quién fue la causa de hacella?
Pues sé la pena, sepa quién la ha dado.
FANIO
En cinco partecillas que hay en ella,
pedrás saber el todo que pretendo,
si adivinares el secreto della.
LIRIA
Tórnamelo á decir, que no lo entiendo.
FANIO
De cada cinco estancias ve tomando
la primer letra y velas componiendo:
Porque estas cinco letras ayuntando,
por el orden que digo, fácilmente
el nombre de mi alma irás formando.
LIRIA
No te he entendido verdaderamente,
¿acaso dice Leria? F. Con dos ies
no puede pronunciar Leria el leyente.
LIRIA
¿Dice por dicha Libia? F. No porfíes,
¿con erre Libia? Buen descuido es esse.
LIRIA
Pues menester será que tú me guíes.
FANIO
Habrélo de hacer, aunque me pese,
que Liria dice. L. Siria. ¿Pues entiendes
que no lo sé decir si lo leyesse?
FANIO
Pues, Siria, digo yo, ¿por qué me vendes
descuidos, cuando el alma me has robado,
y con falsa ignorancia te defiendes?
¿Dónde te vas, pastora? L. A mi ganado.
FANIO
Mira, pastora, tente. L. ¿Qué locura
es ésta que tan presto te ha tomado?
¿Estás loco, pastor? F. Que no hay cordura
en quien no la perdiesse, contemplando
mi amor y tu desdén y hermosura.
LIRIA
Déjame, ¿qué pretendes? F. Que llorando
me veas fenecer. L. Deja mi mano.
FANIO
Y tú mi alma, que la estás matando.
LIRIA
¡Oh solitario valle! ¡oh campo llano!
¿Habrá quien lastimoso me defienda
deste pastor perdido, deste insano?
FANIO
Escucha, Liria, ya solté la rienda
á lo osadía para detenerte,
no bastará aunque Júpiter descienda.
LIRIA
¿Qué quieres? F. Quiero en todo obedecerte,
si no es ahora en esta fácil cosa,
que estés presente al passo de mi muerte.
LIRIA
Otra podrás buscas más animosa.
FANIO
Pues para dar la muerte eres osada,
para verme morir no seas medrosa.
LIRIA
Suéltame, Fanio. F. Ya serías soltada,
por no enojarte, si tuviesse cierto
que escucharías un rato sossegada.
LIRIA
Suéltame, que no aprietas como muerto.
FANIO
Asido á las aldabas de la vida,
pensar muerte prenderme es desconcierto.
LIRIA
Suelta ya. F. Sí haré; mas sei servida
de me escuchar. L. Como no fuesses largo.
FANIO
Esso, tu voluntad será medida.
Y si te pareciere que me alargo,
mándame tú callar, y verás luego
cómo procuro en todo echarte cargo.
Ser contigo atrevido no lo niego;
mas ¿qué derecho guardará el forzado
ó cómo no cairá sin luz el ciego?
LIRIA
Esso me agrada, llámate culpado,
y yo te escucharé de buena gana.
FANIO
Y aun si quieres me doy por condenado.
Mira esta parra fértil tan lozana,
cómo por este olmo infrutuoso
se abraza, y lo que él gana y ella gana.
El con ella se muestra más hermoso,
y ella sin él cayera por el suelo,
do no fuera su fruto provechoso.
La flor desamparada quema el hielo,
no hay cosa sola en la Naturaleza,
y lo que no aprovecha no es del cielo.
Goza con tiempo de tu gentileza,
que el día passado no puede cobrarse,
ni como rosa torna la belleza.
Cuando un estado tiene de tomarse,
hallando la ocasión que es conveniente,
¿qué sirve ó qué aprovecha dilatarse?
No te niego yo, Liria, que al presente
podrías escoger otro que fuesse
en bondad y en hacienda preminente;
Mas si tomasses á quien más valiesse
que yo, yo juraré que no hallases
otro que más ni tanto te quisiesse.
Demás desto, pastora, si mirasses
mi edad y mi hacienda y mis respetos,
podría ser que no me despreciasses.
Y sobre todo, mira los efetos
que en mí hacen tu gracia y hermosura,
que bastan á suplir muchos defetos.
LIRIA
Basta, pastor; que Dios te dé ventura;
yo te agradezco amor tan verdadero,
y escúchame otro poco, por mesura.
¿Qué sabes tú si por ventura quiero
y amo otro pastor, de tal manera
que, como tú por mí, por él me muero;
Y le tengo una fe tan verdadera,
que aunque la vida su afición me cueste,
ha de ser la primera y la postrera?
¿Qué es esto, Fanio? ¿qué desmayo es éste?
¿háceslo adrede? No, que estás muy frío.
¿Hay algún Dios que su favor te preste?
Recuerda, Fanio. ¡Oh Ninfas deste río,
venidme á socorrer un caro amigo,
porque no me castigue el error mío!
Recuerda ya, los Dioses sean contigo,
mira que lo que dije fué burlando,
y ahora es verdadero lo que digo.
FANIO
¿Yo muero, ó vivo, ó veo, ó estoy soñando?
¿qué ha sido, Liria? L. A lo que entiendo,
ibaste con el sueño transportando;
Que como yo te estaba persuadiendo
que te dejasses de tan vana empresa,
con el placer quedástete durmiendo.
FANIO
Más que esso, Liria, á lo que entiendo pesa:
paréceme que me ponías un caso
donde el extremo de miserias cesa.
LIRIA
De esso, pastor, no hagas mucho caso,
si le haces de mí, porque son cosas,
que en efeto las digo y no las passo.
Mas porque son razones peligrosas,
estas que aquí passamos, quiero irme,
que bien bastan dos horas para ociosas.
FANIO
Yo de ti y de la vida despedirme,
que aqueste lazo acabará mis días
si como tú se me mostrare firme.
LIRIA
Mira, pastor, no hagas niñerías,
que para verme y aun para hablarme
no faltará lugar más de dos días.
FANIO
Esso, pastora mía, ¿es engañarme?
LIRIA
Es gran llaneza. F. Y aunque no lo sea,
bien bastará para resucitarme.
LIRIA
Fanio, lo que yo digo se me crea,
y forzada me voy de aquí tan presto,
adiós. F. El haga que otra vez te vea.
Publicar tanto bien, ¿seráme honesto,
ó á poderlo callar, seré bastante?
¿A quién iré que me aconseje en esto?
DELIO
Tu verdadero amigo está delante.
FANIO
¡Oh, caro Delio mío, y cómo atas
mi voluntad con lazos de diamante!
¿Fuístete ó hasme oído? D. Mal me tratas.
¿Irme tenía viéndote en tal punto?
FANIO
¿Pues dónde estabas? D. Entre aquellas matas.
Con tu desmayo me quedé difunto,
pero decirte mi placer no puedo
viendo á Liria en valerte tan á punto.
Bien quisiera salir, mas tuve miedo
de darte sobresalto ó descontento,
y entre pena y placer me estuve quedo.
FANIO
¿Pues hizo en mi desmayo sentimiento?
DELIO
Tú como transportado no lo viste;
mas cree de mí, que la verdad te cuento,
Que se mostró tan alterada y triste,
que comenzó á pedir al cielo ayuda,
y mesuróse cuando en ti volviste.
Sabe disimular, como es sesuda,
mas de quererte como tú la quieres,
no tengo yo (ni tú la tengas) duda.
FANIO
Ya yo sé, Delio, que á doquier que fueres,
ó tus consejos fueren admitidos,
no faltarán contentos y placeres.
DELIO
Essos tengas de Liria muy cumplidos,
aunque en lo que quedaste aquí hablando
cuando se fué, ofendiste á mis oídos.
No sé qué te decías, no bastando
á cerrar en tu pecho la alegría,
ora el callar, ora el hablar dudando.
Pues mira qué consejo te daría,
que, en lo que toca á Amor, antes rebientes
que confieses agora que es de día.
Bien pareces sencillo, pues no sientes
cuánto debe excusar el hombre sabio
la envidia y la malicia de las gentes.
Al que te arrima dulcemente el labio
no le fíes el dedo, que á tu costa
podrá ser que conozcas su resabio.
Porque la fe del mundo es tan angosta,
tan ancha y prolongada la malicia,
que la virtud escapa por la posta.
Aquel que te hiciere más caricia,
si te escudriña con industria el pecho,
cree que tu mal y no tu bien codicia.
Los bienes que el Amor te hubiere hecho,
Fanio, tesoros son de duen de casa,
cállalos, y entrarante en buen provecho.
Y aquel refrán, que tan valido passa,
que pierde el bien si no es comunicado,
no atraviesse las puertas de tu casa.
Calla con el amigo más fundado,
que en prisión, en discordia ó en ausencia,
no te arrepentirás de haber callado.
Sabe que es general esta dolencia,
entre la gente moza respetarse
amigo á amigo sólo en la presencia.
Que ya hemos visto alguno, por fiarse
de un gran amigo, hecha su jornada,
pensar que es todo un tiempo, y engañarse.
Y alguno vi con suerte confiada,
lleno de vanagloria en sus favores,
después hallarse un nido con no nada.
Y cuando la ocasión destos temores
cessasse (que impossible me parece),
por ley han de callar los amadores.
Y en lo que ahora de tu bien se ofrece,
no te descuides, menos te apressures,
que lo extremado apenas permanece.
¿Qué me respondes, Fanio? F. Que no cures,
de decir más, que poco daño temo
con tal que tú por mi salud procures.
Demás que siempre huigo yo el extremo,
y callo bien, como si fuesse un canto,
y de mi hermano en mi afición blasfemo.
DELIO
Cumple que assí lo hagas; y con tanto
me voy, que tengo lejos el abrigo,
y desdobla la noche apriessa el manto.
Y porque pienso luego dar conmigo
en el monte de pino, á las paranzas,
quédate en paz. F. Y vaya Dios contigo.
DELIO
Allá te avén con vanas esperanzas,
que aunque se muestra tu fortuna mansa,
quizá te arrastrarán tus confianzas.
FANIO
Delio me espanta cómo no descansa,
si topa con quien ha de respetarle,
que habla tanto, que, aunque bueno, cansa;
ya yo lo estaba casi de escucharle.
Con tales afectos representaron los discretos pastores, que á los oyentes no les parecía representación, sino propio caso, y aunque agradó á todos, á Filida mucho más, porque sabía más por entero aquella historia. Liria era su amiga y Fanio y Delio muy conocidos de todos, y assí, estuvo con gran atención desde el principio hasta el cabo; que le hizo gran donaire verlos despedir murmurándose, y agradeciendo á los pastores la curiosidad con que la entretenían, pidió á Sasio que rematasse la fiesta, el cual, las manos en la lira y el pensamiento en Silvera, pastora gentil, á quien nuevamente amaba, cantó con gran dulzura aquestos versos suaves:
SASIO
Esto que traigo en mi pecho
no puede ser sino amor,
pues me siento en su rigor
agraviado y satisfecho;
yo oso en la cobardía
y en el osar me acobardo;
¿qué me guardo,
si la nieve que me enfría
es el fuego en que me ardo?
Guárdome de tal manera
que me guardo del contento,
pues la causa del tormento
fué mi ventura primera.
Ampárome con mi ofensa
porque sé que aunque más pene,
me conviene
no hacer jamás defensa
sino al bien que sin vos viene.
En la empresa comenzada
no puede faltarme gloria,
pues la primera vitoria
de mí la tengo alcanzada;
que aunque la pena contina
mi juicio desconcierte,
es de suerte
que estimo por medicina
lo que me causa la muerte.
En tan rabioso combate
bien se verá á lo que vengo,
pues por vencimiento tengo
ser vencido y sin rescate;
porque, pastora, quedé
en lugar donde bonanza
no se alcanza,
que en los brazos de la fe
se desmaya la esperanza.
El que más se guarda y mira,
más en vano se defiende,
pues vuestra terneza prende
y ejecuta vuesta ira,
y pasa tan adelante,
que entiendo en el daño fiero
de que muero,
que sois hecha de diamante
ó pensáis que sois de acero.
Trayo comigo guardado
licor para mi herida,
un sufrimiento á medida
de vuestro rigor cortado,
que aunque en el alma me daña,
prestando á vuestra aspereza
fortaleza,
crecer puede vuestra saña,
mas no mengnar mi firmeza.
El suave son de la lira, la dulzura de la voz, la harmonía de los versos fué tal, que echó el sello á todo lo passado, y habiendo Filida hecho traer de sus cabañas una curiosa caxa de ébano fino, allí en presencia de todos la abrió, y sacando della ricas cucharas de marfil, cuchillos de Damasco, peines de box y medallas de limpio cristal, con gran amor lo repartió de su mano, y los pastores, con gran alegría recibieron sus dones, salvo Filardo que no había cosa que le pudiesse alegrar, y assí él solo triste y todos los demás contentos, salieron á la ribera con la hermosa Filida, y por la orilla del cristalino Tajo se anduvieron recreando. ¡Oh, quién supiera decir lo que aquellos árboles oyeron! porque Siralvo y Florela gran rato estuvieron solos; Finea y Alfelio lo mismo; Pradelio y Filena, por el consiguiente. Pues Sasio y Arsiano, Campiano y Mandronio, bien tuvieron que hacer en consolar á Filardo, y la sin par Filida, como señora de todo, todo lo miraba y todo lo regía; hasta que el sol traspuesto forzó á todos á hacer otro tanto. Á Filida acompañaron los dos maestros del ganado y sus pastoras, Celia y Florela, y á Filena los demás, porque assí Filida lo ordenó; sólo Filardo, viendo cuán poco allí granjeaba, por diferente parte tomó el camino de su cabaña; y sólo yo, fatigado deste cuento, un rato determino descansar, y si hay otro que también lo esté, podrá hacer lo mismo.
QUINTA PARTE
DEL PASTOR DE FILIDA
No es possible que á todos agrade el campo, los árboles y las hierbas; mas ya sabemos que las selvas fueron dignas de resonar en las orejas de los cónsules: la diferencia es salir el son de la zampoña de Titiro ó de la mía; mas esto tiene su descuento, que de más y menos se ordena el mundo, tan aína hallaremos quien oya el tamboril de Baco como la lira de Apolo. Haré una cosa dificultosa para mí, pero fácil para todos, que será passar en silencio lo que nos queda del florido Abril y del rico y deleitoso Mayo, donde nuestros pastores entre sus bienes y sus males con Fortuna y Amor, perdiendo y ganando, passaron cosas dignas de más cuenta que la que yo agora hago. Porque Pradelio y Filena en este tiempo, entre mucho dulzor, hallaron mucho acíbar, el pastor celoso y perdido y la pastora apremiada y confusa. Fanio y Finea fueron creciendo en las voluntades, hasta hacerse de dos almas una. Ergasto y Licio trujeron á Celio, y hallaron á Silvia enamorada, no se puede decir de quién, que cuando se sepa, será un notable hechizo de Amor; y lo que sin lágrimas no podré contar, aquella sin par nacida, principio y fin de la humana hermosura (que por estos nombres bien puede entenderse el suyo), oprimida de su bondad natural y del conocimiento de su valor, dexó los bienes, negó los deudos y despreció la libertad, consagróse á la casta Diana y llevóse tras sí á los montes la riqueza y hermosura de los campos: pues al cuitado pastor que más que á sí la amaba, nada nuevo la pudo llevar; porque el alma dada se la tenía, pero dexóle en lugar de su dulcíssima presencia una noche de eterno dolor y llanto en que ocupado passaba la mezquina vida. No buscaba los montes, porque no osaba; no seguía la ribera, porque le afligía; lo más del tiempo, solo en su cabaña entre memorias crueles, esperaba la muerte, y si alguna vez salía, no por la sombra de los árboles ni por la frescura de las fuentes, pero por riscos y collados, donde el sol de Junio abrasaba la desierta arena, sobre ella tendido llamaba en vano á la hermosa Filida, y entre estas lamentaciones, un día, sentado sobre el tronco seco de un acebo, repentinamente sacó el rabel que estaba tan olvidado, y los ojos tiernos y helados, que se pudiera juzgar que no veía, desta manera acompañó sus lágrimas:
SIRALVO
Filida ilustre, más que el sol hermosa,
sol de mi alma, sin razón ausente
destos húmidos ojos anublados,
¿cuándo veré la cristalina fuente?
¿Cuándo el jazmín? ¿Cuándo el color de rosa
con los dos claros ojos eclipsados?
¿Cuándo piensas romper estos nublados
y mostrarnos el día,
Filida, dulce mía?
Si en algún tiempo á los desconsolados
mancilla hubiste, tenla de mi pena;
cesse tan triste ausencia,
que en tu presencia la fatiga es buena.
Filida, tú te fuiste, que de otra arte
estar ausentes no fuera possible,
porque nunca de ti yo me apartara.
Que ni acidentes de dolor terrible
ni peligros de muerte fueran parte
para partirme de tu dulce cara.
Ven, no te muestres á mi amor avara;
que si gusto te diera,
Filida, si bien fuera,
entre tigres de Hircania te buscara;
mi mal me hace que á mi bien no acierte,
y estando tú escondida,
busco la vida y topo con la muerte.
Filida, mira con quién vivo ausente;
mira de quién estoy acompañado
y lo que saco de su compañía.
La esperanza ligera, el mal pesado,
el bien passado con el mal presente
y el interés morir en mi porfía;
mas si yo viesse un venturoso día
en que tu rostro viesse,
Filida, aunque muriesse
¡por cuán vivo y dichoso me tendría!
Mas ay de mí, que temo más que espero:
temo que si hay tardanza,
esta esperanza morirá primero.
Filida, cuantas lágrimas envío,
no son ya tanto porque no te veo
cuanto porque jamás espero verte;
no sé si tiene culpa mi desseo,
bien sé que tiene pena, y yo lo fío,
que al que espera salud, no hay dolor fuerte;
¿qué juzgarías que perdí en perderte?
Perdí la misma vida,
Filida mía querida,
que en tu ausencia no es vida, sino muerte;
perdí los ojos, que sin ti los niego,
y negarlos conviene,
pues quien los tiene y no te mira es ciego.
Filida, tal quedé de ti apartado
cual sin el alma el cuerpo, ó cual la nave
sin marinero, ó cual sin sol el día;
muriendo aprendo, ciencia harto grave,
á conocer un buen y un mal estado,
y cuánto va de un es á un ser solía;
edificando estoy de noche y día
labores sin cimiento:
Filida el argumento;
y el oficial mi vana fantasía;
mas en siendo la torre levantada
trazada á mi deseo,
luego la veo por tierra derribada.
Filida mía, consuelo de mi alma,
más agradable que la luz serena
y muy más que la misma vida cara,
¿dónde suena tu canto de sirena?
¿Quién goza tu amistad sincera y alma?
¿Dónde se mira tu hermosa cara?
¡Oh! cuán de veras me ha costado cara
la lumbre de los ojos,
Filida, que mis ojos
de espaldas ven el bien, el mal de cara,
la triste vida que posseo me culpa,
y ella misma me pena:
sufra la pena quien causó la culpa.
Filida, en tanto que el sereno Apolo
ciñe nuestro horizonte, y entre tanto
que le da cuna el húmido Neptuno,
mis ojos, no en reposo, mas en llanto,
su oficio es llorar solo, y como solo
á solas estas rocas importuno,
excúsome que sepa ya ninguno
vida tan trabajosa.
Filida mía hermosa,
si contasse mis males de uno en uno,
corta sería la vida, el tiempo, el modo,
corto el entendimiento,
que mi tormento no se entiende todo.
Filida, viva ó muera, llore ó ría
ó trabaje ó repose, ó duerma ó vele,
ora tema, ora espere y dude y crea,
ha de estar firme lo que siempre suele,
firme el querer y firme la porfía
del que mirarte y no otro bien desea.
Escrito está en mi alma, allí se lea,
tu nombre y mi deseo.
Filida, allí te veo,
mas haz que con mis ojos hoy te vea;
míralos viudos, tristes y enlutados,
coronados de nieblas,
con las tinieblas por Amor casados.
Ya falta aliento al espíritu cansado
que vencen las passiones,
Filida, y las razones
con mi seca ventura se han helado;
muero, y si quieres que contento muera,
doquier que estés, señora,
acoge agora mi razón postrera.
