I

HERMIONE

La historia de los pueblos de Oriente, de ese pedazo de mundo que no ha mucho ha sido teatro de una guerra que ha fijado la consideración del resto del universo, se pierde en la noche de los tiempos. Hay, sin embargo, en ella episodios que conmueven profundamente el ánimo, y de esta especie es el que sirve de base a esta leyenda.

En aquella nación idólatra, donde falta el freno más fuerte y poderoso de las pasiones humanas, que es la religión, se han desarrollado estas siempre con terrible vehemencia: las mujeres, que entre nosotros parece han nacido únicamente para el sufrimiento, la dulzura y la resignación, dan allí rienda suelta a sus impetuosos sentimientos, y son, no pocas veces, víctimas de ellos.

El amor y la venganza, sobre todo, han producido terribles desastres: no conociéndose el honor, la probidad, ni ninguna de las virtudes sociales, el asesinato venga las más leves diferencias como las ofensas más graves.

Hubo un tiempo en que el Asia, aunque dividida en reinos, estaba dominada por príncipes o gobernada por sátrapas, cuya vida licenciosa y llena de desórdenes hundió al fin su poder.

Principalmente en Persia, en aquel reino, el más hermoso y dilatado de todo el Oriente, existían multitud de soberanos a quienes el bondadoso y anciano rey Darío no tenía fortaleza bastante para castigar; esta culpable debilidad fue la causa de su ruina, porque en breve perdió su prestigio, y el día de la memorable batalla que se dio a orillas del Éufrates, se vio vendido por los poderosos, cuyos excesos había tolerado, y abandonado de los débiles, a los cuales estos mismos excesos habían hecho sufrir todo género de vejaciones.

Uno solo, sin embargo, permaneció fiel al anciano rey hasta que rindió el último aliento.

Crádates, soberano de los Caspios, era vasallo de Darío, y el más amado entre todos los príncipes de su corte; sirviole con inviolable fidelidad durante su vida, mas cuando la perdió en el combate que puso a la Persia en manos de Alejandro el Grande, el anciano Crádates se sometió, como el reino todo, al vencedor, y fue con el resto de sus tropas y su familia entera a postrarse a los pies de Alejandro.

Recibiole este con bondad suma, y de este modo derramó un saludable bálsamo en la herida que había abierto en el corazón del príncipe la muerte de su señor: el noble anciano cedió, como todos, al influjo de aquel hombre extraordinario y se dispuso a servirle con la misma lealtad que a su amado rey.

Tenía Crádates dos hijos valientes y gallardos, cuyos nombres eran Tolomeo y Casandro, y una hija más joven que estos, llamada Hermione.

La belleza de las mujeres persas ha sido proverbial en toda el Asia, pero la de Hermione era superior a todo encarecimiento.

Nacida de madre escita y de padre persa, el cruzamiento de las dos razas produjo el tipo más perfecto y seductor; tenía la tez de alabastro, el cuello de cisne y los azulados ojos de su madre, Berenice, y las luengas pestañas negras, las pobladas cejas, la espléndida cabellera de azabache, la boca de púrpura y el leve talle de las hijas de Persia.

Nada había comparable a la hermosura de su frente de mármol; nada tan bello como sus manos de marfil y como sus torneados brazos; nada, en fin, tan esbelto y majestuoso como su elevada estatura, que sobresalía como una palmera entre las mujeres que la rodeaban, pequeñas como lo son comúnmente todas las de aquella nación.

Quince años contaba la princesa cuando Crádates fue con ella y sus hermanos a postrarse a los pies de Alejandro.

La imaginación entusiasta de la joven, vivamente impresionada por la relación de las hazañas de este gran monarca, se enardeció mucho más cuando pudo verle y contemplar su juventud y belleza unidas a su nobleza y heroísmo, y aquel instante decidió de su vida.

