V

JUSTICIA DE ALEJANDRO EL GRANDE

Al finar aquel día, es decir, a la misma hora en que debía penetrar Efestión, según sus designios, en el campo de los macedonios, llegó a él la princesa: los arqueros del rey divisaron la crecida escolta que acompañaba la carroza, e inmediatamente dieron la voz de alerta.

Todas las tropas se formaron delante de las tiendas.

Apeose la princesa, habiéndole tenido el estribo el príncipe de Epiro, joven el más apuesto y arrogante de todos los que componían la corte de Alejandro el Grande.

El campamento presentaba un espectáculo de que no podemos tener idea en nuestros días: la anchurosa llanura, en la cual se habían construido las tiendas, se veía iluminada por el resplandor de mil hogueras que habían encendido los soldados en señal de regocijo; brillaba la luna en el firmamento, derramando sus plateados rayos que iban a quebrarse en las lucientes armaduras de los guerreros.

Aquellas dos luces hacían un magnífico y sorprendente contraste, y sus fulgores luchaban en brillantez, venciendo, no obstante, a los rojizos resplandores de las hogueras los puros y argentinos rayos de la antorcha celeste.

Veíase en primer término una larga fila de tiendas, tan profusamente alumbradas en su interior que parecía que un radiante sol les prestaba sus fulgores; sus cortinas eran de tisú de plata recamadas de pedrería; en todas ellas tremolaban los estandartes de Persia y Macedonia, columpiados por el suave viento de la noche, y en su parte más elevada se ostentaban, formados con flores, los nombres de Alejandro y Estatira.

La primera de aquellas tiendas estaba ocupada por la familia real; las demás por los príncipes confederados de toda el Asia, que habían acudido a la gran solemnidad que se celebraba con motivo de las regias bodas.

Los pajes, escuderos y soldados tenían un poco más retiradas sus tiendas, pero su número era tan grande, que hubiera sido una locura el intentar contarlas.

La infeliz Hermione sintió que su corazón se destrozaba al contemplar aquel hermoso cuadro. Palideció de pronto, y sus labios temblaron convulsivamente; pero, haciendo un violento esfuerzo, presentó sonriendo su mano al joven Demetrio que la esperaba.

—Conducidme a la tienda del rey, príncipe —dijo con dulce voz al caballero.

Y pasó con semblante sereno, e inclinando la cabeza para saludar, por delante de las filas de soldados, que doblaban ante ella sus picas y ballestas.

La carroza quedó rodeada de la guardia de la princesa, a la cual siguió Estratón con Teane hasta el umbral de la tienda de Alejandro; allí se detuvieron con los príncipes y cortesanos que iban en pos de la joven.

Hermione se quedó inmóvil y como petrificada al levantar dos heraldos las amplias cortinas de la tienda real.

Recostado el monarca en una otomana, tenía a su lado a su joven esposa. Cerca de ellos se veía a la anciana reina de Persia, Sisigambes, madre del rey Darío, en cuyas rodillas estaba sentada la niña Aspasia, hermana de la desposada.

La regia abuela contemplaba a sus nietas con entrañable amor, y de vez en cuando acercaba sus labios a los dorados y perfumados bucles de la niña que tenía en su regazo; aquella venerable anciana era el único apoyo que el cielo había dejado a las huérfanas de Darío.

Todos los historiadores convienen unánimes en elogiar la maravillosa belleza, aunque de género diferente, de las princesas de Persia.

La esposa de Alejandro contaba entonces diecisiete años, y su talla elevada era esbelta y débil, como las jóvenes palmeras de su nación; tenía los ojos extremadamente grandes, negros y brillantes como el azabache bruñido, pero melancólicos y pensativos; la dirección natural de su mirada era de frente, pero notábase en ella una ligera inflexión hacia el cielo, como si mirase más allá de este mundo; por eso, sin duda, sus larguísimas y ensortijadas pestañas se unían casi a sus arqueadas cejas de suave y delicado dibujo. En aquellos hermosos ojos se encerraba una historia entera de amor y tristeza.[9]

[9] Sabida es la entrañable pasión que la joven Estatira alimentaba por el príncipe de Escitia, y bien notorio es también que solo consintió en ser reina de Macedonia, por evitar a su anciana abuela y a su joven hermana el cautiverio de Alejandro.

Jamás habían crecido sus cabellos más que hasta el extremo del cuello que se une a la espalda, y a la que las criollas de las Antillas —únicas mujeres que poseen estas cabelleras cortas y espesas— llaman collar de Venus; pero allí se ensortijaban en gruesos y lustrosos anillos de un negro azulado, como el plumaje que viste las alas del cuervo. Tal vez, inspirados los macedonios por la sublime hermosura de aquella cabeza de querubín, apellidaron a su joven soberana el ángel triste.