Apenas Siralvo puso fin á su afligida canción, cuando, llamado de un súbito ruido, volvió los ojos al monte, y por la falda dél vido venir un ligero ciervo herido de dos saetas en el lado izquierdo, sangrientas las blancas plumas, y tan veloz en su carrera, que sólo el viento se le podía comparar, y á poco rato que entró por la espessura del bosque, por las pisadas que él había traído llegaron dos gallardas cazadoras, que con presuroso vuelo le venían siguiendo. Descalzos traían los blancos pies y desnudos los hermosos brazos; sueltos los cabellos que, como fino oro, al viento se esparcían; blanco cendal y tela de fina plata cubrían sus gentiles cuerpos, las aljabas abiertas y los arcos colgando. Pues ahora, sabed que la una destas era Florela, que juntamente con Filida seguía los montes de Diana, y como vido á Siralvo, casi forzada de amor y compassión le dixo: Pastor, ¿has visto por aquí un ciervo herido que poco ha baxaba de la altura deste monte? Sí he visto, respondió Siralvo lleno de turbación de ver quién se lo preguntaba. Pues guíanos, pastor, dixo la cazadora, que las saetas que lleva nuestras son y tuya será parte de los despojos. No respondió Siralvo, pero atónito y contento tomó la senda del bosque, obligándolas á correr más que solían, y después que gran rato anduvieron por la espessura, á un lado oyeron bramar el ciervo, y acercándose á él se hallaron cerca de una fuente, que al pie de un pino salía, asiendo de la hierba sobre el agua. Prestamente, Siralvo le asió por los anchos cuernos y con el puñal le cortó las piernas, con que quedó tendido al pie del árbol. Las cazadoras, contentas con la presa, pidieron á Siralvo que le quitasse los cuernos y los pusiesse en lo alto del pino en tanto que ellas se alentaban de la larga carrera. Poco tardó Siralvo en hacer esto y menos Florela en hablarle cuando á la compañera vió dormida. Siralvo mío, le dixo, ¿qué buena suerte te ha traído por donde yo te topasse? Esa, dixo Siralvo, mía sola la puedes llamar, si siendo tan buena puede ser de quien tan mala como yo la tiene. Esso me enoja, dixo Florela; viva Filida y contenta; tú en su gracia, ¿cómo puedes quexarte de tu suerte? Desde ahora, dixo Siralvo, mal contado me sería que sé de ti tales nuevas; pero ausente de su hermosura y ignorante de su contento, desesperado del mío, ¿cómo juzgas, Florela, que yo podría estar? Como tú dices, respondió la cazadora; pero porque á ti y á Filida no ofendas, te certifico dos cosas: la una, su gusto, y la otra, tu favor; mira si es razón que basten contra tus melancolías y vuelvas al tiempo de tus deleites, pues que nunca ha habido mudanza en la causa dellos, ya que en el estado la haya. ¿Esso te parece poco, dixo Siralvo, una privación continua de ver su beldad como solía? Pues sabe que aunque los ojos del ánima nunca de Filida se apartan, éstos que la vieron y no la ven bastantes enemigos son para aguar mis consuelos. ¿Y si yo hago, dixo Florela, que la veas? Harías conmigo, dixo Siralvo, más que el cielo, pues lo que él me niega tú me lo dabas. Pues alégrate, pastor, dixo Florela, y vete en buen hora, que me importa quedar aquí; mira qué quieres que le diga á Filida, que de la misma arte se lo diré. Dile, Florela, dixo el pastor, que aquella misma vida que en virtud de sus ojos se sustentaba, está ahora en su ausencia. ¿Qué más le diré? dixo Florela. Dile más, dixo Siralvo, que se fué y me dexó; y basta, que ella sabe más de lo que tú y yo le podemos decir. Lo que ves en mi cara le podrás contar, y el bien que me hubiere de hacer sea á tiempo que aproveche, porque me llama la muerte muy aprissa, y aunque ahora por ti entretendré la vida, si tardas en confirmarla no sé qué será de mí. Pierde cuidado, pastor, dixo Florela, que yo le tendré como verás; con lo cual Siralvo se partió della, y por pensar mejor en su sucesso, entró por lo más espesso del bosque, entre temor y esperanza, lleno de turbación, y sentándose en aquella soledad sombría oyó un sospiro tan tierno que le juzgó por proprio suyo. ¡Oh, sospiros míos, dixo Siralvo, si será possible que algún día lleguéis á las orejas de Filida, y vosotros, tristes ojos, veáis en los suyos vuestra lumbre verdadera! Resuma el cielo en este solo bien cuantos pensare hacerme, Aqui Siralvo quedó suspenso consigo, y á poco rato oyó otro sospiro muy más tierno, y volviendo los ojos á la parte donde había salido, por entre la espessura de sus ramas vió un bulto que no determinó si de pastor ó de pastora fuesse, y levantándose en pie, lo más quedo que pudo se fué acercando hasta llegar donde vido, el cuerpo en la tierra y en la mano la mexilla, una pastora, en tanto extremo hermosa, que si no hubiera visto la hermosura de Filida, aquélla estimara por la primera del mundo. Su vestidura humilde era y el apero humilde, pero su suerte tan extraordinaria, que Siralvo quedó admirado. Sus cabellos, cogidos en ellos mismos, despreciaban al sol y al oro; el color de su rostro, vestido de leche y sangre, con una ternura que representaba el alba cuando nace; sus ojos eran negros, rasgados, con las pestañas y cejas del color mismo; la boca y dientes excedían al rubí y á las finas perlas orientales. Tan nueva cosa le pareció á Siralvo, que sacó el retrato de la sin par Filida; mas en viéndole, arrepentido de haberle opuesto á beldad humana, le tornó á cubrir, y representándose á la pastora le dixo: Si supiesses al tiempo que me llego á ti, verías lo que has podido conmigo. De tu tiempo, dixo la pastora, poco puedo yo saber; del mío te sé decir que es el peor que nunca tuve. Si tu congoja, dixo Siralvo, es tal que un pastor con sus fuerzas pueda remediarla, dímela, gentil pastora, que assí halle yo quien por mí vuelva como tú hallarás á mí. ¿Qué te mueve, dixo la pastora, á tanta cortesía con quien no conoces? Paréceme, dixo el pastor, que es mucho lo que mereces. Mejor le diré yo, dixo la pastora, que es ser tú noble de corazón y quizá haberte visto en necessidad como me veo. Essa deseo saber, dixo Siralvo. Por ahora, dixo la pastora, no es possible; pero yo voy barruntando que tú y los demás pastores destas selvas y riberas seréis testigos deste mal y no podréis remediarle. Bien podrá ser, dixo Siralvo; pero yo ganoso estoy de servirte, y si me pruebas, hallarme has muy á punto. Soy contenta, dixo la pastora. ¿Conoces á Alfeo, un pastor nuevo de esta ribera? Sí conozco, dixo Siralvo. Pues búscale, dixo la pastora, y dile que no tengo aquí más armas de un cayado y un zurrón, y que si todavía me teme, se traya consigo á la serrana Finea que le quite el miedo. A la hora entendió Siralvo quién era, mas no quiso hacer demostración, y sin más detenerse, tomando aquello á su cargo, dió la vuelta á su cabaña, donde ya Alfeo le estaba aguardando, triste y pensativo, lleno de dolor. Siralvo, pues, aunque confuso, contento iba y animado en las palabras de Florela; mas ahora sin tratar nada de sí: pastor, le dixo, ¿qué congoja es ésta en que te hallo? La mayor, dixo Alfeo, que me pudiera venir. Sabe que Andria, en hábito de pastora, es venida á buscarme y está en el bosque del pino. ¿Cómo lo sabes, dixo Siralvo? ¿Cómo? dixo Alfeo. Como me ha enviado á llamar. También yo lo sé, dixo Siralvo, y te trayo un recado suyo, porque pasando yo por el bosque encontré con ella y preguntándole quién era no me lo quiso decir, pero rogóme que te dixesse que estaba sola, sin más armas que el cayado y el zurrón, y que si assí la temías, llevasses contigo á Finea que te quitasse el miedo. Luego conocí quién era y te vine á dar aviso. Harto hemos menester ahora, dixo Alfeo, para no errarlo; á ti te basta tu mal sin ponerte á los ajenos; yo estoy necessitado de consejo y de favor, y no sé adonde lo halle. Pastor, dixo Siralvo, no creas que mis passiones han de estorbarme el buscar remedio á las tuyas; yo quiero volver á Andria y saber della lo que quiere, y conforme á su intención podremos apercebir la nuestra para lo que mejor te estuviere. Muy bien me parece, dixo Alfeo, y quedándose en la cabaña tornó Siralvo al bosque, y por presto que llegó, halló con ella á Arsiano, que era con el que primero había topado y había enviado á llamar á Alfeo, y como volvió tan turbado de la nueva, volvió luego á la pastora á darle cuenta de lo que passaba; por parte llegó Siralvo que los dos no le vieron, y gran rato estuvo escondido oyendo sus razones. Ella le dixo que era una pastora de Jarama, que se llamaba Amarantha, y por cierta adversidad era allí venida, y Alfeo era un pastor que le estaba muy obligado, y se admiraba que en el Tajo se hubiera hecho tan descortés que no viniesse llamándole. Arsiano le decía que Alfeo no se osaba apartar de la serrana Finea, y que ninguna cosa querría ella mandar que no la hiciesse él tan bien y mejor que Alfeo. A esto la pastora replicaba que ninguna importancia al presente tenía, sino verse con Alfeo en parte donde nadie lo pudiesse juzgar; que se le truxesse allí si quería dexarla muy obligada. Arsiano parece que, pesaroso de apartarse della, tornó con aquel recado, y Siralvo que la vió sola llegó con el suyo; pero el mismo despacho tuvo que Arsiano, y assí volvió á su cabaña, donde llamaron á Finea y le dieron cuenta de lo que passaba. Su parecer, entre mil temores, fue que Alfeo se escondiesse algunos días y se echasse fama que se había ido, para que Andria también se fuesse á buscarle; y cuando Arsiano volvió certificáronle que Alfeo, en sabiendo la venida de la pastora Amarantha, se había despedido dellos y ídose no sabían adónde. Con esto volvió Arsiano á la pastora, y ella, que amaba y era mala de engañar, posponiendo el crédito al enojo, con Arsiano se vino á la ribera donde, vista su gran hermosura, no quedó pastor ni pastora que no se le ofreciesse, y ella, agradecida á todos, escogió la cabaña de Dinarda, por consejo de Arsiano, que estaba herido de su beldad, sin bastar su cordura para dissimularlo, y assí la noche siguiente, cubierto de la capa del silencio, tomó la flauta, y puesto donde Amarantha le pudiesse oir, con estos versos acompañó su instrumento:
ARSIANO
Si sabéis poco de amores,
corazón,
agoras veréis quién son.
Esta empresa á que os pusistes,
confiado en no sé qué,
es la que os hará á la fe
saber para qué nacistes;
no os espanten nuevas tristes,
corazón,
pues vos les dais ocasión.
Llevaréis la hermosura,
que os ofende, por amparo,
pues este solo reparo
os promete y asegura
que no os faltará ventura,
corazón,
aunque os falte galardón.
No tan presto Arsiano diera fin á su canción si no sintiera venir por la parte del río un gran tropel de pastores, y escondióse entre lo más espesso de los árboles; esperó lo que sería, y vido llegar al lugar mismo donde él antes estaba á Sasio con su lira, á Ergasto con la flauta y á Fronimo con el rabel, y templando los instrumentos, después de haber tañido un rato, al mismo son Liardo comenzó á cantar aquestos versos, tomando principio desta canción ajena:
LIARDO
Donde sobra el merecer,
aunque se pierda la vida
bien perdida no es perdida.
Tal ganancia hay que desplace
y tal perder que es ganar,
que á todo suele bastar
la forma con que se hace;
de tal arte satisface
nuestro valor á mi vida,
que perdida no es perdida.
La vanagloria de verme
morir en vuestro servicio
será el mayor beneficio
que el vivir puede hacerme;
para pagar el valerme
quiero yo poner la vida,
do perdida no es perdida.
De lo que el Amor ha hecho
no puedo llamarme á engaño,
que si fué en la vida el daño,
en la muerte está el provecho;
si de trance tan estrecho
se aparta y libra la vida,
es perdida y más perdida.
Ser la vida despreciada
si en la muerte no se cobra,
bien se conoce que es obra
sobrenatural causada;
á vos sola es otorgada
tal potestad en la vida,
si es perdida ó no es perdida.
Mal se les hace esta noche á los nuevos amantes su propósito, que si Arsiano fué impedido, á la primera canción de Liardo, Liardo lo fué de la misma suerte, porque apercibiéndose para la segunda, de la parte del soto comenzó á sonar una flauta y tamborino, y esperando quien fuesse llegó Damón, que era el que tañía, y con él Barcino y Colin, grandes apassionados de Dinarda. Poco se les dió que los demás pastores estuviessen junto á la cabaña, antes llegándose á ellos, Barcino los desafió á bailar, y Fronimo (que no era menos presumido) salió al desafío, y aunque al principio comenzaron á nombrar grandes precios en su apuesta, al cabo acordaron que se bailasse la honra. Pusieron por juez á Sasio, y aguardando que passasse una nube que les impedía la luna, apenas mostró su cara clara y redonda cuando Fronimo comenzó un admirable zapateado, que el tamborino tenía que hacer en alcanzalle: acabó con una vuelta muy alta y zapateta en el aire que fué solenizada de todos; y á la hora Barcino, que ya tenía las haldas en cinta y las mangas á los codos, entró con gentil compas bailando, y á poco rato comenzó unas zapatetas salpicadas; luego fué apresurando el son con mudanzas muchas y muy nuevas, y cuando quiso acabar tomó un boleo en el aire con mayor fuerza que maña de arte, que por caer de pies cayó de cabeza. Su dolor y el polvo y la risa de los pastores fué causa de correrse Barcino, de manera que si Sasio no le animara se alborotara la fiesta, y pidiéndole que juzgasse les dixo que sabían que el premio era la honra, y el uno la había hallado en el aire y el otro en el polvo, que pues assí era toda la del mundo, ambos quedaban muy honrados. A este tiempo ya Arsiano se había mezclado con ellos, cansando de estar escondido, y viéndose juntos Sasio y él, unas veces ellos cantando y otras Damón tañendo, passaron la mayor parte de la noche. ¿Deseó saber si Amarantha y Dinarda los oían? Sí, sin duda, porque Dinarda acostumbrada estaba á oirlos; y Amarantha, aunque triste, no por esso sería desconversable. Idos los pastores, las dos volvieron á sus consejas, que desde el principio de la noche las tenían comenzadas: su resolución fué que Amarantha se viesse con Finea y á Arsiano se le encomendasse que buscase á Alfeo donde quiera que estuviesse. Con esto (saliendo de la cabaña) vieron los más altos montes coronados del vecino sol, y oyeron las aves del día saludando la nueva mañana. Todo para Amarantha era tristeza y desconsuelo, y no sé si igual la gana de hallar á Alfeo y de ver á Finea. En fin, los dos, sin más compañía, enderezaron á su cabaña, donde la hallaron no tan alegre como otras veces pudieran; pero dissimulando lo más que pudo, las recibió con gracioso semblante. Era discreta Finea y no menos hermosa, y assí se lo pareció á Amarantha, y le dixo en viéndola: Muy hermosa eres, serrana. Al menos muy serrana, dixo Finea. La condición, dixo Amarantha, no sé yo si lo es, mas la cara de sierra. Lo uno y lo otro, dixo Finea, fué criado entre las peñas do apenas las aves hacen nidos. ¿Y quién te truxo acá? dixo Amarantha. Quien te podría llevar allá, dixo Finea. De esso me guardaré yo, dixo Amantha; pero dime, serrana, ¿dónde está Alfeo? Como es grande, dixo Finea, para traerle en la manga, no te lo sabré decir. A estar de gana, dixo Amarantha, gustara de la respuesta; pero dime, serrana, ¿sabes cómo es Alfeo fugitivo? No, dixo Finea; pero sé que la causa de serlo le podría desculpar. Essa, dixo Amarantha, yo te la diré: testigo me es el cielo que no se la dí; porque si dexé de acudir á su contento no fué por falta de voluntad, sino por más no poder: y cuando pude ya no le hallé, y agora cansada de esperarle, olvidé honra y vida, y, como ves, le vengo á buscar: pues no será razón que tú me usurpes mi contento. Yo, dixo Finea, muy poca parte soy para esso; hombre es Alfeo que sabrá dar cuenta de sí y tú mujer que acertarás á tomársela; quiérate él pagar las deudas que publicas, que yo os serviré de balde á entrambos. Por más cierto tengo, dixo Amarantha, serviros yo á los dos; pero ya que no te hallas parte para lo que he dicho, seilo siquiera para que yo le hable. Haz tú lo que yo hago, dixo Finea, cuando quiero verle, y no habrás menester rogar á nadie. ¿Qué haces? dixo Amarantha. Búscole, dixo Finea, hasta que lo hallo. Yo estimo en mucho el consejo, dixo Amarantha, y assí le pienso tomar; adiós, serrana. Adiós, pastora, dixo Finea, y quedándose en su cabaña, ellas guiaron á la de Siralvo, donde entendieron hallar á Alfeo; pero como allá llegaron, Siralvo muy cortésmente las recibió y les dió la entrada franca, para que se assegurassen de que no estaba allí. Ya en esto iba el veneno creciendo en el pecho de Amarantha, porque estaba muy fiada que en viéndola Alfeo sería lo que ella quisiesse; y como veía que este medio le iba faltando, la paciencia también le faltó, y vuelta á la cabaña con Dinarda, soltó la rienda al llanto y al dolor, sin ser parte Dinarda para su consuelo, ni la continuación de muchos caudalosos pastores que, vencidos de su beldad, de mil maneras procuraban su contento. Assí passaron algunos días sin que Alfeo saliesse donde ella le pudiesse ver; pero pareciéndole que el encerramiento iba muy largo, determinó de salir con licencia de Finea, que aunque temerosa de la hermosura de Amarantha, pudo más la confianza de su amador. Muchas veces Amarantha y Alfeo se toparon y estuvieron á razones solos y acompañados; pero siempre Finea llevo la mejor parte, y no por esso Amarantha cessaba en su porfía. ¡Oh cuántas veces se arrepintió de su mal término passado, y cuántas quisiera que se abriera la tierra y la tragara! Tal andaba Amarantha, que muchas veces se quiso dar la muerte, y tal andaba Arsiano por su amor, que á sólo ella se podía comparar: que aunque otros muchos comenzaron, ninguno con las veras que él prosiguió. Yo le vi una vez (entre otras) solo con ella en la ribera, tan desmayado y perdido que quise llegar á darle ayuda, pero cuando volvió en sí, viendo los ojos de la hermosa pastora que (en nombre de Alfeo) vertían abundantes lágrimas, sacó la flauta y al son della con gran ternura les dixo:
ARSIANO
Ojos bellos, no lloréis,
si mi muerte no buscáis,
pues de mi alma sacáis
las lágrimas que vertéis.
Esse licor que brotando,
de vuestra lumbre serena,
va la rosa y azucena
del claro rostro bañando,
ojos bellos, no penséis
que es agua que derramáis,
sino sangre que sacáis
de esta alma que allá tenéis.
Ya que el ajeno provecho
me hace á mí daño tanto,
al menos templad el llanto,
ya que vivís en mi pecho;
si no con él sacaréis
las entrañas donde estáis,
pues dellas mismas sacáis
las lágrimas que vertéis.
De aquestas gotas que veo,
la más pequeña que sale,
si se compara, más vale
que todo vuestro deseo.
Ya yo veo que tenéis
pena de lo que lloráis
y culpa, pues derramáis
lágrimas que no debéis.
Ojos llenos de alegría,
entended que no es razón
que otro lleve el galardón,
de la fe, que es sola mía;
agraviad, si vos queréis,
al alma que enamoráis,
mas mirad que si lloráis,
alma y vida acabaréis.
Palabras eran éstas con que Amarantha se pudiera enternecer si no tuviera toda su ternura sujeta á tan diferente causa; mas ahora no hicieron en ella más que en los peñascos duros. ¡Oh, gran tirano de la humana libertad! ¿Es possible que, siendo Amor, permitas que uno muera deseando lo que otro desecha, y que sea tan flaco el hombre que no sólo se rinda, pero te dé lazos con que le ates, armas con que le hieras y veneno con que le atosigues las heridas? Rómpase el cielo y caya una ley que borre todas las tuyas; no venga escrita, que perecerá, sino de mano oculta se imprima en tu voluntad, para que con solo un ñudo ates dos corazones, y cuando se rompiere, ambos se suelten, que quedar uno riendo y otro llorando no es reliquia de amistad, sino de mortal desafío; mas, ¿cuándo podrá cumplirse este deseo? Assí te hallamos y assí te dexaremos, Amor. Bien poco ha que vimos á Alfeo morir por Andria, á Finea por Orindo, Silvia por Celio, Filardo por Filena, y á Filena y Pradelio amándose tan contentos. Pues mirad del arte que están ahora: Alfeo y Finea se aman, y Andria llora: Silvia y Filardo, amigos; Celio olvidado; Pradelio y Filena combatidos de irreparable tempestad, donde la fe de Filena y la ventura de Pradelio, con el agua á la boca, miserablemente se van anegando. Llevó el cruel destino á la cabaña de Filena á Mireno, rico y galán pastor, en fuerte punto para Pradelio, porque enamorado della y continuando su morada, y persuadido de Lirania, deudo suyo, y de la persona y hacienda de Mireno, Pradelio iba á mal andar, y cada día peor, pero con un corazón valeroso dissimulaba su mal. Pues como llegasse el día que se celebraba la fiesta de la casta Diana, donde se habían de juntar los pastores de la ribera y las ninfas de los montes, ríos y selvas, Pradelio la noche antes, solo al pie de un roble, estaba enajenado de sí, cuando un buho puesto sobre el árbol, con su canto llenó de amargura el pecho del pastor, y queriéndose alentar cantando, los grillos no le daban lugar; y no eran grillos, que en el temblor de la voz los hubiera conocido, y si alacranes fueran, en el silbo breve lo pudiera entender, y si abejarrones, en el ruido prolongado; donde creyó Pradelio que el son estaba en sus oídos, y retirado á su cabaña, llegaron sus mastines mordidos de los lobos, y calentando sus zagales aceites para curarlos, la cabaña se comenzó á quemar. En reparar estos daños se passó la noche, aunque el principal no tenía reparo. Y ya que aparecía la hermosa mañana, más benigno el cielo, oyó Pradelio el son de dos suaves instrumentos acordados, una lira y un rabel, y atentamente escuchando, conoció ser los pastores Bruno y Turino, que á poco rato que tañeron, sobre estas dos letras ajenas comenzaron assí á cantar á su propósito:
TURINO
Sembré el Amor de mi mano,
pensando haber galardón,
y cogí de cada grano
mil manojos de passión.
Aré con el pensamiento
y sembré con fe sincera
semillas que no debiera,
llevar la lluvia ni el viento;
reguélo invierno y verano
con agua del corazón,
y cogí de cada grano
mil manojos de passión.
Era la tierra morena,
que el buen fruto suele dar,
y cuando quise segar
halléla de abrojos llena;
probéla á escardar en vano,
y bajé la presunción,
y cogí de cada grano
mil manojos de passión.
Torné de nuevo á rompella,
por ver si me aprovechaba,
y cuando el fruto assomaba,
vino borrasca sobre ella,
que quiso el Tiempo tirano
que no llegasse á sazón,
y cogí de cada grano
mil manojos de passión.
Aunque ella vaya faltando,
no ha de faltar la labor,
que como buen labrador,
pienso morir trabajando;
todo se me hace llano
por tan valida intención,
aunque me dé cada grano
mil manojos de passión.
BRUNO
Con Amor, niño rapaz,
ni burlando ni de veras
os pongáis á partir peras
si queréis la pascua en paz.
Por verle niño pensáis
que está la vitoria llana,
burláis dél entre semana,
mas la fiesta lo pagáis.
Convertíseos ha el solaz
en fatigas lastimeras.
Sobre el partir de las peras
perderéis sossiego y paz.
Yo me vi que Amor andaba
tras robarme la intención,
y mirando la ocasión
dél y della me burlaba;
fué mi confianza el haz
donde encendió sus hogueras,
el fuego el partir las peras
y la ceniza mi paz.
Prometióme sus contentos,
y al fin vencióme el cruel,
y fuí perdido tras él.
Cuando me daba tormentos,
llamóme y fuí pertinaz
á las demandas primeras,
una vez partimos peras
y mil me quitó la paz.
Ya que estoy desengañado
tan á propia costa mía,
su tristeza ó su alegría
no se arrime á mi cuidado;
para las burlas capaz,
inútil para las veras,
otro le compre sus peras,
que yo más quiero paz.
Tanta fué la dulzura con que los pastores dixeron sus cantares, que Pradelio suspendió un poco su tristeza, y con pesar de que tan presto acabassen, salió á ellos y con mucha cortesía, sentándose entre los dos, les pidió que tornassen á su canto, y ellos, con no menos amor, se lo otorgaron, y con otras dos letras viejas tornaron á su intención, como primero.
TURINO
¿En qué puedo ya esperar,
pues á mis terribles daños
no los cura el passar años
ni mudanza de lugar?