Concibió por el rey una vehementísima pasión, y la arrogante Hermione, objeto de la adoración de casi todos los príncipes del Asia, se convirtió en esclava del rey de Macedonia.

El joven monarca no reparó en el efecto que había producido: vio a sus pies a una hermosa y esbelta joven, vestida de un largo traje blanco, y cuyos marmóreos hombros, más blancos que el cendal de su vestido, estaban medio cubiertos con un manto de púrpura recamado de oro; miró por un instante aquella angélica cabeza poblada de rizos negros, y aquellos piececitos que aparecían torneados a través de las cintas de sus sandalias de grana, y después volvió los ojos a otro lado con frialdad.

En cuanto a Hermione, solo la palidez de su semblante y el temblor de sus labios pudieron dar a conocer lo que pasaba en su alma.

El príncipe Crádates siguió por algún tiempo la marcha del ejército real; pero queriendo Alejandro ligar al anciano con beneficios y manifestarle a la vez la confianza que de él hacía, le envió a Maracanda, nombrándole gobernador de esta ciudad y de su dilatada provincia, y trasmitiéndole un poder igual al que tenían los sátrapas en tiempo de Darío, el desgraciado rey de Persia.

El príncipe recibió esta gracia con un vivo reconocimiento y con un deseo ardiente de dar un testimonio de él al generoso vencedor. Mas la desdichada Hermione, cuya pasión había hecho rápidos progresos, vio en esta nueva su sentencia de muerte.

¡Perdía a Alejandro! ¡Se alejaba de él sin poderle decir que le amaba!... y para colmo de su desgracia, tenía que encerrar cuidadosamente este amor en el fondo de su alma y ocultar a su padre un sentimiento que hubiera reprendido quizá con demasiada severidad.

Jóvenes que amáis sin esperanza; vosotras, que os veis precisadas a mostrar la sonrisa en los labios cuando tenéis desgarrado el corazón; vosotras, en fin, que sabéis lo que es pasar mil veces por delante del hombre a quien amáis sin que sospeche siquiera lo que sufrís: imaginaos por un momento que os arrebatan el triste consuelo de verle; pensad cuán intenso y amargo sería vuestro dolor, y tendréis una idea del tormento de la desventurada Hermione.

Con la muerte en el alma partió con su padre y sus hermanos para Maracanda, que se sometió al rey sin resistencia, siguiendo el ejemplo de los demás pueblos del Asia Menor, y aquella pobre niña cayó en una profunda melancolía.

Todos los delirios de la pasión más fuerte se apoderaron de su espíritu; llamaba a Alejandro, acariciaba un retrato suyo que había podido procurarse, y que jamás separaba de su seno; veíasela, en medio del sueño, pálida y agitada, derramando abundantes lágrimas, y solamente despertaba de tan dolorosa pesadilla para sentir un martirio mil y mil veces más cruel.

Hermione no tenía madre; la hermosa Berenice, hija del rey de Isedón y esposa de Crádates, murió al darla a luz, y el cielo arrebató con ella a la infeliz princesa el apoyo mejor y más seguro.

Cierto es que su padre la amaba con ciego cariño, y que la adoraban sus hermanos, sobre todo Casandro, que era de natural muy dulce; pero nunca pudo Hermione resolverse a declararles su fatal secreto, encerrándolo, por el contrario, con cuidadoso afán en lo más íntimo de su alma.

Cerca de un año hacía que vivían en Maracanda, cuando Alejandro llamó a los jóvenes príncipes, hermanos de Hermione, confiándoles cargos muy importantes en el ejército y sin desperdiciar una ocasión en que pudiera manifestar al anciano Crádates su amor y estimación.

Entonces fue cuando llegó Efestión a aquel reino: Efestión el malvado, Efestión el regicida, puesto que, cómplice del traidor Besso, hicieron ambos expirar, a los golpes de sus puñales, al magnánimo rey de Persia; Efestión, cuya sangrienta memoria ha quedado para siempre grabada en todos los pueblos que bañan el Éufrates y el Termodonte.