El resto de sus facciones era de una belleza tal, que al ver a Estatira se experimentaba un vago sentimiento de melancolía, y parecía imposible que aquella divina criatura pudiese vivir en el mundo.[10]

[10] La reina de Macedonia vivió, no obstante, largos años, y su existencia, tan frágil al parecer, fue combatida por terribles dolores.

Cuéntase que al formar Praxíteles la célebre estatua de la princesa, que se conserva en Atenas como una maravilla de arte y hermosura, tachó de demasiado débiles y delicadas las formas del modelo, y que notándolo ella, le dijo con dulce y triste sonrisa: El pan del cautiverio, amigo mío, me ha hecho crecer, pero no ha podido nutrirme; y a la verdad que no le faltaba razón, porque sus manos eran delgadas hasta la transparencia, delgada también su garganta como la de una niña, y en su seno, blanco como el lirio de los valles, se dibujaban con claridad sus azuladas venas.

La princesa Aspasia contaba dos años menos, y era pequeña, rubia, rosada y gruesa, como una de esas jóvenes que ha reproducido el pincel de Boucher; sus ojos azules eran dulces y alegres; la blancura de azucena de su frente, sienes y garganta hacía un precioso contraste con el sonrosado de sus mejillas; sus cabellos, de un rubio dorado y brillante, bajaban en sedosos y largos bucles hasta tocar su cintura, y su sonrisa era encantadora, y admirable la perfección de todas sus formas.

Tenía puesta una túnica blanca, y su manto era azul lo mismo que la banda que ceñía su cabeza.

La esposa de Alejandro llevaba un traje de brocado de oro, aunque con dificultad podía asegurarse por la profusión de pedrería de que estaba cubierto; formaban el dibujo de la tela los rubíes, topacios y amatistas, y el ramaje las más ricas y brillantes esmeraldas; su rizada y negra cabellera estaba sujeta con un ancho cintillo de diamantes, y llevaba semicubiertos los hombros con el manto real.

En cuanto al rey de Macedonia, su belleza era de ese género que no se puede olvidar jamás cuando se ha visto una vez. Tenía su tez ese moreno de ámbar que ejerce una seducción tan poderosa cuando es realzado por unos grandes ojos negros, de azulado globo; por una boca de subido carmín, sombreado por un negro bigote y por una abundante cabellera de color castaño. No era alto, aunque su estatura pasaba algo de los límites regulares, y sus formas, esbeltas y nerviosas, eran perfectas como las del joven Apolo. Estaba armado enteramente; llevaba, como Estatira, el manto real, bajando sus largos pliegues hasta besar el pavimento, y ceñía sus sienes la doble corona de Macedonia y de Persia, cuyos imperios estaban simbolizados en florones de oro y pedrería.

La princesa, inmóvil en el umbral, miraba atónita al interior de la tienda. Asemejábase a un pobre pájaro fascinado por los ojos de un halcón; detrás de ella esperaban Teane y Estratón a que penetrase para seguirla.

Al aparecer la joven, el rey y la reina se pusieron de pie: habían oído batir marcha, y conocido que la persona que se acercaba era de elevada jerarquía, adquiriendo esta certeza al ver el majestuoso continente de la recién llegada.

Aspasia bajó de las rodillas de su abuela, la cual se incorporó con trabajo en la pila de cojines en que estaba recostada. Hermione no avanzó un paso, sin embargo; muda, helada, seguía embebida contemplando al rey y a las princesas; la presencia de Alejandro la sumergía en un éxtasis delicioso; pero la vista de su esposa, tan bella y adorable, desgarraba su corazón.

Alejandro recordó al fin haber visto otra vez a aquella hermosa y melancólica joven, y al cabo de breves instantes de reflexión, se presentó vivamente a su memoria la hija de Crádates arrodillada a sus pies, como la había contemplado un año antes.

—Los dioses os den paz, princesa —dijo adelantándose para recibirla—: bienvenida seáis.

Aquella voz vibrante y sonora sacó a Hermione de su doloroso letargo; pero sus rodillas se doblaron y cayó de hinojos a los pies del rey: diríase que una fatalidad implacable obligaba a la infeliz a doblar siempre la frente a las plantas del hombre a quien tanto amaba.

—Alzad, princesa —dijo Alejandro, tomando en sus torneadas y nerviosas manos las yertas de Hermione—. Alzad, os lo ruego —añadió con seductor acento.

Mas como viese que la joven no abandonaba su postura:

—¿Queréis algo? —prosiguió—: ¿en qué puedo serviros?

De súbito se nubló su frente, y sus cejas se contrajeron con un movimiento nervioso.