Para el dolor, que camina
con mayor furia y poder,
tiempo ó lugar suelen ser
la más cierta medicina;
todo ha venido á faltar,
en el rigor de mis daños,
porque crecen con los años
sin respeto de lugar.
Siendo el tiempo mi enemigo,
¿cómo querrá defenderme?
¿Qué lugar ha de valerme,
si me llevo el mal conmigo?
Bien puedo desesperar
de remedio de mis daños,
aunque gastasse mil años
en mudanza de lugar.
No hay tan cierta perdición
como la que es natural,
ni enemigo más mortal
que el que está en el corazón;
pues, ¿qué tiempo ha de bastar
para reparar mis daños,
si son propios de mis años
y es el alma su lugar?
No está en el lugar la pena
ni tiene el tiempo la culpa;
mi ventura los desculpa,
y ella misma me condena;
la voluntad ha de estar
enterneciendo mis daños,
pues aunque passen más años,
serán siempre en un lugar.
BRUNO
No me alegran los placeres
ni me entristece el pesar,
porque se suelen mudar.
Los gustos en su venida
tengo por cosa passada,
porque es siempre su llegada
víspera de su partida,
y en la gloria más cumplida
menos se puede fiar,
porque se suele mudar.
Puede el pesar consolarme
cuando viene más terrible,
porque sé que es impossible
no acabarse ó acabarme,
y aunque más piense matarme
no pienso desesperar,
parque se suele mudar.
En la perseverancia del tiempo, verdad cantó Turino, que después que él amaba á Filis, el tercer planeta cuatro veces había rodeado el quinto cielo, y en la mudanza del lugar lo mismo, porque después, si os acordáis, que estos dos pastores otra vez cantaron en compañía de Elisa, Filis y Galafrón, Mendino y Castalio, á la orilla de un arroyo, Turino, con despecho y dolor se ausentó de la ribera: pero viendo que el mal no cesaba aún y el remedio se hacía más impossible, volviosse al Tajo y allí passaba su vida amargamente, siempre en compañía de Bruno, que aunque eran tan diversos en aquella opinión, en todas las demás se conformaban, y por la mayor parte los hallaban por la soledad de los campos ó los montes, huyendo Turino de cansar á Filis y temiendo Bruno hallar otra que la pareciesse, pues agora, como la mañana se declaró, Pradelio, forzado de ir á la fiesta de Diana, con agradables razones se despidió destos amigos, y confuso y lastimoso, considerando el mal que tenía entre manos, tomó el camino por una fresca arboleda de pobos y chopos y otras plantas, donde las mañanas muchos paxarillos solían, dulcemente cantando, alegrar á quien passaba; mas entonces, en señal de descontento, sin parecer ave que blanca fuesse; las verdes ramas, que de unos con otros árboles solían apaciblemente abrazarse, estaban apartadas y sin hoja, de suerte que el sol pudiera hallar entrada y con sus rayos calentar las aguas de un manso arroyo, que desde el Tajo por entre ellos corría, todo en señal de la desventura de Pradelio, el cual, assí caminando, oyó cantar á la celosa Amarantha, cuya dulzura enamoraba el cielo y parecía que con tal deleite se iba clarificando; mas ella que vió al pastor, vergonzosa y turbada, dexó colgar al cuello la zampoña con que á ratos tañía, y assí á un tiempo cessó su son y su canto; pero Pradelio, necessitando de entretener su mal de cualquier suerte, llegándose á ella, le dixo: Hermosa Amarantha, assí el cielo te haga tan venturosa como gentil y discreta, que no cesse tu comenzado canto; antes tornando á él muestres tu grande amor y la mudanza de Alfeo, porque ya todos sabían los casos destos pastores, y ella, vencida del dolor, sin guardar la ley de su respeto, como un pastor aficionado usaba de libertad en sus querellas, y assí Pradelio se atrevió á pedirle que cantasse á propósito desta historia, y ella, que no era menos cortés que enamorada, sin más ruego comenzó á tocar su zampoña, tras cuyo son suavemente dixo assí sus males:
AMARANTHA
Agua corriente serena,
que desde el Castalio coro
vienes descubriendo el oro
de entre la menuda arena,
y haces con la requesta
del verde y florido atajo,
parecer que está debajo
una agradable floresta.
Más bella y regocijada
en otras aguas me vi;
ya no me conozco aquí
según me hallo trocada,
y assí no pienso ponerme
á mirar en ti mi arreo,
pues cual era no me veo
y cual soy no quiero verme.
De mi parte estaba Amor
cuando me dexó mortal,
no vive más el leal
de lo que quiere el traidor;
vendióseme por amigo,
fuéme señalando gloria
y hizo de mi vitoria
triunfo para mi enemigo.
No quiero bien ni esperanza
de quien á mi costa sé
que tuvo en menos mi fe
que el gusto de su mudanza;
pero en tanto mal me place
que se goce en mi tormento,
si puede tener contento
quien lo que no debe hace.
Contigo hablo, alevoso
Amor, que si tal no fueras,
de mis ojos te escondieras
de ti mismo vergonzoso;
mas en daño tan sin par
claro se deja entender,
que el que lo pudo hacer
lo sabrá dissimular.
Querrás quizá condenarme,
que merezco mi passión;
pues sabes bien la razón,
consiénteme disculparme:
quise amar y ser amada,
pero fortuna ordenó
que la fe que me sobró
me tenga ya condenada.
¿Quién juzgará las centellas,
dime, Alfeo, en que vivías,
viendo ya las brasas mías
y á ti tan helado en ellas?
Tempestad fué tu dolor,
menos que en agua la sal,
pues no quedó de tu mal
cosa que parezca Amor.
Dime qué hice contigo,
ó lo que quieres que haga,
pues en lugar de la paga
me das tan duro castigo.
Tu voluntad se me cierra
cuando me ves que me allano;
¿tu corazón es serrano
que assí se inclina á la sierra?
No tengo celos de ti,
ni tu desamor se crea
que es por amar á Finea,
mas por desamarme á mí;
quejarme della no quiero
porque tú me vengarás,
que presto la dexarás
si no te dexa primero.
¡Mas, ay, que un tigre sospecho
que en mis entrañas se cría,
que las rasga y las desvía
y las arranca del pecho,
y un gusano perezoso
carcome mi corazón,
y yo canto al triste son
de su diente ponzoñoso!
Y confieso que algún día
me sobró la confianza,
mas si no hice mudanza
perdonárseme debía;
muera quien quiera morir,
y como lloro llorar,
que en esto suele parar
el demasiado reir.
Sólo aquel proverbio quiero
por consuelo en mi quebranto,
pues en tan contino llanto
le hallo tan verdadero:
las abejuelas, de flor
jamás tuvieron hartura,
ni el ganado de verdura,
ni de lágrimas Amor.
Los tiernos metros de la pastora Amarantha no sólo á Pradelio dieron contento, pero á otros muchos que le escucharon, y por no atajalla, apartados del manso arroyo por entre las plantas se iban deteniendo; al fin de los cuales llegaron á la falda de un fresco montecillo, donde el sitio de Diana comenzaba. Y en él vieron al pastor Alfeo que, en compañía de otros caminaba al templo de la diosa; aquí quedó la vencida Amarantha casi muerta, sin alzar los ojos de la tierra dixo: Mucho quisiera, pastor, acompañarte y dar á Diana los debidos loores, pero ya ves cuán mal se me ha ordenado; pues yo no puedo vivir donde Alfeo estuviere, aunque él sea mi propia vida y contento; mira si mi dolor es grave y mi ventura ligera, pues temo lo que deseo, y siendo aquella presencia la cosa que yo más amo, tantas veces la excuso cuantas puedo, como el que huyesse la luz, medroso de ser abrasado della; porque, mi buen Pradelio, cuando el amador no es desamado debe seguir contino lo que ama; pero después que conoce el adverso odio y enemiga, debe siempre excusar de dar fastidio, porque es llana cosa que entonces son las gracias grosserías, la beldad fiereza y la luz tiniebla; assí que el aborrecido por donde mas gana es buen callar y retraimiento, que nunca mejor me hallo que cuando sola llorando de mí misma me querello; por eso te ruego que, dexándome, te vas, y si á Alfeo de mi mal hablares, antes le cuentes mancillas que proezas, que aquellas creerá y á estotras dará la poca fe que siempre ha dado. Esto decía Amarantha con tantas lágrimas, que para ayudarla Pradelio, sólo bastara cualquier movimiento de su lengua, y assí, forzado desto, sin más respuesta que mirarla tiernamente, se partió della tan enemigo de nueva compañía, que dexando el camino derecho entró per una angosta senda que más de una milla se alargaba, y por ella apresurándose vino á rodear el templo que estaba en un valle escondido, no edificado de cedros ni de cipreses, pero de sólo laureles y fresca murta y no cortados; pero assí desde sus troncos, los ramos entretejidos y las hojas añudadas que por ninguna parte podía el sol entrar, salvo por la que con artificio se apartaban. En medio dél estaba la imagen de la hermosa Diana, de mármol resplandeciente; caían sus cabellos hasta la cinta, y en las blancas manos su arco y saetas con la pendiente aljaba, todo de fina plata, cristal y oro; estaba cercada de bultos de castas ninfas con las mismas armas de cazadoras: unas desnudas, sólo cubiertas con sus luengos cabellos; otras entre flores, tendidas, como fatigadas del presuroso curso, y otras vestidas de ricos paños, hinchendo de contentamiento el sacro templo, en el cual por un lado y otro había clavados muchos despojos, cabezas de jabalís, cuernos de ciervos, redes, arcos, cepos y otros instrumentos de la generosa caza; tenía dos altas puertas de maravilloso artificio abiertas, y cerrábanse con dos laureles que, puestos en dos vasos grandes de tierra cocida, y allí bastantemente cultivados, se podían quitar y poner cuando importaba. No era este templo aquel que en la provincia de Jonia estaba sobre su fiera Laguna, con ciento y veinte y siete colunas de rico mármol, parte dellas con esculturas, parte lisas como el bruñido acero, sobre las cuales todo el maderamiento era de labrado cedro y las puertas de oloroso ciprés, de anchura de doscientos y veinte pies y de longura cuatrocientos y veinte y cinco y de alto cada coluna ciento y veinte, hecho por las manos de Tesifón y Chersifón en doscientos y veinte años de trabajo. Pero creo que si el nuestro vieran las fuertes Amazonas se excusaran de hacer aquél, y el maldito Herostrato no se moviera á quemarle como el otro. Dejémosle y hablemos del presente, el cual, en el ancho pedestal de la bella Diana tenía, de menuda talla, las otras seis maravillas de la tierra.
Primero, el espantoso edificio de Babel, hecho ó verdaderamente reparado por la antigua Semíramis; en una parte del cual se veía el anchuroso campo, lleno de agradables frescuras, y de la otra parte herían las claras ondas del río Eufrates, acrecentando belleza á las puentes, alcázares, huertos y jardines que, sobre arcos, en los muros estaban edificados.
Tras esto estaba el fiero colosso ó estatua de Rhodas, que, aunque no pudo tallarse de setenta codos en alto como él era, á lo menos mostraban las facciones deste traslado claramente la grandeza de su original; y para mayor muestra muchos hombres de menor figura, puestos á sus lados, procuraban abrazar solo uno de sus dedos, pero menos podían que los vivos, en tiempo que este colosso se sostuvo en alto.
Después, entre la ciudad de Menfis y la isla del Nilo, Delta, estaba la excelsa pirámide que, comenzando en cuadro, subía su punta en increible altura de mármoles de Arabia; no tenía cada piedra como ella treinta pies, pero cercábanla con extraña viveza los trescientos y setenta mil hombres que tardaron veinte años en hacerla.
Luego el ancho y alto sepulcro que la honesta Arthemisa hizo para su caro marido, rey de Caria, que aunque no pudo dársele en circuito los cuatrocientos y seis pies, y en alto los veinte y cinco codos que él tenía, al menos diéronsele sus treinta y seis colunas de extraño artificio y riqueza, sembrando por todo él piezas de mucho valor y hermosura, y abriéndole con anchurosos arcos al Norte y al Mediodía, que era su propio asiento. Pero hacia la parte del Oriente estaba su artífice Escopas, de su propia labor maravillado, y á la del Septentrión Brias tendido como cansado de su larga y trabajosa jornada, y á la de Mediodía Timotheo con grande alegría; pero á la de Poniente Leocares como esperando la paga de su trabajo, junto á la viuda animosa que, más ocupada en su largo planto, sin respuesta la detiene, acaso por no ser la obra conforme á su voluntad acabada.
Más la provincia de Acaya en el Olimpo, entre las ciudades Elis y Pisa, y allí el simulacro ó figura de marfil de Júpiter, del artífice Fidias, de riqueza y arte incomparable y no con menos retratado.
Seguíanse otra vez los huertos pensiles de la alta Babilonia, y con ellos, frontera á las bocas del Nilo, de albíssima piedra cercada de agua, la alta y muy costosa Torre de Faros, en cuya altura se mostraban muchas y grandes lumbres dando guía á los presurosos navíos que por la ancha mar iban á tomar puerto.
No faltaba el obelisco de Semíramis, á manera de pirámide, salvo que era todo de una pieza, y en él por números señalados sus ciento y cincuenta pies en alto, y noventa y seis en circuito, como de los montes de Armenia fué sacado. Todo lo cual estaba en el último cuadro por la variedad de los que dello tratan, pero no estaba el antiguo templo de la Diosa, por no ofender al presente que con tanto cumplimiento suplía.
Acababan aquí las esculturas, las pinturas no, que sobre la una puerta estaba la ínsula Delfos, donde Latona, retraída de la fiera serpiente, se veía en el parto de la amada Diana, al fin del cual la misma hija ayudaba á la madre en el nacimiento de su hermano Apolo; el cual nacido se mostraba de tan perfetos matices, que verdaderamente se juzgara que él daba la luz al templo.
No era menos agradable el cuadro de la segunda puerta, donde la misma Diana, metida en su fresca y reservada fuente, había tornado ciervo al sin ventura Acteón, al cual sus propios lebreles rabiosamente despedazaban; y lo que más era de mirar del sutil artífice, que habiendo pintada una cabeza de perro ferocíssima se pintó temeroso junto á ella, queriendo honestamente loar la viveza de su pintura. Aquí entró Pradelio lleno de pesar, y viendo que la gente aun no era entrada, imaginó que estuviesse en la floresta, y assí se fué allá, que muy cerca estaba, donde con estudiosa y abundante mano parecía que la maestra Natura hubiesse querido señalarse. Eran las flores rojas, blancas y amarillas casi como rubís y diamantes entre el oro, y pienso que la esmeralda no llegasse á la fineza de la hierba; estaba en medio de la hermosa estancia una pura fuente de relevado cimiento, assí alrededor cercada de hierba y hoja que por ninguna parte se veía. Salía de allí un arroyo claro cercado de muchas plantas donde las varias aves seguras volando andaban de una en otra parte, sin faltar algunas que suavemente cantassen, no impidiendo al manso susurro que entre claveles y sándalos las abejuelas hacían. Halló Pradelio de la una parte de este arroyo que más ancha y llana era todos los pastores que buscaba esperando á las bellas ninfas que, nacidas en las aguas, en las selvas y en los montes, vivían en los secretos jardines y reservados lugares del sagrado templo. Y lo primero que el pastor vido fué á Mireno, que en compañía de Filena andaba cogiendo de las bellas flores. Sintió traspassar su corazón de rigurosa espina, y esforzándose cuanto pudo, se llegó á Siralvo y Filardo que estaban cerca de la fuente. Bien conocieron el dolor con que llegaba, y por no acrecentársele callaron. Y á poco rato que assí estuvieron, el gallardo Coridón, vaquero de valor y estima, rendido y ausente de la beldad de Fenisa y incitado de Sasio, comenzó á cantar al son de su lira esta sestina:
CORIDÓN
Faltó la luz de tus hermosos ojos,
dulce Fenisa, á los de mi alma triste,
y assí quedaron en eterna noche,
sin buscar otro alivio de su pena,
sino la muerte que les fuera vida;
¿mas cuándo les vendrá tan dulce día?
Si aquesta cuenta rematasse un día
cerrando ya mis afligidos ojos
para principio de otra nueva vida,
y pudiesse salir el alma triste
desta prisión mortal de infernal pena,
el sol saldría en medio de la noche.
Razón sería tras tan larga noche,
que apareciesse en el Oriente el día,
que no son dinos de llevar la pena,
pues que no fué la culpa de mis ojos,
el yerro fué de la ventura triste,
que siempre yerra á costa de mi vida.
Cómo podrá passar mi enferma vida
con la pesada carga de la noche,
que si es consuelo del doliente triste
la esperanza de ver el nuevo día,
ninguna tienen mis cansados ojos
que les pueda aliviar su grave pena.
Dure la ausencia, dóblese la pena
que á todo he de pagar con una vida,
no veré los despechos de mis ojos,
ni andaré tropezando por la noche,
ni tendré envidia de quien goza el día,
ni mancilla de mí, pues volví triste.
Por cuán más venturoso tengo al triste,
que le acaba la furia de su pena,
que al doliente, á quien va de día en día
atormentando la mezquina vida,
el vivir cesse ó cesse ya la noche:
ó véante ó no vean estos ojos.
Que no son ojos en tu ausencia triste,
son dura noche, son eterna pena,
pues en la vida no gozaron día.
Apenas dio Coridón fin á su canto, cuando se oyó resonar gran número de instrumentos, albogues, flautas, liras, cítaras, y cornamusas, que con suave harmonía se iban llegando á la floresta, y mirando los pastores á aquella parte vieron entrar sesenta ninfas, veinte del río, veinte del monte y veinte de las selvas; todas venían vestidas de sus propias telas de oro y seda, pero las unas traían guirnaldas de flores en sus frentes; las otras luengos ramos levantados, y los cabellos sueltos; las otras cogidos en varios velos y redes, y las aljabas á los hombros, los brazos desnudos y los arcos en las manos; tanta fué la hermosura de las Ninfas, que los pastores admirados, no sabían apartar los ojos dellas; no viniera allí la simpar Filida si no fuera por reparar la vida de su amante, que ya sabía de Florela en el estado que Siralvo estaba. Entró, pues, en la floresta tan aventajada á las demás, que no sólo á ellas, mas á la misma Diana, parecía que despreciasse. Brotó el suelo nuevas flores, el cielo mejor luz, la fuente más agua y los suaves vientos, arrogantes entre tanta beldad, desdeñándose de herir en los verdes ramos, entre las vestiduras de las ninfas, y los cabellos de sus cabezas mezclándose, hicieron graciosos y agradables juegos. Pues Siralvo, que atentamente miraba los ojos de Filida, y su alma en ellos, no es possible encarecer su sentimiento, ni es poca prueba de la hermosura de las pastoras no haber parecido mal entre las ninfas. No se detuvieron mucho en la floresta, antes llamando luego á los pastores, entraron al sagrado templo, donde quince en quince hicieron cuatro corros y los tres danzando y el uno tañendo, fueron dejando sus insignias sobre el altar: las del río sus guirnaldas, las de las selvas sus ramos y las de los montes, arcos y saetas. Con esto remitieron la oración al viejo Sileno, que entre ellos iba, y con aquel aspecto grave y gentil, vuelto al de la triforme Diana, primeramente alabó su excessiva belleza, y después con humildad le pidió perdón si algunas veces violaron los montes con la misma sangre de las fieras á ella consagradas, ó si acaso cansados de la propia caza, torpemente, el curso della maldixeron, y assimismo de otros errores y culpas, en que el frágil juicio suele caer; pero después de todo le rogó los librasse de las venenosas redes de los solícitos lisonjeros y falsos halagüeños, con la fuerza de los carnales apetitos, destruidores de devoción y salud; antes prestándoles de su cumplido favor, les diesse resistencia contra todo mal, contra todo daño y contra toda malicia. Y con esto, callando él, la música tornó á sonar, y las ninfas á la orden de sus corros, en que por gran espacio se ocuparon, hasta que pareciéndoles hora del reposo, tomando por orden sus insignias, tornaron á la floresta, y mezcladas con los pastores, se fueron repartiendo por las sombras, donde no faltaron rústicas y delicadas viandas, y algunos que durmiessen, y alguno que velasse. No os he contado la ventura de Siralvo: pues sabed que al salir del templo estuvo gran rato con Florela, que de parte de Filida le certificó que holgaba de su vida, y de la suya le avisó que se templasse en miralla, porque nunca aparencias sirvieron sino de dañar. Con esto volvió Siralvo tan contento que en sí mismo no cabía, y mientras todos reposaban, él á la sombra de un fresno en voz baxa estuvo recitando al silencio unos versos que hizo al principio de la ausencia, cuando entre temor y esperanza andaba el sufrimiento de partida; quien gustare de oirlos, podrá llegarse al pastor, en tanto que las ninfas duermen y quien no, passe por ellos y hallarálas despiertas.
SIRALVO
¡Oh tú, descanso del cansado curso
desta agra vida, á mi pesar, tan larga,
oye un momento en suma su discurso!
Y si mi boca más que hiel amarga
no te acertare á pronunciar dulzuras,
esso la culpa y esso la descarga.
Presentes sean mis entrañas puras,
mi limpio corazón, mi sano pecho,
atlantes firmes de mis desventuras.
Y tú, que con tus manos tienes hecho
el grave monte que su fuerza oprime,
no hagas cierto lo que yo sospecho.
Ya que tan grave mal no te lastime,
pues eres dél la causa, no la niegues,
porque, siquiera, á padecer me anime.
Amor te obliga que á razón te llegues,
y aun ella quiere que su fuerza entiendas:
no lo será, que con su lumbre ciegues.
¡Oh, es necesario que el rigor suspendas
de los duros peñascos, do no hallan
las aves nidos ni las bestias sendas!
Los perversos contrarios que batallan
por acabarme en desigual pelea
mientras te hablo, mira cómo callan.
Vieron mis ojos celestial idea
de gracia y discreción, tu soberana
beldad, que sola sin igual passea,
Desde la parte donde la lozana
aurora tierna de su luz hermosa,
abre á las gentes la primer ventana,
Hasta el ocaso á do la trabajosa
muestra, dada del sol, en premio justo,
en los brazos de Dórida reposa;
Y desde aquella do el ardor injusto
la habitación de su morada evita,
enflaqueciendo al Etíope adusto,
Hasta las fuentes donde el duro Scita
mata la sed y el inclemente Arturo
cuajando el mar, el curso al agua quita.
Y por essa beldad misma te juro
que, con ser en el mundo la primera,
es la menor que tiene en ti seguro,
La deleitosa y fértil primavera
de juventud, el sin igual tesoro
de esse rostro, do Amor teme y espera;
La mansedumbre y gravedad que adoro;
los cabellos que el ébano bruñido
han imitado, despreciando el oro;
El cristal de la frente, el encendido
rosicler puro ó púrpura de Oriente,
sobre los blancos lirios esparcido;
Las finas perlas, el coral ardiente,
con las dos celestiales esmeraldas,
beldad que loor humano no consiente,
Aunque de preciosíssimas guirnaldas
ciñen al sol y á Amor las francas sienes,
son las menores rosas de tus faldas.
