II
DOLORES SIN CONSUELO
Algunos días después de los sucesos que acabamos de referir, la hija de Crádates se unió para siempre a Efestión, príncipe de los ismenios, a cuya dignidad le había elevado el magnánimo Alejandro en recompensa de haber puesto en sus manos al matador de Darío.
Crádates se preparó para ir a Babilonia con el objeto de asistir a las bodas reales, sin que los jóvenes esposos consintieran en acompañarle, aunque por motivos muy diversos.
Hermione hizo al deber el sacrificio de su amor, y la imagen de Alejandro empezaba a borrarse de su memoria, como su retrato había desaparecido de su pecho; su amarga melancolía había degenerado en una calma triste, pero que le proporcionaba algún reposo; insensiblemente se iba acostumbrando a Efestión, y sin duda alguna le hubiese amado con el tiempo si su enemiga suerte no lo hubiera dispuesto de otro modo.
Era un día hermoso de estío, víspera de aquel en que debía partir el anciano Crádates; hallábanse en los extensos y perfumados jardines la princesa y sus damas, todas casi tan niñas y hermosas como su joven soberana; veíase entre ellas a la armenia de dorados cabellos y velados ojos; a la odalisca de esbeltas y torneadas formas; a la georgiana de tez rosada y luciente mirada negra; a la ateniense de virginal perfil y pies de niña; a la persa de purpurina boca, estrecha frente y dulce sonrisa; a la escita de celestes ojos, enhiesto cuello y manos de nieve; y todos los tipos, en fin, más bellos y perfectos de los imperios del Asia.
Sentada Hermione a la orilla de un azulado arroyuelo, hablaba con su nodriza Teane, cuyo amor hacia ella rayaba en adoración; las damas se habían quitado los mantos y saltaban como cervatillos en las anchas praderas de flores, cuyos débiles tallos se tronchaban bajo la tenue presión de sus lindos pies, calzados con sandalias.
El jardín estaba además lleno de guardias de la princesa, deudos de Crádates y esclavos negros.
De súbito se oyó un extraordinario ruido a las puertas del palacio, y las damas corrieron despavoridas al lado de la princesa y de la anciana Teane.
—Anda a ver que sucede, Orontes —dijo Hermione con serena voz a un eunuco negro, que salió al instante a cumplir esta orden; pero un momento después volvió pálido y trastornado.
Seguíanle de cerca dos caballeros armados a medias, pues al uno le faltaba una manopla, y dejaba ver una mano horriblemente mutilada aunque no por eso había abandonado la espada; y el otro traía la cabeza descubierta, y su yelmo, perdido tal vez en alguna refriega, no había sido suficiente a librarle de recibir en ella una profunda herida.
Al ver a aquellos hombres, se puso en pie la princesa; dilatáronse sus grandes ojos azules, y cubrió su rostro una palidez mortal.
—¡Casandro!... ¡Tolomeo!... —exclamó al fin tendiéndoles los brazos, en tanto que se iba llenando el jardín de soldados y deudos de los príncipes, tan heridos y desfigurados como ellos—. ¡Hermanos míos!, ¿qué os ha sucedido?, ¿qué es esto? —gritó dando un alarido desgarrador al ver caer a Casandro privado de conocimiento.
—¡Hermana!... —exclamó Tolomeo asiéndola del brazo—, ¡hermana!... antes de todo, respóndeme... ¿eres ya esposa de Efestión?
—Sí —contestó la joven con temblorosa voz.
—¡Ah! —gritó el príncipe—. ¡Maldición sobre nosotros!...
Y soltó el brazo de la infeliz Hermione, la cual fue a abrazar a Casandro, que permanecía desmayado todavía en los brazos de sus escuderos.
A poco llegó al jardín el anciano Crádates. Al ver a su querido Tolomeo horriblemente herido y ensangrentado, y a su hermoso Casandro, al parecer sin vida, el desgraciado padre quedó yerto de espanto.
—¿Qué habéis hecho, señor? —exclamó el príncipe—, ¿conque habéis entregado a Hermione al asesino de nuestro rey? ¿Sabéis que Darío rindió su vida a los golpes del puñal de ese monstruo de iniquidad? ¿Sabéis que se ha rebelado contra Alejandro y que está en Maracanda el foco de la rebelión? ¿Sabéis que pasáis en el campo macedonio por un traidor como él? ¡Oh, padre! —prosiguió el infeliz Tolomeo en el paroxismo del dolor más violento—, ¿sabéis que me cuesta la vida de Casandro haber podido penetrar hasta aquí?