—¿Y vuestro padre? —preguntó después vivamente y dirigiéndose a la princesa—: ¿qué es de él y de vuestros hermanos?

—¡Han muerto, señor! —contestó Hermione con voz baja y temblorosa.

—¿Han... muerto?... —repitió Alejandro, cuyo corazón sensible como el de una mujer saltó en su pecho con violento latido—. ¡Han muerto!... ¿quién los ha muerto, Hermione?

—¡Este traidor!... —exclamó Teane abriéndose paso entre la multitud que obstruía la puerta; y mostrando en la mano la ensangrentada cabeza que sacó de la capa en donde la llevara envuelta, se precipitó también a los pies del rey—. ¡Sí! —prosiguió la vengativa anciana—: Efestión es el verdugo de Crádates, de sus hijos y del mío. Efestión —repitió enjugando con fiereza las lágrimas que aquel doloroso recuerdo le arrancara—, Efestión, que iba a ser también vuestro asesino, porque quería ceñir a su frente vuestra corona; pero su esposa, ¡oh gran rey!, os ha salvado y me ha vengado, vengándose a la vez a sí misma.

—¡Su esposa! —gritó Alejandro con un acento que estremeció a todos; y cubriéndose el rostro con las manos, huyó al extremo más lejano de la estancia.

Hubo un largo silencio interrumpido únicamente por los sollozos de la princesa, que inclinaba la frente hasta el suelo. ¡Ay, desventurada, aquel grito le decía bien claro que habían muerto todas sus esperanzas!

Alzó por fin el monarca la frente, cubierta de lívida palidez, y sus ojos brillaron con un fulgor sombrío.

Nadie ha puesto en duda la rígida virtud de Alejandro, porque dio de ella tan evidentes y poderosas pruebas que la envidia o la calumnia han sido siempre impotentes para herir su glorioso renombre; a la fama de sus hechos de armas iba unida la de sus rasgos de generosidad y de su severa justicia; perdonó en todas ocasiones sus propias ofensas, por graves que fuesen, pero se manifestó inflexible para castigar delitos y hasta leves faltas si argüían crueldad de corazón o bajeza de sentimientos.

Efestión era reo de los más odiosos crímenes: traidor y asesino de Darío, traidor a Alejandro y asesino de Crádates y de sus hijos, merecía mil muertes; mas todo se borró de la memoria del rey: al oír que había muerto por la mano de su esposa, no pensó siquiera en que debía su corona y su vida a aquel crimen, no; vio el crimen solo con todo su horror y en toda su desnudez, y para él, Efestión era la víctima, Hermione era el verdugo.

—¿Conque esta mujer —dijo lentamente—, ha asesinado al hombre a quien unió su destino? ¿Quién te mandó castigar las ofensas que me había hecho, monstruo de iniquidad? ¿Por qué exceso de maldad has querido manchar tus manos con la sangre de tu esposo? ¡Oh, Crádates! —prosiguió alzando su vista al cielo—: ¡no me es dado castigar tu muerte! ¡No puedo vengar las vuestras, Casandro, Tolomeo!... ¡Esta furia, a la cual llamasteis hija y hermana, me ha robado con su horrible crimen el derecho de hacer justicia!

—¡Yo no he sido quien le mató!... No... ¡no he sido yo!... —gritó Hermione en el vértigo del dolor más agudo, y retorciendo sus manos.

El rey lanzó a la infeliz joven una mirada que ahogó su voz y aniquiló sus fuerzas.

—Quitad de mi presencia a esa mujer —dijo dirigiéndose a su guardia, y que jamás vuelva a parecer ante mis ojos.

—¡Bárbaro!... —gritó la princesa, en cuya mirada azul y brillante radiaba una ráfaga de delirio—. ¡Hombre cruel! Ya que me arrojas de tu presencia para siempre, oye al menos el secreto que hace tanto tiempo destroza con su peso mi corazón. ¡Yo te amo!... y esta fatal pasión no la han podido apagar la ausencia ni el dolor. ¡Ah! ¿Y tú piensas que la que ha sabido conocerte y amarte haya sido capaz de clavar un puñal en el pecho de su marido? No me opuse a ello, porque sabía que iba a robarte la corona y la vida, y quise salvarte una y otra, pero mis manos no se han teñido de sangre, e ignoraba que traían a tu vista este sangriento despojo. ¡Mírame, Alejandro! —prosiguió la pobre joven arrastrándose de rodillas por el duro pavimento—. ¡Mírame, y verás mi frente marchita por el dolor! ¡Mírame, y encontrarás mis ojos secos y abrasados a fuerza de llorar!... ¡Ya no tengo padre, ni hermanos!... ¡No tengo a nadie que se compadezca de mí!... ¡Ten tú, al menos, piedad, por lo que más ames!