Essotras plantas, que en el alma tienes,
que tocando en el cielo con sus ramas,
nos dan por fruto incomparables bienes;
Essos ricos tesoros que derramas
del pecho ilustre en abundancia tanta,
que á los deseos más remotos llamas;
Esse juicio, que á la tierra espanta;
esse donaire, que enamora el cielo;
esse valor, que á todos adelanta;
Essas y otras grandezas con que el suelo
tienes tan rico y tan enriquecida
el alma que te adora de consuelo,
Dejando aparte ahora el ser nacida
sobre las ilustríssimas llamada
y entre las más honestas escogida;
Y con ser de fortuna acompañada,
porque Himeneo al gusto te ofendía,
quisiste ser á Delia dedicada.
Aquestos bienes, que tu alma cría,
impressos en mi alma, y aun aquellos
de carne y sangre, en carne y sangre mía.
Llevo el yugo de Amor sobre dos cuellos,
que si no fuera más que de diamante,
fuera rompido á cada pa so dellos.
Cuando el cuello del cuerpo va delante
queda atrás el del alma, y cuando él passa,
cae el del cuerpo, y no hay quien le levante.
El uno quiere retirarse á casa,
llamado de la sombra y del reposo;
el otro al yermo, donde el sol abrasa;
El cuerpo está sediento, trabajoso;
el alma harta de sossiego llena,
¿quién compondrá combate tan furioso?
De suerte que, derecha la melena,
cuerpo y alma caminen, con templanza,
por la carrera para entrambos buena.
Y si hallaren muerta la esperanza,
y á la fe siempre viva que la llora,
juntos alaben á la confianza.
¿Mas, quién pondrá tan alta paz, señora,
entre dos enemigos tan contrarios,
que con lo que uno sana otro empeora?
Estos combates son tan ordinarios,
que los dones del alma escarnecidos
me son también mortales adversarios.
Los deleites del cuerpo no cumplidos,
los del alma turbados con engaños
y los inconvenientes tan unidos.
Bien sé que el solo medio destos daños
fuera apartarse deste cuerpo esta alma,
poniendo fin á mis cansados años.
Aquella fuera generosa y alma
vida del cuerpo cuando en tierra vuelto,
libre dejara al spíritu la palma.
Que como es el autor del mal revuelto,
y el alma está bañada en sus zozobras,
la vida es furia de enemigo suelta.
¡Oh tú, que á todas las potencias sobras
de bien y mal, tu pederosa mano
estampe en mí la fuerza de tus obras!
Que deste trance y cautiverio insano,
desta tristeza, deste mal terrible,
podrás dejarme libre, alegre y sano.
A tí sola ha dejado Amor posible
que aquesta piedra de mi gran cuidado
hagas, sobre esta roca, inconmovible.
Y estas navajas, con que el tierno lado
abre la rueda de mis fantasías,
sean rotas, y mi cuerpo desatado.
Y esta águila infernal, que tantos días,
me halla en este monte de sospechas,
no sepa más á las entrañas mías.
Y estas plantas y frutas tan ahechas
á burlar por momentos al deseo,
dejen mi sed y hambre satisfechas.
Mil continos estorbos ya los veo,
y otros más de creer dificultosos,
por mi corta ventura más los creo.
Ojos abiertos, pechos enconosos,
tu gran beldad, mis ricas intenciones,
cercadas de legiones de envidiosos.
Bien imagino yo que si te pones
á querer tropellar dificultades,
irás segura en carros de leones.
Bien tienes entendidas mis verdades,
y que en mí son llanezas conocidas
las que en mil otros son curiosidades.
Bien sabes que quisiera tantas vidas
cuantos momentos vivo por contallas,
por muy ganadas, en tu Amor perdidas.
Y bien sé yo que en mi rudeza hallas
iugenio soberano para amarte,
y sabes que te escucho aun cuando callas.
Entiendes que me huyo por buscarte,
y alguna vez tan sin piedad me dexas,
que pierdo la esperanza de hallarte.
Conoces claramente que mis quexas
llevan puro dolor sin artificio,
y con descuido mi cuidado aquexas.
Mis ojos ven que el principal oficio
que, sustentando el cuerpo, al alma honra,
es, no faltar los dos de tu servicio.
Y ven los tuyos, vueltos á mi honra,
que el rato que sin ellos me imagino,
tengo el alma y la vida por deshonra.
Alguna vez creciendo el desatino,
á fuerza del pestífero veneno
matarme ó despeñarme determino.
Acoge ¡oh mar! en tu sagrado seno
esta barquilla, que á tu golfo embiste,
porque se alabe de algún día sereno.
Essos divinos Nortes, que escogiste,
de la primera inacessible lumbre,
para alegrar al navegante triste,
Muéstrense en essa soberana cumbre,
hincha la vela el viento favorable
contra la calma desta pesadumbre.
Deje el cuidado el remo incomportable,
y estotras jarcias de trabajos llenas,
tórnense en ejercicio saludable.
Cántenme tus dulcíssimas sirenas,
que vencida del sueño mi barquilla,
y á voluntad la sangre de mis venas,
Si tu Neptuno á mi favor se humilla
aumentarás tus obras y mi suerte,
librando en tan heroica maravilla
á quien te ofrece el alma de la muerte.
Aunque Siralvo en sus versos iba mezclando tristeza, su corazón contento estaba; pero como pocas veces hallaremos un alegre sin un triste, Pradelio, que menos dormía, le fué buscando entre todos y le dió cuenta de la poca que ya Filena tenía con él, antes le era tan contraria, que á sus mismos ojos no se hartaba de favorecer á Mireno, y hablándole él, no le había respondido. Esto decía con tanto dolor y enojo, que casi quería reventar, y mientras Siralvo procuraba consolarse, ya los pastores y Ninfas, viendo passada la hora ardiente de la siesta, iban buscando la clara fuente y el manso arroyo. A una parte del agua llegaron las tres más hermosas del gremio de Diana: era la una Filida, diosa en los montes; la otra Filis, deesa en las selvas; la otra Clori, Ninfa en el río; con ellas estaban Silvia y Filardo y Filena y Mireno, entreteniéndose en dulces pláticas y suaves canciones; también llegaron Siralvo y Pradelio, uno de placer y otro de pesar incitados, y no faltaron los dos caudalosos y apuestos rabadanes Cardenio y Mendino. Gran cosa se había juntado si Pradelio no llegara: porque de once, solo él dejaba de estar contento; y mirando la sin par Filida la agradable compañía, escogió al triste para que cantasse; mas viendo Siralvo que no estaba para cantares, le disculpó con Filida, y rogó á Filardo que lo hiciesse; el cual, los ojos en la graciosa Silvia, tocó la lira, y comenzó á cantar assí al son della:
FILARDO
Tus ojos, tus cabellos, tu belleza,
soles son, lazos de oro, gloria mía,
que ofuscan, atan, visten de alegría,
el alma, el cuello, la mayor tristeza.
Fuego, no siente el alma tu aspereza;
yugo, no teme el cuello tu porfía;
que bastante reparo y osadía
concede Amor en tanta gentileza.
Rabia, que por mis venas te derramas;
oro, que á servidumbre me condenas;
beldad, por quien la vida se assegura,
Pues soy un nuevo Fénix en las llamas,
y hallo libertad en las cadenas,
amo y bendigo tanta hermosura.
En extremo contentó á todos el soneto de Filardo, pero más á Silvia y menos á Mireno, que invidioso de verla tan loada, sin que nadie le rogasse, sacó el rabel y vuelto á Filena, presumió de igualarla deste modo:
MIRENO
Sale la Aurora, de su luz vertiendo
las mismas perlas que el Oriente cría;
vase llenando el cielo de alegría,
vase la tierra de beldad vistiendo.
Las claras fuentes y los ríos corriendo,
las plantas esmaltándose á porfía,
las avecillas saludando el día,
con harmonía la nueva luz hiriendo.
Y esta Aurora gentil, y este adornado
mundo de los tesoros ricos, caros,
que el cielo ofrece, con que al hombre admira,
Es miseria y tristeza, comparado
á la belleza de tus ojos claros,
cuando los alzas á mirar sin ira.
Ya le pareció á Pradelio que perdía de su punto si á vuelta de aquellos sentimientos dulces no sonaba el amargo suyo, y pidiendo á Siralvo que tocasse la zampoña, los ojos y el color mudado, la acompañó diciendo:
PRADELIO
Mientras la lumbre de tus claros ojos
estuvo en el Oriente de mi gloria,
entendimiento, voluntad, memoria
ofrecieron al alma mil despojos.
Mas después que, siguiendo tus antojos,
á gente extraña fue su luz notoria,
es mi rico tesoro pobre escoria,
mis blandos gustos ásperos enojos.
Vuelva ya el rayo á su lugar usado;
pero no vuelva, que una vez partido,
no puede ser que no haya sido ajeno.
Mas ¡ay! sol de mi alma deseado,
vuelve á mis ojos, que una vez venido,
mi turbio día tornarás sereno.
A este soneto hizo Filena tan mal semblante, que Pradelio se arrepintió de haber cantado y aun de ser nacido; pero las Ninfas, que con gran gusto oían sus contiendas, pidieron que cantassen las pastoras. Ellas respondieron que aun faltaban pastores por cantar, y en haciéndolo ellos, ellas lo harían. Agradó á Clori la respuesta y tomando á Filena la lira, la dió á Mendino, el cual, los ojos en Filis, dixo, sin más excusa:
MENDINO
Ponen, Filis, en cuestión
mi corazón y mis ojos,
cuál goza de más despojos,
los ojos ó el corazón.
Los ojos dicen que os vieron,
y de vuestro grado os ven,
y que del presente bien
la primera causa fueron,
prueba en la misma razón
el corazón á los ojos;
¿que gozarán más despojos
los ojos ó el corazón?
Poco importa más testigo,
dicen los ojos que á ti;
dice el corazón, ni á mí,
de lo que tengo conmigo;
no les niega su razón,
el corazón á los ojos,
no le nieguen sus despojos
los ojos al corazón.
Su contienda es por demás,
pues todos llevan vitoria,
estando llenos de gloria,
sin que á nadie quepa más;
mas viva la presunción
del corazón y los ojos,
por ser de quien son despojos
los ojos y el corazón.
Son estos competidores
flacos, aunque liberales,
que en efeto son mortales
y hanlo de ser sus favores;
si pone el alma el bastón
entre corazón y ojos,
verán eternos despojos
los ojos y el corazón.
Contenta quedó Filis de la canción de Mendino, de manera que no lo pudo dissimular, y por pagar á Clori en su moneda, tomó la lira y diósela á Cardenio, el cual, aunque menos músico que enamorado, assí enmendó lo uno con lo otro:
CARDENIO
Por mirar vuestros cabellos
quitóse la venda Amor,
y estúvierale mejor
dar otro ñudo y no vellos.
Quítesela no entendiendo
lo que le podía venir,
valiérale más vivir
deseando que muriendo,
pues fué de los lazos bellos
atado con tal rigor,
que se le tornó dolor
toda la gloria de vellos.
Entenderá desta suerte
que fué grande devaneo
dar armas á su deseo
con que le diesse la muerte.
Voluntad de conocellos
fuera su pena mayor,
mirad si será peor
perder la vida por ellos.
Hizo sus ojos testigos
de tan alto merecer,
y dió su mismo poder
vitoria á sus enemigos;
que si con estos cabellos
quitó mil vidas Amor,
vengáranse en su dolor
los que padecen por vellos.
Quiso ver con qué prendía
y sus redes le prendieron,
y á herirle se volvieron
las flechas con que hería.
Quedar cautivo de aquellos
cabellos fué gran honor,
pero fuérale mejor
olvidallos y no vellos.
Cuando Cardenio acabó su canción, ya Siralvo tenía la zampoña en la mano, y mientras las Ninfas alabaron el passado canto, leyó él en los ojos de Filida el presente:
SIRALVO
Filida, tus ojos bellos
el que se atreve á mirallos,
muy más fácil que alaballos
le será morir por ellos.
Ante ellos calla el primor,
ríndese la fortaleza,
porque mata su belleza
y ciega su resplandor.
Son ojos verdes, rasgados,
en el revolver suaves,
apacibles sobre graves,
mañosos y descuidados.
Con ira ó con mansedumbre,
de suerte alegran el suelo,
que fijados en el cielo
no diera el sol tanta lumbre.
Amor, que suele ocupar
todo cuanto el mundo encierra,
señoreando la tierra,
tiranizando la mar,
para llevar más despojos,
sin tener contradición,
hizo su casa y prisión
en essos hermosos ojos.
Allí canta y dice: Yo
ciego fui, que no lo niego,
pero venturoso ciego,
que tales ojos halló,
que aunque es vuestra la vitoria
en dárosla fui tan diestro,
que siendo cautivo vuestro
sois mis ojos y mi gloria.
El tiempo que me juzgaban
por ciego, quíselo ser,
porque no era razón ver
si estos ojos me faltaban;
será ahora con hallaros,
esta ley establecida:
que lo pague con la vida
quien se atreviere á miraros.
Y con esto, placentero
dice á su madre mil chistes:
el arquillo que me distes
tomáosle, que no le quiero;
pues triunfo siendo rendido
de aquestas dos cejas bellas,
haré yo dos arcos dellas
que al vuestro dejen corrido.
Estas saetas que veis,
la de plomo y la dorada,
como herencia renunciada,
buscad á quien se las deis,
porque yo de aqui adelante
podré con estas pestañas,
atravessar las entrañas
á mil pechos de diamante.
Hielo que dexa temblando,
fuego que la nieve enciende,
gracia que cautiva y prende,
ira que mata rabiando;
con otros mil señoríos
y poderes que alcanzáis
vosotros me los prestáis,
dulcíssimos ojos míos.
Cuando de aquestos blasones
el niño Amor presumía,
cielo y tierra parecía
que aprobaban sus razones,
y él dos mil juegos haciendo
entre las luces serenas,
de su pecho, á manos llenas,
amores iba lloviendo.
Yo que supe aventurarme
á vellos y á conocer
no todo su merecer
mas lo que basta á matarme,
tengo por muy llano ahora
lo que en la tierra se suena,
que no hay Amor ni hay cadena,
mas hay tus ojos, señora.
No cesara con esto el cantar de los pastores, porque Silva y Filena también cantaran, si las Ninfas no oyeran señal en el templo que las forzaba á ir allá y assí, con gran amor despedidas de los pastores, por no serles permitido ir esta vez con ellas, por el mismo orden que primero, volvieron á visitar á la casta Diana, y los pastores y pastoras, que eran muchos y en diferentes ejercicios repartidos, dejando la floresta, unos con placer y otros con pesar tomaron el camino de sus ganados. Cardenio, Mendino y su mayoral Siralvo, tales iban como aquellos que se apartaban de su propia vida y contento. Filardo, Alfeo y Mireno, éstos sí que llevaban consigo todo su bien y descanso, pero el más contento de todos era Sasio, que supo allí que Silvera era venida al Tajo; y el más triste de los tristes Pradelio, que á rienda suelta Filena no sólo le negaba sus favores, pero, olvidada de la estimación que le debía, le iba escarneciendo. Tal llegó Pradelio á la ribera, que sus enemigos se pudieran lastimar, y viendo que la causa estaba tan lejos de hacerlo, determinó partirse y dejarse el ganado perdido, como él lo iba, y aquella misma noche, sin dar parte á amigos ni parientes, solo, sin guía, dexó los campos del Tajo con intención de pasar á las islas de Occidente, donde tarde ó nunca se pudiesse saber de sus sucessos, y para testigo de su apartamiento, llegando á la cabaña de Filena, en la corteza de un álamo que junto á ella estaba, dexó escrita esta piadosa despedida:
PRADELIO
Ya que de tu presencia,
cruel y hermossísima pastora,
parto por tu sentencia,
la desdichada hora
que con tanta razón el alma llora;
Queriendo ya partirme
de cuanto me solía dar contento,
habré de despedirme,
dando, en tanto tormento,
mis esperanzas y mi lengua al viento.
Adiós, ribera verde,
do muestra el cielo eterna primavera;
que el que se va y te pierde,
su partida tuviera
por muy mejor si de la vida fuera.
Adiós, serenas fuentes,
donde me vi tan rico de despojos,
que si quedáis ausentes,
presentes mis enojos
me dan otras dos fuentes de mis ojos.
Adiós, hermosas plantas,
adonde dejo el rostro soberano,
con excelencias tantas,
que todo el siglo humano
celebrará las obras de mi mano.
Adiós, aguas del Tajo
y Ninfas dél, que en el albergue usado
sentiréis mi trabajo,
pues el cantar passado
en tristeza y en llanto se ha trocado.
Adiós, laurel y hiedra,
que fregando uno en otro os encendía.
Adiós, acero y piedra,
de do también salía
el fuego que ya va en el alma mía.
Adiós, ganado mío,
que ya fui por tu nombre conocido,
mas ya por desvarío
del hado endurecido
tu nombre pierdo, pues que voy perdido.
Adiós, bastón de acebo,
que conducir solías mis ganados,
pues los que agora llevo
de penas y cuidados,
de Fortuna y Amor serán guardados.
Adiós, mastines fieros,
bastantes á vencer con vuestras mañas
los lobos carniceros,
antes que yo las sañas
de aquella que se ceba en mis entrañas.
Adiós, espejo escaso,
donde sólo se ve lo pobre y viejo,
pues fuera duro caso
mirarse el sobrecejo,
faltando al alma su más claro espejo.
Adiós, cabaña triste,
que en el tiempo passado más copiosa
de gozo y gloria fuiste;
ya, sola y enfadosa,
sierpes te habitarán, que no otra cosa.
Adiós, horas passadas;
testigo es aquel tiempo de vitoria,
que si debilitadas
perdistes ya mi gloria,
no os perderá por esso mi memoria.
Adiós, aves del cielo,
que no puedo imitar vuestra costumbre.
Adiós, el Dios de Delo,
que tu sagrada lumbre
fuera de aquí no quiero que me alumbre.
Adiós, adiós, pastores,
adiós, nobleza de la pastoría,
que sin otros dolores
turbará mi alegría
dejar vuestra agradable compañía.
Adiós, luz de mi vida,
Filena ingrata; en tan mortal quebranto
cesse mi despedida,
porque el dolor es tanto
que se impide la lengua con el llanto.
SEXTA PARTE
DEL PASTOR DE FILIDA
Possible cosa será que mientras yo canto las amorosas églogas que sobre las aguas del Tajo resonaron, algún curioso me pregunte: Entre estos amores y desdenes, lágrimas y canciones, ¿cómo por montes y prados tan poco balan cabras, ladran perros, aullan lobos? ¿dónde pacen las ovejas? ¿á qué hora se ordeñan? ¿quién les unta la roña? ¿cómo se regalan las paridas? Y finalmente todas las importancias del ganado. A esso digo que como todos se incluyen en el nombre pastoral, los rabadanes tenían mayorales, los mayorales pastores y los pastores zagales, que bastantemente los descuidaban. El segundo objeto podrá ser el lenguaje de mis versos. También darán mis pastores mi disculpa con que todos ellos saben que el ánimo del amado mejor se mueve con los conceptos del amador que con el viento las hojas de los árboles. La tercera duda podrá ser si es lícito donde también parecen los amores escritos en los troncos de las plantas, que también haya cartas y papeles: cosa tan desusada entre los silvestres pastores. Aquí respondo que el viejo Sileno merece el premio ó la pena, que como vido el trabajo con que se escribía en las cortezas, invidioso de las ciudades hizo molino en el Tajo donde convirtió el lienzo en delgado papel, y de las pieles del ganado hizo el raso pergamino, y con las agallas del roble y goma del ciruelo y la carcoma del pino hizo la tinta, y cortó las plumas de las aves: cosa á que los más pastores fácilmente se inclinaron. Desta arte podría ser que respondiese á cuanto se me culpasse; mas ya que yo no lo hago, no faltará en la necessidad algún discreto y benigno que vuelva por el ausente. Confiado en lo cual prosigo que la ausencia de Pradelio se sintió generalmente en el Tajo, porque era bueno el pastor para las veras y las burlas; bastante para amigo y enemigo, hombre de verdad y virtud y de nunca vista confianza; pero sobre todos lo sintió Siralvo, que en muchas cosas le tenía probado. Lloraron sus nobles padres Vilorio y Pradelia; cubrieron sus cabellos de oro las dos hermosas hermanas Armia y Viana, y la misma Filena, causa de la partida, bañó sus ojos en llanto en presencia del nuevo amor Mireno. Tal fuerza tiene la razón, que el que la niega con la boca con el alma la confiesa. Guíe el cielo á Pradelio, que donde quiera que vaya amigos hallará y patria quizás más favorable que la suya; y vueltos á los que quedan, sabed que los dos caudalosos rabadanes Mendino y Cardenio y el pastor Siralvo quedaron desta siesta de Diana tan desaficionados de los campos, tan enemigos de sus chozas y tan sin gusto de sus rebaños, que á pocos días ordenaron desampararlo todo y buscar sólo su contento; y entrando en acuerdo sobre el orden que tendrían, á Cardenio le pareció que en el bosque del Pino hacia la falda del monte se edificasse un albergue ancho y cubierto de rama, donde, apartados del concurso de la ribera, pudiessen expender las horas á su gusto. No le pareció á Mendino que el lugar era seguro para esto, antes sería fácilmente barruntado su propósito, por ser aquella parte visitada muchas veces de las Ninfas; á lo cual dixo Siralvo desta suerte: Yendo por el cerrado valle de los fresnos hacia las fuentes del Obrego como dos millas de allí, acabado el valle entre dos antiguos allozares, mana una fuente abundantíssima, y á poco trecho se deja bajar por la aspereza de unos riscos de caída extraña, donde por tortuosas sendas fácilmente puede irse tras el agua, la cual en el camino va cogiendo otras cuarenta fuentes perenales que juntas con extraño ruido van por entre aquellas peñas quebrantándose, y llegando á topar el otro risco soberbias le pretenden contrastar; mas viéndose detenidas, llenas de blanca espuma, tuercen por aquella hondura cavernosa como á buscar el centro de la tierra; á pocos pasos en lo más estrecho está una puente natural por donde las aguas passando, casi corridas de verse assí oprimir, hacen doblado estruendo, y al fin de la puente hay una angosta senda que, dando vuelta á la parte del risco, en aquella soledad descubre al Mediodía un verde pradecillo de muchas fuentes pero de pocas plantas, y entre ellas de viva piedra cavada está la cueva del Mago Erión, albergue ancho y obrado con suma curiosidad. Este es el solo lugar que os conviene, porque el secreto dél es grande y el apartamiento no es mucho. ¿Qué podréis allá pedir que no halléis? Todo está lleno de caza y de frescura, y aunque es visitado continuamente de las bellas Ninfas, no es lugar común á todos como el bosque del Pino, pues la compañía de Erión seros ha muy agradable. Éste sabe en los cielos desde la más mínima estrella hasta el mayor planeta su movimiento y virtud; en los aires sus calidades y en las aves dél y alimañas de la tierra lo mismo; en la mar tiene fuerza de enfrenar sus olas y levantar tempestades hasta poner sobre las aguas las arenas: la división de las almas irracionales y la virtud de la inmortal con profundíssimo saber. Pues llegando á los abismos las tres Furias á su canto, Alecto tiembla, Tesifón gime y Megera se humilla; Plutón le obedece y los dañados salen á la menor de sus voces. Pues de las penas de amor, sin hierba ni piedra, con sólo su canto hace que ame el amado ó aborrezca el aborrecido; y si le viene la gana vuelto en lobo se va á los montes, y hecho águila á los aires, tornado pez entra por las aguas, y convertido en árbol se aparece en los desiertos; no tiene Dios desde las aguas del cielo á las ínfimas del olvido cosa que no conozca por nombre y naturaleza; no es de condición áspera ni de trato oculto; allí recibe á quien le busca y remedia á quien le halla. Aquí podemos irnos que en probarlo se pierde poco, y yo sé que el ser bien recebidos está cierto. Cardenio, como de la ribera había estado tanto tiempo ausente, quedó admirado del gran saber del nuevo Erión; pero Mendino, que dél y de su estancia tenía mucha noticia, aunque pudiera desde el Mago Sincero estar escarmentado, fácilmente dando crédito á sus loores, determinó que le buscassen el siguiente día por poner aquél en cobro lo que les importaba dexar, que fué fácilmente hecho, y recogiéndose á las cabañas de Mendino, pusieron orden en la cena, que fué de mucho gusto, y al fin della no faltó quien se le acrecentasse, porque vinieron Batto y Silvano, pastores conocidíssimos, ambos mozos y ambos de grande habilidad, á buscar juez á ciertas dudas que Batto sentía de versos de Silvano; y el juicio de Siralvo fué que si todos los poetas fuessen calumniados, pocos escaparían de algún objeto; y colérico Silvano, en un momento puso mil á Batto, y de razón en razón se desafiaron á cantar en presencia de aquellos pastores, pero pareciéndoles la noche blanda y el aire suave, se salieron juntos á tomarle y oirlos á la fresca fuente: donde sentados sacaron la lira y el rabel, á cuyo son assí cantó Silvano y assí fué Batto respondiendo:
SILVANO
Dime que Dios te dé para un pellico,
¿por qué traes tan mal vestido, Batto,
presumiendo tu padre de tan rico?
