III
EL REGICIDA
La hija de Crádates pasó muchos días entregada a una furiosa demencia: encerrada en sus habitaciones con su nodriza Teane, llamaba a su padre, a sus hermanos, y maldecía a su inhumano verdugo, sin consentir en tomar alimento alguno ni ver a nadie.
Cuando se calmó su doloroso delirio, cayó en una melancolía profunda; la infortunada joven se sentía desfallecer y se rendía quebrantada al peso de su amarga pena. A no ser por los amorosos cuidados de la buena Teane, hubiera muerto sin duda.
Una noche que, sentada junto a una ventana, lloraba pensando en su desgraciada familia, entró de improviso Efestión en su aposento; al verle, Hermione se estremeció de horror, helose el llanto en sus yertas mejillas, y en su hermoso semblante se pintó, con la mayor energía, todo el odio que aquel hombre le inspiraba.
—¡Verdugo de mi padre! —exclamó con indecible vehemencia la irritada princesa—. ¡Asesino de mis hermanos! ¿Qué buscas aquí? ¿Vienes a gozarte en mis tormentos? ¿Acaso es tu designio quitarme también la vida? Hiere —prosiguió descubriendo su seno—, hiere sin piedad; traspasa este corazón, enemigo de esa mano parricida que hace pocos días me alargaste en señal de tu amor, y que diste a mi buen padre en prueba de fidelidad. No te detengan los aborrecibles lazos que nos unen; no alimentes para tu ruina una serpiente que te devorará, si no la ahogas primero.
—Escúchame, Hermione —dijo Efestión con voz dulce y reposada—. Si para conservar mi fortuna y mi vida tuve que envainar mi puñal en el pecho de tu padre, para conservar la tuya y hacerte feliz no perdonaré sacrificio alguno; yo te amo —prosiguió cruzando sus manos con una indescriptible mezcla de pasión y de dolor—, yo te amo, Hermione, y este amor es el único sentimiento dulce que ha surgido en mi corazón: no siento remordimiento alguno por haber dado muerte a los tuyos, mas tu dolor traspasa mi alma. ¡Oh, Hermione! —continuó Efestión arrojándose a los pies de la princesa—: ¡mi adorada Hermione!... perdóname y dime que no me aborreces, que me miras sin horror, que podrás amarme algún día...
—¡Ah! —gritó la princesa rechazando a su esposo, quien, arrodillado, todavía sollozaba amargamente—. ¡Verdugo de mi padre! ¡Quieran los dioses descargar sobre tu cabeza todos los rayos de su venganza!
Hermione salió del aposento.
El príncipe de los ismenios permaneció como helado de estupor; su alma indómita jamás se había humillado, y tan solo el vehemente amor que Hermione le inspiraba había podido ablandar su fiereza.
Cuando le volvió la espalda la princesa, la siguió con la vista sin variar de postura, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas, pálidas con la fuerza del dolor.
—¡Nunca me amará! —murmuró después con ahogado sollozo, y cubriéndose el semblante con las manos.
Imposible era, en efecto, que la joven princesa amase ya a aquel hombre. Con su presencia despertose en el alma de Hermione una ardiente sed de venganza, y, al huir de él, corrió a encerrarse en otro aposento para poner por obra un proyecto que hacía algunos días meditaba.
¿Habéis amado, lectoras mías, para olvidar después? ¿No os ha sucedido, en alguna época de vuestra vida, tener que dejar de querer a un ser digno de vuestra adoración, para amar a otro ser que valía mucho menos, ya por conveniencias sociales, ya por exigencias del mundo, ya en fin, por caprichos del corazón? ¿Y no habéis sido engañadas por el mismo a quien dabais un cariño que no merecía? ¡Ah! ¿Qué habéis hecho entonces? Pero ya lo adivino: habéis vuelto vuestros ojos, cansados de llorar, hacia aquel objeto que debisteis amar eternamente, a pesar de las exigencias de la sociedad y de las hipócritas fórmulas del mundo; tal vez por orgullo no le habéis dicho: «Te amo como antes.» Vuestros deberes quizá os habrán retenido lejos de él, ¿pero no es verdad que a él habéis vuelto sin cesar el pensamiento y la mirada? ¿No es verdad que habéis consagrado a su recuerdo todos los instantes de vuestra vida, como el único consuelo de vuestra amargura?...
Esto fue, pues, lo que sucedió a Hermione: dormía en su alma, debilitada por largos combates, una violenta pasión que despertó de súbito al rudo choque de su infortunio; y, como vosotras, volvió de nuevo los ojos y el corazón hacia aquel hermoso y benéfico recuerdo, único bien que le restaba en el mundo.
Sola y sin amparo, quiso escribir al magnánimo Alejandro para pedirle venganza de la muerte de su padre y de sus hermanos. No tuvo que combatir esta resolución; odiaba a Efestión como verdugo de los suyos, como regicida del anciano Darío y como traidor al rey de Macedonia, y con mano firme y sin remordimientos trazó la siguiente carta:[6]
[6] Esta carta está copiada casi literalmente del antiquísimo volumen de donde he tomado los datos necesarios para escribir esta leyenda; únicamente me he limitado a poner más en claro algunos conceptos.