Nada respondió el anciano, y fue lentamente a postrarse ante Casandro, cuya cabeza abierta sostenía Hermione sollozando amargamente.
Crádates separó los hermosos rizos de ébano que cubrían aquella frente ensangrentada, y sin derramar una lágrima, pero más pálido que el herido, puso en ella sus labios, dominando por un momento el amor paterno a todos.
—¡Yo te vengaré, hijo mío, yo te vengaré! —exclamó levantándose en seguida.
—¡Venganza, sí! —gritó Tolomeo—. Yo he venido, de parte de Alejandro, a averiguar la verdad de lo que aquí sucede, porque no se resuelve a creeros culpable y prefiere juzgaros engañado. «Id —nos ha dicho—; a los hijos toca salvar el honor del padre; la alianza que me han anunciado va a efectuarse entre Crádates y Efestión es una prenda de traición. Volad, pues, a impedir que la inocente Hermione se una al asesino de vuestro rey, y traedme al regicida para que expíe como Besso, no su rebelión contra mí, que desde luego le perdono, sino el horrible crimen que cometió al derramar, con sus miserables manos, la augusta sangre de Darío.»
Casandro había vuelto de su desmayo; echó los brazos al cuello de Hermione, teniéndola largo rato oprimida contra su pecho, y después se sentó con firmeza en un banco de césped.
Crádates y Tolomeo se aproximaron a él, en tanto que algunos vendaban sus heridas.
—Padre mío —dijo con débil voz—, no perdáis tiempo: el cuerpo de ejército, que el rey nos dio para batir las tropas de Efestión, ha sido deshecho, y el traidor cuenta con muchas fuerzas dentro de Maracanda. Huid, por el cielo, con Hermione, y salvadla... a favor de un disfraz podréis llegar a Babilonia... presentaos al rey, decidle que envíe al momento los soldados necesarios para sofocar la sedición. El esclavo que presenció el asesinato del rey Darío, y que fue arrojado a las ondas del Éufrates, no murió como se creía, y ha descubierto a Alejandro todos los crímenes de Efestión... huid, huid, por los dioses, y llevaos a mi hermana. ¿Qué pueden hacer aquí un anciano y una niña?
—¡Morir! —contestó una voz bien conocida de todos.
Era Efestión que había penetrado en el jardín seguido de un gran número de parciales.
—¡Sí! —prosiguió el traidor—, morirán como vosotros, y como todos los que no se unan a mi causa; ya no es tiempo de retroceder; juego mi vida, y haré todo lo posible para no perderla. Yo te engañé, Crádates —continuó dirigiéndose al príncipe—; sí, yo sublevé las tropas que existen en Maracanda, y vine aquí únicamente para que secundaras mi rebelión contra Alejandro.
—¿Y creíste que yo?... —tartamudeó Crádates temblando de ira y lanzando una mirada de desprecio al miserable Efestión—. ¡Oh!, decidme —continuó juntando las manos—, decidme que habéis mentido, aseguradme que, convencido de vuestro error, desistís de vuestros horribles planes.
—¡Imposible! —contestó Efestión con estoica calma—. Si cuando el rey de Macedonia me favorecía me rebelé contra él, juzga tú mismo lo que debo hacer ahora que pide mi cabeza.
—¡Traidor! —gritó el príncipe tirando de la espada y arrojándose a él—. ¡Infame regicida!... ¡Te juro, por los dioses, que no has de salir vivo de aquí!...
El acero de Efestión cortó el aliento al desgraciado anciano, que cayó con el pecho atravesado a los pies del asesino de Darío sin poder hacer otra cosa que tender los brazos a sus hijos.
Dos terribles golpes sintió al mismo tiempo el malvado. La espada de Tolomeo, aunque manejada por su mano izquierda, le partió el hombro, y la de Casandro le produjo una profunda herida en la espalda; mas los infelices príncipes rindieron muy pronto sus vidas a los furibundos golpes de una nube de soldados que los rodearon de repente, inmolándolos sin piedad.
La desdichada Hermione lanzó un penetrante alarido, y cayó sin sentido inundada en aquella sangre, que era la misma que corría por sus venas.
Efestión, sin turbarse en lo más mínimo, y con un valor admirable digno de más noble causa, mando hacer una señal, convenida sin duda, porque en pocas horas fue pasada a cuchillo por los sediciosos toda la guarnición de Maracanda que no quiso secundar la rebelión.