BATTO
Porque el pastor de mi nobleza y trato
no ha menester buscarlo en el apero,
que una cosa es el hombre y otra el hato.
Mas dime, esse capote dominguero
¿quién te le dió? ¿Quizá porque cantasses
en tanto que comía el compañero?
SILVANO
Si á quien yo le canté tú le bailasses,
yo sé, por más que de rico te alabes,
si te diesse otro á ti, que le tomasses.
Mas ¿por qué culpas tales y tan graves
de Lisio traes sus RIMAS desmandadas,
de lengua en lengua que ninguna sabes?
BATTO
Calla y sabrás: ¿no ves cuán aprobadas
del mundo son las mías y la alteza
de mis LÍRICAS ODAS imitadas?
Tú tienes por tesoro tu pobreza,
y si lo es, está tan escondido
que para descubrirle no hay destreza.
SILVANO
Pastor liviano, ¿qué libro has leído
que de ti pueda nadie hacer caso,
si no estuviesse fuera de sentido?
El franco Apolo fué contigo escaso,
y por hacerte de sus paniaguados,
no te echarán á palos del Parnasso.
BATTO
Desso darán mis versos levantados
el testimonio y de mi poesía
sin ser como los tuyos acabados.
En diciendo fineza y hidalguía,
regalo, gusto y entretenimiento,
diosa, bizarro trato y gallardía.
SILVANO
¡Oh, qué donoso desvanecimiento!
Dessos vocablos uso, Batto mío,
porque son tiernos y me dan contento,
Pero las partes por do yo los guío,
son tan diversas todas y tan buenas,
que ellas lo dicen, que yo no porfío.
BATTO
¿Sabes lo que nos dicen? Que van llenas
de muy bajas razones su camino,
y si algunas se escapan son ajenas,
Y no hurtáis, Silvano, del latino,
del griego ó del francés ó del romano,
sino de mí y del otro su vecino.
SILVANO
Si tu trompa tomassen en la mano,
que la de Lisio apenas lo hiciste,
¿qué son harías, cabrerizo hermano?
Para vaciarla el sueño no perdiste,
para cambiarla sí, que no hallaste
otro tanto metal como fundiste.
BATTO
¡Basta! que tú en la tuya granjeaste
de crédito y honor ancho tesoro;
mas dime si en mis Rimas encontraste
La copla ajena entera sin decoro,
ó espuelas barnizadas de gineta,
con jaez carmesí y estribos de oro.
SILVANO
Descubriréte á la primera treta
tu lengua sin artículos, defeto
digno de castigar por nueva seta.
Tu nombre es Piedra toque y en efeto,
usando descubrir otros metales,
el miserable tuyo te es secreto.
BATTO
¡Oh tú, que con irónicas señales,
cansas los sabios, frunces los misérrimos,
viviendo por pensión de los mortales!
SIRALVO
Pastores, dos poetas celebérrimos
no han de tratarse assí, que es caso ilícito
motejarse en lenguajes tan acérrimos.
Ni á vosotros, amigos, os es lícito,
ni á mi sufrirlo, y es razón legítima,
que ande el juez en esto más solícito.
La honra al bueno es cordial epítima,
y los nobles conócense en la plática,
dándose el uno por el otro en vítima.
Aquí, donde la hierba es aromática,
con el sonido de la fuente harmónica,
al claro rayo de la luz scenática,
Suene Silvano, nuestra lira jónica,
Batto rosponda el rabelejo dórico
y duerma el Jovio con su dota Crónica.
Cada cual es poeta y es histórico,
y cada cual es cómico y es trágico,
y aun cada cual gramático y retórico.
Pero dexado, en un cantar selvático,
si aquí resuena Lúcida y Tirrena,
más mueve un tierno son que un canto mágico.
SILVANO
En hora buena, pero con tal pato
si pierde Batto, que esté llano y cierto,
que por concierto deste desafío,
ha de ser mío su rabel de pino;
y si benino Apolo se le allana,
y en él se humana para que me gane,
que yo me allane y sin desdén ó ira
le dé mi lira de ciprés y sándalos.
BATTO
No hagas más escándalos, satírico,
ni presumas de lírico y bucólico;
con algún melancólico lunático
te precias tú de plático en poética;
que esté su lira ética y él ético,
que mi rabel poético odorífero
no entrará en tan pestífero catálogo
ni en tal falso diálogo ni cántico.
SIRALVO
Si estilo nigromántico bastasse
á poder sossegar vuestra contienda,
tened por cierto que lo procurasse,
O callad ambos ó tened la rienda,
ó poned premios ó cantad sin ellos,
pero ninguno en su cantar se ofenda.
SILVANO
Dos chivos tengo, y huelgo de ponellos,
para abreviar en el presente caso,
contento de ganallos ó perdellos.
BATTO
Pues yo tengo, Siralvo, un rico vaso
que á mi opinión es de ponerse dino
con las riquezas del soberbio Crasso.
El pie de haya, el tapador de pino,
de cedro el cuerpo y de manera el arte,
que excede el precio del metal más fino.
Dédalo le labró parte por parte,
tallando en él del uno al otro polo,
cuanto el cielo y el sol mira y reparte.
Y cuando en tanta hermosura violo,
fuese por Delfos, y passando á Anfriso,
dióle al santo pastor el rubio Apolo.
Y cuando al carro trasponerse quiso
el retor de la luz, dejó el ganado
y aqueste vaso con mayor aviso,
Á las Ninfas del Tajo encomendado;
y ellas después le dieron á Silvana,
de quien mi padre fué pastor preciado.
Ella á él y él á mí; mas si me gana
Silvano, ahora quiero que le lleve.
SIRALVO
Y yo juzgaros con entera gana.
Batto á pagar y á no reñir se atreve,
y tú, Silvano mío, bien te acuerdas
que has prometido lo que aquí se debe.
Pues fregad la resina por las cerdas,
muestren las claras voces su dulzura
al dulce son de las templadas cuerdas.
Sentémonos ahora en la verdura;
cantad ahora que se va colmando
de flor el prado, el soto de frescura.
Ahora están los árboles mostrando,
como de nuevo, un año fertilíssimo,
los ganados y gentes alegrando.
Ahora viene el ancho río puríssimo,
no le turban las nieves, que el lozano
salce se ve en su seno profundíssimo.
Descubrid vuestro ingenio mano á mano,
cada cual cante con estilo nuevo,
comience Batto, seguirá Silvano,
diréis á veces, gozaráse Febo.
BATTO
¡Oh, rico cielo, cuya eterna orden
es claro ejemplo del poder divino,
haz que mis versos y tu honor concorden!
SILVANO
Para que deste premio sea yo dino
en mis enamorados pensamientos,
muéstrame, Amor, la luz de tu camino.
BATTO
Lleven los frescos y suaves vientos
mis dulces versos á la cuarta esfera,
pues ama el mismo Apolo mis acentos.
SILVANO
Dichoso yo si Lúcida estuviera
tras estos verdes ramos escuchando,
y oyéndose nombrar me respondiera.
BATTO
Pues no me canso de vivir penando,
la que me está matando,
debría templar un poco de mi pena.
Ablándate, dulcíssima Tirrena,
que siendo en todo buena,
no es justo que te falte el ser piadosa.
SILVANO
Pues cuando te me muestras amorosa,
Lúcida mía hermosa,
muy humilde te soy, seime benina.
Regala, diosa, esta ánima mezquina,
que mi fineza es dina
de que tu gallardía me entretenga.
BATTO
Si quiere Amor que mi vivir sostenga,
de Tirrena me venga
el remedio, que es malo de otra parte.
Mira que de mi pecho no se parte,
Tirrena, por amarte,
un Etna fiero, un Mongibelo ardiente.
SILVANO
Si yo dijesse la que mi alma siente,
cuando me hallo ausente,
de tu grande beldad, Lúcida mía,
Etnas y Mongibelos helaría,
porque su llama es fría,
con la que abrasa el pecho de Silvano.
BATTO
Cuando en mi corazón metió la mano,
sin dejarme entendello,
robóme Amor la libertad con ella,
dejando en lugar della
el duro yugo que me oprime el cuello.
SILVANO
El duro yugo que me oprime el cuello,
por blando le he tenido
llevado del dulzor de mi deseo,
por quien de Amor me veo
menos pagado y más agradecido.
BATTO
Menos pagado y más agradecido,
Amor quiere que muera,
quiéralo él, que yo también lo quiero,
y veráse, si muero,
cuánto mi fe, pastora, es verdadera.
SILVANO
Cuánto mi fe, pastora, es verdadera
es falsa mi esperanza,
porque mejor entrambas me deshagan,
y aunque ellas no la hagan,
nunca mi corazón hará mudanza.
BATTO
Tirrena mía, más blanca que azucena,
más colorada que purpúrea rosa,
más dura y más helada
que blanca y colorada;
si no te precias de aliviar mi pena,
hazlo al menos de ser tan poderosa,
que queriendo tus ojos acabarme,
con ellos mismos puedas remediarme.
SILVANO
Lúcida mía, en cuya hermosura
están juntas la vida con la muerte,
el miedo y la esperanza,
tempestad y bonanza,
sin duda á aquél que de tu Amor no cura
darás vida, esperanza y buena suerte,
pues por amarte, Lúcida, me han dado
la muerte el miedo y el adverso hado.
BATTO
¿Di, quién, recién nacido
de un animal doméstico preciado,
del todo está crecido,
de padre sensitivo fué engendrado,
mas nació sin sentido
y en esto su natura ha confirmado;
después, materna cura,
muda su sér, su nombre y su figura?
SILVANO
Di tu, ¿quién en dulzura
nace, y en siendo della dividida,
la llega su ventura
á otra cosa, que teniendo vida
muere ella y si procura
vivir, queda la otra apetecida,
haciendo su concierto,
del muerto vivo y del vivo muerto?
BATTO
El canto se ha passado querellándonos,
de aquellas inhumanas que, ofendiéndonos,
quedan sin culpa con el mal pagándonos.
SILVANO
Al principio pensé que, defendiéndonos,
tan solos nuestros premios procuráramos,
menos desseo y más passión venciéndonos.
SIRALVO
Pastores, mucho más os escucháramos,
aunque en razones no sabré mostrároslo,
porque de oiros nunca nos cansáramos.
Ponerme yo en mis Rimas á loároslo,
por más que lo procure desvelándome,
no será más possible que premiároslo.
BATTO
Pues yo, Siralvo, pienso, que premiándome,
saldrás de aquessa deuda conociéndote,
y en tu saber y mi razón fiándome.
SILVANO
Yo no pienso cansarte persuadiéndote
á lo que tú, Siralvo mío, obligástete,
y la justicia clara está pidiéndote.
SIRALVO
Batto, de tal manera señalástete,
de suerte tus cantares compusístelos,
que de tu mano con tu loor premiástete.
Y tú, Silvano, tanto enriquecístelos
tus conceptos de amor, que deste premio
como de cosa humilde desviástelos.
Por esto sin gastar largo proemio,
firmen las nueve musas mi sentencia,
pues sois entrambos de su ilustre gremio.
Iguales sois en música y en ciencia,
iguales sois en arte, en voz, en gracia,
assí yo os imitara en elocuencia,
como en cantar vosotros al de Thracia.
Bien confiado estaba cada cual destos pastores en su vitoria, porque á la verdad les cupo mucho al repartir de la arrogancia, pero el punto de honrados, que lo eran en extremo, venció en ellos, y pasaron afablemente por la sentencia de Siralvo, la cual aprobaron Mendino y Cardenio, y juntos se retiraron á las cabañas, porque el aire comenzó á correr menos fresco y en el cielo parecieron unas nubecillas, que cubrían la claridad de la Luna, entre relámpagos, aunque pequeños, muy espesos, y ya con desapacibilidad estaban en descubierto; no pareció, después de recogidos, que Batto y Silvano quedasen cansados, porque nueva, aunque amigablemente, sacaron contiendas, muy dignas de su habilidad, recitando versos propios y ajenos: Batto loando el italiano, Silvano el español, y cuando Batto decía un soneto lleno de musas, Silvano una glossa llena de amores, y no quitándole su virtud al hendecasílabo, todos allí se inclinaron al castellano, porque puesto caso que la autoridad de un soneto es grande y digno de toda la estimación que le puede dar el más apassionado, el artificio y gracia de una COPLA, hecha de igual ingenio, los mismos Toscanos la alaban sumamente y no se entiende, que les falta gravedad á nuestras RIMAS, si la tiene el que las hace, porque siempre, ó por la mayor parte, las coplas se parecen á su dueño. Y allí dixo Mendino algunas de su quinto abuelo, el gran pastor de Santillana, que pudieran frisar con las de Titiro y Sincero. ¿Y quién duda, dixo Siralvo, que lo uno ó lo otro pueda ser malo ó bueno? Yo sé decir, que igualmente me tienen inclinado; pero conozco que á nuestra lengua le está mejor el propio, aliende de que las leyes del ajeno las veo muy mal guardadas, cuando suena el agudo que atormenta como instrumento destemplado; cuando se reiteran los consonantes, que es como dar otavas en las músicas; la ortografía, el remate de las canciones, pocos son los que lo guardan, pues un soneto que entra en mil epítetos y sale sin conceto ninguno, y tiénese por esencia que sea escuro y toque fábula, y andarse ha un poeta desvanecido para hurtar un amanecimiento ó traspuesta del Sol del latino ó del griego, que aunque el imitar es bueno, el hurtar nadie lo apruebe, que en fin cuesta poco; pues que tras un vocablo exquisito ó nuevo, al gusto de decirle, le encajarán donde nunca venga, y de aquí viene que muchos buenos modos de decir, por tiempo se dejan de los discretos, estragados de los necios hasta desterrallos con enfado de su prolija repetición. Hora yo quiero deciros un soneto mío á propósito de que he de seguir siempre la llaneza, que aunque alguna vez me salgo della, por cumplir con todos, no me descuido mucho fuera de mi estilo.
SIRALVO
Si para ser poeta hace al caso
hablar de musas ó del dulce riso,
por mi descargo de conciencia aviso
que haga de mí el mundo poco caso.
Esto que me sucede á cada passo,
si quien quise me quiso ó no me quiso,
esto tengo en mis versos por más liso
que andar por Helicón ó por Parnasso.
Si Domenga me miente ó me desmiente,
¿qué me harán los Faunos y Silvanos,
ó el curso del arroyo cristalino?
Todos son nombres flacos y livianos,
que á juicio de sabia y cuerda gente,
lo fino es: pan por pan, vino por vino.
Á todos agradó el soneto de Siralvo, pero Batto, que era de contraria opinión, dijo otros suyos, haciéndose en alguno, Roca contrapuesta al mar, y en alguno, Nave combatida de sus bravas ondas, y aún en alguno, Vencedor de leones y pastor de inumerables ganados; en estas impertinencias se passó la mayor parte de la noche, y cargando el sueño, Batto y Siralvo cortésmente se despidieron, y Mendino y Cardenio quedaron con mucho agradecimiento, y Siralvo pagadíssimo de la habilidad de entrambos, con lo cual se entregaron al reposo, que aunque necesitado dél, fué breve, porque apenas cogió Titán los postreros abrazos de la tierna esposa, y la estrella del Alba pidió albricias del alegre día, y en los verdes ramos, cargados del maduro fruto, las avecillas comenzaron á moverse, cuando Mendino de sus gallardos miembros sacudió el sueño, y libres de aquella imagen de la muerte, salió del lecho y sacó á Cardenio y Siralvo, y todos tres dexando bastantes pastores y zagales, se pusieron en camino para buscar al sabio Erión, y á pocos pasos oyeron el son de una melodiosa zampoña, el cual llevando sus ojos á la parte donde resonaba, vieron venir por entre los sombríos ramos uno que en hermosura de rostro y gallardía de miembros más cortesano mancebo que rústico pastor representaba; eran sus luengos cabellos más rubios que el fino ámbar, su rostro blanco y hermoso, bien medido, cuyas facciones, debajo de templada severidad, contenían en sí una agradable alegría. Traía un sayo de diferentes colores gironado, mas todo era de pieles finíssimas de bestias y reses, unas de menuda lana y otras de delicado pelo, por cuyas mangas abiertas y golpeadas salían los brazos cubiertos de blanco cendal, con zarafuelles del mismo lienzo, que hasta la rodilla le llegaban, donde se prendía la calza de sutil estambre. Bien descuidado venía de ser visto y assí hacía extremos extraños aunque no feos, entre los cuales fué el uno quebrar furiosamente la zampoña con que las cercanas selvas resonaban; pero después, como arrepentido ó constreñido de necesidad, se llegó á un verde sauce, donde con un pequeño cuchillo comenzó á labrar otra, sentado sobre la fresca hierba, y allí las manos en su oficio y los ojos en el cielo comenzó á decir:
«¡Oh Cielo, que adornado de claro Sol y de agradable Luna, más te me muestras hermoso que benigno, si después de tu ira sueles oir las voces de los que con dolor te llaman, oye agora las querellas deste á quien todo bien y contentamiento es ajeno! Cierto yo creo que la causa de tanta pena y fatiga, de tanto mal y cuidado, de sólo imaginarlo no se acuerde; la cual cosa, si cierto es verdad, no sé cómo te baste dureza, no sé, ¡oh alto Cielo! cómo te baste justicia para no remediar tan fiero daño, aplacando aquélla que con su rostro los ojos míos alegrar solía, mi alma con sus palabras confortaba, mi corazón con su belleza atraía domado, no como agora al yugo del desamor y olvido, pero á la sabrosa cadena de su templada voluntad. Cierto yo no sé quién de aquí adelante me sea agradable, ni quién remedie mis daños, ni dé alivio á la carga de mi mal, si la que más amo y es la causa dél, tan olvidado le tiene, y tú, cielo sordo, tan descuidado estás de esta memoria. ¡Ay, Arsia mía, causa principal, contigo me vi alegre en dulces pláticas, contigo en deleite cazando por los altos montes, contigo dichoso visitando los sacros templos; ya sin ti por pequeña ocasión me veo triste, lleno de dolor y miseria; sin ti me veo mezquino, siempre llorando, solo y sin voluntad de compañía; ¡ay cuántas veces contigo coroné los toros, reduje y estreché los ganados con el son de mi zampoña y tu lira, al cual unos de pacer olvidados escuchaban y otros de placer conmovidos rumiaban las tiernas y matutinas hierbas! ¡y cuántas veces sin ti, olvidado el hato por los riscos y solitarios valles, me lamento, donde mis ojos te dan ríos, ríos te dan mis ojos; y mi triste zampoña te canta, entre mis justas querellas, alguna parte de tus más justos olores; de manera que ya los árboles á tu suave nombre con sus hojas me responden, y yo enseñaré á las bestias que con sus bramidos, al son dél, muestren temor y humildad, escribiendo por estos olmos, por estas hayas, por estos pinos, tu crueldad y mi pena, tu beldad y mi firmeza; de manera que en largos tiempos dure tu memoria, y de temor sea tu nombre reverenciado, sin que jamás la fama de tu valor y mi dolor se acabe!».
Apenas el sin ventura había llegado á los postreros acentos de su querellosa plática, cuando repentinamente, sin poder los pastores avisarse, le vieron caído en tierra, y queriendo llegar á socorrelle, les fué forzado dexarle por no impedir á una Ninfa que lastimosa á él vieron llegar, cuya hermosura juzgaron digna de las palabras del desmayado amante; mas ella llorosa y con angustiado rostro vertió sobre el pastor abundantes lágrimas, y después con ardientes sospiros le decía:
«¡Oh, Livio, Livio, más hermoso que el sol, más gracioso que el alba y más suave que el aura! Tú solo, desde tu nacimiento, fuiste agradable á mis ojos, tú sólo fuiste dulce á mi alma, tú solo deleitoso á mis sentidos, mas tú solo injusto á mis orejas. ¡Oh, Livio, Livio, amarga fueque tu voluntad violaste; contentáraste con lo mucho que te amaba; miraras la amistad que te hacía, pues bastara á entretener cualquier ardiente deseo; mas ¡ay! que ni bastó mi honestidad á refrenar tu apetito ni mi respeto á mudar tu intención, y assí con ambas cosas me injuriaste y con tu valor me tienes en tu cadena: conténtate con que si penas, peno; si amas, amo, y si me sigues, huyo de mi mismo contento y alegría, y no quieras más mal de lo passado, y agora, pues con mi vista te arrodillaste y con mis lágrimas recuerdas, quédate á Dios, que no es justo que veas á quien con el corazón amas y con los hechos aborreces!».