Calló la princesa, quebrantada por aquel horrible dolor; dobló la cabeza sobre el pecho, y una espantosa convulsión recorrió todo su cuerpo.

Sus ojos no derramaban una lágrima siquiera; fijos e inmóviles, parecían los de una sonámbula o los de una muerta. La reina había dejado su asiento y acercádose a ella poco a poco; cuando la vio próxima a desfallecer, dobló una rodilla en tierra y apoyó piadosamente en su regazo la cabeza de la infeliz Hermione, que cerró los ojos exhalando un doloroso y profundo gemido.

—¡Llevaos de aquí a esa mujer! —repitió Alejandro, sin volverse a mirar a la joven que yacía inanimada.

—¡Piedad, señor! —exclamaron a la vez la reina y su hermana, juntando las manos con suplicante ademán y con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Piedad, hijo mío! —repitió la anciana Sisigambes con alterada voz.

—¡Arqueros! —gritó Alejandro, en cuya bella y majestuosa fisonomía se pintó una terrible expresión, capaz de intimidar a los hombres más valientes—, ¡preparad las armas para dar muerte a la culpable!

Los soldados, obedientes, montaron los arcos; pero los detuvo un terrible grito de la reina.

—¡Soldados! —dijo cubriendo a Hermione con su cuerpo—: mi pecho es el escudo de esta joven; si os atrevéis, pues, asestad esos dardos a vuestra reina.[11]

[11] La angélica bondad de la reina Estatira, y su piedad por todo el que sufría, le atrajeron terribles desgracias, y los beneficios que dispensó esta princesa fueron siempre recompensados con la ingratitud de los que los recibieron.

Desapareció súbitamente la expresión de furor que trastornaba el semblante del rey, y quedó más pálido que la piel de cisne que guarnecía su manto real; adelantose rápidamente y puso una mano sobre la cabeza de su esposa, como si de ese modo quisiera protegerla del peligro que la amenazaba. Al mismo tiempo hizo una imperiosa señal a los soldados, que permanecieron inmóviles con las flechas en los arcos.

—Llevaos a esta joven, Demetrio —dijo Estatira en voz baja al príncipe de Epiro, y ponedla en salvo de la ira del rey.

Con un rápido movimiento cogió el joven a Hermione, y la sacó de la tienda dejándola en los brazos de su nodriza como si fuera un niño dormido.

—Alejaos sin perder tiempo de las trincheras de los macedonios —dijo el príncipe a Estratón, en tanto que clavaba en el hermoso semblante de Hermione una mirada ardiente y melancólica. Después exclamó:

—¡Pluguiese a los dioses, desventurada Hermione, que jamás te hubiera conocido, o que al menos me fuese dado el consuelo de morir junto a ti!

La infortunada princesa quedó yerta e inmóvil sobre la húmeda campiña. Teane se sentó a su lado llorando amargamente, mientras Estratón, que se había subido a una pequeña eminencia, parecía escuchar con ansiedad.

—¡Vienen!... —gritó percibiendo el galope de muchos caballos—, ¡nos persiguen!... Teane, ¡huid con la princesa!

Pero antes de expirar en sus labios estas palabras, se precipitaron los soldados del rey en la llanura.

—¡El culpable es ese hombre! —exclamó Teane rodeando con sus brazos a la princesa, y señalando a Estratón—: ¡matadle!... ¡él es el asesino!

La anciana, al ver amenazada de muerte a su querida hija, se olvidó de todo y solo pensó en salvarla.

—No temas nada, buena vieja —dijo el que parecía mandar a los demás—: solo venimos a buscar a ese hombre; el rey no quiere nada con las hembras.

—¡Me buscáis a mí!... —exclamó el capitán elevando al cielo sus negros ojos con una indefinible expresión—. Voy a seguiros —añadió—, pero dejadme antes dar el último adiós a la princesa.

Arrodillose Estratón y pegó sus labios a la helada mano de la joven; mas irguiéndose de pronto, y con un rápido movimiento, apoyó en tierra la empuñadura de su espada, y se atravesó el pecho de parte a parte, bañando el suelo con su sangre y dando el postrer aliento en un hondo gemido.

Los arqueros se encogieron de hombros, como satisfechos de ahorrarse el trabajo de conducir al capitán, y volvieron grupas, tomando otra vez al trote el camino que conducía a sus trincheras.

Hermione continuaba tendida en la yerba, pálida e inanimada; únicamente velaban aquel letargo mortal una anciana que sollozaba y un cadáver tendido a sus pies.

La luna alumbraba, apacible y plateada, aquel cuadro desolador.