Después del detestable regicidio, que quedó oculto por entonces a favor de las tinieblas de la noche en la agitación de aquella memorable batalla, que decidió la suerte de dos grandes naciones e hizo a la una esclava de la otra, siguieron Efestión y Besso toda la Bactriana, asolando a los pueblos y apoderándose de las riquezas de aquel desdichado territorio; mas cuando Alejandro llevó hasta allí sus armas vencedoras, Efestión vendió a su amigo, y queriendo contraer méritos con el soberano, prendió a Besso por su propia mano y le condujo sujeto a la tienda del rey.

El gran Alejandro ignoraba todavía quiénes eran los asesinos del anciano Darío, al cual amaba tanto, no obstante ser su enemigo y haberle conquistado casi todo su reino.

Besso le fue presentado con la lengua cortada, y Efestión urdió una fábula que nadie podía desmentir.

Imposibilitado Besso de hablar, solo un esclavo podía descubrir al infame regicida; pero el infeliz siervo fue muerto y arrojado al Éufrates así que se cometió el crimen.

Por lo tanto, todo el rigor de Alejandro cayó sobre el desgraciado Besso, que fue colgado de un árbol, asaeteado y descuartizado antes de expirar por cuatro caballos,[5] y Efestión fue recompensado con mano pródiga por el rey, que le agradeció que le hubiera proporcionado la ocasión de ejercer aquel acto de justicia; pero el malvado regicida, abusando de los favores del monarca, sembró nuevas sediciones en el campo; y obligando a los daheses a que se sublevasen con siete mil caballos bactrios, partió con ellos en dirección a Maracanda, a fin de obligar al príncipe Crádates, con quien le unía una estrecha amistad, a levantarse contra su rey y señor.

[5] Histórico.

Al pronto ocultó sus designios, haciendo creer a Crádates que venía por orden de Alejandro; y el príncipe, engañado con esta treta, le recibió en su mismo palacio y le trató como enviado del rey, dando órdenes para que se alojase parte del ejército en la ciudad, y el resto en los lugares más cercanos, pero con la mayor comodidad posible.

Efestión había tomado muchas precauciones para que el anciano no descubriese la verdad. Cubrió los caminos de guardias para detener a todo el que pudiese venir de parte del rey o de cualquiera otro lado, y de este modo pudo ocultar al príncipe su infamia.

Aquel hombre, de corazón de hierro hasta entonces, tenía a la sazón en sí mismo el más peligroso enemigo: amaba a Hermione, y la amaba con toda la energía de la primera pasión; la bella y melancólica niña le hacía olvidar todos sus proyectos con una sola mirada, y delante de ella desaparecía a sus ojos el resto del mundo.

Un presentimiento oculto le aconsejó no declararle su amor: adivinaba que Hermione no correspondería jamás a su indomable pasión, y prefirió entenderse con el príncipe y pedirle la mano de su hija.

El engañado Crádates prestó oídos a la proposición que Efestión le hiciera; y creyendo a este en un alto favor con el rey, supuso que no podía esperar un partido más ventajoso para su hija, y prometió su mano a Efestión, sin consultarla en atención a su corta edad.

Mas al participar su resolución a Hermione, encontró en ella una resistencia que no esperaba: nacida la joven con un carácter generoso pero altivo, se rebeló contra esta violencia y habló a su padre con energía.

En aquellos pueblos poco civilizados e idólatras, la educación y la religión no podían ser frenos para contener el ímpetu de los sentimientos, y la pobre niña, agotado su valor, se entregó completamente al exceso de su pena.

—Padre —exclamó postrada a los pies del anciano—, ¡quieran los dioses, ya que no tenéis piedad de vuestra hija, que halléis en su obediencia el castigo de vuestra crueldad!... Mas no creáis —prosiguió levantándose con fiereza—, no creáis, señor, que cedo todavía: voy a escribir a mis hermanos, y después me arrojaré a las plantas de Efestión, le haré saber que no le amo, que no quiero, que no puedo ser suya, y si no se compadece de mí, si mis hermanos no vienen en mi socorro, imploraré el favor del rey.