En esto la hermosa Ninfa, temerosa del pastor que en su acuerdo volvía, comenzó á apresurar los passos por la espessura; mas el pastor, que con sobresalto en sí volvió, mirando á una y á otra parte se levantó del suelo y la comenzó á seguir repitiendo su nombre muchas veces: de la cual cosa nuestros pastores extrañamente admirados, quisieron ver el fin de aquella historia, y siguiéronlos á passo largo sin detenerse más de una milla, que no los perdieron de vista hasta la traspuesta de un monte, que como tragados de la tierra se desaparecieron; y casi corridos de no haberlos alcanzado, baxaron de la cumbre y no se dexaron andar por un valle espacioso donde á partes yermo y á partes plantado estaba lleno de frescura y deleite. Llamábase éste el valle del Venero, porque casi en medio de él estaba una fresquíssima fuente rodeada de olmos y salces. Aquí guiaron nuestros pastores con intención de reposar un rato en ella y aliviar del peso á los zurrones comiendo de lo que dentro traían; mas esto no pudo ser como pensaron, que á poca distancia antes que llegassen, ya que á sus oídos tocaba el rumor de la agradable corriente, toparon á Carpino que les salió al encuentro, rico y noble rabadán, de poca edad y de muchos casos, amigo de Amor pero más de su libertad, y assí á cada cosa acudía con un mismo cuidado; éste les dijo que se detuviessen si no querían turbar á cinco Ninfas que en la fuente reposaban, y él había esperado si alguna desmandada viniesse por allí con intenciún de hablarle; mas ellas, después de largas pláticas se habían quedado dormidas, y que á la otra parte del valle á la entrada de la selva tenían sus redes armadas y otra Ninfa que las estaba guardando; al razonar de Carpino, ó caso que ellas lo oyessen, ó que el cuidado les quitasse el sueño, comenzaron á hablar, y los pastores, por oirlas, se entraron con gran silencio entre las matas, donde fácilmente las conocieron y se vieron llenos de contentamiento. Por lo menos eran la sin par Filida, la discreta Filis, la gallarda Clori, la hermosa y agradable Albanisa y la graciosa y bella Pradelia, entre las cuales Filida, sacando la lira por su ruego casi divinamente tocada, y pienso que de los divinos espíritus atentamente oída, cantó esta letra antigua con estas coplas de su raro ingenio:
Letra.
FILIDA
Enjuga, Filis, tus ojos,
que el tiempo podrá curar
lo que no tú con llorar.
Coplas.
Si piensas que son las penas
con el llorar redimidas,
más lágrimas hay vertidas
que tiene la mar arenas;
y pues ellas no son buenas,
al tiempo debes llamar,
que puede más que llorar.
Si acaso el llorar bastara
á aliviar nuestros quebrantos,
yo que sufro y callo tantos,
hasta secarme llorara.
Pero pues es cosa clara,
que no tiene de bastar,
¿para qué sirve llorar?
No hay peligro tan ligero
que con llorar se asegure,
ni mal que el tiempo no cure,
por desvariado y fiero;
el reparo verdadero
el tiempo te le ha de dar,
que no, Filis, el llorar.
Si es fuego que Amor emprende,
no le mata el agua, no,
que como en la mar nació
con el llorar más se enciende;
pues mi consejo te ofende,
toma el tiempo en su lugar,
valdráte más que llorar.
Esta canción fué solenizando Filida con su gracia, las Ninfas con sus loores y los pastores con su silencio, pero Filis con sus sospiros, y al fin della, con ellos y este soneto acompañó la lira:
FILIS
Pues la contraria estrella de mi vida
no hace cosa que no sepa á muerte,
tenga piedad de mi dolor la muerte,
poniendo fin á tan cansada vida,
Tal ha sido el discurso de la vida,
que mil vidas daré por una muerte;
quizás satisfaré con esta muerte
á quien siempre ofendí con esta vida.
Siempre fueron contrarias vida y muerte,
que va la muerte á quien querría la vida,
que está la vida en quien desea la muerte.
Yo que soy enemiga de la vida,
líbrame della, perezosa muerte,
antes que muera á manos de tal vida.
Acabó Filis su cantar, mas no cessaron sus sospiros, á la cual Clori piadosamente dixo: Desde ayer te veo llorosa, Filis, y no te he preguntado la causa; pero pues Filida te ha procurado consolar, dime qué nueva passión te aflige para que yo también lo haga. A esto respondió Filis: «No es nuevo tener yo que llorar, ni dolerte tú de mis pesares; mas ahora son de manera que los extraños lo pueden hacer, cuanto más Filida y tú á quien yo tanto amo. El descuido de Mendino me tiene llena de sospechas, y nunca el alma me dice cosa que me engañe». Palabras fueron estas que hicieron temblar el corazón de alguna que allí estaba y por muy amada de Mendino se tenía; turbó el color de su rostro y atravesó razones que descubrieron más su sentimiento, lo cual mirando Clori con gracioso semblante dixo: Todos los hombres son mudables, y á la verdad menos nosotras nos dexamos olvidar, pero yo muy disculpada estoy en haber dexado Castalio por Cardenio, pues hice la voluntad de su padre y el mío, y aun mi negocio y el suyo: pésame que Mendino te dé ocasión de quexarte aunque ya tú le conoces; bien sabes á quién amó en el Henares, y en apartándose en lo que se entretuvo, y que apenas murió Elisa, cuando se ocupó en otras partes, que antes de llegar á ti tuvo muchas leguas de mal camino. A esto dixo Filis: ¡Oh, Clori, qué engaño tan grande es pensar que tenga Mendino olvidado su primer amor! Más vivo está en su alma que nunca estuvo; con esta carga le tomé, Ninfa; y de otras muertas y vivas antes de mí, poco me penó, que es agua passada: cosas nuevas son las que escuecen y lo harán hasta la muerte. Esso me admira, dixo Clori; luego cuando trata Mendino, ¿pasatiempo y burla es? Tenlo por cierto, dixo la bella Albanisa; que yo soy bastante testigo de sus veras y sé que con nadie las puede tener, porque las consagró á buen lugar. Su hado lo sea, dixo Pradelia, que el contento general sería. A esto Filis quiso responder, mas fué impedida de Florela, que estaba en guarda de las redes, y como vido llena la selva de aves que se venían á recoger del sol, presurosa le vino á avisar, y ellas sin detenerse dejaron la plática y la fuente y siguieron á Florela. Los pastores, que ni palabra ni afecto habían perdido, cuál confuso y cuál contento se fueron con el mismo secreto siguiéndolas por entre las plantas; hasta que, sin avisarse, toparon con una de las redes, teñida en verde perfetíssimo, que de dos altos chopos hasta la tierra pendía. A un lado estaba una alta peña cubierta con las copas de árboles, donde los cuatro pastores subiéndose sin ser vistos, descubrían la selva: vieron las hermosas Ninfas, que, puestas en ala, con largos ramos en las manos comenzaron á sacudir las plantas, trayendo cada una las aves hacia sus redes, que, espantadas del ruido, de rama en rama venían hasta dar en ellas. No á cuarto de hora que desta suerte fatigaron la selva, sus anchas redes se sembraron de más de cien maneras de aves, desde el simple ruiseñor hasta la astuta corneja. Y á este tiempo, passando Ergasto por la selva, sentado sobre el asnillo, las Ninfas le llamaron para que las ayudasse á desprender, las redes: ésta tomaron los pastores por propicia ocasión, y decendiendo á las Ninfas, alegremente fueron dellas recibidos. Allí vió Siralvo todo su bien; Cardenio todo su gusto, porque era general con Ninfas y pastoras; pero Mendino, que había oído hablar tan profundamente de sí, con más recato gozó de aquella buena suerte; y todos juntos llegándose á las redes, baxó Siralvo las de Filida, Cardenio las de Clori, Mendino las de Albanisa, que era su deudo y verdadero amigo; Carpino las de Filis y Ergasto las de Pradelia, y echándolas sobre el asnillo, á Florela se le encomendó que las llevasse al monte, y en tanto que tornaba acordaron de volverse juntos á la fuente. ¡Oh, amadas Ninfas; oh, pastores míos! ¿quién podrá decir lo que allí passastes? ¿Quién viera á Siralvo ardiendo en su castíssimo amor, donde jamás sintió brizna de humano deseo; á Cardenio tan enriquecido de despojos; á Carpino tan inclinado á todas, y á Mendino de todas tan juzgado, que sola Albanisa le defendía? No se descuidó Cardenio en decir cómo los tres iban buscando la cueva de Erión, con intención de habitar en ella, ni las Ninfas contradijeron su propósito, antes le aprobaron; y al fin de sus razones Filida pidió á Siralvo que cantasse, y él, que quizá lo tenía más gana, sacó la lira, á cuyo son dixo mirando los ojos de la hermosa Ninfa:
SIRALVO
Ojos llenos de consuelo,
si vuestra luz me faltasse,
fálteme él, si no esquivasse
los míos de la del cielo;
quien de vuestro mírar tierno
gozó la gloria algún día,
fuera della, ¿qué vería
que no le fuesse un infierno?
Van el daño y el provecho
tan juntos en esta historia,
que vuestra sola memoria
fabrica un cielo en mi pecho;
pero si el helado miedo
de perderos llega allí,
¿quién dará señas de mí?
Hable Amor, que yo no puedo.
No será poca osadía
tenerla Amor en hablar,
que yo le he visto temblar
á vuestra luz más de un día;
él me ofende y yo le ofendo
si nuestras causas callamos,
ojos, hablemos entramos,
él temblando y yo muriendo.
Vos sabéis que no hay quien huya
de essos rayos vencedores,
y él sabe que sois señores
de mi alma y de la suya;
yo sé que si me dexáis
llevará Muerte la palma,
pues tanto tengo en el alma,
ojos, cuando me miráis.
Cuando miráis producís
mayos de contentamiento,
y á cualquier apartamiento
inviernos los convertís,
y en la sequedad mayor,
como tornéis á mirar,
el más marchito lugar
vuelve de vuestro color.
Teniendo tales maestros,
tal espíritu quisiera,
que quien mis loores oyera
conociera que eran vuestros;
mas si en la intención se gana,
en el efecto se yerra:
mal podrá pincel de tierra
sacar labor soberana.
A la gloria de miraros
sólo iguala el bien de veros,
y á la pena de perderos
el dolor de no hallaros;
el punto que os puedo ver
es el que tiene el deseo,
y si no os veo, no veo;
ved si hay más que encarecer.
Aunque mi alma sustenta
vuestra luz en mis enojos,
la sed de veros, mis ojos,
con miraros se acrecienta;
y ¿qué señal más segura,
qué razón más conocida
de estar sin alma y sin vida,
que haber en veros hartura?
Sois grandezas peregrinas,
sois milagros inmortales,
sois tesoros celestiales,
sois invenciones divinas,
sois señales de bonanza,
sois muertes de los enojos,
sois ídolos de mis ojos,
sois ojos de mi esperanza.
Por más agradable tuviéramos á Florela, á ser esta vez menos diligente, porque no hizo más de llegar al monte y en lugar señalado dejar en guarda la caza y volverse con el asnillo de Ergasto á llamar á las ninfas que la fuessen á repartir. Llegó cuando Siralvo acababa su canción, y acabóseles á todos el contento, porque á la hora, dejando sentimiento en el lugar cuanto más en los corazones, que más que á sí las amaban, las ninfas se despidieron; también el galán Carpino se fué por su parte, Ergasto por la suya; Cardenio, Mendino y Siralvo atravessaron por sendas y veredas al valle de los Fresnos, y á la misma hora de medio día bajaron los riscos y passaron á la morada de Erión, donde le hallaron curando con hierbas á un miserable pastor que, siguiendo á una ninfa á quien amaba y se huía, con rabia y dolor se había despeñado, y sus amigos lleváronle al mago sin sentido. Luego conocieron los pastores que era el mismo que ellos venían siguiendo, y después de saludar á Erión y ser dél alegremente recebidos, ayudaron allí en lo que pudieron, hasta que Livio, que si os acordáis assí le llamó la ninfa, volvió en sí, y haciéndole beber de un precioso licor, quedó totalmente reparado y arrepentido, que tal fuerza puso Díos en el saber humano. Con esto Mendino apartó al mago y le dixo cómo los tres venían por algunos días á habitar su morada, de que Erión recibió mucho contento, y despidiendo á Livio y á sus compañeros, entró con los tres por los secretos de su cueva, que, para no la agraviar, era de realíssima fábrica, pero toda debajo de tierra, con anchas lumbres que en vivas peñas se abrían á una parte del risco, donde jamás humano pie llegaba. No sé yo si esto fuesse por fuerza de encantamiento ó verdadero edificio, pero sé que su riqueza era sin par. Primero entraron á una ancha y larga sala de blanco estuco, donde, en concavidades embebidas, estaban de mármol los romanos Césares, unos con bastones y otros con espadas en sus manos, y en los pedestales abreviados versos griegos y latinos, que ni negaban á Julio César sus vitorias ni callaban á Heliogábalo sus vicios. El techo desta sala era todo de unos pendientes racimos de oro y plata, que por sí pudieran clarificar el alto aposento, en medio del cual estaba una mesa redonda de precioso cedro sobre tres pies de brasil, diestramente estriados, y alrededor los assientos eran de olorosa sabina. Aquí pienso que el mago adivinó la necessidad, porque los hizo sentar y sacó fresquíssima manteca y pan, que en blancura le excedía, sin faltar precioso vino, que con el agua saltaba de los curiosos vasos, y habiendo satisfecho á esta necessidad, entraron á otros aposentos (aunque no tan grandes), de mucha más riqueza. Admirados quedaron los pastores de que en las entrañas de los riscos pudiesse haber tan maravillosa labor, pero á poco rato perdieron la admiración desto, y la hallaron mayor en un fresco jardín que sólo el cielo y ellos le veían, donde la abundancia de fuentes, árboles y hierbas, la harmonía de las diversas aves y la fragancia de las flores, representaban un paraíso celestial; á la una parte del cual estaba una lonja larga de cien passos y ancha de veinte, cubierta de la misma labor de la primera sala. Era el suelo de ladrillo esmaltado, que por ninguna parte se le veía juntura; á una mano era pared cerrada y á otra abierta, sobre colunas de un hermoso jaspe natural; por todas partes se veía llena de varias figuras que, de divino pincel, con la naturaleza competían, y en la cabecera se levantaba, sobre diez grados de pórfido, un suntuoso altar, cubierto de ricos doseles de oro y plata, y en él la imagen de la ligera Fama, cubierta de abiertos ojos y bocas, lenguas y plumas, con la sonora trompa en sus labios; tenía á sus lados muchos retratos de damas de tan excesiva gracia y hermosura, que todo lo demás juzgaron por poco y de poca estima. Aquí Erión los hizo sentar en ricas sillas de marfil, y él con ellos, al son de una suave baldosa, assí les dixo, puestos los ojos en la inmensa beldad de las figuras:
ERIÓN
Desde los Etíopes abrasados
hasta los senos del helado Scita,
fueron nueve varones consagrados
á la diosa gentil que al alma imita;
los nueve de la Fama son llamados,
y lo serán en cuanto el que se quita
y se pone en Oriente para el suelo,
no se cansare de habitar el cielo.
Agora cuanta gloria se derrama
por todo el orbe, nuestra Iberia encierra
en otras lumbres de la eterna Fama,
por quien sus infinitas nunca cierra;
recuperaron con su nueva llama
aquella antigua que admiró la tierra,
para que, como entonces de varones,
muestre de hoy más de hembras sus blasones.
Estas cuatro primeras son aquellas
que á nuestro cristianíssimo monarca
han prosperado las grandezas dellas
más que cuanto su fuerte diestra abarca;
después que el mundo vió su fruto en ellas,
segó las flores la violenta Parca.
Luso, Galia, Alemania con Bretaña
lloran, y Iberia el rostro en llanto baña.
Tras ellas la Princesa valerosa,
aquella sola de mil reinos dina,
á quien fué poco nombre el de hermosa,
no siendo demasiado el de divina;
á cuya sombra la virtud reposa
y á cuya llama la del sol se inclina,
ínclita y poderosa doña Juana,
por todo el mundo gloria Lusitana.
Las dos infantas que en el ancho suelo
con sus rayos claríssimos deslumbran
como dos nortes en que estriba el cielo,
como dos soles que la tierra alumbran,
son las que á fuerza de su inmenso vuelo
el soberano nombre de Austria encumbran,
bella Isabel y Catarina bella,
ésta sin par y sin igual aquélla.
De claríssimos dones adornadas
luego veréis las damas escogidas
que, al soberano gremio consagradas,
rinden las voluntades y las vidas;
ni de pincel humano retratadas,
ni de pluma mortal encarecidas,
jamás pudieron ver ojos mortales
otras que en algo pareciessen tales.
Aquel rayo puríssimo que assoma,
como el sol tras el alba en cielo claro,
es doña Ana Manrique, de quien toma
la bondad suerte y el valor amparo;
la siguiente es doña María Coloma,
que en hermosura y en ingenio raro,
en gracia y discreción y fama clara
su nombre sube y nuestra vida para.
Hoy la beldad con el saber concuerda[1271],
hoy el valor en grado milagroso,
en otras dos que cada cual acuerda
la largueza del cielo poderoso;
ésta de Bobadilla y de la Cerda,
con estotra de Castro y de Moscoso,
una Mencía y otra Mariana:
ésta el lucero y ésta la mañana.
Doña María de Aragón parece
esclareciendo al mundo su belleza;
su valor con su gracia resplandece,
su saber frisa con su gentileza,
y la que nuestra patria ensoberbece,
y á Lusitania pone en tanta alteza
con cuantos bienes comunica el cielo,
es la bella Guiomar, gloria de Melo.
La más gentil, discreta y valerosa,
la de más natural merecimiento,
será doña María, en quien reposa
el real nombre de Manuel contento;
y esta Beatriz, tan bella y tan graciosa,
que excede á todo humano entendimiento,
luz de Bolea, diga el que la viere:
Quien á tus manos muere, ¿qué más quiere?
Doña Luisa y doña Madalena
de Lasso y Borja, el triunfo que más pessa,
vida de la beldad, de amor cadena,
de la virtud la más heroica empressa,
que cada cual con su valor condena
á la fama inmortal que nunca cessa,
ni cessará eu su nombre eternamente:
veislas allí, si su beldad consiente.
Aquel cuerpo gentil, aquel sereno,
rostro que veis, aquel pecho bastante,
es de doña Francisca, por ser bueno
Manrique, porque va tan adelante;
y aquellas dos, que no hay valor ajeno
que se pueda llamar más importante,
son doña Claudia y Jasincur, adonde
con el deseo la gloria corresponde.
De Diatristán el nombre esclarecido,
en Ana y en Hipólita se arrima,
y en ellas vemos el deseo cumplido
de cuantos buscan de beldad la cima;
su mucho aviso, su valor crecido,
de suerte se conoce, assí se estima,
que vista humana no se halla dina
para mirar tal dama y tal Menina.
Doña Juana Manrique viene luego,
doña Isabel de Haro en compañía,
y doña Juana Enríquez, por quien niego
que haya otras gracias ni otra gallardía;
por estas tres espera el Amor ciego
quitar la venda y conocer el día,
que esta estrella, este norte, este lucero,
serán prisión de más de un prisionero.
Aquesta es la claríssima compaña
que el invicto Felipe escoge y tiene
con los soles puríssimos de España,
y cuanto el cielo con su luz mantiene;
de lo que el Tajo riega, el Ebro baña,
mostraros otras lumbres me conviene,
que donde aquestas son fueron criadas,
y otras no menos dinas y estimadas.
La que con gracia y discreción ayuda
á su mucha beldad, con ser tan bella,
que si estuviera su beldad desnuda,
gracia y saber halláramos en ella,
doña Luisa Enríquez es sin duda;
duquesa es del Infantado, aquella
en quien el cielo por igual derrama
hermosura, linaje y clara fama.
Desta rama esta flor maravillosa,
de aqueste cielo aquesta luz fulgente,
deste todo esta parte gloriosa,
de aquesta mar aquesta viva fuente;
bella, discreta, sabia, generosa,
es gloria y ser de inumerable gente,
dice doña Ana de Mendoza el mundo,
y el Infantado queda sin segundo.
Aquellas dos duquesas de un linaje,
entrambas de Mendoza, entrambas Anas,
á quien dan dos Medinas homenaje,
de Sidonia y Ruiseco, más humanas
rinden las alabanzas vassallaje,
á sus altas virtudes soberanas,
Mendoza y Silva, en sangre y en ejemplo
de valor y beldad el mismo templo.
Doña Isabel, gentil, discreta y bella,
de Aragón y Mendoza, allí se muestra
marquesa de la Guardia, en quien se sella
todo el ser y valor que el mundo muestra;
¿qué bien da el cielo que no viva en ella?
¿qué virtud hay que allí no tenga muestra?
Diga el nombre quién es, que lo que vale,
no hay acá nombre que á tal nombre iguale.
Mirad las dos de igual valor, doña Ana
y doña Elvira, cada cual corona
de cuanto bien del cielo al mundo mana,
como la fama sin cessar entona,
Enríquez y Mendoza, por quien gana
tal nombre Villafranca y tal Cardona,
que de su suerte y triunfo incomparables
quedarán en el mundo inestimables.
Humane un rayo de su rostro claro
en mi pecho, si quiere ser loada,
aquélla que en virtud é ingenio raro
es sobre las perfetas acabada:
ser condesa de Andrada y ser amparo
de Apolo, es alabanza no fundada;
ser doña Catarina, ésta lo sea
de Zúñiga y del cielo viva idea.
Veis las dos nueras del segundo Marte,
y de la sin igual en las nacidas,
á quien el cielo ha dado tanta parte,
que son por gloria suya conocidas:
la una dellas en la Albana parte,
y la otra en Navarra obedecidas,
son María y Brianda y su memoria,
de Toledo y Viamonte honor y gloria.
Aquella viva luz en quien se avisa
para alumbrar el claro sol de Oriente,
que entre sus ojos lleva por devisa
la gracia y la prudencia juntamente,
será la sin igual doña Luisa
de Manrique y de Lara procediente,
duquesa de Maqueda, y más segura
reina y señora de la hermosura.
