IV

EL PUÑAL DE ESTRATÓN

Dos días han trascurrido desde que tuvo lugar la última entrevista de los dos esposos; el príncipe de los ismenios se prepara a partir, en cuanto raye la aurora, para el campo macedonio, a fin de llegar de incógnito al cerrar la noche; pocas personas van en su compañía, pero le sigue de cerca un formidable ejército.

Señor de Maracanda, y teniendo a su devoción las dilatadas costas de la Bactriana, va a dirigirse, con ánimo sereno y a favor de un disfraz, a dar el golpe mortal en el corazón de su rey y señor, el magnánimo Alejandro, en la noche misma de sus regias bodas.

Efestión odiaba al monarca porque ambicionaba su corona; pero le aborrecía mucho más desde que sabía que le había robado el corazón de Hermione.

Así, pues, muerto Alejandro, se hacía proclamar rey inmediatamente, se deshacía de un poderoso aunque inocente rival, y recogía de una vez el fruto de todos los crímenes de su vida.

Tendiose en el lecho, y bien pronto el sueño cerró sus fatigados ojos.

Dejémosle dormir, y vamos en busca de Hermione, cuya triste suerte es harto digna de compasión.

Sentada la joven, tenía las manos cruzadas sobre las rodillas; su semblante, hermoso hasta el grado más sublime, estaba pálido como el mármol; sus grandes ojos azules, serenos como el cielo de un día de estío, estaban ahora fijos e inmóviles; y sus largos cabellos negros, sueltos, la envolvían como un manto de seda y bajaban a ensortijarse en sus diminutos pies. Una túnica de lana fina y blanca, a la manera de las de las sacerdotisas druidas, y un manto de púrpura de Tiro, sujeto en el hombro con un broche de pedrería, componían su traje, que llevaba desceñido y en el mayor desorden.

La pobre Teane, sentada a sus pies, lloraba amargamente sin que interrumpiese el sepulcral silencio que reinaba en la estancia otro rumor que el que producían los sollozos de la anciana.

De repente levantó la princesa la frente y sacudió la cabeza con un fiero movimiento de arrogancia.

—Basta de llorar, madre mía —dijo dirigiéndose a Teane—: muera el asesino de mi padre: él me inspira desde el cielo, donde mora en compañía de los dioses. ¡Oh, padre mío! ¡Oh, hermanos! ¡Voy a vengaros para dar paz a vuestras sombras irritadas!

Calló la princesa sin atreverse a formular el pensamiento que dominaba a todos los demás en su alma; el amor tenía no pequeña parte en su resolución; pero Hermione no quería confesarse a sí misma lo que juzgaba una innoble flaqueza.

En su alma fuerte existía el germen de todas las virtudes, y la desgraciada princesa hubiera sido una mujer sin igual si hubiera nacido en nuestro siglo y bajo el cielo de nuestra hermosa España.

Levantose Hermione, imitándola Teane, que abrió en seguida la puerta.

Eran las once de la noche; la nodriza encendió una linterna sorda y salió para llamar al capitán de guardias de la princesa, que entró un momento después seguido de aquella.

—¿Está la carroza prevenida, Estratón? —preguntó la joven.

—Sí, señora —contestó este.

—¿Y mi guardia?

—Os espera.

—Seguidme, pues —dijo Hermione—; pero no me obliguéis a dar el golpe fatal, añadió con temblorosa voz.

Nada respondieron sus taciturnos compañeros, y siguieron caminando por las largas galerías que conducían al aposento del príncipe.

Al pasar por la antecámara, encontraron dormida a toda la guardia, menos a Nearco, su capitán, que se paseaba junto a la puerta que daba paso a la estancia de Efestión; la débil luz de una tea, colocada en un pebetero de oro, iluminaba el semblante del joven guerrero al pasar por delante de ella, volviendo a dejarle en la sombra cuando se alejaba con mesurado paso.

Solamente el acompasado ruido de su armadura turbaba el silencio que reinaba en aquel aposento.

Al divisar Nearco a la joven princesa, descubrió su cabeza y se adelantó a recibirla con el yelmo en la mano; mas Estratón se abalanzó sobre él, y cubriéndole la cabeza con una capa, le hundió su puñal en la garganta.[8]

[8] Histórico.

El capitán cayó sin lanzar un gemido, y en su rostro juvenil apareció la inmovilidad de la muerte.

—¡Adelante, señora! —dijo Estratón—: tened valor.

—¿No pudierais ir solo? —dijo Hermione, más pálida que el cadáver que yacía tendido a sus pies, y pasando una mano por su frente bañada de helado sudor.

—Imposible —respondió Estratón—: si vos no me acompañáis, yo también me retiro.

—Y mañana —murmuró Teane—, mañana morirá sin remedio el rey a manos de Efestión.

Entonces brillaron los ojos de la princesa con una ráfaga de delirio, y abrió la puerta que la separaba del aposento de su esposo, que dormía tranquilamente.

Estratón echó sobre la cabeza del príncipe la capa fatal y envainó tres veces en su pecho el puñal, rojo aún de la sangre de Nearco.

Un grito, sofocado por los anchos pliegues del manto de púrpura, llegó a los oídos de la nueva Judith; después nada se oyó... Se agitó el sudario, y siguió el silencio de la muerte.

Teane sacó un largo y afilado cuchillo, cortó la cabeza de Efestión y la guardó envuelta en la horrible capa, en tanto que Estratón se acercaba a Hermione, que retrocedió espantada.

—¡He vengado a vuestra familia, señora! —dijo el capitán de guardias con amarga sonrisa.

—¡Y has salvado a la vez la vida y la corona de Alejandro! —contestó la princesa tendiendo sus manos al asesino—. ¡Gracias, Estratón!

Pocos momentos después, subían Hermione, Teane y Estratón a la carroza de la princesa, escoltados por una numerosa guardia.

Estratón poseía toda la confianza del príncipe de los ismenios, e hizo creer a todos muy fácilmente que, por orden de este, sacaba del campo a Hermione.