Al pronunciar estas últimas palabras, temblaron los labios de la princesa, y su semblante se cubrió de una mortal palidez: aquel pensamiento atravesó su corazón como un dardo de fuego, y trajo ante sus ojos, con más viveza que nunca, la imagen de Alejandro.

Crádates no advirtió lo que pasaba en el corazón de su hija, y creyó efecto de su impaciencia o de su dolor el trastorno que notara en su rostro.

—Escucha, hija mía —le dijo con ternura—, si yo no supiera que ibas a ser feliz, no me verías hoy tan obstinado; te ruego, pues, que me obedezcas, y no me obligues —continuó cambiando de voz—, a que haga uso de la autoridad que los dioses me han concedido sobre ti; no pidas auxilio a nadie contra tu padre, Hermione; tus hermanos, lejos de aprobar tu rebeldía, te obligarán a obedecerme, y Efestión te ama demasiado para que consienta en perderte; en cuanto al rey —prosiguió el príncipe sin poder calcular el daño que causaba a su hija—, en cuanto al rey, está harto entretenido para pensar en ti; todos los príncipes del Asia estamos convocados en Babilonia para dentro de quince días, con el fin de asistir a sus bodas. En este pliego, escrito de mano del monarca, me lo participa, añadiendo que se casa con la princesa de Persia, prisionera suya con toda su familia desde la muerte del rey su padre.

Un rayo no hubiera aturdido menos a la joven que esta noticia; Hermione lanzó un agudo grito, extendió los brazos y cayó desplomada a los pies de Crádates. El anciano la tomó en sus brazos y la condujo a su aposento, encargándola a los cuidados de su nodriza Teane.

Cuando la joven volvió a abrir los ojos, vio a su padre, sentado junto al lecho, que estrechaba una de sus manos cubriéndola de besos y de lágrimas; algo apartado Efestión, en pie y silencioso, la contemplaba con una mirada de dolor.

Pocos hombres había entonces comparables a él: de elevada estatura y modelada como el Apolo antiguo, se olvidaba su gallardía para admirar la belleza de su semblante; era notable el contraste que ofrecía su dorada cabellera, naturalmente rizada, con sus rasgados ojos de un negro afelpado; el resto de sus facciones completaba ese magnífico tipo oriental que tan perfecto se conserva todavía en Atenas o en la isla de Delos. Su edad no llegaba a veintiséis años, y jamás un alma más horrible se ha albergado en un cuerpo más hermoso; en aquel bárbaro corazón no imperaba más que un solo sentimiento: su pasión a Hermione. Al verla extendida en el lecho, y al parecer sin vida, la más cruel desesperación se apoderó de él, y al verla abrir los ojos, una inmensa alegría sacudió a aquella fiera naturaleza.

Apenas Hermione volvió en sí, se sentó en el lecho; apartó de su frente los numerosos bucles, negros como el ébano, que la cubrían, y permaneció silenciosa algunos instantes.

—Padre —dijo al fin con voz firme—, os obedeceré, y vos, señor —prosiguió tendiendo sus manos a Efestión, que las estrechó entre las suyas—, recibid el juramento que os hago de ser vuestra... Yo no os amo ahora —añadió la joven—, pero de nuevo os juro, por los dioses, que os amaré muy pronto, Efestión, o que moriré de lo contrario.

La desdichada no sabía aún quién era el hombre a quien acababa de ligarse para siempre. Apoyose en el brazo de su padre, y ambos bajaron al jardín seguidos de Efestión, que habiendo conseguido lo que más deseaba en el mundo, fijó otra vez su pensamiento todo en la ejecución de sus tenebrosos planes.