«No es, ¡oh, señor!, la esposa del infiel Efestión, es la hija del noble Crádates la que se dirige a vos; si el nombre del primero os es aborrecible, creo que la memoria del segundo os debe ser de alguna estimación.
»El venerable anciano a quien debí la vida, ha rendido la suya a los golpes del puñal del hombre que hoy me llama su esposa. En vano fue, ¡oh señor!, en vano fue que enviaseis a mis hermanos para que impidiesen el sacrificio de la infeliz Hermione. En vano, ¡ay!, pues que ya estaba unida con lazos eternos al miserable que tan cruelmente ha derramado la sangre de mi inocente familia... Tolomeo, vuestro amado Tolomeo, ha muerto destrozado por las lanzas de los soldados de Efestión; y Casandro, el joven y hermoso escudero que nunca se apartaba de vuestro lado, ha expirado horriblemente mutilado, pronunciando el nombre adorado de Alejandro.
»¡Venganza, señor, venganza! Yo la invoco de vuestra justicia contra el matador del rey Darío, padre de la princesa que habéis elegido por esposa; contra el verdugo de los míos; contra el infame que ha osado hacer a su bienhechor y su rey la más horrible de las traiciones.
»¡Que muera, ya que ha derramado tanta sangre noble e inocente!... Que expire al rigor de los tormentos más crueles, y así plegue a los dioses prolongar y hacer felices los días de vuestro reinado. — Hermione.»
Escrita esta carta, fue entregada y recomendada mil veces al hijo de la anciana Teane, que partió sin dilación al campo macedonio.
Hermione quedó sola con su nodriza, entregada a la más cruel ansiedad. Dotada de un alma generosa, aunque, como ya hemos dicho, enérgica y altiva, tardó poco en aparecer el remordimiento; había demandado con ansia la muerte de su esposo, y la sola idea de que era muy probable que Alejandro le hiciese justicia, la helaba de terror.
—¿Por ventura —se decía—, podrán devolver la vida a las víctimas que lloro los suplicios que hagan sufrir a su verdugo?
Además, por culpable que este fuese, ¿no era también su esposo?
Hermione lloraba amargamente, cuando se abrió con estrépito la puerta de su aposento, y el más horrendo espectáculo se presentó a sus ojos.
Acababa de ver entrar pálido, cubierto de sangre y brotando fuego por los ojos, a Efestión, que traía en una mano la carta que ella había escrito pocas horas antes, y en la otra la cabeza del desgraciado mensajero.[7]
[7] Histórico.
Fría e inmóvil como la estatua de la desesperación, clavó la princesa sus extraviados ojos en Efestión.
—Mira —dijo este aproximándose a su esposa y mostrándole el sangriento despojo—, mira, Hermione, la recompensa que das a los que pretenden servirte con fidelidad —y al pronunciar estas palabras, arrojó la lívida cabeza a los pies de Teane, que cayó al suelo desmayada dando un prolongado grito.
—¡Bárbaro! —exclamó Hermione en el paroxismo del furor más violento—. ¡Execrable verdugo! Aún no lo sabes todo: esa carta no te ha revelado más que una parte muy pequeña de lo que pasa en mi alma. Yo te aborrezco, Efestión, te odio, y para que sea doblado tu tormento, sabe que amo, que adoro al rey Alejandro, aunque nada le digo en este escrito. Mátame ahora —prosiguió la princesa con terrible vehemencia—; mátame, Efestión, porque te juro que trabajaré incesantemente para perderte mientras tenga vida.
Calló la joven; su esposo, mudo y helado, fijó en ella sus ojos secos y dilatados; pero poco a poco fuese encendiendo su semblante, y el trastorno de sus facciones patentizó bien pronto la borrasca que hervía en su alma.
—¡Ja!... ¡ja!... ¡ja!... ¿Conque amas al rey, Hermione? —exclamó soltando una amarga carcajada—. ¿Y cómo paga él tu amor? ¿Acaso con la ciega idolatría con que yo te he adorado?
Interrumpiose al decir esto, y sus labios temblaron convulsivos, en tanto que sus rasgados ojos despedían relámpagos de furor.
—¿No sabes —gritó después con ronca voz, acercándose impetuosamente a la joven y asiéndola de un brazo—, no sabes que va a casarse con la princesa de Persia? ¿Ignoras que dilata mi castigo, que es lo que más anhela en el mundo, para no pensar más que en su bella Estatira? ¿Y se te oculta, Hermione, que yo le odio hasta el extremo de intentar darle la muerte por mi propia mano?
—¡La muerte!... —exclamó la princesa con un alarido de dolor—, ¡la muerte!... Entonces, Efestión, una misma losa nos cubrirá a entrambos.
—Calla —le interrumpió el príncipe—; calla, insensata, dentro de tres días habrá cortado la vida de Alejandro el filo de mi puñal, y tú serás la esposa de Efestión III, rey de Persia y Macedonia.