Aquella que los ánimos recuerda
á buscar alabanza más que humana,
á donde, si es possible que se pierda,
hallaréis la beldad, pues della mana,
la gloria de Mendoza y de la Cerda,
es la sabia y honesta doña Juana,
por quien la gracia y el valor se humilla
y se enriquece el nombre de Padilla.
Aquella en quien natura hizo[1272] prueba
de su poder, y el cielo y la fortuna,
doña Isabel riqueza de la Cueva,
duquesa es de la felice Ossuna;
y el claro sol que nuestros ojos lleva
á contemplar sus partes de una en una,
es doña Mariana Enríquez, bella,
fénix del mundo, para no ofendella.
La que con sus virtudes reverbera
en su misma beldad, luz sin medida,
es doña Guiomar Pardo de Tavera,
en quien valor y discreción se anida;
y la que levantando su bandera
es á las más bastantes preferida,
es doña Inés de Zúñiga, en quien cabe
cuanto la fama de más gloria sabe.
Veis aquella condesa generosa
de Aguilar, á quien Amor respeta,
entre las muy hermosas más hermosa
y entre las muy discretas más discreta,
que de virtud y gracia milagrosa
tocar la vemos una y otra meta,
doña Luisa de Cárdenas se llama,
gloria del mundo y vida de la fama.
Ved el portento que produjo el suelo
donde natura mayor gloria halle,
Madalena gentil, que el cortés cielo
Cortés le plugo su consorte dalle,
Cortés levanta de Guzmán el vuelo,
Guzmán resuena en el felice Valle,
porque el descubridor del Nuevo Mundo
goce del nuevo triunfo sin segundo.
Aquella de valor tan soberano
que es agravio loarla en hermosura,
aunque natura, con atenta mano
se quiso engrandecer en su figura,
en quien linaje y fama es claro, y llano
poner su raya en la suprema altura,
condesa de Chinchón; mas es el eco,
que lo cabal es doña Inés Pacheco.
Doña Juana y doña Ana, son aquéllas
de la Cueva y la Lama, madre y hija,
Medina Celi y Cogolludo en ellas
tienen el bien que al mundo regocija:
hermosura y valor que están en ellas,
sin que halle la invidia que corrija,
fama y linaje deste bien blasonan
y las virtudes dellas se coronan.
Aquella fortaleza sin reparo,
aquella hermosura sobre modo,
aquella discreción, aquel don raro
de dones, y el de gracia sobre todo,
del tronco de Padilla, lo más claro
de las reliquias del linaje godo,
en quien del mundo lo mejor se muestra,
es marquesa de Auñón y gloria nuestra.
Aquélla es la princesa por quien suena
la temerosa trompa tan segura,
y dice doña Porcia Madalena,
por quien Asculi goza tal ventura;
y aquella que el nublado sol serena
y el claro ofusca con su hermosura,
tal que en Barajas vencerá la fama,
doña Mencía de Cárdenas se llama.
Otra más dulce y más templada cuerda,
otra voz más sonora y no del suelo,
cante á doña María de la Cerda,
que en la Puebla podrá poblar un cielo;
y pues el son con el nivel concuerda,
que escucha atento el gran señor de Delo,
y la voz oye y la harmonía siente,
doña Isabel de Leiva es la siguiente.
Aquella que entre todas raya hace
en valor, en saber y en gentileza,
que de Mendoza y de la Cerda nace,
y de Leiva quien goza su belleza;
por quien la Fama tanto satisface,
que con lo llano sin buscar destreza,
hace que el suelo Mariana diga
y que el deseo tras otro bien no siga.
La que á los ojos con beldad admira,
y á los juicios con saber recrea,
Denia la ofrece, espérala Altamira,
y quien la goza más, más la desea;
doña Leonor de Rojas, con quien tira
Amor sus flechas y su brazo emplea,
Fama se esfuerza, pero no la paga,
porque no hay cosa en que su prueba haga.
Veréis las dos de Castro, á quien Fortuna
impossible es que al merecer iguale,
son Juana, á quien jamás llegó ninguna;
Francisca, que entre todas tanto vale,
que el claro sol y la hermosa luna
de Mendoza y Pizarro en ellas sale,
Juana y Francisca Puñonrostro canta
y el mundo al son los ánimos levanta.
Hermanas son y bien se les parece
en valor y beldad y cortesía
las dos, do más el nombre resplandece
de Zapata, que el sol á medio día,
son Jerónima y Juana, en quien ofrece
el cielo cuanto por milagro cría,
Rubí se engasta de su esmalte puro,
Puertocarrero el puerto ve seguro.
En el discurso de la grave lista
id con nuevo recato apercebidos,
que la belleza ofuscará la vista
y el valor y el saber á los sentidos:
la condesa mirad de Alba de Lista,
veréis en ella los deseos cumplidos,
que cuanto el mundo considera y sabe,
doña María de Urrea es en quien cabe.
Aquella viva lumbre, decendiente
de Mendoza, Velasco se apellida,
Juana Gentil, en quien Ramírez siente
bondad y gracia y triunfo sin medida;
es doña Juana Cuello la siguiente,
donde tal suerte y tal valor se anida,
tal beldad, tal saber, tal gentileza,
que empereza la Fama su grandeza.
Si queréis ver de discreción la suma,
si queréis de valor ver el extremo,
de hermosura el fin, donde la pluma
se ha de abrasar y al pensamiento temo,
golfo de bienes que, aunque más presuma,
no correrá el deseo á vela y remo,
volved, veréis las cuatro lumbres bellas,
y lo más que diré, lo menos dellas.
Brianda, Andrea serán, Teresa y Ana,
nortes del mundo y más de nuestra Iberia,
por quien gozan vitoria más que humana
Béjar, Gibraleón, Arcos y Feria;
Guzmán, Sarmiento, Zúñiga, que llana
hacen la palma nuestra y dan materia
á la Fama, que haga formas tales,
que durarán por siglos inmortales.
Gracia, bondad, valor, beldad, prudencia,
linaje, fama y otras celestiales
partes se ven en firme competencia,
para quedar en un lugar iguales:
es Mariana quien les da excelencia,
la gloria de Bazán, por quien son tales
y á quien la casa de Coruña llama,
para más nombre, gloria, triunfo y fama.
Entre estas maravillas singulares
doña María Pimentel se mira,
valerosa condesa de Olivares,
en quien el valor mismo se remira;
y aquella preferida en mil lugares,
doña Luisa Faxardo es quien admira
á la natura, y Medellín, dichoso
por ella, al mundo dexará invidioso.
Aquella gracia y discreción que iguala
á la beldad, con ser en tanto grado,
que lo menos que vemos tiende el ala
sobre lo más perfecto y acabado,
miradla bien, que es doña Inés de Ayala,
sin poder ser de otra aquel traslado,
aquel extremo de amistad y vida,
de antigua y clara sangre producida.
Mirad, veréis á la gentil doña Ana
Félix, felicidad de nuestra era;
es condesa de Ricla, es quien allana
al siglo el nombre de la edad primera;
y aquella que se muestra más que humana
en valor, suerte y gracia verdadera,
doña Guiomar de Saa, será su historia
luz de Vanegas, de Espinosa gloria.
En Tavara y Cerralvo contemplamos
nueva luz, que los ánimos assombre,
con estas dos bellezas que juzgamos,
engrandeciendo de Toledo el nombre:
si ofuscada la vista retiramos,
veremos otro sol de tal renombre,
que el de Guzmán adelantado queda,
por quien compite con el cielo Uceda.
Allí se muestra en rostro grave y ledo
aquella admiración de los vivientes,
honor de Enríquez, gloria de Acevedo,
siendo condesa sin igual de Fuentes;
y aquella (si en tan poco tanto puedo
que, dexadas sus partes excelentes,
diga su nombre) es doña Catarina
de Carrillo y Pacheco la más dina.
Mirad las dos de extraña maravilla
en valor, en saber y en hermosura:
la una de Escobedo, otra de Arcilla,
gloria y honor, y más de la natura,
María y Catarina, á quien se humilla
todo lo digno de alabanza pura,
ambas por albedrío y por estrella,
aquésta de Bazán, de Hoyo aquélla.
Llegue doña María de Peralta,
en quien se alegra y enriquece el suelo;
doña Angela de Tarsis, do se esmalta
más viva luz que la que muestra el cielo;
doña Isabel Chacón aquí no falta,
que faltara la gloria y el consuelo;
tres tales son que, para no agraviallas,
gastar debía tres siglos en loallas.
Vamos á aquella de la antigua cepa
de Córdova, sin par doña María,
es marquesa de Estepa, y con Estepa,
serlo de un mundo entero merecía;
y á ti en quien no es possible que más quepa
suerte, valor, beldad y gallardía,
del tronco de Velasco, Mariana,
por quien el de Alvarado tanto gana.
Las tres hermanas que en mirar se goza
con atención el regidor de Oriente,
veislas aquí cómo las muestra Poza,
y cómo Aranda, y cómo Avilafuente;
en ellas el real nombre se alboroza
de Enríquez, y un misterio nuevo siente,
que aunque no es nuevo en él el bien cumplido,
eslo en el mundo el que ellas han tenido.
De Castro y de Moscoso llana hacen
dos Teresas la luz, y al sol escaso,
por quien Mendoza y Vargas satisfacen
sin haber cosa que más haga al caso,
con doña Mariana más aplacen,
por quien Mendoza, enriqueciendo á Lasso,
se alegra el Tajo, y su feliz corriente
dirá Lasso y Mendoza eternamente.
Las dos hermanas en quien cupo tanto,
que en lengua humana su loor no cabe,
son Blanca y Catarina, y son espanto
de quien lo menos de sus partes sabe,
el claro nombre de la Cerda, en tanto
abre su lumbre y éstas son la llave
con su gracia y virtud resplandecientes,
una de Denia y otra de Cifuentes.
Aquella que, aunque el sol más se le acerque,
es impossible que á su luz parezca,
y por más vueltas con que el cielo cerque,
no hallará quien tanto loor merezca,
es la gentil duquesa de Alburquerque,
por quien después que todo el bien parezca,
recobrarse podrá en la antigua Cueva,
que ha de ser siempre milagrosa y nueva.
De singulares dones mejorada
se ve doña María de Padilla,
del mundo por valor Adelantada,
siéndolo por estado de Castilla;
y la que fué de tal beldad dotada,
que la misma belleza se le humilla,
doña Juana de Acuña, en quien se halla
tanto, que más la alaba el que más calla.
La de Velada y la del Carpio vienen,
aquésta de Toledo, ésta de Haro,
y ambas del cielo en lo que en sí contienen
de beldad y valor é ingenio raro;
junto con ellas á su lado tienen
á la que no fué el cielo más avaro,
es señora de Pinto, y es aquella
luz de Carrillo y de Faxardo estrella.
No nos encubre la alta Catarina
de Mendoza su aspecto valeroso,
marquesa de Mondéjar, sola dina
de hacer nuestro siglo venturoso;
ni aquella de bondad tan peregrina
del nombre de Velasco generoso,
que desde Peñafiel hinche la tierra
de cuanto bien y gloria el mundo encierra.
La que al sol mira en medio de su esfera,
y el sol se ofusca al resplandor jocundo,
es doña Ana del Aguila, do espera
Ciudad Rodrigo, y goza el bien del mundo;
quise cantar aquesta luz primera,
al cabo de este templo sin segundo,
ya que en el orden no hay otro remedio
para igualar principio y fin y medio.
Dixo el mago Erión; y vuelto á los tres pastores, que con sumo contento le escuchaban, recibió dellos las debidas gracias, y tornando del fresco jardín, les señaló aposentos en que habitassen y familiares suyos que los sirviessen; donde gozaban sin medida su deleite, cuándo con las diosas de los montes, siguiendo las fieras, cuándo con las deesas de las selvas, cazando las aves, y cuándo con las ninfas del sagrado río, apartando el oro de entre la menuda arena; vida dulce, más fácil de ser invidiada que imitada, donde era la razón señora, el deseo cautivo, el gusto honor, el honor regalo, Amor ardía y el respeto no se helaba; bien se puede aquí esperar firmeza, que donde falta virtud, difícil es la perseverancia. Y ahora volvamos á la ribera, donde, con su bien ó su mal, quedaron nuestros pastores esperándonos.
NOTAS:
[1271] En la primera edición se lee acuerda, repitiendo el consonante Mayans enmendó bien concuerda.
[1272] Así en la primera edición. En la de Mayans, hace.
SÉPTIMA PARTE
DEL PASTOR DE FILIDA
Si en la llaneza y soledad de los campos se lloran celos y se padece olvido, ¿de qué más se puede Amor culpar, en la pompa de las Cortes y en el tráfago de las ciudades, de la mentira y engaño de un corazón que, dividido en mil partes, sin reparar en ninguna, á todas se vende por entero? ¿Y de la miseria del amador, que á trueco de no ser olvidado, le es fácil passar callando por más mal que sospechas y recelos, donde claro se ve cuánto mayor sea el dolor del olvido que la passión celosa? Celosos he visto yo sin miedo de ser olvidados, y jamás vi olvidado que no viviesse celoso; ausencia calle con celos; celo y ausencia con olvido; que si el ausente carece de su contento, puédele buscar, y el celoso si le halla, es en poder ajeno; y el olvidado ausente está, y con más violencia, y celoso y con menos reparo; pero todo esto no puede compararse, Amor, á la injusticia de un engaño, que mientras uno con lealtad y fe sirva y ame, sea pagado con fingida voluntad y agradecida esta paga. Mas, ¿quién me aparta á tan insufrible consideración? Vuélvame la verdad de mis pastores á la agradable ribera, donde ya que como humanos hagan mudanza, no como dañados harán engaños. Vimos venir á Sasio del templo de Diana, tan contento de la venida de Silvera como si tuviera muchas y grandes seguridades de su Amor; mas sucedióle lo que suele á los confiados, que la pastorcilla gentil, no estimando en nada haberla él hospedado en la ribera de Pisuerga y agasajádola con su música y canto tantas veces, y alabádola en tiernas y numerosas rimas, y menos la afición que de presente le mostraba, puso los ojos en el prendado Arsiano; empleo que á la verdad pudiera tener Sasio por venganza, si su mucho amor la consintiera, porque más que nunca Arsiano amaba á la hermosa Amarantha; y de aquí vino que Sasio y Arsiano adolecieron á un tiempo, con el contino cuidado, con el celoso dolor, con las noches malas y los peores días, y en muy breves Sasio murió, dexando un general sentimiento por cuantas aguas riegan nuestra España, especial en los pastores y hermosas hijas del sagrado Tajo; y pienso que las nueve musas y el mismo Apolo sintieron esta pérdida. ¡Oh, gran padre de la Música, sin duda callabas cuando te llamó la muerte! Tú, con tu voz divina, mil veces alegraste los tristes y aliviaste los dolores ajenos, digno fué tu acento de resonar en los cielos y de mover las peñas en la tierra. ¿Cómo ahora no lo haces en la que te cubre? Vengan, Sasio, de las remotas naciones los hombres raros á llorar tu muerte, y de la propia, llore Filardo, lloren Arsiano y Matunto, y tu traslado Belisa, en quien nos queda tu mayor herencia y nuestro mayor consuelo. Fué puesto Sasio poco distante de su cabaña, en un mármol cavado, negro como el ébano de Oriente, cubierto de otro, blanco como la nieve de la sierra, y en muchas plantas que alrededor tenía se escribieron diversos epitafios en sus loores; mas entre todos el famoso Tirsi, cuyas rimas tantas veces Sasio solía cantar, en el tronco de un olmo, que con sus ramas cubría el ancho sepulcro, escribió estos versos de su mano:
DE TIRSI Á SASIO
Yace á la sombra deste duro canto
el que le enterneciera, si cantara;
dexando al mundo su silencio en llanto,
dexó el velo mortal el Alma cara;
mas no pudieran Muerte y Amor tanto,
si el cielo para sí no le invidiara,
Amor y Muerte dan; recibe el cielo,
el don es, Sasio, y quien le llora el suelo.
Entre las lágrimas justas destos amigos pastores, nació otra justíssima ambición y codicia para heredar la lira del segundo Orfeo: los opositores fueron Filardo y Matunto, Belisa y Arsiano, que aunque enfermo y sin gusto, dexó el lecho y se animó á esta empresa. Pusieron por jueces al venerable Sileno, al celebrado Arciolo, al famoso Tirsi, que todos tres sabían la dignidad de los cuatro pretendientes, y aun esto fué causa de no determinarse, antes remitieron el juicio y la lira á las ninfas del río: ellas la tuvieron un día en su poder y la cubrieron de una rica funda de oro y seda, hecha por las hermosas manos de Arethusa; y assí adornada la enviaron á las deesas de las selvas, donde estuvieron tres días, entre olorosas flores y hierbas, y hecho un carro triunfal, cubierto de hiedra y de frescas ramas, tirado de los dos blancos becerros, fué llevada en él á las diosas de los montes, y allí se consagró á Filida, en cuyo poder, de conformidad de ninfas y pastores, quedó aquel don caro del cielo, y con mayor fuerza que antes mueve á los animales y las gentes por la grandeza de su poseedora. Pero la lástima universal de Sasio y el general aplauso de su muerte, ¿por ventura movieron el pecho de Silvera? Esso no; que moría por Arsiano, y mientras un contento huye, mal puede haber otra cosa que lastime. Juntos estaban un día gran número de pastores y pastoras, caído el sol, gozando de la frescura de un verde pradecillo y del templado viento que soplaba, donde Alfeo los ojos en Finea, Andria los suyos en Alfeo, los de Arsiano en Andria y los de Silvera en Arsiano, Andria rompió el silencio y dixo al son de la zampoña de Silvera:
ANDRIA
Suele en el bosque espesso el animoso
mozo gallardo, que con el agudo
venablo fuerte ha penetrado el crudo
pecho del tigre, del león ó el osso,
Mirarle en tierra muerto, sanguinoso,
y recrearse viendo lo que pudo;
y á las veces, dexándole desnudo,
la piel á cuestas irse victorioso.
¿No he sido digna yo de tanta cuenta
como las fieras, que la muerte suya
baña de invidia mis cansados ojos;
Pues tienes el matarme por afrenta,
y estimas en tan poco mis despojos,
que te ofende mi alma porque es tuya?
Acostumbrado estaba Alfeo á oir estas mancillas y Arsiano á sentirlas por los dos, pero no por esso menguaba punto de su Amor, y como ahora vido que, callando Silvera, Filardo tañía, dixo assí, puestos los ojos en la fingida Amarantha:
ARSIANO
Mientras el más ocioso pensamiento
del bravo mozo, con soberbio pecho,
levanta de su honra ó su provecho
hasta las nubes machinas de viento,
Las vitorias allí de ciento en ciento,
la plata, el oro se le viene al lecho,
y alargando la mano á lo que ha hecho,
se ve de rico pobre en un momento.
Dejando yo estas torres de vitoria,
de triunfos, de riquezas, de despojos,
suelo fingir, pastora, por lo menos,
Que me miras de grado con tus ojos,
mas despiértame luego la memoria,
y quedo con los míos de agua llenos.
No dió lugar Silvera á que Filardo dexasse la zampoña, que al punto que Arsiano acabó su soneto, vuelta á él, comenzó desta manera el suyo:
SILVERA
Toma del hondo del abismo el fuego,
la rabia y ansia de los condenados;
el descontento de los agraviados:
de los tiranos el desasossiego.
Ponlo en el alma donde el Amor ciego
puso tu merecer y mis cuidados,
y porque sean mis males confirmados
cessen mis ojos de mirarte luego.
Que de tu voluntad escarnecido,
aqueste Amor que sólo me asegura
prisión, afrenta y muerte de tu mano,
No sólo no de lo que siempre ha sido
podrá quitar un punto, un tilde, un grano,
pero hará mi fe más firme y pura.
Estos pastores cantaban y otros menos afligidos, aunque todos enamorados, se estaban ejercitando en grandes pruebas, cuando entre todos llegó un pastor robusto con un cayado, dejó un sayo tosco, sin pliegues, hasta los pies, y en el brazo izquierdo un zurrón de lana, cinto ancho de piel de cabra y caperuza baja de buriel. Serrano era el traje y el color del rostro más; pero la postura y brío tan gentil, que suspendió á todos su llegada, y en lugar de cortesía, soltando el cayado y zurrón, desafió á tirar, saltar y correr á cuantos allí estaban. Muchos salieron á estos desafíos, mas á ninguno le estuvo bien, assí á los que saltaron y corrieron, como á los que tiraron la barra, y entre ellos no quedó el menos corrido Alfeo, sino el más deseoso de saber quién fuesse. Y si con este cuidado mirara á la serrana Finea, conociera fácilmente ser el pastor Orindo, por cuyo desdén ella andaba desterrada, que la turbación de su rostro bien claro se lo dixera; pero seguro desto pensó que era su mudanza porque aquel serrano le había vencido, y llegándose á ella le dixo: Finea mía, en esto y en todo es fácil que todos me venzan, mas en amarte ninguno. A esto Finea le hizo señas que callasse, que vido venir á Orindo á donde estaban, el cual, tras breve salutación le dixo: Finea, ¿hallaste mejor en lo llano que en la sierra? ¿Quién eres tú, dixo Finea, que quieres saber esso de mí? Si tú no lo sabes, dixo Orindo, menos lo quiero yo saber, pero certifícote que soy Orindo. Ya te conozco, dixo la serrana, y sin más hablar se levantó y dexólos; no hizo señal Orindo de seguirla ni Alfeo de sentimiento, aunque le tuvo en medio del corazón, y ya que la noche cerraba se fué á buscarla á su cabaña, donde amargamente la halló llorando, y queriéndola alegrar no pudo. Muchos días passó Finea desta suerte, y muchos Orindo la seguía, y otros muchos Alfeo confuso no sabía si perdía ó si ganaba, hasta que viniendo un día Siralvo á la ribera, que muchos acostumbraba venir á visitar las cabañas de Mendino y los pastores que curaban su ganado, Alfeo le rogó que hablase con Finea y supiesse della la causa de sus lágrimas, porque si era pesar de ver á Orindo, él le echaría fácilmente de la ribera, y si era voluntad de volverse con él, no era razón desviárselo. Siralvo lo tomó á su cargo, y á pocos lances sintió de Finea que andaba cruelmente combatida y su salud á mucho riesgo. Orindo era de su misma suerte, y Alfeo no, de manera que, estándole bien casarse con Orindo, á Alfeo no le convenía casarse con ella; su destierro había sido por desdén de Orindo, y ya venía humilde á su disculpa: Orindo era su amor primero; Alfeo, segundo; por otra parte, amaba á Alfeo y se veía dél amada, y en él había tantos quilates de valor y merecimiento, que antes ella se debía dejar morir que hacer cosa en que le ofendiesse; acordábase de la venida de Amarantha y que su mucha hermosura y afición no habían sido parte para torcer su voluntad. Estas consideraciones y otras muchas en la discreta Finea eran ponzoña que penetraba su pecho; pero Siralvo, que verdaderamente á los dos amaba, valiéndose de toda su industria echó el resto de su diligencia y pudo tanto, que en dos días que se detuvo en la ribera trocó las lágrimas de aquellos pastores en súbito placer y contento; de manera que Orindo y Finea tornaron á su primera amistad, Alfeo y la encubierta Andria á la suya, y Arsiano, vencido de la razón, volvió sus pensamientos á Silvera, que tan tiernamente le amaba; con intención Finea y Orindo de volverse á la sierra, Alfeo y Amarantha á la olvidada corte, Arsiano y Silvera de habitar el Tajo. No quedó en sus campos pastor que de tanto bien no se alegrase, y junta la mayor nobleza de la pastoría, concertaron celebrar estos conciertos hechos por mano de Amor con alguna fiesta en memoria dellos, y sabiendo ya que Alfeo era cortesano, quisieron que la fiesta fuese á su imitación. Propuso Elpino que se enramassen carros y en ellos saliessen invenciones y disfraces con músicas y letras, cada uno á su albedrío. Ergasto dixo que se cerrase una gran plaza de estacada y dentro se corriessen bravos toros con horcas y lanzas; pero Sileno dixo: Yo tengo yeguas que en velocidad passan al viento, Mendino y Cardenio lo mismo y holgarán de dallas para el caso; hágase una fiesta de mucho primor que en las ciudades suele usarse y sea correr una sortija, donde se puede ver la destreza y ánimo de cada uno. Esta proposición de Sileno agradó á todos, y de conformidad hicieron mantenedor á Liardo, y acompañado á Licio, y juez á Sileno, y á la hora se escribió un cartel señalando lugar para el cuarto día, desde la mitad dél hasta puesto el sol, donde, allende de los precios que ellos quisiessen correr, al más galán se le daría un espejo en que viesse su gala; al de mejor invención, un dardo con que la defendiese; á la mejor lanza, un cayado para otro día; á la mejor letra, las plumas de un pavón, y al más certero, una guirnalda de robre, por vencedor, y al que cayesse, un vaso grande en que pudiesse beber. Venida la noche, por toda la ribera se encendieron muchas hogueras, y el buen Sileno con toda la compañía, principalmente Mireno, Liardo, Galafrón, Barcino, Alfeo, Orindo, Arsiano, Colin, Ergasto, Elpino, Licio, Celio, Uranio, Filardo y Siralvo, salieron por la ribera en yeguas de dos en dos con largas teas encendidas en las manos, corriendo por todas partes con mucho contento de cuantos lo miraban; porque unos se veían ir por la cumbre del monte, otros por los campos rasos, otros por entre la espessura de los sotos, y aun algunos arrojar las hierbas en el Tajo y pasarle á nado reverberando sus lumbres en el agua; después al son de la bocina de Arsindo se juntaron en un ancho prado que, á una parte sin hierba y llano y á otra lleno de altas peñas, era sitio para la fiesta principal muy acomodado y allí fijaron su cartel en el tronco de una haya, y con gran orden acompañando al viejo Sileno se volvió cada cual á su cabaña, excepto Siralvo, que fué á despedirse de Arsiano, Orindo y Alfeo y de las hermosíssimas Andria, Finea y Silvera, prometiéndoles hallarse allí el cuarto día, con lo cual guió á la morada de Erión, donde Mendino y Cardenio le aguardaban maravillados de su tardanza; allí les contó el pastor lo que pasaba en la ribera, y cómo los pastores della les pedían sus yeguas y Sileno daba las suyas; no lo excusaron Mendino y Cardenio, antes por su orden volvió Siralvo á darlas el tercero día, y ellos también se determinaron de ver aquella fiesta tan nueva entre pastores; pero primero quisieron avisar á las amadas ninfas, y pudiéronlo fácilmente hacer porque hallaron á Florela en el monte, esperando que un ruiseñor se recogiese al nido para llevarle á Filida, que aquella noche se había agradado mucho de su canto; para este efeto la acompañaron los dos gallardos pastores, y tomando Mendino el ruiseñor se le dió á Florela y le dijo lo que en la ribera pasaba, y que en todo caso Filida y Filis y Clori no perdiesen de ver aquella fiesta, porque con la esperanza de verlos él y Cardenio y Siralvo estarían allá; con esto Florela se encumbró al monte y los pastores se bajaron con el Mago, que ya la mesa puesta los esperaba. Costumbre tenía Erión de tomar el instrumento sobre comida para recrear juntamente los cuerpos y los ánimos; assí esta vez en siendo acabada tomó un coro, que divinamente le tañía, á cuyo son los pastores se transportaron, y al fin dél, alabando al docto Mago, y tomando su licencia se salieron con los arcos por el monte, deseosos de toparse con las Ninfas, mas no les fué posible, porque como ellas tuvieron aviso de la fiesta, juntáronse Filida y Filis, Clori y Pradelia, Nerea y Albanisa, Arethusa y Colonia, y fueron al templo de la casta Diana por licencia para ir á la ribera; assí gastaron el día, y Mendino y Cardenio buscándolas en vano, y ya que bajaban á la cueva, mataron dos corzos en la falda del risco; á la hora, con Siralvo, que era venido á certificarles la fiesta, los enviaron á Sileno, porque supieron que los había menester el siguiente día; y ellos en amaneciendo dejaron la cueva y fueron á sus cabañas, donde le hallaron poniendo orden en todo. Era muy de ver á cada parte los sitios de los pastores donde tenían sus yeguas y ordenaban sus invenciones, cada uno en soledad con los de su cabaña, sin que de otra nadie los ocupase; y sabiendo Sileno de Florela, que vino delante, cómo las Ninfas venían, mando hacer tres enramadas, una para él y los precios, otra para las Ninfas y otra para las pastoras. En estos apercebimientos, pastores y Ninfas y la hora de la fiesta llegaron juntas; á cada cual puso Sileno en su sitio, y tomando el cartel subió al suyo con Mendino y Cardenio y los festejados Alfeo, Arsiano y Orindo. Sin duda eran estos los más apuestos pastores del Tajo, y éstas las más hermosas pastoras del mundo. A las Ninfas no alabe lengua humana, porque ellas no lo parecían; invidioso Febo se puso tras las pardas nubes, y assí passó el día todo sin dar fastidio con sus rayos; soberbia la tierra se alegró de arte que compitió con el cielo, pues los pastores que tan mejor lo sentían, celébrenlo con mirarlo si ojos mortales bastan á tanto bien; y ahora digamos cómo llegó el mantenedor Liardo vestido de un paño azul finíssimo, sayo largo vaquero y caperuza de falda, camisa labrada de blanco y negro con mangas anchas, atadas sobre los codos, con listones morados, zarafuelle y medias de lana parda y verde, zapato de vaca, que le servía de estribo y espuela, en una yegua castaña acostumbrada á volver los toros á las dehesas; el freno era un cabestro de cerdas con una lazada revuelta por los colmillos, y la silla una piel de tigre de varias colores, y presentándose á Sileno fué su letra:
Si no gano manteniendo
más que en mantener la fe,
pocos precios ganaré.
Licio, su acompañado, salió de la misma suerte, excepto que el vestido era leonado, la yegua baya y por silla su gabán doblado, y la letra:
El que con la fe ha perdido
la esperanza,
¿que ganará con la lanza?
Celio cogió de los campos gran diversidad de flores y hierbas, y con el jugo dellas y agua de goma pintó la yegua y la lanza y su vestidura, que era de un blanco lienzo todo á bandas, de más de diez colores; pero la que caía sobre el corazón era negra, y la letra:
Las alegres son ajenas,
mas las tristes propias son,
y más las del corazón.
Puso por precio una bolsa de lana parda con cerraderos verdes, y contra ella señaló Sileno unas castañetas de ébano con cordones de seda; luego al son de la bocina de Arsindo y de un atabal de dos corchos, que Piron tañía, tomaron lanzas, y á las dos que corrieron no hubo ventaja, pero á las terceras Liardo llevó la sortija y Celio la cuerda: recibió Liardo sus precios y diólos á la hermosa Andria, que á quien él quisiera no podía; y vuelto al lugar, llegó Uranio, vestida la piel entera de un osso que él había muerto, y en la cabeza de la yegua, hecha de cartones, otra de sierpe, que la cubria, y en la anca una gran cola de la misma invención; la lanza cubierta de pellejos de culebras, de arte que parecía verdaderamente un osso; sobre una sierpe con una gran culebra en la mano, decía su letra:
Pero la que sigo es al revés.
Puso por precio un cuerno de hierba ballestera, y Sileno un carcax con seis saetas, y licencia para hacer un arco el que ganasse. Corrieron sus lanzas Licio y Uranio, y las cinco fueron con tanta gallardía, que á todos dieron contento; pero á la sexta, como la yegua de Uranio llevaba la cabeza cubierta, tropezó y dió con el osso una gran caída: perdió el precio, pero diósele un vaso de agua, y tornando á subir algo corrido se puso á un cabo.
Luego entró Siralvo en una yegua overa, vestido de caza, de una tela blanca y verde, por toda ella sembrada de FF y SS; de las FF salian unos lazos que en muchos ñudos enredaban á las SS, y la letra:
De ti nacieron los lazos,
y de mí
la gana de verme anssí.
Puso por precio doce cintas de colores, con cabos blancos, y Sileno dos cenogiles de lo mismo. Corrieron Liardo y Siralvo, sin haber ventaja entre ellos; pero como ya dos aventureros habían perdido, quiso Sileno animar á los demás, y juntamente hacer lisonja á Mendino y dióle el precio á Siralvo: el cual, mirando á quién pudiesse darle, vido llegar á la enramada de las ninfas un pastor muy flaco, vestido de un largo sayo de buriel, en un rocín que casi se le veían los huessos, y á las ancas traía otro pastor en hábito de vieja, ambos con máscaras feíssimas; y llegándose á ellos, les dió los cenogiles y las cintas.
Los cuales á la hora los presentaron á Sileno y pidieron campo. Sileno se lo atorgó, y señaló contra sus precios una bola de acero bruñida, que servía bastantemente de espejo, y llegados al puesto, el pastor disfrazado quiso suplir la falta que había de padrinos en esta fiesta, y hasta la media carrera le llevaba la vieja la lanza: allí la tomaba él y en corriendo se la tornaba á dar; la gracia de las lanzas era muy conforme al talle, y la risa de las ninfas y pastores no cessaba; al fin, por pagalles el contento, Licio pidió al juez que les diesse los precios, y preguntándoles las ninfas si traían letra, sacó la vieja un papel y diósele. Entre los pastores no se supo lo que decía, entre ellas, basta que fué bien solenizado con risa y colores en algunas.
Aquí llegó Filardo en una yegua alazana de hermoso talle; traía vestido sobre jubón y zarafuelles blancos, sayo y calzones de grana fina, caperuza verde, y en ella un manojo de espinas, y con un ramo de oliva, que salía de entre ellas, y la letra:
Mi guerra produxo espinas,
mas Amor
mi paz les puso por flor.
Dió por premio un caramillo de siete puntos, y contra él Sileno una flauta de trece. Corrió Liardo la primera lanza, en que llevó la sortija. Siguióle Filardo de la misma arte; á la segunda, Liardo tocó en ella y derribóla; lo mismo hizo Filardo, y á la tercera Liardo no llevó tal lanza como las passadas; pero Filardo la aventajó á todas, y assí Sileno le dió el precio, y él á Silvia, que con el deseo le tenía comprado.
A la hora oyeron gran ruido de instrumentos y voces, y vieron llegar una ancha cuba, sobre secretas rodajas, tirada con cuerdas de cuatro máscaras, con rostros de gimios y pies de sátiros; venía enramada toda, y encima un pastor sentado, con carátula ancha y risueña, los brazos desnudos, los pechos descubiertos, y en su cabeza una guirnalda de pámpanos llenos de uvas y hojas, en una mano una copa y en otra un odre; alrededor dél, con las mismas coronas y alegria, venían muchos hombres y muchachos, que torciendo llaves, del vientre de la cuba sacaban vino, henchían vasos y derramaban los unos sobre los otros. No faltaba quien también tañesse chapas, albogues, bandurrias y churumbelas y otros instrumentos más placenteros que músicos; todos generalmente se alegraron con la buena venida del fingido Baco, y llegando á Sileno le dió esta letra:
El que de mí se desvía,
á sí y á mi madre enfía.
Puso por precio un vaso grande de vidrio sembrado de verde pimpinela. Sileno señaló un caracol muy hermoso que podía servir de vaso y de bocina; con esto Baco y Licio fueron al puesto. La lanza de Baco era hecha de luengos sarmientos juntos y añudados con sus mismas hojas. No quiso Licio correr primero por el respeto del alegre rey; y en un punto, al son de los envinados instrumentos, la gran cuba fué llevada con grandíssima velocidad, y sin hacer calada ni cosa fea, Baco llevó la sortija, y lo mismo hizo la segunda y la tercera lanza; y aunque Licio corrió bien, quedóse en todas muy atrás. Tornaron á sonar los instrumentos, y la bocina de Arsindo y el atabal de Pirón, y con gran aplauso y contento se le dió á Baco el caracol, con lo cual hizo lugar á Galafrón, que entró en una yegua cebruna, cubierto de hierba tan compuesta y espessa, que por ninguna parte se veía otra vestidura; la cual lanza teñida del mismo color, y un sol de flores en la caperuza con esta letra:
Mi sol fué la flor de abril,
mi contento la verdura
y el invierno mi ventura.
Puso por precio un cinto de becerro bayo, tachonado de nuevo latón, con su escarcela plegada, y Sileno unas carlancas de cuero de ante, herradas con puntas de acero, importantíssimo reparo del mastín contra los noturnos lobos robadores del ganado. Corrió Liardo la primera lanza con mucha destreza, y Galafrón con mucha más; á la segunda se aventajó Liardo, y á la tercera anduvieron tan iguales, que Sireno, Mendino y Cardenio no se supieron determinar; pero queriendo Sileno igualar á entrambos, trocó los precios, dando á Galafrón las carlancas y á Liardo el cinto, con que quedaron contentos, y más Silvera, á quien ambas joyas se presentaron.
Gran rato después desto estuvieron Liardo y Licio esperando aventureros, y ya casi admirados de la tardanza, vieron venir un gran castillo almenado, con extraño ruido de cohetes, que por todas partes salían, invención que, á ser de noche, sin duda pareciera la mejor, porque era todo ensetado de mimbres torcidos y cubiertos de lienzos pintados de color de piedra, y dentro los pastores de Mireno, por secretos lazos le llevaban; y llegando á los jueces, abriéndose de una parte una ancha puerta, por ella salió Mireno en una yegua melada, pisadora, vestido de un sayo corto, gironado á colores, caperuza y calzón de lo mismo, zarafuelle y camisa de varias sedas y lana, con una argolla al cuello y esta letra:
Por hado y por albedrío.
Puso por precio una hermosa caja de cucharas, labradas con gran primor, y Sileno otra de ricos cuchillos, limados no con menos. Corrió Licio mejor que nunca su primera lanza; mas bien le hizo menester, que la de Mireno fué con gran gala y destreza; la aegunda no menos; pero á la tercera, Licio se embarazó y perdióla. Mireno, más animado, remató con llevar la sortija y el premio, el cual fué luego á manos de la hermosa Filida.
Poco después entró Ergasto, en una yegua tordilla, vestido al modo de serrano, un sayo pardo de pliegues, largo de faldas, escotado de cuello, mangas abiertas de alto á baxo con cintas blancas, calzón de polaina, y sobre una gran cabellera postiza, la caperuza vaquera sembrada de cucharas y peines, y en lo alto della una mata de retama en flor, con esta letra:
Tales son, Amor, tus flores
que, del olor engañado,
el gusto queda burlado.
Quitó un peine de su caperuza, y púsole por precio, y Sileno unas tijeras grandes lucias de desquilar. Liardo fué en las dos lanzas primeras desgraciado, y en la tercera muy gracioso; pero como Ergasto en todas anduvo bien y igual, diósele el precio de que hizo presente á la serrana Finea, y ella le recibió con rostro afable.
Iba ya el sol tan cerca de ponerse, que á poco más que Barcino tardara no fuera de efecto su venida; mas él llegó á tiempo en una hermosa yegua rucia rodada, vestido un galán pellico y calzón de armiño, sombrero en su cabeza, alto y ancho, de la misma piel, con zarafuelle y camisa de igual blancura, y su letra:
En quererte,
y tan en blanco mi suerte.
Puso por precio un ramillete de rosas blancas, y Sileno un vidrio do se pudiessen conservar en agua. Corrió Licio la primera lanza, y llevó la sortija; Barcino tras él hizo otro tanto sin haber mejoría en la destreza, y volviendo á la segunda, mientras Lucio corría, y todos se ocupaban en mirarle, Barcino, sin dejar la yegua, se quitó el hábito de pastor y quedó hecho salvaje, cubierto de largo vello de pies á cabeza, de suerte que no fuera conocido á no serlo tanto la yegua. Estas segundas lanzas también fueron buenas; y de la misma suerte, mientras Licio corrió la tercera menos bien que las otras, Barcino tornó á dejar la piel de salvaje, y quedó vestido de un cuero plateado en forma de arnés desde el escarpe hasta la celada: iba todo él y la lanza bañado en agua ardiente, y en medio de la carrera, cuando la gente con más atención le miraba, con fuego secreto se hizo arder todo el cuerpo, hasta la armella de la lanza, de manera que no se pudo tener con ella cuenta, mas ella la dió tan buena de sí que se llevó la sortija. Mucho placer hubieron ninfas y pastores de la invención de Barcino, y dándole Sileno el precio, él le dió á Dinarda.
Con esto, viendo ya que el sol era traspuesto, Sileno pidió á Mendino que diesse los premios del cartel; y llegando todos á la enramada, Mendino, con muchos loores, encareció su fiesta, y á Barcino dió el dardo que era el premio de la invención; á Mireno el espejo, que era el de gala; á Uranio confirmó el vaso de agua que se le dió tan á mejor tiempo; á Baco, que se supo que era Elpino, cayado por mejor lanza; y á Liardo la corona, por vencedor, y las plumas del pavón que eran para la letra, remitió á las ninfas que las habían leído todas, y ellas con mucho gusto las dieron á la vieja.
Bien quisieran los jueces que hubiera premios para cumplir con todos, y alabando á Aquel que sólo todo lo cumple, dejaron las enramadas, y ninfas y pastores siguieron al buen Sileno, que en su cabaña estaba aparejada la cena, donde passaron cosas de no menos gusto y donde se vido junta toda la bondad y nobleza humana, y donde quedaron en silencio hasta que más docta zampoña los cante ó menos ruda mano los celebre.
DEL AUTOR Á SU LIBRO
Soneto.
Por más que el viejo segador usado
la hoz extienda por la mies amiga,
no puede tanto que de alguna espiga
no se quede el rastrojo acompañado.
Aunque el corvo arador con más cuidado
los bueyes rija y el arado siga,
no le hace tan diestro su fatiga
que no vaya algún sulco desviado.
Y tú, Pastor, que con tan pobre apero,
de los humildes campos te retiras,
lleno de faltas, sin enmienda alguna,
Si te llamaren rústico y grosero,
tendrás paciencia, pues, si bien lo miras,
aquesta es mi disculpa y tu fortuna.
DE PEDRO DE MENDOZA
Soneto.
Este Pastor en quien el cielo quiso
resumir el primor de los pastores,
que aunque son de los campos sus primores,
do vive Amor no ha de faltar aviso.
Por tal Pastor se vuelve paraíso
la ribera, caudal de amor y amores:
por tal Pastor merecen más loores
los pastores del Tajo que el de Anfriso.
¡Oh tú sola, sin par Filida bella,
y tú, Pastor, gentil que su renombre
tomaste por triunfo verdadero,
Ella es digna por ti, más tú por ella,
ella de ser del Tajo eterno nombre
y tú de sus pastores el primero!
DE DIEGO MESSIA DE LASSARTE
Soneto.
Agradar al discreto, al más mirado,
al necio, al maldiciente, al envidioso,
medir los gustos de cortés curioso,
¿cómo podrá un Pastor con su cayado?
En su querido albergue del ganado
trate y cuide, si el pasto le es dañoso,
de Filida su bien, sólo cuidoso,
y de otro fin ajeno y descuidado.
Pastor, este es oficio de pastores:
pero quien os leyere, dirá al punto
que sois un nuevo cortesano Apolo.
Con fama tal, del uno al otro polo,
viviréis agradando á todos, junto
discretos, envidiosos, detractores.
DE DON LORENZO SUÁREZ DE MENDOZA
Soneto.
DE GREGORIO DE GODOY
Soneto.
Pastor, que por ovejas ha escogido
dulces cuidados, altos pensamientos,
aunque la leche y queso sean tormentos,
sola firmeza su cayado ha sido.
No es mucho que, cansado del exido,
se venga á los ilustres aposentos,
que es agradable y sonlo sus intentos,
y es bien morir á donde fué nacido.
Por él puede decirse sin defecto
que so el sayal hay al, pues si queremos
apartarle el rebozo con cuidado,
Un Gálvez de Montalvo hallaremos,
tan hidalgo y galán como discreto
y tan discreto como enamorado.
DE DON FRANCISCO LASSO DE MENDOZA,
SEÑOR DE JUNQUERA
Soneto.
Si al claro ilustre son que con victoria
tan célebre robó al olvido y muerte
los hechos grandes de aquel griego fuerte
tuvo Alejandro envidia tan notoria,
Tuviérala mayor á la alta gloria
de los pastores que do el Tajo vierte
habitan, pues les da el cielo por suerte
quien alce á más grandeza su memoria.
Y á ti, Tajo mayor, que por tu arena
dorada al Histro y Ganges igualabas,
mas ya tu nombre cielo y tierra llena.
Perlas, oro y rubís es cuanto lavas,
pues Montalvo, con rica heroica vena,
te enriquece del bien que no alcanzabas.
DEL DOCTOR CAMPUZANO
Soneto.
Hallar del Nilo la primera fuente
procuraba Nerón con gran trabajo.
¡Oh! quién me descubriesse la del Tajo,
avenida de amor, rica corriente.
El Pindo debe ser en Oriente,
de allí desciende por su falda abaxo,
dejemos sus rodeos, quel ataxo
más breve es esperarle en Occidente.
¿Dónde está esto, Pastor? quiero gustalle;
aquí es el agua dulce, aquí se cría
aquel licor del monte soberano.
Este solo Pastor basta á loalle,
y á tal Pastor ninguno bastaría,
y ansí lo dejo por trabajo vano.
FIN DEL PASTOR DE FILIDA